El Libro del cavallero Zifar es una pieza básica del pensamiento molinista; es decir, define el pensamiento cortesano de doña María de Molina (esposa del rey Sancho IV) tal y como lo había construido junto a su marido, como había intentado extenderlo en el reinado de su hijo Fernando IV y como, durante la minoría de edad de su nieto, procuró mantenerlo. Esta ideología está resumida admirablemente al final del primero de los prólogos:
Y pero que la obra sea muy luenga y de trabajo, no debe desesperar de no poderlo acabar, por ningunos embargos que le acaezcan; porque aquel Dios verdadero y mantenedor de todas las cosas, el cual hombre de buen seso natural antepuso en la su obra, hale dar cima aquella que le conviene, así como aconteció a un caballero de las Indias donde anduvo predicando San Bartolomé apóstol, después de la muerte de Nuestro Salvador Jesucristo, el cual caballero hubo nombre Zifar de bautismo, y después hubo nombre el Caballero de Dios, porque se tuvo él siempre con Dios y Dios con él en todos los hechos, así como adelante oiréis, podréis ver y entenderéis por las sus obras.
Es decir, no debemos amilanarnos ante los problemas, sino anteponer a Dios sobre todas las cosas y actuar conforme al buen seso natural, como hizo el caballero Zifar.
Por lo tanto, la elaboración del Zifar se inicia en tiempo de Sancho IV y su estructura se enriquece a lo largo del siglo XIV. No olvidemos que en la Edad Media el concepto de autoría es muy diferente al actual y toda obra era susceptible de modificación, como se indica en su propio Prólogo:
Así, el Libro del Cavallero Zifar comienza como una adaptación de la vida de san Eustaquio, sobre la que se ensamblan diversos elementos.
La redacción que nos ha llegado se compone de dos prólogos (el original y el de la edición de Sevilla de 1512) y cuatro partes.
Por lo que respecta a la cuestión de la autoría, me
parece acertada la idea de Gómez Redondo de que son tan diferentes
los desarrollos narrativos y la dimensión de la aventura (Zifar es un
héroe muy cercano al de los romances de la materia de la Antigüedad,
mientras que Roboán es más bien artúrico: múltiples rasgos de coresía
en sus Fechos, su aventura fantástica es personal y no -como
sucede en la historia de Zifar- ocurrida a otro) que cuesta creer en un
solo autor para la concepción global del libro. No habría, por tanto, que hablar de autor en el caso del Zifar, sino de un contexto de producción, formado por un espacio cortesano, presidido por la figura de doña María, y por un ámbito clerical, que no es otro que el de la escuela catedralicia de Toledo (...) (1).
En cuanto a las fuentes, los estudiosos se dividen en tres grupos:
(...) que fue trasladada de caldeo en latín e de latín en romance (...)
Este afán de búsqueda de fuentes concretas ha hecho que se
descuide algo realmente importante: señalar la enorme cultura de sus
autores y el empeño decidido en fundir toda suerte de modelos
narrativos para crear uno propio. Todo cabe en el Zifar:
reflexión política, adoctrinamiento religioso, formación educativa y
filosófica, instrucción militar y jurídica, hagiografía, proverbios,
sentencias y, por supuesto, exempla, concebidos como urgentes análisis de la complejidad de las relaciones humanas.
En lo tocante al estilo, destacar la importancia que tiene la amplificatio, ya sea como disgressio (geográfica, jurídica, moral, etc.) ya como interpretatio; es decir, paralelismos o simetrías.
Y para concluir, una afirmación del profesor Gómez Redondo que
me parece fundamental para entender el verdadero calado de esta
obra:
El Zifar en su primer impulso de redacción y en sus sucesivas amplificaciones que ha ido sufriendo se compone fundamentalmente para inculcar en la caballería unos valores religiosos que, a su vez, la conviertan en el soporte esencial de la realidad cortesana y, en consecuencia, del poder regalista. (2)
NOTAS:
(1) GÓMEZ REDONDO, Fernando. Historia de la prosa medieval castellana, II. Madrid, Cátedra, 1999, p. 1458.
(2) GÓMEZ REDONDO, Fernando. Historia de la prosa medieval castellana, II. Madrid, Cátedra, 1999, p. 1438.
Fuentes:
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