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Dos agentes del FBI investigan un caso que no existe, buscando a unos delincuentes que no han cometido ningun crimen.

Pronto se darán cuenta que estan introduciéndose en una sociedad con sus propias reglas.

Invier Ramírez Viera



Escritia.com JavierRamirezViera.com Amazon.com

2010, Las Palmas de Gran Canaria, España. Título original: SOCIETY.

ISBN-13: 978-1478239413

ISBN-10: 1478239417

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SOCIETY Javier Ramírez Viera





SOCIETY

Javier Ramírez Viera



Capítulo primero

Alan Dennehy... despertando.

Desperté en la nada. Una nada luminosa, en esa típica masa fangosa que me engorronaba la vista, donde todo era un halo difuso. Empero, no era una luz absoluta... Había distinciones en las formas, en claroscuros que aún no podía definir y que suponían un algo al que aún no le encontraba sentido.

Los labios se me habían pegado. Una especie de pegamento natural, propio de mi cuerpo, me la estaba jugando, y para hacerme mascar un sabor horrendo en una boca, pese a todo, realmente seca.

Mis ojos también tuvieron su particular guerra con ese absceso purulento. Legañas, que me clavaron el miedo en el cuerpo. ¿Acaso estaba muerto? Porque, aquella blancura inconcebible me estaba dando por pensar en mi fin, en ese despertar que te coge por sorpresa y como recién nacido, sin ni siquiera una vaga idea de adonde estás... ni cuándo, si es que sigues vivo.

Una borrachera de campeonato, descubrí al fin. Eso me abarcaba. Eso era yo, en una resaca aparentemente aletargada, porque no me di cuenta de ella hasta que traté de reincorporarme y sentí que mi cabeza era todo líquidos, y que éstos se desparramaban por ella apenas de moverme y para causarme un desesperante dolor. Y me conocía bien la sensación. Algo natural, en una especie de juerguista, y su rutina, para repararme la ropa desaguisada, olisquear de mí mismo ese aliento envenenado y buscar, por el momento, un par de cartones de aquel callejón, adonde dormir el mal trago en un lecho algo más cómodo que el asfalto.

Un par de contendores de basura, en ese rincón de lo que no sirve, me depararon el buen momento de un sofá roto. Allí caí, algo más señor que acaso tenderme adonde lo hacen los indigentes. Como un rey en su trono, que se balanceó de lado casi con el deje de dejarme caer a un abismo, porque al mueble le faltaba una pata. Pasado el susto, allí quedé, coronado... e imbécil, para mirar al cielo con la boca abierta y dibujar la telaraña de ropas tendidas de los suburbios apiñados.

...Me habían robado. Había sido cualquiera que pasara por allí y que viese la oportunidad servida en un donjuán borracho que se antojaba prometedor, habida cuenta de su traje de mil dólares. Un inexperto de la noche, a su juicio... a saber que sobrado de ellas porque, ni por la ropa, ni por el reloj, a éste que soy yo le importaba lo más mínimo perderlo todo. Es la suerte de no tener nada... y al tiempo de tenerlo todo a tu alcance... Una rara paradoja.

No me habían dejado ni las monedas. Nada... Ni cartera, ni tarjeta de crédito... Fue momento de ir hilvanando lo que no me interesaba, rememorando que, anoche, aquellas dos amas de casa se volvieron locas conmigo. Buena gente, que hoy tendría sus problemas de vuelta al hogar, cuando sus maridos las hostigaran a preguntas más que merecidas; seguramente se devolverían por donde no habían venido con esos rotos que yo hago en la ropa, o que ellas mismas se procuran cuando pierden el control en una noche de sexo sin fronteras con mi persona. Sí, recuerdo que una de ellas asomó su trasero por la ventanilla del coche... Menuda juerga.

Ahí lo dejé, cuando te das cuenta que la rutina no se hace merecedora de tantos recuerdos. Es lo bueno de vivir al día. De improvisar, algo que me salía del alma cuando, como ahora, se me antojaba una necesidad; tenía un hambre atroz, y debía resolverlo ya... hubiese o no algo en mis bolsillos. Y no piensas qué hacer, cuando eres un tipo como yo. Simplemente, lo haces. Por eso no me acicalé mucho al salir del callejón, habida cuenta de que la gente nunca me mira mal, y sí que anduve decidido hacia la primera cafetería. Allí desayuné, tranquilo. Alguien me cedió el periódico, aún cuando ese alguien no había terminado de leerlo, y, tras hartarme de la primera comida del día, y pedir que me cambiaran el acompañamiento del café caprichosamente tres veces, incluso ya de mordido, me marché sin pagar.

...Yo nunca pago.

* * *

Alan Dennehy... media mañana.

En principio, para mis tramas no me suele servir cualquiera. Debe haber de por medio ese pequeño misterio de la intuición, el que te hace saber que no tienes nada que temer. Todo saldrá rodado, pase lo que pase. Lo llevas dentro. Lo sabes. No ocurrirá nada que no quieras, siempre y cuando el tipo que alijas te venga entremedio de esa sensación de que lo vas a saber manejar.

Así detuve a aquel tipo, que, para rentabilizar más aún el momento, salía del banco. Y llevaba un sobre, que enseguida guardó en su cartera. Un tipo confiado... o terriblemente atareado. Con afanes, como a trompicones de sus propias prisas. Y vestido de corbata, tal cual, a mi manera de verlo, como si a un sapo barrigón le hubiesen encasquetado aquel traje oficina.

—Disculpe, señor —lo detuve. Era evidente que no quería detenerse, pues debía tratar de alguna especie de agente de seguros, o un agente inmobiliario, decididamente ajetreado... Empero, le era natural atender, al menos por un instante:

—Oh, discúlpeme usted. Es que tengo mucha prisa; tengo una cita para enseñar una casa —quiso excusarse.

Estupendo. Un agente inmobiliario. Un hueso duro de roer, teniendo en cuenta que el embaucador debería ser él, no yo.

—Será sólo un momento —insistí, casi cogiéndole del antebrazo, pero no hizo falta llegar tan lejos para que el tipo dejase de andar.

—Sí, le escucho —dijo... para hacerme dudar de si se había obrado el milagro, o no. Quizá eran mis dudas humanas... quizá, ya estaba rendido a mis pies y me preocupaba por nada. Tal vez sólo era amable, o pudiera ser que ya estuviera dispuesto a dármelo todo.

—Quiero que me atienda con mucha atención, puesto que lo que quiero ofrecerle va a aventurarle en una abundante vida de éxitos.

—¿Ah, sí? ¿De qué se trata...? Tengo prisa... —y dio un par de pasos, que me malograron de nervios el alma al hacerme pensar que estaba perdiendo mis cualidades.

—No, será sólo un momento, como ya le he dicho —volví a insistir, y volvió a detenerse y a prestarme atención. De hecho, subió el mentón y casi entrecerró los ojos, dispuesto a escuchar atentamente.



—Mire —y lo saqué... Saqué aquel mordisqueado bolígrafo que me había aparecido en el bolsillo de la chaqueta, aquél con el que escribiera la cuenta de anoche.

—Un bolígrafo...

—Exacto. Pero no es un bolígrafo normal. Es la oportunidad de su vida. No vendo bolígrafos corrientes.

—¿Quiere venderme un bolígrafo?

—Usted sí que no va a comprar un bolígrafo, va a comprar felicidad, éxito, buenaventura... llámelo como quiera; este bolígrafo va a cambiarle la vida.

Y el tipo siguió mirando. Miraba el bolígrafo. Un momento confuso, y tanto para él, como para mí. En esas, me daba por pensar que me iban a tratar de loco, que el desgraciado de turno no cumpliría su parte y se reiría de mí, tildándome de lunático, de estafador, de imbécil... Quizá me soltaría una grosería, en el mejor de los casos. Qué estupidez... No sé porqué, asimismo yo debía estar adornando mis palabras, cual un vendedor. El vendedor que no era. Máxime, haciendo de ilusionista de mercado con un todo ejecutivo de las ventas.

Sin embargo:

—Le escucho —se repitió en su voluntad.

—Pues... pues... —y no supe qué ingeniar, pero, seguramente, poco importaba lo que fuera hilando: —Usted es una persona de firmas... es decir, que cierra sus contratos con una lúbrica. Y para eso, ¿qué es lo que se necesita?

—Un bolígrafo... —musitó el tipo, desvanecido.

—Exacto. Uno como éste. Y, sinceramente, debo decirle que poco importa con cuál, entendiendo que al menos tenga tinta. Da igual usar una pluma bien cara o un bolígrafo chino. Lo importante es firmar, que nadie va a saber diferenciar una tinta de otra. Sin embargo, sí que no es lo mismo si hablamos de este bolígrafo en particular. Porque, tras firmar con él su primer contrato, el segundo le vendrá rodado, y será infinitamente mejor que el anterior. Este bolígrafo es su futuro...

—Caray... —dijo el tipo, y se hizo con él, no sin antes quedarse congelado para preguntar: —¿Puedo?

—Por supuesto, cójalo; ya es casi suyo.

Y lo cogió, para mirarlo absorto. Un feo bolígrafo, mordisqueado de... no sabría decir quién. Seguramente de algún chaval, que lo perdiera camino al colegio. De hecho, el bolígrafo lo encontré por ahí, en una acera. A saber quién era el de las fauces.

—Y... —dudó el tipo, —¿cuánto cuesta?

—¿Que cuánto cuesta un bolígrafo? La pregunta adecuada es: ¿cuánto estaría usted dispuesto a pagar por una vida plagada de éxitos?

Dudó. Estaba en el limbo que me era menester, en ese mar de dudas. Una dudas absurdas, habida cuenta del truculento negocio que íbamos a cerrar.

—Pues... —dijo, y miró su cartera. —¿Valdrían dos mil dólares por él?

—¿Dos mil? Me ofende; vale al menos el triple.

Y apretó con fuerza su maletín, pero también apretó con ansia el bolígrafo.

—Está bien, le ofrezco cuatro mil —y abrió aquel sobre del que ya me había percatado. De él extrajo el dinero, ansioso de ponerlo en mis manos.

—Vale, trato hecho.

...Y no quise hacerlo, pero le vi el resto de los billetes que quedaban en el sobre. Al menos debería llevar encima unos veinte mil. No pretendía robárselo todo, pero mis juergas no eran precisamente comedidas. Entonces lo contuve un poco más:

—Espere, no quiero que se vaya sin ofrecerle otra ganga.

—¿Otra ganga?

—Ajá. ¿Cuántas veces hemos metido la pata en este mundo y hemos deseado volver atrás? Cuántos errores, cuánto tiempo perdido... Porque, por un lado, le he ofrecido un bolígrafo prodigioso con el que conseguirá grandes metas. Sin embargo, ¿cómo le voy a dejar salir airoso de los trances de su vida si no rectificamos sus fracasos?

—¿Hasta dónde quiere ir a parar?

—Pues... —y me miré los bolsillos, improvisando. Ya le había vendido a un desconocido un bolígrafo para los éxitos, y ahora quería ponerlo al tanto de una goma de borrar para hacer desaparecer los fracasos. Sin embargo, sólo hallé un paquete de chicles. Parecían gomas de borrar, aunque se supiera a la legua lo que eran en realidad... No me lo pensé mucho: —Fíjese: un estupendo estuche de gomas de borrar problemas. Usted sólo debe escribir aquel fracaso que le marcó, ese desastre que hizo naufragar las grandes aspiraciones de su vida. Hágalo, a lápiz, y luego bórrelo con estas gomas. Verá cómo le funciona.

No se lo creyó, porque dio un paso atrás. Luego uno adelante, pero después otro atrás. Dudó. A Dios gracias, dudó:

—¿Cuánto vale?

* * *

Alan Dennehy... en “su casa”.



Entré en aquella casa como si fuera la mía. Si acaso, sintiendo ese pequeño cosquilleo del estómago de saber que estas haciendo algo indebido; ciertamente, un mal trago que aún no sabía controlar. Debería tenerlo todo bajo control, pero mi yo de siempre, el honrado señor, me hacía dudar, temer... Una duda que se hizo grande enseguida, en cuanto la señora de la casa se llevó la mano al pecho, asustada y aún en su bata, recién duchada, cuando me vio caminar el pasillo. Un tropezón. Y fue, la suya, una sorpresa pasajera, puesto que, de inmediato, retiró la mano de su sobresalto y torció un poco la mueca, aunque de manera aprobatoria, como quien apenas le recrimina el susto a un familiar que se le cruza por la casa de imprevisto, no sintiendo el miedo intrínseco a todo un desconocido que está donde no debe.

—Disculpe, señora; no quería asustarla.

Y traté de mediar con ella lo que no tenía sentido. Nuevamente, lo ilógico, puesto que le expliqué que sólo quería tomar una ducha, afeitarme, vestirme con la ropa de su esposo, ausente, si acaso ésta tenía horma para mí. Una locura, que la mujer aceptó sin rechistar, sino más bien con amabilidad.

Jamás la había visto, ni reconocía a nadie de los portarretratos de por la casa. Y era una desfachatez usar aquellas toallas limpias, en la servidumbre de la anfitriona, y aquel aseo, y la máquina eléctrica de afeitar... Incluso canturreé algo en la ducha. A postre, quizá de mi vanagloria, al son de alguna canción que escuchase la noche anterior, en esa madrugada de borrachos y sexo. Y salí en toalla, mojando el piso, como esos chicos de pago, y me fui a la alcoba, adonde la mujer había tendido algo de ropa sobre la cama de matrimonio. La mejor del ropero, a sabiendas que yo sólo le había pedido algo decente. Y dispuso algunos billetes sobre el aparador, como quien asiste a un familiar lejano que se ha avenido con problemas, que necesita ayuda, y que parte lejos de inmediato porque el tiempo apremia. Yo no había pedido tanto, pero mi infinito carisma parecía enloquecer a la gente.

Cogí el dinero, me perfumé, me peiné... y salí de la habitación. Entonces los vi, a tres críos aún con edad de colegio, acumulados celosamente delante del televisor. Una casa modesta, pero, sinceramente, es que prefiero asearme antes en un hogar cualquiera que en el mejor de los hoteles. Necesidades de un tipo solitario como yo. Así me sentía un poco en familia, en ese hogar que nunca tuve.

Allí estaba, asimismo, el almuerzo, cocinado por aquella mujer. Esperándome, mientras humeaba en la mesa del comedor aquella carne asada. Me dispuso vino, y todo cuanto parecía proveer aquella nevera que la llevaba de aquí para allá para atenderme. Tiempo tuve de repararla, pero sobretodo de reparar a los críos. Una simple ama de casa y su prole, a la espera de la llegada del cabeza de familia, que debería ser un dependiente de mercado, un mecánico, un pintor... Un señor fuerte, de bigotes gruesos. Rudo, capaz de partirme la cara en cuanto me viese sentado presidiendo la mesa de su salón. Y, sin embargo, sabía que, de aparecer, así, de repente, aún con su señora en bata y yo con su ropa puesta, era seguro que un par palabras mías lo llevarían al jardín, a cortar el césped como modo de hacer tiempo hasta que a mí me diese la gana de irme.

Un abuso... Una usurpación indignante, en la que siempre me tentaba de soportar los embates de mi hombría por no ultrajar todavía más el hogar ajeno acostándome con la señora de la casa. Acaso, con esa hija recién mujer y que quita el hipo, pidiéndole lo deshonesto en cualquier proporción y tendencia.

Comí, me sacié. Mi hogar de turno, que me despedía sin saberlo; me levanté de la mesa, agradecí las atenciones... y miré a los críos, que seguían mirando la tele, y que a menudo me devolvían la mirada. Un hogar cualquiera, y humilde. Por eso, porque aún tengo algo de mi corazoncito, al meterme la mano en el bolsillo reparé en los cincuenta dólares que aquella mujer me había dejado sobre el aparador, y supe que, ésta vez, no eran míos. Eran sucios... Más que en otras veces. Por eso me hice el tonto, di alguna vuelta más por la casa y devolví ese dinero, aparte de dejar sobre la mesilla de noche de la alcoba unos mil dólares de los que le había robado al tipo de la mañana, al vendedor inmobiliario; total, atesoraba veinte mil después de venderle a ese mismo desconocido un bolígrafo mordisqueado, un mediado paquete de chicles y un ticket de parking. Y no puedo decir que fuese una especie de Robin Hood, pero supongo que, después de ser todo un diablo, todavía me quedaba algo de dignidad en el cuerpo.



Capítulo segundo

Inspector del FBI Greg Radcliffe.

Sí, era el mismo tipo que tanto había operado en toda Florida, y parte de las dos Carolinas. Las cámaras de seguridad de aquel banco lo situaban ante la víctima, aunque no se le veía hablando con él. Para entonces, ambos estaban fuera de plano.

No dije nada. Lo sospechaba. Sospechaba la conversación que ambos habían tenido. Luego allí estaban las cintas, las que la policía de Richmond había pedido a la sucursal bancaria. Y para nada, porque la denuncia no daba descripción alguna. Aquel tipo al que le habían soplado veinte mil dólares, el agente inmobiliario, no podía argumentar nada, sino el hecho de que le habían estafado. Si bien, de manera alguna era capaz de explicar cómo, así como quién. Era como si le hubieran borrado la mente.

Nuevamente, di marcha atrás a la grabación, objetando sobre las personas que en ella se reflejaban en la hora del delito, pero bien silenciado y sin intención alguna de poner a mis homólogos de la comisaría sobre la pista. ¿Pista? ¿Cuál pista? Allí no pasaba nada... ni el sujeto estafado podía darla. Ni siquiera una mera descripción, por no saber siquiera si la persona que lo había enredado era al cabo un hombre o una mujer. ...Lo mismo que todas aquellas personas que habían presentado denuncias absurdas e incompletas a lo largo de toda la costa este de Los Estados Unidos. Nada... Nada de nada... Un tipo le da un bolígrafo a otro, unos chicles y alguna otra cosa... y luego se estrechan la mano y se despiden.

“Está bien, señores”, les dije, dando por terminada mi investigación, “aquí no hay nada que hacer”, mentí, y recogieron todo el material, en esa servidumbre que a lo largo y ancho del país tienen para con los tipos del FBI. Mi compañero, mi joven compañero, un chico de apenas veinticinco años recién licenciado, no parecía tan conforme:

—Inspector... —me siguió por los pasillos, a sabiendas que yo siempre solía dejarlo en ascuas. —No ha dicho nada... Ha visto de nuevo a ese tipo y no ha dicho nada, ¿no es cierto? ¿No va a tramitar una orden de detención?

—García... ¿Qué quería que hiciese? —le negué, deteniendo mis pasos, precisamente, junto a la máquina de los cafés. —¿Iba a poner a la policía sobre la pista de una intuición? —y le pedí, por gestos, un par de monedas. —¿Qué sentido tendría eso?

—Es el mismo hombre —y aquel chaval rebuscó en su chaqueta, metiendo luego las monedas por mí en la máquina. —Es el mismo hombre... He terminado por conocérmelo de memoria. Ya le hemos visto antes, en otras grabaciones. Ha sido él, ¿verdad?

Sonreí. De alguna manera, el pequeño pollo estaba despertando a este mundo:

—Joven inspector García... Inspector Kellan García... Me enorgullezco, hasta cierto punto. Sino fuera porque me está hablando de una suposición...

—Oh, no me venga con esas, señor. Ese hombre ya lo hemos visto antes... Somos los únicos que parecen haberlo visto; el estafador que nadie puede denunciar.

No iba a negárselo. Era hora de que fuera sabiendo algo. Algo de mi caso personal, adonde se enroló sin llegar a saber qué diablos era lo que perseguíamos. Se lo entreví en los ojos, la ansiedad, a punto de estallar, mientras yo calmaba mis suposiciones tomando el café, y me perdía en uno de mis pequeños tics nerviosos, los que me hacían ladear la cabeza y pestañear de vez en cuando.

—Ese hombre que tanto se repite y que nadie correlaciona, o que nadie termina por conocer o identificar, es Alan Dennehy. Llevo años tras él. Primero, tras su fantasma, hasta que, insistiendo, sobretodo deduciendo, terminé por saber la identidad de ese verdadero... quebradero de cabeza en que se ha convertido —y suspiré, como solía hacer de desamparo cada vez que me paraba a pensar en aquel tipo. —No es alguien para la policía común. Quizá, ni siquiera para nosotros.

—¿Quién es, inspector?

Y le contuve la mirada, y me acerqué a él para responderle:

—Eso quisiera saber yo.

* * *

Inspector del FBI Greg Radcliffe. Almuerzo.

Quizá era hora de intercambiar impresiones con mi joven pupilo, con el agotado y joven inspector Kellan García. Tal vez se lo merecía, o era yo el que lo buscaba, harto de luchar a solas contra las mil maldiciones irresolubles en que se había convertido el tal Alan Dennehy.

Para almorzar elegimos un buffet chino, donde, al menos, los camareros hablan a media lengua. Incluso, acaso si nos entendieran, en su peculiar mundo de nipones poca atención iban a prestarnos. Asimismo, en según qué rutinas del día ese tipo de locales suelen estar desiertos, cuando no perpetuamente y para con esos negocios que sólo Dios sabe cómo se sostienen.

Era rutina comer fuera. Lo nuestro era toda la Costa Este, la que empezábamos a conocer cual un par de turistas. A menudo, sin mucho más que hacer que esperar, o acaso ir indagando las denuncias policiales de ciudad en ciudad, o advirtiendo a los agentes que nos llamaran en cuanto algo no les cuadrara en los informes.

—No sé cuanto tiempo voy a aguantar esta mierda —alegó García, poniendo en la mesa su plato, en ese maremagno sinsentido en que se convierte a menudo la comida china, donde todo termina encima de todo. Y no se lo recriminé; tenía razón. Andar en tierra de nadie era descorazonador. Máxime cuando aún no tienes claro a qué te dedicas. Por eso me expliqué, en todo cuanto sabía:

—Alan Dennehy, que yo sepa, lleva actuando en la Costa Este desde hace un par de años. Es hasta donde llego, en sus locas e incalificables actividades. No sé mucho



más que acaso lo que puedo leer de las denuncias, de esas grabaciones fortuitas de su persona, que finalmente no terminan casando con nada, salvo que siempre él está ahí cuando las cosas no encajan, cuando las víctimas sufren de un engorroso aturdimiento; está, pero nadie lo señala como el estafador que es. Es como si le protegieran... o lo olvidaran... No tiene sentido ir a por él, aunque es evidente que siempre coincide un suceso extraño con su imagen, con su presencia... con un registro suyo en un hotel, en el alquiler o compra de un coche, o de servicios, en la misma ciudad donde ocurren los hechos. Todo para nada, porque sin la descripción de testigos es imposible incriminarle.

—Entonces, ¿de quién estamos hablando? ¿Esto qué es, un expediente X?

—Sólo sé que hay que seguirle la pista así, por intuiciones. Deduciendo que es él, esperando el momento en que meta la pata.

Un desliz suyo, y será nuestro. Por ahora, lo que nos queda es esperar. Seguir su pista, poco a poco. Sospechar su actuación en esos casos sin resolver, y que no tienen solución.

—Esto es absurdo. Estamos persiguiendo un fantasma.

—No, no es un fantasma. Es un hombre de carne y hueso... Ya irás aprendiendo mi forma de trabajar. Por ahora, sólo quédate con todo esto e irás viendo cosas.

—Pero, tendrá usted algo... es decir, una dirección, un pasado...

—Hoy por hoy no se hospeda sino donde le da la gana. Es itinerante. Terriblemente itinerante. Apenas puedo llegar a sospechar adónde viaja si ocurre de por medio algún hecho inexplicable, una denuncia sin fundamentos, sobretodo si ésta se da en una estación de autobuses, o en un andén. Entonces, si tienes suerte logras verle registrado en las cámaras de seguridad, pero te lo callas porque sabes que aún es pronto para ir a por él, que no tenemos nada en su contra, salvo una infinidad de casualidades que lo llevan a estar allí donde ocurren... cosas. Entonces intentas saber el autobús o el tren que cogió, y poco más. Lo buscas en las siguientes estaciones, y vas estrechando el incierto cerco.

García resopló, negando luego con la cabeza. Su parecer parecía querer decir lo que estaba pensado, eso mismo: un fantasma.

—De su pasado —continué, y volví a sacudir la cabeza en uno de mis exasperantes tics —apenas sé que hasta los doce años estuvo en casa de los señores Dennehy, de donde le viene el apellido. Sí, sus padres adoptivos —acerté a redundar, habida cuenta de la expresión de extrañeza de García. —Denunciaron su fuga, pero hasta hoy nadie ha llegado a saber de él. Apenas yo, y tengo bien metido en la cabeza no pensar llevarlo a ninguna parte hasta que sepa con quién me enfrento. Sí que sé —y creí hacer un gesto para rememorar algún detalle que se me escapaba... y vaya detalle, —que el primer registro de Alan, su incierta partida de nacimiento, lo sitúa en... —y me desvanecí, pues se me quedó la mente en blanco. García me notó ausente, y ladeó la cabeza pidiendo una explicación. —Es de... —y, para redondear el absurdo en que creía haberse metido García, y de lleno, me estaba costando decir aquel maldito nombre.

—¿Hablamos de un orfanato? —me ayudó mi compañero.

—Sí, sí... Desde luego —y parecí despertar.

—¿No se acuerda del nombre, o no quiere decírmelo?

—No, no...No es eso... —y parecí mirar la nada, perdiendo la vista a lo lejos de ninguna parte. —Es que su nombre es difícil de mencionar.

—¿Porqué, es un orfanato ruso, o sueco?

—No, no es nada de eso... No tiene nada que ver con la pronunciación, ni con haber olvidado su nombre... —me estaba haciendo un lío, normal cuando hablaba de ese maldito sitio. —Es complicado tenerlo en mente. Se desvanece. ¿Alguna vez has querido darle nombre a algo y sientes que lo tienes en la punta de la lengua, pero no te sale?

—Sí, claro. Nos pasa a todos.

—Pues, no sé... Te garantizo que puedes acabas de leer su dichoso nombre, pero, apenas un segundo después, joder... te es imposible recordarlo.

—Pues escríbalo... ¿No lo tiene en un informe? Aunque sea en un informe privado.

—Sí, creo que lo tengo... —y quise hacer gesto de buscar mi maletín, pero era cierto que yo no usaba maletín, sino mi sesera. Apenas la ropa en una maleta, y ningún papel donde anotara mis averiguaciones. Trabajo así. —Lamento estar confuso —me disculpé, completamente desorientado.

—Empiezo a sospechar que esto del fantasma le está afectando al coco, jefe —me controló, mi compañero, cogiéndome las manos firmemente, y permitiéndose aquel aire coloquial. Me detuvo, y me quiso centrar. —¿Qué coño está pasando, inspector?

Ahora fui yo quien suspiró.

—Joder... —dije, aún perdido. —Espero detenerle antes de que llegue a Washington.

—No devanee, por favor —se irritó García. —Céntrese... Aquí, y ahora.

—Sí, sí... lo intento...

—¿Por qué Washington? —insistió. No le respondí, atacado de mis tics.

—Necesito... Necesito tomar algo —y fui adonde la barra del negocio, manera de pedir una de esas bebidas matarratas de los chinos. Reconozco que me puse nervioso. Sobremanera, de forma que una conversión normal logró alterar mi percepción de las cosas y, seguramente, delante de mi pupilo quedé puesto como idiota en un completo ridículo.



Capítulo tercero

Inspector Greg Radcliffe, en algún lugar del Bosque Nacional de Nantahala, Carolina del Norte.

“Es absurdo intentar explicarle lo que no tiene sentido. Eso sólo conseguirá despistarle. Es mejor que lo sienta usted mismo, García. Para ello, simplemente, conduzca, por favor”.

Otro absurdo, que dejó a mi compañero con aquella mueca de intolerancia. Comedida, pero tendente a casi una explosiva insubordinación al tanto de desbordarse de un momento a otro. Tenía carácter. Quizá era su parte latina, en un chico aceitunado al que le echaría aires italianos de no ser porque venía de Nuevo México, de una familia del sur de la frontera, del país vecino.

Indagó, al tiempo, el paso de todos aquellos árboles, como si buscara algo en ellos. Se distendía, afortunadamente. A menudo pasábamos un puente, y se oía el murmullo caudaloso del agua, como un gentío. Un lugar maravilloso; no hacía falta preguntárselo a mi compañero. Entonces la vi, aquella piedra con forma de hipopótamo. Al menos, a mí siempre se me antojó uno de esos bichos, cubierto por entero de musgos. Era el lugar... o terminaría siendo el lugar, carretera avante.

—Salga por la primera intersección que encuentre a la izquierda; esté atento —le dije. Parecí despertarlo, desde luego. Apenas de su atención por el bosque, porque de veras que estaba bien atento a todo. Y no le sería difícil, se confió, porque no habíamos encontrado cruce alguno desde hacía ya más de veinte minutos, y de seguro que éstos no iban a prodigarse ahora.

—De acuerdo —suspiró, insolente. Quería acabar con todo de una vez por todas. Mis insinuaciones, sobretodo lo extraño que iba a esperarnos en aquellos bosques, no habían hecho sino enrabietar todavía más a mi encabritado compañero.

Pasaron las curvas, algún rasante, y no vi la salida... y él tampoco la vio. Pasamos de largo, hasta que apareció aquel árbol torcido que me ponía sobre la pista de que nos la habíamos pasado.

—Se la ha pasado... —dije.

—¿Qué? ¿Está seguro? Yo no he visto nada.

—Se la ha pasado.

—No, no me la he pasado... He estado mirando a ambos lados de la carretera todo el tiempo, por si acaso.

—Ni siquiera ha visto el cartel.

—¿Cartel? ¿Qué cartel? ¿Me está tomando el pelo? —y detuvo el coche, harto. —¿A qué está jugando?

—De la vuelta, por favor.

Y me miró, largo rato. Evidentemente, al cabo de darse por vencido no puso buena cara. No refunfuñó, pero su gesto no pretendía sino hacerlo con la desgana de girar el volante, como si éste le pesara infinitamente.

—Está bien —dijo, para cuando ya habíamos volteado y nos devolvíamos por donde habíamos venido. Fue momento de prestar todavía más atención, de querer jugármela, el cabezota de García, atendiendo con todos sus sentidos a la carretera. Yendo incluso más despacio, y para tener los mismos resultados:

—Ha vuelto a pasársela —dije, al par de minutos de circulación. Ahí sí que mi compañero se detuvo en seco, para mirarme con la mueca torcida.

—¿Qué clase de estupidez es ésta? —alegó. —Es indiscutible que no hay salida alguna.

—Créame, la hay... Dé media vuelta de nuevo; volvamos a intentarlo.

Y ahora sí que le oí mil maldiciones en voz baja. Cada vez, aquel volante parecía pesarle más, a la vez que iba maltratando el motor a golpe de acelerador.

—Hagámoslo de otra manera —me inventé. —Conduzca... Uno, dos, tres, cuatro, cinco... —y me ingenié darle alguna métrica a lo que hacíamos, a comparar el tiempo con lo que nos suponía aquel trayecto maldito, que, habida cuenta de que tenía que estar ocurriendo lo que yo creía que pasaba, nos terminaría poniendo sobre la pista de esas anomalías que tanto me traían de cabeza. —Treinta y uno, treinta y dos, treinta y siete, ciento cincuenta y ocho, ciento cincuenta y nueve, ciento sesenta...

—Espere —y García detuvo el coche, esta vez sin que yo mediara en nada.

—¿Qué pasa...? ¿He perdido la cuenta?

—No... —y sus ojos se habían perdido, confuso. —La he perdido yo... Ha pasado del treinta y tantos al... al ciento cincuenta y algo... No sé... —y suspiró, apretando los mandos del coche; me miró, y entonces yo encajé uno de mis característicos tics nerviosos. —Creo que me he desvanecido —acertó a reconocer, si bien se lo estaba diciendo más a él mismo que a mí. De hecho, en un gesto natural de incomprensión miraba por la luneta trasera del auto, completamente desconcertado.

—¿Volvemos a intentarlo? —le indagué.

—No... —murmuró, más que darme una respuesta. Actuando por su propia ansia, no por mis convicciones, llevó el auto a la cuneta. —Déme un par de minutos — dijo, saliendo del coche.

—Cójase todo el tiempo que necesite.

Y lo aguardé como antes no me había dado por sentir aquel bosque, contemplando la floresta. Muy verde, en un lugar húmedo. Sin frío, eso sí. Y misterioso, en ese mil de centellas en la carretera, de la luz celestial que se colaba por entre la copa de los árboles. ¿Era, al cabo, un lugar tan confuso como aparentaba por propia naturaleza... o había algo más? Por mi parte, jamás lo había dudado. Y, a Dios gracias, el joven inspector Kellan García parecía haber hallado ese hilo de lo fantástico que tanto me atormentaba; partió carretera adelante, buscando a pie esa maldita salida... o algo más. Porque, de continuar carretera adelante y no hallar la intersección,