JACOB, EL VIAJERO DE DIOS[1]

"10 Jacob dejó Bersebá y se dirigió hacia Jarán. 11 Al llegar a un cierto lugar, se dispuso a pasar allí la noche pues el sol se había puesto. Escogió una de las piedras del lugar, la usó de cabecera, y se acostó en ese lugar. 12 Mientras dormía, tuvo un sueño. Vio una escalera que estaba apoyada en la tierra, y que tocaba el cielo con la otra punta, y por ella subían y bajaban ángeles de Dios. 13 Yavé estaba allí a su lado, de pie, y le dijo: «Yo soy Yavé, el Dios de tu padre Abrahán y de Isaac. Te daré a ti y a tus descendientes la tierra en que descansas. 14 Tus descendientes serán tan numerosos como el polvo de la tierra y te extenderás por oriente y occidente, por el norte y por el sur. A través de ti y de tus descendientes serán bendecidas todas las naciones de la tierra. 15 Yo estoy contigo; te protegeré a donde quiera que vayas y te haré volver a esta tierra, pues no te abandonaré hasta que no haya cumplido todo lo que te he dicho.» 16 Se despertó Jacob de su sueño y dijo: «Verdaderamente Yavé estaba en este lugar y yo no me di cuenta.» 17 Sintió miedo y dijo: «¡Cuán digno de todo respeto es este lugar! ¡Es nada menos que una Casa de Dios! ¡Esta es la Puerta del Cielo!» 18 Se levantó Jacob muy temprano, tomó la piedra que había usado de cabecera, la puso de pie y derramó aceite sobre ella. 19 Jacob llamó a ese lugar Betel, pues antes aquella ciudad era llamada Luz. 20 Entonces Jacob hizo una promesa: «Si Dios me acompaña y me protege durante este viaje que estoy haciendo, si me da pan para comer y ropa para vestirme, 21 y si logro volver sano y salvo a la casa de mi padre, Yavé será mi Dios. 22 Esta piedra que he puesto de pie como un pilar será Casa de Dios y, de todo lo que me des, yo te devolveré la décima parte.»  (Gn 28, 10-22)[2].

Jacob dejó Bersebá y se dirigió hacia Jarán.

No era un viaje corto porque se trata de recorrer toda Palestina, entrar en Siria, pasar a Mesopotamia y volver al país del que mucho tiempo atrás había partido Abraham dando inicio a la historia del pueblo. Un recorrido de al menos mil seiscientos kilómetros a pie, y por eso una especie de aventura en la oscuridad.

En el texto contemplamos a un viajero en fuga, a un fugitivo que no tiene ni siquiera un saco sobre el que poner la cabeza, y que se duerme por su gran cansancio sin saber bien donde se encuentra.

¿Dónde cree Jacob que está? (vv. 10-11)

Geográficamente, como aparece luego al final del episodio, está en un lugar que se llama luz y que, a continuación, será llamado Betel; más o menos a tres días de viaje desde donde partió, y bastante lejos, por tanto, para sentirse como de espaldas al pasado. Sin embargo, será necesario otro mes de camino para llegar a la meta, y por eso Jacob se siente completamente perdido, abandonado, privado de referencias. Es una primera coordenada geográfica que se especifica por las coordenadas lógicas que se relacionan con su vida.

Recordemos que Jacob ha roto con su familia. Está extremadamente turbado porque su comportamiento ha causado graves consecuencias, como muestra el capítulo anterior: "«Esaú le tomó odio a Jacob, a causa de la bendición que le había dado su padre, y se decía: «Se acercan ya los días de luto por mi padre, y entonces mataré a mi hermano Jacob.»" Se trata de esa dramática lucha entre hermanos que constituye la historia del pecado de la humanidad.

Pero hay más. En esta situación, Jacob ya no tiene la protección de su madre, porque Rebeca prefirió retirarse: "Contaron a Rebeca las palabras de Esaú, su hijo mayor, y mandó a llamar a Jacob, su hijo menor, al que dijo: «Tu hermano Esaú quiere vengarse de ti y matarte. Por lo tanto, hijo mío, hazme caso y huye ahora mismo a Jarán, a la casa de mi hermano Labán. Te quedarás con él por algún tiempo hasta que se calme el furor de tu hermano, Cuando ya no esté enojado y haya olvidado lo que le has hecho, yo enviaré a buscarte y volverás. Pero no quiero perderlos a ustedes dos en un mismo día.»" (Gn 27, 42-45).

La madre, al no conseguir ya mantener el equilibrio entre los hijos, debe elegir el mal menor, que sin embargo es gravísimo, y es invitar a uno a que se vaya.

Jacob es un hombre cuyos lazos más íntimos han sido dolorosamente rotos, ha tenido que abandonar también al padre sin poder siquiera despedirse de él (pensemos en cuantos no pudieron despedirse de sus seres queridos por morir de Covid), un hombre que se ha visto siempre constreñido a separarse de todas sus coordenadas visibles.

Ni siquiera la situación moral es correcta. Ha arrebatado la herencia del hermano con una trampa, es un suplantador, como dice el mismo nombre, y no puede pensar que Dios le proteja, el pecado le remuerde la conciencia.

Finalmente ha perdido todo, y huye sin poder disponer del dinero.

En conclusión, Jacob ya no tiene las referencias que desde el comienzo de la Biblia son constitutivas del hombre: Dios, la familia y las amistades, la tierra y el trabajo. Se siente de alguna manera maldito como Caín, y no sin razón la Escritura nos lo presenta en la oscuridad de la noche, solo desconsolado, y con la pregunta que le quema en el corazón: ¿Dónde estoy? ¿Cuál será mi porvenir?

¿Dónde está Jacob en realidad? (vv. 12-16)

Se muestra entonces lo extraordinario de la segunda parte del relato: ¿dónde está Jacob en realidad?

Porque en el sueño la Palabra de Dios le revela cuales son las coordenadas invisibles y sin embargo decisivas en su vida.

Dividamos esta parte de la narración en tres partes: el símbolo, la declaración de Dios, la larga promesa.

El símbolo: “y tuvo un sueño; soñó una escalera apoyada en la tierra, y cuya sima tocaba los cielos, y he aquí a los ángeles de Dios subían y bajaban por ella” (v 12).

¿Qué es lo que en realidad significa este símbolo? Que Dios se interesa por nosotros. Ahí donde creemos estar privados de coordenadas precisas hay una coordenada absoluta en nuestra vida, que podemos llamar providencia o bien misterio de Dios. Esta es la primera revelación profunda, ligada a esa gran actitud de la religión hebrea, el temor de Dios: Dios misteriosamente cuida del hombre, no lo abandona siquiera en los momentos más difíciles, más oscuros. También en la noche oscura de un hombre errante y fugitivo hay una atención del cielo para él, somos objeto de una providencia que nos sigue paso a paso, incluso allí donde nos sentimos desolados, abatidos, desorientados. Jacob necesita de esta certeza de que de todos modos Dios lo busca, cuida de él, y también nosotros necesitamos de ella.

La imagen de la escalera que se apoya sobre la tierra y cuya cima alcanza el cielo nos revela que Dios se interesa por mí por los sucesos de mi vida, por mis cotidianas dificultades que yo solo conozco, y que misteriosamente me acoge y me es propicio.

Sobre el símbolo se inserta la declaración: “Yo soy el Señor, el Dios de Abraham tu Padre y el Dios de Isaac” (v.13).

El rostro de Dios se presenta personalmente a Jacob: “Yo Soy”, y se presenta amistosamente, familiarmente. Te conozco, conozco a tu padre que está fuera de sí y no es capaz de controlar la situación, conozco a tu madre que es demasiado débil para ponerlos de acuerdo a ustedes dos, hermanos, conozco los motivos por los que has huido: te conozco de cerca.

Esta segunda revelación es formidable porque Dios se revela amigo del hombre, amigo que conoce el corazón de los hombres, su emotividad, sus desequilibrios. Dios te conoce, es tu amigo, y te conoce como verdaderamente eres.

La promesa. Al mencionar a Abraham e Isaac, el Señor confirma implícitamente las promesas, luego expresadas de manera inesperada y extraordinaria. Una a una, Dios retoma todas las coordenadas de la vida de Jacob (la tierra, la descendencia, la alianza, la protección del viaje) haciéndole entender que le tiene de su mano.

Sobre todo, la promesa de la tierra; “La tierra sobre la que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia” (v.13). esta tierra en la que Jacob se sentía perdido, sobre la que temía dormir por miedo a las bestias salvajes, le viene dada.

Con la tierra la promesa de la descendencia, concretamente la relación de Jacob con su familia, con la familia que aún no ha formado. “Tu descendencia será como el polvo y la tierra y te extenderás al poniente y al oriente, al norte y al sur” (v.14). Vemos la desproporción entre lo que Jacob buscaba (salvar la vida) y la promesa de una descendencia innumerable, que hace reventar, por así decir, sus coordenadas. Dios le amplia el horizonte de la relación con sus semejantes.

La tercera promesa se refiere a las naciones: “Serán benditas por ti y por tu descendencia todas las naciones de la tierra” (v. 14). Jacob había pensado, como máximo, en sí mismo, en su familia, en su pueblo, pero la Palabra de Dios le abre hacia la humanidad, porque no es posible que una persona se considere solamente en relación a unas coordenadas estrechas.

Luego el Señor especifica las coordenadas de la alianza: “Yo estoy contigo” (v. 15). Es la palabra clave de la alianza, del misterio de la unión indestructible que Dios quiere positivamente instituir con el hombre y que, partiendo de Abraham, en Jesucristo alcanza a todos los hombres. Es la formula pronunciada por el ángel a María: “El Señor está contigo” (Lc 1,28), y que Jesús pronuncia “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

La ultima promesa es la protección específica en el viaje: “Te guardaré por donde quiera que vayas y te devolveré a ese solar. No te abandonaré hasta haber cumplido lo que te he dicho“ (v. 15).

¿Dónde estamos como Iglesia?

El Papa Francisco está llamando a la Iglesia a redescubrir su naturaleza sinodal. Este redescubrimiento de las raíces sinodales de la Iglesia implica un proceso de aprender juntos humildemente como Dios nos llama a ser como Iglesia del tercer milenio. Se nos recalca que este proceso no debe ser visto como una carga abrumadora que compite con la pastoral local.

La sinodalidad no es tanto un acontecimiento o un eslogan, como un estilo de vida y una forma de ser con los que la Iglesia vive su misión en el mundo. La misión de la Iglesia requiere que todo el pueblo de Dios esté en camino juntos, con cada miembro desempeñado un papel crucial, unido entre sí. Una iglesia sinodal camina en comunión para perseguir una misión común a través de la participación de todos y cada uno de sus miembros. Por eso, con el deseo de aplicar el relato bíblico a nuestra experiencia lo abordaremos desde dos tiempos.

Un primer tiempo consistirá en la reflexión sobre las coordenadas visibles de nuestra vida: un segundo tiempo, en la búsqueda de las coordenadas invisibles. Solamente en este contexto global será posible llevar a cabo un verdadero discernimiento de la Palabra de Dios sobre mí, sobre cada uno de nosotros.

Las coordenadas visibles de nuestra vida.

Sobre todo, quisiera subrayar que nos conocemos poco. Por eso la búsqueda la debe hacer cada uno por sí mismo. Vamos a ver las coordenadas que están en la vía de las relaciones y comprenden sobre todo dos realidades; la familia, en el sentido más restringido y amplio y las amistades.

Las relaciones familiares están de tal modo dentro de nuestro cuerpo que nos condicionan, consciente o inconscientemente, en las decisiones que tomamos y debemos saberlo. Esto es lo primero que tenemos que tener en cuenta en el camino sinodal.

Hay que considerar además el aspecto de las amistades, que quiere decir también enemistades, quiere decir ser o no ser comprendido, ser acogido o rechazado, aceptado o menospreciado. Las dinámicas de las amistades influyen en las grandes decisiones porque los círculos de amistad atraen o rechazan de distinta manera.

Si somos conscientes y maduramos estos dos aspectos señalados, en el camino sinodal vamos a poder fomentar la participación que nos lleva a salir de nosotros mismos para involucrar a otros que tienen puntos de vista diferentes a los nuestros. El dialogo nos lleva a la novedad, debemos estar dispuestos a cambiar nuestras opiniones basándonos en lo que hemos escuchado de los demás.

Solo así superaremos la tentación de enfocarnos en nosotros mismos y en nuestras preocupaciones inmediatas. El proceso sinodal es una oportunidad para abrirnos, mirar a nuestro alrededor, ver las cosas desde otros puntos de vistas, y avanzar en el acercamiento misionero a las periferias. Esto nos obliga a pensar a largo plazo.

Otra coordenada que me viene sugerida por el relato de Jacob en su viaje es el futuro. ¿Tememos al futuro? ¿Lo esperamos? ¿tenemos miedo de tomar las decisiones adecuadas? ¿Cómo veo mi relación entre mi futuro y las decisiones que debemos tomar? ¿Cuál es el plan de Dios para la Iglesia aquí y ahora?

Las coordenadas invisibles

Podemos tomar las tres coordenadas expresadas en el texto bíblico: la Providencia como telón de fondo, la Palabra y la Promesa.

¿Cómo nos sentimos frente a la Providencia, o sea, cual es el sentido de Dios que tenemos en nuestra vida? ¿Está presente, nos conforta, nos sostiene la conciencia de que Dios se preocupa de nosotros, o bien está ausente, oscurecida por las pruebas, por las tentaciones? Las diversas pruebas por las que pasamos no solo son realidades negativas, sino que constituyen también la dinámica de nuestras relaciones invisibles.

En el camino sinodal debemos preguntarnos ¿Qué sentido tenemos de la Palabra de Dios? ¿En concreto cómo me pongo frente a la revelación escrita? ¿Soy quizá como Jacob que debe admitir: ¿Verdaderamente en torno a mí estaba la Palabra de Dios y yo no lo sabía porque para mí contaba poco? ¿O bien me fio de la Palabra, pero con momentos de dificultad y de oscuridad?

La Palabra de Dios es promesa, es promesa también para nosotros, lo cual se traduce en la fórmula: Yo estaré contigo. Dios no es solamente el Dios de mi Padre, de mi gente, de mi tradición, de mi cultura, de mi Iglesia, sino que es el Dios para mí y conmigo.

Actualizar en nosotros la Palabra de Dios como promesa es algo fundamentalísimo para cualquier decisión de vida, aunque sea la más difícil; mientras que el mido instintivo, la angustia que sentimos frente a ciertas decisiones indica nuestra falta de sentido de la divina promesa.

Podemos pedir a María, a quien le fue repetida la promesa hecha a Jacob (el Señor está contigo), nos ayude a sentir con fuerza en nuestra existencia sobre todo hoy, esta Palabra de la promesa divina.

P. Carlos Enrique Rivera Ramírez

Diócesis de Escuintla


[1] Martini, C., Vivir con la Biblia, Barcelona: Planeta, 2002, p. 61-77; MALY, E., «Introducción al Pentateuco» en BROWN R, y otros (eds.), Comentario Bíblico San Jerónimo I, Antiguo Testamento I, Madrid: Cristiandad, 1971, p. 111-113.

[2] Biblia Latinoamericana, Antiguo Testamento, Estella, Verbo Divino, 2005, p. 47-48.