Una vez existió un camaleón orgulloso que se burlaba de los demás por no cambiar de color como él. Pasaba el día diciendo: ¡Que guapo soy! ¡No hay ningún animal que sea mejor que yo!

Todos los demás animales admiraban sus colores, pero no su mal humor y su vanidad… 


-¡Si no fuera vanidoso sería perfecto! -Decía entre sollozos una verde rana oculta entre los juncos.

-¡No creo que sea tan perfecto un ser que no puede volar! -Comentó una libélula que escuchó a la rana.

 

Tanto la libélula como la rana, no se percataron de que el camaleón orgulloso estaba entre los juncos.... les había escuchado.... al principio se entristecio... pero luego de un tiempo se puso a pensar que eran unos envidiosos.

 

El camaleón se acercó a un cocodrilo que tomaba el sol tranquilamente y, con la cabeza bien alta, le hizo una demostración de su belleza. No porque quisiera ser su amigo ni nada parecido sino porque quería que él también le admirara. Pero el cocodrilo, que apenas abrió un ojo para ver qué era ese ruidillo incesante a su alrededor, ni se inmutó. Eso le dolió: -¡Cómo es posible!- No obstante el Camaleón no desistió de su idea y siguió su camino en busca de otro animal, quizás más débil o feo que él, cuando de pronto se encontro con...


Se encontró con una enorme y observadora lechuza. La lechuza estaba muy bien considerada en el lugar, pero era un tanto solitaria y extraña.

 

Al principio el camaleón se sintió animado al verse observado por la lechuza, pero después empezó a inquietarse, no le gustaba tanto esa mirada escrutadora, se sentía atravesado, como si quisieran verle el pensamiento, se sentía juzgado, y no era una sensación agradable.

Temía y a la vez necesitaba que la lechuza le dijera algo, los minutos se hacían eternos. ¨

¿Qué estaba sintiendo por primera vez en su interior? No acertaba a concretarlo.

De repente, pero lentamente, la lechuza empezó a mover el pico y dijo: