Ya había comenzado el otoño, era una mañana templada y en el instituto la luz atravesaba las hojas de los árboles dándoles tonos rojizos y anaranjados.

Sara llevaba un cuarto de hora en un rincón de las escaleras de la entrada al edificio de bachillerato, estaba ella sola, y no era el primer día que esto ocurría.

Cuando el año pasado estaba en primero, tenía un grupo de amigas de clase y se divertía con ellas, salían juntas los fines de semana y compartían la ropa. Se sentía muy segura con su grupo.

Pero después de ese verano todo cambió. Sus amigas le habían dejado de lado.

Sara era una chica alta y delgada, tímida pero simpática. Muy inteligente, le gustaba observar todo y a todos. Estaba muy orgullosa de su familia, aunque a veces discutía con sus padres, en fin, cosas de la edad.

Le gustaba la música de todo tipo, bailar, leer libros de misterio y escuchar a la gente. No le gustaba hablar delante de la clase, llamar la atención y las injusticias...

Estaba observando el reflejo de las hojas de los árboles en las ventanas del primer piso, cuando vió asomada a la ventana a aquella chica, Pilar, la causante de su ruptura con su grupo de amigas.

 

Pilar llevaba toda la mañana buscando un lugar para estar tranquila y poner sus pensamientos en orden. Las clases de esa mañana no le estaban gustando y vió aquel pasillo del primer piso vacío. Era un lugar donde podría estar sola.

Pilar era una chica alta, muy alta. Había llegado al barrio ese verano y la primera toma de contacto con las vecinas no había sido muy agradable. Venían de un pueblo del norte, y la vida de la ciudad les parecía muy estresante. A Pilar le costaba mucho contener sus enfados, y desde luego no le gustaba que le dijeran lo que tenía que hacer.

Pilar vió moverse las hojas de los árboles y se acercó más a la ventana. Se sintió observada y vió allí abajo a Sara...todavía no le había dado las gracias.