PERDIDOS EN LA MONTAÑA

Segunda Parte:

 

              El fuego crepitaba despacio. Un fuego azulado, oloroso a resina y a campo, anudado a unas ramas demasiado jóvenes. El humo ascendía hasta los restos de la bóveda, donde se mezclaba con la niebla asomada a los ventanales. Era tan débil que no llegaba a calentar, pero su sola presencia reconfortaba a los muchachos como un lejano eco de hogar.

 

              Llevaban más de una hora sentados en torno a las llamas. Atentos a las figuras salidas de la fogata, duendecillos inventados que fingían deshacerse en el instante mismo de nacer, guardaban silencio. Patricia acariciaba con suavidad el tobillo inflamado, aguantando el dolor sin queja alguna. De vez en cuando lanzaba miradas lastimeras al rostro serio de su novio, que no se molestaba en disimular su enfado. La culpaba de todo: del retraso, de estar perdidos en un pueblo abandonado, desconocido incluso para los mapas. “¡Siempre tienes que meter la pata!” mascullaba sin hablar. Andoni, por su parte, evitaba en su memoria la extraña amenaza esculpida siglos atrás en el dintel (“los demonios que habitan bajo este pueblo”) espiando furtivamente a la muchacha.

 

              Patricia y Julián llevaban dos años saliendo. Él les presentó. Patricia era su amiga desde siempre, desde que, embutidos en las horribles batas rosas y azules de la infancia, coincidieron en el pupitre. El paso del tiempo les fue uniendo poco a poco, un cariño fraterno que, a los dieciséis años, Andoni reconoc como deseo, como amor. Pero llegó Julián. Andoni, orgulloso de su hermano, atractivo adonis de instituto, cometió la torpeza de juntarles. Torpeza de la que ahora, unido y separado de la pareja que quería y odiaba con todas sus fuerzas, se arrepentía como nunca.

 

              Hacía frío. Las piedras de las paredes rezumaban gotitas cambiantes como la fogata. Largos dedos blanquecinos se abrían camino entre los muros, bocas desdentadas exhalando un último aliento. Bajo sus cuerpos ateridos de humedad, lápidas largas y ennegrecidas protegían el eterno descanso de aquellos que, enterrados en la iglesia, se pudrían lentamente. Un escalofrío erizó su vello al recordarlo. Sepultar a los difuntos en el hogar del Señor es una práctica común, repetida a lo largo y ancho de la cristiandad. Allí, después de la muerte, repiten las diferencias sociales, las injusticias de la vida. Junto al altar reposan los poderosos. Más lejos, pequeños terratenientes y burgueses. El campesino, el jornalero, el mendigo, no tienen lugar entre las paredes sagradas. Era algo que sabía, algo estudiado tanto en clase de historia como de arte. Pero ser consciente de algo no basta para conjurar fantasmas. Pasar la noche perdidos en una iglesia abandonada, durmiendo sobre sepulcros de otros tiempos (“demonios que habitan bajo este pueblo”) mientras, afuera, los lobos se reúnen en inquietas manadas protegidas por las sombras, es suficiente para disparar una imaginación siempre dada a inventar brujas donde sólo habitan ancianas indefensas, o dragones junto a los establos de las vacas. Habrá que intentar descansar” pensó con un suspiro mientras, ovillándose como un animalillo, buscaba una postura lo menos incómoda posible.

 

              No llevaría más de dos horas de un sueño inquieto cuando despertó sobresaltado. Pudo ser por culpa de algún ruido. Quizá alguna teja al resbalar desde el tejado carcomido o, tal vez, el roce de una rama contra las paredes. Fuera como fuera, el corazón le latía demasiado rápido, y un cierto sabor agrio ascendía a su garganta. Pero, alrededor, todo era silencio. Julián y Patricia dormían el uno junto al otro, olvidados en el sueño reproches y malas caras. Los últimos rescoldos de la hoguera languidecían en destellos azulados que iluminaban la estancia con grises y negros. No se oía nada. Ninguna ráfaga sacudía los árboles ni el tejado, ningún animal rasgaba la noche con aullidos, ladridos o mugidos. Si algo le había despertado, ese algo ya no estaba.

 

              Se incorporó despacio, evitando alterar el descanso de sus compañeros. Tenía frío. Patricia reposaba encogida en el hueco del cuerpo de su hermano,  dando y recibiendo un calor que parecía evaporarse por segundos. Un ramalazo de envidia, de celos incontenibles, le traspasó de arriba abajo. “Yo no te trataría así” pensó una vez más, hipnotizado en la contemplación de su amiga de infancia. Algo se humedeció en sus ojos, algo salado amenazó desplomarse a lo largo de sus mejillas. “¡A la mierda!” rugió en el fondo de su cerebro. Contuvo la imprecación que volaba a sus labios y, a grandes zancadas, caminó hacia la puerta, buscando silenciar unos sentimientos cada día más difíciles de disimular.

 

              Fuera, la oscuridad se cerraba como un sudario sobre la montaña, sobre las ruinas dispersas del pueblecito, sobre su mente intranquila. Lejos de la engañosa claridad de la fogata, mal iluminados por el enfermizo resplandor de una luna escondida tras las nubes, apenas eran perceptibles cuatro siluetas imprecisas. Salpicados de niebla y negrura, el perfil de la montaña, ciertos arbolillos angustiados, y la recia casa torre dibujaban un paisaje de ausencias y vacíos. Un paisaje semejante al de sus sentimientos encontrados “¿Se puede amar a dos personas, y odiar con todas tus fuerzas a la pareja que componen?” se preguntó en un suspiro. Un eco inaudible le respondió con desgana, una afirmación de siglos, de lamentos repetidos.

 

              Tomó asiento en una piedra, junto a la entrada. Apoyado en la pared, cerrados los ojos, se concentró en disfrutar del silencio, en sentir la caricia gélida del aire invernal. En olvidar. A lo lejos, un arroyo repetía su eterna melodía de agua y piedra. A veces, el revoloteo de un inocente murciélago, o el crujir cansado de las viejas vigas rompía la calma espectral de la noche, sonidos extraños, pero relajantes, a sus oídos urbanos.

 

              Entonces escuchó la música.

 

              Abrió los ojos. Asustado, se incorporó y oteó a su alrededor, buscando sin saber el origen de aquello. No se veía nada. Contuvo el aliento, los jadeantes resuellos que comenzaban a apoderarse de su pecho, de sus sentidos, y escuchó con atención. Era música, sin duda. Débil, muy débil, ascendía y parecía morir trenzando una melodía irreconocible, cacofonías de tintes agudos dentro de una secuencia grave como la condena. Un coro, o algo semejante, entonaba un miserere diferente a los cantos gregorianos que recordaba haber escuchado. Un coro de gargantas desafinadas. Un coro imposible.

 

              Porque la música nacía bajo sus pies.

 

              (“demonios que habitan bajo este pueblo”)

 

              Sintió cómo se erizaba el vello de sus brazos. Sintió que el sudor escarchaba su frente lívida de terror. Sintió el doloroso castañeo de sus dientes. Y comprendió que era incapaz de moverse. El pánico más irracional se adueñó de sus nervios, de sus músculos, de su voluntad. Paralizado frente a la puerta podrida de una iglesia abandonada, rodeado de niebla y noche, siguió escuchando y, a su pesar, traduciendo las pocas palabras inteligibles de aquel salmo nacido en algún lugar prohibido del infierno.

 

              ... arerioen suntsipena... okela, odola, elikagai... Kixmi egunen bukatu... mairuen garaipena...

 

              ...(destrucción de los enemigos)... (carne, sangre, alimento)... (acabar los días de Kixmi)... (la victoria de los gentiles)...

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