The Puffington Host

Isaac Chotiner, The New Republic


I.


¿Cuándo leyó por última vez un libro, un artículo o un post que afirmaba que América, o la civilización moderna, u «Occidente» estaba en declive, o que Estados Unidos había «perdido» su inocencia, o que estaba «quedándose atrás» en sus niveles educativos, o que el reconocimiento al otro había desaparecido trágicamente de un Washington partidista y polarizado, en el que una vez hubiera representantes que venían a la capital sólo para dedicarse «a los asuntos del pueblo»? No hace demasiado, sospecho. Pero pueden leerse idénticos lamentos desde hace quince, treinta y hasta ochenta años. Los primeros profetas de la fatalidad ya canturreaban la misma melodía compungida. Quizá la fatalidad es sólo un tropo. Sin embargo, la ranciedad de los análisis de una generación a otra resulta inquietante. Eso adormece nuestro lenguaje, y nos impide ver cómo nuestras instituciones están cambiando, o incluso desapareciendo.


En 1978, en Inglaterra, Arianna Stassinopoulos publicó su segundo libro, llamado After Reason. [Después de la razón]. En él proclamaba que la modernidad nos había fallado. Que el mundo estaba saturado con anhelos espirituales que nuestra sociedad superficial y materialista no podía satisfacer. ¿Quién o qué era responsable de ese malestar? Echó parte de la culpa a unos medios codiciosos y desalmados. «Por primera vez en la historia», comenzaba portentosamente Stassinopoulos, «la opinión se ha vuelto un accesorio indispensable de la vida moderna y todos han abandonado a los últimos gurús de los medios». Tras citar aprobadoramente a Kierkegaard, continuaba: 


El mundo se reduce a unos acontecimientos mundiales bidimensionales, planos y examinables; todos podemos disfrutar de la ilusión de que sabemos exactamente lo que ha pasado en las últimas veinticuatro horas y reflexionar de forma precisa sobre lo sucedido. Salvo que el significado y la importancia, que incluso el más reacio a pensar de nosotros necesita, siguen perdidos. Las noticias y las opiniones, los hechos perecederos, efímeros y sin valor, que son lo único con que se nos bombardea, tienen tanto de sustitutos para las verdades que hemos echado en falta como un número de teléfono para su abonado. Por lo tanto, no es que sepamos cada vez más sobre cada vez menos, sino que sabemos cada vez más sobre lo cada vez menos importante; y cuanto mayor es la precisión de lo que sabemos, más triviales son las preguntas que intentamos responder. 


Arianna Stassinopoulos es ahora Arianna Huffington, y es más conocida como propietaria de The Huffington Post, y como la personificación del hiperactivo universo de noticias-y-opinión-al-nanosegundo de la web. Ahora su fama la acerca a sus inmodestas ambiciones. Y han cambiado más cosas que el nombre de Huffington desde que escribiera aquellas primeras palabras premonitorias. Ahora es una férrea liberal [izquierdista] —de algún modo no encaja como «corazón sangrante»1—, más que una conservadora políticamente incorrecta. Ella ha hecho, como les gusta decir a los americanos, una trayectoria. Sus tiempos históricos han sido siempre exquisitos. Si es en sí misma una especie de institución, es una institución excesivamente adaptable.


Ahora llega su duodécimo libro, titulado líricamente Right Is Wrong: How the Lunatic Fringe Hijacked America, Shredded the Constitution, and Made Us All Less Safe (And What You Need To Know To End The Madness) [La derecha se equivoca: cómo los lunáticos marginales secuestraron América, destruyeron la Constitución, y nos hicieron a todos menos seguros (Y lo que necesita saber para acabar con la locura)]. Es sólo el ejemplo más reciente de la incansable capacidad de Huffington para habitar diferentes lugares en el espectro político. A principios de los 70, se convirtió en estrella arremetiendo exacerbadamente contra los principios de la izquierda.

Una mujer joven, vestida con elegancia, que articulaba el retroceso del feminismo; una mujer que discute las ideologías reinantes y los dogmas de su tiempo —o al menos las ideologías reinantes y los dogmas de los estudiantes de institutos y universidades— se ajustaba de forma idónea al papel de oponente de derechas. Pero ésa pudo ser la última vez que fue contra el viento. Ahora, el «progresismo» reina de forma suprema en el ciberespacio y las periferias, e igual de ruidosa progresista es ella. Esta vez, nada de valiente heterodoxia. Ahora ella es una «participante». Un vistazo a la carrera de Huffington revela a alguien asombrosamente —no, astutamente— experto en reconocer y transitar por la actualidad política y social, una artista del zeitgeist, aunque no haya escrito nada que requiera tomarla en serio como pensadora.


El trabajo de Huffington no es intelectualmente coherente, pero hay dos constantes que fluyen en mucho de lo que ha escrito. La primera es su floja espiritualidad, que nunca va más allá de fatuidades y banalidades. («Nuestro propósito es hacer de la religión una experiencia viviente continua, que nos conduzca a una resurrección no de los muertos, sino de los vivos que permanecen muertos ante su propia verdad»). La segunda es su crítica frecuente y mordaz del Cuarto Poder. He aquí su anterior cita de Kierkegaard:


En el mundo de la opinión, los periódicos desmoralizan a los hombres, deshabituándoles a tener una opinión propia y a desarrollarse por sí mismos confrontándola a las opiniones de otros, y acostumbrándoles, por otra parte, a tener la garantía de que para cualquier opinión que puedan tener habrá un importante número de hombres que la compartan. 


Desempacar todas las ironías es una tarea formidable. Los periódicos han cambiado de forma considerable en los dos últimos siglos. Actualmente se mantienen como una de las pocas barreras al universo mediático compuesto de casi nada excepto de arrebatos y opiniones. Internet, incluido el universo de Huffington, sirve demasiado a menudo de potente instrumento de conformismo («comunidades de interés»). Y Huffington se ha unido a ellas, precisamente, con el tipo de discurso superficial contra el que una vez estuvo. Su última aventura empresarial, y otras como la suya, están contribuyendo poderosamente a la muerte de las instituciones mediáticas que hace mucho tiempo que despreciaron. Al fin, sus resentimientos están dando sus frutos.


Se requiere una particular especie de inteligencia para comprender cuándo nadar contra la corriente y cuándo subirse en la ola. En 1973, Stassinopoulos, entonces inmigrante griega licenciada en Cambridge y residente en Londres, decidió hábilmente escribir una réplica a una de las feministas más polémicas de la época, Germain Greer, y su bestseller The Female Eunuch. Aparecido siete años después de The Feminine Mystique, el libro de Greer fue lanzado en mitad de la «segunda ola» del apogeo feminista. Su discurso era multifacético, si bien poco sutil. Afirmaba que la mujer necesitaba enfrentarse a la cantidad de hombres a quienes no gustaban. El núcleo familiar estaba coartando a la mujer; estaban atrapadas en el odio hacia sí mismas. Greer quería que las mujeres abrazaran sus cuerpos y su sexualidad, llegando hasta sugerir que se bebieran su sangre menstrual.


En respuesta, The Female Woman [La mujer femenina] de Stassinopoulos calificaba el movimento de la mujer de «repulsivo», y llegaba a decir que «no es un movimiento que pida la igualdad de oportunidades, la igualdad salarial, la igualdad de condiciones para el papel de la mujer en la vida, en la práctica como en la ley; en vez de eso, ataca la propia naturaleza de la mujer y, bajo la apariencia de liberación, trata de esclavizarla.» Stassinopoulos propugnaba la «emancipación» de la mujer porque eso permitiría a las mujeres desempeñar funciones claramente femeninas, frente a la liberación de la mujer, que exigía «idénticos patrones de conducta».


The Female Woman es un libro extraño y poco apetecible. Stassinopoulos lanza un confuso ataque a Mill, escribe que las feministas y los nazis son ideológicamente parecidos porque ambos grupos desean la abolición de la familia (una afirmación estrambótica por muchas razones) y se permite incluso unas pocas digresiones homófobas. De las lesbianas escribe: «Su confusión interna se expresa a menudo con arrogancia y conspicuo exhibicionismo, en un intento de compensar la feminidad que se han negado y la masculinidad que no logran alzcanzar». Este fragmento es probablemente el mejor ejemplo en el libro de la hipocresía de Stassinopoulos en su condena del movimiento feminista por limitar los roles de la mujer: ella, también, tiene una idea bastante restringida de lo que constituye la feminidad. Otros pasajes parecen destinados sólo a enfurecer, a la manera de cierto tipo de periodismo sensacionalista británico: «La liberación de la mujer dice que la consecución de la plena liberación transformaría las vidas de todas las mujeres para mejor; lo cierto es que transformaría sólo las vidas de las mujeres con fuertes tendencias lesbianas».

La evolución de Huffington de la rimbombancia reaccionaria al pío progresismo no ha sido lineal. En los años posteriores al lanzamiento de The Female Woman, siguió escribiendo con frecuencia y polémica. Hubo una biografía chismosa de Maria Callas y una mezquina y totalmente filistea «vida» de Picasso. En 1986, se casó con el rico político republicano en ascenso Michael Huffington, que fue elegido por California para la Cámara de Representantes en 1992 y después derrotado en una carrera al Senado dos años más tarde. El notable esfuerzo de Huffington en este periodo fue una guía espiritual llamada The Fourth Instinct: The Call of the Soul [El Cuarto Instinto: La llamada del alma]. Como ella explicó, «el objeto de nuestro Cuarto Instinto es ir de la tiranía de nuestro mecanismo de lucha o de huida a la liberación de una espiritualidad práctica que transforma nuestra vida diaria». Algunos de los temas de The Fourth Instinct se construyen sobre ideas que ya había avanzado en After Reason, que afirmaban que el «espíritu del hombre» había sido rechazado rotundamente por la sociedad moderna. Este libro, como muchos de los suyos, es, bueno, una idiotez. El ansia de santidad no conduce nunca al pensamiento claro. The Fourth Instinct parece una mezcla de Deepak Chopra y Milton Friedman. «Muchos intelectuales modernos», escribe Huffington, como buena Reaganista, «son incapaces de concebir que la renovación social es el resultado de la acción humana, no del modelo de gobierno».


Huffington comenzó escribiendo columnas de derechas en diversas publicaciones. Apoyó fervientemente el Contrato con América y el ascenso de Newt Gingrich, al tiempo que predicaba compasión por los pobres. Se convirtió en un personaje del Washington de mediados de los noventa, usando su nuevo megáfono, y la mesa de su comedor, para hablar más alto sobre las mismas cuestiones que la habían ocupado durante años. Leer las columnas de Huffington de este periodo resulta desagradable, por su mezcla de espiritualismo, izquierdismo, dogmatismo de Nueva Derecha y, en lo que respecta a los oprimidos no llega a nada coherente. En 1995, escribió un artículo para The Weekly Standard dicendo que Gingrich debía disputar la presidencia a Bill Clinton porque el Portavoz era el único personaje público que se había preocupado de verdad por la pobreza y los conflictos en los barrios urbanos. «Precisamente porque Gingrich tiene razón en que la crisis moral que afronta el país, —millones de vidas y comunidades enteras destruidas por las drogas, el alcohol, las mafias y la violencia— tiene el imperativo moral de cubrir el vacío de liderazgo y abordar la creciente devastación». Otra columna decía que la Casa Blanca temía a Gingrich porque él podía «pintar vívidos cuadros de la crisis y de cómo parecerá la vida después de la revolución», mientras que otros republicanos no podían.


Es difícil saber cuándo tomarse en serio el trabajo de Huffington de esos años. Fue una voz crítica de los intentos de Great Society de tratar los problemas sociales, pero sus instintos antigubernamentales le impedían articular cualquier clase de anteproyecto tangible que abordara las condiciones del mundo real. Pudo haber sido sincera en sus inquietudes respecto a la pobreza, pero ¿quién, en sus cabales, habría creído que Gingrich era el caballero de blanco enviado a curar la indigencia urbana? Choca, de nuevo, la discordancia entre la mediocridad de su trabajo con la destreza con que ha consolidado su fama.

Según fue enfriándose la revolución de la derecha, el fervor de Huffington fue también menguando. Los Huffington se divorciaron en 1997, y al año siguiente Michael Huffington anunció que era bisexual. En 1998, Huffington publicó un libro llamado Greetings from the Lincoln Bedroom [Felicitaciones desde la habitación de Lincoln], una inane sátira anti Clinton —Huffington es terriblemente poco graciosa— que coincidía muy bien con el descontento general con Washington. Sus columnas también se volvieron creciente y astutamente no partidistas. Cuando Gingrich renunció a ser líder del partido en 1998, resultaba claro que Huffington estaba preparada para el siguiente movimiento. Después de que el Partido Republicano [GOP, en inglés: Grand Old Party] perdiera sus escaños en las elecciones parciales de 1998, Huffington concluyó que Gingrich y compañía habían fracasado porque habían abandonado su programa «de asumir lo que les ocurre a los americanos más pobres», en palabras de Gingrich; un análisis electoral que al menos tuvo la ventaja de ser original.


Así que de nuevo se convirtió en una enemiga del poder, en una tribuna del pueblo, en una celebridad del pueblo. En 2000 Huffington publicó How to Overthrow the Government [Cómo derrocar al Gobierno], que instaba a los americanos a alzarse y a recuperar Washington de los dos corruptos partidos políticos. Su última campaña estaba perfectamente programada para aprovechar la decepción que emanaba de la tristeza de la campaña presidencial de 2000. En un año en que Ralph Nader obtuvo casi el tres por ciento de los votos, y en el que los candidatos de los dos partidos principales no daban ni frío ni calor, Huffington celebró convenciones políticas «fantasma» y se las arregló para jugar a la anomia general. Su crítica de la etapa Clinton evolucionó de las cuestiones sobre los errores personales del presidente a una crítica de su política desde la izquierda. Y continuó demostrando un raro don para articular el estado de ánimo predominante sin haber dicho jamás nada especialmente sagaz o memorable. En 2003 apareció Pigs at the Trough [Cerdos en el comedero], una jeremiada ligeramente mejor escrita contra la corrupción política que fue publicitada por John McCain, el entonces «díscolo» reinante en Washington. Ese mismo año Huffington se presentó por el Partido Populista a unas nuevas elecciones a gobernador de California, y sólo logró un aparente ridículo. Las elecciones las ganó finalmente una celebridad mucho más famosa que ella.


En 2004, la invasión de Irak empezaba a dejar de parecer un brillante éxito, y el descontento de la izquierda con la administración Bush estaba alcanzando su cenit. Entretanto, el aumento de los llamados «netroots» [activismo político en blogs, redes sociales, etc.], junto a la profunda preocupación ante la posibilidad de un segundo mandato de Bush, había destruido casi todo el impulso de los movimientos políticos insurgentes. La única amenaza para el statu quo podía venir de John Kerry y de un Partido Demócrata cuyo principal argumento es que ellos estaban mejor en Washington que Bush. Este fue el año que vio la publicación de Fanatics and Fools [Fanáticos y tontos], el «plan de juego para recuperar América» de Huffington, que informaba de su reconciliación con el Partido Demócrata. Muchos de los problemas del libro —en particular sus exageradas críticas a Schwarzenegger— se debían a su vieja costumbre de llevar cualquier argumento demagógico un paso más allá, de querer hacerse notar demasiado. Había algo casi cómico en la insistencia de que esta repentina liberal fuera considerada como una especie de

líder de la izquierda americana —que su última encarnación fuera tratada como su historia completa.


Right is Wrong, el último libro de Huffington, es un útil documento de su versión actual, en el que la política progresista le parece tan natural que uno casi olvida que ella ha estado viajando todo el tiempo. El resultado es un libro menos real y más tedioso. «Sí, el Partido Republicano ha tenido siempre sus vaqueros de extrema derecha [far-right por far west, en el original], sus Jesse Helms y Spiro Agnews.», dice Huffington casi al principio del libro, explicando su transformación. «Sin embargo, se apartaron del núcleo más sobrio del partido. Pero estos días... se ha vuelto imposible decir dónde acaban estos núcleos y dónde empiezan los fanáticos marginales».

Se tiene que reescribir una cantidad nada despreciable de historia para definir al Vicepresidente del Partido Republicano de la segunda posguerra y a uno de sus senadores más poderosos —uno hombre que hizo al país un daño incalculable en el ámbito de las relaciones internacionales, en una época en la que Huffington era miembro activo del GOP— como «apartados» de ningún sitio excepto del respeto a la ley y el sentido común, respectivamente. Hay algo de verdad en su relato de la evolución del partido, aunque, en un intento de hacer que el libro parezca oportuno, situar esa evolución en la voluntad de los republicanos de votar en primarias a su bestia negra, John McCain, resulta extraño. También se ocupa de su antiguo afecto por Gingrich diciendo que, aunque él «tenía muy buenas palabras, nunca le puso corazón». Esto es extraño, porque si hay algo que puede decirse del desenfreno intelectual y político de Gingrich, es que le puso corazón.


Right is Wrong es uno de esos libros completamente irritantes aun cuando son correctos. Como toda esa gente que ha descubierto su propia importancia, Huffington se afloja. Tómese esta muestra: «En esta época de personajes liliputienses está claro que para poner fin al secuestro de América por parte de la Derecha todos nosotros tenemos que recoger el guante y alzarnos por la verdad, no importa cuántos en los pasillos del poder o en la cúpula de las cadenas alimenticias mediáticas prefieran mantener el estatu quo. El liderazgo es un asunto arriesgado que requiere sabiduría, valentía y fortaleza —como dijo mi compatriota Sócrates, el valor es el conocimiento de lo que no será temido». ¡Su compatriota Sócrates! Quizá debiera haberle llevado a cenar con algunas otras personas sumamente interesantes.


Huffington es una de esas escritoras que confunde la crítica de la prensa con la totalidad de la crítica social y política. Su condescendencia hacia la prensa es infinita: «Que alguien por favor avise a los medios: no todas las cosas encajan en tu querido paradigma derecha/izquierda. De hecho, la forma de mirar el mundo se vuelve cada vez menos importante —y cada vez más obsoleta. Y cada vez más peligrosa». Tras leer estas sentencias, comprobé la cubierta del libro para asegurarme de que estaba leyendo un libro llamado Right is Wrong. Me parece bastante binario. Para entender el lugar actual de Huffington en el universo mediático, es necesario recordar que el estímulo de gran parte de su trabajo ha sido siempre un rechazo visceral hacia la prensa tradicional.


En After Reason, la animadversión de Huffington hacia la prensa tomó la forma de la agotada queja conservadora de que nos estamos convirtiendo en un país de blandengues y lloricas. «En una época tan privada de grandeza como la nuestra, saturada de mediocridad, cinismo y compromiso, la inquietud que siempre ha producido la aparición de alguien grande, se convirtió en el caso de Solzhenitsyn en un torrente de censura manifiesta y desconfianza que sólo pudo explicarse por el miedo de los expertos a que cualquier fenómeno de orden superior pudiera degradarnos —o como mínimo reducirlos— y perturbar nuestro sagrado igualitarismo.» Cuando habla de «grandeza», atiza al «compromiso» y se burla del «sagrado igualitarismo», es difícil mejorarlo como parodia de la mentalidad conservadora de turno.

En How to Overthrow the Government  la rabia de Huffington hacia los medios se reduce a la crítica convencional —y no totalmente plausible— de que, por lo general, están obsesionados con la vida personal de los políticos. Los medios políticos se estaban convirtiendo en prensa del corazón: ¡imagine! «Nuestro debate político nacional», escribió Huffington, «amenaza con convertirse en una mera versión periférica del Show de Jerry Springer». En la etapa Bush su crítica central a la prensa fue a su presentación de las noticias en el formato «él dijo/ella dijo», como si cada cuestión tuviera dos lados igualmente válidos. Esto, de nuevo, era irónico, a la luz de su inmenso provecho de la polarización de aquellos años. Huffington no es exactamente un modelo de complejidad en debate político. 


Pero había otro problema. Por ejemplo, el ataque de Huffington a Candy Crowley de la CNN en Right is Wrong. Casi a comienzos de 2007, Crowley dijo: «Lo que el senador Kennedy va a hacer es establecer la visión liberal de las cosas, es decir, que dirá, miren, nada de tropas adicionales (en Irak), nada de dinero para tropas adicionales, a menos que el Congreso lo apruebe». Según Huffington, esto es engañoso. Kennedy, dice, expresa la visión «liberal», pero es que esa es la visión predominante, porque dos tercios de los americanos quieren que acabe la guerra. Añade: «La opinión del pueblo americano era clara. Una encuesta de la CBS y The New York Times daba un 63% en contra de que continuara la guerra. Que los demócratas estaban en la carrera presidencial y que intentaban ganar votos también era obvio. Pero muchos, demasiados, medios de comunicación estaban todavía en tinieblas». 


Huffington, se ve, quiere que los medios reflejen el espíritu de la época. Tras la derrota republicana en el Congreso en 1994, Huffington lamentó la falta de voluntad de los medios para alinearse con la nueva mayoría, que por entonces era una mayoría conservadora. Ahora supone que la realidad en Irak es definida, al menos en parte, por el porcentaje de americanos que está contra la guerra. ¿Por qué los reporteros que cubren la guerra o la política deberían preocuparse lo más mínimo por los resultados de una encuesta de opinión? Huffington es aquí maravillosa (o astutamente) inconsciente de que este es exactamente el tipo de cobertura que deplora por haber desorientado a los americanos que en un principio apoyaron la guerra. (Está mucho más interesada en citar las encuestas públicas de opinión de 2007 que en recordar el ánimo del país cuando América se dispuso a invadir Irak). A Huffington, la reina de aprovechar el momento, que a nada teme tanto como al desierto, le indigna la falta de voluntad de la prensa para ir según sople el viento.


Esta misma servidumbre a la opinión pública se manifiesta por sí sola en su debate sobre la respuesta de la prensa al huracán Katrina. «La cobertura de los medios... demuestra el mismo trastorno de déficit de atención», señala. «Aunque los medios hicieron un buen trabajo captando la indignación pública del momento, y se movieron rápido, Katrina se convirtió en una noticia de última hora más adecuada para piezas de aniversario y cortes de vídeo». Uno podría estar plenamente de acuerdo con Huffington en este punto destacado sobre la evanescencia de la cobertura, tal y como uno puede estar bravamente contra el asesinato. Pero todo lo que Huffington sabe sobre el escándalo del Katrina lo sabe por los medios. Y, más importante, ¿es realmente trabajo de los medios, durante el peor desastre natural nacional en décadas, captar la indignación del público? La vieja distinción entre hechos y valores, entre empirismo y expresionismo en periodismo, desaparece en la eterna abanderada (es decir, posicionada) Huffington. ¿Todo el periodismo va a ser periodismo de opinión? Y en ese caso ¿qué hace una opinión más decisiva que otra? ¿Su popularidad?


Huffington chapucea incluso con la obligada aparición de William Kristol, que en baloncesto es el equivalente a fallar un enceste fácil. Huffington se encuentra con Kristol en un tren, donde le oye hablar por el móvil (sólo es seguro en un coche parado): «"'Retirada precipitada' funcionó, realmente", le oí decir, refiriéndose claramente al uso del término por parte del presidente en una rueda de prensa el 12 de julio. "¿Cuántas veces lo usó? ¿Tres? ¿Cuatro?"» Ella no tenía ni dea, por supuesto, de quién estaba al otro lado de la línea, pero esto no le impide especular alegremente. Ella decide que Kristol estaba discutiendo una estrategia política con el fallecido Tony Snow, por entonces el secretario de prensa de la Casa Blanca. Al fin y al cabo, Kristol y Snow fueron colegas en Fox News. Y este tipo de cotorreo «político», del que, naturalmente ella misma jamás es culpable, le parece censurable. ¿No saben los republicanos cómo ser patrióticos en tiempos de guerra? 

II

Nada representa mejor la hostilidad de Huffington hacia la prensa que su mayor esfuerzo hasta la fecha. The Huffington Post es un agregador de noticias tremendamente popular, que además es fuente de una serie de bloggers de izquierdas. Huffington lanza la página en 2005 junto a un antiguo ejecutivo de AOL llamado Ken Lerer, y cuatro años más tarde The Huffington Post recibe hasta nueve millones de entradas al mes. (Trabajé como editor en The Huffington Post en 2007 durante sólo un mes. Lo dejé por un malentendido sobre la naturaleza del cargo para el que había sido contratado. El poco trato que tuve con Huffington fue correcto). La página —que se divide en una serie de secciones, o «verticales»— rebosa vídeos, entradas de blog y noticias. El volumen vertical de la información se ejecuta de forma impresionante y es fácilmente navegable.

El año pasado, como gran beneficio al basurero de la historia, Huffington publicó un libro sobre blogging, llamado The Huffington Post's Complete Guide to Blogging. En su introducción traza algunas de las vías que su página cubre para los vacíos dejados por los principales medios. «Con frecuencia me preguntan», escribe, «si el auge de los Nuevos Medios son las campanas fúnebres de la Vieja Prensa. Mi respuesta es que la Vieja Prensa no está muerta; está críticamente enferma pero en realidad se salvará por la transfusión de la pasión e inmediatez que la revolución de los Nuevos Medios ha inspirado. Los blogs y los nuevos medios están transformando el modo como las noticias y la información se diseminan —sirviendo de alarma de despertador. La alarma de los medios tradicionales —después de años apretando el botón de repetición— ha sido finalmente atendida. Pero llevó un tiempo.»

Así que la vieja prensa está, en realidad, en deuda con ella. Sus cálidas palabras sobre la vieja prensa aquí sorprenden —salvo que, naturalmente, necesita que la vieja prensa perdure frustrada por el prodigio de los nuevos medios, al igual que el Nuevo Testamento necesita al Antiguo. Huffington prosigue en esta vena cordial con un debate al que asistió con Larry King y Sam Donaldson, que defendían a la «Vieja Prensa» después de que Huffington lanzara un ataque. «Mis colegas, justo a tiempo, saltan a la defensa de sus hermanos de los grandes medios, apuntando que muchas de las noticias que he citado han sido, de hecho, cubiertas por la televisión o los grandes diarios. Y en efecto lo han hecho. Algunas veces en paquetes de noventa segundos y a veces incluso en la portada del New York Times —en papel. Pero eso, hasta el auge de los bloggers, era así: Listo. Vámonos. El significado sin seguimiento, incluso otros detalles, ya saldrían. Durante demasiado tiempo, los reporteros de los grandes medios han estado siempre atados a la novedad, siempre yendo demasiado deprisa hacia el siguiente éxito o la siguiente primicia».

Me sorprendió su insinuación de que los bloggers no están atados a la novedad, que los medios digitales no van todos demasiado rápido al siguiente éxito o la siguiente primicia. Así que una tarde fui, con seriedad solemne, a The Huffington Post y cliqué en «Política». He aquí lo que encontré. El link principal era una mezcla en vídeo de varios personajes de derechas diciendo el nombre de Obama. Otro titular enlazaba a un vídeo de Keith Olbermann reprobando a Big O'Reilly. Un tercer vídeo enlazaba a la aparición de Condoleezza Rice en The Tonight Show. En la home del sitio, en rojo, estaba el titular «Conservadems», sobre los senadores centristas que intentaban recortar los propuestas de gasto de Obama. Si clicabas en el titular, te llevaba a una historia de The Huffington Post sobre estos senadores; daba el apunte perfectamente razonable de que ellos no especificaron qué recortar de los presupuestos (en otras palabras, que la queja era por motivos políticos). Bajo la foto había un link a un artículo del New York Times sobre los presupuestos. También había noticias de Yahoo y de AP. Había otro link a un editorial del New York Times de esa mañana, escrito por un antiguo ejecutivo de AIG que había recibido «primas». Un poco debajo había un vídeo de Morning Joe con Joe Scarborough y Mika Brzezinski discutiendo sobre vibradores (no, en serio). A la izquierda de la pantalla había una serie de entradas de blog. La primera era de la propia Huffington; otra de Henry Blodget, una tercera de John Kerry, y más abajo otra del actor de televisión Steven Weber, que ofrecía el análisis de que «el gobierno es en sí una trama Ponzi y los ciudadanos que le dan el poder, sus mamones, que nacen todo el rato.» En la página de «Entretenimiento» había un vídeo de Jenny McCarthy explicando sus secretos de belleza que, explicaba el titular, incluía «Botox y buen sexo». Sobre este link había una foto de Natascha Richardson y, si clicabas en la foto, aparecías en un artículo de People Magazine acerca de sus órganos donados. En la sección «Medios», la historia del vibrador tenía aún más protagonismo: «Vibrator-Gate Round 4», anunciaba atentamente el titular. También había links a un vídeo de Rachel Maddow sobre Jimmy Fallon, en el que la presentadora de la MSNBC le decía al recién llegado a la programación de noche que «tenía que tomar bebidas más varoniles».

Me metí en estos detalles taxonómicos para dar sentido al mareo de la web, a sus cascadas destructoras de la concentración, a su adicción al entretenimiento —y también para dar un sentido a por qué es popular. Tiene algo para todo el mundo, lo que es por supuesto la más antigua de las aspiraciones de la prensa. Puede ser divertida y puede ser útil. El artículo de Ryan Grim sobre los presupuestos era un correctivo útil para el fetiche que se hace generalmente de los cargos electos que se consideran a sí mismos «centristas». Los artículos sobre la crisis económica, aun tomados de otras fuentes, eran accesibles y útiles. Hay que señalar, sin embargo, que uno de los trucos de The Huffington Post es linkar a noticias de los medios principales mediante un titular politizado. De esta forma, los lectores difícilmente pueden tener tener noticias incómodas, como si estuvieran hechas a su medida; y de esta forma, medios digitales como el Huffington Post pueden vivir de los grandes medios e incluso denunciarlos.

Pero, los nuevos medios ¿un aliado de la minuciosidad y la reflexión? Venga ya. Los nuevos medios no hacen nada si «no pasa». En 1978, Huffington advirtió que «nuestro mundo puede estar necesitado de una larga lista de suministros básicos, pero habrá sido hundido por los especialistas mucho antes de quedarse sin conocimiento especializado. Y en cuanto a la famosa explosión de la información, parece haber llevado en realidad a una atrofia de los nervios mentales». No puedo imaginar una descripción mejor de la experiencia de su propia web, con sus colores gruesos y su ajetreo cinético. El objetivo de The Huffington Post no es, ni mucho menos, mantener un foco sobre algo más que La Próxima Cosa. Huffington acusa a la prensa de estar demasiado distraída, de no querer profundizar, de dispersarse con demasiada facilidad en trampas y trivialidades —y de ser así, lo que ella está haciendo entonces está en el otro extremo de ser un posible remedio para estos males.

La verdad es que The Huffington Post no está sólo complementando a unos medios impresos largamente dominados por los periódicos. También está ayudando a destruir los periódicos. Los obstáculos de la prensa impresa han sido recientemente analizados a fondo con una serie de hipótesis, tanto en papel como en internet, y por buenas razones. Pero también hay que hacerse preguntas difíciles sobre los poderosos intrusos digitales. Respecto a la blogosfera y los agregadores de noticias que dominan el ciberespacio, dependen completamente —de forma totalmente parasitaria— de las mismas instituciones a las que están llevando a la quiebra. Como muestra mi somero resumen de los contenidos de una tarde en The Huffington Post, la web depende completamente de la información que Huffington se ha pasado atacando tres décadas. Encienda la web en su ordenador cualquier tarde, y verá cuántas de sus principales historias son del New York Times o del Washington Post. (Uno de las costumbres de la web consiste en tomar los primeros párrafos de otro artículo y usarlos en una página propia de The Huffington Post. En un caso extremo de hace un par de años, The Huffington Post publicó un artículo entero del Washington Post en su web. Invitaban a los lectores a clicar y a «leer el resto del artículo», aunque sólo se limitaba a reproducir toda la pieza). Por otra parte, durante la campaña presidencial del año pasado, cuando a veces la web daba noticias, era a menudo con el carácter que Huffington dice detestar. Su mayor scoop fue la revelación de que Obama se había referido a ciertos votantes blancos obreros como «amargados», que es justo el tipo de noticia cuya aparición en la portada del New York Times habría provocado fuego y azufre en Huffington.

Si la prensa en papel desaparece, ¿de qué demonios escribirán los medios digitales? ¿Qué pasa, ya que los periódicos siguen cerrando, cuando los nuevos medios ya no pueden confiar en la información que ha tenido a Huffington tanto tiempo en la picota? La esperanza es que surgirán otras fuentes de investigación y de periodismo en profundidad. (Y también fuentes de financiación: el buen periodismo, el periodismo de verdad, no es barato). El miedo, bien fundado, es a que la proliferación de los contenidos de opinión reemplace a la información pura aún más de lo que ya lo ha hecho. Recuerdo a un colega de The Huffington Post que decía que había estado «desconectado» una semana y que le deprimió haber echado más de menos el New York Times que The Huffington Post.

Habida cuenta de la antigua preocupación de Huffington acerca de que la ciudadanía acabaría «abandonado a los últimos gurús de los medios», su ubicua presencia en su web es bastante divertida. ¿Qué es ella, si no una gurú de los medios? Sus entradas en el blog tienen un papel predominante, como sus frecuentes apariciones televisivas. Es una auto-agregadora consumada. Ninguna revista en papel ni ningún periódico se permitiría tal culto a la personalidad. Pero el foco en la propia Huffington es congruente con la otra gran obsesión de la web, además de la política progresista: su adoración a los famosos.























notes



1 "Bleeding heart", amante de las causas perdidas.