II.- Sociedad griega. Temas de Cultura para las P.A.U.
II.- LA SOCIEDAD
2.1.- Los grupos sociales: libres, metecos, periecos, esclavos... :
1.- El ciudadano libre:
Por regla general, en el mundo griego el nacimiento proporcionaba el derecho de ciudadanía. La condición de ciudadano se lograba si el padre ya lo era, aunque en ciertos casos era preciso que la madre también lo fuese (cf. Pericles). Este grupo, el más numeroso dentro de las ciudades griegas, lo formaban los denominados ciudadanos naturales.
La concesión de la ciudadanía de una πόλις a un extranjero constituyó siempre una decisión excepcional; aunque era más frecuente que se otorgara a un grupo o comunidad antes individualmente.
Una πόλις como Esparta, en cambio, fue muy reacia a compartir su ciudadanía con un forastero.
A partir del s.IV a.C. proliferaron entre los distintos estados griegos los convenios de reciprocidad del disfrute de la ciudadanía, lo que hoy se llama de doble nacionalidad, y que en la Hélade recibía el nombre de isopoliteia. Esta medida fue relativamente frecuente para reforzar los lazos de unión entre estados que poseían intereses en común.
Con todo, el nacimiento en sí no era suficiente para acceder a la ciudadanía, pues el recién nacido debía ser reconocido públicamente por su progenitor; aunque éste podía ser expuesto en algún camino. En Esparta, sin embargo, era el Consejo de Ancianos quien examinaba la constitución física del bebé, que, si estaba sano, lo autorizaban para su crianza o, en caso contrario, era despeñado en un abismo del monte Taigeto. En Atenas, la ceremonia de las Anfidromías, que tenía lugar entre el quinto y séptimo día después del nacimiento, indicaba la entrada oficial del recién nacido en la familia, además se presentaba a la fratría (agrupación religiosa-política que incluye varias familias, pero sin llegar a la φυλή, tribu).
La educación que va a recibir a recibir un niño varía totalmente según se trate de Esparta o de Atenas. El joven espartano, apenas llegado a la edad de siete años, entra en un sistema complejo de educación colectiva organizada por el Estado y dirigida por maestros y monitores, sometido a ejercicios regulares, a pruebas penosas ya una disciplina rigurosa. El joven ateniense, en cambio, hacia la edad de seis o siente años, dejaba la exclusiva compañía de las mujeres en el gineceo para ir a la escuela, acompañado de un esclavo llamado παιδαγωγός, y era el γραμματιστής quien le enseñaba a leer, escribir y a contar, además de las artes de la música y la gimnasia. A los 18 años, el joven comparecía ante la asamblea de todos los ciudadanos que componían un δῆμος, quienes examinaban si cumplía los requisitos de edad, interrogaban al candidato sobre sus ascendientes y lo inscribían finalmente en el registro del demos. Con los registros de los distintos demos se componía el panel de la Asamblea. Los jóvenes recién inscritos en los demos se convertían en efebos e iniciaban la preparación militar reservada a los de su edad.
La mayoría de las ciudades griegas se valía, para distribuir a los ciudadanos, de una serie de φυλαί (tribus), que originariamente era la agrupación de varias familias relacionadas entre sí por lazos de índole diversa. La percepción de los impuestos a los ciudadanos se repartía de forma equitativa entre las tribus, para que éstas, a su vez, lo descargaran proporcionalmente entre los ricos, dejando exentos a quienes menos bienes tenían. Es lo que se hacía con el sistema de liturgías (gastos derivados de una prestación sustitutoria de servicios que el Estado fijaba a los particulares) y con la eisfora (impuesto extraordinario para operaciones militares).
2.- Los metecos:
El cuerpo de ciudadanos, lejos de abarcar a la mayoría de los habitantes de una ciudad o territorio, constituía una minoría privilegiada. Muchas ciudades admitían como ciudadanos a aquellos extranjeros que se establecían de forma permanente para desarrollar cualquier actividad. Estos extranjeros (ξένοι), en su mayor parte griegos procedentes de otras ciudades, aunque también hubo grupos de bárbaros (βάρβαροι), fueron tan importantes en época clásica que muchas ciudades establecieron para ellos estatutos especiales. Recibieron el nombre de μέτοικοι, metecos, “los cohabitantes”.
Esparta, sin embargo, nunca autorizó a los extranjeros a residir en su suelo. No obstante, las democracias, que favorecían el trabajo artesanal y el comercio, abrieron sus puertas a los extranjeros en excelentes condiciones, como fue el caso de Atenas.
Una vez éstos fueran presentados ante las autoridades y censados, podían ejercer de inmediato sus oficios y disfrutar de una serie de derechos. Aunque carecían de derechos políticos, por lo que no tenían acceso a las magistraturas ni a formar parte de las Asambleas ni tener un matrimonio legítimo con una mujer ateniense, sí que podían, en cambio, iniciar libremente cualquier actividad y beneficiarse de los mecanismos económicos. Por eso, la mayoría de los metecos eran personas que dominaban trabajos manuales y producían artículos en sus talleres o se dedicaban al comercio.
Los metecos participaban así mismo en numerosas liturgías, como la coregía. Y ya desde el siglo VI a.C. la integración de este sector de la población fue total. La ciudad los distinguía frecuentemente con recompensas, que iban desde simples elogios hasta el derecho a la propiedad inmueble e, incluso, a la concesión del derecho de ciudadanía (cf. Lisias). A su vez, los metecos fueron siempre generosos, ayudando al Estado con dinero y créditos, incluso con su sangre, dando muestras de una fidelidad absoluta.
3.- Los periecos:
Un grupo especial de no-ciudadanos dentro de algunas πόλεις lo constituyeron los denominados περιοίκοι (periecos). La existencia de estas poblaciones se halla documentada en algunas ciudades como Esparta. Los periecos constituían comunidades instaladas en las zonas periféricas de Laconia. No eran ciudadanos, aunque tenían autonomía administrativa y política propia. Residían en pequeñas villas y aldeas y podían dedicarse libremente a los trabajos agrícolas, artesanado y comercio, lo que les permitía adquirir riquezas. Parece que estas sociedades no pagaban ningún impuesto, pero sí que tenían la obligación de servir en el ejército espartano.
4.- Los esclavos:
La condición de esclavo era la misma en toda Grecia, excepto los ilotas espartanos. La esclavitud era una institución admitida por todos. Utilizar su fuerza corporal era el mejor servicio que de ellos podía obtenerse; de hecho, en los registros eran inventariados como simples objetos o bienes muebles.
La guerra era la fuente principal del suministro de esclavos: los prisioneros hechos durante las operaciones militares, sobre todo las poblaciones civiles de mujeres y niños. Era frecuente, sin embargo, que una parte de estos esclavos fuese rescatada por compra de sus familiares, amigos... En la mayoría de las grandes ciudades griegas, los esclavos eran indígenas capturados o bien gentes nacidas ya en condición servil.
El destino de los esclavos no era el mismo. Unos, sobre todo las mujeres, permanecían en las casa y se ocupaban de tareas estrictamente domésticas, algunos trabajaban en el campo ayudando a su dueño, otros recibían el encargo de administrar una tienda o industria. Otro sector trabajaba en la producción artesanal. Pero, el peor destino era el de los esclavos llevados a las canteras y a las minas.
El futuro del esclavo, en efecto, dependía por completo de su amo. El siervo carecía de personalidad, incluso todo el dinero que el esclavo consiguiera debía pasar a manos del dueño. En la práctica, el trato dado a los esclavos procuró suavizarse tanto para evitar prácticas de deserción como por interés general de la sociedad (levantamientos generalizados). Las costumbres atenienses introdujeron algunas medidas protectoras que defendían a los sirvientes de la violencia excesiva. Con frecuencia se les trató como a criados y con gran familiaridad. Algunos conseguían la manumisión gracias a la bondad de sus dueños o por el autorrescate, convirtiéndose en metecos.
En todas las ciudades griegas existía, además, una cifra de esclavos que eran propiedad del Estado. Sus funciones eran muy diversas: por un lado, estaban los obreros y, por otro, aquellos que desempeñaban funciones públicas como carceleros, verdugos, etc.
Especial mención requieren los ilotas, que era otro grupo de la población espartana. La labor de éstos era la de ser esclavos de las tierras de los ciudadanos espartanos de plenos derechos, que, incluso, cuando un espartano heredaba una tierra, también, heredaba los ilota adscritos a esa porción de terreno.
2.2.- La situación de la mujer:
1.- La mujer griega:
La mujer griega del período clásico estaba excluida de los asuntos de la πόλις. Madre y mujer de ciudadanos, ella misma podía ser ciudadana o no ciudadana, esclava o libre, pero cabría decir que mantenía un tono menor con respecto al hombre. En el fondo, era considerada una eterna menor de edad, controlada siempre por un varón, relegada a las labores del interior del hogar y al gobierno de la hacienda y, por su puesto, sujeta a sospecha respecto a su fidelidad.
La mayor libertad que se puede apreciar en el caso de la mujer espartana, frente a la ateniense, era su aparente independencia social y política de cualquier hombre. Además, con más tiempo para sí misma, la mujer espartana podía dedicar momentos del día al cuidado de su cuerpo a través del ejercicio y del entrenamiento físico.
El papel principal de la mujer, desde el punto de vista político, fue el de proveer a su patria de los futuros ciudadanos necesarios para el buen funcionamiento de la misma. Su función era, sin duda, importante y debía completarse proporcionándoles a los hijos varones una buena educación. La mujer griega estaba excluida del mundo masculino, quedando encerrada en el gineceo (estancia reservada para el sexo femenino), de la que no salía excepto para participar en alguna fiesta religiosa.
En ese papel de dueña del hogar y administradora de sus riquezas, de sus esclavos y de la alimentación de todos sus miembros, la mujer no debía fallar. Así la muestra Jenofonte en su Económico. Tenía ayudantes, esclavas domésticas.
La fidelidad del varón respecto a su esposa radicaba en respetarle su condición de mujer legítima, conforme a la promesa del matrimonio. Las otras mujeres con las que el marido podía intimar sin atentar contra su situación de esposa principal y de madre, aunque ella sí debía serle fiel, eran:
- La παλλακή o concubina: era muy frecuente la relación de los hombres con concubinas o amantes estables, que, incluso, podían ser acogidas en casa. Se les exigía fidelidad, y los hijos de la relación podían ser reconocidos, aunque siempre por detrás de los legítimos. Estas mujeres estaban reservadas para el cuidado del cuerpo.
- La ἑταίρα: La hetera estaba educada para acompañar a los hombres a donde esposas y concubinas no podían ir: simposios, reuniones de sociedad varias. Su preparación intelectual era muy superior a las de las otras mujeres. De hecho, eran las únicas mujeres que podían acceder a una educación tan o más completa que un hombre. Un ejemplo fue Aspasia, de la que Pericles se enamoró y, según se cuenta, enseñó el método de la mayéutica a Sócrates. El origen era el propio de mujeres expuestas por su padre al nacer. Este tipo de mujeres estaban reservadas para el placer, casi más intelectual que carnal.
- La πορνή o prostituta: Las prostitutas podían encontrarse en la calle o en los templos. Éstas últimas estaban consagradas a la divinidad y con el dinero que conseguían mantenían el templo. Por ello eran más privilegiadas que las que se encontraban en la calle.
2.- La mujer en la literatura griega:
La misoginia general que se respiraba en Grecia la hallamos también a lo largo de toda la literatura griega. Empezamos con Hesíodo, cuando habla de Pandora como principio de todos los males. Otro representante es Semónides con su “Yambo a las mujeres”, donde va comparando a la mujer con distintos animales, quedándose sólo con la mujer-abeja, porque es trabajadora. Pasaríamos, posteriormente, al género teatral, donde autores como los trágicos Sófocles y Eurípides ponen a mujeres al frente de sus obras, como Antígona, Electra, Medea, Hécuba, Las Troyanas… En realidad, la mujer, para los trágicos, sólo lucha por defender su relación en el lecho, aunque a veces algunos textos den la impresión de todo lo contrario. No es de extrañar, por consiguiente, que tradicionalmente Eurípides haya sido considerado un defensor de las mujeres e incluso se le dé el nombre de feminista. Pero ya en su época fue muy criticado y prueba de ello son Las Tesmoforias de Aristófanes.
Entre las comedias de temática femenina el mejor autor de referencia, sin duda, es Aristófanes con obras Lisístrata, Las Tesmoforias, Las Asambleístas. En estas obras Aristófanes muestra cómo el poderío ateniense ha caído de forma estrepitosa, cuya única solución es un mundo al revés, donde gobiernen las mujeres. Evidentemente su posición es claramente irónica del momento en que vive.
Por otra parte, tenemos a mujeres, ya no objetos de literatura, sino quienes la crean. Es el caso de la poetisa de la isla de Lesbos, Safo (ss. VII-VI a.C.), quien estaba al mando de un círculo de doncellas aristócratas de la costa jónica, donde se ve una situación un tanto distinta a la de las mujeres de Atenas, por ejemplo. Safo, pues, llegó a estar y lo sigue estando entre los grandes poetas de la época, cantando a los sentimientos, a la nostalgia, al desespero y al amor. Pero encontramos, también, otros nombres de poetisas, como el de Corina, Telesila, Ánito, Praxila… Mujeres que, por el contrario a la misoginia general de Grecia, jugaron en su época un papel de cierto peso.
3.- El matrimonio:
La entrega de una dote era lo que distinguía el matrimonio legítimo del concubinato. La boda o himeneo comenzaba con un acuerdo entre familias, en el que la novia no tenía ni siquiera que estar presente. Tal acuerdo se ratificaba en un banquete en casa de la novia el mismo día de la celebración del matrimonio. Al llegar la noche, una alegre procesión trasladaba o acompañaba a los novios a casa del marido.
Los matrimonios de conveniencia por parte del hombre para lograr entrar en una determinada familia, para adquirir el poder, están atestiguados; aunque lo normal era que las uniones se acordaran entre el padre de la novia y la familia del novio o, incluso, con el propio novio. Éste llegaba al matrimonio a mucha mayor edad que su esposa, cuando ya había cumplido parte de su misión guerrera. Ella era casi una niña, recién entrada en la pubertad (c. 15 años), de manera que su carácter, sus formas de actuar en el hogar y sus ideas resultaban marcadas por la voluntad y los gustos de su marido, quien la moldeaba a su imagen y semejanza.
La boda hacía que la mujer se integrara en el γένος del marido y abandonara el suyo, tanto a nivel social como religioso. Recibía su dote en el momento de la boda.
El ritual de la boda se celebraba en la casa ante el dios doméstico. El padre de la joven la entrega al novio, la cual iba desde su casa a la de éste en un carro vestida de blanco y delante de ella iba una antorcha y se cantaban canciones con el estribillo: Oh hymeneo, hymeneo. La joven simulaba un rapto, gritaba y sus amigas la defendían. El marido, de alguna forma, la obligaba a entrar en su casa levantándola en brazos. Antes la esposa era regada con agua lustral y tocaba el fuego sagrado. Los esposos, entonces, distribuían una torta, un pan y algunas frutas.
4.- El divorcio:
El divorcio era habitual en Época clásica. El único impedimento era que el marido debía devolver la dote. El marido podía repudiar a la mujer en cualquier momento y sin razón aparente, no necesitaba testigos. La mujer, en cambio, tenía que solicitarlo por escrito al arconte explicando sus razones. Las mujeres que se atrevían a plantear esta situación eran muy criticadas.
El divorcio no necesitaba del acuerdo de los dos esposos e incluso el padre de la esposa podía separarla para hacerla volver a casa o para casarla con otro. El marido, también, podía casarla con otro. El divorcio, pues, conllevaba la restitución de la dote excepto en casos de adulterio.
El matrimonio griego podía romperse por tres razones:
- el repudio del marido, que no necesitaba ninguna razón y que conllevaba la devolución de la dote.
- el abandono del lecho por parte de la mujer, muy mal visto por la sociedad.
- la interrupción del matrimonio por decisión del padre de la novia.
Esto último ocurría si la mujer aún no había tenido hijos. Si ésta no tenía padre, el divorcio podía hacerlo su familiar más cercano. Si una mujer no tenía hermanos al morir su padre, era adjudicada al pariente más cercano como esposa y con ella la herencia. Por ello éste, incluso, podía interrumpir el matrimonio. La heredera sin dinero corría el riesgo de ser abandonada por su marido al tener un hijo, por ello, la legislación obligaba al marido a mantener al menos tres relaciones sexuales al mes.
El primer legislador ateniense fue Dracón y la ley más importante que promulgó fue la que prohibía la venganza privada por daños sufridos y estableció tribunales para ello. Pero había una excepción: se podía asesinar al que fuera sorprendido manteniendo relaciones sexuales con la esposa, madre, hija o concubina de alguien y sin que hubiera ofrecido una compensación antes por ello.
La mujer, en caso de adulterio, no era castigada porque se aducía que no tenía conciencia de ello y que la culpa era siempre del hombre que la había seducido. La mujer se mantenía legalmente como una niña de por vida. Los únicos que la podían castigar eran los hombres de su casa.
El adúltero, si no era sorprendido in flagranti, podía ser castigado a ser expuesto públicamente a penas como la del afeitado del vello púbico, costumbre femenina de la época e infamante para el hombre o el ser violado con un rábano.
En otras ciudades el adúltero podía ser cegado o expuesto públicamente para escarnio. Sólo en Gortina, ciudad doria, era castigado con una multa y es que las mujeres dorias y, en concreto, las espartanas eran mucho más libres que las atenienses.
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