El ALBA de los bárbaros.
El imaginario neoliberal en las narrativas periodísticas de La Nación
Socialismo barbárico, utopía regresiva, cortina de hierro andina: estos son algunos de los calificativos que el diario La Nación de Costa Rica emplea en sus narrativas periodísticas para referirse a la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), y que reflejan fehacientemente la manera en que los medios de comunicación hegemónicos construyen sus relatos sobre los procesos de integración regional y los modelos de desarrollo que se proponen, actualmente, desde las particularidades y contextos de los gobiernos nacional-populares de la región.
Las narrativas periodísticas (noticias, reportajes, columnas de opinión y editoriales), en tanto relatos de representación de la realidad, confieren contenido simbólico a hechos de alcance colectivo y movilizan la opinión pública hacia la afirmación o el debilitamiento de unos determinados consensos sociales. Es aquí, precisamente, donde los discursos periodísticos participan de las disputas por la hegemonía[2] política y cultural en nuestras sociedades (Vindas, 2000).
Esta disputa resulta más que evidente en nuestros días. Refiriéndose al golpe de Estado perpetrado contra el gobierno constitucional de la Republica Bolivariana de Venezuela, en abril del año 2002, Luis Bilbao (2002), cronista de Le Monde Diplomatique, sostiene que “los medios de comunicación en Venezuela dejaron de reflejar e interpretar los acontecimientos para pasar a diseñarlos según su voluntad, imponerlos como realidad virtual y luego conducirlos. La osada operación ha fallado. Pero deja hondas y peligrosas heridas en la sociedad venezolana e inaugura una fase singular de la lucha política, más allá de aquel país y del presidente Hugo Chávez (…)” (el resaltado no es del original).
Tomando en cuenta lo anterior, en este ensayo analizo las narrativas periodísticas que La Nación elabora con respecto del ALBA, especialmente el papel que desempeña el imaginario neoliberal en esa nueva fase de la lucha política a la que se refiere Bilbao. Para ello he aplicado la metodología de análisis crítico del discurso[3], en una muestra de 27 editoriales, artículos y columnas de opinión, que fueron publicados por este diario durante el 2007[4].
Estos textos, en los cuales se alude directa o indirectamente a los procesos de integración y desarrollo impulsados desde los países afines a la alternativa bolivariana, tienen la particularidad de que se producen como una suerte de correlato que pretende legitimar la adhesión de Costa Rica al Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica, República Dominicana y Estados Unidos (en adelante, TLC), y por lo tanto, al modelo de desarrollo del libre comercio panamericano definido en este acuerdo comercial, pero que había sido trazado previamente en el proyecto estadounidense del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA).
La elección de este diario se justifica por su influencia y sus vínculos con los más poderosos sectores económicos y políticos del país; además, porque La Nación “surge [en 1946] no solamente como un medio informativo sino como un proyecto que busca participar en la lucha por la construcción de una hegemonía cultural”, que hoy se expresa como una hegemonía conservadora/(neo)liberal. Para esto, el diario apela al discurso periodístico de la identidad nacional como praxis política, al definir “cómo somos, cómo debemos ser o no, [y] quién es el otro frente al cual nos fundamos” (Garro Rojas, 2000).
Aún más, La Nación compara su misión periodística con la de “un gigante editorial que protege a la sociedad costarricense (…). Tan familiar como el pan mañanero (…) [y] uno de los artífices del complejo proceso que ha configurado la Costa Rica de la segunda mitad del siglo XX” (Pérez y Pérez-Iglesias, 1996). Esta protección, que conlleva un ejercicio del poder mediático sobre otras voces de la sociedad, la realiza desde la defensa de los intereses de su capital económico (vinculado a los negocios de agroexportación), las tesis de la libre empresa y el libre comercio, así como la democracia en su dimensión casi exclusivamente institucional.
El perfil periodístico del diario se encuentra ampliamente definido en dos documentos de referencia ineludible: el Manual del buen periodismo y las Guías generales del trabajo periodístico. En ambos textos, La Nación se describe como representante de los intereses del público ante las fuentes y como un medio defensor de las libertades de prensa y expresión. Además, vincula su credibilidad con un autoproclamado compromiso con la verdad, la imparcialidad y la equidad; y se obliga “a no tomar partido nunca a favor de ningún grupo o sector y a orientarse, nada más, por el interés nacional”, y a no “beneficiar o perjudicar a alguien” valiéndose de su función social (Martín Cañas, 2004).
No obstante estos postulados, o profesiones de fe de su ejercicio periodístico, La Nación ha mantenido dos frentes históricos de lucha e intervención política: uno, su anticomunismo, al punto de patrocinar y publicar gratuitamente, durante el período de la Guerra Fría, las hojas informativas del Movimiento Costa Rica Libre (extrema derecha), además de mantener sus posiciones abiertamente en contra de la Revolución Cubana y la Revolución Sandinista; y otro, la defensa de los valores costarricenses, a los que asocia con las nociones tradicionales –y conservadoras- de familia, religión, acción civil, educación o política (Pérez y Pérez-Iglesias, 1996).
En los siguientes apartados presentaré, primero, una aproximación histórica y conceptual del ALBA como alternativa contra-hegemónica de desarrollo, para establecer un marco de referencia que permita la confrontación con el discurso de La Nación y sus imaginarios. Luego, detallaré cuáles son los ejes (o macroestructuras semánticas) en torno a los cuales se elaboran las narrativas periodísticas del diario; a partir de esto, destaco dos aspectos: la concepción del desarrollo hegemónico que se configura desde la óptica del poder mediático, y la manera en que, desde este mismo lugar de enunciación, se construyen sentidos y relaciones con la otredad (movimientos y activistas sociales, gobiernos, líderes políticos), en los cuales se verifica un abuso del poder mediático.
En la parte final, explicaré cómo las narrativas periodísticas de La Nación se vinculan directamente con la disputa abierta, a nivel cultural y político, entre el modelo de desarrollo basado en el libre comercio y la alternativa bolivariana, tras el fracaso del proyecto de creación del ALCA, en la Cumbre de Mar del Plata, celebrada en el 2005: dos relatos y dos alternativas en confrontación en esta hora de nuestra América.
1. El ALBA: un esquema de integración regional y una propuesta de desarrollo alternativo al neoliberalismo.
Los primeros intentos del Gobierno de Venezuela y el Presidente Chávez para poner en marcha una alternativa de desarrollo e integración para y desde nuestra América datan del año 2001, en el marco de la reunión de la Asociación de Estados del Caribe, en la isla Margarita. En esa ocasión se insinuaron las líneas generales del ALBA como oposición al ALCA, que pretendía ser “un megatratado de libre comercio, desde Alaska hasta el Cabo de Hornos”, pero que los movimientos sociales latinoamericanos denunciaron como “el más depurado proyecto de imposición a nivel continental de un modelo globalizador regido por el neoliberalismo” (IPS-Noticias, 2005).
El 14 de diciembre de 2004 el ALBA se convirtió en una posibilidad real de integración, cuando el Presidente del Consejo de Estado de Cuba y el Presidente de Venezuela, reunidos en la ciudad de La Habana, suscribieron el Acuerdo para la aplicación de la Alternativa Bolivariana para las Américas. En este documento manifestaron su decisión de dar pasos concretos hacia una integración basada “no solo en principios de solidaridad, que siempre estarán presentes, sino también, en el mayor grado posible, en el intercambio de bienes y servicios que resulten más beneficiosos para las necesidades económicas y sociales de ambos países”.
Desde el punto de vista conceptual, el ALBA constituye un nuevo espacio de construcción y replanteamiento de la integración latinoamericana que, sobre la base de mecanismos de cooperación y apoyo recíproco, procura constituir alianzas estratégicas entre los Estados miembros y asociados (Bolivia, Cuba, Honduras, Nicaragua y Venezuela, como miembros plenos; además, de Antigua y Barbuda, Bahamas, Belice, Dominica, República Dominicana, Grenada, Guyana, Jamaica, Martinica, San Vicente y las Granadinas, Santa Lucía, San Cristóbal y Nieves, Surinam, Guatemala y Costa Rica, que participan en proyectos del ALBA como Pretroalimentos y Petrocaribe). Esto en función de “alcanzar un desarrollo endógeno nacional y regional que erradique la pobreza, corrija las desigualdades sociales y asegure una creciente calidad de vida para los pueblos”, de ahí que el proyecto sea considerado como parte del “despertar de una conciencia que se expresa en la emergencia de un nuevo liderazgo político, económico, social y militar en algunos países de América Latina y el Caribe” (Morales Manzur y Morales García, 2007).
En un enfoque complementario a esta definición, Verbitsky (2007) encuentra similitudes entre el ALBA y el extinto Consejo de Asistencia Económica Mutua (COMECON), que desde 1949 hasta 1991 reguló, mediante el intercambio compensado, las relaciones entre los países del socialismo real, atenuando así “la divergencia de intereses y los distintos niveles de desarrollo”.
Esto acerca el proyecto a lo que podría definirse como un modelo neodesarrollista bolivariano[5], donde las estructuras estatales regionales son utilizadas por cada una de las naciones del ALBA (la gran-nación bolivariana, por su sentido de comunidad regional) para generar una estrategia de desarrollo propia, que se desmarca de los lineamientos del neoliberalismo. Una tendencia que se manifiesta, principalmente, en la primacía de los proyectos de infraestructura material y en la recomposición de la arquitectura del desarrollo legada por el neoliberalismo. Ejemplos de lo anterior serían la creación de Telesur, el Banco del Sur, el Bono del Sur, los centros de investigación científica y de mejoramiento de la producción, el aporte de recursos financieros para impedir la extranjerización de empresas públicas o mixtas, el intercambio de combustible a cambio de alimentos y transferencia de tecnología alimentaria y agropecuaria, o la participación conjunta en la explotación de petróleo pesado en la franja del Orinoco. En cada uno de los casos citados, los países contribuyen en la medida de sus posibilidades y en aquellos campos donde han alcanzado un mayor nivel de desarrollo.
En cuanto a los principios rectores del ALBA, estos “se nutren del legado filosófico de la integración latinoamericana de la cual se ha teorizado desde casi más de dos siglos en América Latina, entre ellos, el pensamiento doctrinal de la Unión Latinoamericana, que propugnaron Francisco de Miranda, Miguel Hidalgo, Mariano Moreno, Simón Bolívar, José Artigas, Bernardo Monteagudo, José Cecilio del Valle, José Martí, Augusto Cesar Sandino, entre otros” (Morales Manzur y Morales García, 2007). Estos principios se expresan políticamente en la crítica a la integración de corte economicista -fundamentada en la liberalización del comercio y de las inversiones-; en la reivindicación de la lucha contra la pobreza y la exclusión social; y también en la primacía de los derechos humanos, laborales, la protección del medio ambiente y la integración física (fronteriza).
En el plano de la actuación de los Estados, el ALBA privilegia la defensa de posiciones consensuadas, solidarias y críticas frente a problemas como: la imposición de políticas por parte de los organismos financieros y comerciales internacionales; el peso social y el origen de la deuda externa latinoamericana; la privatización del conocimiento, la información y la tecnología, mediante la doctrina de la propiedad intelectual; la concentración de la propiedad de los medios de comunicación social.
Un aspecto fundamental de la lógica de integración bolivariana es que reconoce y promueve la intervención del Estado para reducir las disparidades y tensiones surgidas de las relaciones entre países desiguales, con clara orientación a la aplicación de la justicia para los más débiles. Es decir, reivindica la plena soberanía de los Estados latinoamericanos en la definición de su agenda de prioridades.
En este mismo sentido, el analista James Petras (2006) considera que el ALBA “ofrece una alternativa a la fragmentación actual y a la dispersión de luchas contra-hegemónicas” en nuestra América, por lo que destaca la importancia de su función geopolítica para “la creación del marco inicial para unos futuros Estados Unidos de Latinoamérica (el ideal bolivariano original)” y “la conformación de un bloque regional capaz de negociar sobre una base de mayor igualdad con otros bloques regionales, como la Unión Europea, el TLCAN (Canadá, Estados Unidos y México) o los países asiáticos”.
2. Civilización o barbarie: la encrucijada de los antagonismos en las narrativas periodísticas de La Nación.
En su estudio Formas del saber. Narrativas y poderes diferenciales en el paisaje neoliberal, Rossana Reguillo (2007) apunta algunos elementos clave para la comprensión de las narrativas como expresión de las disputas por el poder y como mecanismos de reproducción de la dominación. Para esta autora, “en la escena pública contemporánea, compleja, multidimensional, contradictoria, emergen figuras y relatos que disputan en el espacio público el monopolio de la representación legítima de la realidad (…)”, ya que “el poder de representación configura imaginarios, conduce colectivos, compromete voluntades y produce imperativos en cuyo nombre se actúa”.
En el caso de La Nación, sus narrativas del ALBA se apoyan en la construcción de dos relatos antagónicos en los que se intenta enmarcar la coyuntura actual de nuestra América, y que funcionan como los referentes principales desde los que este medio ejerce su poder de representación de imaginarios sobre la alternativa de desarrollo bolivariana y, en un sentido más amplio, sobre todas aquellas propuestas o acciones que desafían el statu quo del desarrollo hegemónico y del llamado pensamiento único.
Para La Nación, nuestra región latinoamericana se encuentra partida en dos por la ideología, lo que “constituye una amenaza a la prosperidad, la base fundamental de la democracia”[6] (una prosperidad entendida, sobre todo, en su dimensión económica). Se trata, entonces, de un momento en que se confrontan dos fuerzas de gran poder: por un lado, el socialismo “barbárico, destructivo, incongruente e irresponsable que busca encender la mecha del odio y enrumbar a los territorios democráticos a nuevas épocas de dictadura y hambre”, que el medio asocia a la propuesta de los países del ALBA y de líderes políticos como Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales; y por el otro, “un socialismo dinámico, de progreso incontenible, enrumbado dentro de los más altos ideales del humanismo y la democracia, que intenta formar y educar sociedades justas y paralelas a un mundo cambiante”[7], que el periódico identifica con líderes como Michele Bachellet, Oscar Arias y Fernando Henrique Cardoso.
Sin embargo, esta caracterización parece encubrir los rasgos neoliberales dominantes en buena parte de este último grupo de gobiernos y líderes latinoamericanos identificados como socialistas, y que Petras (2007), por ejemplo, ubica más bien como neoliberales pragmáticos y neoliberales doctrinarios, dados sus distintos niveles de profundización de políticas de privatización, endeudamiento externo, promoción de negocios mineros y de agroexportación, y estímulo al incremento de las ganancias del sector financiero especulativo.
Esos dos macrorelatos articulan, a su vez, la caracterización de los procesos de desarrollo que tienen lugar bajo cada uno de estos socialismos y de sus sujetos sociales protagonistas. La potencia de los imaginarios con que se representa a cada una de estas tendencias es exaltada mediante sugestivas metáforas.
El relato del socialismo barbárico es asociado con “el socialismo del fuego, el del fusil y el del guerrillero con la camiseta roja, de la marcha en contra del trabajo y el gobernante vestido de militar; de entorpecer el progreso y tratar de impedir gobernar”[8]. Más aún, el diario afirma que los países y movimientos que apoyan los principios rectores del proyecto ALBA caminan “contra la razón y la historia. (…) Se inclinan por retroceder al socialismo trasnochado del siglo pasado”, e insiste en que los gobiernos socialistas de Venezuela, Ecuador “y, quizás, Nicaragua, han dado muestras de involución en el proceso de modernización de las políticas públicas requeridas para impulsar el proceso de desarrollo”[9].
En cambio, frente a esa involución que representa el socialismo barbárico y sus actores, se propone el relato del socialismo dinámico como el “(d)el movimiento, del conocimiento, el del acceso a la alta tecnología y la educación para todos, el que crea y recrea la imagen del niño que aprende lo impensable; es el mundo de la nanotecnología, la robótica y los motores de plasma, la biogenética y el desarrollo sostenible”[10].
El antagonismo entre un socialismo barbárico y otro dinámico – en todo caso, un singular socialismo elaborado desde el imaginario neoliberal- adquiere resonancias que evocan la fórmula decimonónica de Domingo Faustino Sarmiento: civilización o barbarie, que nos sitúa frente a “una visión de la América Latina (…) que se organiza a partir de una oposición irreductible (…) entre los espacios definidos por su articulación hacia el exterior y el interior de las sociedades latinoamericanas” (Castro Herrera, 1994). Es decir, un argumento cuyo trasfondo apela a una occidentalización o modernización de los nuevos bárbaros, con las correspondientes consecuencias en términos de relaciones de poder y subordinación política y cultural que esa visión del mundo ha implicado a lo largo de la historia para los pueblos de nuestra América[11]
Al relato de la encrucijada entre un socialismo dinámico y uno barbárico, le acompaña otro que propone, además, la existencia de una izquierda racional y otra izquierda proclive al autoritarismo populista, a la que La Nación vincula –indefectiblemente- con el bloque bolivariano del ALBA. En uno de sus editoriales, a propósito del triunfo del Presidente Rafael Correa en la segunda vuelta de las elecciones en Ecuador, el diario afirma que:
“Hoy, la gran pregunta sobre el futuro ecuatoriano tiene dos partes. La primera es si Correa será capaz de impulsar el cambio constitucional sin grandes turbulencias; la segunda, si el nuevo “modelo” que emerja estará basado en el populismo y la concentración de poder, al estilo de Hugo Chávez en Venezuela o como aspira Evo Morales en Bolivia, o si se inclinará por un diseño realmente justo, moderno y progresista, con la independencia entre poderes y los balances y contrapesos indispensables para el ejercicio de la democracia. Es lo que muy bien saben –y practican– Gobiernos de izquierda racional en Brasil, Chile y Uruguay” (el resaltado no es del original)[12].
Esta oposición entre lo barbárico y lo dinámico, lo irracional y lo racional es invocada por La Nación no solo para descalificar a líderes políticos latinoamericanos y movimientos sociales que propugnan por otro desarrollo, sino que además se emplea para legitimar el sentido de realidad (concepto que retomaré más adelante) que, desde la visión hegemónica del medio, justifica la alineación de Costa Rica con el modelo del libre comercio panamericano y, por lo tanto, la profundización de la organización de la sociedad costarricense en función de los requerimientos de la economía y la cultura global.
La resignificación del proyecto civilizatorio o modernizador en nuestra América responde a la lógica misma del neoliberalismo contemporáneo. Como explica Reguillo (2007), allí donde se instala como narrativa dominante un discurso que expresa la supuesta superioridad del pensamiento metropolitano sobre el pensamiento periférico, y en nuestro caso sobre el pensamiento y las propuestas latinoamericanas, “rezago y asimilación, atraso y progreso, el bien y el mal re-emergen en los horizontes del nuevo orden neoliberal, como categorías incómodas de una matriz civilizatoria que no logra romper con su vocación etnocéntrica para repartir etiquetas que regresan sobre los sistemas de clasificación que establecen la diferencia entre civilización y barbarie”.
De ahí que el ALBA sea descrita por La Nación como una “alternativa delirante”[13], asociada a ideas o prácticas autoritarias, antidemocráticas, al populismo –expresión usada en sentido peyorativo para referirse a la movilización y avance popular- y, en definitiva, a procesos políticos que, según este diario, conducen a situaciones casi escatológicas.
La iniciativa bolivariana, entonces, es representada como una “charanga populista y autoritaria (…) un peligroso espejismo”[14], o un “club de gobernantes populistas e izquierdistas”[15], influidos por el socialismo del siglo XXI -considerado “un arma de destrucción masiva”[16]-, de donde se deriva que el ALBA puede convertirse en “el principal instrumento político en los intentos del presidente Hugo Chávez por influir en los demás países de América Latina”, lo que debe “alertar a los demócratas” de la región y de Costa Rica[17].
Con esta visión reduccionista, casi maniquea, sobre la actual coyuntura de nuestra América, entre ellos la búsqueda de caminos o modelos propios de desarrollo, La Nación se inscribe en la línea del discurso dominante o hegemónico global, que proclama que “la resistencia a la lógica y sensibilidad del capital es imposible (…). Pero como no se trata únicamente de decirlo, sino de evidenciarlo prácticamente, se establece la impracticabilidad objetiva de las alternativas mediante su represión y destrucción social/internacional allí donde despuntan” (Gallardo, 1993).
3. El sentido de realidad del desarrollo hegemónico, frente a la utopía regresiva del ALBA.
Las narrativas del ALBA en La Nación –y su correlato a favor del modelo de desarrollo hegemónico- reproducen muchos aspectos de las estructuras y relaciones sociales, económicas, culturales e ideológicas, propias de la condición subordina y periférica en que nuestra América fue integrada al sistema de la economía-mundo europea en el siglo XVI, y que desde entonces “propició que el colonialismo externo originara otro, interno, que reprodujo al primero ‘en diversas ramificaciones culturales, hasta constituir aquello que hemos calificado como un estilo generalizado de pensamiento’” (Fernando Mires, citado por Castro Herrera,1994).
Ese estilo generalizado del pensamiento de las élites latinoamericanas encontraría su fundamento en ideas que otorgan una superioridad a “la civilización europea sobre la barbarie americana en todos los terrenos”, y que legitiman el supuesto de que “el centro de la vida económica y cultural sólo puede residir en las ciudades”, o bien, en las metrópolis o centros de poder del sistema mundo (Castro Herrera, 1994).
En el discurso que difunde el poder mediático costarricense en torno al ALBA es posible identificar rasgos de ese estilo generalizado de pensamiento, lo que refrenda el argumento de Castro Herrera (1994), cuando afirma que en América Latina sus élites “se expresan hoy a través de un discurso organizado en torno al culto del crecimiento económico como único criterio verdadero de éxito en la gestación pública y privada, y donde lo que hoy se entienda por ‘desarrollo’ ha dejado ya de sugerir la necesidad de algún tipo de vínculo deseable entre el crecimiento económico, el bienestar social, por no hablar de una relación más responsable con el mundo natural”.
En La Nación, ese discurso se expresará, fundamentalmente, como la necesidad de dictar los parámetros del desarrollo posible y realista para nuestra América, inspirados en criterios y nociones que provienen siempre de otro lugar –los centros del poder global-, y que es contrastado con las propuestas latinoamericanas, las cuales son minimizadas:
“Según cifras oficiales, China después de su apertura logró apartar a 250 millones de personas de la pobreza y recibe de inversión extranjera $70.000 millones anuales, pero aquí hay quienes continúan pensando en el ALBA. Por eso ahora, más que ahogarnos en una trillada discusión sobre el libre comercio con EE. UU., deberíamos empezar a pensar más allá y ver el beneficio que, independientemente de nuestra concepción ideológica, tendremos al insertarnos en el mercado mundial, ser competitivos, fomentar la inversión extranjera, modernizarnos y buscar crecimiento y desarrollo económico”[18] (el resaltado no es del original).
Para el diario, la “ruta del desarrollo” será aquella señalada por “líderes políticos de sólidos antecedentes e indudable estatura, que han abrazado el pensamiento y las acciones correctas” (el resaltado no es del original), entre los que identifica a figuras como los “exmandatarios Julio María Sanguinetti (Uruguay) Fernando Henrique Cardoso (Brasil), Ricardo Lagos (Chile), Belisario Betancourt (Colombia) y Felipe González (España)”, y a “los presidentes Óscar Arias y el colombiano Álvaro Uribe”[19].
El pensamiento y las acciones correctas, en el imaginario neoliberal de La Nación, se identifican con aquellas políticas o argumentos que favorecen la consolidación del culto al crecimiento económico por la vía de “la liberalización y apertura de mercados [que] se asocia con el crecimiento económico y social”[20] y, en general, el cumplimiento de una agenda que responde a los dictados de los organismos financieros internacionales, a los principios del Consenso de Washington y a una visión economicista y lineal del desarrollo.
Esta agenda incluye “la aprobación del TLC con EE. UU., la Unión Europea y otras regiones y emprender la tantas veces pospuesta reforma financiera, monetaria y cambiaria (…)”, la reforma de “las estructuras fiscal y tributaria para lograr equilibrio macroeconómico, eficiencia en la prestación de servicios y financiar adecuadamente los gastos necesarios de infraestructura, educación y salud, venidos a menos en los últimos años”, así como “abrir los monopolios públicos y proceder a la venta de activos estatales mediante procesos claros y transparentes, y emprender otras reformas de fondo”. [21]
Ese desarrollo posible reivindica directrices y valores conservadores, pues “el camino del crecimiento económico y de la justicia social es testarudo y conservador: compasión, estudio, trabajo, capacidad, autoridad, responsabilidad”[22]. Se trataría, entonces, de una ruta “basada en la sensatez, la seriedad, la democracia y el sentido de realidad”[23].
El sentido de realidad ocupa un lugar fundamental en la concepción del desarrollo que propone el diario, y que se elabora a partir de una autopercepción negativa, subordinada, de lo que somos. En el contexto de las discusiones y debates previos al referéndum para la aprobación o rechazo del TLC en Costa Rica (octubre de 2007), las páginas editoriales de La Nación argumentaron en favor de ese realismo señalando que:
“somos solo una plataforma con mano de obra barata, muy calificada (…). Vivimos en un mundo globalizado y no nos podemos aislar, tenemos que seguir las corrientes externas del comercio, no somos autosuficientes. (…) Seamos realistas, nuestro queridísimo país es lindo para nosotros, nada más. Para el resto del mundo inversionista es simplemente una plataforma con mano de obra barata, muy calificada y cercana al mercado más grande del mundo”(el resaltado no es del original)[24].
En un sugestivo editorial titulado “El contraste Brasil-Venezuela”[25], el diario afirma que “el realismo debe sustituir a la demagogia como opción latinoamericana”. Este realismo refuerza la idea de la aparente superioridad europea sobre la barbarie latinoamericana, según se indicó antes, lo que resulta evidente cuando el editorialista sostiene que Brasil ofrece una “versión de socialismo –democrática, realista y moderna– [que se acerca] más a los partidos renovados de Europa que al primitivismo caudillista y demagógico de Chávez” (el resaltado no es del original). Ese modelo europeizado, que idealiza al llamado Primer Mundo, se pondera porque “en Brasil la economía ha crecido orgánicamente, la pobreza continúa disminuyendo, los partidos disfrutan de buena salud y nadie duda de la vocación democrática y la seriedad del Gobierno”[26].
Para La Nación, esta es la auténtica opción latinoamericana, y no la “falta de lógica y sentido de la llamada Alianza Bolivariana de las Américas (ALBA)”[27], por lo que los países de nuestra América, asegura el diario, “harían bien en observar más hacia el sur, a Brasilia, donde sí se ha puesto en práctica un buen modelo de socialismo democrático, responsable y eficaz. Porque, más que quimeras irrealizables, lo que nuestro continente necesita son seriedad, realismo y verdadero sentido de ruta”[28] (el resaltado no es del original). Visto a la luz de estos argumentos, el sentido de realidad, entonces, implica la consolidación y el reforzamiento del status quo neoliberal y oligárquico.
Precisamente, otro de los componentes de las narrativas de La Nación es ese que refrenda el orden global hegemónico y anula además todo tipo de oposición, o cuando menos postula –como lo apunta Gallardo- la inviabilidad de la resistencia social y las alternativas a ese modelo:
“Economía global es el nombre del nuevo orden internacional en el mundo. Sus componentes principales son la integración creciente de los mercados de bienes y servicios, un mercado universal de dinero y el movimiento prácticamente libre de capitales a escala mundial. (…) Nuestra responsabilidad es impulsar la inserción del país en el nuevo orden internacional, aprovechando sus oportunidades y superando sus limitaciones. La obligación no es luchar contra los paradigmas, la obligación es precisamente conocerlos, analizarlos como parte de la realidad, aprovechar las oportunidades que nos ofrecen y superar sus limitaciones, dentro de nuestro contexto e historia”(el resaltado no es del original)[29].
La relación que conviene al país, según las voces del poder político y el poder mediático que se aglutinan en La Nación –los poderes fácticos-, corresponde al tipo Norte-Sur con el mundo desarrollado, con la civilización. Esto queda en evidencia cuando el diario sentencia que “quienes se oponen a la privatización y apertura deberían mirarse en espejos exitosos y no en el socialismo trasnochado y alocado de Venezuela, que confunde a Ecuador y que cautiva, sin entenderlo, a Daniel Ortega, aunque, en la práctica, queda frenado por el camino trazado, en buena hora, por el TLC” (el resaltado no es del original)[30].
El editorialista estelar de La Nación, Julio Rodríguez, en uno de sus escritos a propósito de la participación del mandatario costarricense en una cumbre regional, deja constancia de ello cuando celebra que el presidente Arias hiciera “hincapié en la necesidad de mirar más allá de la relación sur-sur e insertar, en consecuencia, a los países centroamericanos en el marco sur-norte, obviamente con EE. UU., la Unión Europea y los países asiáticos”[31].
La opción por un modelo de desarrollo en la lógica de las relaciones Norte-Sur, sobre todo en el contexto histórico latinoamericano, supone la aceptación irrestricta de la hegemonía política, comercial y cultural de los Estados Unidos sobre las aspiraciones de nuestros pueblos. Para La Nación, esto representa “un escogimiento estratégico, el que todo jefe de Estado en su sano juicio haría en beneficio de su nación”[32].
De tal suerte, gobiernos afines al modelo hegemónico, como los de Brasil y Estados Unidos, son propuestos como referentes para los gobiernos de nuestra América, porque se ellos sí se distancian del “autoritarismo expansivo”[33] del bloque bolivariano, e intentan “crear alianzas comerciales estratégicas para el desarrollo de la región, que pueden impulsar las economías, incentivar el comercio y crear más empleos”, a diferencia del Presidente Hugo Chávez, quien “ha sacado su enorme chequera y dispara dinero comprando conciencias”[34].
Como se puede apreciar, esta noción del desarrollo que se configura en los relatos periodísticos de La Nación, al igual que ocurre con las narrativas del paisaje neoliberal latinoamericano y global, produce “sus propios programas de acción, lo que significa poder para construir subjetividad” (Reguillo, 2007).
Siguiendo esa matriz discursiva, pero también ideológica, las rutas alternativas a ese estilo dominante del pensamiento y del desarrollo hegemónico, como la iniciativa ALBA, reciben una censura política y una sanción social por parte del poder mediático, que las cataloga como “utopías regresivas”.
Este concepto fue incorporado a las narrativas de La Nación por el analista Daniel Zovatto, en un artículo de opinión donde relaciona los principales acontecimientos y discursos del Foro Económico de Davos, en Suiza, con la reunión del grupo político Círculo de Montevideo, celebrada en Costa Rica en el mes de febrero del 2007, y que convocó a presidentes y expresidentes iberoamericanos para discutir sobre “la importancia y urgencia de la incorporación exitosa y urgente de América Latina al proceso globalizador”[35].
Zovatto parte de lo expresado por las voces de la “socialdemocracia madura y la corriente de centroderecha” latinoamericanas en Davos, que se levantaron para afirmar, como lo hizo el presidente mexicano Felipe Calderón, que hoy hablar de izquierda y derecha es un anacronismo, que la historia debe dividirse entre pasado -el ALBA- y presente -la tendencia favorable a la hegemonía estadounidense-, por lo que debían censurarse “las expropiaciones y nacionalizaciones de quienes desean volver (…) a dictaduras autocráticas”[36], en clara alusión a los gobiernos de Bolivia y Venezuela.
Consecuente con ese macrorrelato que sitúa a nuestra América en la encrucijada de barbarie o modernización, de pasado o futuro, y en la línea de la re-emergencia de categorías excluyentes en el discurso neoliberal, Zovatto destaca que la principal conclusión del Círculo de Montevideo es la advertencia “del peligro de que América Latina entre de espaldas al siglo XXI y andando hacia atrás”; argumento que el expresidente brasileño Fernando Henrique Cardoso, a quien La Nación ubica como uno de los representantes del socialismo dinámico, del buen modelo de socialismo, complementó con su alerta “sobre la tendencia, hoy presente entre algunas élites latinoamericanas, hacia las utopías regresivas”[37].
Bajo este marco referencial igualmente antagónico, a saber, la ruta del desarrollo hegemónico o la utopía regresiva del ALBA, las narrativas de La Nación van a definir cómo son los dos modelos latinoamericanos de nuestro tiempo: uno, el modelo del libre comercio que defiende el Círculo de Montevideo, “representado por los presidentes [y expresidentes] preocupados por el mejoramiento de sus países, basados en un responsable actuar de sus líderes”, y el otro, el “Modelo Bolivariano (…) auspiciado por líderes demagogos e irresponsables de Latinoamérica, que se apadrinan en los petrodólares provenientes de una Caracas que hoy sueña con convertirse en un nuevo Moscú, que represente lo que significó la ciudad moscovita en tiempos de guerra fría”[38].
Desde esta óptica, el diario construye representaciones sociales negativas, profundamente excluyentes de los otros latinoamericanos: los líderes políticos, gobiernos y movimientos que intentan construir otro desarrollo y un nuevo sistema de relaciones solidarias entre los Estados y pueblos de nuestra América, a partir de iniciativas y propuestas alternativas como el ALBA.
4. Los bárbaros bolivarianos: el poder mediático y la construcción de la otredad en las narrativas de La Nación.
En la lógica de la globalización neoliberal, explica Gallardo (1993), “los actores alternativos (…) son valorados como ‘subversivos’, y anatematizados y aislados como ‘anormales’, ‘resentidos’ o ‘atrasados’ e, indefectiblemente, como efectivos o virtuales agresores. Internacionalmente se los descalifica como Estados y sociedades ‘terroristas’ o lidereados por terroristas. Se trata, ostensiblemente, de una mirada maniquea mediante la cual quienes no se adhieren a la lógica del sistema son sustentantes de toda La Perversidad. Pocas veces se menciona que uno de los problemas mundiales actuales es esta sensibilidad maniquea (…) producida y ejercida desde un poder industrial, tecnológico, militar y político globalizado y que se desea incontrastable”
Partiendo de estas ideas, y de acuerdo con la propuesta metodológica del análisis crítico de discurso, en este apartado me referiré a la manera en que La Nación traslada sus categorías narrativas sobre los modelos de desarrollo en disputa –el del libre comercio panamericano y la alternativa bolivariana-, al relato sobre los sujetos sociales individuales o colectivos que protagonizan la actual coyuntura latinoamericana. Específicamente, destaco aquellas construcciones retóricas que, al decir de Van Dijk (2003), “polarizan la representación del nosotros (grupos internos) y del ellos (grupos externos)”, lo que constituye un mecanismo de reproducción del poder y la dominación en el discurso periodístico.
La principal manifestación de este fenómeno se aprecia en la violencia simbólica del lenguaje con el que La Nación describe a los actores de los procesos sociales y políticos de nuestra América.
De tal suerte, en las narrativas del diario la Revolución Bolivariana, que representa el centro de poder alternativo desde donde se propone el ALBA, no puede sino conducir a la catástrofe, pues “Hugo Chávez posee todos los ingredientes para consumar la catástrofe de Venezuela: inapelable desequilibrio mental, incultura amazónica, locuacidad castrista, mesianismo estelar, un tonelaje de odio y de venganza, un arsenal psicológico alimentado por un subsuelo inagotable de petróleo, en un escenario político donde, extirpados los principios republicanos, él concentra todos los poderes” (el resaltado no es del original)[39].
Paradójicamente, el lenguaje empleado en estas construcciones retóricas expresa sentimientos y prejuicios muy cercanos al tonelaje de odio y venganza que el diario atribuye al presidente venezolano, y que subyacen en el imaginario que este medio de comunicación difunde a través de sus narrativas.
En efecto, ante las condiciones objetivas y subjetivas de cambio en la región latinoamericana, el gigante editorial pone en práctica distintas estrategias para ejercer su pretendida misión de proteger a la sociedad costarricense. Una de ellas consiste en señalar a los gobiernos nacional-populares, que apoyan directa o indirectamente al ALBA, como un germen de amenaza para la democracia continental y que despierta preocupación por “el rápido desarrollo de las dictaduras en Latinoamérica, como las de Ecuador, Nicaragua y Bolivia, apadrinadas ideológicamente por el senil cerebro de Fidel Castro y económicamente por los petrodólares de Hugo Chávez”[40], a quien se dibuja como “un arbitrario capataz”[41].
En la perspectiva hegemónica del diario, los presidentes Rafael Correa, Daniel Ortega, Evo Morales y el mismo Chávez, sufren “el complejo de mesías político”, por lo que no podrán impulsar ninguna transformación relevante para sus pueblos, y “solo cambiarán una dominación internacional por una local, quizá mucho más destructiva”[42]. En este relato, al medio no le interesa mencionar que los gobiernos constitucionales de estos países han sido refrendados en las urnas electorales –inclusive en tres o más ocasiones -, sino hacer evidente, para el público lector, la imposibilidad de constituir alternativas al neoliberalismo dominante, situación que alcanzaría no solo a los líderes políticos, sino también a los movimientos sociales, los pueblos indígenas y, en general, a los ciudadanos y ciudadanas.
Estos mecanismos de construcción de la otredad se observan, además, en la manera en que La Nación recurre al discurso de la identidad nacional para ofrecer cauces de interpretación de una realidad social compleja, donde lo regional latinoamericano se refleja o expresa en lo local costarricense.
Este discurso identitario adquiere una enorme importancia porque desde él se articulan los argumentos que le permiten al diario “justificar sus posiciones con respecto a intereses económicos y políticos (...) en valores o posiciones que trascienden las de su grupo y de esa manera se legitiman entre otros sectores” (Garro Rojas, 2000).
Desde el discurso de la identidad nacional, los poderes fácticos definen a los buenos costarricenses, valga decir, aquellos que profesan el apego a la libertad de elegir, a la vida institucional, a la democracia y la paz, por supuesto, según la visión hegemónica del medio de comunicación.
En contraposición, los malos costarricenses “son aquellos que tienen una posición política o ideológica diferente a la que ostenta el diario. Los otros son fundamentalmente los comunistas” (Garro Rojas, 2000), o su resignificación reciente, que recaería sobre todas aquellas personas, organizaciones o propuestas políticas y sociales que respondan a lo que el medio designa como doctrinas exóticas, y entre las cuales podrían ubicarse los principios rectores del ALBA y las tesis nuestroamericanas[43] de la integración regional.
Los relatos periodísticos sobre los otros -los bárbaros bolivarianos- no se apartan del esquema de los antagonismos, del juego de las antinomias, reforzando en las narrativas los criterios positivos en torno a las ideas y valores conservadores y neoliberales, y alimentando una versión tergiversada del ALBA, en lo que se describe como “el desgranar de insultos, de mesianismos estúpidos, de falso patrioterismo y de embustes políticos, desde La Habana moribunda hasta la trilogía de “patria, socialismo o muerte” de Caracas”[44].
Julio Rodríguez, en una de sus columnas de opinión, plantea que esa disputa latinoamericana entre lo dinámico y lo barbárico, entre los dirigentes serios y los charlatanes, “se reproduce en cada país. Somos testigos” [45]. Los bárbaros bolivarianos, entonces, estarían presentes también en Costa Rica, toda vez que existen voces y actores que cuestionan franca y abiertamente el modelo hegemónico neoliberal del desarrollo, y que buscarían “entrometerse en el orden social, institucional, y político de nuestro país”[46].
Por ejemplo, ante el eventual cierre de la empresa de capital venezolano ALUNASA, en el mes de febrero de 2007, como resultado de un conflicto diplomático entre los presidentes Arias y Chávez, La Nación configura un escenario de amenaza nacional y lesión a la soberanía por parte de un gobierno del socialismo barbárico. Aquí, los buenos costarricenses forman causa común contra el Presidente venezolano y las iniciativas impulsadas desde el bloque bolivariano. Los malos, por supuesto, son identificados por el propio Rodríguez así: “la excepción, aquí, han sido algunos dirigentes sindicales, estudiantiles y políticos que, mientras se desbordan en sus críticas contra inexistentes peligros a nuestra soberanía si se ratifica el tratado de libre comercio (TLC) con Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana, guardan cómplice silencio frente a una agresión directa como la de Chávez” (el resaltado no es del original)[47].
Los malos costarricenses, en el imaginario neoliberal del diario, no solo callan ante las agresiones del enemigo, sino que también conspiran y desestabilizan la paz y la democracia. En abril del 2007, con motivo de un pronunciamiento de solidaridad con el movimiento del NO al TLC en Costa Rica, adoptado por la Cumbre de Movimientos Sociales del ALBA (Barquisimeto, Venezuela), La Nación aseguró que la Alternativa Bolivariana añadió “a su vertiente diplomática (…) un brazo de intervención hemisférica”[48], situación que, desde su punto de vista, abrió las puertas para el intervencionismo chavista en el país:
“Nada de lo anterior [el pronunciamiento de la Cumbre de Movimientos Sociales del ALBA] tendría mucha importancia si no supiéramos de la actitud generalmente hostil de Chávez hacia nuestro país, de su apoyo millonario a los “movimientos” que lo representan y, por ende, de la posibilidad que todo ello se traduzca en la intervención del Gobierno venezolano, por vías indirectas, en decisiones que solo nos corresponden a los costarricenses. (…) Todos deberemos estar muy atentos, en los meses que siguen, para evitar que estos designios interfieran en nuestra paz y en el ejercicio democrático que es el referendo”.[49](El resaltado no es del original).
El relato de los barbáros bolivarianos, de los falsos patrioterismos y los mesianismos estúpidos, según los describe el editorialista Rodríguez, encuentra su contraparte en la buena historia latinoamericana, que parte de la premisa de que no será “desde la retórica populista, la agitación social o las promesas caudillistas que se logra avanzar realmente en mejorar las condiciones de vida y la salud política de nuestros países”, sino que “la respuesta está en poner el crecimiento y la estabilidad en función de reformas sociales responsables y eficaces”[50].
Sin embargo, esta buena historia no parece tener lugar para malos personajes, a saber, para los gobiernos, movimientos sociales y líderes políticos que viven al otro lado de la cortina de hierro andina que “desde las sierras colombianas hasta los volcanes de la Patagonia, (…) separa a los países del oeste con intenciones de liberar sus economías de aquellos en el Este que confían en los altos precios de las materias primas y las políticas populistas”[51].
El hecho de que La Nación condene aquellas prácticas políticas que no concuerdan su idea de país y mundo posible, y que inclusive levante muros y nuevas cortinas de hierro para separar, como en tiempos de la Guerra Fría, a los buenos de los malos, constituye un ejercicio abusivo del poder a través de los medios de comunicación y, más específicamente, un mecanismo de reproducción simbólica de una dominación que opera, también, a nivel material, político y económico.
Por eso, la búsqueda de alternativas a este modelo hegemónico de desarrollo y de sociedad se presenta, en las narrativas periodísticas, como un fenómeno desarraigado “de ejes explicativos que ayuden a entender [sus] causas y consecuencias” (Vindas, 2000). Así, los actuales procesos sociopolíticos que vive nuestra América, y sus manifestaciones particulares en Costa Rica, son desvinculados de los procesos históricos que los originan, y que justifican el presente de lucha y los objetivos de futuro de las transformaciones en curso.
5. El ALBA tras la derrota del ALCA en Mar del Plata: una disputa de narrativas e imaginarios.
Una de las premisas de este análisis, y que representa uno de sus ejes transversales, es que las narrativas periodísticas en torno a las nuevas propuestas alternativas de integración regional y desarrollo constituyen, también, narrativas sobre el poder en nuestra América.
Esta situación ha adquirido un carácter más acentuado producto de las repercusiones políticas, culturales y sociales de la IV Cumbre de las Américas, que tuvo lugar en Mar del Plata, Argentina, en noviembre del 2005. Su importancia en la configuración de nuevos escenarios políticos en nuestra América ha estimulado el interés por la investigación de las narrativas periodísticas y los imaginarios del desarrollo latinoamericano. Sobre esto me referiré ahora.
Esta cita diplomática marcó un punto de inflexión en la historia reciente de la integración político-económica del continente, al menos en los términos y condiciones que Estados Unidos intenta imponer desde su proyecto de hegemonía continental y global. Al mismo tiempo, abrió un frente de confrontación de imaginarios sociales e ideológicos, y de narrativas periodísticas, entre el ALCA -el modelo del libre comercio panamericano- y el ALBA, que está implícito en el desenlace de los acontecimientos político-electorales posteriores a esta cita, en prácticamente toda la región.
La Cumbre de Mar del Plata, en la que participaron los presidentes de los 34 países miembros de la Organización de Estados Americanos, pretendía abordar los temas del combate a la pobreza, la creación de empleo y la gobernabilidad regional; sin embargo, Estados Unidos y México colocaron como prioridad en la agenda el tema del ALCA y la necesidad de reactivar sus negociaciones (que, apegados al cronograma definido en 1994, debían estar concluidas en enero de 2005).
El resultado final fue muy distinto al esperado por los dos países norteamericanos, puesto que las discrepancias comerciales y políticas entre los gobiernos retrataron la imagen de una América “partida en dos por las disidencias sobre el ALCA, luego de que tras extensas discusiones los mandatarios no consensuaron una postura para sacar del coma las negociaciones para un área de libre comercio” (Mondiano e Illiano, 2005).
El balance de la Cumbre confirmó lo que los procesos electorales de la región ya venían anunciando: una reconfiguración de las fuerzas progresistas de la región, con un claro fortalecimiento del bloque suramericano y el ascenso de nuevos liderazgos políticos de izquierda y nacional-populares. Estados Unidos logró que 28 países más acogieron la denominada Propuesta de Panamá, que sugería reiniciar las conversaciones sobre el ALCA en el 2006; no obstante, este apoyo no doblegó a los países del MERCOSUR (Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay), que optaron por no negociar hasta que Estados Unidos desmantele sus subsidios a la producción agrícola, y se apruebe una reforma similar en la Organización Mundial de Comercio. Venezuela, por su parte, “levantó en la cumbre una postura más radical y solitaria, ya que sencillamente llamó a enterrar el ALCA. Pero suscribió la idea del MERCOSUR de que aún no hay condiciones para negociar” (Mondiano e Illiano, 2005).
La derrota diplomática del ALCA, cuando ya estaba en camino la consolidación jurídica y material del ALBA, fue un acontecimiento de gran valor político y simbólico para nuestra América, porque supuso el cuestionamiento frontal a la integración de una sola vía (la liberalización de nuestras economías) y a los imaginarios construidos alrededor de al modelo de desarrollo neoliberal, como mecanismos de legitimación social.
Frente a la doctrina del libre comercio panamericano formulada por el Gobierno de los Estados Unidos, y plasmada en el ALCA y su variante en pequeña escala: los tratados de libre comercio, el Presidente Chávez enunció al ALBA como el parto de un tiempo nuevo y de una historia nueva para nuestra América:
“Primero hicimos una propuesta tímida que ha ido tomando fuerza, como esos tambores que suenan por ahí [en las calles de Mar del Plata]. Se trata no solo de decir no al ALCA, sino también de emitir una propuesta alternativa, el ALBA, es la Alternativa Bolivariana de las Américas. Es el proyecto desde hace doscientos años de San Martín, de Bolívar, de Sucre, de Perón, de Evita (…) El ALBA debe ser construida desde abajo, con los agricultores, los obreros, los estudiantes, los poetas, los indígenas... No será construida desde las elites, sino desde abajo, desde nuestras raíces” (Serrano, 2005).
La confrontación entre ALCA y ALBA remite, en el plano histórico-filosófico, a la lucha entre el imperialismo estadounidense y los pueblos de nuestra América, entre monroísmo y bolivarismo: “El primero, aquel que se resume en América para los americanos, en realidad América para los norteamericanos, ese es el proyecto imperialista, de dominación, saqueo y rapiña. El segundo es la propuesta de unidad de los pueblos latinoamericanos caribeños, la idea del Libertador Simón Bolívar de conformar una Confederación de Repúblicas. En síntesis: una propuesta imperialista enfrentada a una propuesta de liberación” (Bossi (2005).
Las tensiones políticas que suscitan estas dos opciones, y su expresión o reconstrucción en los medios de comunicación, descubre dos grandes líneas de acción en las que se inscriben las narrativas periodísticas hegemónicas a nivel latinoamericano (incluidas las del diario costarricense La Nación), ambas asociadas al desenlace de la IV Cumbre de las Américas: la primera, una corriente que intenta relativizar el problema concreto que sufren los Estados Unidos y los gobiernos y/o elites simpatizantes de su concepción del libre comercio, ante una evidente “relación de fuerzas desfavorable frente a los oprimidos y el resquebrajamiento en la dominación de los mismos” (Almeyra, 2005); y la segunda, la corriente que, frente a esa correlación de fuerzas negativa, ejerce la oposición a los gobiernos nacional-populares, identificándose con los intereses “de las clases gobernantes y elites políticas con vínculos desde hace tiempo con el capital extranjero, los bancos exteriores y los Estados Unidos” (Petras, 2006).
Precisamente, es en esta opción por los intereses de las élites políticas y oligárquicas, tal y como lo he enfatizado a lo largo de este ensayo, donde las narrativas periodísticas de La Nación juegan su partida como instrumentos de legitimación del orden global mercadocentrista, del modelo del libre comercio panamericano y de la imposición de realidades posibles en la sociedad costarricense, para intentar contener y revertir esa correlación de fuerzas negativa para los intereses de los grupos de poder que se expresan a través de sus páginas.
NOTAS
[1] Hinkelammert, Franz. 2003. Solidaridad o suicidio colectivo. Heredia: Ambientico Ediciones, p. 35.
[2] Desde el pensamiento gramsciano, la hegemonía se define como “la dirección ideológico-cultural que un determinado grupo social ejerce sobre los restantes que componen una formación social determinada”, con la particularidad de que “se ejerce de forma tal que permite el ejercicio de prácticas propias, a los sectores subalternos no antagónicos: prácticas que incluso pueden ser no funcionales para el orden social dominante”. Los intelectuales desempeñan un papel de primer orden en la construcción de la hegemonía, cuando “el grupo que controla la hegemonía logra atraer a la mayoría de los intelectuales y ponerlos al servicio de la elaboración y difusión de una visión de mundo de acuerdo con sus intereses de clase y su propia cultura e ideología” (Solano, 1999).
[3] Opté por este instrumento de análisis para la intervención sobre los textos seleccionados, ya que permite identificar y desmontar los mecanismos discursivos de producción de la dominación, a través de los cuales los medios de comunicación y grupos de poder político-económico influyen sobre las representaciones sociales de hechos que le son presentados o re-creados al público en las narrativas periodísticas (Van Dijk, 2003).
[4] Un listado completo de los materiales periodísticos consultados se incluye al final de este documento.
[5] El neodesarrollismo, según lo define el economista y científico social brasileño Bresser Pereira, rompe con el desarrollismo clásico de los años 1960 y 1970, y con la ortodoxia neoliberal derivada del Consenso de Washington, para proponer que el agente fundamental es “la nación que utiliza a su Estado para generar una estrategia nacional de desarrollo”. Al respecto véase: Ramírez, Franklin y Minteguiguia, Analía. El nuevo tiempo del Estado. La política posneoliberal del correísmo. En OSAL, año VIII, nº 22, setiembre 2007. Buenos Aires: CLACSO.
[6] “La cortina de hierro andina”, 21 de enero.
[7] “El socialismo dinámico”, 17 de febrero.
[8] “El socialismo dinámico”, 17 de febrero.
[9] “El socialismo trasnochado” (Editorial), 22 enero.
[10] “El socialismo dinámico”, 17 de febrero.
[11] Al respecto, véanse los trabajos de Roberto Fernández Retamar: De Drácula, Occidente, América y otras invenciones”, en Concierto para la mano izquierda (2000), La Habana: Fondo Editorial Casa de las Américas; y de Helio Gallardo: “Lo que llegó fue Occidente”, en 500 años: Fenomenología del mestizo. Violencia y resistencia (1993), San José: Editorial DEI.
[12] “Ecuador: ¿cuál rumbo?” (Editorial), 17 de enero.
[13]“Ortega ante dos rumbos” (Editorial), 12 de enero.
[14] “Balance de una gira” (Editorial), 14 de marzo.
[15] “El lado turbio del Alba” (Editorial), 4 de mayo.
[16] “Armamentismo de Hugo Chávez”, 9 de setiembre.
[17] “El lado turbio del Alba” (Editorial), 4 de mayo.
[18] “Dos caras de la misma moneda”, 1 de octubre.
[19] “La ruta del desarrollo” (Editorial), 30 de enero.
[20] “Agenda económica pendiente” (Editorial), 11 de febrero.
[21] Ídem.
[22] “En vela”, 25 de abril.
[23] “La guerra fría de Ortega”, 15 de junio.
[24] “¿De qué jugamos?”, 1 de setiembre.
[25] “El contraste Brasil – Venezuela” (Editorial), 7 de junio.
[26] Ídem.
[27] Ídem.
[28] Ídem.
[29] “La economía global”, 25 de setiembre.
[30] “El socialismo trasnochado” (Editorial), 22 enero.
[31] “En vela”, 13 de abril.
[32] “Lula en Camp David”, 4 de marzo.
[33] Ídem.
[34] “ALCA versus ALBA”, 19 de marzo.
[35] “De Davos al Círculo de Montevideo”, 18 de febrero de 2007.
[36] Ídem.
[37] Ídem.
[38] “Costarricense o bolivariano”, 28 de mayo.
[39] “En vela”, 10 de enero de 2007.
[40] “Correa juega al fujimorazo”, 3 de agosto.
[41] “Por orden del capataz” (Editorial), 23 de febrero.
[42] Ídem.
[43] Al respecto, véase el artículo de Luis Suárez: “La integración Independiente y Multidimensional de Nuestra América: Una mirada desde lo mejor del pensamiento sociológico”, en la revista Política Exterior y Soberanía, año 3, nº 2, abril-junio 2008. Caracas: Instituto de Altos Estudios Diplomáticos Pedro Gual.
[44] “En vela”, 29 de enero.
[45] Ídem.
[46] “Intervención y grupos del NO”, 8 de junio.
[47] Ídem.
[48] “El lado turbio del ALBA” (Editorial), 4 de mayo.
[49] Ídem.
[50] “La buena historia latinoamericana”, 4 de noviembre.
[51] “La cortina de hierro andina”, 21 de enero.
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