LA CONSERVACIÓN Y RESTAURACIÓN DEL “NINOT” INDULTADO

(Revista d´Estudis Fallers. Nº 11. Associació d´Estudis Fallers.

València, 2006. ISSN: 1576-1045. Depósito Legal: V-3316-1994)


A pesar de que por definición, los ninots se crean precisamente para ser quemados, y en general la totalidad del arte de las fallas, se ha venido haciendo la hoy más que aceptada excepción de indultar oficialmente una figura cada año como fruto de la benevolencia popular. Sin embargo, no siempre fue así. Muy pocas son las referencias tangibles que encontramos, por no decir ninguna, acerca de lo que fueron las primitivas obras que constituyeron las primeras escenas satíricas. Nada existe de las primeras fallas documentadas, sólo eso, registros gráficos y literarios en forma de viejas fotografías, libros de fiestas, apuntes y anotaciones de viajeros esporádicos o oriundos que vivieron en primera persona las fiestas josefinas de antaño. En definitiva, documentación extremadamente valiosa pero que no deja de suponer una mera tarjeta de presentación como justificante de la existencia de estas primeras representaciones falleras.


Desde que en 1931 el Ayuntamiento de Valencia estableciera la “Semana Fallera” como consecuencia del desarrollo turístico y festivo que habían sufrido las fallas durante las tres primeras décadas del XX, se intentaron incrementar las actividades festivas hasta nutrir la programación de atractivos actos y festejos. Dentro de esta situación se convoca en 1934 un concurso de ideas que pretendería cubrir tales ausencias. Entre tales iniciativas encontramos la propuesta de Regino Más titulada “L´indult del foc”, en la que el inagotable artista plantea “una exposició dels millors ninots que han de figuar en les falles” de manera que una vez concluida y establecido un veredicto se indulte un ninot para lo que sería el Museo del Folklore, “para que se conserve alli com una cosa que en un moment forma part del esperit popular y de l´anima de Valencia”. De este modo, la reiteración anual de este evento acabaría por configurar una importante colección de lo que fueron las fallas de cada año.


Así pues, fue ese mismo año de 1934 cuando se indultó un ninot por primera vez. La ciudad de Valencia decidió salvar del fuego mediante votación popular al grupo formado por una abuela y su nieta bajo las que rezaba como nota explicativa: “Grupo representativo del Ayer y del Mañana. Unión del recuerdo con la esperanza”, realizado por Vicente Benedito para la Falla del Mercado Central.


Sin embargo y con independencia de la legitimidad de esta situación, precisamente por pretender eximir de la quema a aquello que se ha creado precisamente para desaparecer con ella, muchas veces esta absolución del fuego supone una irremediable sentencia a condena perpetua en el rincón de un casal fallero, amontonado en un chiribitil del taller de un artista u olvidado en un almacén municipal. Su deterioro es inminente y su estado muchas veces nos hace reflexionar acerca de si su incineración para la que originariamente estaba concebido hubiera sido más oportuna que su pésima conservación y olvido.


Esta y otras muchas cuestiones de similar talante se muestran frente a la antagonista realidad del indulto. Esta claro que las fallas han ido evolucionando en todos los sentidos desde su génesis hasta la actualidad de una manera vertiginosa, perdiendo o transformando algunos de sus conceptos iniciales y adaptándose a cada época. Teniendo presente estas consideraciones e independientemente de lo que pudiera significar para el más puro y tradicionalista de los estudiosos, lo cierto es que el indulto del fuego es una realidad que se ha instaurado definitivamente en la fiesta como benevolencia popular frente a un juicio condenatorio inapelable. Pero una vez salvados de la quema, muchos de los ninots se ven abocados a un abandono injusto, que si bien viene precedido por una ciert fama o aclamación popular, acaba por convertirse en una obra desatendida en la mayoría de los casos.


La propuesta que sucede a esta situación de abandono debe plantear, en primer lugar, la conservación de toda obra como prueba directa y material de una parte de nuestro pasado. Y es más, la observación y el análisis detenido de estos ninots que se han venido indultando desde el segundo tercio del XX presuponen una fuente de información de primer orden en el estudio material, técnico y estético de estas valiosísimas colecciones, tanto en lo referente a cada obra en particular como en una lectura conjunta que nos ayudaría a comprender su relación evolutiva.


Por eso, no es nada extraño reclamar un respeto máximo hacia el ninot indultado. Una deferencia que debería proponerse, en primer término, su preservación total en vistas a mantener los materiales originales que lo constituyeron y la lectura inicial que el artista consideró que debían adoptar.


Y todo ello comienza con la llamada conservación preventiva. La primera medida a adoptar aconsejaría el establecimiento de unas condiciones ambientales mínimas, un entorno que establecería unos valores adecuados de parámetros tales como la humedad, temperatura, iluminación, contaminación y ventilación. La disposición de un contexto adecuado y estable, sin fluctuaciones termohigrométricas significativas, a pesar de suponer una tarea tan obvia como relativamente factible, en general es sustituida por un simple almacenamiento en un local más o menos arreglado que a menudo recibe injustamente el nombre de museo.


Bajo esta subsistencia, el ninot se ve expuesto a toda una serie de factores de deterioro. A excepción de contadas ocasiones, la escasa existencia de lugares óptimos donde almacenar, conservar y exponer estas figuras se presenta como la primera causa de deterioro. La mayor de las veces las buhardillas polvorientas, los almacenes descuidados, los viejos talleres o depósitos municipales se ofrecen como el más que probable de los destinos de los únicos supervivientes históricos y artísticos reales de la fiesta fallera. Este descuidado desenlace significa el deterioro continuado y vertiginoso de unas obras que concebidas para otra finalidad, para su quema, y fabricadas mediante materiales efímeros, altamente perecederos y de una fragilidad considerable, se vean abocados al más cruel de los destinos.


Y por si fuera poco, una vez producido el daño, su recomposición, aun dotada de muy buenas intenciones, suele estar basada en criterios poco apropiados y carentes de unos principios globalizadotes y críticos, en cuanto y tanto suele considerar casi con exclusividad la vertiente estética de la obra y su actualización en detrimento de la conservación de sus particularidades históricas iniciales.


Así pues, frente a estas diferentes realidades, el conservador y restaurador debe conocer todo el amplio elenco de técnicas y materiales que tanto los antiguos artistas y artesanos falleros como los autores y creadores actuales emplearon y emplean en la creación de sus ninots: las diferentes estructuras y armazones internos de las figuras, las técnicas de producción directa y la reproducción indirecta en diferentes soportes, la metodología de optimización de resultados, las masillas y estucos, imprimaciones y preparaciones, policromía, pintura y barnizados. Todo este conocimiento como base fundamental para conocer el tipo de obra frente a la que nos enfrentamos conformará una importante fuente documental que condicionará cualquier actuación que podamos llevar a cabo. El echo de plantearse la conservación y restauración de los ninots indultados supone el conocimiento pleno y completo de la totalidad de técnicas y materiales que han enriquecido y surtido este oficio y que a su vez ha aprehendido sobremanera de la tradición artística valenciana en todos sus campos. Conocer sus orígenes e intenciones, su evolución estética y material y el proceso de creación en los talleres falleros son los puntos más sobresalientes al respecto.


Las técnicas más tradicionales de fabricación cuentan con materiales inmensamente susceptibles a los cambios de temperatura y humedad. El cartón-piedra y la madera, con un alto porcentaje de celulosa en su composición y por lo tanto altamente sensibles por su higroscopicidad, presentando importantes dilataciones y contracciones con la consecuente pérdida de elasticidad. Su oxidación implica un aumento significativo de su fragilidad y debilitamiento que se ve acelerada a su vez al entrar en contacto con los adhesivos, preparaciones y pinturas que soportan. Por otra parte, la cola empleada para la introducción del cartón en los moldes y las capas de imprimación que lo cubren presentan sustancias completamente naturales, como la harina y la cola animal, que forman un interesante atractivo para la aparición de colonias de microorganismos o para la intrusión de insectos y roedores.


Diferentes motivos aparecen como causas fundamentales de deterioro. A saber: el factor material, determinado por el tipo de los materiales empleados por el artista en la confección de las obras, normalmente caracterizados por su pobreza, altamente degradables y efímeros; el factor humano, Referido a la manipulación de las obras y a su descuidado almacenamiento; el factor ambiental, concerniente a los valores exagerados de temperatura y humedad relativa y a sus bruscas fluctuaciones; el factor biológico, relacionado con la aparición de colonias de microorganismos o el ataque de insectos y roedores.


Todas estas causas de deterioro producirán consecuentemente una serie de daños de mayor o menor seriedad pero que configurarán muchas veces una lesión con carácter propio del tipo de obra al que nos referimos. Nunca antes se había considerado la necesidad de afrontar los problemas de conservación y restauración de los ninots con unos criterios de actuación basados en una metodología rigurosa y esto ha comportado la intervención sobre estas piezas durante años de una manera anárquica y desordenada. Actuaciones que han consistido en la sustitución de fragmentos originales con nuevas incorporaciones basadas a menudo en un planteamiento teórico violletiano puramente estilístico y de restitución completa; reproducciones íntegras de ninots; retoques, repintes y arreglos completos y generalizados encabezan una serie de contrasentidos que pueden generar con los años el encubrimiento o parcial desaparición de los más relevantes vestigios concretos de lo que fueron las fallas del pasado.


Por todos estos motivos parece ineludible la concienciación plena de la totalidad de organismos responsables del mantenimiento de estos importantísimos restos que no sólo suponen un valioso vestigio del folklore valenciano, sino que encierran otro tipo de valores documentales, gráficos y artísticos que hay que perseverar en óptimas condiciones. Los ninots que año tras año entran a formar parte de este inapreciable patrimonio cultural merecen un mínimo de sensibilización por parte de ayuntamientos, comisiones y artistas en cuanto a su conservación en museos y locales que presenten unas condiciones aceptables de mantenimiento y unas prácticas de restauración con unos criterios firmes y respetuosos.