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"Tucumán en construcción" (comentario)
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La historia de “Tucumán en construcción”

Por Irene Benito

Voy a contarles la historia que explica a “Tucumán en construcción”, el libro que felizmente presentamos después de una labor que se prolongó durante dos años y medio. Había una vez un muchacho que se recibió de ingeniero civil y al poco tiempo, sin dudarlo, tomó la vía de Ezeiza y se estableció en Barcelona. Aquello no era raro en esa época puesto que entonces eran muchos los jóvenes profesionales o jóvenes a secas que se convertían en inmigrantes obligados por el desierto de oportunidades que ofrecía la Argentina en crisis. Pero el muchacho de esta historia dejó su tierra más bien empujado por la curiosidad y el deseo de llenarse de mundo, y, tal vez -estoy segura de ello-, con un programa de vida muy definido en la cabeza. Lo cierto es que ese chico, el ingeniero Sebastián Piliponsky, se hizo constructor en Barcelona y cuando quiso darse cuenta, estaba metido en otra crisis: la burbuja inmobiliaria española le había estallado en la mano.

Entonces ese muchacho convenció a su esposa, hizo las valijas y dejó la ciudad catalana de sus amores con un plan entre las manos: desarrollar proyectos inmobiliarios en Tucumán. Pero, claro, el ingeniero Sebastián Piliponsky ya estaba curtido por el subibaja de las experiencias, y sabía que, así como él no era el mismo que había partido, su lugar de origen tampoco era el mismo que él había dejado. Muchas cosas habían cambiado en un pispás: por ejemplo, esos edificios en condominio que crecían sobre la avenida Perón. Y entonces pensó que aquella transformación merecía un libro, y que en él debían participar los desarrolladores que la configuraron y la configuran con proyectos de toda clase que nunca dejan de respirar, ni siquiera cuando la economía se queda sin oxígeno.

Un día, el ingeniero Sebastián Piliponsky se encontró con el psicólogo Virgilio Raiden, que entonces ya tenía un curriculum enorme como comercializador inmobiliario, y la idea de escribir un libro, este libro, “Tucumán en construcción”, ganó un socio entusiasta, que enseguida se convenció de la necesidad de llevar el proyecto hasta las últimas consecuencias. Virgilio Raiden también había vivido en Barcelona, y en su cabeza bullía todo un mundo de conocimientos y experiencias ansioso de salir a la calle para establecer las analogías y contrastes que permiten entender por qué cada comunidad alumbra un modelo distinto de vida urbana. Y en esa mirada teórica asimismo cabe una mirada eminentemente práctica relacionada con la voluntad de descubrir lo propio, de precisar los detalles que explican el conjunto, y de identificar qué hace que un desarrollo inmobiliario fracase y qué hace que un desarrollo inmobiliario funcione.

Imbuidos de este deseo de aprender de las lecciones ajenas, Virgilio Raiden y Sebastián  Piliponsky se calzaron los trajes de compiladores, y se lanzaron a convocar a los desarrolladores y profesionales que admiran y respetan para proponerles una aventura intelectual inédita: divulgar sus visiones sobre la actividad que desempeñan y sobre el sector que integran desde hace décadas o desde hace toda la vida o desde hace apenas unos años. Por supuesto que algunos declinaron la propuesta y otros pidieron tiempo para digerirla, pero, en general, los colaboradores se pusieron a disposición de “Tucumán en construcción”, incluso cuando así, en frío y a la distancia, no resultaba posible comprender del todo lo que perseguían Virgilio Raiden y Sebastián Piliponsky.

Hago un alto en esta historia primero para comprobar si siguen aquí; segundo para disculparme porque agosto perjudicó mi salud y seguramente mi voz no está a la altura de esta exposición, y tercero, para llamar la atención sobre lo que considero que es la gran virtud de este libro: la decisión de dar la palabra a otros. Ello supone poner los cimientos del compartir, un verbo que necesitamos conjugar desesperadamente como seres que habitamos en el mismo tiempo y lugar… Precisamos compartir, pero no sabemos cómo hacerlo, y a eso, sin querer o queriéndolo por completo, apunta “Tucumán en construcción”.

Esta vocación por compartir de la que hablo hizo su magia y consiguió que los colaboradores confíen, se abran, y acepten el reto de exponer visiones, recuerdos y anécdotas. La suma de estas vivencias y miradas diversas, que abarca al menos los últimos 50 años, forjó la identidad del libro, que, por supuesto, es más que la compilación de los múltiples modelos y experiencias de desarrollo inmobiliario que coexisten en Tucumán. El resultado es una información que está al alcance de todo aquel que la requiera y que emerge directamente de proyectos hechos y derechos, pero también lleva en sí misma los sueños de hacedores tenaces.

La palabra ha dado existencia tangible a una información que estaba oculta o en el aire. O tal vez corresponda decir que habitaba en las calles y en los ambientes que los desarrollos inmobiliarios generan. “Tucumán en construcción” decodificó estos mensajes con un lenguaje simple y llano, y, mejor aún, plasmó el lenguaje que inventó cada desarrollador. Porque si bien hay consensos generales, el libro presenta las numerosas diferencias que enriquecen al sector y que determinan los matices del paisaje urbano.

Pero regresemos a la intención original de Virgilio Raiden y Sebastián Piliponsky. Los compiladores no sólo querían dar cuenta de los cambios inmobiliarios sino también jerarquizar y reivindicar a emprendedores que hacen negocios de medio plazo en una sociedad gobernada por el cortoplacismo. Y ese ir contra la corriente combina, por un lado, los anhelos de vivienda y de ahorro en un contexto caracterizado por la falta de acceso al crédito hipotecario, y, por el otro, la aspiración de satisfacer ambas necesidades al precio más bajo posible sin sacrificar la búsqueda de excelencia. El desafío es inmenso, ¿no? Y la realidad es que cada desarrollador ensaya su propia respuesta.

“Tucumán en construcción” es, por ello, una vía de acceso a quienes hacen una forma de vida del desarrollo de proyectos inmobiliarios. Hablamos evidentemente de actores que despliegan su labor con pasión y compromiso, y que proyectan en sus proyectos, valga la redundancia, su creatividad y ansias de innovación.

Estos valores están en relación o, mejor dicho, en tensión directa con la regulación estatal de la edificación privada y la marcha de la economía. El libro puede ser, en ese sentido, un aporte para una discusión que la sociedad reclama y que no debe ser demorada: ¿están nuestros códigos de planeamiento urbano a la altura de un desarrollo inmobiliario moderno? ¿Disponemos de rumbo o las ciudades crecen como flora salvaje, donde pueden y como pueden? En concreto, “Tucumán en construcción” revela que la aplicación de estándares de edificación sustentable o amigables con el ambiente aún depende de la voluntad del desarrollador. Y que el sector emplea, en general, paradigmas signados por la carencia de una mirada colectiva que concilie intereses disímiles y no necesariamente contrapuestos que, sin embargo, aparecen enfrentados como consecuencia del soliloquio individualista.

La historia de este libro incluye una paradoja insoslayable: su fabricación coincide con un momento económico difícil para el sector inmobiliario. Lejos de empobrecerlo o acotarlo, ese ciclo adverso ha determinado un tono realista y cauteloso, que sirve para dimensionar la actividad desprovista de estridencias y euforias coyunturales. A la vez, la incertidumbre económica realza las anécdotas de crisis pasadas y destaca la virtud esencial del desarrollador que aspira a perdurar en este rubro: su capacidad para mantener la palabra empeñada suceda lo que suceda. Y en este “Tucumán en construcción” por fortuna hay un número sorprendente de desarrolladores de esa estirpe, que a esta altura pueden ser legítimamente considerados sostenes de un país obstinado en incendiarse cada tanto.

La gestación de “Tucumán en construcción” ha sido el puntapié para el encuentro con un horizonte de edificios en altura que asombra de por sí, pero más asombra todavía si se considera, por ejemplo, que el trazado de la avenida Mate de Luna empezó hace solamente 100 años. Ese recorrer para atrás deparó el hallazgo de Elmina Paz de Gallo, la filántropa que a comienzos del siglo XX tenía casa de ciudad en las inmediaciones de esta plaza, la plaza Independencia, donde hoy funciona el colegio Santa Rosa, y casa de campo a 1.200 metros de ahí, donde está la sede del colegio Santa Catalina. La pretensión de analizar el presente ha transportado inevitablemente a la época de oro de San Miguel de Tucumán, período que coincide con el Centenario de la Declaración de la Independencia. Esa ciudad generosa, abierta, arrojada hacia el progreso, ha perdido impulso pero continúa siendo un ejemplo de lo que una sociedad puede ser y hacer si se lo propone. Conviene recordar esta lección en la víspera del Bicentenario de 1816.

La historia de este libro termina aquí, pero aquí empieza otra historia de consecuencias aún más imprevisibles que el relato que la precede: la del libro en el contacto con sus lectores. ¿Qué podemos esperar de esa relación? De las innumerables horas de conversación y reflexión sostenidas con Virgilio Raiden y Sebastián Piliponksy se me ocurre que “Tucumán en construcción” cumplirá su misión si es capaz de despertar deseos de superación, si contagia el entusiasmo que sus páginas destilan y si contribuye a la búsqueda de las tres cualidades que desde siempre han encandilado a los hombres y mujeres sensibles: el bien, la verdad y la belleza.

San Miguel de Tucumán, 27 de agosto de 2014