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Olga Lengyel - Los Hornos de Hitler.pdf
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Los Hornos de Hitler

Olga Lengyel

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RECONOCIMIENTOS .................................................................................................. 4

DEDICATORIA ............................................................................................................. 5

8 Caballos... o 96 Hombres, Mujeres y Niños ................................................................ 6

La Llegada..................................................................................................................... 48

La Barraca 2.6 ............................................................................................................... 58

Las Primeras Impresiones ............................................................................................. 61

La Llamada a Lista y Las Selecciones.......................................................................... 70

El Campamento............................................................................................................. 75

Una Proposición en Auschwitz ..................................................................................... 80

Soy Condenada a Muerte .............................................................................................. 84

La Enfermería ............................................................................................................... 87

Un Nuevo Motivo Para Vivir........................................................................................ 95

"Canadá" ..................................................................................................................... 105

El Depósito de Cadáveres ........................................................................................... 109

El "Ángel de la Muerte" Contra el "Gran Seleccionador" .......................................... 115

"Organización"............................................................................................................ 121

Nacimientos Malditos ................................................................................................. 124

Algunos Detalles de la Vida Detrás de las Alambradas.............................................. 128

Los Métodos y su Insensatez ...................................................................................... 138

Nuestras Vidas Privadas.............................................................................................. 154

Las Bestias de Auschwitz ........................................................................................... 160

La Resistencia ............................................................................................................. 173

"¡París ha sido Liberado!"........................................................................................... 182

Experimentos Científicos............................................................................................ 189

Amor a la Sombra del Crematorio .............................................................................. 197

En el Carro de la Muerte............................................................................................. 205

En el Umbral de lo Desconocido ................................................................................ 209

La Libertad.................................................................................................................. 213

Todavía Tengo Fe ....................................................................................................... 221

VOCABULARIO ....................................................................................................... 226



RECONOCIMIENTOS

La autora agradece a Louis Zara su espléndida cooperación y sugestiones constructivas, así como la ayuda

valiosísima que le prestaron Isidore Lipschutz, el Profesor Emile Lengyel, de la Universidad de Nueva York, Charles

Eube, Osear Ray.

Mi agradecimiento también a N. Adorjan, licenciado Paul Salmón, doctor Eric Legman, Mme. Steier, Ladislas Gara,

Clifford Coch, Paul P. Weiss, al doctor Andrés M. Mateo por su gran ayuda y al señor José Luis Ramírez Jr. por su

comprensión y valiosa cooperación.

Deseo expresar mi agradecimiento a los Editores franceses, americanos, ingleses y mexicanos, así como al personal

bajo sus órdenes que con sus valiosas sugestiones han hecho posible la publicación de este libro en sus países

respectivos.

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DEDICATORIA

"Dedico este libro a la memoria de mis padres, de mi esposo e hijos, y a mis congéneres de todas las nacionalidades y

credos; así como a la inocente población civil europea que sufrió la matanza de millones de seres asesinados por los

alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.

También dedico este libro a los héroes de guerra que ofrendaron su vida para evitar la consumación del sueño de los

alemanes: Aniquilar a todas las naciones y crear un mundo habitado únicamente por alemanes, bajo la protección de

Wotan

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su terrible dios pagano.

1

Wotan, dios mitológico de los nórdicos, promotor de toda la vida universal, sediento de sangre, autor de la guerra, protector de los héroes y dios tuerto de los Germanos. (N. del T.)

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CAPÍTULO I

8 Caballos... o 96 Hombres, Mujeres y Niños

¡Mea culpa, fue por culpa mía, mea máxima culpa! No puedo acallar mi remordimiento por ser, en

parte, responsable de la muerte de mis padres y de mis dos hijos. El mundo comprende que no tenía por

qué saberlo, pero en el fondo de mi corazón persiste el sentimiento terrible de que pudiera haberlos

salvado, de que acaso me hubiese sido posible.

Corría el año 1944, casi cinco después de que Hitler invadió Polonia. La Gestapo lo gobernaba

todo, y Alemania se estaba refocilando con el botín del continente, porque dos tercios de Europa habían quedado bajo las garras del Tercer Reich. Vivíamos en Cluj2, ciudad de 100,000 habitantes, que era la

capital de Transilvania. Había pertenecido antes a Rumania, pero el Laudo de Viena, de 1940, la había

anexado a Hungría, otra de las naciones satélites del Nuevo Orden. Los alemanes eran los amos, y

aunque apenas era posible abrigar esperanza ninguna, no sentíamos, si no rezábamos porque el día de la

justicia no se retrasase. Entre tanto, procurábamos apaciguar nuestros temores y seguir realizando

nuestros quehaceres diarios, evitando, en lo posible, todo contacto con ellos. Sabíamos que estábamos a

merced de hombres sin entrañas —y de mujeres también, como más tarde pudimos comprobar—, pero

nadie logró convencernos entonces del grado auténtico de crueldad a que eran capaces de llegar.

Mi marido, Miklos Lengyel, era director de su propio hospital, el "Sanatorio del Doctor Lengyel",

moderno establecimiento de dos pisos y setenta camas, que habíamos construido en 1938. Cursó sus

estudios en Berlín, donde consagró mucho tiempo a las clínicas de caridad. Ahora se había

especializado en cirugía general y ginecología. Todo el mundo lo respetaba por su extraordinario

talento y consagración a la ciencia. No era hombre político, aunque comprendía plenamente que es-

tábamos en el centro de un verdadero maelstrom y en peligro constante. No tenía tiempo para dedicarse

a otras ocupaciones. Con frecuencia veía a 120 pacientes en un solo día y se dedicaba a la cirugía hasta

bien entrada la noche. Pero Cluj era una comunidad dinámica y progresiva, y nos sentíamos orgullosos

de representar a uno de sus principales hospitales.

Yo también estaba consagrada a la medicina. Había estudiado en la Universidad de Cluj y me

consideraba con méritos para ser la primera asistente quirúrgica de mi marido. La verdad era que yo

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Los alemanes la llamaban Klausenburg; los húngaros, que fueron sus dueños con anterioridad al año 1918, le habían puesto el nombre de Kolozsvar.

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había contribuido a terminar el nuevo hospital, poniendo en su decoración todo el cariño que siente la

mujer por el color; y así había alegrado las instalaciones en la manera más avanzada.

Pero, aunque tenía una carrera, me sentía más orgullosa todavía de mi pequeña familia, integrada

por dos hijos, Thomas y Arved. Nadie, pensaba yo, podía ser más feliz que nosotros. En nuestro hogar

residían mis padres y también mi padrino, el Profesor Elfer Aladar, famoso internista, dedicado al

estudio e investigación del cáncer.

Los primeros años de la guerra habían sido relativamente tranquilos para nosotros, aunque oíamos

con temor los relatos interminables de los triunfos de la Reichswehr. A medida que asolaban más y más

territorios, iban disminuyendo los médicos y, especialmente, los cirujanos capaces de servir a la

población civil. Mi marido, aunque prudente y bastante circunspecto, no hacía gran esfuerzo por

ocultar ni disimular sus esperanzas de que la causa de la Humanidad no podría perderse del todo.

Naturalmente, sólo hablaba con libertad a las personas de su confianza, pero había almas sobornables

en todos los círculos y nunca podía saberse quién iba a ser el próximo "espía". Sin embargo, las

autoridades de Cluj lo dejaron en paz.

Ya en el invierno de 1939, observamos un indicio de lo que estaba ocurriendo en los territorios

ocupados por los nazis, por entonces, brindamos refugio a numerosos fugitivos polacos, que se habían

escapado de sus hogares después de haberse rendido los ejércitos de su patria. Los escuchábamos, les

dábamos alientos y los ayudábamos. Pero, a pesar de todo, no éramos capaces de dar crédito total a lo

que nos contaban. Estos individuos estaban llenos de resentimiento y deshechos moralmente: sin duda,

debían de exagerar.

Hasta 1943 no nos llegaron relatos estremecedores de las atrocidades que se estaban cometiendo

dentro de los campos de concentración de Alemania. Pero, al igual de tantos como me escuchan a mí

hoy, no nos cabían en la cabeza tan horripilantes historias. Seguíamos considerando a Alemania como

una nación que había dado una gran cultura al mundo. Si aquellas historias eran verídicas,

indudablemente tenían que haber sido perpetradas por un puñado de locos; era imposible que se

debiesen a una política nacional y que constituyesen parte de un plan de dominio y supremacía

mundial. ¡Qué equivocados estábamos!

Ni siquiera cuando un comandante alemán de la Wehrmacht, a quien habían aposentado en nuestra

casa, nos hablaba de la ola de terror que su nación había desencadenado sobre Europa, fuimos capaces

de darle crédito. No era un hombre que carecía de estudios; por eso estaba yo convencida de que

trataba de asustarnos. Intentamos vivir separados de él, hasta que una noche nos pidió que lo

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admitiésemos en nuestra compañía. Por lo visto, no buscaba más que tener alguien con quién hablar,

pero cuantas más cosas nos contaba, mayor era el rencor y la amargura que dejaba en nuestras almas.

Por todas partes, declaraba, las gentes sometidas lo miraban con ojos llenos de odio. ¡Y sin embargo,

de su familia no recibía más que constantes quejas, porque no les enviaba suficiente botín! Otros

soldados, tanto rasos como oficiales y clase de tropa, mandaban a su casa numerosas joyas, ropa,

objetos de arte, y alimentos.

Nos habló del sistema alemán, que estos aplicaban en cada país que ocupaban, con bastante éxito.

Empezaban a aplicarlo con los hebreos, haciendo creer a los cristianos que la Gestapo perseguía

únicamente a los judíos. También hacían creer a la gente que aquel que cooperara con los alemanes

podía quedarse con las pertenencias de los judíos. Un método efectivo de transformar ciudadanos en

colaboradores. Pero una vez que los hebreos eran deportados a los campos de concentración, los ale-

manes, se apoderaban de todos los bienes que encontraban en sus casas, y en camiones enviaban todo a

Alemania, olvidándose sencillamente de lo que habían prometido a sus colaboradores. Seguía diciendo

que después de la ocupación de los primeros países europeos, los alemanes temían que al saber lo que

les había ocurrido a sus vecinos, los habitantes del país recientemente ocupado se resistirían a caer en

su señuelo, pero la realidad comprobó que la gente no siempre daba crédito a los "cuentos fantásticos"

que le contaban, y creían con optimismo que lo que pasó en otro país no les podía suceder a ellos.

Decía que la persecución de los hebreos se hizo abiertamente, pero a los cristianos se les persiguió

usando cierta discreción. Esto último se realizaba por secciones especiales del gobierno alemán, una de

ellas llamada: "Departamento de Iglesias Cristianas". Los representantes de estas secciones operaban

conjuntamente con el ejército de ocupación como operaban también los representantes de la "Solución

Final", en la eliminación de hebreos y elementos políticos indeseables.

El poder del Vaticano, —continuaba—, y la influencia del Papa molestaba a Hitler grandemente,

así que después de los judíos, el blanco de los alemanes eran los católicos. Wotan, el horrible dios

tuerto pagano de los alemanes, era muy celoso y no toleraba la competencia de un Dios cristiano. ¡Las

monjas, los sacerdotes y los líderes cristianos tenían que desaparecer! Eran acusados de sabotaje,

actividades antigermanas, etcétera y la Gestapo les llamaba a declarar. Una vez en manos de la

Gestapo, nunca se les daba la oportunidad de probar su inocencia.

No solamente las monjas eran llevadas al cautiverio —el Mayor nos contaba— sino que también

sus protegidos, los niños que cuidaban en orfanatorios y escuelas, eran tomados subrepticiamente

durante la noche por los alemanes, para evitar ser vistos. Los prisioneros eran enviados a los

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innumerables campos de concentración diseminados en Europa ocupada, o simplemente enviados

directamente a la muerte.

Nos decía que los alemanes nunca usaban las palabras asesinato, o muerte por gas. Simplemente se

concretaban a escribir al lado de los nombres de sus prisioneros las aparentemente inofensivas

definiciones de: "Tratamiento Especial, Liquidación, Recuperación, Experimentación, Solución Final,

etcétera." Cada una de estas inofensivas definiciones significaba una muerte horrible.

Con este sistema, miles de cristianos civiles desaparecían semanalmente de los países ocupados en

Europa. Nadie sabía su destino. Los periódicos tenían prohibido publicar listas de los prisioneros o

desaparecidos. No se hacía ninguna publicación respecto de las actividades de la Gestapo.

Quizás para justificar la matanza de millones y millones de inocentes en países ocupados en

Europa, el mayor alemán nos contaba por qué y cómo Hitler mataba alemanes arios. De acuerdo con la ideología Nazi,3 los alemanes eran Arios, descendientes de una raza Caucásica superior sin mezcla

alguna, especialmente con la raza arábiga o judía. En resumen, una raza "pura", sin lazos semíticos.

El Nazismo,

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a su vez, excluía el cristianismo. Una nación "superior racialmente" con aspiraciones

como la alemana, no podía aceptar un Dios que es bondadoso, generoso y tolerante. Los germanos

necesitaban un dios pagano que aceptara los crímenes, las torturas e inhumanidades, un dios que hiciera

de sus acciones bárbaras, su doctrina. De acuerdo con estas doctrinas, fundadas en las tradiciones de los

antiguos dioses paganos, los alemanes de Hitler celebraran sus ritos bajo el cielo abierto. Sus

ceremonias matrimoniales tenían lugar frente a la gran efigie de piedra de Wotan, que en los antiguos

días de los teutones, fue el altar donde le ofrecían los sacrificios.

Con objeto de conservar una nación fuerte, Hitler usó un antiguo sistema griego. Los antiguos

griegos lanzaban al precipicio desde la cima de la montaña Taigetos a todos aquellos niños que nacían

inválidos o de apariencia física débil. El Führer aplicó una versión moderna de este método entre los

adultos de los alemanes arios. El mayor decía que todos aquellos incapacitados para el trabajo, o

inválidos, o que padecieran serias enfermedades como tuberculosis, cáncer, o los enfermos, mentales,

eran declarados incurables y enviados al "Tratamiento de Recuperación" a diferentes hospitales. La

oficina central de los médicos encargados de estos tratamientos estaba en un hospital situado en

Brandenburg, cerca de Berlín. Ya en el hospital, eran sometidos a la eutanasia, muerte producida

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Nazi, palabra que se forma con la abreviación de las dos primeras sílabas de Nazionalsozialistiche Partei, (Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes). Dicho Partido fue fundado en ideas fascistas en el año de 1919. Hitler se convirtió en su director desde 1921. 4

Nazismo, representa las doctrinas económicas y políticas establecidas y llevadas a efecto por el Partido Nacional Socialista de los trabajadores alemanes en el Tercer Reich. Incluye el principio totalitario de gobierno —control gubernamental de toda industria— predominio de ciertos grupos declarados racialmente superiores, y la completa supremacía de su Führer, Hitler. El gobierno totalitario de Alemania reconocía solamente un Partido, el Partido Nazi (N. del T.)

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inyectándoles veneno. El sistema de la eutanasia también era denominado TA, abreviatura tomada de la

dirección de la Cancillería de Hitler: 4 Tiergarten Strasse. También usaban gas letal para matar a los

pacientes. El gobierno alemán dio el nombre supuesto e impresionable de: "Fundación de Caridad para

Tratamientos Institucionales" al cuerpo de médicos encargados de estas actividades. Por orden especial

de Hitler, la práctica de la eutanasia fue declarada legal en Alemania y en los territorios ocupados por

los alemanes.

Hacia finales de la década de los años del 30, alrededor de 100,000 alemanes arios fueron

exterminados con veneno inyectado. Certificados de locura fueron falsificados, y eran expedidos al

mayoreo para aquellos que estuvieran casados o mantuvieran relaciones con no germanos. Se indicó

una feroz persecución contra los "Mischlings", que eran mitad judíos. Miles y miles de ellos fueron

castrados, o enviados a campos de concentración o asesinados.

La Iglesia protestó ante la práctica de la eutanasia. El Arzobispo Von Gallen, el Cardenal Faulhaber

y otros miembros importantes del clero, condenaron abiertamente esta práctica inhumana desde sus

pulpitos. El temor se adueñó de la población al saber que los asesinados eran arios puros y alemanes.

No por temor a la Iglesia, sino por pura conveniencia, el gobierno alemán suspendió temporalmente los

asesinatos con veneno inyectado, y reanudó más tarde secretamente estas prácticas.

Escuchando las interminables historias terroríficas que el mayor nos relataba, me pregunté qué sería

exactamente lo que este hombre quería de nosotros. No sabía si quería asustarme o volverme loca. Le

miré con horror e incredulidad, cosa que le irritó visiblemente. Probablemente ésta fue la razón por la

cual cambió el tema de su conversación y empezó a hablarme de mi familia y mis amigos. Esbozando

una sonrisa diabólica, mencionó una lista que vio en el cuartel general de la Gestapo en la que aparecía

el nombre del doctor Lengyel. Mencionó que al lado del nombre de mi esposo había una nota especial,

escrita por el Jefe de la Gestapo, que decía que mi esposo debía ser prontamente "eliminado", así como

aquellos señalados por la "Quinta Columna". El mayor también mencionó que el doctor Osvath,

médico que prestaba sus servicios en nuestro hospital también "prestaba sus servicios" a los alemanes.

La "Quinta Columna" formaba un papel importante en la maquinaria alemana. Sus miembros

obtenían información acerca de gentes importantes, sus opiniones y actividades con respecto a los

alemanes, previamente a la ocupación de algún país. En dichas investigaciones se provocaba a las

personas a discutir, anotando sus declaraciones y los nombres de los investigados.

Entonces recordé que el doctor Osvath frecuentemente tomó parte en las discusiones que

diariamente tenían lugar en la sala de preparación previa a las intervenciones quirúrgicas. En esa sala el

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