En la actualidad se dice que todos los animes deportivos son fujobaits, que siempre contienen material para pajeras, es algo fundamentado por las miradas, gestos y acciones supuestamente amistosas que terminan siendo algo sugerentes. El yaoi (o el shounen ai) es directamente una fetichización de lo gay, tanto sexual como sentimental, siempre siguiendo patrones de romances shoujos para hacer atractiva la relación hacia el público femenino al cual están dirigidos. Yuri on Ice es una serie de patinaje artístico que dista de esto último, pero que indudablemente toma el fangirlismo como idiosincrasia.

Yuri Katsuki es un patinador profesional en derrotismo cuya capacidad llama la atención de su idol ruso, el cinco veces campeón del mundo Victor Nikirofov, quién decide entrenarlo y acosarlo sexualmente a partes iguales, partiendo ahora el dúo a su meta de triunfar en el Gran Prix Finale. Presentación, entrenamiento y establecimiento de la rivalidad con el otro Yuri se dan en el arco introductorio, bien spokon todo, para el quinto capítulo la serie evoluciona en una seguidilla de competiciones rumbo a la medalla de oro. Acá es cuando todo se transforma en un desfile de husbandos sobre hielo, pibes con diferentes características moe y una rutina de patinaje que incentiva su condición de bishies. Cada uno cuenta con una «motivación artística» sobre la pista, mini backstories con propósito dramático o cómico. Estas se dan en medio de flashbacks, notando que esto favorece a la producción evitando así tener que animar rutinas enteras. Varias te chupan un huevo, algunas suelen ser más interesantes, pero no quita el hecho de que ocupan un fuerte hueco personajes irrelevantes que sólo entran como espacio del momento. O peor, el formato continuo de estas competiciones te hace sentir como si miraras el mismo episodio en loop, el reciclaje de escenas mucho que tampoco ayuda. A su favor podemos decir que gracias a esto al menos dejan establecidas las individualidades de los seis participantes que llegan a la final. Es que el anime se siente que se adapta mejor al formato televisivo que otras obras del medio, en el cual incluso el relleno o la comedia no queda tan al aire sirviendo como caracterización o para otros remates. La directora llega a manejarse bien en la pista mostrando realmente la feminidad de Yurio o la gracia que los patinadores supuestamente tienen. Más llamativas me resultan las piruetas más complejas que se realizan, las cuales no exageran su presencia y son expuestas con la dificultad de acción que tienen, al ser llevadas a un terreno realista se siente el impacto cuando las ejecutan correctamente. Por otro lado lo que sí es más común es el morbo de Yamamoto a la hora de enfocar los culos.

Hay una parte en el primer capítulo donde un chibi interrumpe la escena para explicar pelotudeces, acá es cuando nos damos cuenta de que si veníamos esperando algo serio, no lo conseguiríamos. Es una obra con un humor bastante tonto, es por eso que empujes de trama como la ridiculez de que Victor tenga que volverse a Japón porque su perro está siendo atendido en el veterinario no se sienten muy fuera de saco. Gran parte de la comedia es un humor shoujo medio gritón con personajes sacando a relucir su bishounismo, con gags como el catboy Yurio, la calentura del rubio o las actitudes principescas de Victor, pero incluso con esas boludeces se llegan a construir momentos geniales armados a lo largo del episodio como los abrazos de Yuri en el 8.

Los diseños de personaje en el yaoi tienden a ser largos, delgados y muy triangulares, en esta serie van por una onda más shounen, pero manteniendo unos rasgos finos y limpios. Esto va acorde a lo quieren hacer con el romance (o lo que sea) entre Yuri y Victor haciendo juego la estética con unas melosas y sobreromantizadas interacciones estilo shoujo, con el ruborizado e inocente intercambio de anillos como máximo ejemplo. Es también molesto que el disparador artístico de Yuri sea su «amor» por Victor, siempre señalándose en la pista que quiere seducirlo o actuando él y su perfección edwardcullenezca como la motivación de su show. Sin duda llegan a haber buenos momentos entre los dos, pero incluso dejando de lado los más cursis se vuelve difícil apreciarlos cuando la relación se construye entre baits de los más bajos. Son los típicos recursos captura fujoshis de siempre: contactos físicos, diálogos shipperos, miradas brillantes, planos sugerentes a medio mostrar o el acercamiento facial entre ambos donde se enrojecen los labios; igual los hay peores también: comedia sexual con un palurdo como víctima y semidesnudos continuos. Lo más jodido es que esto no se reduce a la supuesta pareja principal, pasa entre la mayoría de los hombres del elenco. Hay quienes festejan a la serie por sus valores inclusionistas y por representar de una manera más seria una pareja gay que en el típico yaoi de Shungiku Nakamura. Para empezar yo difiero de celebrar el inclusionismo solo por serlo más allá de su mérito artístico, aunque entiendo las razones políticas que llevan a eso, pero es difícil catalogar a esto como algo progresista cuando no deja de ser una continua fetichización de la homosexualidad y los bishies.

En fin, es una serie interesante que pega unos buenos flips cuádruples, pero que al final sus múltiples caídas terminan jodiendo el programa.