PERDIDOS EN LA MONTAÑA
Tercera Parte
La niebla se espesaba contra las paredes carcomidas de la casa torre, sobre las ruinas ennegrecidas por el tiempo. Una brisa suave, casi imperceptible, rozaba con dedos de hielo su rostro aterido de terror. Y el canto crecía, ascendía desde el infierno para morir en brazos de la noche. Se enredaba en los troncos retorcidos de los árboles, se filtraba por los huecos de la piedra y rebotaba lúgubre en el techo derruido. Hasta que, bruscamente, cesó.
Andoni contuvo el aliento. Afuera, el silencio regresaba a la negrura de los campos. Parecía que árboles, piedras y collados hubieran dejado de respirar. Pero tenía que estar equivocado. Aquella música inexplicable no podía existir. Perdidos en un lugar desconocido, invisible incluso para los mapas, era imposible escuchar un coro de tintes gregorianos. Lejanas leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, releídas por pura obligación en clase de literatura, regresaron a su memoria arrastrando escalofríos a su paso. Monjes que retornaban del averno, cuencas de fuego y bocas descarnadas que olvidaron su propia muerte, cirios de falanges desgajadas afloraron a una imaginación más despierta que la parte racional de su cerebro. Pero era inadmisible. “Cuentos para niños” se obligó a pensar antes de volver a donde dormían sus compañeros. Pero entonces vio la luz.
El pánico le atenazó con la fuerza de un millón de hombres. De un millón de espectros. Paralizado, incapaz incluso de respirar, sólo pudo seguir con atención enloquecida el débil resplandor que una llama insegura dibujaba en las paredes interiores de la torre. Destellos fugaces surgían y se empequeñecían difuminados tras el velo de la niebla, se arrastraban en fulgores enfermizos y ascendían por el marco desdentado de la puerta, sólo para desaparecer en algún rincón ignorado de las ruinas. Antorchas de ultratumba señalando con su brillo moribundo lo que podría ser la misma boca del infierno.
Entonces, una mano se cerró sobre su hombro.
No gritó, porque no pudo. Se le cortó la respiración, sintió paralizarse cada músculo del cuerpo y hasta los latidos de su corazón cesaron en su rutina cotidiana. Por unos segundos, suspendido en un abismo de locura, creyó que aquella garra le arrastraría a las inventadas catacumbas de los “demonios que viven bajo este pueblo”.
Hasta que la conocida voz de Julián, el timbre siempre sereno de su hermano mayor, le devolvió al mundo de los cuerdos. Al mundo de los vivos.
-“¿Qué pasa, Andoni?”-
Bastaron esas palabras para que la sangre volviera a circular, para que a sus extremidades ateridas por el pánico regresara una pequeña parte del calor perdido. Era Julián. Era su mano. Y era su mirada la que, atónita, seguía el errabundo deambular de aquellos fuegos sobre cuyo origen prefería no interrogarse.
-“¿Qué es eso?”-
-“Ni idea ¿A ti qué te parece?”-
No respondió. Sin palabras, se alejó de la aparente protección de la iglesia, lugar sagrado donde, cuentan antiguas leyendas, el demonio, y tal vez los portadores de aquellas teas, no podía penetrar, y comenzó a caminar en dirección a la casa torre.
-“¡Julián! ¿Estás loco? ¡Vuelve acá!”-
Julián no hizo caso. Despacio, midiendo cada movimiento, avanzó sobre la calzada tendida entre los únicos edificios reconocibles del pueblito, pendiente del extraño resplandor. Sus pies se hundían en la espesa hierba. La niebla formaba cercos esponjosos frente a su mirada. Pero la luz seguía ahí, planteando interrogantes que Julián buscaba responder. Al pie de la torre, resquebrajados de heladas y siglos de abandono, unos pocos escalones trepaban hasta el arco de la entrada, una media luna inversa en cuyo vértice destacaba, deformado por la edad, un extraño escudo de armas con la leyenda “De Llano familiae. Armañon ac Merueche dominus” labrado en la base. Aspiró con fuerza, llenó los pulmones de un aire helado y ligeramente húmedo para, siguiendo la estela de las invisibles candelas, trasponer el umbral.
Andoni le vio perderse entre las sombras de la mansión, silueta borrosa tragada por las fauces góticas de aquel monstruo cuyas ventanas se iluminaban de un rojizo brillo de odio. “Es una casa, sólo es una casa” se obligó a recordar mientras contenía el castañeo de sus dientes. A su espalda, encogida junto a las brasas moribundas de la fogata, Patricia dormía profundamente, un mechón castaño de su cabello volcado sobre la frente. La dedicó un vistazo fugaz, temeroso de prendarse de su imagen, de la paz emanada por aquel cuerpo largos años deseado. Regresó a la temerosa vigilancia de la torre, intentó en vano atisbar algo de lo que sucedía, oculto tras el cobarde parapeto de la iglesia. Imposible. Allí acurrucado, recostado contra las enredaderas que tapizaban la inestable pared, no podía ver nada. No podía hacer nada. Salvo, por supuesto, atender a las voces que, repentinas, cobraban vida dentro de su mente.
“¡Vete!”
“¡Huye!”
“¡Ahora es el momento!” “¡Despiértala, toma la linterna y salid de este pueblo maldito, escapad antes que os suceda lo mismo que a Julián!”
“¡Quédate con Patricia!”
Cerró los ojos, apretó con rabia los párpados y se maldijo, furioso consigo mismo, furioso con esas ideas repentinas, tan impropias que no se reconocía en ellas. Quería a Patricia, sí. La quería más que a cualquier amiga, la quería hasta el punto de soñar con ella cada noche, imaginarla desnuda y entregada entre sus brazos inexpertos. Pero también quería a su hermano. Y no pensaba abandonarle en su inconsciencia.
“No puedes hacer nada”.
“Nada”
Era un susurro, el cuchicheo ronco de una voz que era la suya pero no lo era, que decía lo que querían sus anhelos pero no lo que dictaba la razón. No era su voz. Pero sí lo era.
“Julián no merece a esa mujer. Julián no sabe cuidarla, respetarla, hacerla feliz. Es un chulo, un prepotente”
“Julián va a morir. Va a morir, y nada ni nadie puede impedirlo. ¡Corre! ¡Corre montaña abajo! ¡Toma a la chica y escapa!”
La respiración de Patricia, profunda, acompasada, sonaba a su espalda como un eco de sosiego, de futuro y bienestar. De repente, comprendió que iba a hacerlo. De repente, casi sin ser consciente de sus movimientos, se encontró acuclillado junto a la mujer, acariciando con las yemas de sus dedos la melena derramada sobre las losas, sobre las tumbas del suelo. “Tú serás mi esposa” susurró inaudible, depositando en cada palabra una pasión que pretendía borrar la magnitud de su cercana traición. Nervioso, conteniendo el aliento, se inclinó para posar los labios sobre su cuello, para sellar con un beso el compromiso recién adquirido, cuando escuchó el grito, un aullido de pánico irracional, un alarido más allá del terror que traspasó los muros, se filtró entre las grietas de las ruinas y, a través de los resquicios de sus neuronas, explotó como una bomba en los rincones más lóbregos de su conciencia.
Olvidándolo todo, olvidando promesas, amor y frustraciones, Andoni se incorporó y corrió a toda la velocidad que le permitieron sus piernas temblorosas hacia la siniestra torre de la familia De Llano.
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