100 formas de matar a una persona
Nunca supe lo
que hacía hasta que lo hice.
Siempre pensé que kafka estaba loco,
pero nunca a tal punto.
Y sí, allí me encontraba yo, archivando libros, revistas y demás cosas en la biblioteca. Mi horario era sencillamente bueno, desde las 8:30 AM, hasta las 12:00 PM, una pausa para comer y luego a trabajar dos horas después hasta las 6:00 PM. El olor a polvo, a libros viejos, a páginas desgastadas, era fascinante. Todo cambiaba cuando entraba en la biblioteca, el silencio, los murmullos y la gente extraña. Sobraba quienes rompieran hojas, había un sinnúmeros de libros por catalogar, se hacía por autor y género, se colocaban, y el estante estaba listo para el público.
6 personas laboraban en la biblioteca, 3 mujeres y tres hombres, el director, no contaba, él no era una persona, era calvo, gordo, sucio. ¿Por qué no contaba? Parecía más un soldado egipcio golpeando a un esclavo, que una persona educada y distinguida. Era en exceso despreciable, abominable, creía fervientemente que los demás les pertenecían como perros, y que costara lo que costara sus órdenes tenían que cumplirse. Era increíble lo sádico que podía ser, más de una vez lo vi mirándole las piernas a la recepcionista. Me sentía totalmente apesadumbrado, ya que el aborrecible hombre que ostentaba el cargo de jefe, era un hipócrita, un burócrata, que nada tenía que ver con libros, historias, cuentos o poesía. Muchos de los empleados llevaban años trabajando y habían visto a muchos jefes, pero él sólo se merecía, repulsión total.
Volviendo a los empleados y obreros que laboraban en la biblioteca, se dividían de la siguiente forma:
Los días en la biblioteca transcurrían con la pesada carga de estupidez requerida para ese trabajo. A las 5:30 PM se cerraba al público, media hora, podíamos salir después de acomodar y limpiar un poco. Sin demora, pero sin prisa, regresaba a mi apartamento tipo estudio, donde me encontraría con “una temporada en el infierno” de Rimbaud, (exquisito). El sillón confortable, el olor a canela, madera y tierra mojada. La vela a medio acomodar junto con la lámpara y unas cajas de cigarros en el mueble pequeño ubicado del lado izquierdo de la cama. La cocina chica, con la alacena y su candado, las cucarachas y un señor que se llama ramón rondando por doquier. El pequeño baño con aroma a flores secas y a destacados jabones artesanales.
Llegar y que la habitación sea mía, es lo mejor. Preparar una ensalada, sentir que la soledad acompaña mi ausencia, hace que mi piel se erice y me excite. Estar solo, en todo caso no es de mi total agrado, pero sentirme acompañado es detestable. Llegada la noche, hora de dormir, para retornar a la biblioteca al día siguiente.
Llegar a la biblioteca, marcar la tarjeta en la entrada y después de cumplir con los respectivos saludos hipócritas que me eran familiares, me dirigía al final del pasillo principal, a la puerta de los archivos. Allí los estantes de registros y de libros recubrían el lugar haciendo otra habitación más grande que la principal. Luego de ver los registros, pasaba por los pasillos hurgando entre libros y revistas, leyendo un poco, riendo otro tanto. De esa forma pasaba algunas horas sin hacer más de lo necesario (para mí, claro está). Un día, archivando unos textos que estaban en un cajón de madera y cubierta en su totalidad de polvo y telaraña, encontré algo sin precedente. Era un manuscrito de más de 300 páginas, que explicaba detalle a detalle, como matar a una persona en 100 formas fáciles y diferentes. Sin duda, mi estupor era equivalente al asombroso descubrimiento, llevándome a un estado de miedo y cólera. Viendo a los lados escondí el texto entre mis ropas, huyendo del lugar hacia un pasillo más lejano y solitario. Su portada era de cuero, con los bordes de las letras tan hundidas que me fue difícil observarlas. Comencé a leer y olvidé el trabajo por unas horas, esto sucedió en la tarde. No tenia autor, poseía detalles y diagramas excelentes. Imaginé que nunca realizaría nada de lo descrito allí. Sin embargo no podría saber lo que haría después de analizar cada párrafo.
El relato refería activaciones de vocablos desconocidos para mí en ese momento. Cada línea era nueva, un avatar distinto entre pasaje y pasaje; la obra me cautivó, hojeé muchas páginas, hasta llegar el momento en que mi hora de trabajo termina. Me puse paranoico a la hora de salir, asumí que cualquiera podía haberme observado. Deliberadamente corrí, pasando las puertas principales del archivo, llegue a la calle y emprendí el camino directo al apartamento, especulando sobre lo que podrían haber pensado los empleados. En ese instante no sabía las consecuencias de mis actos.
Ya en la habitación, tenía el corazón en la boca, mi aliento entrecortado y la sed de muchos días juntos. Sólo un vaso de agua porque mis ojos requerían volver a leer; entendí en ese momento que la euforia y el entusiasmo por observar cada letra, cada frase, era como el opio, una droga animadora de mi apatía habitual, un estado desquiciado del que no quería retornar. En cada hoja que pasaba los pormenores del manual me mantenían siempre leyendo. Aparte de asesinar y liquidar a una persona, el ejemplar ejemplificaba el estado en que las víctimas se veían involucradas, los gritos parecían saltar de las líneas, me introduje en la obra y sostuve que el anónimo autor era, sin duda, un genio, un maestro del terror, un escritor maldito; nunca sabría si fue escrito antes de Allan Poe o después. Era el año 19... Y la electricidad ya estaba en mi apartamento, los avances fuera de mis paredes eran abismales, me aterrorizaba tanta gente en la ciudad, desde hace un tiempo todo era un modernismo casi completo.
Un día el director me trató despreciablemente. Me humilló frente a todos, me insultó y gritó, no soportaba escucharle; caminé al registro y hasta allí me siguió con sus desplantes. Sobrexsaltado, terminé la faena del día. No concebía la manera como me había tratado; me odiaba, lo odiaba y sin embargo no tenía valor para hacer algo; abrigaba rabia, mi estupidez rayaba con lo idiota que me sentía. De regreso en la calle, crucé aceras y tiendas en el centro y de tanto caminar me dije que era tiempo ya: él tendría que morir.
En ese momento cruzó por mi mente una de las partes del libro, la que se refería al paso 35. Todo lo relacionado con ese momento embargaba mi cuerpo con una sensación no antes sentida.
Me sobreexcitaba lo que conseguía y me calmaba con lo que pasaba por mi cabeza. En las tiendas compré lo necesario para ejecutar lo que transitaba por mi conciente; regresé a casa con un bisturí; lo usaría tal cual indican los detalles del número que había escogido en el manual de la muerte (como quise llamarlo). Lo que me faltaba era un plan a seguir. Lo elaboré en la noche.
Las descripciones de cómo ejecutar la parte del manual que había seleccionado, trataban de algo simple y fácil, encontrar un objeto filoso y cortarle una de las venas principales al elegido, no importando su peso, ni su fuerza, con eso quedaría inmovilizado y eso era lo que me emocionaba. No lograba dormir pensando en los gritos del director luego de hacer la incisión, así que escogí un pedazo de tela de la que antes utilizaba en la misma biblioteca para limpiar algunas cosas, eso llamaría mucho la atención e incriminaría por todas las razones a una persona del trabajo; casi llego al orgasmo con ese lindo pensar. Recordé llevar una muda de ropa para cambiarme, quería estar impecable y hacer mi trabajo.
Sale el sol y la mañana me indica que tengo que ser firme y asesinarlo. Llegué, marqué tarjeta y me puse a medio laborar; ese día hubo mucha gente; el miedo trascendía en disfrute, que todos los vieran muerto iniciaba en mí el deleite total. Esperé y esperé. En un momento fue al baño, a eso de las 10 am, lo seguí, entró a evacuar, en el cubículo próximo al suyo entre yo, desde allí hice un corte en su pierna de tal manera que le seccioné la femoral (algo de biología uno decía el texto), su cara me fascinaba, ese segundo que me vio noté su frustración, su dolor, su agonía. Mi placer aumentaba. Tapé su boca rápido, le hice otra incisión en la yugular; el baño, que era blanco, se tiñó de tinto; el olor a mierda a sangre hizo que una sonrisa se posara en mi cara, sus ojos dilatados perdían brillo, su piel blanca se torno muy pálida, ya sus gritos no salían, su poder no le valía de nada, me quedé mirándolo hasta la muerte. Cerré sus ojos y quité la mordaza de su boca. Antes de salir, me cercioré de todo; lavé mis manos igual que lo que había tocado y ensuciado, junté todos los trapos, los metí en una bolsa, me cambié, guardé el bisturí en un bolsillo y salí.
Eran las 10:30 am. Nadie alrededor del baño, ni el chico del correo, que esos momentos practicaba su mayor elocuencia con la recepcionista. Busqué la manera cómo deshacerme de la bolsa. Sin que nadie me viera, salí a la calle y caminé muchas cuadras y la arrojé a una alcantarilla cerca de un árbol enorme reconocible.
Corrí de nuevo a la biblioteca. Mi llegada no causó inconveniente, nadie notó mi ausencia, eran las 11:30 am. Me introduje hasta el sitio más alejado para dejar allí una maleta con la muda de mi ropa, pensando en un futuro inconveniente. En la tarde, alguien comenzó con exclamar con gritos y demás, ¡el cadáver había sido hallado! Me dispuse a mirar, todos estaban sorprendidos, algunos entraron al baño a verlo, mostrando después sus caras de sorpresa, pues aunque todos lo odiaban, nadie tenía la capacidad de hacer lo que veían sus ojos. El cadáver no estaba en el cuchitril, lo encontraron en el piso, con la mano estirada y una letra a medio escribir, una “J” o una “I”. Casi me reí al escuchar los murmullos, ninguna de las iniciales que suponían los presentes era de mi nombre.
La policía llega a las 03:00 PM, preguntas van y vienen, cada quién en la biblioteca contestaba, un detective se me acerca y me dice Sr.…. ¿Dónde se encontraba usted a la hora del asesinato? Tenía enormes ganas de gritar: ¡Lo veía a los ojos mientras agonizaba!, pero no, quise ser rápido y muy calmado, indicándoles la puerta, salimos, encendí un cigarrillo e inicie mi relato. Le dije, en síntesis, que archivaba algunos ejemplares viejos, muy lejos del baño. Termina mi cigarrillo y con ello lo que le comentaba al policía, entramos y los periodistas, fotógrafos, y demás se agruparon junto al baño, hacía mucho tiempo que en esta ciudad nadie cometía un crimen tan atroz y sangriento. Al poco tiempo, muchos de la biblioteca decidieron irse a sus casas, hice lo mismo, eran las 2:00 PM.
Me reía, y sentía que todo era demasiado bueno para ser verdad; el jefe ya no estaba, y yo, era el autor de todo. Un plan genial, usando una técnica única acabé con su estúpida vida, su patética existencia; recordaba cada palabra, cada letra que me dijo; era perfecto, todo fue perfecto.
Mientras mis pensamientos navegaban en mi mente como barco de papel, las calles se hacían menos largas y el apartamento estaba cerca, “Las flores del mal” me esperaba esta vez. Abro y luego de mucho pensar buscó la comodidad de un té, la estancia cálida del sillón y Baudelaire en hojas no tan verdes.
Luego de pensar en todo lo sucedido, analicé cada situación, encontrando varios huecos que nunca podré rellenar; mis indagaciones y deducciones estaban erradas; la muerte, como parte de la vida, merece un trato menos despreciable, he pensado como un maniático, para nada sereno.
Mi estado, en gran parte de todo lo que viví, no fue ecuánime; mucho más tarde y después de varias tazas de té, decidí tener una agenda y utilizarla en la medida en que se me presentara una acción donde la sangre y la violencia tomarían el rol que les corresponde.
Determiné todo y cada pregunta saltaba sola, ¿Me estaba volviendo un demente? ¿Era un asesino?, sin caer en la estupidez de retrasarme o en una desastrosa cualidad de moralidad, anoté en la agenda, que el día 19 de octubre… tenía que llevar a cabo otro asesinato; la forma 51 me sugería a gritos que fuera la indicada, mi objetivo era el chico del correo. Una simple persona que podía indagar algo y podía decir cualquier tontería que me expusiera, mas tuve en cuenta que este asesinato iniciaría las averiguaciones sobre alguien de la biblioteca, aún cuando el número que designé me da la ventaja de confusión necesaria para envolver todo en una fatalidad casual, sin relación alguna con el crimen anterior.
Se acercaba un hermoso ahorcamiento.
Se me cierran los ojos y mis deducciones futuras hacia la hora de la muerte del chico del correo se quedan cortas y prefiero descansar y dormir. Despierto y resuelvo esconder el texto de las “formas” en un lugar donde nadie pudiera tener acceso, ese lugar se llamaba “nada”, así, el cuaderno empezó a arder mientras cada forma se repetía como una cicatriz en mi cabeza, todas y cada una de ellas estaban allí, yo las conocía de memoria, no tenía que leerlas a cada instante, de esa manera eliminaría una futura prueba en mi contra, si es que se diera el caso, con la cual, sería yo un sospechoso.
La quema del cuaderno permanece en mis ojos, tenía una influencia en mí, sentía necesidad de tocarlo. Con esta acción y la salida del sol, el domingo 18 de octubre repuntó y mis ganas de descansar aumentaron, tenía que pensar lógicamente, llega el momento en que tomaría en serio los asesinatos, no me podía enfermar, tenía que mantenerme sano.
Luego que el luto terminó, volvimos a la biblioteca; ya nada era igual, al parecer un nuevo director vendría el mismo día que escogí para asesinar al muchacho del correo, ninguna palabra se propagaba por los pasillos, los usuarios entraban y salían como si nunca hubiera pasado algo. El baño estaba limpio, nadie pensaría alguna vez que un cadáver estuvo en ese lugar.
Aunque ese día mis tareas eran muchas, las dejé a un lado sabiendo que tenía que buscar el momento en que asesinaría al chico del correo; llega la hora del almuerzo, todos los usuarios estaban ya fuera de la biblioteca. De repente lo veo acercándose al baño de mujeres, me apuro y con una toalla le cubro la cabeza y con un pedazo de tela la boca, saco la cuerda y la paso por su cuello, (ya tenia unos guantes puestos,) aprieto y de repente ya no se movía, su fin era inminente; con la misma soga lo cuelgo en la viga del baño y así su cadáver anunciaba un suicidio.
En el momento en que cruzaba la puerta, justo frente de mí estaba la recepcionista, le di paso. Su grito se hizo escuchar y, con lo primero que conseguí (un pedazo de un estante roto) lo asesté en su cabeza partiéndosela; no obstante, para estar seguro, un golpe más y no habría dudas. Sin saberlo había ejecutado dos formas del libro, la 51 y la 32, la última sin siquiera haberla pensado. Sabiendo que su grito atraería a los demás, tuve que desalojar el baño en ese instante.
La mujer que me ayudaba con el registro fue la primera en llegar. Conseguí unas tijeras, el número 88 era el próximo en seguir. Al cruzar cerca de la hemeroteca hice que me notara, se detuvo viéndome con las tijeras, su cara inmovilizada me daba mucha risa, en segundos salté y encaje las dos puntas en cada uno de sus ojos, al introducirlas su grito fue de muerte, la sangre danzaba en mis muñecas; movía las tijeras a tal punto que al sacarlas uno de sus ojos se vino en una de las puntas; su cuerpo se retorcía en el piso, me levanté en seguida y guarde las tijeras; la sangre por doquier daba a la hemeroteca un toque sádico que me llamaba mucho la atención.
Empecé a hacer una pequeña bitácora de lo que había ocurrido, tres muertos, tres números, ¡Fascinante! Lo único que no me agradaba era que, tal vez con el apuro, no pensé en las formas correctas, pero lo insignificante de esto no me trajo más que un pequeño desconsuelo.
Después de los incidentes, me escondí tras varios estantes fuera de la vista de los otros trabajadores, esperando el tiempo preciso para pasar desapercibido. Al rato escucho gritos y murmullos, trato de calmarme y comienzo a pensar en mi plan secundario, rodeo los estantes de tal forma que me lleven al lugar donde siempre solía ir para que nadie me notara, al llegar encuentro mi maleta tal cual la había dejado, me cambio de ropa, sabiendo que la misma muda era idéntica a la que usaba, con la diferencia de la sangre.
Resuelvo volver corriendo al lugar de donde los gritos provenían. El señor de mantenimiento y la señora experimentada, consternados por los hechos, convinieron en llamar a la policía, al ver los cuerpos, recordé un error, y tenía que solventarlo.
Si la policía decidía buscar pruebas en la biblioteca conseguirían mi ropa llena de sangre en el archivo, ¿Pero, cómo buscarla y eliminar esa prueba en mi contra si tenía por el medio dos enormes inconvenientes? Me era imposible llegar donde estaba la maleta, y en seguida, como solución, el libro de las formas vino a mi cabeza. ¡Tenía que asesinarlos y luego huir!
Recordando el pasaje que el número 22 me trajo, imaginaba siempre que esto sería algo muy difícil de hacer, pues tendría que emprender la fuga por una de las ventanas detrás de la biblioteca y luego sortear la maleza. La forma hablaba de que el fuego era lo ideal para acabar con pruebas y personas.
Empecé a quemar libros, y como era de esperarse el fuego se propagó rápidamente. Corrí a la puerta antes que las molestias llegaran, fui tras de ellos con el trozo de estante en mi mano, el fuego, los gritos de la señora experimentada y la sangre de la cabeza del señor de mantenimiento en mis manos me extasiaban de placer, un golpe sobre su cara y todo terminaba allí.
El humo empezó a cegarme y como pude llegue hasta mi maleta, salí por la ventana corriendo; estaba lloviendo, el fango y los matorrales dificultaban mis pasos, luego de mucho tiempo encontré una vía de escape que me conducía a una calle, nadie pudo notar que estaba por allí; busqué un callejón para dejar mi maleta con la ropa. Sin más, decidí regresar a mi estancia y emprender mi fuga lo más pronto posible.
Como era poco lo que compraba, tenía mucho dinero ahorrado, así que decidí entonces hacer un viaje y entretenerme con la mar, lanzarle mi confesión y que ella me felicitara por lo bien que lo hice, tal vez no todo fue perfecto, pero raya tanto que ni yo mismo vería la diferencia. Son las 6 de la tarde y el último barco zarpa, sin pensar lo abordo y marcho hacia otro lugar donde las formas comiencen a renacer nuevamente.
Mi convivencia con un asesino
“Pensé que todo tenía que terminar mal”
Luís Gómez Gil
El grito mudo de las cuerdas y de los amarres dio inicio a mi viaje, estaba rumbo a seis meses de aburridas complicaciones, mi falta de ánimo se estancaba igual que el agua en cubierta, recorrí los pasillos con ecos de voces distintas. El camarote donde tenia que estar era compartido, cuando llegué una maleta negra ocupaba una cama, la otra estaba lista para que mi cuerpo se estirara entre sábanas blancas y limpias, en minutos la puerta se abrió y un joven de tal vez unos 2… tantos años entró y se presento. Su nombre tan común como sus ropas, pasaron sin ningún interés para mi.
Al instante de su entrada un grito por el pasillo se hizo escuchar, la voz repetía “una mujer muerta…una mujer muerta” y decidimos ver que pasaba. Al llegar a la cubierta, entre la multitud de pasajeros se podía observar el cuerpo de una linda joven con sus ropas finas bañadas en sangre con un cuchillo en su mano y una nota en la otra, la nota repetía la palabra “muerte”. Luego del incidente regresamos asombrados y mi conversación respecto a lo sucedido me la reserve, mi compañero no mencionaba nada.
El atardecer llegó y la mar se escuchaba plácida, esa misma noche encontraron a un viejo degollado en uno de los baños, la tripulación y los pasajeros alarmados decidieron volver, y resolver lo que sucedía, una reunión se dio, empezaron las preguntas, luego de los interrogatorios cada quien retornó a su camarote sabiendo que el otro día regresábamos al Puerto de la Isla de M… en el continente africano.
Marché al camarote y mi compañero no llegaba, me mantuve despierto y la vela encendida hasta que el sueño me liquidó, escuché unos ruidos y abrí los ojos, él estaba todo mojado y escribía algo, era extraño y sentía curiosidad por saber qué era. Luego de un rato partió. En ese segundo resolví saciar mi curiosidad.
Cuando estuve solo decidí abrir su diario; eran las 2:30 am. La puerta estaba cerrada, mientras leía, la vela se apagó y de repente sentí un dolor de cabeza, lo último que recuerdo fueron sus ojos claros sobre mi cara. Cuando desperté estaba bañado en sangre cerca de cinco cuerpos y rodeado de un centenar de personas con ganas de acabar conmigo.
En mi nombre residía el asesino
“Una parte de mi entendía todo,
otra parte ejecutaba las masacres”
Charles Manson
En el último suspiro estiré a la muerte y ésta llegó justo a su estómago, su sangre corría por mi muñeca, era caliente, no sentí compasión y otra vez alcancé a introducirle el cuchillo. Pensé en diez puñaladas y asentí con la cabeza que fuera de esa forma, impuse mi voluntad y mi mano, obedeciéndome, me lanzó hacia los brazos del asesino del cual mi nombre era el mismo.
Mi terror alcanzó lo más alto y estuve pensando junto al cuerpo por algunos minutos, hasta que la alarma del tiempo me detuvo en mi laguna y me lanzó la realidad en frente de la cara. Sin querer era yo en el espejo del frío cuarto, era el mismo con las manos manchadas, el mismo que sin piedad extinguió la existencia del minúsculo ser que yacía en el suelo.
Entendiendo todo, en minutos levanté lo tirado y me dispuse a perderme en mi solitario apellido, para arrancar hacia donde mi conciencia decía que fuera, en ese segundo de placidez el viento recorrió mi cara y recordaba los gritos, la angustia, el perdón y otras tantas cosas que no me importaron en tal manera, que no las tomé en cuenta, para que ellas mismas me indicaran el camino hacia la extirpación y la eliminación de ése que quedó a un lado del hueco no hecho.
Al llegar donde quería, otra arma decidía lo que le restaba de vida a la actriz del momento, sus cabellos regados por las sábanas me decían que la pelea fue secuencial y allí encontré lo que realmente debía hacer, atiné que su cabeza se partiera como la nuez que, ensangrentada, había roto con el mismo mazo. Le quité un lazo del pelo y cerré la puerta para emprender mi travesía hacia la estancia donde mi mente quería estar.
No entendía como podía llegar justo a los lugares cuando el asesino hacia lo suyo, mi cerebro se dividía en dos y caducaba en responderme a tantas preguntas. Mas, sentía que mi nombre era el mismo que el del homicida.
Los asesinatos se reducían a formas simples de ejecución, mientras que mi vida propia quedaba desechada igual que la pistola que disparé a la cabeza del conserje del hotel donde la noche anterior mi cuerpo decidió estar. El cajón de la recepción me suministró todo lo necesario para que la oscura sombra entrara en acción en ese mismo instante, el recepcionista murió en cuestión de segundos con los sólidos batazos que le propiné, mas, no me detuve y seguí hasta que el principio del fin llegó.
Descansé un poco y quise parar, pero no obedecí y mi sed seguía en aumento. Las siguientes circunstancias no entraron en la bitácora criminal que escribía mi nombre.
Cuando recorría todo eso, desperté en una celda. Estaba en una prisión de máxima seguridad…Y así, mi realidad despertó justo cuando mi sueño iniciaba.
El día de mi suicidio
“Dime por qué, mala hora,
con miedo inútil te mezclas”
Wislawa Szymborska
Hoy me suicidaré, mi habitación en el piso 45 se reduce a una sola visión, la cuerda colgada indica el sitio y el fin de cada paso que transito sin ser visto, más que por mi estúpida condición de sobreviviente. Dos muertes y dos vidas, hacen que mi decisión sea impostergable. Hacen que mi medida sea la única, y hacen de mi muerte la respuesta para el problema.
Dejo en mi diario lo ocurrido y para que el incidente no se olvide, dejé asentado en la página 116, el día que acabé con la existencia de mis perseguidores, los cuales fueron en general, asesinados individualmente a diferencia de dos, que tuve que liquidarlos juntos; cada muerte la fui detallando y escribiendo de tal forma, que una no se parece a la otra, con la excepción ya dicha.
El por qué de mi persecución nunca me quedó claro, y analizándola de una forma lógica, empiezo a creer que nunca podré saberlo, cada pista fue borrada y cada testigo aniquilado.
Hoy mi ojo tiene la peste de diciembre y el día llora por mi despedida, las gotas rozan las ventanas y los autos empiezan su recorrido habitual, las luces encienden y apagan la cima de anhelo que con poca esperanza el suspiro me regala.
Son las 03:00 am y las noticias dan a conocer cuerpos descuartizados en medio de la plaza principal de la ciudad, de la extrañeza; Kafka sin terminar de leer en la sala pequeña, el té helado en la mesa y el cansado lápiz junto con las 117 hojas de mi diario.
Todo el recorrido de mi cruda realidad se atenúa con mis sueños de escritor y, sin parar, acomodo la silla debajo de la cuerda, si de alguna forma me da miedo y quiero retroceder, no tendré tiempo suficiente para desactivar la bomba de reloj que dejo junto a la cocina.
Imagino el dolor y tiemblo al pensar que seria inútil mi vida sin las muertes causadas a mí alrededor, sin embargo rió al saber que la explosión, luego de mi fallecimiento, extirpará de la tierra a toda una multitud que festeja su graduación en el piso 46 y a una pareja de hombres que, con vestidos caros, presumen de mujeres junto al espejo en el piso 44.
Doy mis pasos finales y mi última mirada se refleja en el piso, subo a la silla y estiro mi cuerpo poniendo la soga en mi cuello, sabiendo que en este acto soy mi único espectador.
Ahora un salto acabará con mi ser y medito todo lo anterior sólo por calmarme y saltar.
Un momento de paz
Son las 10 de la mañana del día anterior al crimen, el sol repunta en el piso 22, la calle mojada, paraguas y personas apuradas; me despierto y trato de que el café me despabile, la ducha me espera como siempre, luego de 20 minutos estoy lista para vestirme.
La ropa llena de sangre sigue en la bolsa, la resaca me hace recordar toda la pelea de las 3 AM, pesan los golpes que me dieron y pesa más el dolor de mi brazo, dar hachazos no va con mi forma física, ahora lo sé.
Viajando por horas, pensando y a la vez no, llegar, estar viva, analizar lo sucedido, entenderlo y ver que errores cometí. “Fue muy rápido”, me digo moviendo la cuchara en la taza, la sangre salía por todos lados, su gritos se repiten, siento su dolor, sus ojos clavados en los míos.
El horror de sentirme acorralada, la pasión de saber que nunca más me molestarán de nuevo. Y todo lo demás lo olvido. El recuento comenzó con los dos últimos tragos del café, en total fueron 5 muertos, 2 con hachazos y los otros 3 con la escopeta; el hacha seguía en la camioneta junto con el arma, las dos llenas de sangre que no eran la mía.
La maldición me persigue por vías imaginarias, tengo que salir y deshacerme de todo, recuerdo como el fuego exterminaba sus cuerpos, el humo era realmente molesto, las luces del día encendían los colores del bosque, todo era un desastre que tenia que recoger, me tomaría horas, mucha sangre y muchos detalles, al terminar, otra fogata eliminaba varias pruebas; cuando los huesos y demás cosas concluyeron de arder era la 1 PM. Faltaba algo, pero no sabía qué era, estaba desesperada por irme, todas las cenizas fueron a parar a un pequeño hoyo que hice, me disponía a irme cuando la lluvia llegó; (si mis pasos eran el error el agua los eliminaría)
La carretera desplegaba ese aire que necesitaba y, de repente, volví al apartamento, cada cosa en su sitio, quemé la ropa en el estacionamiento, el hacha de un lado y el mango del otro, uno lo quemaría y el otro lo botaría, mientras que el arma sólo la limpié, quería quedarme con ella, mi ropa ardió por completo y emprendí otro viaje para deshacerme del hacha, el mar estaba a unas horas, ese era el lugar indicado.
Al llegar tiré el hacha e hice otra fogata cerca de la carpa que dispuse para mi instante de armonía con la mar, ya que sin marido, ni amante y por si fuera mejor, sin testigos, ese momento de paz en el que soñaba, empezó hoy.
La noche más larga
Desde mi interior deseaba que la noche terminara rápido. pero el reloj empezarían a decirme que nada tenía el mismo sentido y que no debería haber pausa, actuar rápido era la clave de la perfección.
Todo tenía que salir mal para darme cuenta que de ese modo lo conseguiría. Así, el tiempo habló y me calló la boca en presencia de mi sombra.
Unos pequeños detalles envuelven el andar y sortean las capacidades para que ellas mismas cercenen a su vital inquilino.
Me vi envuelto en una lúgubre habitación, tan grande, que toda la noche no me alcanzó para recorrerla, sólo había cuatro paredes que podía ver con los últimos fósforos.
Pensar en el escape esta vez no era la mejor opción, mi crimen fue cruel y despiadado y para el juez, el mejor castigo consistía en estar encerrado en un lugar donde nunca fuera de día, donde la noche más larga no alcanzaría para saber cuanto me quedaba de vida.
Al llegar la misma estancia me golpeó con su silencio, dicen que asesiné a 10 personas y los descuarticé. Yo realmente no recuerdo, soy inocente de quitarles la vida (siempre pensé que así ponía fin a la angustia de unos tantos)
Llegué demasiado pronto a esta tierra, nadie entendía que era muy inteligente como para ser un simple asesino, esa etiqueta me resultaba un insulto, escogí estar encerrado mucho antes de que ellos lo hicieran; tenia que pensar en mis próximas ejecuciones.
Y si es cierto que la noche será muy larga, descubriré la forma de que la misma sea mi cómplice y me regale el tiempo de su existencia, sólo para que yo, K…, pueda llevar a cabo mi cometido y que toda la humanidad requiera de ciertas extirpaciones para estar mucho mejor.
Nada queda en el entendido colectivo de mi metáfora hecha parábola, pero si entra algo en el entender de una forma particular, será el que decida la noche larga con su tic-tac infinito.
La pasión rota
Se impulsa las ganas de empezar de nada y pasar a un total silencio de menosprecio equivocado, por esa razón tosca de ser quien no se cree, mas no todo está perdido, el silencio anuncia ecos de penas.
Y si soluciono mi problema, tal vez pueda perdonarme no haberla asesinado antes. Hoy se sienta en la mesa y come de mis vegetales, toma de mi agua y se ríe, “es suficiente” pienso, mientras mis uñas están clavadas a la silla.
Cojo el cuchillo y me lanzo sobre ella en una mortal entrada, su ojo quedó pegado al filoso metal. A ciegas hice muchos intentos sin contarlos y la sinfonía N 40 de Mozart sonando de fondo, el “Finale” del cuarto movimiento me da una sensación de paz interna.
Ya no escucharía su voz melodiosa y dulce, ya su cara no sería el lindo rostro que me perseguiría por los sueños, ya nada volvería a ser igual, todo su ser envuelto en un charco de sangre y mi respiración acelerada, el muzac de Mozart me da escalofríos.
Entro en el pánico de no saber qué hacer, medito sobre cómo, en el preciso momento donde el filo hace contacto con el ojo, no puso resistencia alguna, no volteó ni cerró el ojo, me miraba fijamente como acusándome. No entendía nada y con el silencio sepulcral de la mesa y de la silla, me levanto y continúo comiendo como si el incidente anterior hubiese terminado cuando inició el Dies Irae (allegro assai) del Requiem.
Hago una pausa y recojo todo, el cuerpo lo introduzco en unos de mis hornos, lo veo quemándose poco a poco, cuando los huesos empiezan a arder los golpeo para que nada quede. Las cenizas las vierto en un envase que llevo en mi auto y las esparzo por la autopista. Las alfombras, la silla, la mesa, mi ropa, su ropa, las quemé por completo en una fogata enorme que hice para que el frío no pegara tanto en la casa de campo a donde fui luego de demoler la casa.
Nadie hizo preguntas, mi edad me daba una enorme ventaja, y mi dinero otra, sin duda.
Sigo escuchando a Wolfgang Amadeus Mozart, como el primer día, me encanta pensar que realicé el crimen perfecto, y que a la hora de la cena mi vista es mucho mejor que la de antes.
La amante
Para la voz de las 12:00 PM
Dentro de la triste sombra, la esperanza muerta de la luz yace como recuerdo en un lugar olvidado, el tiempo que recorre la penumbra por la soledad es eterno y mientras hace esto, yo lloro en la tumba ajena de una mujer que asesiné tiempo atrás. Esa misma que hacía de los días con sombras, largos y eternos, una forma plena de ejecución simulando una nostalgia muy bien condensada en la mentira que su verdad indicaba tan fervientemente al amanecer.
Recuerdo el día de su muerte, donde su sombra ya no estuvo y la luz de sus ojos negros me indicaba que su error había terminado, su pena mecía mi implacable agonía. Imagino ahora su cara frente a la piedra fría del desprecio, una pequeña sonrisa se posa en mi cara al saber que su ego no traspasa el hueco donde está
Su asesinato representó para mí, sólo un paso, su consumación significó el mayor cúmulo de alegría en mi vida, tanto, que ahora no recuerdo mi cumpleaños, sino el día en que las 20 puñaladas ingresaron en su cuerpo y acabaron con su existencia. Luego veo los pedazos de su cuerpo cortados en trozos pequeños, dispersos en sangre y el metal del mesón.
Nadie lloró por ella, al funeral sólo acudimos tres personas, y los sepultureros no lloran a nadie. Ahora las gotas de la despreciable lluvia parecen saliva, el cielo escupe a lo que queda de su cuerpo y el olor a margaritas y a tierra mojada, pasa desapercibido, las moscas se deleitan dentro de su ser y el cielo gris se solapa con mi alegría. Lloro y mis lágrimas se unen con la saliva que cae, lloro y parece que me doliera, lloro y ambiciono que todo se retuerza en mi estómago provocándome el vómito.
Camino por las calles del cementerio y la lluvia moja mis ropas negras, parezco un amante enlutado, y simulo a un amante feliz. Lentamente transito por lo oportuno del estado lúgubre, observando el desfallecer de las horas, lo funesto de mi actuar, y en esos momentos escucho el canto de cuervos.
Una tumba enorme alumbra en lo gris del horizonte, una vela, una persona, junto a la extraña piedra que hace de casa para lo que queda de aquél que yace en ella. Me acerco y escucho el llanto caer sobre el sepulcro, una mirada se levanta entre la neblina y la lluvia, el azul se mete en mis ojos y prende en mí una antorcha de sensaciones y de deseos.
A un paso de la visitante de aquella cripta, una voz resuena, recia y clara, ordenándome que me detenga: “Soy una amante enlutada, una triste y cariñosa peste que se cierne sobre este lugar, para que mis actos lleguen más allá de este día” sus palabras desbordaron mi pasión, contesté “soy un amante enlutado, un feliz ser que recorre riendo los pasillos de la muerte”. Su beso luego de mis palabras, sorprendieron a mis labios, el placer y el delirio por el sexo llegó, y dentro del mausoleo rompimos nuestras oscuras ropas y mezclamos nuestra risa con gritos y grandes orgasmos.
Justo antes de perder el conocimiento veo un metal brillante en la oscura catacumba en la que estamos.
Nota: Informe de la policía: Se han encontrado dos cuerpos, llenos de sangre y desnudos, dentro de un mausoleo. Cada uno con varios orificios en sus cuerpos.
Mi casa vacía
Regresando del largo viaje olvidado, encuentro en mi casa vacía migajas de pan, tal vez sería un señuelo para saber del silencio, de la tristeza y la pena.
¿Mi casa vacía que de poco nunca tuvo nada, y que del todo el algo se escondió? cuando llegué, hacía frío y la madera lloraba lágrimas de barniz, lloraba sin decir nada para que yo no la viera, el ruiseñor asesinó a la ventana sin sonidos, las velas se suicidaron en serie, pues su mayor amante ya nunca vino ni las encendió.
Las puertas se amarraron a las paredes continuas y sin vacilar el techo quedó colgado por la sorpresa de verme, las escaleras, ¡mis escaleras!, ya no subían ni bajaban, pobre de ellas, los pasos en seco la asesinaron lentamente.
Mi casa vacía nunca tuvo esa luz de cuarzo que dan los ejemplares cálidos de las bombillas, “las catacumbas se ven mejor”, decía el aire mientras rozaba mi cara, el olor a tierra mojada derretía mis sentidos convirtiéndolos en un ir y venir de sensaciones olvidadas y precarias.
Sin duda, lo ejemplar de la estancia era la incomodidad que ella misma hacía sentir, las expresiones de singular dolor me recordaban lo ineficiente del miedo en mi corazón cobijado y sin frío, candente de toda aquella decadencia que el recuerdo vomitaba en una esquina, la misma noche en que la luna hacía de pedestal para vacilaciones y encuentros, extraños aquellos que marcaban los cambios de mis sentimientos.
Las veces que no podía entenderla, lloraba y lamentaba mi comportamiento ¿Carecía yo de esa esencia para que la cima del balcón no saltara y me aplastara en segundos de fina estupidez? ¿Necesitaba una mejor estrategia de razonar y de deducir? ¿O era mi pensar tan inequívoco que ni yo mismo podía comprender a mi propia cubierta?
Sin más, preparé un elipsis y soñé que la compañía de mi casa siempre fue la derrota de las ganas encontradas en mi ausencia extraviada.
El medico de los muertos
Para el sobrino de siempre (Amaya)
“Tic tac hace el reloj, tic tac y no para”
En qué hora llegas, protesto hacia el cielo, las nubes traen la tormenta del mes y mi bata se mancha con las gotas. Dejo a un lado todo lo que tengo y la sangre se seca poco a poco dentro de la sala de operaciones.
Nada queda en el salón de los muertos, la soledad y el vacío por llenar hacen de huellas para mis recuerdos olvidados en el mundo de los vivos, cuando despierto, restos de un cuerpo están en la mesa, tengo que abrirlo y sacar lo que queda.
Nunca hay preguntas, y mi vida (si es que todavía la tengo) se resume en abrir el pecho de un desconocido, revisar y cerrar. Nadie me dice quienes son, la comida siempre la ponen a un lado del cadáver. Hoy, zanahorias con brócoli y una patata hervida en la cena. Los días pasan lentos.
Además de la sala de operaciones, hay otra habitación con una reja tan alta que no llego a alcanzarla. La misma me hace soñar y ver las estrellas tras los barrotes. Cuando llueve, corro y me baño con la lluvia, cuando cae nieve, juego con ella, cuando hace sol, me bronceo; he contado 400 días y 399 noches. Es el año 1943 y la guerra no termina, los alemanes son despiadados, detesto ser alemán, reniego de ser inteligente, condeno a mis fuerzas y creo que ya no sé que es la esperanza.
Los que llegan nunca los cuento, son cientos, de 10 a 15 por día, todos oficiales de alto rango, muchos de sus trajes totalmente intactos sin una gota de sangre y otros tantos con el pecho deshecho ensangrentado, con orificios uno al lado de otro. 5000 cajetillas de cigarrillos tiradas en el rincón. Pudiendo haber miles de médicos ¿Por qué soy el de los muertos? Nunca entenderé mi destino, nunca quise tener una esposa o familia, era un solitario, con dinero, hasta que la guerra me alcanzó en mi sala con mi té en la mano.
Pensaba en que un día alguien abriría la puerta y me diría estás libre y correría y gritaría, y nunca más cortaría el pecho de un ser humano. Me canse de esperar y ya no pensaba eso, pensaba en suicidarme, pero tenía tanto miedo, era un cobarde, hasta para dispararme. Muchos de los uniformes ingresaban con sus armas dentro, y otros con la cápsula de cianuro intacta en un bolsillo.
Un día había ingresado sólo un cuerpo, de alguna forma me afectaba, pues no tenía mucho que hacer, había leído toda la biblioteca que me dejaron, escuchado todos los discos clásicos a mí alcance. Era despreciable el silencio y me aturdía. El mediodía llegó y por primera vez desde que estoy acá, desprovisto de cadáveres, no abren la puerta, algo pasa sin duda, nunca pensé que se abriría la puerta tras de mi y me dijeran estás libre, un retraso, pensé, pero más adelante analicé que los alemanes no se demoran.
Veía el cielo cuando la puerta poco a poco se abrió. Entró un oficial con un arma en la mano y hubo un disparo, cuando abrí los ojos, yo estaba en la mesa. Aún vivo, con alguien hurgando en mi pecho.
Los pájaros muertos
Para el aire (solito y amorfo)
La hora de la muerte resulta repugnante en el momento de elegir el aire a respirar, el instante final y empezamos a creer en las metáforas construidas justo cuando el alba mece al crepúsculo.
Soy L. Salazar, tengo 68 años, sin hijos, sin marido; una vida plena y sin altibajos; con dinero para gastar y con sólo un problema, uno que tal vez me lleve al sepulcro, tengo esquizofrenia y sin duda he asesinado a varias personas en mi recorrido, sin embargo suelo marchar con la muerte y seducirla, de tal forma, que mi edad suele colocarme en la mayor de las posturas.
Vivo en una casa pequeña de 3 habitaciones cerca de una colina, detrás, un bosque enorme lleno de cedros, pinos y un riachuelo. Los asesinatos que cometí me hicieron obtener lo que ahora tengo.
Cada mañana me levanto y veo como nace el sol, no obstante la repugnancia de otro acto me hace desviar la vista; en mis ventanas 5 pájaros muertos convierten mi hermoso paisaje en una asquerosa aberración; cinco aves de diferentes especies con sus cuellos cortados; puedo quedarme despierta toda la noche hasta el amanecer y ver la ventanas sin pestañear y no pasa nada.
Leo sobre mi enfermedad, sabiendo que nada es real; mis medicinas ya no me ayudan y cada vez el estrecho mundo entre lo ficticio y lo real me hace prisionera de mis debilidades y de mis virtudes; la dificultad que se me presenta inicia los hechos que ahora lees.
Hace 30 años degollé a 5 hombres, sin contemplación, con mucha claridad de lo que estaba haciendo; cada muerte ocurrió en meses distintos; con cada hombre tuve una relación y no llegué más que al punto de abrirle el cuello de lado a lado; soy una asesina y desde el mes de diciembre de hace 3 décadas huyo de mi conciencia, me persigue por los caminos de mi mente hasta hacerme la migaja que ahora soy; esa pizca que corre tras la nada y permanece en las sombras de la ilusión fraccionada y omitida. En cada asesinato use distintos cuchillos.
Llega diciembre con su frío habitual y me hace recordar a cada víctima. Hoy las ventanas no alojan a sus peculiares inquilinos; me alegro y con sorpresa escucho ruidos; las puertas se abren, los vidrios explotan y entran volando los pájaros que creía muertos; me atacan; comienzan a clavar sus picos en mi rostro; no puedo evitarlos, corro y me siguen, cruzo entre los árboles y llego al riachuelo; tropiezo con una roca y caigo dando vueltas; todos contra mi y hasta ese momento no recuerdo más.
Tras un mes en el hospital puedo escribir lo que me pasó. ¡No he muerto y quiero mudarme de casa!
Nota: ...“En el Hospital Central de P… una enfermera encuentra una mujer muerta con su rostro totalmente desfigurado y sobre el cadáver muchas plumas de aves…” DIARIO LA RAZÓN DEL NORTE
El hombre de las horas
Carlos era un carnicero muy inteligente, bien pudo ser ingeniero, o filósofo, pero quiso ser carnicero y de vez en cuando, escritor.
Era muy puntual, tenía un respeto notable por las horas, “obsesión” decían los usuarios del puesto enorme y limpio, algo raro pasaba en esa carnicería, no olía a carne. Carlos no era gordo, su tienda era distinta, su matadero era de humanos, los usuarios venían y morían en la mesa y con la cortadora eran mutilados en una hora exactamente.
El carnicero era vegetariano y sus víctimas los verdaderos sanguinarios, los auténticos culpables; luego de descuartizar un cuerpo en una hora, limpiaba todo en 30 minutos y en 15 minutos más ya estaba completamente seco de sangre, utilizaba unos químicos para las paredes y sus ropas, lo cierto es que le funcionaban muy bien.
Era callado pero escribía excelente, aunque su modestia pasaba desapercibida, él bien sabía que su inteligencia era la causa de su vida. El fanatismo llegaba a tal punto que medía los pasos exactos para salir de su local, los minutos que tardaban los culpables en morir cuando la cortadora les destrozaba algún miembro, los segundos en que sus ojos se dilataban al sentir el fin de su existencia; ése era Carlos, el metódico, el preciso, el asesino que comía vegetales.
Su local era uno de los más grandes de la ciudad y la que escondía una habitación de la muerte, jamás imaginé que podría ver ese cuarto y mucho menos saber que el famoso escritor mutilaba y asesinaba. Los cuerpos nunca fueron encontrados.
El joven y el perro
Me llamo C.A y sólo eso puedo decir, lo que lees son notas dispares que reuní tiempo atrás.
Tenía 16 años cuando se me ocurrió asesinar a mis padres; mientras esperaba, practicaba torturas con mi perro; solía introducirle pequeños trozos de madera en sus pezuñas para esperar a que se pudrieran y que no pudiera dar un paso, era divertido ver como intentaba caminar y se retorcía de dolor, mientras me miraba con lágrimas; la pus e infección alcanzaban su máximo y empecé el corte de cada pata sin anestesia, exhaló su respiro final al concluir la incisión de la última pata. Cada práctica requería de mi total atención, todo solía ser un acto de ensayo-error, pues no sabía cuando llegaría el momento de aplicarlo.
Era el día anterior a mi cumpleaños número 16, poseía yo para ese entonces una gran capacidad de adaptación, de pensamiento y de toda una serie de secuencias que de alguna forma aumentaban según su grado de complicación debido a que era demasiado inteligente para mi edad; por eso resulté ganador de 3 becas para ir a la universidad de mi preferencia y estudiar filosofía como lo soñaba desde niño.
Mi único obstáculo eran mis padres (según el sistema actual, ellos tenían que aceptar mi partida y, por supuesto, la entrada a la universidad) pero mis gustos y mi trato hacia ellos producirían lo contrario y es allí, donde comienza la diversión de estas páginas
Era fácil asesinarlos, el inconveniente es en el modo en que sufrieran de tal forma que negaran mi existencia. Mis padres eran muy condicionados, comunes y regulares (algo patético), típica mujer de casa, típico hombre con dinero, típica familia (asquerosamente típica), todo se compaginaba para que yo fuera diferente y esa diferencia los aniquilaría por completo.
La casa donde residíamos era lujosa, digna de un médico cirujano con master y doctorado (sencillamente repugnante), tres pisos y un balcón ubicados en una pequeña cumbre de unas hectáreas, a las afueras de la ciudad, mi habitación era la última y el balcón era prácticamente mío, la sala, la cocina, el estacionamiento y el sótano, todos acondicionados para que nada faltara.
Como se sabe, los hijos únicos son consentidos y yo no era la excepción: y obtenía lo deseado; dominaba 5 idiomas, ruso, ingles, francés, español y alemán; leí desde niño pues la biblioteca de mi padre era el lugar de mis juegos, prefería leer a Allan Poe, Fyodor M. Dostoevsky, Federico García Lorca, Ernest Hemingway, Johann Wolfgang von Goethe, Franz Kafka, Yasuniro Kawabata, Anton P. Chekhov, Mark Twain, Walt Whitman, sus lecturas me hicieron lo que soy.
Mi estancia estaba llena de armas del siglo XIX de todos los tamaños, tanto cuchillos como pistolas tradicionales, además, coleccionaba arena de los lugares visitado; todo mi closet y mi ropa eran de colores oscuros y la música que escuchaba era clásica y gótica, mi personalidad retraída e introvertida decía muy poco de mí y no advertía lo que haría posteriormente. Usaba mi diario como forma de escape abierta al horizonte solitario desde corta edad.
Hacia tiempo que el regalo del cumpleaños número 10 me estorbaba y por cuanto su estadía en mi vida tenía que terminar, pensé en la forma de eliminarlo antes que a mis padres. Su muerte, como la describí al principio, fue el inicio del método a seguir y el que usaría en mis progenitores. Así, el mismo día del aniversario de mi nacimiento, inicié las acciones que decidieron mi futuro.
Sabía de antemano que les cortaría cada parte de sus cuerpos, sin antes informales el porqué de mis actos. Mi madre fue la primera; con un martillo le pegué dejándola inconsciente y, como a mi perro, le introduje trozos de madera en cada uña para que se pudrieran e hicieran de su dolor un gozo para mí. La sujeté con cuerdas de escalar y de esa forma la fui llevando a rastras al sótano, eran las 10 de la mañana, mi padre retornaba al mediodía.
Cuando llegó, ya tenía un hacha y lo esperaba tras la puerta, le propiné un golpe con el mango y quedó sin sentido. Hice lo mismo con sus uñas y con otro pedazo de cuerda inmovilicé sus movimientos, lo ubiqué al lado de mi madre. Me quedé viéndolos hasta que volvieron en sí. No podían creer lo que veían, su hijo, su único hijo los estaba torturando, empecé mi explicación, cuando terminé, cubrí sus cabezas con una tela negra y los dejé tirados en el suelo después de cerciorarme de los amarres, además, para hacer más terrorífica su situación puse a repetir la pieza de Clint Mansell, que era el sound track de la película “Requiem for a dream” Lux Aeterna.
Al pasar las horas mi libertad se aproximaba y planeaba como deshacerme de los cuerpos de mis progenitores y de mi perro, decidí; quemarlos en la parte trasera de la casa.
Luego de 18 horas bajé donde estaban, los encontré pálidos, con ojeras y cansados. Les fui cortando cada dedo, dejándoles ver como lo hacía, sus gritos y su terror eran la diversión que había visionado; seleccioné para el corte de sus muñecas una hachuela y para los brazos una sierra mecánica vieja, deduje que mi madre moriría primero; bajo la sangre, que no era la mía, vi como se extinguía su respiración lentamente; murió a unos minutos de las 3 de la tarde, mi padre, por el contrario resistió hasta su primer brazo; luego sucumbió. Al finalizar las amputación de sus extremidades, terminé de mutilarlos, saqué sus restos en bolsas, los introduje en un hoyo, he hice una enorme hoguera con sus cadáveres. Esa noche acampé junto a sus cenizas.
Saqué lo que quedaba de ellos y los puse en el fondo de la enorme pecera de la sala; sus peces, sus hermosos peces, eran los testigos de sus restos.
Limpié toda la sangre e inicié un corto circuito y de esa manera se desato el fuego en toda la casa, al llegar los bomberos no había mucho que hacer, ni evidencia que me incriminara, ya que en mi cuarto habían muchos químicos que vertí por toda la casa antes de que el fuego consumiera todo.
Yo sabía que era el único heredero y que el seguro cubriría los gastos de la casa. La policía los dio por secuestrados o perdidos, luego de un año y bajo la tutela del contador de mi padre, todo pasó a mi nombre, me suministraba dinero cada mes y mi entrada a la universidad fue aceptada por un psicólogo para que mi proceso de adaptación y el trauma fuera menor.
Con estas últimas líneas termino mi diario y comienza una nueva etapa en mi recorrido.
Nota: El nombre de mi perro era, Josef K.
Mi familia
“La agonía me mira fijamente
y me desafía a encontrar ese bonito agujero
en el que todos nos sentimos finalmente seguros”
Ekkaia
Tras la angustia de la noche, la luz invade el cuerpo de mi madre, mientras las ratas devoran un ojo de mi padre; mi hermana hecha trizas en la cocina espera por sus gusanos y yo, con la ropa ensangrentada, lloro por mis errores. Son las 6 de la mañana.
Después de una horrible pesadilla, despierto, recuerdo que tengo que terminar de rebanar a mi esposa y empezar a mutilar a mis hijos.
Con el tiempo en la cabeza, recorro los pasillos de mi apartamento y llego al cuarto de mis gemelos, “pequeñas molestias” los solía llamar. “Es hora de divertirme” - me decía. He pensado en cortar sus pies y luego ir subiendo hasta que sus extremidades queden reducidas a pequeños trozos. Sin dejar de grabar para reír en las noches en que no cercené a nadie.
Luego de liquidar a mi familia, recurro a destruir su recuerdo y concluyo en moler sus pedazos y hacer espagueti con carne molida; cenar con los perros del callejón y fumar un cigarrillo para estar más satisfecho. Irme de viaje y olvidar toda la sangre que derramaron; conseguir otro empleo y empezar desde cero, hasta encontrar mi verdadera familia, la más acorde para mis necesidades.
Muchas son las pesadillas que recorren mi camino, pero la paz llega a la hora de la cena y siento que nada es en vano, espero por los días en que el bienestar de mi podrida alma sea el malestar de mi amargo corazón. Sin dejar de pensar en lo sucedido, el punto que liquida la hoja llega a las 12 de la noche; es hora del té para los asesinos.
Obsesión
Nadie nunca recordó su nombre (Christian)
En un instante mi memoria solapa a mis recuerdos y es allí cuando aparece lo que nunca ocurrió.
Hace 5 días pude leer sobre “El asesino de la colina”, así lo catalogaron los diarios. Los incidentes nunca estuvieron muy claros; cada quien hizo una conjetura y armaron la historia que puedo relatar.
Cada mañana, en una solitaria villa al sureste de Dinamarca, las tristes sombras invadían la casa de nuestro asesino; su pequeña estancia de 3 habitaciones, con una hermana y un padre psicópata; hacía que cada día fuera singularmente inolvidable.
Durante 15 años, el trastornado progenitor de nuestro homicida, violó a su hija; todos esos años nuestro protagonista dejaba su puerta abierta en las noches esperando desnudo en su cama, sin embargo su papá nunca entró. Ignorando los deseos de su hijo, el padre seguía con su hermosa rutina.
Llegó el décimo octavo año de nuestro personaje y 5478 días sin ser violado tenían que llegar a su fin; él necesitaba de ese lindo acto para que su peculiar vida cambiara de rumbo o sencillamente aniquilaría a su familia. Poseía facultades físicas que facilitaban su decisión y es en este momento cuando su historia se convierte en una encantadora masacre.
La escopeta de su padre era el instrumento que necesitaba para ejecutar su plan. Debía asesinar a su hermana, por ser ella la culpable de su desgracia y a su progenitor por no brindarle lo que más ansiaba.
Llegada la noche, coge la escopeta, entra en la habitación de su hermana y le dispara en la cabeza, al escuchar el disparo el padre sale y busca, desesperadamente, a su hija, sin percatarse que su hijo lo espera. Tras ultimar a su padre, nuestro héroe decide acabar con su existencia, pone la escopeta en su boca y se dispara.
Luego de los sucesos, la casa de nuestro asesino fue quemada y su obsesión pasó a ser un relato para los jóvenes de la villa.
Yo y el doctor muerte
Es el invierno de 1944 en Mauthausen – Austria. Soy Zigeuner. Lo que escribo tal vez nadie lo encuentre, quizás el “doctor muerte” me extirpe el hígado y luego me lo haga comer como parte de sus ganas de recibir el Nobel; he sabido que inyecta benceno, cronometra la agonía, observa los estertores y anota el número de convulsiones. Siempre con la sonrisa a flor de labios. Siempre amable.
Tengo un triángulo negro que me hace ser un asocial, símbolo que llevo en mi brazo izquierdo; estoy en el pasaje de la muerte en una fila que se alarga hasta el número 60; presumo que Heim, con su sonrisa habitual, terminará con mi existencia; sus experimentos son de un sadismo tan cruel, que resultaría inverosímil si no fuera por su registro minucioso, detallado y rutinario. Cosas de la burocracia germana, tan eficiente.
Los gritos por el pasillo son la música de fondo, nadie puede moverse ni escapar. Escuché que la anestesia sólo es utilizada en personas privilegiadas, un lujo prohibido que podía interferir en los resultados de sus observaciones para descubrir un analgésico eficiente para el dolor. Lo peor no era morir, sino el tratamiento a seguir. Han pasado 2 horas y estoy muy cerca de ingresar; el próximo a pasar lo conocía desde niño; al poco tiempo de estar dentro empezó a gritar “mi pierna…mi pierna…” y luego de unos minutos ya no se le escuchaba. “El tiempo…” decían los guardias, era nuestro peor acompañante. Heim, con su eterna sonrisa y su cronómetro Zeiss en el bolsillo, cercena piernas y brazos y mide el tiempo que tardan en desangrarse sus víctimas.
Imagino su cara, su sonrisa y su estúpida tranquilidad, sin embargo, nadie me podrá ayudar y pedir clemencia no funciona. Espero que el tic tac no resuene tanto.
Mientras quedan sólo dos personas para mi ingreso, trato de calmarme y pensar, ¿De qué forma me van asesinar? ¿De qué manera sucumbiré? ¿Cuánto será el tiempo que dure en la mesa de operaciones?
Al acercarme a la puerta, los chillidos son más claros; la sangre se cuela por debajo, mi turno ha llegado; un empujón y ya estaba dentro. El piso rojo por completo, con los cadáveres en un rincón, el olor a muerte se podía sentir; un guardia me tomó por un brazo y gritando me dijo que me sentara en la mesa de operaciones, el doctor con su traje blanco impecable, trae un bisturí; los guardias me sujetan las manos y las piernas; Heim, con precisión, hace un corte en mi estómago y empieza mi fatal agonía; me extirpa un órgano y me lo enseña, un poco después, escucho el tic tac maldito que anuncia el fin.
Nota: El Dr. Aribert Heim. Médico austríaco en los campos de concentración de Mauthausen y Buchenwald. Asesinó a cientos de presos administrándoles una inyección letal y practicó amputaciones sin anestesia por diversión. Desapareció en 1962, se presume que desde entonces reside en España.
La solución final
Sin cuestionamientos, las paredes incluyen cada paso en sus pinturas y sobre ellas los estragos de los gritos mudos.
Clínica Am Spielgelgrund – Viena 1941.
El famoso neurocirujano infantil, Heinrich Gross, ingresa a la sala de operaciones y comienza con su trabajo habitual. Cada caso lo debe analizar con mucho detenimiento. Es necesario para sus observaciones retener partes de cuerpos de niños, en especial sus cerebros; cada trofeo fue inyectado con “luminal”, la cual les producía pulmonía y, para la diversión en las tardes, usaba drogas en las comidas de cada infante. En invierno los obligaba a bañase con agua helada, dejando las ventanas de sus habitaciones abiertas.
Lo pude conocer en noviembre de 1973, cuando su fama era muy alta; yo para ese entonces tenía 20 años y laboraba de conserje. El doctor Gross era muy puntual y amable, siempre rodeado de personas que le hacían preguntas de todo tipo, una eminencia.
Me gustaba pasearme por la clínica y ver las hermosas instalaciones; en cierta ocasión me tropecé con Gross (también le gustaba pasear) y sin que ninguno dijera algo continuamos por el mismo pasillo, al llegar a una sala de espera pude conversar un poco con él, era un tipo agradable (eso se hacía notar), no obstante, días después, mi pensar cambió drásticamente. Una noche, como tantas otras, me marchaba y en uno de los pasillos cerca del ascensor del tercer piso, lo encuentro con envases en sus manos, cada uno con lo que parecía un cerebro; entra al elevador y sube hasta el quinto piso. Era enorme mi curiosidad, sin embargo se hacía muy tarde y quería dormir. Me dije que al día siguiente subiría y observaría con cuidado.
Mientras caminaba hacia mi apartamento, pensaba en lo sucedido y mis conjeturas eran cada vez más grandes.
Era martes 28 de noviembre, ese día sólo pensaba en subir hasta donde el doctor llevó los envases y saciar mi deseo por saber. Al llegar, eran varios los recintos y habitaciones que tenía que observar para poder dar con lo que quería. Una de las salas de neurocirugía estaba cerrada, como pude me introduje y franqueé muchos estantes hasta conseguir con lo que en ese entonces no me esperaba; Gross, analizaba uno de los tantos cerebros que había; al tratar de salir de la sala, él me grita “…¡Es muy tarde, ya se que estás aquí!…”, da media vuelta y me lanza, rodamos por el piso en un forcejeo constante, como pude me zafé y corrí hacia la puerta, caí y me percato de la jeringa en una de mi piernas, trato de arrastrarme y en segundos me desmayo.
Despierto en un sótano rodeado de diez personas; tenía la cabeza totalmente rapada con puntadas en ella. Una especie de celda delimitaba el lugar, símbolos nazis en las paredes y Gross del otro lado, abriendo la cabeza de un niño.
Nota: Diciembre del 2005, Heinrich Gross, uno de los más controvertidos médicos de la era nazi, acusado de asesinar a niños con impedimentos físicos y mentales durante el Tercer Reich, murió en su casa cerca de Viena a los 91 años, sin nunca haber enfrentando una condena.
Ahogados
Cuando quise parar de apretarle el cuello ya era su fin. Nunca me dijeron como asesinar a una persona, pero había algo al oprimir que me excitaba. Existía para estrangular y, sin duda, sería mi trabajo de ahora en adelante.
Era el 28 de febrero de 198… y nadie me consideraba una asesina, mi carnet y el uniforme de la escuela eran la fachada perfecta.
Ahogué a 12 personas mi clase de literatura, nunca me gustó. En esa cátedra eran 15 alumnos y mis manos ya estaban hinchadas, me sentía cansada; sólo por ese pequeño inconveniente, preparé algo especial a las personas restantes. Quería cubrirles sus cabezas con unas bolsas transparentes y ver sus expresiones al ahogarse; para hacerlo más divertido enrollarles cinta adhesiva alrededor de sus cuellos, uniendo de este modo la cinta con la bolsa y así con sutileza, verlos morir.
Con gracia estaba en esta situación y debía salir de ella, optando por definir un que hacer que nada tuviese de especial, pero daba ese camino a seguir, gracias a los acontecimientos en el salón de clases. Las muertes de mis compañeros de estudio se debían a mi innata capacidad para asesinar y, estando consciente de esto, con deliberación absoluta, hago el clásico papel de una exterminadora.
Cuando todo queda reducido a nada y el silencio se adueña de las cuatro paredes, procuro actividades extra curriculares y salgo a la calle para seguir con lo mejor que sé hacer.
Condenado
“El silencio es mi única salida…”
“Con los testimonios de cada uno de los testigos mi caso quedó cerrado, fui condenado y, como tal, el día de mi ejecución saldría en las noticias de las 6, mi cara era conocida, por ende, desaparecerme de la faz de la tierra, era lo mejor que podían hacer para calmar el ánimo de miles que me querían muerto.
Una tradición, en la pena de muerte, era darle todo lo necesario al convicto para que su último día fuera satisfactorio, pero, sin duda, en palabras se queda este trato, sólo tu última comida es la que te dejan elegir; me debatía entre una ensalada César y una pizza familiar.
Pese a mis esfuerzos por describir lo que pasaba, me quedaba corto, narrar y llevar apuntes dentro de una prisión era difícil, relatar mi proceso, casi imposible. Muchos guardias ocultaban su miedo. Todos temían”.
Al terminar de telegrafiar el punto, me aparto de la máquina por primera vez en varias horas, busco un cigarrillo, subo a la azotea, camino despacio por las escaleras, llego hasta el final pensando en como seguir el relato del condenado; al abrir la puerta, el interior no era la azotea, me encontraba en una celda con una pizza familiar puesta en la mesa con algunos libros, justo al lado de una cama y una letrina. Al tratar de retornar a la escalera, la puerta había desaparecido y en su lugar se elevaba una pared. En primera instancia no comprendía mi verdadero estado, hasta que caí en cuenta que el relato del prisionero se había vuelto en mi contra. No existía una manera para salvarme, yo era mi verdugo y, lo peculiar, era el sonido de fondo; una máquina telegrafiaba sin parar.
Pensé en la mejor manera en desentrañar lo que me sucedía, sin embargo, las teclas seguían sonando. Pude recordar que escribiría luego del punto en donde abandoné el relato y sostuve que había liquidado la vida del reo luego de varios párrafos. Mi mano y las teclas escribían la hora de mi muerte.
¿Estaba loco?, eso no era lo importante; me sentía nervioso y como los nervios te hacen hacer cosas ridículas, grite “guardias… guardias”, unos segundos después dos guardias frente a las rejas me preguntaba por mi alboroto, hubo un silencio y los guardias dieron vuelta y quedé solo nuevamente.
Tenía que pensar, analizar, tratar de escaparme de las letras y de las teclas; en todo caso sobrevivir de algún modo; junto con mi pensamiento estaba el muzac, ese sonido traicionero que antes me fascinaba. Y entre estas paredes agonizaba de una manera inexplicable.
“Quedan pocas horas” me decía el reloj con su eco mudo. Dando vueltas entre la cama, la pared y las rejas; no se me ocurría cómo salir y escaparme, cómo eludir al final del párrafo, como vivir a la salida del sol. Mi sentencia, según yo mismo, era a las 12 PM. Las manecillas daban las 10 PM; dos horas me separaban de la muerte.
Decidí esperar que vinieran y ver qué pasaba, vivir en carne propia mi espectacular relato; al fin y al cabo, el condenado era un asesino, por lo tanto su existencia no era de un valor cuantificable, me eché en la cama y, así, tranquilicé mis nervios.
Al ver hacia el techo, pude observar un escrito con sangre que me hizo entender la naturaleza del hombre que había creado y que sin duda no conocía. El escrito era simple y complejo, un pensamiento fugaz del personaje de mi historia. Una carcajada en letras.
Dentro de esta situación, las preguntas saltaban solas, ¿Por qué el tecleo maldito? ¿Era la máquina la causante de todo? Y si yo estaba en la celda ¿quién se hallaba en mi habitación? ¿Quizás el reo? Las conjeturas decidieron darme en la cabeza una por una como agujas. No podía dormir, se me hacía necesario encontrar pistas sobre mi relato que yo nunca hubiese escrito ni pensado, dando pie a más suposiciones, acercándome más al estado de locura que le es propio a los que esperan a la muerte.
Al buscar en los libros, hallé el diario del reo, mi sorpresa fue enorme al leer detallados párrafos sobre la vida en la prisión y sobre su proceso, yo nunca puntualicé tal cosa, jamás hice ese avatar en la mente del prisionero y sin duda mi personaje era muy inteligente y escribía muy bien. A pesar de todos los detalles, el mismo planteaba que no podía escribir mucho y eso lo atormentaba, por cuanto todo lo demás que no conocía estaba muy lejos de mi alcance.
El tiempo transcurría sin encontrar ninguna solución.
La frase en el techo de la celda era sin duda una clave, pero como un gran rompecabezas, algunas piezas eran difíciles de hallar; para mi mayor tormento las teclas aumentaban de velocidad y el eco me destrozaba la cabeza.
Varios poemas eran el total de muchas páginas del diario, dos de ellos me llamaron mucho la atención. Decidí leerlos nuevamente y prestarles más atención. Tal vez sus líneas puedan ayudarme.
Esperando
Sentado en mi cuarto solo,
esperando sentado estoy,
la impaciencia es alta,
el agua caliente en la mesa
y mi esperanza a cuestas.
Salí a buscarte donde siempre
y nunca pude encontrarte.
La pasión deshace el tiempo,
y el día marca mis cambios.
Quejándome sólo por la espera
mientras tú con otra persona
haciendo lo que yo quiero que me hagas.
Sentado durmiéndome estoy,
esperando sentado,
esperando a la muerte.
Un poco de tristeza por la llegada de su muerte, era lo que podía interpretar en ese momento del poema. Sin demorar empecé a leer el otro poema.
Silencio
Lloro al pensar en lo cruel del silencio.
¿Pero, quién es el dueño del lugar donde el silencio habita?
¿Será el mismo que tira los pedazos de nada que arman mi todo,
un todo lleno de cochina estupidez?
¿Dentro del silencio hay una cabida para lo que se dice?
¿Hay una cabida para lo que se piensa?
¿Es esa cabida similar a esta pequeña maraña de peculiaridades
que me trae la aurora en esa hora de muerte para los párpados?
Ahora el gris endurecido yace frío y solitario
en este mismo lugar donde el silencio es mi única salida.
¿Y qué esperaba encontrar en estos poemas? ¿Qué podía resolver al leerlos? ¿Era el silencio la única salida? Al analizar la frase y los poemas, pude entender que el reo encontró la manera para librarse de las teclas y de su destino; la espera era mi única salida, esperar a que las teclas dejarán de sonar, correr hacia la pared para encontrarme con la escalera y la puerta de la azotea y así deshacerme de toda esta maldita situación.
No podía quedarme quieto, caminaba de un lado a otro y las teclas no paraban, el reloj daba las 11:50 PM; faltaban diez minutos para que me viniesen a buscar; con toda mi desesperación me senté en la cama y espere. El sonido de las teclas se desvanecía poco a poco, sin pensar mucho, corrí hacía la pared por la que había entrado y sin más estaba en la azotea con mi cigarro en la mano.
Al volver a mi estancia, todo había cambiado, la máquina estaba en otro lugar y lo que viví dentro de la celda estaba escrito en unas hojas regadas por toda la habitación.
Resolví no terminar el relato del condenado y empezar otra historia pero sin personajes en ella.
Novia
Algunos caminan lento y otros muy rápido, hay osados que se detienen; mi caso es peculiar, no soy rápido, ni lento, ni me detengo; tal vez las circunstancias de mis pasos son las que me han llevado a mi actual situación. Cierto día, de esos que uno quiere olvidar, las manecillas mecían al dormido tiempo y, como es desde hace rato, habitual, la cúspide de cada paso hace del caminar una simple parodia. Ya no quería seguir sufriendo, cuento una semana y ya no la puedo ver desde el vidrio de mis ojos.
La avenida La Paz se vuelve guerra y las bombas me interrumpen el paso, las sombras devoran los cuerpos mutilados de los olvidados y, allí la encuentro, como si estuviese dormida entre la sombra del árbol tétrico; su piel ya no era tan clara como en otros días, pero no me importaba; su minifalda cubierta de un tinte color vino me hace enmudecer por instantes; sin embargo, luego de una semana sin verla, ella se hace presente y nada más importa.
Sin palabras le hablo y le escucho sin voz; la abrazo y su piel pálida es fría; sus ojos azules ya no tienen ningún brillo; su ternura no se muestra; ella está muerta; pero al verla, nada más me interesa.
Por un momento me voy del lugar, viajo en mi mente: cuatro años estuve fatigado con la manera en que hacíamos el amor; siempre pensé en que no era el mejor y que ella me engañaba; cansado con esa situación lo nuestro cayó en una espiral de la que no pudimos escapar; cada cual hizo su historia y dedujimos que era el momento de que nuestros caminos se dividieran, saliendo de la espiral de una forma violenta.
De vuelta, empiezo a quitarle la ropa, a besarla por todos lados; cegado por el recuerdo, quiero hacerle el amor de una manera diferente; quiero sentir que todavía es mía y que nada más importa.
Pasaron treinta minutos y mi boca se llenó de su recuerdo; sentía que era mía, que nunca estuvo ausente, que mis penetraciones la satisfacían de tal modo que entraba en un letargo; otra media hora y su insensibilidad me enajenó, así que la golpeé repetidas veces, su estupidez manchó mi saco; el estupor, el sudor, la impaciencia, su callada voz, aumentaron mi locura; busqué con qué pegarle más fuerte, con qué hacerle sentir que yo era el que mandaba, ella debía saber que yo era el hombre. Los discursos de machismo en ese momento no importaron. La dejé por unos minutos y, al retornar, algunas personas a su alrededor deshicieron mi encuentro, la espiral comenzó de nuevo y, yo, con un trozo de madera en la avenida La Paz, me mantuve quieto y alejado. Acabo de tener relaciones con mi novia muerta.
Peter
Doctor: Dentro del perfil criminal existen asuntos diversos y complicados que van mucho más allá del uso de medicamentos o drogas, trastornos hormonales, daño cerebral por golpes, traumatismos y diversos tipos de intoxicación. Otros planteamientos sociológicos indican que algunas personas no están en condiciones de cumplir, por medios aceptables, lo que la sociedad indica. Por cuanto buscan objetivos y medios inaceptables para conseguir objetivos aceptables.
¿Usted qué cree de todo esto?
Peter: Tal vez mis acciones entren en el perfil criminal de un asesino en serie, sin embargo, no me considero un delincuente. Desde niño fui golpeado y violado por mis padres, viví bajo el seno de una familia pobre. A los nueve años, ahogué a dos amigos en un lago; a los diez años, mis padres se mudaron a una provincia más grande cerca de la capital; en mi adolescencia mantenía relaciones sexuales con ovejas y perros, los cuales degollaba en el momento del orgasmo; práctica que aprendí de Kürten, cuando nos drogábamos juntos. Huí de casa a los 15 y todo comenzó a tener sentido cuando pasé de animales a personas.
En 1913 violé a una niña, luego de haberla acuchillado 7 veces, era como una prueba piloto que me salió mal; tal vez mi biografía criminal sea de poca importancia, sin embargo, los hechos se hacen documentos y la historia los hace pasar como acciones que tienen reacciones diferentes y en el abanico de situaciones están mis victimas y su sangre, su deliciosa sangre. Fui apresado por asesinato en 1913, logré escapar de la justicia tras no conseguir pruebas en mi contra. Pasé mucho tiempo en calma, pero sentía que todo era como un almacén de pólvora que se llenaba cada vez más rápido y, que de un momento a otro, una llama haría que todo se redujera a cenizas.
Doctor: ¿Y según usted, cómo se encendió la llama en su almacén de pólvora?
Peter: Creo que se fue encendiendo con el pasar de los años. Exactamente en el año 1925 mi fama empezó; todos sabían de mí; mis víctimas yacían quemadas, violadas y acuchilladas. Algunas no me las acreditaban y pronto utilicé un método de identificación que me convirtió más tarde en el vampiro de la ciudad.
Doctor: ¿Por qué decidió quitarle la sangre a sus victimas?
Peter: La sangre es deliciosa, ¿usted la ha probado alguna vez, doctor? Una vez que la pruebe, nunca más querrá estar sin ella. Me encanta la sangre; de alguna forma ella es la que me da fuerza. El día que decidí empezar a utilizar dicho procedimiento fue el mejor día de mi vida.
Doctor: ¿Está consciente, que por cada uno de sus crímenes, será condenado a morir en la guillotina?
Peter: La muerte es sólo un peldaño hacia otro camino sin rumbo y, a mi me gusta caminar. Pienso que mi muerte cambiará el rumbo de la historia, yo he hecho historia. De ahora en adelante la forma de asesinar será otra y, muchos imitarán mi estilo de matar.
Me gustaría saber ¿Doctor: será posible qué cuando mi cabeza se desprenda de mi cuello, pueda escuchar por un segundo el chirriar de mi sangre brotando? Eso me haría la persona más feliz del mundo.
Nota: Peter Kürten (26 de mayo de 1883 – 2 de julio de 1931) fue uno de los asesinos en serie más conocido de Alemania. Conocido como “El vampiro de Düsseldorf”.
La ventanilla
Durante 5 minutos estuve tratando de encontrar el modo en que mi corazón dejara de latir y que de un momento a otro la oscuridad cubriera todo mi ser, a tal punto que mi alma se viera envuelta y envenenada por la muerte del silencio inconcluso. En ese momento, cuando todo parecía finalizar, la ventanilla se abrió, justo a la hora de siempre, 8 de la mañana.
La oscuridad persigue a la luz hasta que la consume, las sombras cruzan y descuartizan cualquier rayo de esperanza que se oculta en lo profundo de mi pecho.
Es el año de la rata en el horóscopo chino, sin embargo, el atlántico se quema poco a poco, como mis venas tras el encarcelamiento de mi futura casa y como si nada ocurriera, la ventanilla se abre; mi compañero, tan silencioso como nunca, acude a rastras y se encuentra con la estruendosa noticia de que hoy es el día en que todo tiene una perversa salida, una que ninguno quiere, pero que, sin lugar a dudas, arranca de nuestro corazones esa señal de horizonte.
Otra visita de la luz. Es el día número 50 que he podido contar, el pan rancio y el agua sucia, hacen añicos mis entrañas; las diarreas continuas pintan en mi intestino una cualidad única de muerte en mierda.
Nada tiene sentido en tinieblas, yo, él, nosotros, sólo adjetivos imperdonables para quien pueda encontrar a los que no tienen nombres, ni mucho menos números; nuestra historia carece de toda lógica, nuestros testigos de ojos y oídos.
Hoy mi corazón, repleto de la habitual rabia, desea la lucha para que ésta vengue nuestra inestabilidad política; no es posible que yo hable y mi compañero no diga ninguna oración. He pensado en asesinarlo, en callar su voz muda por última vez, he pensado en ser el que reina entre las sombras del lugar sin nombre.
Llega la hora en que puedo verlo, la hora en que la ventanilla deshace momentáneamente la lobreguez de esta estancia, tan consumida en desesperanza que la porquería se une a ella y hace que su sabor sea mejor que el vetusto pan de cada día. 5 segundos era el tiempo, 5 segundos para que mi cruz de 50 días llegara a su fin. La ventanilla, como siempre, abrió a las 8 de la mañana; con un pedazo de mi vestido debía estrangularlo, tal vez su muerte llegaría en la oscuridad; su alma se esfumaría de la estancia y compartiría las migajas con el olvido.
El acto de estrangulación ni siquiera fue tan emocionante como para compartirlo. Al fin estuve solo, por fin mi encierro tuvo algún sentido. Por segundos, la paz hizo del lugar un radiante valle, con flores y pájaros volando. Todo se interrumpió cuando el rechinar de la puerta anunciaba el final de mi encierro.
Nota: Durante la dictadura Uruguaya, muchas personas eran sometidas a torturas en estancias solitarias y con sólo una comida diaria. El encierro en tinieblas y el estrecho lugar eran la tumba perfecta para los que no existían.
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Otra hoja de cálculo y la tarde parece interminable, las especificaciones del director introducen en cada miembro de la oficina maldita (así solíamos llamarla de cariño) un malestar enorme. Nuestra rutina, nuestros errores y el incontable tic tac del reloj, hacen que la pared de nuestra ventana se convierta en un paisaje impresionista y me recuerda una pintura de Monet, una tarde en el mediterráneo o simplemente bloques de arcilla que desploman a Kandisky y ponen de relevancia todo número impar que, desconsoladamente, vuelve en cada bloque de la hojas de cálculo.
Hacía poco había terminado de leer los Ensayos de Michel de Montaigne; mientras, el placer de hace 2 años, cuando pude observar un cuadro de Bohumil Kubišta, se disipa, es así como el cubismo y el horror del café me hicieron repulsiva la idea de seguir calculando sueldos que nunca podría obtener. Cada número, cada cuadro de cada hoja, era una pequeña puñalada que de pronto se inclinaba hacía una pasión rota y desgastada, de la cual los números impares eran los culpables.
La oficina se encuentra en la calle Angustia número 13, edificio Soledad; cada mañana, la calle se llenaba de incontables trabajadores que hacen de papel tapiz para el asfalto, en esa misma calle existen otros edificios, uno pegado al otro, cada uno con la enfermedad moderna que muchos suelen llamar “stress”, esta enfermedad gotea a cada trabajador contagiándolo y así la epidemia se alojó en cada corazón.
En el laberinto de papeles y números, se suele escuchar música clásica, se suela masticar chicle, se suele mentir y se suele pensar en la muerte.
Hoy veo las sombras del mediodía; la locura de las montañas me manda al infierno, ratas y niños me persiguen por la ciudad. Ya no resisto más, entro en la pintura y destruyo los bloques con los dientes, mis ojos llenos de escombros, pequeños escombros, desarticulan la vista del papel tapiz. Hoy es el día en que el número impar cobra venganza. De un salto despierto en el escritorio, son las 11:30 AM.
Al mediodía todo parece distinto, el mar de agitaciones se seca y no podré hacer mucho, navego en él y trato de calmarlo con pastillas.
Al cruzar el rayado rumbo al restaurante, un auto sigue con aún con la luz roja y modifica mi espacio vital. Ese del asfalto no soy yo, él sigue a su esclavitud. Yo me fui lejos, hacia otro lugar.
Bitácora
Es el día 20, hoy tampoco recibiremos latigazos, no nos alegra, nos hace temblar, nos hace enloquecer dentro de cada metro que no tenemos. Hoy es 25 de abril; las ganas de estar en otro sitio son enormes y hacen del lugar una playa desierta con el mar agitado, un huracán en cada mente; justamente hoy es el día en el que partió Martín hace ya un par de años, es el momento en el no quiero estar en esa playa, quiero arrancarme las llagas y sufrir de realidad colectiva, quiero sentir dolor en vez de miedo. “El dolor - decía mi viejo - es un simple pasajero, mientras que el miedo, un habitante”; es así como no quiero a este habitante, quiero que se esfume de mí, quiero tanto, que al final del día 20, otra sombra arranca un espacio en los pocos metros que nos quedan.
“La capacidad es torpe y no mantiene el paso en este laberinto interminable”- dice Lucio. Restando la ficción de Lucio y convirtiéndola en realidad, hago de sus palabras un eco enorme en un destino que nos tiene marcados desde el primer día en la estancia podrida.
Amanece y otra persona es sacada de nuestra vista; al que se fue nunca lo conocí, era retraído y no quería compartir sus penas. Nuestras comidas son repartidas en bolsas plásticas, los gusanos y la mierda de perro, son aderezos interesantes en este día.
La bitácora de mi inconsciente suelta una gota de incoherencia, que da pie a un relato ya sea de Kafka o de Borges; esta bitácora de 20 días tiene extremidades destruidas y cabeza deshecha, lleva en su interior penas de cinco personas, cientos de mujeres, recuerdos de borrachera y una que otra estupidez. Mi bitácora es fiel a una coma y a una tilde, es genuina y a la vez no es nada.
Es el día 22, los capítulos de Crimen y Castigo se repiten en mi interior, el espectáculo del protagonista resulta asqueroso y nadie quiere escucharme. Comento sobre un señor llamado Hans Christian Andersen y su Patito Feo, todos ríen y es allí, cuando la puerta se abre y los latigazos comienzan a las 8 de la mañana.
Otra muerte y otro espacio vacío. Era la mañana del día 30.
Ya no queda nadie a quien recurrir, no hay un oído que escuche otra historia de Poe o un Joseph Conrad, mi corazón en tinieblas sigue a la esperanza hasta su defunción, la acompaña, la cobija mientras carece de fuerzas y fallece en la negrura de la espesa soledad.
Hoy es el día en que mi inconsciente cansado de tantos latigazos, deja solo a los ojos de los lectores y me conduce a las entrelíneas de la muerte.
Día 32…
Trasatlántico
Una vez que abrí la puerta ya no podía retroceder, la cara del silencio golpeo mi rostro y anuncio de una extraña forma el fin de mi existencia. La habitación se quemaba lentamente, la puerta por la que entre se cerro tras de mi. ¿Un absurdo pensé?, ¿Un sueño tal vez?, mis preguntas a secas no eran respondidas por mi lenta lengua.
La catástrofe de la estancia me hacia pensar en que todo era un océano (el atlántico) en llamas, y que yo, en mi barco de papel, era un polisón que tenía que morir.
Luchando contra lo que se me avecinaba inicie un estimulo de dimensiones abismales, el trasatlántico de rayas azules presentaba fugas y el agua se colaba por doquier, los pedazos de su popa y de su proa se deshacían.
Es un mal cuento para las noches; una historia sin nombres que mencionar. Sin esperar, el barquito sucumbió a una enorme ola.