Infoxicación: cuando la respuesta no es tecnológica, sino cultural

2 mayo, 2013 – 20:34

Por Javier Velilla (@javiervelilla). Socio Director en @comuniza. Comunicación y branding. Desde finales de 2006 escribe Impresiones.

Sobrecarga informativa. Estas dos palabras remiten a una realidad frecuente en cada vez más personas: tenemos dietas informativas complejas, distribuidas y extensas con efectos secundarios cercanos al hartazgo, la ansiedad, la interrupción constante, o la pérdida de criterio o atención. ¿Te suena?

El fenómeno no es reciente. Ya lo describe Alvin Toffler en 1970 en su libro Future Shock. En España lo conocemos especialmente gracias al neologismo infoxicación, que acuña en 1996 Alfons Cornella. Es verdad que el tema no es nuevo, pero se ha convertido en una cuestión de la que cada vez hablamos más como personas, organizaciones y creadores-consumidores de contenidos.

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La sobreinformación es una carga que afecta a las relaciones sociales entre personas, al consumo de contenidos culturales sofisticados, a la productividad profesional y la creatividad e innovación. Se trata de un tema importante. La consultora Basex cifró que la sobreinformación consumió el 28% de la jornada laboral en Estados Unidos en 2007. Hay expertos que se refieren a la “continuous partial attention”, en una formulación que describe al mismo tiempo un estado mental y una derrota de la sociedad del conocimiento. La efervescencia de contenidos e interacciones digitales genera una economía de la atención en la que el recurso más escaso es el tiempo.

Creo que la aproximación a este tema se puede plantear desde dos perspectivas: la del soporte o la del uso cultural. El problema es que en muchas ocasiones limitamos el enfoque al primer punto. Cuando hablamos de responder a la intoxicación desde el soporte la respuesta suele limitarse al concepto de filtrado (casi siempre en forma de un algoritmo que, de un modo más o menos inteligente, selecciona lo relevante de lo irrelevante) y a las herramientas que lo hacen posible.

Este enfoque sólo explica parte del fenómeno, y, desde luego, tiene efectos secundarios. El filtrado y las herramientas son formas de intermediar entre los contenidos y nuestro consumo. Los utópicos de la red hablan desde hace años del carácter emancipador de las nuevas tecnologías, pero obvian que el exceso de información exige más intermediaciones. El riesgo es que desconocemos cómo funcionan estos filtros (la relevancia de Google, el sentido social de Facebook, la inteligencia artificial de otras plataformas como Summly…) y confiamos casi todo el criterio a un tercero que propone la misma regla a millones de personas.

Eli Pariser dibuja en The Filter Bubble: What the Internet Is Hiding from You este ecosistema: Internet nos muestra lo que considera que queremos ver, pero no necesariamente lo que necesitamos ver o lo que queremos ver realmente. En su opinión, el filtrado genera un universo personal de información digital cada vez más inteligente y sobre el que apenas tenemos capacidad de decisión (“filter bubble”). En esencia: desconocemos qué está incluido y qué queda al margen, pero hemos sustituido a los editores por los algoritmos. Y uno de los resultados más evidentes es la teoría del refuerzo: consumimos preferentemente contenidos que refuerzan nuestros puntos de vista, más para auto-afirmarnos que para adquirir nuevos contenidos. Es un proceso de retroalimentación que las empresas de filtrado describen, en un buen ejercicio de marketing, como personalización.

Frente a esta aproximación sobre el soporte (y, es verdad, uso Feedly y Flipboard constantemente) es necesario un enfoque del que hablamos menos: los usos culturales respecto a los contenidos. Si antes la escasez de contenidos nos permitía una gestión poco estructurada, hoy este uso cultural se vuelve imprescindible, pues el número de autores supera al de lectores (cada dos días se crea la misma cantidad de información que la elaborada hasta 2003 según datos de Google).

¿Qué dieta informativa tienes? Y, especialmente, ¿por qué? Los nutricionistas siempre hablan de diversidad de alimentos y procesos culinarios. Sorprende que la respuesta “informativa” al concepto de dieta sea hablar de vitrocerámicas, microondas o cazuelas de barro.

La obesidad informativa no es más que una cantidad excesiva de información no adecuada (ya sea buena, mala o regular) que trata de asentarse sobre nuestro determinado marco mental. La respuesta tiene que ser, como en la cocina, en clave de alimentos y cantidades. Luego vendrán los procesos culinarios, y si cocinamos al vapor, frito o vuelta y vuelta.

Clay Johnson lo explica muy bien en su libro The Information Diet: “lo que la elección de información nos aporta es la capacidad de desinformarnos a nosotros mismos de todo tipo de formas nuevas”. Johnson tiene una gran capacidad de establecer paralelismos entre el mundo de la nutrición y el de los contenidos. Recupera, por ejemplo, la mítica propuesta de Michael Pollan (“Come comida. No mucha. Principalmente plantas”) y la reformula en clave información (“Busca. No mucho. Principalmente hechos”).

En esencia, mientras Pariser advierte de los peligros de los filtros, Johnson propone una nueva dieta informativa más saludable: evita las grandes cadenas, acércate a las fuentes, prioriza los medios que te permiten elegir las noticias que quieres, evita la repetición (es un frito de un frito), escoge bien, lee menos pero mejor, utiliza buenos hábitos… Estoy convencido de que editar es una respuesta realista y saludable a la intoxicación. Todo lo demás es sólo tecnología.