3.5.5 ¿Qué papel jugó la mujer de Lenin?

En este proyecto debes realizar un mapa conceptual, sobre la vida de la mujer de Lenin relacionando los capítulos de su vida con los acontecimientos que sacudieron Rusia durante el periodo que ella vivió. Puedes ayudarte con la realización de una línea del tiempo.

 Nadezhda Krúpskaya (1869-1939)

Nadezhda Krúpskaya pasó a la historia por ser la compañera de Lenin y por ejercer un importante papel en la dirección del Partido Socialdemócrata Ruso. Pero también, y sobretodo, por su implicación en la educación y en la creación de un sistema de bibliotecas profesional en la rusia bolchevique. Nadezhda Krúpskaya luchó contra las injusticias más básicas de la sociedad trabajando desde cuestiones tan necesarias como  el intento de erradicar el analfabetismo entre la población rusa, como uno de los pilares del avance de la revolución bolchevique.

La compañera de Lenin

Nací el 26 de febrero de 1869 en San Petersburgo en el seno de una familia aristocrática empobrecida sin demasiados recursos económicos. Mi madre era institutriz y mi padre, oficial del Ejército con inclinaciones políticas radicales. Ambos tuvieron una juventud bastante parecida. Mi madre, nacida en 1841, miembro como mi padre, de la nobleza sin tierra, había quedado huérfana de madre a los tres años y de padre a los nueve. Recogida junto con su hermana mayor —era la menor de nueve hermanos— en el Instituto Pavloski, una moderna institución de enseñanza para muchachas nobles en situación de estrechez económica, en 1858 se graduó como institutriz. Mi padre, originario de Kazán, había quedado huérfano muy joven, con apenas nueve años, y el Estado se había encargado de su educación, enviándolo a una escuela militar de la capital rusa. Tras graduarse como cadete, se le había destinado en Polonia, y a continuación se le mandó a estudiar derecho a la Academia Jurídico-Militar de la capital; en la urbe contrajo matrimonio y me tuvo a mi en 1869. Tras graduarse en el academia, ingresó en la Administración del Estado y se le encomendó la de un distrito del Zarato de Polonia, Grojec. Las autoridades zaristas se disgustaron por las medidas progresistas que aplicó y le llevaron a juicio en 1874. Condenado, se le expulsó de la Administración Pública y, aunque la apelación de 1880 anuló la sentencia, nunca recuperó su antiguo puesto.

Después de la condena de mi padre en 1874, quedé a cargo de su madre, que se puso a trabajar como institutriz, mientras aquel buscaba trabajo por su cuenta. La expulsión de mi padre de la Administración pública cambió radicalmente mi infancia: de vivir en un entorno acomodado de clase media-alta pasé a partir de 1874 a una situación de inseguridad económica y continuos traslados debidos a la búsqueda de trabajo de mi padre. Durante los cinco años siguientes, apenas acudí a la escuela y fui una niña solitaria, sumida a menudo en la lectura. Con once años, conocí a una joven maestra de dieciocho con inclinaciones revolucionarias y que inspiraba gran respeto a los campesinos de la zona: para mi se convirtió en un modelo a seguir.

A finales de 1880, nos instalamos finalmente en San Petersburgo y a pesar del empobrecimiento de mi familia, recibí una buena educación en el Colegio de Mujeres de San Petersburgo y me preparé para ejercer de profesora.

En 1883, cuando yo apenas contaba con catorce años, mi padre falleció de tuberculosis. La muerte de mi padre hizo que yo y mi madre tuviésemos que dedicarnos a impartir clases particulares y realizar algún trabajo de oficina para ganarnos el sustento, pero entre las dos conseguimos suficientes ingresos para llevar una vida relativamente acomodada de clase media, que disfrutamos durante una década.

Mi actividad revolucionaria empezó cuando apenas tenía veinte años de edad al ingresar en los círculos de intelectuales de mi ciudad de condición similar a la mía. Así entré en contacto con personas vinculadas a las ideas socialistas. Uno de esos hombres fue Lenin, con el que mantuve una relación de pareja y me casé con él en 1896. El círculo marxista al que pertenecía decidió convertirse en una organización más estructurada y fomentar la agitación entre los obreros de la capital, animando a la huelga. De manera que diecisiete de los miembros del círculo formamos el Grupo para la Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera, encabezado informalmente por Lenin y en el que participé activamente.

Mi retrato policial, tomada tras mi detención en 1896 como miembro del Grupo para la Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera.

Lenin y yo vivimos juntos los años más duros de la revolución y fuimos arrestados y exiliados en varias ocasiones. Durante nuestro primer exilio a Siberia, en 1896, escribí el primero de mis libros, titulado La mujer trabajadora. En el libro, publicado en 1900, plasmé mis conclusiones sobre las condiciones de las mujeres rusas que trabajaban en el campo y en las fábricas; y defendí el carácter liberalizador del trabajo femenino y propugné la implantación del socialismo como única manera de acabar definitivamente con la discriminación de la mujer.

Ficha policial de Lenin creada tras su detención a finales de 1895. Yo lo conocí en febrero de 1894, pero la relación entre los dos tardó en fraguar y solo nos casaron después de la condena al exilio interior de ambos.

Durante nuestros exilios vivimos en París, Londres y Suiza. En este país permanecimos entre 1914 y 1917. Durante este periodo, retomando mi antiguo interés por la pedagogía, me formé de manera autodidacta, tratando de ponerme al día en las teorías educativas del momento. Yo admiraba los modelos progresistas alemanes y estadounidenses, y criticaba el formalismo, la rutina y las enseñanzas excesivamente teóricas y abogaba por la educación mixta.  

Abandonamos Suiza en abril de 1917 y fuimos a Rusia, donde hicimos la revolución de Octubre, aunque yo no participé muy activamente. En marzo de 1918, Lenin y yo nos trasladamos a Moscú, primero a unas habitaciones del hotel Nacional y más tarde a otras del Kremlim —cuatro habitaciones compartidas con Lenin y la hermana de este, María—, donde pasé el resto de mi vida —fue el único periodo en el que conté con una residencia estable—.

En vez de dedicarme a tareas ceremoniales, me entregué completamente a la instauración de una nueva educación pública socialista, que debía acabar con el analfabetismo, lograr la emancipación de la mujer, extender la red de bibliotecas, favorecer el movimiento juvenil comunista y la educación continua de los adultos, acabar con la religión y mejorar la propaganda política.

La educación revolucionaria

Trabajé estrechamente junto a Lenin en todo el proceso revolucinario en Rusia de principios del siglo XX. Mi papel se centró en trabajar por la mejora de la educación en todos los estamentos de la sociedad rusa. Mi incansable trabajo en este ámbito me llevó a ser nombrada Comisaria de Educación a la llegada al poder en Rusia del Partido Bolchevique en 1917. En mi nuevo cargo enfoqué mi trabajo en la lucha contra el analfabetismo, la creación de fundaciones culturales abiertas a todos y la organización de un sistema educativo nuevo. Mi tarea de instaurar una nueva educación socialista, completa, universal y sin discriminaciones tuvo que enfrentarse a la dura realidad del momento: la destrucción causada por la guerra mundial y la civil, la escasez de profesores y su hostilidad al nuevo régimen, la falta de escuelas y de material escolar y el amplio analfabetismo.

En 1918 aún defendía la libertad de conciencia de los maestros y me oponía a su purga por los sóviets locales. Abogaba por el control local de las escuelas, libre de todo dominio del Estado central. En 1919, me opuse a la censura de autores considerados burgueses y al establecimiento de un organismo ministerial que controlase la producción literaria nacional.

El vago sistema de educación integral que defendía fracasó en los dos primeros años de gobierno bolchevique, tanto por la falta de un programa claro de reforma y de medios para aplicarlo como por la grave situación rusa debida a la guerra civil y el hundimiento de la economía. Busqué en vano el apoyo de Lenin a mi programa reformista: este consciente de la gravedad de la situación económica, prefirió respaldar la formación acelerada de profesionales instruidos según los antiguos métodos y postergar la reforma educativa. En 1920 mi actitud ya había cambiado: a la preferencia original por la autonomía local en educación le sucedió el convencimiento de la necesidad de un control centralizado y al rechazo a la censura literaria, tres decretos promulgados entre ese año y 1924 purgando las bibliotecas soviéticas.

La bibliotecaria rusa

Yo era una gran conocedora de las bibliotecas de Europa y Estados Unidos y había dedicado parte de mis años de estudio a la biblioteconomía. Mi interés por los fondos bibliográficos me llevó a redactar una completa legislación sobre las bibliotecas rusas así como los principios básicos de la ciencia bibliotecaria rusa, un modelo que se utilizó en Rusia durante todo el siglo XX. Las bases de mi modelo bibliotecario no podían ser otras que las del partido comunista. Un fondo principalmente de títulos relacionados con temas sociales y enfocado al acceso de la educación de la mayor parte de población.

La enfermedad de Lenin en mayo de 1922 redujo notablemente mi actividad política hasta el otoño, ya que dejé gran parte de las tareas en el ministerio para acompañarlo y cuidarlo. Lenin sufrió una nueva serie de infartos que limitaron su actividad política hasta la primavera de 1923. El politburó asignó a Stalin la responsabilidad de velar por el cuidado de Lenin. Durante la enfermedad, mantuve una actitud ambigua acerca de la actividad política de Lenin: por un lado, traté de que no se agobiase en exceso y que esto perjudicase su recuperación pero, ante la insistencia de este por mantener cierta labor, colaboré en la redacción de sus últimos artículos, que en conjunto se conocen como el «testamento de Lenin».

Yo junto a Lenin, convaleciente del infarto cerebral de mayo de 1922.

Me encontraba junto a Lenin la madrugada del 21 de enero de 1924, cuando falleció tras un repentino empeoramiento de su estado después de semanas de mejoría.

Los diversos dirigentes que se disputaron el poder a la muerte del caudillo bolchevique trataron de granjearse mi apoyo como símbolo —la esposa del dirigente fallecido— sin por ello atender a mis ideas políticas. Insegura sobre la actitud que Lenin hubiese adoptado en la política nacional, acabé por secundar a Stalin, no por cercanía a este, sino como aparente representante del partido, que yo consideraba esencial para el mantenimiento del ideario político de Lenin. Como viuda convencida de la importancia de los gestos políticos del momento, participé en las honras fúnebres a Lenin, a las que acudió el politburó en pleno salvo Trotski —que reposaba de unas fiebres en el Cáucaso—.

Formalmente, apoyé al régimen de Stalin y mantuve una actividad pública intensa hasta mi muerte en 1939. Acumulé gran número de cargos honoríficos, pero en realidad, carecía de poder y representaba simplemente el apoyo de la viuda de Lenin —e, implícitamente, el de este— al régimen de Stalin. A pesar de que permanecí en mi apartamento del Kremlin, las relaciones con Stalin y su familia, que eran mis vecinos, fueron muy escasas.

La represión y ajusticiamiento de gran número de antiguos camaradas durante las purgas estalinistas de la década de 1930 supusieron un momento de gran angustia personal, oficialmente yo las defendí. Fui uno de los escasos miembros de la antigua intelectualidad bolchevique en salir indemne.

La «abuela» Krúpskaya en 1936, en una de mis visitas al balneario de Arjangelskoye, en las afueras de Moscú, donde solían reunirse los veteranos bolcheviques que sobrevivieron a las purgas.

El 24 de febrero, los bolcheviques veteranos me organizaron una fiesta por mi inminente septuagésimo cumpleaños en Arjangelskoye, a donde había acudido a descansar. Esa misma noche, sin embargo, comencé a sentirme indispuesta y fui rápidamente trasladada al hospital del Kremlin, donde perdí el conocimiento. Desperté nuevamente la noche del día siguiente, afirmando mi disposición a asistir al próximo congreso del partido, pero un embolismo abdominal, complicado con arteroesclerosis, acabó con mi vida. Morí a las 6:15 a. m. del 27 de febrero de 1939 en Moscú, un día después de haber cumplido setenta años de edad.

Mi cadáver se expuso en la Sala de Columnas del Palacio de los Sindicatos al día siguiente y a las exequias acudieron destacados miembros del partido. Se calcula que cerca de medio millón de personas acudieron a mis honras fúnebres, antes de que mi cadáver fuese incinerado el 1 de marzo. Mis cenizas fueron finalmente colocadas en un nicho de la muralla del Kremlin. A pesar de los elogios oficiales tras mi fallecimiento, mi figura quedó postergada hasta la muerte de Stalin, cuando Jruschov la recuperó y se permitió la publicación de dos biografías y una recopilación de mis obras pedagógicas. La UNESCO fundó un premio con mi nombre que se otorgaba anualmente a aquellos que se destacaban en la lucha por acabar con el analfabetismo.