The Puffington Host
Isaac Chotiner, The New Republic
I.
¿Cuándo leyó por última vez un libro, un artículo o un post que afirmaba que América, o la civilización moderna, u «Occidente» estaba en declive, o que Estados Unidos había «perdido» su inocencia, o que estaba «quedándose atrás» en sus niveles educativos, o que el reconocimiento al otro había desaparecido trágicamente de un Washington partidista y polarizado, en el que una vez hubiera representantes que venían a la capital sólo para dedicarse «a los asuntos del pueblo»? No hace demasiado, sospecho. Pero pueden leerse idénticos lamentos desde hace quince, treinta y hasta ochenta años. Los primeros profetas de la fatalidad ya canturreaban la misma melodía compungida. Quizá la fatalidad es sólo un tropo. Sin embargo, la ranciedad de los análisis de una generación a otra resulta inquietante. Eso adormece nuestro lenguaje, y nos impide ver cómo nuestras instituciones están cambiando, o incluso desapareciendo.
En 1978, en Inglaterra, Arianna Stassinopoulos publicó su segundo libro, llamado After Reason. [Después de la razón]. En él proclamaba que la modernidad nos había fallado. Que el mundo estaba saturado con anhelos espirituales que nuestra sociedad superficial y materialista no podía satisfacer. ¿Quién o qué era responsable de ese malestar? Echó parte de la culpa a unos medios codiciosos y desalmados. «Por primera vez en la historia», comenzaba portentosamente Stassinopoulos, «la opinión se ha vuelto un accesorio indispensable de la vida moderna y todos han abandonado a los últimos gurús de los medios». Tras citar aprobadoramente a Kierkegaard, continuaba:
El mundo se reduce a unos acontecimientos mundiales bidimensionales, planos y examinables; todos podemos disfrutar de la ilusión de que sabemos exactamente lo que ha pasado en las últimas veinticuatro horas y reflexionar de forma precisa sobre lo sucedido. Salvo que el significado y la importancia, que incluso el más reacio a pensar de nosotros necesita, siguen perdidos. Las noticias y las opiniones, los hechos perecederos, efímeros y sin valor, que son lo único con que se nos bombardea, tienen tanto de sustitutos para las verdades que hemos echado en falta como un número de teléfono para su abonado. Por lo tanto, no es que sepamos cada vez más sobre cada vez menos, sino que sabemos cada vez más sobre lo cada vez menos importante; y cuanto mayor es la precisión de lo que sabemos, más triviales son las preguntas que intentamos responder.
Arianna Stassinopoulos es ahora Arianna Huffington, y es más conocida como propietaria de The Huffington Post, y como la personificación del hiperactivo universo de noticias-y-opinión-al-nanosegundo de la web. Ahora su fama la acerca a sus inmodestas ambiciones. Y han cambiado más cosas que el nombre de Huffington desde que escribiera aquellas primeras palabras premonitorias. Ahora es una férrea liberal [izquierdista] —de algún modo no encaja como «corazón sangrante»1—, más que una conservadora políticamente incorrecta. Ella ha hecho, como les gusta decir a los americanos, una trayectoria. Sus tiempos históricos han sido siempre exquisitos. Si es en sí misma una especie de institución, es una institución excesivamente adaptable.
Ahora llega su duodécimo libro, titulado líricamente Right Is Wrong: How the Lunatic Fringe Hijacked America, Shredded the Constitution, and Made Us All Less Safe (And What You Need To Know To End The Madness) [La derecha se equivoca: cómo los lunáticos marginales secuestraron América, destruyeron la Constitución, y nos hicieron a todos menos seguros (Y lo que necesita saber para acabar con la locura)]. Es sólo el ejemplo más reciente de la incansable capacidad de Huffington para habitar diferentes lugares en el espectro político. A principios de los 70, se convirtió en estrella arremetiendo exacerbadamente contra los principios de la izquierda.
Una mujer joven, vestida con elegancia, que articulaba el retroceso del feminismo; una mujer que discute las ideologías reinantes y los dogmas de su tiempo —o al menos las ideologías reinantes y los dogmas de los estudiantes de institutos y universidades— se ajustaba de forma idónea al papel de oponente de derechas. Pero ésa pudo ser la última vez que fue contra el viento. Ahora, el «progresismo» reina de forma suprema en el ciberespacio y las periferias, e igual de ruidosa progresista es ella. Esta vez, nada de valiente heterodoxia. Ahora ella es una «participante». Un vistazo a la carrera de Huffington revela a alguien asombrosamente —no, astutamente— experto en reconocer y transitar por la actualidad política y social, una artista del zeitgeist, aunque no haya escrito nada que requiera tomarla en serio como pensadora.
El trabajo de Huffington no es intelectualmente coherente, pero hay dos constantes que fluyen en mucho de lo que ha escrito. La primera es su floja espiritualidad, que nunca va más allá de fatuidades y banalidades. («Nuestro propósito es hacer de la religión una experiencia viviente continua, que nos conduzca a una resurrección no de los muertos, sino de los vivos que permanecen muertos ante su propia verdad»). La segunda es su crítica frecuente y mordaz del Cuarto Poder. He aquí su anterior cita de Kierkegaard:
En el mundo de la opinión, los periódicos desmoralizan a los hombres, deshabituándoles a tener una opinión propia y a desarrollarse por sí mismos confrontándola a las opiniones de otros, y acostumbrándoles, por otra parte, a tener la garantía de que para cualquier opinión que puedan tener habrá un importante número de hombres que la compartan.
Desempacar todas las ironías es una tarea formidable. Los periódicos han cambiado de forma considerable en los dos últimos siglos. Actualmente se mantienen como una de las pocas barreras al universo mediático compuesto de casi nada excepto de arrebatos y opiniones. Internet, incluido el universo de Huffington, sirve demasiado a menudo de potente instrumento de conformismo («comunidades de interés»). Y Huffington se ha unido a ellas, precisamente, con el tipo de discurso superficial contra el que una vez estuvo. Su última aventura empresarial, y otras como la suya, están contribuyendo poderosamente a la muerte de las instituciones mediáticas que hace mucho tiempo que despreciaron. Al fin, sus resentimientos están dando sus frutos.
En respuesta, The Female Woman [La mujer femenina] de Stassinopoulos calificaba el movimento de la mujer de «repulsivo», y llegaba a decir que «no es un movimiento que pida la igualdad de oportunidades, la igualdad salarial, la igualdad de condiciones para el papel de la mujer en la vida, en la práctica como en la ley; en vez de eso, ataca la propia naturaleza de la mujer y, bajo la apariencia de liberación, trata de esclavizarla.» Stassinopoulos propugnaba la «emancipación» de la mujer porque eso permitiría a las mujeres desempeñar funciones claramente femeninas, frente a la liberación de la mujer, que exigía «idénticos patrones de conducta».
Huffington comenzó escribiendo columnas de derechas en diversas publicaciones. Apoyó fervientemente el Contrato con América y el ascenso de Newt Gingrich, al tiempo que predicaba compasión por los pobres. Se convirtió en un personaje del Washington de mediados de los noventa, usando su nuevo megáfono, y la mesa de su comedor, para hablar más alto sobre las mismas cuestiones que la habían ocupado durante años. Leer las columnas de Huffington de este periodo resulta desagradable, por su mezcla de espiritualismo, izquierdismo, dogmatismo de Nueva Derecha y, en lo que respecta a los oprimidos no llega a nada coherente. En 1995, escribió un artículo para The Weekly Standard dicendo que Gingrich debía disputar la presidencia a Bill Clinton porque el Portavoz era el único personaje público que se había preocupado de verdad por la pobreza y los conflictos en los barrios urbanos. «Precisamente porque Gingrich tiene razón en que la crisis moral que afronta el país, —millones de vidas y comunidades enteras destruidas por las drogas, el alcohol, las mafias y la violencia— tiene el imperativo moral de cubrir el vacío de liderazgo y abordar la creciente devastación». Otra columna decía que la Casa Blanca temía a Gingrich porque él podía «pintar vívidos cuadros de la crisis y de cómo parecerá la vida después de la revolución», mientras que otros republicanos no podían.
Así que de nuevo se convirtió en una enemiga del poder, en una tribuna del pueblo, en una celebridad del pueblo. En 2000 Huffington publicó How to Overthrow the Government [Cómo derrocar al Gobierno], que instaba a los americanos a alzarse y a recuperar Washington de los dos corruptos partidos políticos. Su última campaña estaba perfectamente programada para aprovechar la decepción que emanaba de la tristeza de la campaña presidencial de 2000. En un año en que Ralph Nader obtuvo casi el tres por ciento de los votos, y en el que los candidatos de los dos partidos principales no daban ni frío ni calor, Huffington celebró convenciones políticas «fantasma» y se las arregló para jugar a la anomia general. Su crítica de la etapa Clinton evolucionó de las cuestiones sobre los errores personales del presidente a una crítica de su política desde la izquierda. Y continuó demostrando un raro don para articular el estado de ánimo predominante sin haber dicho jamás nada especialmente sagaz o memorable. En 2003 apareció Pigs at the Trough [Cerdos en el comedero], una jeremiada ligeramente mejor escrita contra la corrupción política que fue publicitada por John McCain, el entonces «díscolo» reinante en Washington. Ese mismo año Huffington se presentó por el Partido Populista a unas nuevas elecciones a gobernador de California, y sólo logró un aparente ridículo. Las elecciones las ganó finalmente una celebridad mucho más famosa que ella.
En 2004, la invasión de Irak empezaba a dejar de parecer un brillante éxito, y el descontento de la izquierda con la administración Bush estaba alcanzando su cenit. Entretanto, el aumento de los llamados «netroots» [activismo político en blogs, redes sociales, etc.], junto a la profunda preocupación ante la posibilidad de un segundo mandato de Bush, había destruido casi todo el impulso de los movimientos políticos insurgentes. La única amenaza para el statu quo podía venir de John Kerry y de un Partido Demócrata cuyo principal argumento es que ellos estaban mejor en Washington que Bush. Este fue el año que vio la publicación de Fanatics and Fools [Fanáticos y tontos], el «plan de juego para recuperar América» de Huffington, que informaba de su reconciliación con el Partido Demócrata. Muchos de los problemas del libro —en particular sus exageradas críticas a Schwarzenegger— se debían a su vieja costumbre de llevar cualquier argumento demagógico un paso más allá, de querer hacerse notar demasiado. Había algo casi cómico en la insistencia de que esta repentina liberal fuera considerada como una especie de
líder de la izquierda americana —que su última encarnación fuera tratada como su historia completa.
Right is Wrong, el último libro de Huffington, es un útil documento de su versión actual, en el que la política progresista le parece tan natural que uno casi olvida que ella ha estado viajando todo el tiempo. El resultado es un libro menos real y más tedioso. «Sí, el Partido Republicano ha tenido siempre sus vaqueros de extrema derecha [far-right por far west, en el original], sus Jesse Helms y Spiro Agnews.», dice Huffington casi al principio del libro, explicando su transformación. «Sin embargo, se apartaron del núcleo más sobrio del partido. Pero estos días... se ha vuelto imposible decir dónde acaban estos núcleos y dónde empiezan los fanáticos marginales».
Se tiene que reescribir una cantidad nada despreciable de historia para definir al Vicepresidente del Partido Republicano de la segunda posguerra y a uno de sus senadores más poderosos —uno hombre que hizo al país un daño incalculable en el ámbito de las relaciones internacionales, en una época en la que Huffington era miembro activo del GOP— como «apartados» de ningún sitio excepto del respeto a la ley y el sentido común, respectivamente. Hay algo de verdad en su relato de la evolución del partido, aunque, en un intento de hacer que el libro parezca oportuno, situar esa evolución en la voluntad de los republicanos de votar en primarias a su bestia negra, John McCain, resulta extraño. También se ocupa de su antiguo afecto por Gingrich diciendo que, aunque él «tenía muy buenas palabras, nunca le puso corazón». Esto es extraño, porque si hay algo que puede decirse del desenfreno intelectual y político de Gingrich, es que le puso corazón.
Right is Wrong es uno de esos libros completamente irritantes aun cuando son correctos. Como toda esa gente que ha descubierto su propia importancia, Huffington se afloja. Tómese esta muestra: «En esta época de personajes liliputienses está claro que para poner fin al secuestro de América por parte de la Derecha todos nosotros tenemos que recoger el guante y alzarnos por la verdad, no importa cuántos en los pasillos del poder o en la cúpula de las cadenas alimenticias mediáticas prefieran mantener el estatu quo. El liderazgo es un asunto arriesgado que requiere sabiduría, valentía y fortaleza —como dijo mi compatriota Sócrates, el valor es el conocimiento de lo que no será temido». ¡Su compatriota Sócrates! Quizá debiera haberle llevado a cenar con algunas otras personas sumamente interesantes.
Huffington es una de esas escritoras que confunde la crítica de la prensa con la totalidad de la crítica social y política. Su condescendencia hacia la prensa es infinita: «Que alguien por favor avise a los medios: no todas las cosas encajan en tu querido paradigma derecha/izquierda. De hecho, la forma de mirar el mundo se vuelve cada vez menos importante —y cada vez más obsoleta. Y cada vez más peligrosa». Tras leer estas sentencias, comprobé la cubierta del libro para asegurarme de que estaba leyendo un libro llamado Right is Wrong. Me parece bastante binario. Para entender el lugar actual de Huffington en el universo mediático, es necesario recordar que el estímulo de gran parte de su trabajo ha sido siempre un rechazo visceral hacia la prensa tradicional.
En How to Overthrow the Government la rabia de Huffington hacia los medios se reduce a la crítica convencional —y no totalmente plausible— de que, por lo general, están obsesionados con la vida personal de los políticos. Los medios políticos se estaban convirtiendo en prensa del corazón: ¡imagine! «Nuestro debate político nacional», escribió Huffington, «amenaza con convertirse en una mera versión periférica del Show de Jerry Springer». En la etapa Bush su crítica central a la prensa fue a su presentación de las noticias en el formato «él dijo/ella dijo», como si cada cuestión tuviera dos lados igualmente válidos. Esto, de nuevo, era irónico, a la luz de su inmenso provecho de la polarización de aquellos años. Huffington no es exactamente un modelo de complejidad en debate político.
Pero había otro problema. Por ejemplo, el ataque de Huffington a Candy Crowley de la CNN en Right is Wrong. Casi a comienzos de 2007, Crowley dijo: «Lo que el senador Kennedy va a hacer es establecer la visión liberal de las cosas, es decir, que dirá, miren, nada de tropas adicionales (en Irak), nada de dinero para tropas adicionales, a menos que el Congreso lo apruebe». Según Huffington, esto es engañoso. Kennedy, dice, expresa la visión «liberal», pero es que esa es la visión predominante, porque dos tercios de los americanos quieren que acabe la guerra. Añade: «La opinión del pueblo americano era clara. Una encuesta de la CBS y The New York Times daba un 63% en contra de que continuara la guerra. Que los demócratas estaban en la carrera presidencial y que intentaban ganar votos también era obvio. Pero muchos, demasiados, medios de comunicación estaban todavía en tinieblas».
Huffington, se ve, quiere que los medios reflejen el espíritu de la época. Tras la derrota republicana en el Congreso en 1994, Huffington lamentó la falta de voluntad de los medios para alinearse con la nueva mayoría, que por entonces era una mayoría conservadora. Ahora supone que la realidad en Irak es definida, al menos en parte, por el porcentaje de americanos que está contra la guerra. ¿Por qué los reporteros que cubren la guerra o la política deberían preocuparse lo más mínimo por los resultados de una encuesta de opinión? Huffington es aquí maravillosa (o astutamente) inconsciente de que este es exactamente el tipo de cobertura que deplora por haber desorientado a los americanos que en un principio apoyaron la guerra. (Está mucho más interesada en citar las encuestas públicas de opinión de 2007 que en recordar el ánimo del país cuando América se dispuso a invadir Irak). A Huffington, la reina de aprovechar el momento, que a nada teme tanto como al desierto, le indigna la falta de voluntad de la prensa para ir según sople el viento.
Esta misma servidumbre a la opinión pública se manifiesta por sí sola en su debate sobre la respuesta de la prensa al huracán Katrina. «La cobertura de los medios... demuestra el mismo trastorno de déficit de atención», señala. «Aunque los medios hicieron un buen trabajo captando la indignación pública del momento, y se movieron rápido, Katrina se convirtió en una noticia de última hora más adecuada para piezas de aniversario y cortes de vídeo». Uno podría estar plenamente de acuerdo con Huffington en este punto destacado sobre la evanescencia de la cobertura, tal y como uno puede estar bravamente contra el asesinato. Pero todo lo que Huffington sabe sobre el escándalo del Katrina lo sabe por los medios. Y, más importante, ¿es realmente trabajo de los medios, durante el peor desastre natural nacional en décadas, captar la indignación del público? La vieja distinción entre hechos y valores, entre empirismo y expresionismo en periodismo, desaparece en la eterna abanderada (es decir, posicionada) Huffington. ¿Todo el periodismo va a ser periodismo de opinión? Y en ese caso ¿qué hace una opinión más decisiva que otra? ¿Su popularidad?