LADRÓN DE SÁBADO    

Hugo, un ladrón que sólo roba los fines de semana, entra en una casa un sábado por la noche. Ana, la dueña, una treintañera guapa e insomne empedernida, lo descubre in fraganti. Amenazada con la pistola, la mujer le entrega todas las joyas y cosas de valor, y le pide que no se acerque a Pauli, su niña de tres años. Sin embargo, la niña lo ve, y él la conquista con algunos trucos de magia. Hugo piensa: « ¿Por qué irse tan pronto, si se está tan bien aquí?» Podría quedarse todo el fin de semana y gozar plenamente la situación, pues el marido -lo sabe porque los ha espiado- no regresa de su viaje de negocios hasta el domingo en la noche. El ladrón no lo piensa mucho: se pone los pantalones del señor de la casa y le pide a Ana que cocine para él, que saque el vino de la cava y que ponga algo de música para cenar, porque sin música no puede vivir.

A Ana, preocupada por Pauli, mientras prepara la cena se le ocurre algo para sacar al tipo de su casa. Pero no puede hacer gran cosa porque Hugo cortó los cables del teléfono, la casa está muy alejada, es de noche y nadie va a llegar. Ana decide poner una pastilla para dormir en la copa de Hugo. Durante la cena, el ladrón, que entre semana es velador de un banco, descubre que Ana es la conductora de su programa favorito de radio, el programa de música popular que oye todas las noches, sin falta. Hugo es su gran admirador y. mientras escuchan al gran Benny cantando Cómo fue en un casete, hablan sobre música y músicos. Ana se arrepiente de dormirlo pues Hugo se comporta tranquilamente y no tiene intenciones de lastimarla ni violentarla, pero ya es tarde porque el somnífero ya está en la copa y el ladrón la bebe toda muy contento. Sin embargo, ha habido una equivocación, y quien ha tomado la copa con la pastilla es ella. Ana se queda dormida en un dos por tres.

A la mañana siguiente Ana despierta completamente vestida y muy bien tapada con una cobija, en su recámara. En el jardín, Hugo y Pauli juegan, ya que han terminado de hacer el desayuno. Ana se sorprende de lo bien que se llevan. Además, le encanta cómo cocina ese ladrón que, a fin de cuentas, es bastante atractivo. Ana empieza a sentir una extraña felicidad.

En esos momentos una amiga pasa para invitarla a comer. Hugo se pone nervioso pero Ana inventa que la niña está enferma y la despide de inmediato. Así los tres se quedan juntitos en casa a disfrutar del domingo. Hugo repara las ventanas y el teléfono que descompuso la noche anterior, mientras silba. Ana se entera de que él baila muy bien el danzón, baile que a ella le encanta pero que nunca puede practicar con nadie. Él le propone que bailen una pieza y se acoplan de tal manera que bailan hasta ya entrada la tarde. Pauli los observa, aplaude y, finalmente se queda dormida. Rendidos, terminan tirados en un sillón de la sala.

Para entonces ya se les fue el santo al cielo, pues es hora de que el marido regrese. Aunque Ana se resiste, Hugo le devuelve casi todo lo que había robado, le da algunos consejos para que no se metan en su casa los ladrones, y se despide de las dos mujeres con no poca tristeza. Ana lo mira alejarse. Hugo está por desaparecer y ella lo llama a voces. Cuando regresa le dice, mirándole muy fijo a los ojos, que el próximo fin de semana su esposo va a volver a salir de viaje. El ladrón de sábado se va feliz, bailando por las calles del barrio, mientras anochece.

Gabriel García Márquez.

CON EL CORAZÓN EN LA MANO

Se comprometen en fin de año, justo a medianoche, mientras en la ciudad estallan los castillos de fuego y la gente se abraza: en las casas, en las calles, en las salas de fiesta. Para los dos se acaba la época de amistad y comienza el noviazgo que los ha de llevarles al matrimonio. ¿Cuándo van a casarse? Lo decidirán más adelante; ahora la emoción es demasiado intensa. Se miran el uno en los ojos del otro y se juran amor y fidelidad eternos, Deciden librarse de los líos más o menos amorosos que cada uno tenía hasta ahora. Se prometen también ser completamente sinceros el uno con el otro; no mentirse nunca.

-Seremos completamente sinceros el uno con el otro. No nos mentiremos nunca, bajo ningún concepto ni bajo ninguna excusa.

-Una sola mentira sería la muerte de nuestro amor.

Estas promesas los emocionan todavía más. A las dos de la mañana se duermen en el sofá, cansados, uno en brazos del otro.

Se levantan al mediodía con resaca, se duchan, se visten, salen a la calle con gafas de sol.

-¿Vamos a comer?- dice él.

-Sí. Por mí poca cosa. Con un par de tapas me basta. Pero tú debes de tener mucha hambre.

Él está a punto de decir que no, que cualquier cosa le va bien, pero recuerda la promesa.

-Sí. Tengo hambre, pero me conformo con unas tapas. Tú comes un par y yo como más.

- No. Tú debes querer sentarte a una mesa. ¿No prefieres que vayamos a un restaurante?

Han prometido ser completamente sinceros uno con otro. Por tanto no puede decirle lo que habría dicho: que ya le va bien tomar unas tapas en un bar. Ahora tiene que reconocer que realmente prefiere ir a un restaurante y sentarse a una mesa.

- Pues vamos -dice ella.-. ¿Vamos a aquel restaurante japonés donde fuimos hace una semana y que te gustó tanto?

La semana pasada todavía no se habían prometido ser completamente sinceros el uno con el otro. Además, el nunca dijo que el restaurante japonés le hubiera gustado. Lo recuerda con claridad: a instancias de ella, había dicho que el restaurante le parecía bien, fórmula que no expresaba el entusiasmo que ella ahora pone en su boca.

-Te dije que me había parecido bien, no que me hubiese gustado.

-Es decir: no te gustó.

Tiene que confesárselo:

-Odio la comida japonesa.

Ella lo mira a los ojos, ceñuda:

-Sabes que a mí me gusta mucho.

Duda de si la promesa lo exige o no, pero como prefiere traicionarla por exceso que por defecto declara el resto de lo que piensa: que precisamente una de las cosas que le disgustan de ella (y que tiene que ver con cierta actitud que ella considera esnob pero que en el fondo no es más que chabacana) es su afición a ir siempre a esos restaurantes que sustituyen la buena cocina por las relaciones públicas. Ella le dice que es un imbécil. Él se ve obligado a decirle que no se siente en absoluto imbécil y que está convencido de que, si hubiese que demostrar quién posee el cerebro más potente, el de ella no saldría ganador. Estas palabras terminan de ofender a la muchacha, que lo abofetea, iracunda, mientras vuelve a decirle que es un imbécil, un imbécil crónico, que lo será toda la vida y que no quiere volver a verlo nunca más, propuesta con la que él está inmediatamente de acuerdo.

Quim Monzó

LAS LÍNEAS DE LA MANO

De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito, pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor y en una cabina, donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hasta el codo y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola.

EL AHOGADO MÁS HERMOSO DEL MUNDO

Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.

Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.

No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los pocos muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando encontraron al ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos

Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.

No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un buen pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:

-Tiene cara de llamarse Esteban.

Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar por la vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Asi que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.

-¡Bendito sea Dios -suspiraron-: es nuestro!

Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias, y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta indolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.

Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamaya en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galeón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.

Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a la distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que en los amaneceres de los años venturosos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas, miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

TERCERA HISTORIA   Giovanni Guareschi

¿Muchachas? No; nada de muchachas. Si se trata de hacer un poco de jarana en la hostería, de cantar un rato, siempre dispuesto. Pero nada más. Ya tengo mi novia que me espera todas las tardes junto al tercer poste del telégrafo en el camino de la Fábrica. Tenía yo catorce años y regresaba a en bicicleta por ese camino. Un ciruelo asomaba una rama por encima de un pequeño muro y cierta vez me detuve.

Una muchacha venía de los campos con una cesta en la mano y la llamé. Debía tener unos diecinueve años porque era mucho más alta que yo y bien formada.

-¿Quieres hacerme de escalera? -le dije.

La muchacha dejó la cesta y yo trepé sobre sus hombros. La rama estaba cargada de ciruelas amarillas y llené de ellas la camisa.

-Extiende el delantal, que vamos a medias -dije a la muchacha.

Ella contestó que no valía la pena.

¿No te agradan las ciruelas? -pregunté.

-Sí, pero yo puedo arrancarlas cuando quiero. La planta es mía: yo vivo allí – me dijo.

Yo tenía entonces catorce años y llevaba los pantalones cortos, pero trabajaba de peón de albañil y no tenía miedo a nadie. Ella era mucho más alta que yo y formada como una mujer.

-Tú tomas el pelo a la gente -exclamé mirándola enojado; pero yo soy capaz de romperte la cara, larguirucha.

No dijo palabra.

La encontré dos tardes después siempre en el camino.

-¡Adiós, larguirucha! -le grité. Luego le hice una fea mueca con la boca. Ahora no podría hacerla, pero entonces las hacía mejor que el capataz, que había aprendido en Nápoles. La encontré otras veces, pero ya no le dije nada. Finalmente una tarde perdí la paciencia, salté de la bicicleta y le atajé el paso.

-¿Se podría saber por qué me miras así? -le pregunté echándome a un lado la visera de la gorra. La muchacha abrió dos ojos claros como el agua, dos ojos como jamás había visto.

-Yo no te miro -contestó tímidamente.

Subí a mi bicicleta.

-¡Cuídate, larguirucha! -le grité. Yo no bromeo.

Una semana después la vi de lejos, que iba caminando acompañada por un mozo, y me dio una tremenda rabia. Me alcé en pie sobre los pedales y empecé a correr como un condenado. A dos metros del muchacho viré y al pasarle cerca le di un empujón y lo dejé en el suelo aplastado como una cáscara de higo.

Oí que de atrás me gritaba hijo de mala mujer  y entonces desmonté y apoyé la bicicleta en un poste telegráfico cerca de un montón de grava. Vi que corría a mi encuentro como un condenado: era un mozo de unos veinte años, y de un puñetazo me habría descalabrado. Pero yo trabajaba de peón de albañil y no tenía miedo a nadie. Cuando lo tuve a tiro le disparé una pedrada que le dio justo en la cara.

Mi padre era un mecánico extraordinario y cuando tenía una llave inglesa en la mano hacía escapar a un pueblo entero; pero también mi padre, si veía que yo conseguía levantar una piedra, daba media vuelta y para pegarme esperaba que me durmiese. ¡Y era mi padre! ¡Imagínense ese bobo! Le llené la cara de sangre, y luego, cuando me dio la gana, salté en mi bicicleta y me marché.

Dos tardes anduve dando rodeos, hasta que la tercera volví por el camino de la Fábrica y apenas vi a la muchacha, la alcancé y desmonté a la americana, saltando del asiento hacia atrás.

Los muchachos de hoy hacen reír cuando van en bicicleta: guardabarros, campanillas, frenos, faroles eléctricos, cambios de velocidad, ¿y después? Yo tenía una Frera cubierta de herrumbre; pero para bajar los dieciséis peldaños de la plaza jamás desmontaba: tomaba el manillar a lo Gerbi y volaba hacia abajo como un rayo.

Desmonté y me encontré frente a la muchacha. Yo llevaba la cesta colgada del manillar y saqué una piquetilla.

-Si te vuelvo a encontrar con otro, te parto la cabeza a ti y a él -dije.

La muchacha me miró con aquellos sus ojos malditos, claros como el agua.

-¿Por qué hablas así? me preguntó en voz baja.

Yo no lo sabía, pero ¿qué importa?

-Porque sí –contesté-. Tú debes ir de paseo sola o si no, conmigo.

-Yo tengo diecinueve años y tú catorce cuando más –dijo–. Si al menos tuvieras dieciocho, ya sería otra cosa. Ahora soy una mujer y tú eres un muchacho.

-Pues espera a que yo tenga dieciocho años –grité-. Y cuidado con verte en compañía de alguno, porque entonces estás frita.

Yo era entonces peón de albañil y no tenía miedo de nada: cuando sentía hablar de mujeres, me largaba. Me importaban un pito las mujeres, pero ésa no debía hacerse la estúpida con los demás.

Vi a la muchacha durante casi cuatro años todas las tardes, menos los domingos. Estaba siempre allí, apoyada en el tercer poste del telégrafo, en el camino de la Fábrica. Si llovía tenía su buen paraguas abierto. No me paré ni una sola vez.

-Adiós -le decía al pasar.

-Adiós -me contestaba.

El día que cumplí los dieciocho años desmonté de la bicicleta.

-Tengo dieciocho años -le dije. Ahora puedes salir de paseo conmigo. Si te haces la estúpida, te rompo la cabeza.

Ella tenía entonces veintitrés y se había hecho una mujer completa. Pero tenía siempre los mismos ojos claros como el agua y hablaba siempre en voz baja, como antes.

-Tú tienes dieciocho años -me contestó-, pero yo tengo veintitrés. Los muchachos me apedrearían si me viesen ir en compañía de uno tan joven.

Dejé caer la bicicleta al suelo, recogí un guijarro chato y le dije:

-¿Ves aquel aislador, el primero del tercer poste?

Con la cabeza me hizo señas de que sí.

Le apunté al centro y quedó solamente el gancho de hierro, desnudo como un gusano.

-Los muchachos –exclamé- antes de tomarnos a pedradas deberán saber trabajar así.

-Decía por decir -explicó la muchacha-. No está bien que una mujer vaya de paseo con un menor. ¡Si al menos hubieses hecho el servicio militar!…

Ladeé a la izquierda la visera de la gorra.

-Querida mía, ¿por casualidad me has tomado por un tonto? Cuando haya hecho el servicio militar, yo tendré veintiún años y tú tendrás veintiséis, y entonces empezarás de nuevo la historia.

-No -contestó la muchacha- entre dieciocho años y veintitrés es una cosa y entre veintiuno y veintiséis es otra. Cuanto más se vive, menos cuentan las diferencias de edades. Que un hombre tenga veintiuno o veintiséis es lo mismo.

Me parecía un razonamiento justo, pero yo no era tipo que se dejase llevar de la nariz.

-En ese caso volveremos a hablar cuando haya hecho el servicio militar – dije saltando en la bicicleta-. Pero mira que si cuando vuelvo no te encuentro, te romperé la cabeza aunque sea bajo la cama de tu padre.

Todas las tardes la veía parada junto al tercer poste de la luz; pero yo nunca descendí. Le daba las buenas tardes y ella me contestaba buenas tardes. Cuando me llamaron a las filas, le grité:

-Mañana parto para alistarme.

-Hasta la vista – contestó la muchacha.

-Ahora no es el caso de recordar toda mi vida militar. Soporté dieciocho meses de fajina y en el regimiento no cambié. Habré hecho tres meses de ejercicios; puede decirse que todas las tardes me mandaban arrestado o estaba preso.

Apenas pasaron los dieciocho meses me devolvieron a casa. Llegué al atardecer y sin vestirme de civil, salté en la bicicleta y me dirigí al camino de la Fábrica. Si ésa me salía de nuevo con historias, la mataba a golpes con la bicicleta.

Lentamente empezaba a caer la noche y yo corría como un rayo pensando dónde diablos la encontraría. Pero no tuve que buscarla: la muchacha estaba allí, esperándome puntualmente bajo el tercer poste del telégrafo. Era tal cual la había dejado y los ojos eran los mismos, idénticos.

Desmonté delante de ella.

-Concluí -le dije, enseñándole la papeleta de licenciamiento. La Italia sentada quiere decir licencia sin término. Cuando Italia está de pie significa licencia provisional.

-Es muy linda – contestó la muchacha.

Yo había corrido como un alma que lleva el diablo y tenía la garganta seca.

-¿Podría tomar un par de aquellas ciruelas amarillas de la otra vez? -pregunté.

La muchacha suspiró.

-Lo siento, pero el árbol se quemó.

-¿Se quemó? -dije con asombro. ¿De cuándo acá los ciruelos se queman?

-Hace seis meses -contestó la muchacha-. Una noche prendió el fuego en el pajar y la casa se incendió y todas las plantas del huerto ardieron como fósforos. Todo se ha quemado. Al cabo de dos horas sólo quedaban las puertas. ¿Las ves?

Miré al fondo y vi un trozo de muro negro, con una ventana que se abría sobre el cielo rojo.

-¿Y tú? -le pregunté.

-También yo -dijo con un suspiro-; también yo como todo lo demás. Un montoncito de cenizas y sanseacabó.

Miré a la muchacha que estaba apoyada en el poste del telégrafo; la miré fijamente, y a través de su cara y de su cuerpo, vi las vetas de la madera del poste y las hierbas de la zanja. Le puse un dedo sobre la frente y toqué el palo del telégrafo.

-¿Te hice daño? -pregunté.

-Ninguno.

Quedamos un rato en silencio, mientras el cielo se tornaba de un rojo cada vez más oscuro.

-¿Y entonces? -dije finalmente.

-Te he esperado -suspiró la muchacha- para hacerte ver que la culpa no es mía. ¿Puedo irme ahora?

Yo tenía entonces veintiún años y era un tipo como para llamar la atención. Las muchachas cuando me veían pasar sacaban afuera el pecho como si se encontrasen en la revista del general y me miraban hasta perderme de vista a la distancia.

-Entonces – repitió la muchacha–, ¿puedo irme?

-No -le contesté-. Tú debes esperarme hasta que yo haya terminado este otro servicio. De mí no te ríes, querida mía.

-Está bien -dijo la muchacha. Y me pareció que sonreía.

Pero estas estupideces no son de mi gusto y enseguida me alejé.

Han pasado doce años y todas las tardes nos vemos. Yo paso sin desmontar siquiera de la bicicleta.

-Adiós.

-Adiós.

-¿Comprenden ustedes? Si se trata de cantar un poco en la hostería, de hacer un poco de jarana, siempre dispuesto. Pero nada más. Yo tengo mi novia que me espera todas las tardes junto al tercer poste del telégrafo en el camino de la Fábrica.

https://lh6.googleusercontent.com/6-XnP1Uxo7I9sTXLj0p5Bks1FCeTJYpUSrVERDsMLKzi7HgIjutbp0QTD8wqUz1hv6zXCI4XuOui5XU9gpWUKV14onTbHnB7DlviwvWgdGDN47FZ0cJTAJNCqGltg5uM9gi_I0ftks0https://lh3.googleusercontent.com/y7Yz2HsaWSOoO_iL0l3hg-mMHgPNXZKWSqeUYVA_LLeNeW3gY7ryXdc-xlg5sueJ8J2ME3xxNXta0FzLS2rqfT_hf2hnQ-74aFGaMcc3b8DIUm1tAsP2H2AFVoFbFuirZbqC6VZXBdshttps://lh6.googleusercontent.com/XvRm8wY2vAiH49piu-vNnC1PI4ABims3A0Lb5Csuolct861NiiAkVZYrMDszA5mx1ktf_2ERKMILMuuiSPuJhWVBhy15588CcXqHo0zUygh32idQcDK9s5LLlEOpEpQn39o3tFbJKSIhttps://lh5.googleusercontent.com/DuNou3wJ2q3FmDEVC02U1O6vG52aCM0Vl5zF27Zr8LFc6dCZOtxpVLuEtbSUU8F3kG8N5FbLyqB2VWoyPYoepRfJ2TpixTzCOJrHcCLUdIpgv82VcWowgfwGBIh0gIce9KKZmo8pZWohttps://lh3.googleusercontent.com/p5SgoVyM1aHLT4Jkq84etZOAWR1V9muKUWOFTjLjIAg_ceYweqbNGmG2CN7q0NOTuJ71amiDmrb8OfBEO0byJRJMRYVE-zsb3-RE95AyDrXvyQ3sbr48Buph5jTLAVcoOmwfz00sNtchttps://lh6.googleusercontent.com/Wr7FXExlGq2kY_84W4_vDe_38PklWqEQ2cx2f_xmZfxsvMKAR_K3zQwXxG0xtGoNvciCfWR42docHrlTx0rJvjSicG33mq41MD75ruzl-oSN6DFwoHECOEyiOfluyYg_rd-3ARhX5i0
https://lh3.googleusercontent.com/tsOpUBKwfGf72aCtcFcejs4Ce34Wo9s1EEGG6qjclh0A5HUTXxmYKiujMDmQfpjZvMpu02Z9h6ks9xxTZfLFCdzc37mkivCpLHIQuvmYAFVuriL8ZaYBEiYsJ55LSUvRaQSVtxELvxI

https://lh5.googleusercontent.com/EKOULdgtlqheHfe7Vl9o4ak8izF3B9neOagqdA0v5PCg7ObesPhfUCD74xfo6n2sPmnvEwksDUbme74ibCgD6Sb0b9eZmpJI_DGmZzsdUFci0ucSiKaFC0vuxDxRjIn883rJVcCLvfQhttps://lh6.googleusercontent.com/3lrurN-EbRyLh8J8PZgSFn2gD9kFoWccfzD4HRAc4qNSny7bOoYqHAOTEnYLnaDQLHSEBjKzp6LtBFWnQqAteZQDo3KYisQMSVt69hsWcecLydyfWL1PgfMbn8LTVH3qUvC5snnKL2MNINGÚN OTRO PAÍS


El hormigón pintado de color verde que había delante de la casa, que al principio parecía una manera original de ahorrar en cortacéspedes, ahora resultaba simplemente deprimente. Al agua caliente le costaba llegar hasta la cocina como si el calentador estuviera a varios kilómetros de distancia, y cuando finalmente salía por el grifo, a veces lo hacía teñida de un color marrón pálido. Costaba abrir muchas de las ventanas para dejar salir a las moscas, mientras que otras no cerraban lo suficiente para evitar que entrasen. Los árboles frutales que acababan de plantar murieron en el patio, demasiado soleado; aún plantados en el suelo arenoso y estéril parecían indicar sepulturas bajo las cuerdas flojas que utilizábamos para tender la ropa: un pequeño cementerio de desilusión. Parecía imposible encontrar la comida adecuada, o aprender la manera correcta de decir incluso las cosas más simples. Los niños no hacían más que quejarse.

- En ningún otro país se está peor que en este- decía su madre en voz alta, y por lo general nadie sentía la necesidad de replicarle.

Después de pagar la hipoteca, no les quedaba dinero para arreglar nada.

- Chicos, tenéis que hacer algo para ayudar a vuestra madre- decía siempre su padre.

Eso incluía salir a buscar el árbol de navidad de plástico más barato posible y almacenarlo temporalmente en el desván. Eso al menos era algo que esperaban con emoción, y los chicos se pasaron el mes siguiente elaborando sus propios adornos, cortando y doblando papel para crear formas interesantes sobre el suelo del salón que luego unían con hilos. Todo eso los ayudó a olvidar el calor bochornoso y todos sus problemas en la escuela.

Pero cuando se disponían a bajar el árbol, vieron que estaba pegado a las vigas del techo: el calor había sido tan intenso ahí arriba que el plástico había llegado a fundirse.

-¡En ningún otro país se está peor que en este!- refunfuñó la madre. La mayor parte del árbol estaba intacta, no obstante, de manera que los chicos se pusieron a despegarlo con los cuchillos de untar mantequilla. Fue entonces cuando el más pequeño pisó la parte más débil del techo y su pie lo atravesó completamente. ¡Qué desastre! Todos gritaban y agitaban las manos. Bajaron corriendo por la escalera para inspeccionar los daños desde abajo: sin duda costaría una fortuna arreglar el agujero. Pero no lo encontraron. Confundidos, recorrieron todas las habitaciones. El techo estaba bien, no había ningún agujero.

Volvieron arriba para volver a comprobar por dónde se había colado el pie: seguro que había sido o en lavadero o en la cocina. Fue entonces cuando les sorprendió un aroma a hierba, a piedra y a savia de árbol que se filtraba en el ático. Todos inspeccionaron cuidadosamente el agujero… se abría en una habitación aparte, una que desconocían… una habitación imposible que de algún modo quedaba entre las otras. Además, parecía como si estuviese fuera de la casa.

Así fue como la familia descubrió el lugar al que más adelante llamarían “el patio interior”. De hecho parecía más bien un jardín de palacio antiguo, con árboles enormes, los más viejos que habían visto jamás- había viejas paredes decoradas con frescos; cuanto más miraban, más reconocían aspectos de sus propias vidas en esas extrañas y descoloridas alegorías. Las estaciones se invertían en el patio interior. Allí era invierno en verano, y gozaban de un sol veraniego durante la parte más fría y húmeda del año. Era como estar de nuevo en su país de origen, pero también en algún otro sitio, un sitio completamente diferente… en eso pensaban cuando el aire se llenaba de flores insólitas en la quietud del atardecer.

Se convirtió en su santuario especial. Lo visitaban al menos dos veces por semana para ir de pícnic; se llevaban todo lo que necesitaban a través del ático y bajaban por una escalera instalada permanentemente. Nunca sintieron la necesidad de preguntarse por la lógica de todo aquello, y simplemente aceptaron con gusto su presencia. Decidieron mantener el patio trasero como un secreto privado de la familia, aunque nadie lo propuso explícitamente. Simplemente les pareció lo más adecuado. Compartían la sensación de que no podían contárselo a nadie.

Pero un día la madre se quedó pasmada con el comentario de una anciana griega con la que hablaba por encima de la cerca trasera mientras colgaban la colada:

-Casi todos tenemos barbacoa en el patio interior- dijo la vecina-, en su día la trasladamos a través del tejado, ya sabe.

Y se puso a reír a carcajadas. Al principio la madre hizo como si no la hubiera oído, pero cuando le describió el patio interior de su casa, la mujer griega se limitó a sonreír y asentir.

- Sí, sí, aquí todas las casas tienen patio interior, si uno sabe cómo encontrarlo. Es muy extraño, de hecho, una cosa que no se encuentra en ninguna otra parte. En ningún otro país.



                                        Shaun Tan. Cuentos de la periferia


EL ÁRBOL ROJO

A veces el día empieza vacío de esperanzas

y las cosas van de mal en peor.

La oscuridad te supera,

nadie entiende nada.

El mundo es una máquina sorda

sin sentido ni lógica.

A veces esperas… y esperas… y esperas… y esperas… y esperas… y esperas… y esperas… pero nada ocurre.

Y entonces todos los problemas llegan de golpe.

Ves pasar de largo cosas maravillosas.

Los más espantosos destinos resultan inevitables.

A veces no tienes ni idea de qué debes hacer,

ni de quién se supone que eres,

ni de dónde estás,

y parece que el día va a terminar igual que empezó.

Pero, de pronto, ahí está, delante de ti, rebosante de color y vida, esperándote

tal como lo imaginaste.

SHAUN TAN

FONCHITO Y LA LUNA

Fonchito se moría de ganas de besar las mejillas de Nereida, la niña más bonita de su clase.

Nereida tenía unos ojos grandes y muy vivos, una naricilla respingada, unos cabellos negrísimos y una tez blanca como la nieve que debía ser -pensaba Fonchito- más suave que la seda.

Un día, durante el recreo, se atrevió a acercarse a ella y, sin que lo oyeran sus compañeros que jugaban alrededor, le dijo: -Me gustaría darte un beso en la mejilla. ¿Me dejarías?

Nereida, ruborizándose ligeramente, lo miró muy seria antes de responder: -Te dejaré si bajas la Luna y me la regalas.

Fonchito se quedó tristón y desmoralizado. ¿Qué significaba esa respuesta sino que Nereida nunca le permitiría besarla en la mejilla?

Pero desde entonces empezó a hacer algo que no había hecho nunca antes: pasarse mucho rato mirando la Luna embobado desde el balcón o la azotea de su casa. Es decir, cuando la Luna salía, lo que ocurre rara vez en la ciudad de Lima, cuyo cielo suele estar cubierto de nubes muchos meses del año.

Una de esos raros días en que lucía en el cielo limeño una Luna redonda como un queso, luego de estarla contemplando mucho rato, Fonchito, dando un suspiro, se disponía a bajar a su cuarto a acostarse.

Y en eso, con un aceleramiento del corazón advirtió de pronto que la Luna no sólo estaba en el cielo sino también a sus pies, reflejada en el balde-regadera que usaba Don Rigoberto, su padre, para regar los maceteros con geranios que daban color y vida a la azotea de su casa.

Se fue a acostar, feliz y agradecido a la casualidad o a los dioses, porque, estaba seguro, había encontrado la manera de cumplir con la exigencia de Nereida.

Al día siguiente se lo dijo, en el recreo de la media mañana: -Ya está, ya sé cómo bajarte la Luna y regalártela. ¿Cuándo podría ir a tu casa de noche, a la hora que sale la Luna?

- Nunca -le respondió Nereida-, salvo un jueves. Porque los jueves mi papá se va al club con sus amigos y mi mamá juega al bridge con sus amigas.

El siguiente jueves, Fonchito se presentó en casa de Nereida al anochecer. La niña, a pedido de él, lo llevó a la terraza. Fonchito observó el cielo y sonrió. Tenía suerte: ahí estaba, amarilla y redonda, refulgiendo con un brillo pícaro.

Entonces, le pidió a su amiga que le trajera un lavador o una olla llena de agua. Nereida lo hizo. Y se quedó observándolo intrigada. Fonchito cogió el recipiente, miró el cielo, se movió por la terraza buscando el lugar más adecuado y, por fin, depositó el lavador en el suelo. Con la mano, hizo que su amiga se acercara.

Cuando Nereida llegó junto a él y miró lo que la mano de Fonchito señalaba, vio en el fondo del recipiente, temblando levemente con el movimiento del agua, una pequeña Luna redonda y amarilla. Estuvo mirándola mucho rato sin decir nada y sin mirar a su amigo.

Fonchito se preguntaba si el corazón de Nereida estaría golpeándole el pecho tan fuerte como su corazón golpeaba el suyo.

Supo que sí cuando Nereida, todavía sin mirarlo, le acercó la cara para que la besara en la mejilla.

Con el corazón en la mano (Quim Monzó)*

2

El ahogado más hermoso del mundo (Gª Márquez)

4

El árbol rojo (Shaun Tan)*

Extraños azares de la Torre de Pisa (G. Rodari)

21

Fonchito y la luna (M. Vargas Llosa)*

La butaca vacía (Asensio Sáez)

35

La luz es como el agua (G. García Márquez)

32

Ladrón de sábado (G. García Márquez)

1

Las líneas de la mano (J. Cortázar)

4

Ningún otro país (Shaun Tan)

31

No importa (Michael Ende)

13

Tercera historia (Giovanni Guareschi)

9

* Con el corazón en la mano, El árbol rojo y Fonchito y la luna van acompañados de vídeos. Sólo hay que ponerlos en marcha y dejarlos pasar.