PALABRAS PRONUNCIADAS POR

LA PROFESORA BERTA MAIRENA SABALLOS AL RECIBIR 

EL PREMIO NACIONAL AL MAGISTERIO 2007 

MASATEPE, 7 DE SEPTIEMBRE DE 2007 

 

 

 

Muy buenas noches, señoras y señores.  Es para mí, motivo del más alto honor encontrarme en la noble ciudad de Masatepe, acompañada de tan distinguidas personalidades, para recibir el Premio Nacional al Magisterio 2007 de parte de la Fundación Luisa Mercado, premio que constituye un invaluable tesoro y tiene tantas facetas que resplandece cual diamante al sol. 

 

En primer lugar, por proceder de donde procede.  La naciente Fundación Luisa Mercado se está convirtiendo en un baluarte de la educación, la cultura y las artes en Nicaragua y es significativo que dentro de sus primeras manifestaciones se encuentre el reconocimiento a la labor magisterial.  Nadie mejor que la familia puede comprender la labor de un maestro, pues observa muy de cerca sus empeños, sus alegrías, sus tristezas, sus sueños e ilusiones y la familia Ramírez Mercado fue testigo cercano de la trayectoria de doña Luisa, insigne educadora, formadora y más que nada inspiradora, cuya memoria resalta ahora a través del reconocimiento y estímulo a la abnegada labor de los docentes. Agradezco profundamente al Doctor Sergio Ramírez y demás integrantes de la directiva de la Fundación, por esta feliz iniciativa y les deseo la mejor de las suertes en todos sus proyectos. 

 

Por otra parte, para este Certamen, la Fundación tuvo el acierto de integrar un Jurado Calificador con notables de la educación en Nicaragua, cada uno de ellos sobradamente merecedor de un premio de esta naturaleza.  Su capacidad, experiencia e integridad son garantes de una selección transparente y le imprimen un prestigio sin igual a este premio.  Mi más sincero agradecimiento a los miembros del Jurado que tuvieron la generosidad de encontrar en mi cotidiano compromiso de cumplir una misión de vida, los méritos para alcanzar este reconocimiento.  

 

Sin embargo, es menester aclarar que quienes trabajamos por la educación, no competimos.  Nuestra pasión no persigue laureles.  Simplemente seguimos una vocación, un llamado interior que nos empuja a la entrega incondicional.   Era yo muy pequeña cuando mis padres, al ver que había logrado leer de corrido, me inculcaron el deber de regresar a mis semejantes un poco de lo que yo había obtenido y de esta manera comencé a alfabetizar a las personas que acudían al  negocio de mi madre.  Han pasado más de setenta y cinco años y todavía permanece en mi mente la expresión de alegría de un muchacho, que desde Jocote Dulce llevaba frutas a mi madre, cuando en un viejo periódico descubrió el milagro de la lectura.  Aquella expresión, la dulce sensación de logro, la satisfacción del deber cumplido, marcaron mi vida con un compromiso que me ha acompañado todos estos años. Recibo este premio en nombre de todos aquellos maestros y maestras que han sentido ese llamado en lo más recóndito de su ser y al seguirlo, día a día se entregan en cuerpo y alma a esta loable tarea. 

   

El reconocimiento a la labor de una docente de preescolar en esta primera edición del premio es significativo.  Por muchos años este nivel no fue tomado con la seriedad que merece.  Pasaron muchos años para que se llegara a la conciencia de que la educación inicial tiene una particular relevancia dentro de todo el sistema educativo, pues constituye el andamiaje sobre el que se construirá toda la formación del individuo.  En la medida en que logremos una educación inicial de calidad, aseguraremos ciudadanos responsables, tolerantes, respetuosos de la dignidad humana; con una incansable sed de aprender; hombres y mujeres capaces de dar amor, de soñar con su plena realización y firmes creyentes en una sociedad democrática, justa e igualitaria.   

Dedico este premio a todas las educadoras de preescolar que comparten conmigo la ilusión de una Nicaragua mejor a través de una educación preescolar de calidad; en especial al equipo de educadoras del Preescolar Berta, cómplices en mi lucha, sueños y proyectos; formadoras que han comprendido que la educación, como decía William Yeats, más que llenar una cubeta, es encender un fuego.   

 

San Pablo en su primera carta a los Corintios, nos deja una inolvidable lección: “Si no tengo amor, no soy nada”.  Agradezco de manera especial a mi familia, que ha sido fuente, caudal y destino de un inmenso amor que me ha mantenido viva todos estos años.  El Señor me bendijo con una buena salud, pero más que nada, con una bella familia; que ha sabido llenarme de alegría y que se desvive por buscar motivos que me hagan sentir orgullo y satisfacción. Hoy me corresponde provocar en ellos, un poco de lo que pródigamente han provocado en mí.  Mi cariño y eterna gratitud para quienes se nos adelantaron, sé perfectamente que están disfrutando este momento.   

 

Debo decirles que siento una inconmensurable emoción al saber que mi fotografía estará en una galería de docentes distinguidos en la sede de la Fundación.  El honor de pertenecer a ese selecto grupo, excede al más grande de mis sueños.  

 

Podrán ustedes comprender ahora el enorme significado de este premio para una maestra que ha vivido y vivirá para educar.  Un estímulo de esta naturaleza en esta etapa de mi vida, me da fuerzas para andar con paso firme el último tramo del camino.   

 

Con la paz interior de saber que cuento con los talentos para rendir cuentas de lo que se me otorgó y con la tranquilidad de sentir una mano firme que tomará la estafeta para continuar mi obra, tendré al momento del ocaso la entereza para exclamar, evocando a Amado Nervo: Vida nada me debes; Vida estamos en paz.  

 

Muchas gracias y que el Señor los bendiga a todos.