EL PRECIO DE LA TECNOLOGÍA.

El miedo era de una intensidad demoledora, decenas de mujeres  y de niños se alejaban lentamente del poblado para pasar una noche más en medio de una de las selvas del este de la República Democrática del Congo.

Las alas de la mariposa tecnología.

Atemos cabos. Traslademos la escena de la selva centroafricana a la selva urbana de la Puerta del Sol, cientos de adolescentes, mujeres y hombres de todas las edades se exponen a los benéficos rayos de la primavera mientras cotejan en sus Ipad, smartphones u ordenadores portátiles las últimas novedades y prestidigitaciones que nuestra flamante cultura tecnológica nos proporciona.

A río revuelto ganancias de pescadores, y el río Congo se revuelve en el horror, como cuando Joseph Conrad relataba en El corazón de las tinieblas los antecedentes históricos de este nuevo horror neocolonialista a punta de mercado financiero global.

Hay una relación directa entre la cultura tecnológica en la que vive una parte privilegiada del planeta y los conflictos de guerra, violencia y pobreza en que vive la mayor parte del mundo; por eso en este «Al descubierto» pretendemos, modestamente, una vez más, concienciar sobre otro de los problemas que nuestra cultura moderna occidental.

Somos conscientes de que al decir esto tocamos un tema muy delicado y que es difícil resumir en un breve reportaje: los pros y los contras de los avances continuos de la tecnología y su progreso asociado; explicar el precio que paga el planeta y todos sus habitantes humanos y no-humanos que están imbricados por igual por un cordón a la vida que genera la tierra, pues como decía John Gray: «Cuestionar la idea de progreso a principios del siglo XXI es un poco como poner en duda la existencia de la Divinidad en la época victoriana. La reacción común es de incredulidad, seguida de enfado, y después de pánico moral. No es tanto que la creencia en el progreso sea inquebrantable como que nos aterra perderla». Pero creemos que debemos sumarnos a las voces de quienes, en número creciente, señalan que cuando se rebasan ciertos límites de lo que la técnica puede aportar al hombre para su desarrollo físico y espiritual, y se confunden los medios y los fines, el hombre queda subyugado por las máquinas que crea en una progresión infinita, en vez de alcanzar la libertad y autonomía que prometían.

La guerra del coltan. Historia de la violencia anunciada.

«Coltan» es la abreviatura de columbita-tantalita, dos minerales de cuya mezcla se extrae el niobio y el tantalio, esenciales en la electrónica moderna y que se concentran en gran cantidad en las riquezas subterráneas del Congo. El 60% de la producción de  coltan se destina a la elaboración de los condensadores y otras partes de los teléfonos móviles; el resto va destinado a centrales atómicas, aparatos médicos, fibra óptica…

El coltan se extrae principalmente en la zona de los Kivus, en el Este de la República Democrática del Congo donde ex campesinos, refugiados, prisioneros de guerra y miles de niños ―que son los que pueden entrar con más facilidad por las grietas y taludes de los yacimientos―, trabajan de sol a sol, duermen, comen y viven, hasta su muerte prematura, en la selva montañosa.

Antes de la llegada de los europeos en el siglo XV, «África era un pueblo desarrollado, con instituciones propias e ideas particulares acerca del gobierno» afirmaba el nacionalista africano J. E. Casely-Hayford. El continente estaba constituido por entidades diversas, algunas con un alto nivel de desarrollo, como el Gran Zimbabwe, de Mutapa, el Imperio del Congo, el de Ghana, el de Mali o el de Songhay. Con la llegada del hombre blanco y su complejo de superioridad racial y cultural se inició una de las tantas páginas tristes de la historia y unas de las causas, según muchos autores, de la situación actual africana. Unos 13 millones de africanos jóvenes, fueron llevados como esclavos entre los siglos XVI y XIX, a las colonias de América del Sur, América del Norte y Caribe. Los europeos no fueron los únicos en esclavizar: muchos jefes locales y mercaderes africanos fueron persuadidos por la codicia para participar en este oscuro negocio. De este modo se produjo una reacción en cadena.

Después, en la última década del siglo XIX, con la disculpa de acabar con la esclavitud, Europa decidió seguir saqueando África, pero está vez no se contentó con sus hombres sino que se repartió también sus tierras, dividiendo el territorio con unas fronteras políticas ficticias que nada tenían que ver con las étnicas; esas fronteras se han conservado hasta hoy a costa de intensos conflictos de los que han emergido todo tipo de atrocidades ―recordemos el genocidio entre hutuus y tutsis―. Como dice Fritjof Schuon, «si los europeos creen ofrecer a sus “protegidos” libertades que éstos desconocían, no se percatan de que estas libertades excluyen otros modos de libertad que ellos mismos apenas conciben ya; dan bienes, pero al mismo tiempo imponen su concepción del bien, lo que nos lleva al viejo adagio de que el más fuerte es quien tiene razón.

El Congo. Los mimbres de la codicia.

En el caso concreto del la Republica Democrática del Congo, quizá uno de las zonas más ricas de África, la expoliación de sus recursos fue iniciada por Bélgica y hoy continúa por parte de numerosos países, y aunque como la mayoría de las naciones de África consiguió en el siglo pasado independizarse del yugo colonialista, sus dirigentes forman parte de las élites que las metrópolis coloniales formaron al estilo europeo para seguir defendiendo sus intereses, por lo que estos dictadores son contrarios a sus propios pueblos.

A esos grupos nacionales se suman grupos armados extranjeros procedentes de Uganda y Ruanda como las Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda (FDLR), una guerrilla hutu ruandesa que sigue siendo la fuerza rebelde de mayor poderío militar e importancia política en los Kivus, y que está promovida, según algunos, por el propio Gobierno de Kagame para crear un escenario de guerra que favorezca el saqueo de los minerales congoleños.

Junto a estos grupos armados está el propio ejército del Congo, mal pagado, carente de mandos, de equipamiento y acostumbrado a una vida de pillaje, rapiña y violaciones que vió en la escalada de precios del coltan, que se produjo cuando se acabaron las reservas en Brasil, Australia y Tailandia, un gran negocio para salir de su miseria, estableciendo redes delictivas que luchan por el control de las minas.

La violación del entorno femenino.

La guerra es un espacio-tiempo demencial donde lo peor, y a veces lo mejor, del ser humano sale a la superficie; es un espacio donde los límites se rompen, lo que lleva a una espiral de violencia cada vez más perversa hasta llegar a la pérdida del concepto de lo humano.La mujer violada es rechazada, no consolada, la familia humillada se desmorona y ella pasa el testigo de ese odio a esos hijos de la conquista.

Suena el teléfono aquí en occidente, las alas de la mariposa baten, y por el oriente un guerrero exacerbado siembra pesadillas en los sueños de liberación de una nación humillada. Cada vez hay más caminantes de la noche, así llaman a los niños que huyen de esa violencia y se adentran en las selvas para huir del horror, niñas de miradas tristes, rotas en lo físico y rotas en el alma, huérfanos diezmados por el SIDA; más de 800.000 refugiados en campos de lava, sin acceso a nada, a los que no llega la ayuda humanitaria... Una guerra feroz, una de las mayores catástrofes humanas del mundo se desarrolla, olvidada, en la trastienda del capitalismo de Occidente.

La ONU y su intento de cordura.

Como denuncia la periodista congoleña Caddy Adzuba, que vió truncada su vida cuando la violencia la convirtió en refugiada y a sus amigos en muertos y a su padre en torturado: «En esta guerra la responsabilidad es compartida: el Congo tiene su parte de culpa, también Ruanda y la región de los Grandes Lagos, la Unión Africana, la Unión Europea y la ONU.

Y efectivamente, según un informe de la organización no gubernamental sudafricana South Africa Resource Watch (SARW) para el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, tenemos una serie de compañías involucradas, con nombres y apellidos, en el comercio ilegal de este material.

La responsabilidad de la ONU, que señala Caddy, es más difícil de delimitar. Una institución que lleva años en el territorio con su mayor misión militar en el mundo: 17.000 hombres autorizados a emplear toda la fuerza que sea necesaria, pero que apenas pueden hacer nada en ese laberinto de selva y violencia y que incluso a veces se han visto contaminados por el ambiente de abuso que se respira; pero no podemos negar que desde 2001 la ONU realiza un informe anual sobre la situación en la RDC, y la información puede suponer poder de transformación. El primer informe del 2002 fue demoledor y allí se mostraba la relación directa entre la explotación minera y la violencia endémica que sufre el país desde su independencia. En él se citaban 114 empresas, en buena parte occidentales, que azuzaban o se aprovechaban del conflicto para engrosar sus beneficios.

Parece que la labor informativa de la ONU ha propiciado que esas directrices sean escuchadas por algunos de los implicados. Fueron elaboradas por el Grupo de Expertos sobre la República Democrática del Congo, y su aplicación recibió el apoyo unánime del Consejo de Seguridad en el 2010 para instar a los importadores, las industrias de procesamiento y los consumidores de productos minerales congoleños a frenar la compra de coltan a señores de la guerra que imponen el terror.

Por otro lado está la Dodd-Frank Act de EE.UU, el único estado miembro que ha aprobado hasta la fecha un instrumento legislativo que obliga a las personas y las entidades que utilizan en sus productos oro, estaño, tantalio y tungsteno procedentes de la República Democrática del Congo y de los países vecinos a ejercer la diligencia exigida por la ONU.

El laberinto de la complejidad.

Vayamos cerrando conclusiones sobre la actualidad del conflicto. La ONU sigue manteniendo a sus cascos azules y sigue informando y haciendo recomendaciones, lo que ha motivado que algunos países hayan disminuido la compra de minerales no certificados. Por parte de las multinacionales se han creado alianzas como la Electronics Industry Citizenship Coalition, integrada predominantemente por fabricantes de Estados Unidos para evitar la compra de materiales que tengan esos minerales manchados de sangre.

Como vemos la relación RDC-coltan-conflictos armados-circuito comercial-multinacionales... es de una complejidad extrema, y más difícil todavía es intentar explicar esta situación de manera clara. Hemos ido dando pinceladas sobre los diferentes elementos implicados: la codicia de un capitalismo feroz, el nuevo ídolo de la ciencia y la tecnología, el consumo exacerbado de Occidente de objetos que nunca antes habíamos necesitado para ser felices e íntegros.

Está, además, la propia decadencia del África postcolonial, que con las raíces devastadas por un racismo que no entendió su genio racial, no levanta cabeza, y donde la superposición de una estructura occidental inasimilable sobre su organización tradicional fracturó su equilibrio cultural, material y su autoestima. Hay que sumar también el abandono de las tradiciones propias y la adhesión a ideologías materialistas que sobreestiman las cosas efímeras de este mundo relegando las esenciales, lo que ha sido siempre una puerta abierta hacia el error, y que está en la base del derrumbe de numerosas tradiciones que están sucumbiendo al modelo occidental de progreso como China, India o la misma África.