LOS OJOS ABIERTOS DE JOSU IZTUETA
Josu Iztueta ha rastrillado el mundo durante un millón de kilómetros. En 1982 compró con su amigo Ángel un camión de mudanzas desvencijado, reclutó a veinte entusiastas y cruzó con ellos las arenas del Sáhara; las manos se le quedaron pegadas a ese volante durante veinte años más, en los que Ángel y él condujeron a 1.500 personas por Europa, África y las dos Américas. Entre viaje y viaje, se calzó los esquís y atravesó Groenlandia; pedaleó por Laponia y California; remó en piragua por el Nilo, el Báltico y el Mediterráneo; palpó la muerte en el cauce helado del río Yukon. Pero las aventuras son un celofán engañoso. Josu guarda motivos más íntimos para viajar, para arriesgarse y sufrir: su curiosidad inagotable por el mundo, la capacidad de admiración constante, la reacción instintiva de ponerse en el pellejo del otro. ¿Por qué viaja Josu? La respuesta es sencilla pero tan potente como para sostener toda una vida. Se adivina entre sus argumentos para organizar una expedición a los puntos más bajos de cada continente y no a las cumbres: “En los ochomiles no vive nadie; en las depresiones encontraremos mineros, nómadas, pescadores, pastores”. Ahí late su definición del viaje: viajar es acercarse a los demás.
Bajo el pelo revuelto de Josu Iztueta, espolvoreado por las primeras canas, se abren dos ojos verdes, engastados en un rostro curtido por vientos polares y fogueado por soles saharianos. Esos ojos le brillan cuando pisa otra latitud, cuando escucha o relata historias en las que late la vida. Cuenta, por ejemplo, que su padre Joxe Mari, un pastor de Berastegi (Gipuzkoa), tenía doce o trece años cuando subió al cercano monte San Lorenzo con un amigo, allá por 1930. Desde la cumbre, los dos chavales veían la costa del Cantábrico al norte y la sierra de Aralar al sur, los límites geográficos de su mundo. “¿Hacia dónde será más grande la Tierra?”, se preguntaron. Uno de ellos opinaba que hacia San Sebastián, porque después seguía el mar hasta más allá del horizonte. El otro sostenía que el mundo debía de ser más grande hacia Aralar, porque al otro lado de esa sierra se extendía Navarra, una llanura inmensa de donde llegaban el vino y el aceite.
La inquietud del pastor Joxe Mari sobre la extensión del planeta se transmitió en los genes para que su hijo resolviera el enigma: Josu salió al mundo con esos ojos que llevan 46 años abiertos, y en los que guarda memoria de Groenlandia y el Sáhara, Australia y Laponia, Alaska, el Caribe, Nepal o la Patagonia. En sus expediciones, ha navegado en piragua por costas y ríos, ha esquiado sobre hielos árticos, ha pedaleado y caminado por cordilleras, estepas, desiertos. Josu mira con ojos limpios y emprende cada viaje con la curiosidad renovada para buscar la respuesta que buscaba su padre: ¿hacia dónde es más grande el mundo?
Josu Iztueta nació en 1957 en Tolosa, un pueblo en el corazón de Gipuzkoa que reúne casi veinte mil habitantes. Creció en un ambiente más urbano, pero sus padres habían dejado sólo unos años antes sus caseríos de Berastegi y Larraul, y Josu aún mantenía un cordón umbilical fresco que lo unía con el mundo rural de sus antepasados. “Mi abuela Magdalena murió sin saber ni palabra de castellano. Entre sus once hijos, a mi padre le tocó trabajar de pastor y desde que cumplió doce años se iba al monte tres o cuatro meses al año para cuidar las ovejas”, cuenta Josu. Pero los límites del mundo se ensancharon de golpe incluso para la abuela: “Dos hermanos de mi abuela emigraron a Argentina en 1911 y otra hermana suya se casó con un noruego que vino a una fábrica de Tolosa. Una de sus hijas, mi tía Mariví, viajó a Londres y allí se casó con un negro caribeño de Trinidad y Tobago, llamado Hugo Ross. Mi abuela viajó hasta Vigo, donde el barco de su hija y su yerno hacían escala antes de cruzar el Atlántico. Allí conoció a Hugo, el primer negro que había visto en su vida”. Cuando le preguntaban en el pueblo cómo era su yerno negro, Magdalena respondía con asombro: “Pues es muy majo y muy limpio”.
Mariví y el yerno negro se instalaron en la isla de Antigua. Cuando Josu Iztueta era niño, desde el Caribe llegaron de visita sus primos Xabier, Iñigo y Amaia, tres mulatos con el pelo rizado. “Hasta entonces”, recuerda Josu, “yo pensaba que todos los niños hablaban euskera. O, como mucho, castellano. Pero aquellos tres primos hablaban inglés. Fueron la gran atracción del verano: cuando íbamos a las fiestas de algún pueblo pequeño, todos los críos se acercaban corriendo y gritando para tocarles la piel y los rizos. En aquella época, mucha gente no había visto nunca un negro”. Josu, aturdido por el descubrimiento, abrió un atlas escolar para buscar la isla de Antigua. La encontró al otro extremo del Atlántico y descubrió que el mundo era muy grande y estaba habitado por gente de muchos colores.
Josu empezó a abrir los ojos al mundo y aquel atlas supuso quizás el primer paso de un viaje que dura ya varias décadas. Pero ni siquiera en los parajes más exóticos olvida cuál es la tierra donde se alimentan sus raíces: “Recuerdo a mi madre y a mi tía lavando la ropa en el arroyo. Esas escenas de cuando yo tenía cinco o seis años las veo ahora en Bolivia o en Marruecos. Sé muy bien qué dura era esa vida, y esos orígenes me ayudan a comprender muchas cosas en los viajes. Me dan rabia, por ejemplo, los juicios simplistas de las personas que viajan a Marruecos y se escandalizan porque los bereberes del Atlas son pobres pero gastan el dinero en comprar antenas. Quieren visitar sociedades tradicionales, como expuestas en vitrinas, y luego se lamentan de encontrárselas adulteradas, con electrodomésticos o teléfonos. Pero la televisión y las antenas son inventos geniales y baratos, que a nosotros nos permitieron abrir las ventanas al mundo. A muchos viajeros les gustaría que los demás se mantuvieran auténticos, que los lapones no tuvieran internet, ni los bereberes teléfonos. Hablan mal de la civilización, pero habría que preguntarles si ellos estarían dispuestos a regresar al caserío de hace medio siglo, con esos inviernos sin calefacción tan auténticos”.
Josu estudió dos años de bachillerato en Córdoba, un exilio duro para una edad crítica -de los 14 a los 16-, y en los primeros años setenta regresó a una Tolosa que latía en aventuras. Tolosa había estrenado el siglo XX como una pequeña ciudad de prosperidad industrial, una sociedad emprendedora, idealista y deportiva que se permitió inaugurar el primer estadio de atletismo de España en 1923. Los ingenieros y técnicos escandinavos, que visitaban a menudo las fábricas del valle y a veces se instalaron para vivir allí, empezaron a practicar esquí de fondo en la sierra de Aralar y arrastraron a muchos jóvenes tolosarras. Proliferaron los clubes deportivos, las asociaciones de montañeros, los proyectos de viajes. Tolosa fue, y sigue siendo, el epicentro de muchas expediciones, un terreno abonado para cultivar una sorprendente densidad de montañeros y viajeros por metro cuadrado. Para muestra, una geocoincidencia: el 23 de mayo de 2001, Josu Iztueta pisó las orillas del mar Muerto (411 metros bajo el nivel de los océanos) con la expedición “Pangea, viaje al fondo de los continentes”; ese mismo día, su vecina Edurne Pasabán coronaba el Everest (8.850 metros) Ninguno conocía los planes del otro. Tolosa es la única ciudad del mundo capaz de colocar a un vecino en el punto más bajo de la Tierra y a otro en el punto más alto, a la vez y sin pretenderlo.
En los años setenta, por el pueblo pasaron figuras internacionales del montañismo para mostrar sus diapositivas: Louis Audoubert, Cesare Maestri, Gaston Rebuffat... nombres míticos que Josu desgrana y paladea con los ojos de par en par, como debió de abrirlos hace treinta años, en la oscuridad de la sala de proyecciones del cine Leidor de Tolosa.
Josu siguió los pasos de otros maestros más cercanos, una ristra de amigos que enumera cariñosamente como “las amistades peligrosas” de su juventud: Antxon Bandrés, Ramontxo Elosegi, Manueltxo Mokoroa, Lukas Mendikute, Mikel Arrastoa... Todos ellos, una decena de años mayores que él. Cuando Josu tenía apenas 13 años, le invitaron a esquiar en Aralar. “Me dieron unas botas de la talla 43”, recuerda Josu. “Me sobraban por todas partes, pero yo les decía que me quedaban bien, porque tenía un temor: ‘¿y si no tienen otras?’”. En aquellos años aprendió a esquiar, a escalar, a disfrutar del monte, pero esa generación anterior le abrió los ojos para otros viajes guiados por la curiosidad integral: “Lukas me llevó en moto al Mediterráneo, a Andorra, al sur de Francia. En el R-6 de Antxón Bandrés viajábamos a los Pirineos, a la Foz de Arbayún, al monasterio de Leire, a San Juan de la Peña. No nos interesaba sólo la montaña: nos fijábamos en los sarrios, las ermitas, las setas, los pastores... Ramontxo, por ejemplo, se pasaba días en el monte, estudiando los buitres. Recuerdo una emoción intensa cuando les vi salir desde Tolosa hacia el África Negra en sus jeeps. Viajaban para escalar montañas, estudiar animales, dibujar paisajes, hablar con los nativos...”.
Josu aprendía a viajar por sus propios medios. Compaginaba sus estudios de ingeniero del papel con los trabajos como monitor de esquí, profesor de euskera, o con la pulidora: “Con el dinero compraba material de montaña, mochilas, botas... Mi primer saco de plumas me costó 3.600 pesetas, el sueldo de todo un mes”. Y así llegó el primer coche, un viejo Gordini por el que pagó 7.000 pesetas: “Aquel Gordini nos enseñó geografía y mecánica, historia y economía... Con él aprendimos que la necesidad es la mejor escuela”.
Entre escapadas a Aralar y al Pirineo, Josu buceó en otra de sus inquietudes favoritas: la curiosidad por las relaciones humanas. En 1980, durante los cursos de la Universidad Vasca de Verano, propuso que siete personas pasaran una semana a bordo de una balsa, en el pantano de Yesa (Navarra-Zaragoza). En aquella balsa de tablas y neumáticos, descubrió que la hechura de las personas se pone a prueba cuando las necesidades básicas no están garantizadas, y también descubrió a Dina Bilbao, una chica de Ondarroa (Bizkaia), ciclista, triatleta, viajera, que le acompañaría durante los siguientes quince años, hasta que una tormenta caribeña se la llevó para siempre.
Josu rumiaba una manera de viajar que además le permitiera ganarse la vida. En 1978 se le había encendido la primera bombilla, cuando se marchó hasta Londres a dedo: allí encontró el folleto de una agencia inglesa que organizaba viajes a Katmandú, en autobuses preparados para que dentro vivieran unas veinte personas. Guardó el folleto con mucho cuidado.
En 1980, Ángel Ortiz y Manueltxo Mokoroa compraron un viejo autobús de línea Pegaso y lo acondicionaron siguiendo las ideas del folleto que trajo Josu. El año siguiente organizaron un viaje a Nairobi (Kenia) y convencieron a diecisiete clientes. El primer incidente ocurrió a los veinte kilómetros, cuando el autobús se detuvo en las rampas del puerto de Azpíroz. Con los nervios del viaje inaugural, nadie se había acordado de echarle gasoil al bus. Ángel se ríe con la anécdota: “Manueltxo era mayor, pero yo sólo tenía 24 años; era el más joven de todos y tenía la responsabilidad de cruzar el desierto y traerlos de vuelta sanos y salvos. Imagínate cómo nos miraban cuando el autobús se paró en la primera cuesta, nada más salir de casa...”. El autobús tardó tres meses en recorrer los diez mil kilómetros y las mil batallas que separan Tolosa de Nairobi. Pero no estaba en condiciones de regresar: para pagar un avión de vuelta a los clientes, Ángel y Manueltxo vendieron aquella primera Nairobitarra al Ministerio de Obras Públicas keniano, que lo quería para cedérselo a un equipo de fútbol. En esos meses, Josu recorría el Sáhara argelino en un todoterreno con Lukas Mendikute. A la vuelta de ambos viajes, Ángel y Josu decidieron darle continuidad a la Nairobitarra. “Apenas teníamos dinero, pero compramos dos camiones de mudanza viejos”, cuenta Josu. “Escogimos el mejor para acondicionarlo y desmontamos el otro para tener sus piezas como repuesto. Dedicamos cinco meses a preparar el bus, laborables y festivos: abrimos ventanillas, montamos mesas convertibles en camas, una soldadura aquí, un remache allá... Calculo que tardamos unas mil horas”. El padre de Josu, que ya había dejado las ovejas para trabajar como camionero, seguía con curiosidad los esfuerzos de su hijo: “Si hubierais dedicado todas esas horas a trabajar”, le dijo, “podríais haberos comprado un autobús nuevo”,
Esta segunda Nairobitarra, un cachalote metálico de colorines, arrancó por fin en 1982, desde Tolosa, con Ángel y Josu al volante, veinte pasajeros inquietos y el depósito de gasoil, eso sí, repleto. Su primer destino: Tamanrasset, en el corazón del Sáhara.
Desde aquellas primeras odiseas, la Nairobitarra recorrió en diversos viajes 100.000 kilómetros por África, 300.000 por Europa y 350.000 a través de las dos Américas. En 1989, Josu y Ángel enviaron el autobús en un buque de carga hasta Canadá y adecuaron otro bus viejo, la tercera Nairobitarra, para las rutas europeas y africanas. El bus americano trazó viajes que lo llevaron poco a poco hacia el sur, desde Alaska hasta Tierra de Fuego, y trece años más tarde, en 2002 se enfrentó a un océano de dudas en un puerto chileno. Josu y Ángel pretendían embarcarlo hasta la India, para recorrer Asia, volver a Europa y completar así la vuelta al mundo. Pero el sur de Asia hervía en conflictos y el proyecto se frenó. Quizá en otra época hubiera encontrado una salida, pero los ánimos de los dos chóferes también se habían apagado después de veinte años, y al fin tomaron una decisión dolorosa: jubilar las dos Nairobitarras. Josu voló hasta Chile, contactó con un centro que acogía a niños abandonados, maltratados y violados, y les regaló el autobús para que lo utilizaran como refugio, casa rodante, aula y fábrica de sueños. En cuanto al bus europeo, Josu y Ángel se plantean convertirlo en un museo de viajes o centro de documentación ambulante. Mientras tanto, Josu compró una furgoneta grande de segunda mano, la equipó para ocho personas y encendió de nuevo el alma de la Nairobitarra. En estos últimos meses ya ha llevado a varios grupos de viajeros por Córcega, Escandinavia, los Alpes y el Tirol.
Aunque no remató su vuelta al mundo, la Nairobitarra dio la vuelta a la vida de bastantes de sus pasajeros. Casi todos los viajes del autobús se han desarrollado por rutas cómodas y países seguros, pero otros destinos más atrevidos han provocado algunas situaciones apuradas. Josu sabe lo que es sufrir una avería en mitad de la nada, pasar sed en el desierto, encontrar cadáveres resecos en el Sáhara... y cargar con la responsabilidad de veinte personas que conviven durante semanas en cincuenta metros cúbicos. Como él dice, la Nairobitarra se transformó a veces en un “laboratorio de comportamiento humano”. Cuenta anécdotas de escorpiones y policías chantajistas, pero guarda las mil y una historias surgidas entre los viajeros del bus como un secreto profesional.
Sabemos más detalles de sus expediciones. Sabemos que le encerraron en una cárcel marroquí porque le faltaba un sello en el pasaporte, y que el miedo voraz de aquellos días de prisión le atacó con una diarrea posterior de tres semanas; también sabemos cuánto disfrutó en una cárcel finlandesa, donde lo retuvieron junto con tres compañeros que atravesaban Laponia esquiando, acusado de cruzar la frontera ilegalmente: en esa cárcel de Ivalo pasaron dos días de calefacción con cuarenta grados más que en el exterior, con duchas, camas, café y buena comida.
El desierto africano y las nieves árticas se cruzan a menudo en el anecdotario de Josu. “El contraste entre las inmensidades nevadas de Laponia y los grandes espacios del Sáhara es notorio”, escribió hace años. “Sin embargo, ambas regiones se parecen mucho. Son solitarias, duras, inhumanas y tal vez peligrosas, pero yo las considero, por encima de todo, hermosas. Son parajes que hacen soñar. La nieve y la arena simplifican el paisaje, hasta tal punto que una pequeña corriente de aire no deja ni rastro de una huella reciente”. El desierto, la nieve y el mar son tres paisajes a los que ha vuelto una y otra vez Josu, quien se confiesa “un viajero de espacios horizontales”. “Me atrae la magia de los desiertos ardientes o de los desiertos polares, por su belleza sencilla y porque siempre me asombra la capacidad humana de adaptarse a esos escenarios extremos”, escribió.
Esa admiración por las conquistas de otros pueblos y de otras personas guió muchos de los proyectos más admirables de Josu. En 1984, después de cruzar Laponia esquiando, Josu paseaba por la noche de Oslo para aliviar una cena indigesta, cuando se topó con la estatua de Fridtjof Nansen, el explorador noruego que atravesó Groenlandia sobre sus esquís en 1888. Nansen es el personaje más admirado por Josu. Entre otras hazañas, pasó dos años en un barco atrapado voluntariamente entre los hielos árticos, esperando que las corrientes lo condujeran hasta el polo Norte, y al fin decidió apearse del barco y salir esquiando con su compañero Johansen. Los dos noruegos se despidieron de los demás expedicionarios y esquiaron por el Ártico, en busca del polo Norte, sin que nadie supiera nada de ellos hasta que, un año después, aparecieron como dos fantasmas de barbas congeladas en una remota isla rusa. Nansen también trabajó como diplomático, organizó el rescate de miles de refugiados durante la Primera Guerra Mundial y recibió el premio Nobel de la paz. En Oslo, Josu se comprometió con la estatua del explorador, y cuatro años después, justo cuando se cumplía el centenario de la travesía de Groenlandia, se calzó los esquís en la costa oriental de esa isla helada, en compañía de Dina Bilbao, Ángel Ortiz, Txiki Plazas y Nekane Urkia. Los cinco esquiadores vascos siguieron la huella de Nansen y necesitaron 34 días para atravesar de costa a costa el inmenso casquete congelado de Groenlandia, cargando en trineos con todo lo necesario para sobrevivir y con la comida racionada. Para aguantar el frío y el esfuerzo necesitaban 3.600 calorías diarias, y las consiguieron con el mismo menú durante todo el mes: puré de patatas con trozos de jamón, té, galletas y mermelada. Lucharon contra seiscientos kilómetros de llanura blanca y absoluta, con temperaturas siempre bajo cero y vientos superiores a cien kilómetros por hora. El mapa del interior de Groenlandia es una hoja en blanco, sin referencias: en 1988 no existían los aparatos de situación GPS ni los teléfonos por satélite, de modo que para trazar el rumbo obedecieron a la brújula, al sextante y a una rueda de bicicleta con cuentakilómetros que instalaron en un trineo.
Los cinco expedicionarios completaron una de las travesías polares más memorables, sin duda, pero Josu le quita hierro -o hielo- a la hazaña y dirige el foco hacia el verdadero sentido de los viajes: “La gente se asombra de que pasáramos un mes aislados en Groenlandia. Sin embargo, lo realmente admirable es la vida de los inuits, que resisten allí todos los días del año y todos los años de su vida. Me fascina la capacidad humana para adaptarse a los extremos”. Otra vez aparece esta idea, que recorre como un hilo todos los proyectos de Josu: el viaje es un instrumento para comprender mejor a los demás. “Atravesamos Groenlandia sin ver a nadie, pero fue nuestra decisión y nuestro capricho. Mi padre, desde muy joven, tenía que pasar tres meses en soledad todos los años, con el rebaño en el monte. Esas son las verdaderas hazañas, no los viajes que uno escoge por gusto. Lo que se hace por voluntad propia, aunque sea escalar la cara norte del Eiger en invierno, es una tontería si pensamos en ese afgano que huye, después de que asesinaran a su familia, y que abandona su casa quemada para cruzar a pie una cordillera helada y llegar a un país extranjero”. Josu conoció Sarajevo durante los Juegos Olímpicos invernales de 1984, y en los años noventa volvió a los Balcanes al volante de la Nairobitarra, con un cargamento de comida y medicinas para los refugiados de la guerra. Allí, Josu aprendió una de esas lecciones que se graban a fuego en el alma: “Siempre debemos tener en cuenta que nuestros viajes son una forma de privilegio. La mayoría de los viajeros en el mundo son refugiados, exiliados, emigrantes. Para millones de personas, el viaje es sinónimo de desgracia”.
Josu siguió explorando los límites de la resistencia humana, pero estuvo a punto de atravesar una raya sin vuelta atrás. Ocurrió en Alaska, en 1993, durante la primera etapa de la expedición “+50º / -50º, del Ártico al Trópico”, que pretendía viajar en esquí, piragua y bicicleta desde Alaska hasta la península mejicana de Baja California. En el trayecto, Pablo Dendaluze, Jesús Ortiz, Dina Bilbao y Josu esperaban encontrarse con temperaturas de cincuenta grados, tanto por encima como por debajo de cero, de ahí el título de la expedición. Querían probar la adaptación humana a esos extremos, pero se toparon con unas condiciones que ninguna persona podrá soportar jamás: mientras esquiaban por el cauce helado del río Yukon, el termómetro midió temperaturas de 65 bajo cero, un registro que rompía el título de la expedición, rompía la marcha del viaje y a punto estuvo de romper el curso de sus cuatro vidas.
Durante unos días de dolores, agotamiento, desmayos y congelaciones, Josu escribió párrafos como éstos en su cuaderno: “Día 13. A las tres de la madrugada, un vendaval ha derribado nuestro campamento. Nos ha llevado una hora levantar de nuevo un parapeto de nieve y ramas”. “Día 16. Esta mañana, Pablo se ha mareado al salir de la tienda, pero pronto se ha reanimado. No hemos avanzado ni tres millas cuando algunos dedos de su mano derecha han empezado a tomar un aspecto que no nos gusta”. La situación empeoraba y los cuatro esquiadores decidieron regresar hacia Fort Yukon en busca de ayuda. “Día 20. No hemos encontrado la cabaña que podía ser nuestra salvación, ha sido un duro golpe moral y físico. Montamos rápidamente el campamento. Jesús y Dina se quejan de los pies. Encendemos como todas las noches la vela y la cocina de gasolina; la temperatura en el interior sube algunos grados, pero entonces la tienda se convierte en una trampa. Al formarse una capa de hielo en las paredes, el tejido no transpira, y esto provoca la falta de oxígeno. La llama de la vela se apaga. Dina se siente mal y quiere salir, pero la cremallera también está helada. La descongelamos con el mechero. Dina sale y, al rato, le llamamos. No responde. Ha perdido el conocimiento”.
Esa noche, los cuatro se preguntaban unos a otros qué tal estaban. “Sólo queríamos escuchar la respuesta del otro para confirmar que estaba vivo”, recuerda Josu. “Durante aquella noche pensé mucho en Scott y sus compañeros, cuando volvían del Polo Sur y se fueron apagando uno a uno, como velas”.
Los cuatro amanecieron con vida. Y tomaron una decisión radical para intentar salvarse: “Día 21. Ha sido muy duro ponernos en marcha. El frío es terrible, las barras energéticas parecen de cristal. Estamos respirando aire cien grados más frío que la temperatura de nuestros pulmones. La ropa se nos ha acartonado. Vamos a apostar por llevar comida y combustible para dos días, en un solo trineo, el resto lo vamos a abandonar. Si no llegamos a Fort Yukon hoy o mañana, quizás no lleguemos nunca”.
Llegaron a Fort Yukon y nacieron otra vez: acababan de palpar el último límite con las ampollas congeladas de sus dedos. Desde aquel poblado ártico trasladaron rápidamente hasta un hospital a Pablo y Josu, que sufrían congelaciones en manos y pies. A Pablo le amputaron dos dedos de un pie. De aquella experiencia tremenda, a Josu le quedan varios dedos insensibles en un pie, un neuroestimulador bajo la piel del costado izquierdo -una pila que ayuda a la circulación sanguínea- y una conclusión que estremece, rumiada en una tienda de campaña durante una agonía a 65 grados bajo cero: “Viajar por voluntad propia es una suerte que pocos podemos disfrutar. Y aunque ese viaje se tuerza mucho, pongamos que hasta morir, sigue siendo una suerte”.
Algunos amigos no volvieron. Iñigo, el primo mulato de Antigua, y Dina, compañera de Josu durante quince años, desaparecieron durante una tormenta mientras navegaban por el Caribe. También murieron otros como Ramontxo Elosegi, en un accidente de tráfico, o Félix Iñurrategi, despeñado en el Himalaya. Josu respondió a estas muertes volcándose en la vida. Poco después de la tragedia que se llevó a Iñigo y Dina, Josu emprendió en 1998 otro proyecto por Escandinavia, el territorio de sus ilusiones, donde volvió a esquiar con sus amigos durante 2.000 kilómetros, a remar en piragua durante 1.500 y a pedalear durante 3.500. Al final de la travesía Oslo-Helsinki en piragua, segunda etapa de la trilogía, Josu reveló por escrito el sentido de sus paladas en el Báltico: “El mar me ha regalado detalles bonitos, pero también me ha quitado a dos amigos a los que quería mucho. Las gotas de sudor de ahora, las lágrimas de entonces y el mar tienen el mismo sabor salado”.
Josu agradece la vida como si le hubieran regalado un hermoso billete de tren: “Como no sé cuándo vendrá el revisor a decirme que me baje, intento aprovechar el trayecto. Por eso trato de conocer el mundo, de disfrutar con la gente y transmitir las experiencias que para mí merecen la pena”. Y para dedicarse de lleno a este viaje, desde joven ha tallado su propio modo de existir, ha cuestionado las inercias sociales con un espíritu limpio y crítico. Adoptó un oficio nómada que le permite abrir los ojos a otros mundos, acepta la inseguridad y los equilibrios económicos que le impone su vida, dibuja amores y amistades que algunos creen incompatibles.
Algunas personas no han entendido esas apuestas. “Muchos amigos se alegran de que lleve este tipo de vida”, cuenta, “y a veces me acompañan durante un trecho, me escriben a otro continente, me llaman... Pero detrás de otros comentarios sonrientes -qué bien vives, cómo te lo montas- se perciben rastros de mala uva, no sé si de rencor o de cierta frustración. Algunos no paran de quejarse y de repetir “yo ya iría, yo ya haría...”, pero diez años después siguen repitiendo la misma cantinela”. Josu pierde la paciencia con aquellos que viven instalados en la queja: “Me parece genial que otros escojan vidas más convencionales, disfrutarán de satisfacciones que yo no tengo. Me alegro de que no exista una sola fórmula de vivir. Pero si te quejas por la educación que recibiste, crees que las convenciones sociales te atan, dices que prácticamente te obligaron a casarte joven y a trabajar toda la vida en una oficina que te marchita, para pagar una hipoteca... si eres consciente de todo eso, ya no puedes echarle la culpa al sistema, porque está en tu mano elegir un camino propio”.
Y Josu se empeña en trazar las próximas etapas del camino en su campamento base alquilado de la calle Lechuga, en Tolosa. Durante estos últimos veinticinco años, el piso viejo de Letxukale se ha convertido en una fábrica de ideas, legendaria para muchos viajeros vascos. Todos los compañeros de viaje de Josu recuerdan la primera vez que cruzaron ese pasillo de madera crujiente, que conduce a una cordillera de libros, revistas, carpetas, mapas, guías, fotos, recuerdos y guiños de tantas personas que compartieron un tramo en la vida de Josu. Sobre la mesa taladrada por las termitas, testigos de mil planes, también se gestó hace cuatro años “Pangea, viaje al fondo de los continentes”, una expedición al punto más bajo de seis continentes en la que Josu viajó durante nueve meses con una docena de personas más jóvenes que él. Igual que sus “amistades peligrosas” de antaño le abrieron el camino, ahora Josu enseña a viajar a la siguiente generación. La transmisión no funciona con lecciones magistrales, sino por contagio: basta observar su curiosidad inagotable por el mundo, su reacción instintiva de ponerse siempre en el pellejo del otro, su manera de abrir los ojos.
Y así, sólo con abrir los ojos, Josu desvela la respuesta al enigma que se planteó su padre, hace setenta años, en el monte San Lorenzo: cada uno debe descubrir, por sí mismo, hacia qué lado es más grande el mundo.
MAPA:
”Las
expediciones principales de Josu Iztueta”
1) 1983: Travesía en piragua por toda la costa vasca (220 kilómetros).
2) 1984: Travesía de Laponia con esquís y trineo (450 kilómetros).
3) 1985: Descenso del Ebro en piragua (700 kilómetros).
4) 1985: Descenso del Nilo en piragua (Asuán-El Cairo, 500 kilómetros).
5) 1988: Travesía de Groenlandia con esquís y trineo (600 kilómetros).
6) 1988: Travesía en piragua del Mediterráneo al Atlántico, por los canales del sur de Francia (500 kilómetros).
7) 1989: Expedición a Nordkapp en bicicleta, en invierno (850 kilómetros).
8) 1989: Travesía en piragua por las islas Eólicas (Sicilia).
9) 1991: Travesía Real Sueca con esquís (500 kilómetros).
10) 1993: Expedición “+50º / -50º”, de Alaska a Baja California. Por las congelaciones sufridas en la etapa de esquí, suspendieron la etapa de piragua y completaron la tercera de 5.000 kilómetros en bicicleta (Vancouver-San Lucas).
11) 1998-99: Expedición “Trilogía en Escandinavia”: esquí (2.000 kilómetros), piragua (1.500 kilómetros) y bicicleta (3.500 kilómetros).
12) 2000-01: Expedición “Pangea, viaje al fondo de los continentes”. Visita durante siete meses a las depresiones más profundas de América del Norte (Valle de la Muerte, California), Australia (Lago Eyre), América del Sur (Laguna del Carbón, Argentina), Europa (mar Caspio, Rusia), Asia (mar Muerto, Israel-Jordania) y África (Lago Assal, Yibuti).
*) La Nairobitarra ha recorrido 300.000 kilómetros en viajes por Europa, 100.000 en África y 350.000 en las dos Américas.