PERDIDOS EN LA MONTAÑA IV

 

              La noche le envolvió en niebla y silencio al abandonar las ruinas de la iglesia. Nervioso, trepó los escalones de acceso a la torre. El acelerado latido de su corazón era el único sonido perceptible. Eso, y los ecos moribundos del grito de Julián, perceptibles todavía en su cerebro. El frío acariciaba su piel erizada por el pánico. Una oscuridad impenetrable esperaba más allá de la orgullosa puerta de la fortaleza. Pero su hermano le necesitaba. Aspiró con todas sus fuerzas, recogió del suelo una gruesa rama, una especie de arma inservible, y se sumergió en las tinieblas tanteando torpemente contra las paredes.

 

              Patricia despertó de golpe. Frente a sus labios entreabiertos, el aliento dibujó una nube que se deshizo en lentos jirones. Los restos de la fogata apenas permitían definir los contornos, piedras dispersas sobre las tumbas, sombras indefinibles que iban y venían opacadas por el humo de unas llamas perezosas. Julián y Andoni habían desaparecido. Tragó saliva y se incorporó dubitativa. Restos de una reciente pesadilla se avivaron en sus recuerdos. Imágenes difusas de sonrisas descarnadas, de negras simas bajo las que se reunían los muertos, se mezclaban en su mente aturdida con músicas desconocidas, golpes huecos de ultratumba y un brillo insano, el brillo de unos ojos dementes, ojos que la estudiaban con odio y deseo, ojos enrojecidos de rabia, de emociones incontenibles.

 

              Los ojos de Andoni, pegados, muy pegados a su rostro.

 

              Y comprendió que aquella última visión, la más aterradora de sus ensoñaciones, no era una pesadilla. No. No lo había soñado. Lo había visto. Adormilada, luchando por despertar, por huir de las alucinaciones que inundaban su cerebro dormido, llegó a separar imperceptiblemente los parpados, llego a desvelarse por escasos segundos.

 

              Y vio la mirada enajenada de su amigo perforando su descanso.

 

              “Tú serás mi esposa”

 

              La frase, intuida en el estrecho filo que separa consciencia de irrealidad, se abrió camino poco a poco, regresó a ella barnizada de angustia, de incertidumbre. Y, con ella, despacio también, regresó lo que, finalmente, consiguió arrancarla de sus sueños: un grito agónico, un alarido de terror nacido más allá de la iglesia abandonada.

 

              El grito de su novio.

 

              Cojeando, arrastrando como podía su tobillo lastimado, Patricia corrió hacia la torre.

             

 

              Hay murmullos que parecen nacer de entre las piedras. Hay susurros siseados por gargantas sin cuerdas vocales. El viento se enreda en las vigas podridas del tejado, silba canciones imposibles. Por los ventanales, la niebla asoma su rostro sin gesto. Murciélagos furtivos aletean bajo las escasas tejas que resisten el paso de los años.  Bajo sus pies, las losas crujen incómodas. El caserón le estudia con fingida indiferencia, simple mortal que perturba con su aliento una calma de siglos. Las tinieblas, cerradas a cal y canto, apenas si se abren con  la luz del mechero.

 

              Andoni avanza tembloroso. El palo que sujeta con todas sus fuerzas no le brinda ninguna seguridad, ninguna confianza. La llama azulada del encendedor, serpenteando tímida sobre las sombras, es la única luz visible. Los fuegos sepulcrales intuidos desde la iglesia parecen ahora producto de su imaginación. Pero sabe que hay algo. Algo imperceptible. Algo oculto y acechante. Algo malo. El invierno, firmemente asentado en la montaña, cubre de escarcha los prados, pero Andoni está sudando. En su vida ha sudado tanto.

 

              Patricia tardó en llegar a las escaleras. Las punzadas de su tobillo eran un martirio a cada paso, pero la certeza de un drama anunciado la obligaba a seguir avanzando hasta la torre. En el interior, lejos de la entrada, se vislumbra un débil haz luminoso. Respira hondo. Adentrarse en plena noche en una casa en ruinas, llena de trampas insospechadas, piedras sueltas, suelos carcomidos o agujeros invisibles, es poco menos que una locura. Pero el temor persiste. Un temor que, para ella, nada tiene de sobrenatural.

 

              Restos de muros a medio derruir, rocas esparcidas por el suelo, llenan la planta de la estancia. Casi a ciegas, Andoni se abre camino entre trozos informes de la vieja torre, palpando las paredes, tropezando con obstáculos ocultos a su diminuta luminaria. No para de temblar, pero no cesa de buscar. Las manchas grises de niebla y noche resbalan a su espalda, como si quisieran cerrar una improbable retirada. Suspira, y el eco de su propio suspiro le sobresalta ampliado en el silencio. En una esquina, tras los despojos podridos de lo que pudo ser una barandilla, la oscuridad se hace más densa, más sólida. Allí, un agujero se abre a las entrañas de la vivienda.

 

              La entrada a un sótano.

 

              O, quizá, a una mazmorra.

 

              Contiene la respiración. Nada se escucha. Nada al margen del latir acelerado de su corazón, del golpear de sangre en la propia sien. Afuera, Patricia duda si traspasar o no el umbral. Dentro, Andoni se encomienda a su mechero, refrena un nuevo suspiro desolado, y se sumerge escaleras abajo.

 

              El ruido de sus botas se multiplica cuando los escalones inician un descenso pronunciado. La luz dibuja senderos azulados sobre la roca porque, ahora lo ve perfectamente, las paredes ya no son de piedra. Se encuentra en un estrecho pasadizo, un túnel excavado a pico en roca viva, un agujero que penetra más y más en las entrañas del enorme farallón donde la torre asienta sus cimientos.

 

              “Y la casa... la casa se construyó para ocultarlo” piensa de manera inesperada, súbita certidumbre que le alcanza como un rayo. Es un absurdo, se corrige al instante. Pero la sensación perdura. Está en el centro, en el origen mismo de aquel villorrio abandonado entre cerros y baldíos. De aquel villorrio muerto. Y con la sensación, con la certidumbre, regresa la frase, la sentencia esculpida siglos atrás en la pequeña iglesia que, de repente, se le antoja tan lejana.: “Erripeco Bisi Dirauen Deabru… “. “Demonios que habitan bajo este pueblo

             

              Abajo, en algún lugar invisible del vacío, comenzaron los pasos.

 

              Abrió la boca para gritar. Gritó, de hecho, pero de su garganta no salió sonido alguno. Sus cuerdas vocales, sus pulmones, el aire recién aspirado se congelaron de pánico en un segundo. Sintió el escaso vello de su cuerpo erizarse hasta doler, sintió el acelerado castañeo de los dientes repicar en su cerebro. Aferrado a su improvisado garrote, giró sobre los talones y comenzó una torpe huída escaleras arriba.

 

              Los pasos le perseguían.

 

              Alguien, algo, volaba en pos de su fuga, jadeaba cerca, muy cerca de su nuca, gruñía sonidos ininteligibles. Eran muchos. Eran muchos pasos, muchos pies que rechinaban contra el suelo, pies que emitían un sonido extraño, impropio, un sonido hueco de madera. O, parecía, el retumbar de hueso al chocar contra la piedra.

 

              Atraída por los alaridos de terror surgidos del vientre de la torre, Patricia oteó alocada en la oscuridad. En una esquina, allí donde las tinieblas eran densas como la brea, vislumbró el minúsculo fulgor de una llamita. Tropezando torpemente, aguantando con heroico estoicismo el dolor de su tobillo, la muchacha corrió hacia allí.

 

              Le alcanzaba. Aquello le daba caza, se abalanzaba sobre él antes de llegar a los últimos escalones. Sentía en su cuello el aliento animal del perseguidor, sentía que su sombra le empequeñecía hasta casi devorarlo. De frente, la noche se aclaraba ligeramente, se hacía gris de niebla, de luna encogida entre las nubes. Allí, el pasadizo afloraba a la superficie. Y justo en el momento de llegar, cuando ya pisaba el suelo de la torre, algo rozó su espalda. Gritó, gritó superado el umbral de la locura, gritó poseído por la histeria cuando aquello le golpeó de nuevo hasta derribarle y caer sobre su cuerpo. Un olor viscoso le envolvió, hedor a miedo y sudores. A muerte. Aullando de pánico, sacó fuerzas del terror, de las ansias de vivir, para revolverse y, a la luz del último destello del mechero, descargar toda su rabia, todo su miedo, en la estaca que estrelló contra la cabeza de su perseguidor.

 

              Patricia consiguió, por fin, imponer su voz a los gritos de un Andoni preso de la locura. Durante demasiados segundos, mientras imploraba al muchacho que parara, que la escuchara y se tranquilizase, los golpes retumbaron contra las paredes, golpes acuosos, chasquidos de macabra humedad que perforaban sus tímpanos incrédulos. Gateando, palpando a ciegas entre las piedras dispersas, encontró el encendedor. Las lágrimas anegaban sus ojos cuando se atrevió a iluminar una escena temida, una escena de pesadilla convertida en realidad. Jadeante, la mirada extraviada, las manos cerradas sobre un garrote empapado en sangre, Andoni parecía concentrado en el infinito. A sus pies, inerte en un charco denso y oscuro, el cráneo destrozado, Julián yacía exánime, un rictus de terror grabado en el rostro desfigurado por su hermano.

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