Antología de poesía española

 

1.     Jarchas (siglo XI)

Vayse meu corachon de mib

Vayse meu corachón de mib,

Ya Rab, ¿si se me tornarád?

¡Tan mal meu doler li-l-habib!

Enfermo yed, ¿cuándo sanarád?

¿Qué faré yo o qué serád de mibi?

¡Habibi,

non te tolgas de mibi!

Mi corazón se va de mí

¡Oh, Dios! ¿Acaso me tornará?

¡Tan fuerte mi dolor por el amado!

Enfermo está ¿cuándo sanará?

¿Qué haré yo, qué será de mí?

Amado,

No te apartes de mí!

Garid vos, ay yermanelas

Garid vos, ay yermanelas,

¿cóm’ contener é meu mali?

Sin el habib non vivreyu

Ed volarei demandari.

Decid vosotras, oh hermanillas

¿cómo refrenaré mi pesar?

Sin el amado, yo no viviré

Y volaré a buscarlo.

¿Qué faré, mamma?

 

¿Qué faré, mamma?

Meu-l-habib est’ ad yana.

¿Qué haré, madre?

Mi amado está a la puerta.

 

Si me quereses

Si me quereses,

ya uomne bono,

si me quereses,

darasme uno.

(Si me quisieses,

oh hombre bueno,

si me quisieses,

me darías uno.)

 

2.     Lírica tradicional (siglos XI-XVII)

 

En Ávila, mis ojos

 

En Ávila, mis ojos,

dentro en Ávila.

En Ávila del Río

mataron a mi amigo,

dentro en Ávila.

Que miraba la mar/la mal casada

Miraba la mar

la mal casada,

que miraba la mar

cómo es ancha y larga.

Descuidos ajenos

y propios gemidos

tienen sus sentidos

de pesares llenos.

Con ojos serenos

la mal casada,

que miraba la mar

cómo es ancha y larga.

Muy ancho es el mar

que miran sus ojos,

aunque a sus enojos

bien puede igualar.

Mas por se alegrar

la mal casada,

que miraba la mar

cómo es ancha y larga.

Al alba venid, buen amigo

Al alba venid, buen amigo,

al alba venid.

Amigo el que yo más quería,

venid al alba del día.

Amigo el que yo más amaba,

venid a la luz del alba.

Venid a la luz del día,

non trayáis compañía.

Venid a la luz del alba,

non traigáis gran compañía.

 

 

Aprended, flores, en mí

 

Aprended, flores, en mí

Lo que va de ayer a hoy,

Que ayer maravilla fui,

Y sombra mía aun no soy,

 

La aurora ayer me dio cuna,

La noche ataúd me dio;

Sin luz muriera, si no

Me la prestara la luna.

Pues de vosotras ninguna

Deja de acabar así,

Aprended, flores, en mí

Lo que va de ayer a hoy,

Que ayer maravilla fui,

Y sombra mía aun no soy.

 

Consuelo dulce el clavel

Es a la breve edad mía,

Pues quien me concedió un día

Dos apenas le dio a él,

Efímeras del vergel,

Yo cárdena, él carmesí,

Aprended, flores, en mí

Lo que va de ayer a hoy,

Que ayer maravilla fui,

Y sombra mía aun no soy.

 

Flor es el jazmín, si bella

No de las más vividoras,

Pues dura pocas más horas

Que rayos tiene de estrella;

Si el ámbar florece, es ella

La flor que él retiene en sí.

Aprended, flores, en mí

Lo que va de ayer a hoy,

Que ayer maravilla fui,

Y sombra mía aun no soy.

 

Aunque el alhelí grosero

En fragancia y en color,

Más días ve que otra flor,

Pues ve los de un mayo entero,

Morir maravilla quiero,

Y no vivir alhelí.

Aprended, flores, en mí

Lo que va de ayer a hoy,

Que ayer maravilla fui,

Y sombra mía aun no soy.

 

A ninguna, al fin, mayores

Términos concede el sol

Si no es al girasol,

Matusalén de las flores;

Ojos son aduladores

Cuantas en él horas vi.

Aprended, flores, en mí

Lo que va de ayer a hoy,

Que ayer maravilla fui,

Y sombra mía aun no soy.

 

Dentro en el vergel, moriré

Yo m’iba, mi madre,

Las rosas coger;

Hallé mis amores

Dentro en el vergel.

Dentro en el vergel, moriré;

Dentro en el vergel, matarm’han.

 

Dentro en el vergel, moriré;

Dentro en el vergel, matarm’han.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3.     Cantar del mío Cid

 

 

 

vv. 1-14

De los sos oios tan fuerte mientre lorando

Tornaua la cabeça e estaua los catando:

Vio puertas abiertas e vços sin cannados,

Alcandaras uazias sin pielles e sin mantos,

E sin falcones e sin adtores mudados.

Sospiro Myo Çid ca mucho auie grandes cuydados.

Ffablo Myo Çid bien e tan mesurado:

Grado a ti Sennor Padre que estas en alto,

Esto me an buelto myos enemigos malos.

Alli pienssan de aguiiar, alli sueltan las riendas:

A la exida de Biuar ouieron la corneia diestra,

E entrando a Burgos ouieron la siniestra.

Meçio Myo Çid los ombros e engrameo la tiesta:

Albricia Albar Ffanez ca echados somos de tierra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

vv. 715-777

 

 

 

Enbraçan los escudos delant los coraçones,

abaxan las lanças abueltas de los pendones,

enclinaron las caras de suso de los arzones,

ívanlos ferir de fuertes coraçones.

A grandes vozes llama el que en buen ora nasco,

-¡Feridlos, cavalleros, por amor de caridad!

¡Yo só Ruy Díaz el Çid Campeador de Bivar!-

Todos fieren en el az do está Pero Vermúez,

trezientas lanças son, todas tienen pendones,

seños moros mataron, todos de seños colpes,

a la tornada que fazen otros tantos son.

Veriedes tantas lanças premer e alçar,

tanta adágara foradar e passar,

tanta loriga falsar e desmanchar,

tantos pendones blancos salir vermejos en sangre,

tantos buenos cavallos sin sos dueños andar.

Los moros llaman -¡Mafómat!- e los cristianos -¡Santi Yagüe!-

Cayén en un poco de logar moros muertos mill e trezientos ya.

¡Quál lidia bien sobre exorado arzón,

mio Çid Ruy Díaz el buen lidiador!

Minaya Álbar Fáñez, que Çorita mandó,

Martín Antolínez, el burgalés de pro,

Muño Gustioz, que fue so criado,

Martín Muñoz, el que mandó a Mont Mayor,

Álbar Álbarez e Álbar Salvadórez,

Galín Garçía, el bueno de Aragón,

Félez Muñoz, so sobrino del Campeador,

desí adelante, quantos que í son

acorren la seña e a mio Çid el Canpeador.

A Minaya Álbar Fáñez matáronle el cavallo,

bien lo acorren mesnadas de cristianos,

la lança á quebrada, al espada metió mano,

maguer de pie, buenos colpes va dando.

Violo mio Çid Ruy Díaz el castellano,

acostós' a un aguazil que tenié buen cavallo,

diol' tal espadada con el so diestro braço,

cortól' por la çintura, el medio echó en campo.

A Minaya Álbar Fáñez íval' dar el cavallo,

-Cavalgad, Minaya, vós sodes el mio diestro braço,

oy en este día de vós abré grand bando.-

Firmes son los moros, aún nos' van del campo,

cavalgó Minaya, el espada en la mano,

por estas fuerças fuerte mientre lidiando,

a los que alcança valos delibrando.

Mio Çid Ruy Díaz, el que en buen ora nasco,

al rey Fáriz tres colpes le avié dado,

los dos le fallen e el únol' ha tomado,

por la loriga ayuso la sangre destellando,

bolvió la rienda por írsele del campo.

Por aquel colpe rancado es el fonsado.

Martín Antolínez un colpe dio a Galve,

las carbonclas del yelmo echógelas aparte,

cortól' el yelmo, que llegó a la carne,

sabet, el otro non ge l'osó esperar.

Arrancado es el rey Fáriz e Galve.

¡Tan buen día por la cristiandad,

ca fuyen los moros de la part!

Los de mio Çid firiendo en alcaz,

el rey Fáriz en Teruel se fue entrar

e a Galve nol' cogieron allá,

para Calatayuth quanto puede se va,

el Campeador íval' en alcaz,

fata Calatayuth duró el segudar.

 

vv. 2689-2762

Ya movieron del Ansarera los ifantes de Carrión,

acójense a andar de día e de noch,

a siniestro dexan Atienza, una peña muy fuert,

la sierra de Miedes passáronla estoz,

por los Montes Claros aguijan a espolón,

a siniestro dexan a Griza, que Álamos pobló,

allí son caños do a Elpha ençerró,

a diestro dexan a Sant Estevan, más cae aluén.

Entrados son los ifantes al robredo de Corpes,

los montes son altos, las ramas pujan con las núes,

e las bestias fieras que andan aderredor.

Fallaron un vergel con una linpia fuent,

mandan fincar la tienda ifantes de Carrión,

con quantos que ellos traen í jazen essa noch,

con sus mugieres en braços demuéstranles amor,

¡mal ge lo cunplieron quando salié el sol!

Mandaron cargar las azémilas con grandes averes,

cogida han la tienda do albergaron de noch,

adelant eran idos los de criazón,

assí lo mandaron los ifantes de Carrión,

que non í fincás ninguno, mugier nin varón,

sinon amas sus mugieres, doña Elvira e doña Sol,

deportarse quieren con ellas a todo su sabor.

Todos eran idos, ellos quatro solos son,

tanto mal comidieron los ifantes de Carrión,

-Bien lo creades, don Elvira e doña Sol,

aquí seredes escarnidas en estos fieros montes,

oy nos partiremos e dexadas seredes de nós,

non abredes part en tierras de Carrión,

irán aquestos mandados al Çid Campeador,

nós vengaremos aquésta por la del león.-

Allí les tuellen los mantos e los pelliçones,

páranlas en cuerpos e en camisas e en çiclatones,

espuelas tienen calçadas los malos traidores,

en mano prenden las çinchas fuertes e duradores.

Quando esto vieron las dueñas, fablava doña Sol,

-Por Dios vos rogamos don Diego e don Ferrando,

dos espadas tenedes fuertes e tajadores,

al una dizen Colada e al otra Tizón,

cortandos las cabeças, mártires seremos nós,

moros e cristianos departirán d'esta razón,

que por lo que nós mereçemos no lo prendemos nós,

atán malos ensienplos non fagades sobre nós,

si nós fuéremos majadas, abiltaredes a vós,

retraérvoslo an en vistas o en cortes.-

Lo que ruegan las dueñas non les ha ningún pro,

essora les conpieçan a dar los ifantes de Carrión,

con las çinchas corredizas májanlas tan sin sabor,

con las espuelas agudas don ellas an mal sabor,

ronpién las camisas e las carnes a ellas amas a dos,

linpia salié la sangre sobre los çiclatones,

ya lo sienten ellas en los sos coraçones.

¡Quál ventura serié ésta, si ploguiesse al Criador,

que assomasse essora el Çid Campeador!

Tanto las majaron que sin cosimente son,

sangrientas en las camisas e todos los çiclatones.

Cansados son de ferir ellos amos a dos,

ensayándos' amos quál dará mejores colpes.

Ya non pueden fablar don Elvira e doña Sol,

por muertas las dexaron en el robredo de Corpes.

Leváronles los mantos e las pieles armiñas,

mas déxanlas marridas en briales e en camisas

e a las aves del monte e a las bestias de la fiera guisa.

Por muertas las dexaron, sabed, que non por bivas.

¡Quál ventura serié si assomás essora el Çid Campeador!

Los ifantes de Carrión en el robredo de Corpes

por muertas las dexaron

que el una al otra nol' torna recabdo.

Por los montes do ivan, ellos ívanse alabando,

-De nuestros casamientos agora somos vengados,

non las deviemos tomar por barraganas

si non fuéssemos rogados,

pues nuestras parejas non eran pora en braços,

la desondra del león assí s'irá vengando.-

 

http://www.laits.utexas.edu/cid/main/folio.php?f=56r&v=nor

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4.     Gonzalo de Berceo (XIV, ca. 1260)

 

Milagros de nuestra Señora

 Milagro XIV: La imagen respetada

 

Sant Migael de la Tumba es un grant monesterio,

El mar lo çerca todo, elli iaçe en medio:

El logar perigroso, do sufren grant laçerio

los monges que hi viven en essi çimiterio.

 

 

En esti monesterio que avemos nomnado,

Avie de buenos monges buen convento probado,

Altar de la Gloriosa rico e muy onrrado,

En él rica imagen de pr~io muy granado.

 

 

Estaba la imagen en su trono posada,

So fijo en sus brazos, cosa es costumnada,

Los reys redor ella, sedie bien compannada,

Commo rica reyna de Dios sanctificada.

 

 

Tenie rica corona commo rica reyna,

De suso rica impla en logar de cortina,

Era bien entallada de labor muy fina,

Valie mas essi pueblo que la avie veçina.

 

 

Colgaba delant ella un buen aventadero,

En el seglar lenguage diçenli moscadero:

De alas de pavones lo fizo el obrero,

Luçie commo estrellas semeiant de luçero.

 

 

Cadió rayo del çielo por los graves peccados,

Ençendió la eglesia de todos quatro cabos,

Quemó todos los libros e los pannos sagrados,

Por pocco que los monges que non foron quemados.

 

 

Ardieron los armarios e todos los frontales,

Las bigas, las gateras, los cabríos, los cumbrales

Ardieron las ampollas, caliçes e çiriales,

Sufrió Dios essa cosa commo faz otras tales.

 

 

Maguer que fué el fuego tan fuert e tan quemant

Nin plegó a la duenna, nin plegó al infant,

Nin plegó al flabello que colgaba delant,

Nin li fizo de danno un dinero pesant.

 

 

Nin ardió la imagen, nin ardió el flabello,

Nin prisieron de danno quanto val un cabello,

Sola-miente el fumo non se llegó a ello,

Nin nuçió mas que nuzo io al obispo don Tello.

 

 

 

Continens e contentum, fue todo astragado,

Tornó todo carbones, fo todo asolado:

Mas redor de la imagen quanto es un estado,

Non fizo mal el fuego, ca non era osado.

 

 

Esto lo vieron todos por fiera maravella,

Que nin fumo nin fuego non se llegó a ella,

Que sedie el flabello mas claro que estrella,

El nino muy fermoso, fermosa la ponçella.

 

 

El preçioso miraclo non cadió en oblido,

Fué luego bien dictado, en escripto metido,

Mientre el mundo sea, será él retraido,

Algun malo por ello fo a bien convertido.

 

 

La Virgo benedicta reyna general,

Commo libró su toca de esti fuego tal,

Asin libra sus siervos del fuego perennal,

Lievalos a la gloria do nunqua vean mal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5.     Romancero viejo (siglos XIV-XIX)

 

Romance del conde Arnaldos

Quién hubiera tal ventura

sobre las aguas del mar,

como hubo el conde Arnaldos

la mañana de san Juan

yendo a buscar la caza

para su falcón cebar,

vio venir una galera

que a tierra quiere llegar

las velas trae de seda

jarcias de oro torzal

áncoras tiene de plata

tablas de fino coral

marinero que la guía

diciendo viene un cantar

que la mar ponía en calma

los vientos hace amainar

las aves que van volando

al mástil vienen posar

los peces que andan al fondo

arriba los hace andar.

Allí habló el infante Arnaldos

bien oiréis lo que dirá

"Por tu vida el marinero

dígasme ahora ese cantar"

Respondiole el marinero

tal respuesta le fue a dar

"Yo no digo mi canción

sino a quien conmigo va"

                    

 

 

 

 

 

 

Romance de la jura de Santa Gadea

En santa Águeda de Burgos, do juran los hijosdalgo,

le toman jura a Alfonso por la muerte de su hermano;

tomábasela el buen Cid, ese buen Cid castellano,

sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo

y con unos evangelios y un crucifijo en la mano.

Las palabras son tan fuertes que al buen rey ponen espanto;

—Villanos te maten, Alonso, villanos, que no hidalgos,

de las Asturias de Oviedo, que no sean castellanos;

mátente con aguijadas, no con lanzas ni con dardos;

con cuchillos cachicuernos, no con puñales dorados;

abarcas traigan calzadas, que no zapatos con lazo;

capas traigan aguaderas, no de contray ni frisado;

con camisones de estopa, no de holanda ni labrados;

caballeros vengan en burras, que no en mulas ni en caballos;

frenos traigan de cordel, que no cueros fogueados.

Mátente por las aradas, que no en villas ni en poblado,

sáquente el corazón por el siniestro costado;

si no dijeres la verdad de lo que te fuere preguntando,

si fuiste, o consentiste en la muerte de tu hermano.

Las juras eran tan fuertes que el rey no las ha otorgado.

Allí habló un caballero que del rey es más privado:

—Haced la jura, buen rey, no tengáis de eso cuidado,

que nunca fue rey traidor, ni papa descomulgado.

Jurado había el rey que en tal nunca se ha hallado;

pero allí hablara el rey malamente y enojado:

—Muy mal me conjuras, Cid, Cid, muy mal me has conjurado,

mas hoy me tomas la jura, mañana me besarás la mano.

—Por besar mano de rey no me tengo por honrado,

porque la besó mi padre me tengo por afrentado.

—Vete de mis tierras, Cid, mal caballero probado,

y no vengas más a ellas dende este día en un año.

—Pláceme, dijo el buen Cid, pláceme, dijo, de grado,

por ser la primera cosa que mandas en tu reinado.

Tú me destierras por uno, yo me destierro por cuatro.

Ya se parte el buen Cid, sin al rey besar la mano,

con trescientos caballeros, todos eran hijosdalgo;

todos son hombres mancebos, ninguno no había cano;

todos llevan lanza en puño y el hierro acicalad,

y llevan sendas adargas con borlas de colorado.

Mas no le faltó al buen Cid adonde asentar su campo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

6.     Libro de buen amor

 

http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/02477205488641662977857/index.htm

 

 

 

 

 

 

7.     Marqués de Santillana (primera mitad del siglo XV)

 

La vaquera de la Finojosa

   Moza tan fermosanon vi en la frontera,como una vaquerade la Finojosa.   Faciendo la vía                 5del Calatraveñoa Santa María,vencido del sueño,por tierra fragosaperdí la carrera,                 10do vi la vaquerade la Finojosa.   En un verde pradode rosas y flores,guardando ganadocon otros pastores,               15la vi tan graciosaque apenas creyeraque fuese vaquerade la Finojosa.   No creo las rosas                   20de la primaverasean tan fermosasni de tal manera,fablando sin glosa,si antes supiera                  25de aquella vaquerade la Finojosa.   No tanto mirarasu mucha beldad,porque me dejara                  30en mi libertad.Mas dije: «Donosa(por saber quién era),¿dónde es la vaquerade la Finojosa?»                  35   Bien como riendo,dijo: «Bien vengades;que ya bien entiendolo que demandades:non es deseosa                    40de amar, nin lo espera,aquesa vaquerade la Finojosa.» 

 

 

 

 

 

 

8.     Jorge Manrique (después de 1476)

 

Coplas a la muerte de su padre

 

vv. 1-5

  Recuerde el alma dormida,

avive el seso e despierte

  contemplando

cómo se passa la vida,

cómo se viene la muerte 

vv. 13-17

  Pues si vemos lo presente

cómo en un punto s'es ido

  e acabado,

si juzgamos sabiamente,

daremos lo non venido

  por passado.                        

vv. 25-28

  Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en la mar,

  qu'es el morir;

allí van los señoríos

vv. 33-40

  e más chicos,

allegados, son iguales

los que viven por sus manos

  e los ricos.

            INVOCACIÓN

  Dexo las invocaciones

de los famosos poetas

  y oradores;

non curo de sus ficciones,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

9.     Garcilaso de la Vega (ca. 1535)

 

Soneto XXXIII

A Boscán desde la Goleta

Boscán, las armas y el furor de Marte,

que, con su propia fuerza el africano

suelo regando, hacen que el romano

imperio reverdezca en esta parte,

han reducido a la memoria el arte

y el antiguo valor italïano,

por cuya fuerza y valerosa mano

África se aterró de parte a parte.

Aquí, donde el romano encendimiento,

donde el fuego y la llama licenciosa

solo el nombre dejaron a Cartago,

vuelve y revuelve Amor mi pensamiento,

hiere y enciende el alma temerosa,

y en llanto y en ceniza me deshago.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

10.  Garcilaso de la Vega (antes de 1535)

 

Égloga III

 

vv. 8-10

 

Aquella voluntad honesta y pura,

ilustre y hermosísima María,

quen mí de celebrar tu hermosura,

tu ingenio y tu valor estar solía,

a despecho y pesar de la ventura         5

que por otro camino me desvía,

está y estará tanto en mí clavada

cuanto del cuerpo el alma acompañada.

Y aun no se me figura que me toca

aqueste oficio solamente en vida,         10

 

vv. 25-32

Pero por más quen mí su fuerza pruebe,           25

no tornará mi corazón mudable:

nunca dirán jamás que me remueve

fortuna dun estudio tan loable;

Apolo y las hermanas7 todas nueve

me darán ocio y lengua con que hable              30

lo menos de lo quen tu ser cupiere,

questo será lo más que yo pudiere

 

vv. 39-47

hurté de tiempo aquesta breve suma,

tomando ora la espada, ora la pluma                40

Aplica, pues, un rato los sentidos

al bajo son de mi zampoña ruda,

indina11 de llegar a tus oídos,

pues dornamento y gracia va desnuda;

mas a las veces son mejor oídos                     45

el puro ingenio y lengua casi muda,

testigos limpios dánimo inocente,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

11.  Fray Luís de León (mediados del siglo XVI)

 

El aire se serena

El aire se serena

y viste de hermosura y luz no usada,

Salinas, cuando suena

la música estremada,

por vuestra sabia mano gobernada.

A cuyo son divino

el alma, que en olvido está sumida,

torna a cobrar el tino

y memoria perdida

de su origen primera esclarecida.

Y como se conoce,

en suerte y pensamientos se mejora;

el oro desconoce,

que el vulgo vil adora,

la belleza caduca, engañadora.

Traspasa el aire todo

hasta llegar a la más alta esfera,

y oye allí otro modo

de no perecedera

música, que es la fuente y la primera.

Ve cómo el gran maestro,

aquesta inmensa cítara aplicado,

con movimiento diestro

produce el son sagrado,

con que este eterno templo es sustentado.

Y como está compuesta

de números concordes, luego envía

consonante respuesta;

y entrambas a porfía

se mezcla una dulcísima armonía.

Aquí la alma navega

por un mar de dulzura, y finalmente

en él ansí se anega

que ningún accidente

estraño y peregrino oye o siente.

¡Oh, desmayo dichoso!

¡Oh, muerte que das vida! ¡Oh, dulce olvido!

¡Durase en tu reposo,

sin ser restituido

jamás a aqueste bajo y vil sentido!

A este bien os llamo,

gloria del apolíneo sacro coro,

amigos a quien amo

sobre todo tesoro;

que todo lo visible es triste lloro.

¡Oh, suene de contino,

Salinas, vuestro son en mis oídos,

por quien al bien divino

despiertan los sentidos

quedando a lo demás amortecidos!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

12.  San Juan de la Cruz (segunda mitad del siglo XVI

 

Cántico espiritual

 

Canciones entre el alma y el esposo  

Esposa:   ¿Adónde te escondiste,amado, y me dejaste con gemido?Como el ciervo huiste,habiéndome herido;salí tras ti, clamando, y eras ido.           5   Pastores, los que fuerdesallá, por las majadas, al otero,si por ventura vierdesaquél que yo más quiero,decidle que adolezco, peno y muero.           10   Buscando mis amores,iré por esos montes y riberas;ni cogeré las flores,ni temeré las fieras,y pasaré los fuertes y fronteras.             15 (Pregunta a las Criaturas)   ¡Oh bosques y espesuras,plantadas por la mano del amado!¡Oh prado de verduras,de flores esmaltado,decid si por vosotros ha pasado!              20 (Respuesta de las Criaturas)   Mil gracias derramando,pasó por estos sotos con presura,y yéndolos mirando,con sola su figuravestidos los dejó de hermosura.               25 Esposa:   ¡Ay, quién podrá sanarme!Acaba de entregarte ya de vero;no quieras enviarmede hoy más ya mensajero,que no saben decirme lo que quiero.       30   Y todos cantos vagan,de ti me van mil gracias refiriendo.Y todos más me llagan,y déjame muriendoun no sé qué que quedan balbuciendo.   35   Mas ¿cómo perseveras,oh vida, no viviendo donde vives,y haciendo, porque mueras,las flechas que recibes,de lo que del amado en ti concibes?        40   ¿Por qué, pues has llagadoaqueste corazón, no le sanaste?Y pues me le has robado,¿por qué así le dejaste,y no tomas el robo que robaste?              45   Apaga mis enojos,pues que ninguno basta a deshacellos,y véante mis ojos,pues eres lumbre dellos,y sólo para ti quiero tenellos.               50   ¡Oh cristalina fuente,si en esos tus semblantes plateados,formases de repentelos ojos deseados,que tengo en mis entrañas dibujados!          55   ¡Apártalos, amado,que voy de vuelo! Esposo:                    Vuélvete, paloma,que el ciervo vulneradopor el otero asoma,al aire de tu vuelo, y fresco toma.           60 Esposa:   ¡Mi amado, las montañas,los valles solitarios nemorosos,las ínsulas extrañas,los ríos sonorosos,el silbo de los aires amorosos;               65   la noche sosegada,en par de los levantes de la aurora,la música callada,la soledad sonora,la cena que recrea y enamora;                 70   nuestro lecho florido,de cuevas de leones enlazado,en púrpura tendido,de paz edificado,de mil escudos de oro coronado!             75    A zaga de tu huella,las jóvenes discurran al camino;al toque de centella,al adobado vino,emisiones de bálsamo divino.                  80   En la interior bodegade mi amado bebí, y cuando salía,por toda aquesta vega,ya cosa no sabíay el ganado perdí que antes seguía.        85   Allí me dio su pecho,allí me enseñó ciencia muy sabrosa,y yo le di de hechoa mí, sin dejar cosa;allí le prometí de ser su esposa.             90   Mi alma se ha empleado,y todo mi caudal, en su servicio;ya no guardo ganado,ni ya tengo otro oficio,que ya sólo en amar es mi ejercicio.        95   Pues ya si en el ejidode hoy más no fuere vista ni hallada,diréis que me he perdido;que andando enamorada,me hice perdidiza, y fui ganada.             100   De flores y esmeraldas,en las frescas mañanas escogidas,haremos las guirnaldasen tu amor florecidas,y en un cabello mío entretejidas:            105   en sólo aquel cabelloque en mi cuello volar consideraste;mirástele en mi cuello,y en él preso quedaste,y en uno de mis ojos te llagaste.            110   Cuando tú me mirabas,tu gracia en mí tus ojos imprimían;por eso me adamabas,y en eso merecíanlos míos adorar lo que en ti vían.               115   No quieras despreciarme,que si color moreno en mí hallaste,ya bien puedes mirarme,después que me miraste,que gracia y hermosura en mí dejaste.  120   Cogednos las raposas,que está ya florecida nuestra viña,en tanto que de rosashacemos una piña,y no parezca nadie en la montiña.          125   Deténte, cierzo muerto;ven, austro, que recuerdas los amores,aspira por mi huerto,y corran sus olores,y pacerá el amado entre las flores.        130 Esposo:   Entrado se ha la esposaen el ameno huerto deseado,y a su sabor reposa,el cuello reclinadosobre los dulces brazos del amado.     135   Debajo del manzano,allí conmigo fuiste desposada,allí te di al mano,y fuiste reparadadonde tu madre fuera violada.                140   O vos, aves ligeras,leones, ciervos, gamos saltadores,montes, valles, riberas,aguas, aires, ardoresy miedos de las noches veladores,        145   por las amenas lirasy canto de serenas os conjuroque cesen vuestras irasy no toquéis al muro,porque la esposa duerma más seguro.  150 Esposa:   Oh ninfas de Judea,en tanto que en las flores y rosalesel ámbar perfumea,morá en los arrabales,y no queráis tocar nuestros umbrales.   155   Escóndete, carillo,y mira con tu haz a las montañas,y no quieras decillo;mas mira las compañasde la que va por ínsulas extrañas.          160 Esposo:   La blanca palomicaal arca con el ramo se ha tornado,y ya la tortolicaal socio deseadoen las riberas verdes ha hallado.            165   En soledad vivía,y en soledad he puesto ya su nido,y en soledad la guíaa solas su querido,también en soledad de amor herido.      170 Esposa:   Gocémonos, amado,y vámonos a ver en tu hermosuraal monte o al colladodo mana el agua pura;entremos más adentro en la espesura.  175   Y luego a las subidascavernas de la piedra nos iremos,que están bien escondidas,y allí nos entraremos,y el mosto de granadas gustaremos.     180   Allí me mostraríasaquello que mi alma pretendía,y luego me daríasallí tú, vida mía,aquello que me diste el otro día:            185   el aspirar del aire,el canto de la dulce filomena,el soto y su donaire,en la noche serenacon llama que consume y no da pena;   190   que nadie lo miraba,Aminadab tampoco parecía,y el cerco sosegaba,y la caballeríaa vista de las aguas descendía.             195 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

13.  Luís de Góngora (ca. 1582)

14.  Luís de Góngora (1611)

 

Mientras por competir   Mientras por competir con tu cabello,oro bruñido al sol relumbra en vano;mientras con menosprecio en medio el llanomira tu blanca frente el lilio bello;   mientras a cada labio, por cogello.                   5siguen más ojos que al clavel temprano;y mientras triunfa con desdén lozanodel luciente cristal tu gentil cuello:   goza cuello, cabello, labio y frente,antes que lo que fue en tu edad dorada                  10oro, lilio, clavel, cristal luciente,   no sólo en plata o vïola troncadase vuelva, mas tú y ello juntamenteen tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

 

 

Fábula de Polifemo y Galatea

vv. 4-9

Ahora que de luz tu niebla doras,

Escucha, al son de la zampoña mía,

Si ya los muros no te ven de Huelva

Peinar el viento, fatigar la selva.

Templado pula en la maestra mano

El generoso pájaro su pluma,

vv. 13-14

Del caballo andaluz la ociosa espuma;

Gima el lebrel en el cordón de seda,

vv. 62-63

Su pecho inunda— o tarde, o mal, o en vano

Surcada aun de los dedos de su mano.

 

 

 

 

 

 

 

15.  Lope de Vega

La Filomena

 

16.  Andrés Fernández de Andrada

Epístola moral a Fabio

vv. 1-21

Fabio, las esperanzas cortesanas

prisiones son do el ambicioso muere

y donde al más activo nacen canas;

el que no las limare o las rompiere

ni el nombre de varón ha merecido,

ni subir al honor que pretendiere.

El ánimo plebeyo y abatido

elija en sus intentos temeroso

primero estar suspenso que caído;

que el corazón entero y generoso

al caso adverso inclinará la frente

antes que la rodilla al poderoso.

Más triunfos, más coronas dio al prudente

que supo retirarse, la fortuna,

que al que esperó obstinada y locamente.

Esta invasión terrible e importuna

de contrarios sucesos nos espera

desde el primer sollozo de la cuna.

Dejémosla pasar como a la fiera

corriente del gran Betis, cuando airado

dilata hasta los montes su ribera.

 

vv. 46-51

Más quiere el ruiseñor su pobre nido

de pluma y leves pajas, más sus quejas

en el bosque repuesto y escondido,

que agradar lisonjero las orejas

de algún príncipe insigne, aprisionado

en el metal de las doradas rejas.

 

vv. 58-63

Iguala con la vida el pensamiento,

y no le pasarás de hoy a mañana,

ni aun quizá de uno a otro momento.

Casi no tienes ni una sombra vana

de nuestra grande Itálica, y, ¿esperas?

¡Oh terror perpetuo de la vida humana!

 

vv.67-72

¿Qué es nuestra vida más que un breve día,

do apenas sale el sol, cuando se pierde

en las tinieblas de la noche fría?

¿Qué más que el heno, a la mañana verde,

seco a la tarde? ¡Oh ciego desvarío!

¿Será que de este sueño me despierte?

 

vv. 100-108

¿Piensas acaso tú que fue criado

el varón para el rayo de la guerra,

para surcar el piélago salado,

para medir el orbe de la tierra

y el cerco por do el sol siempre camina?

¡Oh, quien así lo entiende, cuánto yerra!

Esta nuestra porción alta y divina,

a mayores acciones es llamada

y en más nobles objetos se termina.

vv.  115-117

Quiero, Fabio, seguir a quien me llama,

y callado pasar entre la gente

que no afecto a los nombres ni a la fama.

 

vv. 127-129

Un ángulo me basta entre mis lares,

un libro y un amigo, un sueño breve,

que no perturben deudas ni pesares

 

vv. 163-168

¡Qué muda la virtud por el prudente!

¡Qué redundante y llena de ruido

por el vano, ambicioso y aparente!

Quiero imitar al pueblo en el vestido,

en las costumbres sólo a los mejores,

sin presumir de roto y mal ceñido.

 

vv. 172-174

Una mediana vida yo posea,

un estilo común y moderado,

que no le note nadie que le vea.

 

vv. 181-195

Sin la templanza, ¿viste tú perfeta

alguna cosa? ¡Oh muerte! Ven callada,

como sueles venir en la saeta;

no en la tonante máquina preñada

de fuego y de rumor; que no es mi puerta

de doblados metales fabricada.

Así, Fabio, me enseña descubierta

su esencia la verdad, y mi albedrío

con ella se compone y se concierta.

No te burles de ver cuánto confío,

ni al arte de decir, vana y pomposa,

el ardor atribuyas de este brío.

¿Es, por ventura, menos poderosa

que el vicio la verdad? ¿O menos fuerte?

No la arguyas de flaca y temerosa.

 

vv. 202-205

Ya, dulce amigo, huyo y me retiro

de cuanto simple amé: rompí los lazos;

ven y sabrás al alto fin que aspiro

antes que el tiempo muera en nuestros brazos.

 

 

17.  Francisco Quevedo (ca. 1640)

18.  Francisco Quevedo (ca. 1620)

“¡Ah, de la vida!... ¿Nadie me responde?”

 

¡Ah de la vida!… ¿Nadie me responde?

¡Aquí de los antaños que he vivido!

La Fortuna mis tiempos ha mordido;

las Horas mi locura las esconde.

¡Que sin poder saber cómo ni adónde,

la salud y la edad se hayan huido!

Falta la vida, asiste lo vivido,

y no hay calamidad que no me ronde.

Ayer se fue; mañana no ha llegado;

hoy se está yendo sin parar un punto;

soy un fue, y un será y un es cansado.

En el hoy y mañana y ayer, junto

pañales y mortaja, y he quedado

presentes sucesiones de difunto.

 

 

 

 

Cerrar podrá mis ojos la postrera

Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra, que me llevare el blanco día;

i podrá desatar esta alma mía

hora, a su afán ansioso lisonjera:

mas no de essotra parte en la rivera

dejará la memoria, en donde ardía;

nadar sabe mi llama la agua fría,

i perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un dios prisión ha sido,

venas, que humor a tanto fuego han dado,

medulas, que han gloriosamente ardido;

su cuerpo dejarán, no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrá sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

19.  Sor Juana Inés de la Cruz (finales del siglo XVII)

 

Hombres necios que acusáis

 

Hombres necios que acusáis

a la mujer, sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis;

si con ansia sin igual

solicitáis su desdén,

por qué queréis que obren bien

si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia

y luego, con gravedad,

decís que fue liviandad

lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo

de vuestro parecer loco,

al niño que pone el coco

y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,

hallar a la que buscáis

para prentendida, Thais,

y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro

que el que, falto de consejo,

él mismo empaña el espejo

y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén

tenéis condición igual,

quejándoos, si os tratan mal,

burlándoos, si os quieren bien.

Opinión, ninguna gana,

pues la que más se recata,

si no os admite, es ingrata,

y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis

que, con desigual nivel,

a una culpáis por cruel

y a otra por fácil culpáis.

¿Pues como ha de estar templada

la que vuestro amor pretende?,

¿si la que es ingrata ofende,

y la que es fácil enfada?

Mas, entre el enfado y la pena

que vuestro gusto refiere,

bien haya la que no os quiere

y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas

a sus libertades alas,

y después de hacerlas malas

las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido

en una pasión errada:

la que cae de rogada,

o el que ruega de caído?

¿O cuál es de más culpar,

aunque cualquiera mal haga;

la que peca por la paga

o el que paga por pecar?

¿Pues, para qué os espantáis

de la culpa que tenéis?

Queredlas cual las hacéis

o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,

y después, con más razón,

acusaréis la afición

de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo

que lidia vuestra arrogancia,

pues en promesa e instancia

juntáis diablo, carne y mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

20.  José de Espronceda (ca. 1840)

 

Marchitas ya las juveniles flores

A XXX dedicándole estas poesías

 

Marchitas ya las juveniles flores,

nublado el sol de la esperanza mía,

hora tras hora cuento, y mi agonía

crecen, y mi ansiedad y mis dolores.

Sobre terso cristal, ricos colores

pinta alegre, tal vez, mi fantasía,

cuando la dura realidad sombría

mancha el cristal y empaña sus fulgores.

Los ojos vuelvo en incesante anhelo,

y gira en torno indiferente el mundo

y en torno gira indiferente el cielo.

A ti las quejas de mi mal profundo,

hermosa sin ventura, yo te envío.

Mis versos son tu corazón y el mío.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

21.  Gustavo Adolfo Bécquer (Rimas, 1868)

 

Del salón en el ángulo oscuro

 

Del salón en el ángulo oscuro,

de su dueña tal vez olvidada,

silenciosa y cubierta de polvo,

veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,

como el pájaro duerme en las ramas,

esperando la mano de nieve

que sabe arrancarlas!

¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio

así duerme en el fondo del alma,

y una voz como Lázaro espera

que le diga «Levántate y anda»!

 

22.  Rosalía de Castro

 

Adiós ríos, adiós fontes                                    Adiós ríos, adiós fuentes (traducción)

 

Adiós, ríos; adiós, fontes;

adiós, regatos pequenos;

adiós, vista dos meus ollos;

non sei cándo nos veremos.

Miña terra, miña terra,

terra donde me eu criéi,

hortiña que quero tanto,

figueiriñas que prantéi,

prados, ríos, arboredas,

pinares que move o vento,

paxariños piadores,

casiña do meu contento,

muíño dos castañares,

noites craras de luar,

campaniñas trimbadoras

da igrexiña do lugar,

amoriñas das silveiras

que eu lle daba ó meu amor,

camiñinos antre o millo,

¡adiós, para sempre adiós!

¡Adiós, groria! ¡Adiós, contento!

¡Deixo a casa onde nacín,

deixo a aldea que conoso

por un mundo que non vin!

Deixo amigos por estraños,

deixo a veiga polo mar,

deixo, en fin, canto ben quero...

¡Quén pudera no o deixar...!

... ... ...

Mais son probe e, ¡mal pedado!,

a miña terra n'é miña,

que hasta lle dan de prestado

a beira por que camiña

ó que nacéu desdichado.

Téñovos, pois, que deixar,

hortiña que tanto améi,

fogueiriña deo meu lar,

arboriños que prantéi,

fontiña do cabañar.

Adiós, adiós, que me vou,

herbiñas do composanto

donde meu pai se enterróu,

herbiñas que biquéi tanto,

terriña que vos crióu.

Adiós, Virxe de Asunción,

branca como un serafín:

lévovos no corasón;

pedídelle a Dios por min,

miña Virxe da Asunción.

Xa se oien lonxe, moi lonxe,

as campanas do Pomar;

para min, ¡ai! coitadiño,

nunca máis han de tocar.

Xa se oien lonxe, máis lonxe...

Cada balada é un dolor;

voume soio, sin arrimo...

Miña terra, ¡adiós!, ¡adiós!

¡Adiós tamén, queridiña...!

¡Adiós, por sempre quizáis...!

Dígoche este adiós chorando

desde a beiriña do mar.

Non me olvides, queridiña,

si morro de soidás...

Tantas légoas mar adentro...

¡Miña casiña!, ¡meu lar!

Adiós, ríos; adiós, fuentes;

adiós, regatos pequeños;

adiós, visión de mis ojos:

no sé cuándo nos veremos.

Tierra mía, tierra mía,

tierra donde me crié,

huertecita que amo tanto,

r higueritas que planté,

prados, ríos, arboledas,

pinares que mueve el viento,

pajarillos piadores,

casita de mi contento,

molino del castañar,

noches claras de lunar,

campanitas timbradoras

de la iglesia del lugar,

moritas de los zarzales

que yo le daba a mi amor,

caminos entre maizales,

¡adiós para siempre adiós!

¡Adiós, gloria! ¡Adiós, contento!

¡Dejo casa en que nací

y la aldez que conozco

por un mundo que no vi!

Dejo amigos por extraños,

y la vega por el mar,

dejo, en fin, cuanto bien quiero...

¡Quién pudiera no dejar...!

... ... ...

Mas soy pobre y, ¡mal pedado!,

mi tierra mía no es,

que hasta le dan de prestado

la vera por que camina

al que nación desdichado.

Os tengo, pues, que dejar,

huerta que yo tanto amé

hoguerita de mi lar,

arbolillos que planté,

fontana del cabañar.

Adiós, adiós, que me voy,

yerbitas del camposanto

do mi padre se enterró,

yerbitas que besé tanto,

tierra que a las dos crió.

Adiós, Virgen de Asunción

blanca como un serafín,

os llevo en el corazón;

a Dios pidedle por mí,

mi Virgen de la Asunción.

Ya se oyen lejos, muy lejos,

las campanas del Pomar;

para mí, ¡ay! desdichado

nunca más han de tocar.

Ya se oyen lejos, más lejos...

cada son es un dolor;

voyme solo, sin arrimo,

tierra mía, ¡adiós!, ¡adiós!

¡Adiós también, queridiña!

Adiós por siempre quizás...

Dígote este adiós llorando

desde la orilla del mar.

No me olvides, queridiña,

si muero de soledad...

Tantas leguas mar adentro...

¡Casiña mía!... ¡Mi lar!...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

23.  Rubén Darío (Cantos de vida y esperanza, 1905)

 

Canción de otoño en primavera

 

Juventud, divino tesoro,

¡ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro...

y a veces lloro sin querer...

Plural ha sido la celeste

historia de mi corazón.

Era una dulce niña, en este

mundo de duelo y de aflicción.

Miraba como el alba pura;

sonreía como una flor.

Era su cabellera obscura

hecha de noche y de dolor.

Yo era tímido como un niño.

Ella, naturalmente, fue,

para mi amor hecho de armiño,

Herodías y Salomé...

Juventud, divino tesoro,

¡ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro...

y a veces lloro sin querer...

Y más consoladora y más

halagadora y expresiva,

la otra fue más sensitiva

cual no pensé encontrar jamás.

Pues a su continua ternura

una pasión violenta unía.

En un peplo de gasa pura

una bacante se envolvía...

En sus brazos tomó mi ensueño

y lo arrulló como a un bebé...

Y te mató, triste y pequeño,

falto de luz, falto de fe...

Juventud, divino tesoro,

¡te fuiste para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro...

y a veces lloro sin querer...

Otra juzgó que era mi boca

el estuche de su pasión;

y que me roería, loca,

con sus dientes el corazón.

Poniendo en un amor de exceso

la mira de su voluntad,

mientras eran abrazo y beso

síntesis de la eternidad;

y de nuestra carne ligera

imaginar siempre un Edén,

sin pensar que la Primavera

y la carne acaban también...

Juventud, divino tesoro,

¡ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro...

y a veces lloro sin querer.

¡Y las demás! En tantos climas,

en tantas tierras siempre son,

si no pretextos de mis rimas

fantasmas de mi corazón.

En vano busqué a la princesa

que estaba triste de esperar.

La vida es dura. Amarga y pesa.

¡Ya no hay princesa que cantar!

Mas a pesar del tiempo terco,

mi sed de amor no tiene fin;

con el cabello gris, me acerco

a los rosales del jardín...

Juventud, divino tesoro,

¡ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro...

y a veces lloro sin querer...

¡Mas es mía el Alba de oro!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

24.  Antonio Machado (Campos de Castilla, 1912)

 

Campos de Soria

 

  I

  Es la tierra de Soria árida y fría.

Por las colinas y las sierras calvas,

verdes pradillos, cerros cenicientos,

la primavera pasa

dejando entre las hierbas olorosas

sus diminutas margaritas blancas.

  La tierra no revive, el campo sueña.

Al empezar abril está nevada

la espalda del Moncayo;

el caminante lleva en su bufanda

envueltos cuello y boca, y los pastores

pasan cubiertos con sus luengas capas.

                II

  Las tierras labrantías,

como retazos de estameñas pardas,

el huertecillo, el abejar, los trozos

de verde obscuro en que el merino pasta,

entre plomizos peñascales, siembran

el sueño alegre de infantil Arcadia.

En los chopos lejanos del camino,

parecen humear las yertas ramas

como un glauco vapor —las nuevas hojas—

y en las quiebras de valles y barrancas

blanquean los zarzales florecidos,

y brotan las violetas perfumadas.

                III

Es el campo undulado, y los caminos

ya ocultan los viajeros que cabalgan

en pardos borriquillos,

ya al fondo de la tarde arrebolada

elevan las plebeyas figurillas,

que el lienzo de oro del ocaso manchan.

Mas si trepáis a un cerro y veis el campo

desde los picos donde habita el águila,

son tornasoles de carmín y acero,

llanos plomizos, lomas plateadas,

circuidos por montes de violeta,

con las cumbres de nieve sonrosado.

                IV

¡Las figuras del campo sobre el cielo!

Dos lentos bueyes aran

en un alcor, cuando el otoño empieza,

y entre las negras testas doblegadas

bajo el pesado yugo,

pende un cesto de juncos y retama,

que es la cuna de un niño;

y tras la yunta marcha

un hombre que se inclina hacia la tierra,

y una mujer que en las abiertas zanjas

arroja la semilla.

Bajo una nube de carmín y llama,

en el oro fluido y verdinoso

del poniente, las sombras se agigantan.

                V

La nieve. En el mesón al campo abierto

se ve el hogar donde la leña humea

y la olla al hervir borbollonea.

El cierzo corre por el campo yerto,

alborotando en blancos torbellinos

la nieve silenciosa.

La nieve sobre el campo y los caminos,

cayendo está como sobre una fosa.

Un viejo acurrucado tiembla y tose

cerca del fuego; su mechón de lana

la vieja hila, y una niña cose

verde ribete a su estameña grana.

Padres los viejos son de un arriero

que caminó sobre la blanca tierra,

y una noche perdió ruta y sendero,

y se enterró en las nieves de la sierra.

En torno al fuego hay un lugar vacío

y en la frente del viejo, de hosco ceño,

como un tachón sombrío

—tal el golpe de un hacha sobre un leño—.

La vieja mira al campo, cual si oyera

pasos sobre la nieve. Nadie pasa.

Desierta la vecina carretera,

desierto el campo en torno de la casa.

La niña piensa que en los verdes prados

ha de correr con otras doncellitas

en los días azules y dorados,

cuando crecen las blancas margaritas.

                VI

  ¡Soria fría, Soria pura,

cabeza de Extremadura,

con su castillo guerrero

arruinado, sobre el Duero;

con sus murallas roídas

y sus casas denegridas!

  ¡Muerta ciudad de señores

soldados o cazadores;

de portales con escudos

de cien linajes hidalgos,

y de famélicos galgos,

de galgos flacos y agudos,

que pululan

por las sórdidas callejas,

y a la medianoche ululan,

cuando graznan las cornejas!

  ¡Soria fría!  La campana

de la Audiencia da la una.

Soria, ciudad castellana

¡tan bella! bajo la luna.

                VII

¡Colinas plateadas,

grises alcores, cárdenas roquedas

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, obscuros encinares,

ariscos pedregales, calvas sierras,

caminos blancos y álamos del río,

tardes de Soria, mística y guerrera,

hoy siento por vosotros, en el fondo

del corazón, tristeza,

tristeza que es amor! ¡Campos de Soria

donde parece que las rocas sueñan,

conmigo vais! ¡Colinas plateadas,

grises alcores, cárdenas roquedas!...

                VIII

He vuelto a ver los álamos dorados,

álamos del camino en la ribera

del Duero, entre San Polo y San Saturio,

tras las murallas viejas

de Soria —barbacana

hacia Aragón, en castellana tierra—.

Estos chopos del río, que acompañan

con el sonido de sus hojas secas

el son del agua, cuando el viento sopla,

tienen en sus cortezas

grabadas iniciales que son nombres

de enamorados, cifras que son fechas.

¡Álamos del amor que ayer tuvisteis

de ruiseñores vuestras ramas llenas;

álamos que seréis mañana liras

del viento perfumado en primavera;

álamos del amor cerca del agua

que corre y pasa y sueña,

álamos de las márgenes del Duero,

conmigo vais, mi corazón os lleva!

                IX

¡Oh, sí!  Conmigo vais, campos de Soria,

tardes tranquilas, montes de violeta,

alamedas del río, verde sueño

del suelo gris y de la parda tierra,

agria melancolía

de la ciudad decrépita.

Me habéis llegado al alma,

¿o acaso estabais en el fondo de ella?

¡Gentes del alto llano numantino

que a Dios guardáis como cristianas viejas,

que el sol de España os llene

de alegría, de luz y de riqueza!

 

25.  Antonio Machado (Campos de Castilla, 1917)

 

Proverbios y Cantares

XXIX

 

Caminante, son tus huellas

el camino, y nada más;

caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar se hace camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante, no hay camino,

sino estelas en la mar.

XLIV

 

Todo pasa y todo queda;

pero lo nuestro es pasar,

pasar haciendo caminos,

caminos sobre la mar.

 

 

 

 

 

 

 

26.  Juan Ramón Jiménez (Canción, 1936)

 

Álamo blanco

 

Arriba canta el pájaro y abajo canta el agua.

(Arriba y abajo, se me abre el alma.)

Entre dos melodías la columna de plata.

Hoja, pájaro, estrella; baja flor, raíz, agua.

Entre dos conmociones la columna de plata.

(Y tú, tronco ideal, entre mi alma y mi alma.)

Mece a la estrella el trino, la onda a la flor baja.

(Abajo y arriba, me tiembla el alma.)

 

 

27.  Juan Ramón Jiménez (El nombre conseguido de los nombres de Dios deseado y deseante, 1949)

 

Si yo, por ti, he creado un mundo para ti

 

Si yo, por ti, he creado un mundo para ti,

dios, tú tenías seguro que venir a él,

y tú has venido a él, a mí seguro,

porque mi mundo todo era mi esperanza.

Yo he acumulado mi esperanza

en lengua, en nombre hablado, en nombre escrito;

a todo yo le había puesto nombre

y tú has tomado el puesto

de toda esta nombradía.

Ahora puedo yo detener ya mi movimiento,

como la llama se detiene en ascua roja

con resplandor de aire inflamado azul,

en el ascua de mi perpetuo estar y ser;

ahora yo soy ya mi mar paralizado,

el mar que yo decía, mas no duro,

paralizado en olas de conciencia en luz

y vivas hacia arriba todas, hacia arriba.

Todos los nombres que yo puse

al universo que por ti me recreaba yo,

se me están convirtiendo en uno y en un

dios.

El dios que es siempre al fin,

el dios creado y recreado y recreado

por gracia y sin esfuerzo.

El Dios. El nombre conseguido de los nombres.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

28.  Pedro Salinas (Presagios, 1924)

 

El alma tenías

 

El alma tenías

tan clara y abierta,

que yo nunca pude

entrarme en tu alma.

Busqué los atajos

angostos, los pasos

altos y difíciles...

A tu alma se iba

por caminos anchos.

Preparé alta escala

—soñaba altos muros

guardándote el alma—

pero el alma tuya

estaba sin guarda

de tapial ni cerca.

Te busqué la puerta

estrecha del alma,

pero no tenía,

de franca que era,

entradas tu alma.

¿En dónde empezaba?

¿Acababa, en dónde?

Me quedé por siempre

sentado en las vagas

lindes de tu alma.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

29.  Jorge Guillén (Cántico, 1928)

 

Más allá

 

El balcón, los cristales,

Unos libros, la mesa.

¿Nada más esto? Sí,

Maravillas concretas.

Material jubiloso

Convierte en superficie

Manifiesta a sus átomos

Tristes, siempre invisibles.

Y por un filo escueto,

O el amor de una curva

de asa, la energía

De plenitud actúa.

¡Energía o su gloria!

En mi dominio luce

Sin escándalo dentro

De lo tan real, hoy lunes.

Y ágil, humildemente,

La materia apercibe

Gracia de Aparición:

Esto es cal, esto es mimbre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

30.  Gerardo Diego (Soria, 1923)

 

Río Duero, río Duero

Río Duero, río Duero,

nadie a acompañarte baja;

nadie se detiene a oír

tu eterna estrofa de agua.

Indiferente o cobarde,

la ciudad vuelve la espalda.

No quiere ver en tu espejo

su muralla desdentada.

Tú, viejo Duero, sonríes

entre tus barbas de plata,

moliendo con tus romances

las cosechas mal logradas.

Y entre los santos de piedra

y los álamos de magia

pasas llevando en tus ondas

palabras de amor, palabras.

Quién pudiera como tú,

a la vez quieto y en marcha,

cantar siempre el mismo verso

pero con distinta agua.

Río Duero, río Duero,

nadie a estar contigo baja,

ya nadie quiere atender

tu eterna estrofa olvidada,

sino los enamorados

que preguntan por sus almas

y siembran en tus espumas

palabras de amor, palabras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

31.  Federico García Lorca (Romancero gitano, 1927)

La luna vino a la fragua

 

La luna vino a la fragua

con su polisón de nardos.

El niño la mira mira.

El niño la está mirando.

En el aire conmovido

mueve la luna sus brazos

y enseña, lúbrica y pura,

sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.

Si vinieran los gitanos,

harían con tu corazón

collares y anillos blancos.

Niño déjame que baile.

Cuando vengan los gitanos,

te encontrarán sobre el yunque

con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,

que ya siento sus caballos.

Niño déjame, no pises,

mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba

tocando el tambor del llano.

Dentro de la fragua el niño,

tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,

bronce y sueño, los gitanos.

Las cabezas levantadas

y los ojos entornados.

¡Cómo canta la zumaya,

ay como canta en el árbol!

Por el cielo va la luna

con el niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,

dando gritos, los gitanos.

El aire la vela, vela.

el aire la está velando.

 

 

 

 

 

 

 

 

32.  Federico García Lorca (Poeta en Nueva York, 1929-30, publicado en 1940)

Ciudad sin sueño

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.

Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan

y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas

al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Hay un muerto en el cementerio más lejano

que se queja tres años

porque tiene un paisaje seco en la rodilla;

y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto

que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.

No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!

Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda

o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas.

Pero no hay olvido, ni sueño:

carne viva. Los besos atan las bocas

en una maraña de venas recientes

y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso

y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros.

Un día

los caballos vivirán en las tabernas

y las hormigas furiosas

atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.

Otro día

veremos la resurrección de las mariposas disecadas

y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos

veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.

¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!

A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero,

a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente

o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,

hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,

donde espera la dentadura del oso,

donde espera la mano momificada del niño

y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Pero si alguien cierra los ojos,

¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!

Haya un panorama de ojos abiertos

y amargas llagas encendidas.

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.

Ya lo he dicho.

No duerme nadie.

Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,

abrid los escotillones para que vea bajo la luna

las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.

33.  Dámaso Alonso (Hijos de la ira, 1944)

 

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas) (Insomnio)

 

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).

A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,

y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.

Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como

la  leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.

Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,

por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,

por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.

Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?

¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,

las tristes azucenas letales de tus noches?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

34.  Vicente Aleixandre (La destrucción y el amor, 1935)

 

Se querían

Se querían.

Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,

labios saliendo de la noche dura,

labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?

Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.

Se querían como las flores a las espinas hondas,

a esa amorosa gema del amarillo nuevo,

cuando los rostros giran melancólicamente,

giralunas que brillan recibiendo aquel beso.

Se querían de noche, cuando los perros hondos

laten bajo la tierra y los valles se estiran

como lomos arcaicos que se sienten repasados:

caricia, seda, mano, luna que llega y toca.

Se querían de amor entre la madrugada,

entre las duras piedras cerradas de la noche,

duras como los cuerpos helados por las horas,

duras como los besos de diente a diente solo.

Se querían de día, playa que va creciendo,

ondas que por los pies acarician los muslos,

cuerpos que se levantan de la tierra y flotando...

Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.

Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,

mar altísimo y joven, intimidad extensa,

soledad de lo vivo, horizontes remotos

ligados como cuerpos en soledad cantando.

Amando. Se querían como la luna lúcida,

como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,

dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,

donde los peces rojos van y vienen sin música.

Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,

ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,

mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,

metal, música, labio, silencio, vegetal,

mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

35.  Rafael Alberti (Marinero en tierra, 1924)

 

Si mi voz muriera en tierra

Si mi voz muriera en tierra

llevadla al nivel del mar

y dejadla en la ribera.

   Llevadla al nivel del mar

y nombradla capitana

de un blanco bajel de guerra.

   ¡Oh mi voz condecorada

con la insignia marinera:

sobre el corazón un ancla

y sobre el ancla una estrella

y sobre la estrella el viento

y sobre el viento la vela!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

36.  Luís Cernuda (Donde habite el olvido, 1933)

 

Donde habite el olvido

 

Donde habite el olvido,

En los vastos jardines sin aurora;

Donde yo sólo sea

Memoria de una piedra sepultada entre ortigas

Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

 

Donde mi nombre deje

Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,

Donde el deseo no exista.

 

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

No esconda como acero

En mi pecho su ala,

Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

 

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,

Sometiendo a otra vida su vida,

Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

 

Donde penas y dichas no sean más que nombres,

Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;

Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,

Disuelto en niebla, ausencia,

Ausencia leve como carne de niño.

 

Allá, allá lejos;

Donde habite el olvido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

37.  Miguel Hernández (El rayo que no cesa, 1936)

 

Yo quiero ser, llorando, el hortelano

 

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto

como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería).

Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que ocupas y estercolas,

compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas

y órganos mi dolor sin instrumento,

a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.

Tanto dolor se agrupa en mi costado,

que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,

un hachazo invisible y homicida,

un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,

lloro mi desventura y sus conjuntos

y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,

y sin calor de nadie y sin consuelo

voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,

temprano madrugó la madrugada

temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,

no perdono a la vida desatenta,

no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta

de piedras, rayos y hachas estridentes

sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,

quiero apartar la tierra parte a parte

a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte

y besarte la noble calavera

y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:

por los altos andamios de las flores

pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.

Volverás al arrullo de las rejas

de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,

y tu sangre se irán a cada lado

disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,

llama a un campo de almendras espumosas

mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

38.  Gabriel Celaya (Cantos íberos, 1955)

 

La poesía es un arma cargada de futuro

 

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante

mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,

fieramente existiendo, ciegamente afirmando,

como un pulso que golpea las tinieblas,

Cuando se miran de frente

los vertiginosos ojos claros de la muerte,

se dicen las verdades:

las bárbaras, terribles, amorosas crueldades:

Se dicen los poemas

que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,

piden ser, piden ritmo,

piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,

con el rayo del prodigio,

como mágica evidencia, lo real se nos convierte

en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria

como el pan de cada día,

como el aire que exigimos trece veces por minuto,

para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan

decir que somos quienes somos,

nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.

Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo

cultural por los neutrales

que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.

Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren

y canto respirando.

Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas

personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,

y calculo por eso con técnica, qué puedo.

Me siento un ingeniero del verso y un obrero

que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: Poesía-herramienta

a la vez que latido de lo unánime y ciego.

Tal es, arma cargada de futuro expansivo

con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.

No es un bello producto. No es un fruto perfecto.

Es algo como el aire que todos respiramos

y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo

como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.

Son lo más necesario: Lo que no tiene nombre.

Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

39.  Blas de Otero (Pido la paz y la palabra, 1955)

 

En el principio

 

Si he perdido la vida, el tiempo, todo

lo que tiré, como un anillo al agua,

si he perdido la voz en la maleza,

me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo

lo que era mío y resultó ser nada,

si he segado las sombras en silencio,

me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro

puro y terrible de mi patria,

si abrí los labios hasta desgarrármelos,

me queda la palabra.

 

 

40.  Ángel González (Áspero mundo, 1956)

 

Para que yo me llame Ángel González

Para que yo me llame Ángel González,

para que mi ser pese sobre el suelo,

fue necesario un ancho espacio

y un largo tiempo:

hombres de todo el mar y toda tierra,

fértiles vientres de mujer, y cuerpos

y más cuerpos, fundiéndose incesantes

en otro cuerpo nuevo.

Solsticios y equinoccios alumbraron

con su cambiante luz, su vario cielo,

el viaje milenario de mi carne

trepando por los siglos y los huesos.

De su pasaje lento y doloroso

de su huida hasta el fin, sobreviviendo

naufragios, aferrándose

al último suspiro de los muertos,

yo no soy más que el resultado, el fruto,

lo que queda, podrido, entre los restos;

esto que veis aquí,

tan sólo esto:

un escombro tenaz, que se resiste

a su ruina, que lucha contra el viento,

que avanza por caminos que no llevan

a ningún sitio. El éxito

de todos los fracasos. La enloquecida

fuerza del desaliento...

 

 

 

 

41.  José María Valverde (Ser de palabra, 1976)

En el principio

De pronto arranca la memoria,

sin fondos de origen perdido;

muy niño viéndome una tarde

en el espejo de un armario

con doble luz enajenada

por el iris de sus biseles,

decidí que aquello lo había

de recordar, y lo aferré,

y desde ahí empieza mi mundo,

con un piso destartalado,

las vagas personas mayores

y los miedos en el pasillo.

Años y años pasaron luego

y al mirar atrás, allá estaba

la escena en que, hombrecito audaz,

desembarqué en mí, conquistándome.

Hasta que un día, bruscamente,

vi que esa estampa inaugural

no se fundó porque una tarde

se hizo mágica en un espejo,

sino por un toque, más leve,

pero que era todo mi ser:

el haberme puesto a mí mismo

en el espejo del lenguaje

doblando sobre sí el hablar,

diciéndome que lo diría,

para siempre vuelto palabra,

mía y ya extraña, aquel momento.

Pero cuando lo comprendí

era ya mayor, hombre de libros,

y acaso fue porque en alguno

leí la gran perogrullada:

que no hay más mente que el lenguaje,

y pensamos solo al hablar,

y no queda más mundo vivo

tras las tierras de la palabra.

Hasta entonces, niño y muchacho,

creí que hablar era un juguete,

algo añadido, una herramienta,

un ropaje sobre las cosas,

un caballo con que correr

por el mundo, terrible y rico,

o un estorbo en que se aludía

a lo lejos, a ideas vagas:

ahora, de pronto, lo era todo,

igual que el ser de carne y hueso,

nuestra ración de realidad,

el mismo ser hombre, poco o mucho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

42.  José Ángel Valente (El inocente, 1970)

 

Si no creamos un objeto metálico

Si no creamos un objeto metálico

de dura luz,

de púas aceradas,

de crueles aristas,

donde el que va a vendernos, a entregarnos, de pronto

reconozca o presencie metódica su muerte,

cuándo podremos poseer la tierra.

Si no depositamos a mitad del vacío

un objeto incruento

capaz de percutir en la noche terrible

como un pecho sin término,

si en el centro no está invulnerable el odio,

tentacular, enorme, no visible,

cuándo podremos poseer la tierra.

Y si no está el amor petrificado

y el residuo del fuego no pudiera

hacerlo arder, correr desde sí mismo, como semen o lava,

para arrasar el mundo, para entrar como un río

de vengativa luz por las puertas vedadas,

cuándo podremos poseer la tierra.

Si no creamos un objeto duro,

resistente a la vista, odioso al tacto,

incómodo al oficio del injusto,

interpuesto entre el llanto y la palabra,

entre el brazo del ángel y el cuerpo de la víctima,

entre el hombre y su rostro,

entre el nombre del dios y su vacío,

entre el filo y la espada,

entre la muerte y su naciente sombra,

cuándo podremos poseer la tierra,

cuándo podremos poseer la tierra,

cuándo podremos poseer la tierra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

43.  Jaime Gil de Biedma (Moralidades, 1966)

 

Intento formular mi experiencia de la guerra

 

Fueron, posiblemente,

los años más felices de mi vida,

y no es extraño, puesto que a fin de cuentas

no tenía los diez años.

Las víctimas más tristes de la guerra

los niños son, se dice.

Pero también es cierto que es una bestia el niño:

si le perdona la brutalidad

de los mayores, él sabe aprovecharla,

y vive más que nadie

en ese mundo demasiado simple,

tan parecido al suyo.

Para empezar, la guerra

fue conocer los páramos con viento,

los sembrados de gleba pegajosa

y las tardes de azul, celestes y algo pálidas,

con los montes de nieve sonrosada a lo lejos.

Mi amor por los inviernos mesetarios

es una consecuencia

de que hubiera en España casi un millón de muertos.

A salvo de los pinares

-pinares de la Mesa, del Rosal, del Jinete!-,

el miedo y el desorden de los primeros días

eran algo borroso, con esa irrealidad

de los momentos demasiado intensos.

Y Segovia parecía remota

como una gran ciudad, era ya casi el frente

-o por lo menos un lugar heroico,

un sitio con tenientes de brazo en cabestrillo

que nos emocionaba visitar: la guerra

quedaba allí al alcance de los niños

tal y como la quieren.

A la vuelta, de paso por el puente Uñés,

buscábamos la arena removida

donde estaban, sabíamos, los cinco fusilados.

Luego la lluvia los desenterró,

los llevó río abajo.

Y me acuerdo también de una excursión a Coca,

que era el pueblo de al lado,

una de esas mañanas que la luz

es aún, en el aire, relámpago de escarcha,

pero que anuncian ya la primavera.

Mi recuerdo, muy vago, es sólo una imagen,

una nítida imagen de la felicidad

retratada en un cielo

hacia el que se apresura la torre de la iglesia,

entre un nimbo de pájaros.

Y los mismos discursos, los gritos, las canciones

eran como promesas de otro tiempo mejor,

nos ofrecían

un billete de vuelta al siglo diez y seis.

¿Qué niño no lo acepta?

Cuando por fin volvimos

a Barcelona, me quedó unos meses

la nostalgia de aquello, pero me acostumbré.

Quien me conoce ahora

dirá que mi experiencia

nada tiene que ver con mis ideas,

y es verdad. Mis ideas de la guerra cambiaron

después, mucho después

de que hubiera empezado la postguerra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

44.  María Victoria Atencia (El coleccionista, 1979)

 

Placeta de San Marcos

 

Amárrate, alma mía; sujétate a este mármol,

Sebastián de su tronco, con cuantas cintas pueda

Ofrecerte en Venecia la lluvia que te empapa.

 

Amárrate a este palo, alma Ulises, y escucha

-desde donde la plaza proclama su equilibrio-

El rugido de bronce que la piedra sostiene.