EL IMPERIO DE LA VERGÜENZA, de Jean Ziegler (Fragmentos)

 

En 1776, Benjamin Franklin fue nombrado primer embajador de la joven República estadounidense en Francia. Coautor, junto con Thomas Jefferson, de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, firmada el 4 de julio de 1776 en Filadelfia, Franklin gozó enseguida en los círculos revolucionarios y en los salones literarios de París de un prestigio inmenso. ¿Qué decía aquella declaración? Releamos su preámbulo:

 

Consideramos que las siguientes verdades son evidentes por sí mismas: todos los hombres han sido creados iguales; el Creador les ha conferido derechos inalienables; los primeros de estos derechos son: el derecho a la vida, el derecho a la libertad, el derecho a la felicidad [...].

 

Situado en el centro del barrio de Saint-Germain, el café Procope era el lugar predilecto de los jóvenes revolucionarios. Allí celebraban sus reuniones y organizaban sus fiestas. Benjamin Franklin cenaba allí de vez en cuando, en compañía de la hermosa madame Brillon. Una noche, un joven abogado de 20 años, Georges Danton, se dirigió a él muy excitado:

 

«El mundo sólo es injusticia y miseria. ¿Dónde está la sanción? Su declaración no tiene ningún poder judicial ni militar para obligar a que la respeten...».

 

Franklin le contestó: «¡Se equivoca! Tras esta declaración hay un poder considerable, eterno: el poder de la vergüenza».

 

El diccionario Petit Robert dice de la vergüenza: «Deshonor humillante. [...] Sentimiento penoso de inferioridad, de indignidad o de humillación ante otros, de degradación en la opinión ajena (sentimiento de deshonor). [...] Sentimiento de malestar provocado por escrúpulos de conciencia».

 

Los hambrientos del bairo de Pela Porco en San Salvador de Bahía conocen perfectamente esta sensación y las emociones que despierta: «Precio tirar la vergonha de catar no lixo...»

(«Debo superar la vergüenza para rebuscar en la basura...»).

 

Si no consigue superar su vergüenza, el hambriento muere.

En la escuela, los niños brasileños a veces se desmayan de inanición a causa de la anemia. En las obras, los obreros desfallecen por falta de comida. En las barriadas de chabolas de Asia, África y América Latina, púdicamente llamadas «hábitats insalubres» por las Naciones Unidas, en las que vive el 40 por ciento de la población mundial, las ratas disputan a las amas de casa la escasa comida familiar. El sentimiento de inferioridad tortura a los que allí viven.

 

Los seres famélicos que deambulan por las calles de las megalópolis de Asia meridional y del África negra también están asediados por la vergüenza. La sensación de deshonor impide al parado harapiento llegar a los barrios ricos, en los que podría quizá encontrar un trabajo para comer y dar de comer a su familia. La vergüenza le impide exponerse a las miradas de la gente.

 

En las favelas del norte de Brasil, las madres suelen hervir agua por la noche en una marmita, introduciendo en ella piedras calientes. Cuando sus hijos lloran de hambre, les dicen: «La comida estará enseguida...» con la esperanza de que mientras tanto los niños se hayan dormido. ¿Se puede medir la vergüenza que siente una madre ante sus hijos martirizados por el hambre y a los que es incapaz de alimentar?

 

En su fuero interno, muchos occidentales, perfectamente informados de los sufrimientos de los hambrientos africanos o de los parados paquistaníes, soportan difícilmente su complicidad cotidiana con el orden caníbal del mundo. Sienten vergüenza, que pronto es sustituida por una sensación de impotencia. Y pocas veces tienen el valor de alzarse contra este estado de cosas. Para calmar sus escrúpulos, la tentación de buscar justificaciones es muy fuerte. Los pueblos terriblemente endeudados de África son «perezosos», se suele decir, «corruptos», «irresponsables», incapaces de construir una economía autónoma, «deudores natos», insolventes por definición. En cuanto al hambre, se suele invocar el clima para explicarla... a pesar de que las condiciones climáticas son infinitamente más duras en el hemisferio norte, donde la gente come, que en el hemisferio sur, donde mueren por hambre y alimentación insuficiente.

 

La sensación de vergüenza es uno de los elementos constitutivos de la moral. Es indisociable de la conciencia de la identidad, a su vez constitutiva del ser humano. Si estoy herido, si tengo hambre, si —en mi carne y en mi espíritu— sufro la humillación de la miseria, siento dolor. Como espectador del sufrimiento infligido a otro ser humano, experimento en mi conciencia un poco de su dolor, que despierta mi compasión, suscita un impulso de solicitud, me abruma también de vergüenza. Y me veo empujado a la acción.

 

Sé, por intuición, por el ejercicio de la razón, por mi exigencia moral, que todos los hombres tienen derecho al trabajo, a la alimentación, a la salud, al conocimiento, a la libertad y a la felicidad.

 

Los todopoderosos cosmócratas están atrapados en una contradicción fundamental: ser un hombre, sólo un hombre, o enriquecerse, dominar los mercados, ejercer plenos poderes, convertirse en los amos.

Si manifiesto compasión, si expreso mi solidaridad con los demás, mi competidor se aprovechará instantáneamente de mi debilidad. Me destruirá. Por consiguiente, contra mi voluntad, para mi mayor vergüenza (reprimida), me veo obligado, en cada instante del día y de la noche, independientemente del precio humano que deba pagar, a buscar el máximo beneficio y a practicar la acumulación, a garantizarme la plusvalía más elevada en el lapso de tiempo más corto y al precio de coste más bajo posible.

 

Benjamin Franklin y Thomas Jefferson fueron los primeros que formularon el derecho del hombre a buscar la felicidad. Esta reivindicación se convirtió en el principal motor de la Revolución Francesa. Para los revolucionarios, la idea de felicidad individual y colectiva resumía un proyecto político, que querían aplicar de forma inmediata y concreta.

 

En la historia universal de las ideas, la Revolución Francesa introdujo una ruptura radical. Fue la plasmación política de los preceptos filosóficos de la Ilustración y del racionalismo liberador.

 

Se llama “UTÓPICOS” a los que, en el seno del movimiento revolucionario francés, daban prioridad absoluta a la lucha por la justicia social planetaria y al derecho del hombre a la felicidad. Todos estos hombres murieron jóvenes y de muerte violenta. Saint-Just y Babeuf fueron guillotinados. Saint-Just tenia 27 años y Babeuf 37. Roux se suicidó con un puñal cuando le condenó a muerte el Tribunal revolucionario. Marat fue asesinado. Aunque la guillotina y el puñal destruyeron sus cuerpos, no pudieron hacer nada contra la esperanza en una justicia social planetaria nacida de su combate. Su espíritu vive así en la conciencia de millones de hombres de hoy, en forma de una nueva UTOPÍA.


Es difícil incluir entre los héroes triunfantes a los portadores de UTOPÍA. Están más cerca de la guillotina, de la hoguera o del caldaso que de las reuniones victoriosas y los futuros esplendorosos .Y sin
embargo, sin ellos, toda la humanidad, toda la esperanza habrían desaparecido hace tiempo de nuestro planeta.

 

"El hombre es esencialmente un ser inacabado. La UTOPÍA habita su ser más íntimo."

Ernst Bloch

 

Ella está en el horizonte.
Me acerco dos pasos,
ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos
y el horizonte se corre
diez pasos más allá.
Por mucho que yo camine
nunca la alcanzaré.
¿Para qué sirve la UTOPÍA?
Para eso sirve:
para caminar.

                                                        Eduardo Galeano