Lengua Castellana y Literatura - 2º Bachillerato
PÍO BAROJA |
ÍNDICE
PÍO BAROJA |
1.- VIDA, PERSONALIDAD E IDEOLOGÍA |
Pío Baroja y Nessi nació en San Sebastián en 1872 en el seno de una familia acomodada y culta. Por motivos de trabajo (su padre era un ingeniero de minas donostiarra) tuvo que desplazarse con su familia constantemente de una ciudad a otra, lo que pudo contribuir al sentimiento de desarraigo y de abandono que siempre experimentó.
Comenzó sus estudios de Medicina en Madrid sin demasiada vocación pero, a pesar de ser un mal estudiante, consiguió finalizar su carrera con éxito en Valencia, ciudad a la que se había trasladado su familia. Su experiencia universitaria no pudo ser más desoladora, hecho que queda reflejado en El árbol de la ciencia. Se doctoró en 1893 con una tesis de sugerente título: El dolor. Estudio de psicofísica. Tras finalizar sus estudios, ejerció como médico rural en Zestoa (Gipuzkoa) poco más de un año, pero renunció a su profesión para suceder a su tía en la dirección de una panadería en Madrid. No obstante, el negocio iba de mal en peor y acabó cerrándolo.
A finales de 1898, después de haber fracasado como médico y como empresario, intensificó su actividad periodística, iniciada unos años antes, y a partir de 1900 se dedicó completamente a la literatura. Su fama fue poco a poco consolidándose y en 1935 ingresó en la Real Academia Española.
El estallido de la Guerra Civil le sorprendió en su casa de Vera de Bidasoa (Navarra), desde donde decidió huir a Francia. No obstante, al finalizar la guerra regresó a España y recuperó su vida sosegada y tranquila, al mismo tiempo que prosiguió con su actividad literaria hasta su muerte, acaecida en Madrid en 1956.
Baroja fue un hombre de temperamento melancólico, irritable, solitario, amargado y huraño. Su personalidad estuvo marcada por su radical pesimismo, el cual, aunque se vio fomentado por la lectura de Schopenhauer, era temperamental, innato. No obstante, dicho pesimismo sobre el hombre y el mundo no le impidió manifestar una honda ternura por los seres marginados o desvalidos y sentir un rechazo absoluto hacia la crueldad y el egoísmo humanos.
Por otro lado, Baroja manifestó en más de una ocasión su escepticismo religioso, lo cual le hizo permanecer agnóstico hasta el final de su vida. Este escepticismo hacia la religión es propio del desvalimiento espiritual provocado por la crisis de principios de siglo y encaja dentro de sus fobias personales: Baroja no sólo era anticlerical, sino también antisemita, misógino, anticapitalista, antidemócrata, anticomunista…
De hecho, en lo que se refiere a su ideología política, Baroja rechazaba el socialismo, el comunismo y la democracia. Le atraía más el anarquismo por su espíritu de rebeldía y por su propósito de destruir el aparato estatal. Sin embargo, Baroja era consciente de que se trataba de un movimiento utópico.
En cuanto a su pensamiento filosófico, Baroja manifestó en más de una ocasión lo absurda que le resultaba la vida, al igual que le ocurre a Andrés Hurtado, personaje protagonista de El árbol de la ciencia. Esto explica el hastío vital de muchos de sus personajes. La raíz de esta concepción de la vida puede encontrarse en Schopenhauer, el filósofo más leído y admirado por Baroja.
2. SU OBRA |
Baroja fue un escritor muy fecundo: escribió más de sesenta novelas, al ritmo de una o dos por año, de las cuales treinta y cuatro se agrupan en trilogías. Y, aunque su producción literaria es esencialmente novelística, también cultivó el teatro (El horroroso crimen de Pañaranda del Campo, 1926) y la poesía (Canciones del suburbio, 1944), además de cuentos, ensayos, libros de viajes y biografías. Interesantes son también sus memorias, que llevan por título Desde la última vuelta del camino y que constituyen un testimonio importantísimo para conocer la personalidad del autor y acercarse a la realidad de su tiempo.
Baroja concibe la novela como un “género abierto” en el que cabe todo: desde la reflexión filosófica o psicológica a la aventura, la crítica, el humor, etc. Todo ello aparece reflejado en sus novelas, aunque su reverencia por la acción determina que sus temas preferidos sean los de aventuras. Esta concepción de la novela como género abierto (o permeable -como él lo llamaba-) le lleva a despreocuparse por la composición y a manifestar su rechazo hacia los escritores que parten de un argumento cerrado y definitivo antes de componer su novela.
Sus protagonistas son, por lo general, seres inadaptados que suelen fracasar en su lucha vital. En otros muchos de sus personajes proyecta Baroja su ideal de “hombre de acción” que a él le hubiera gustado ser y que tanto contrasta con lo que fue su vida.
Los diálogos constituyen la sustancia novelística de muchas de sus obras: en ellos los interlocutores defienden sus puntos de vista por medio de un diálogo sencillo y verosímil. Baroja practica incluso la novela dialogada en obras como La casa de Aizgorri (1900).
También destaca su maestría en la descripción: el escritor selecciona con habilidad los componentes de cada escenario y se detiene en el detalle brindando la sensación de estar en el lugar evocado. Y todo ello lo consigue con breves pinceladas, sin recurrir a las descripciones exhaustivas que caracterizaban a los realistas decimonónicos.
En cuanto al estilo novelístico, Baroja cultiva un estilo antirretórico y sencillo, y siente preferencia por la frase corta y el párrafo breve.
El mismo Baroja indicó las dos posibles divisiones de su obra: bien por trilogías, bien por etapas cronológicas. Según este segundo criterio, se pueden distinguir dos momentos: antes y después de 1912.
PRIMERA ETAPA (de 1900 a 1912). Incluye obras fundamentales del autor, en cuanto reveladoras de su personalidad y del espíritu del 98:
SEGUNDA ETAPA (a partir de 1912). En esta etapa repite con brillantez, pero con escasa novedad, su peculiar visión del mundo.
3. EL ÁRBOL DE LA CIENCIA |
Baroja escribió en sus memorias lo siguiente: “El árbol de la ciencia es, entre las novelas de carácter filosófico, la mejor que yo he escrito. Probablemente es el libro más acabado y completo de todos los míos”. Y buena parte de la crítica ha coincidido con la opinión de Baroja a este respecto.
En cualquier caso, la consideremos o no como la obra más acabada de Baroja, lo cierto es que tiene mucho de autobiográfica y que refleja de forma asombrosa los conflictos políticos, sociales y espirituales de la época.
La novela, que narra la vida de Andrés Hurtado hasta su suicidio, consta de siete partes, las cuales suman un total de 53 capítulos. Estas siete partes configuran una estructura interna simétrica (de la I a la III y de la V a la VII) que gira en torno al capítulo IV, el cual contiene una extensa reflexión del protagonista con su tío Iturrioz donde se confrontan el árbol de la ciencia y el árbol de la vida, el intelectualismo frente a la voluntad. Las cuatro primeras partes tienen como escenario Madrid, si exceptuamos una breve estancia del protagonista en un pueblo de Levante y otro de Burgos. En la quinta parte se nos cuentan sus experiencias como médico rural en Alcolea del Campo y las dos últimas vuelven a situarse en la capital española.
La insatisfactoria vida familiar del protagonista, la desilusión que le provocan sus estudios de medicina, sus distintas experiencias vitales y, en general, el ambiente que le rodea, harán de él un hombre “reconcentrado y triste” para quien la vida carece de sentido. Su matrimonio con Lulú le proporcionará paz, pero será una paz provisional que se trunca bruscamente con la muerte de su hijo y de su mujer, lo cual constituye un golpe definitivo que lo conduce inevitablemente al suicidio. Esta sombría trayectoria del personaje principal revela el hondo malestar y el pesimismo del propio Baroja.
Andrés Hurtado, como otros personajes barojianos, es un ser perdido en un mundo absurdo, incapaz de adaptarse a las circunstancias y poseedor de un pesimismo profundo que le conducirán a una sucesión de desengaños y, finalmente, al suicidio.
Lulú es una mujer espléndida que en la primera parte de la novela se nos presenta como “un producto marchito por el trabajo, por la miseria y por la inteligencia”, pero que posee un carácter noble, muestra una profunda ternura por los seres desvalidos y valora la sinceridad y la lealtad.
Entorno a Andrés y Lulú pululan un sinfín de personajes secundarios, algunos de los cuales aparecen caracterizados con breves pinceladas, mientras que en otros casos se nos ofrece un retrato completo: don Pedro Hurtado, el padre de Andrés, un ser egoísta y despótico; su hermano Alejandro, más egoísta y mezquino aún que su padre; su hermano Luisito, un niño tierno y enfermizo; Aracil, un cínico vividor sin escrúpulos; Iturrioz, un intelectual escéptico que mira la realidad con cierta distancia; los profesores, estudiantes, personal de los hospitales… Todos ellos forman un espléndido mosaico de la España de su tiempo que pone al descubierto todas las miserias y las carencias humanas.
El árbol de la ciencia refleja de manera clara la España de los años que preceden al Desastre del 98, una España anclada en el pasado y que se descompone en medio de la despreocupación más absoluta de la mayor parte de la población.
Así, Baroja traza en su novela un panorama sombrío de la universidad española y de la pobreza cultural del país: la crítica a la universidad española y a sus métodos de enseñanza caducos y obsoletos son constantes en la obra; y también, en numerosas ocasiones, se habla del atraso de la ciencia en España y de cómo son muchos los españoles emprendedores a los que no les queda más remedio que marcharse del país para desarrollar todo su potencial. Ello no es óbice, sin embargo, para que se deje traslucir en ocasiones su amor por España. Por ejemplo, recordemos cómo durante su viaje a Alcolea del Campo (5ª parte de la novela) un extranjero afirmó en un tren que España era un país miserable y atrasado, lo que le valió una discusión con otro de los pasajeros del tren; y Andrés, aunque no participó en la disputa, le pareció que la actuación del hombre que se había enfrentado al extranjero había sido admirable[1].
Importante lugar ocupa también en su obra la denuncia de injusticias sociales: Baroja hace hincapié en la enorme laguna que separa a los ricos y a los pobres, sin que ello suponga un posicionamiento a favor de las clases sociales más desfavorecidas. De hecho, la animadversión que Andrés siente hacia las clases pudientes no lleva consigo una simpatía incondicional hacia los pobres sino que llega a sentir indiferencia por ellos y critica el hecho de que acepten su situación sin rebelarse.
Pero no solamente el atraso cultural del país y las injusticias sociales son objeto de crítica en El árbol de la ciencia sino que Baroja critica también otra serie de lacras sociales, que no son sino el fruto de una sociedad enferma y despreocupada. Así por ejemplo, el maltrato a la mujer[2]. Y todas esas lacras que ensombrecen la sociedad española de la época se ponen de manifiesto tanto en la ciudad como en el campo. Así, Madrid es descrita como una ciudad “inmóvil” y el mundo rural como “un cementerio bien cuidado” dominado por caciques y presidido por la pasividad y la insolidaridad más absoluta ante las injusticias sociales.
En cuanto a la situación política, Baroja denuncia en la novela la rapacidad de los políticos y cuestiona el sistema de alternancia de partidos. Así, durante su estancia en Alcolea del Campo, hace referencia a la lucha entre los liberales (los “Ratones”) y los conservadores (los “Mochuelos”), que eran los que gobernaban en aquel momento en el pueblo. Y ninguno de los dos partidos merece sus simpatías ya que ambos tienen como líder a un cacique que se dedica a robar todo lo que puede.
Ante esta situación cultural, social y política tan lamentable, el protagonista siente una rabia contenida que le hace inclinarse por el anarquismo espiritual, al igual que le ocurría a Baroja. La justicia -según Iturrioz- “es una ilusión humana”.
El pesimismo y la amargura que aparecen reflejados en la novela de Baroja hacen que nos encontremos ante una novela filosófica. Los conflictos existenciales ocupan, en efecto, la parte central de la obra: Andrés ve la vida como algo absurdo, sin ningún sentido. Para él la religión es irrelevante y la ciencia es incapaz de responder a los grandes interrogantes sobre el sentido de la vida y del mundo. Al contrario: la inteligencia y la ciencia no hacen sino acrecentar el dolor de vivir. De esta idea surge, precisamente, el título de la novela:
“...en el centro del Paraíso había dos árboles: el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. El árbol de la vida era inmenso, frondoso y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad. El árbol de la ciencia no se dice cómo era; probablemente mezquino y triste”.
Por otro lado, las lecturas filosóficas de Andrés (que son las mismas que las de Baroja) no hacen sino agudizar el sentimiento de frustración y de pesimismo que le atenazan y le impiden ser feliz. La principal influencia en este sentido es la del filósofo alemán Schopenhauer: de él proceden precisamente algunas de las definiciones de la vida que aparecen en la novela, como la siguiente: “La vida en general, y sobre todo la suya, le parecía una cosa fea, turbia, dolorosa e indominable”.
Todo ello se combina con la idea de “la lucha por la vida”, procedente de Darwin y tan barojiana que dio título a una de sus trilogías más famosas. De hecho, en El árbol de la ciencia se dice que la vida “es una lucha constante, una cacería cruel en que nos vamos devorando unos a otros”.
Ante esta situación, ante esta vida carente de sentido, Iturrioz propone dos soluciones: la contemplación indiferente de todo o la acción, pero limitándose a círculos pequeños. Andrés intentará la primera vía (la ataraxia), siguiendo también el consejo de Schopenhauer acerca de “matar la voluntad de vivir”, pero el último golpe que le da la vida (la muerte de su mujer y su hijo) rompe su precario equilibrio emocional e, incapaz de enfrentarse al mundo, decide huir de él quitándose la vida.
BIBLIOGRAFÍA |
[1] De hecho, los miembros de la llamada generación del 98 combinan el amor por España con su deseo de regenerar el país para sacarlo del atraso en el que estaba sumido.
[2] El maltrato a la mujer se pone de manifiesto, por ejemplo, en el concepto que tiene Julio Aracil acerca de ellas, a quienes utiliza para su propio provecho personal. Por otro lado, Antonio Casares (periodista que aparece en la 2ª parte de la novela) divide a las mujeres en dos grupos: las pobres, que solo sirven para los momentos de diversión; y las ricas, que son para casarse con ellas por dinero. Conviene también recordar en este sentido cómo trata Pepinillo (uno de los personajes de la 5ª parte de la novela) tanto a su mujer como a su hija. Además, Andrés, cuando trabaja como médico de higiene, descubre horrorizado el maltrato que sufren las prostitutas en los burdeles, donde son tratadas como si no fueran seres humanos.