Relato sin título escrito por adnelric

 


En un camión, dos asientos vacíos. El del chofer y otro al final del camión. "Me voy a sentar en el del chofer para darle a madre al camión, ya!", pensó Mayra. Siguió de largo por el pasillo hasta llegar al asiento libre. Las acomodó tratando de no incomodar al compañero de a lado. Volteó a ver su muñeca. Eran pasadas de las ocho y olvidó pintarse las uñas: “Se ven horribles”, notó. En el Oxxo estaba el chofer, adornando con tomate y sin prisa un Vikingo. El ruido de su estómago le recordó que no había tenido tiempo de desayunar: “Que rico! Un hot-dog. Y si le chiflo para que me traiga uno?”.


El camión arrancó a las ocho con ocho minutos con la segundera entre el tres y el cuatro. Su vecino de asiento giró su mirada rumbo al chofer cuando ella lo miró. “Me estaba viendo el viejito! Tan jodida estoy? Que mal!”, se recriminó. Le llamó la atención la sudadera negra y el contraste con el sombrero amarillento con accesorios que vestía. “Al menos no huele feo”, concedió. Miró otra vez a su muñeca y calculó el tiempo faltante para llegar a la oficina. Un minuto después el discurso empezó.


-Este es el Eudaimonia-, empezó José de la Luz (Chalalú le decían sus amigos) señalando su cabeza. -Es un revolucionario invento que he estado desarrollando desde mi juventud. De eso hace ya muchos años. Ayuda a mejorar la calidad de vida de las personas si es usado adecuadamente. Cuando esté terminado, dará la felicidad absoluta al paciente -empezó el hombre-.


"No tendría que estar oyendo esto si me hubiera levantado un poco más temprano. Písele chofer, no mame!", renegó para sí misma. Como nadie lo interrumpió, él continuó:


-Funciona por medio de ondas ultrasónicas que son transmitidas desde el generador principal y son captadas por los receptores cerebrales, creando en quien lo usa, no sólo la voluntad para ser feliz, pero además una sustancia que modifica el accionar de las personas, lo cual les permite alcanzar sus más altos objetivos. -En mis registros queda demostrado que la sustancia Eudai-beta-1, como lo esperaba, orienta la conducta individual en favor de cuatro virtudes fundamentales en el ser humano: Prudencia, Moderación, Justicia y Valor-, señaló con maestría.


El balbuceo paró frente a un semáforo. Esto le permitió escuchar el ronroneo del camión de fondo para la charla que le esperaba con el arquitecto en unos minutos. Después de la larga discusión, casi renuncia a su trabajo en el mismo camión. “Hablarle al mecánico en la tarde”, recordó al observar el armazón de un vocho amarillo en lo alto de un poste negro.


-Muchos de mis pacientes me contaron que en sueños hablaron con "Dios"- continuó el hombre sin recibir respuesta. -Registré los casos de varios pacientes, pero nada significó algo para mi investigación.

-Y la palanquita para qué es?-, dudó ella en voz alta. Cuando se escuchó hablar, se arrepintió de haber respondido a la plática.

-Sirve para seleccionar uno de los cuatro ajustes en función de los síntomas del paciente-, le contestó inmediatamente. -Con el Eudaimonia se pueden tratar muchos problemas del ser humano. Hasta le curé el tabaquismo a Estela!-, presumió. Lentamente puso Mayra su brazo sobre los Delicados que se asomaban dentro de una división de plástico en su mochila.


-Y con qué ajuste curó a Estela?, preguntó escéptica.

-Con el de "Moderación". Esa mujer se fumaba uno tras otro. Cuando recién empezaba con mis prototipos, allá finales de los sesenta, a ella la dejaba ver todos mis bocetos y notas. Despachaba en la tienda de abarrotes de sus papás, desde las seis hasta que cerraban. Mientras ella fumaba como chacuaca y platicaba conmigo, yo me comía una concha y me tomaba una coca. Ya estaba más grande que yo, ya más para los treinta. Se ponía el sombrero mientras platicábamos, pero no me creía mucho. Una noche me dejó darle un beso con la boca abierta. Casi nos ve su marido que salía de la trastienda-, se reprochó el hombre con una leve sonrisa en los labios.


Le habló a Mayra sobre sus tardes con la abarrotera y las pláticas que tenía con ella. Platicaban sobre enfisema pulmonar y otros temas, mientras, la abarrotera usó el sombrero sin creerle mucho. Chalalú le habló sobre placer, nicotina y receptores cerebrales. En una ocasión incluso dibujó sus pulmones, con la negrura que según su investigación, debían tener en ese momento. Información desconocida para ella en ese entonces por otros medios. Cuando una tarde Estela le platicó que por su reciente tos y su dolor de pecho, decidió dejar de fumar, él prefirió no comentarle sobre los efectos secundarios de su invento.


-Yo quisiera dejar de fumar-, respondió Mayra desganada.

-Pruébelo. Mire, póngase esto aquí...

-No, no gracias... -exclamó mientras evitaba con su mano que el hombre se quitara su sombrero. Escena graciosa para algunos pasajeros, incluída ella. -Prefiero dejar de tomar que dejar de fumar-, susurró.

-No debería desconfiar del Eudaimonia! -Tengo un primo que entró en depresión hace muchos años-, recordó el hombre.

-Lo visitaba en las tardes para hacerle el tratamiento mientras fumábamos y platicábamos. Con él si me fijé mucho en los efectos secundarios. A él le dolía mucho la cabeza y algunas veces hasta migraña. Después de un mes, llegó a mi casa a regresarme el sombrero y decirme que la cabeza ya no le dolía. Había decidido ser reportero de guerra. Justo anoche vi su nombre en el noticiero de Joaquín. Reportaban desde un país de África que no recuerdo. Me dio mucho gusto-, sonrió el hombre.


-Supe que en el 87' estuvo reportando en la intifada Palestina, -recordó. Me gusta estar enterado de lo que pasa en el mundo. Tengo mucho trabajo con el casco, pero no siempre lo hago en mi taller. Salgo mucho a las calles a escuchar a las personas cuando les platico sobre el casco, como a tí. A veces paso por los Abarrotes “Estela” para comprar el periódico, pero ahora se llama de otra forma.

-Cómo se llama ahora?-, preguntó Mayra con ademán coqueto.

-No sé fíjate! Como ya no está Estela ni me di cuenta. Una vez me dejó darle un beso con la boca abierta!-, respondió Chalalú entre risas.

-Y casi los cacha su marido!- exaclamó cómplice. Que bonita Estela, pero que asaltacunas!”, pensó Mayra.

Su amigo de camión le describió el nuevo taller donde trabajaba en sus inventos. Estaba viviendo ahí mismo, en un cuarto en la casa donde vivieron sus padres, para dedicarse por completo a su trabajo. Dormía en un catre en el fondo, guardaba máquinas de escribir viejas y algunas cobijas para el invierno. Resaltaba el gran número de cajoneras y gavetas. Pensaba que la información importante debía almacenarla. Y toda la información era importante, así que los cajones se volvían imprescindibles.


-Guardo muchos periódicos, artículos, revistas, fotos, todos rayoneados. Si me encuentro una foto interesante en donde sea, la guardo. Siempre tengo un cajón donde guardarla, todo etiquetado-, afirmó el científico.

 -La verdad siempre he dudado de la eficacia del sombrero en el ajuste de Justicia, pero no tengo con quien probar. Algo a gran escala estaría bien: No conoce algún político? Es usted político?

-No señor. Dios me libre. Puros corruptos-, respondió de inmediato.


Según Chalalú, hacían falta un par de pruebas para este ajuste. Chalalú justificaba su falta de éxito en su avanzada edad y sus escasos recursos económicos. Sin embargo, no perdía oportunidad de hablarle a quien pudiera sobre el Eudaimonia, en espera de encontrar un político injusto dispuesto a usar su sombrero.


-Si, resultarían buenos sujetos de estudio, sinceramente. Usted no me sirve para probar en Justicia. No conoce a alguien con más dinero del que necesita o merece? Tiene usted mucho dinero?

-Hágamela buena!- replicó Mayra. Ya estuvo de preguntas, mejor hágase para allá -le pidió con un poco de culpa. "Me quiere asaltar o qué?", pensó.


Disculpe, no quise asustarla. Y con todo respeto, me hago para acá.


-Qué onda?... Sí, ya... Sí... ya voy llegando... Dile que no sea gacho, que me espere! Bye. -telefoneó mientras suspiraba un chingada. La verdad es que no iba llegando, todavía le faltaba la mitad de camino.


-No es que le tenga miedo. Pensé que me quería asaltar-, se disculpó Mayra.

-No la culpo. Muchas personas andan con miedo últimamente-, le respondieron al rato.


En el fondo sonaba “La Caliente”. Las últimas notas de una cumbia sirvieron de entrada a Antonio Córdoba para enunciar una larga lista de grandes decomisos de armamento y droga. El espacio informativo fue breve en comparación a los comerciales que acompañaron después. El volumen del stereo y el ruido del camión no dejan oir la perorata del hombre.


-Si supieran que el miedo los hace vulnerables. Mientras el Pueblo mantenga su espíritu chingador, la Autoridad que de él se desprenda no podrá ser diferente-.
-El cambio es personal. Usted dijo: chingada! Debemos perdonar a nuestra chingada madre. Aun somos todos unos hijos de la chingada.

-Póngales el casco a todos los hijos de la chingada- suplicó Mayra.

-Yo les inyectaría a todos Eudai-beta-1 intravenoso, a ver si tan chingones, -replicó el hombre con ademán altanero-. Si supieran lo que puedo hacer con mi invento, seguro se miede... mueren de miedo.

-Mieden de muero! -se burló la joven del casi error.

-A poco no se mieden de muero!?- cuestionó él entre risas.

-Ahá. -Accedió sin abrir los labios.

-Le dije que también puede curar miedos? Usted a qué le tiene miedo?

-Mmm... a morirme. A que me corran...-, tardó en responder, distraída por el tercer letrero rojo y amarillo que esperaba ver en su camino.

-Problemas de trabajo, fácil. El miedo a la muerte es difícil de curar; pero puedo decir orgullosamente que el sombrero ha curado a algunos pacientes el miedo a morir-, respondió confiado el hombre.


Por varias cuadras habló sobre el miedo a la muerte que existe en el ser humano, sin encontrarle razón de ser, pero sostuvo que el Eudaimonia lo curaba. Afirmaba que la vida sufría cambios radicales cuando el ser humano perdía el miedo a la eventual muerte y sus pacientes lo demostraban.


-Hace muchos años yo me juntaba con el Nico. Vivía por mi casa. Era de esos muy metidos en la iglesia, verdad? En los setentas se metió en un culto de salvación de unos guías espirituales que bajaron del chuco, Canadá, o por ahí arriba. Le prometieron que con ellos obtendría la respuesta a muchas preguntas e incluso alcanzaría la inmortalidad.

-En esa época éramos jóvenes, y mientras yo desarrollaba el casco, el se metía ácido. Ya después, por problemas de dinero y drogas, un policía le cortó dos dedos. Estos, los de amor y paz, precisamente-, recordó casualmente Chalalú mientras retorcía los huesos de sus dedos índice y medio.


Le habló a Mayra sobre su reencuentro con Nico hace diez años pidiendo dinero -con los ocho dedos de sus manos- para “Alcance Victoria”. Lo invitó a su cuarto para platicar un rato con él. Platicaron de muchas cosas: De su familia, la ausencia de sus dedos y de su nueva casa. De las nalgas de Estela, virtudes cardinales y el Eudaimonia. Cuando le contó lo que éste hacía, Chalalú vio sus ojos iluminarse.


-Y qué tal?-, preguntó la joven.

-Sólo tuvimos tres sesiones: el tratamiento no concluyó. A veces iba a su casa, pero no llevé registro detallado del caso porque dejé la investigación formal. Una vez me enseñó que al usar el casco, le dolía justo debajo de su tatuaje de la virgen en el pecho. Al güey le dolía el corazón.


La última vez que Chalalú fue a verlo, en una colonia de la periferia al norte, Nico le dijo que había soñado que “Dios” era mujer y que intentaría cruzar de mojado, otra vez. Chalalú notó los nuevos diseños que adornaban el tatuaje que Nico se había hecho a principios de los ochenta.


-Seguro andaba bien loco, no?-, preguntó entre risas. Espero que ahorita ya tenga sus buenos dólares para vivir a lo gringo. Lo más probable es que lo haya agarrado la migra otra vez. Era de tu edad en ese entonces, más o menos.

-Y cómo está Nico?-, preguntó Mayra intrigada.

-Uh, pues en su trocota del año casado con una guerota. O muerto o en la cárcel. No sé. Yo lo cuento como caso de éxito, porque lo vi feliz cuando me platicó su sueño-, justificó presuntuosamente.

-Oh que la... que chiste!-, respondió ella.

-Pero gracias a Nico, a Estela, a mi primo. Gracias a todos los estudios que he hecho, creo que estoy cerca de encontrar el quinto ajuste! Es difícil: tendría que encontrar una quinta virtud cardinal. Lo cual es imposible, no? Realmente no lo entiendo. Pero tiempo me sobra! -carcajeó Chalalú-. De verdad no quiere probar?, -preguntó amigablemente.

-No, a la vuelta señor-.


Se levantó de su asiento, alisó las arrugas de su falda, tomó su mochila y su portafolios y caminó a la puerta. El hombre vio levantarse, con poquito morbo, lo que antes había visto acomodarse.


-Seguro que sí. Si nos volvemos a ver, me recuerda que le haga el tratamiento gratis, nomás por ser usted-, guiñó Chalalú.


Su bigote grisáceo se movió junto con sus arrugas, haciendo muy aparatosa la discreta expresión. En la puerta Mayra tomó los cigarros de su bolsa, uno de veinte y se los alcanzó.


-Mejor le pago por adelantado. Hasta luego-, gritó quedito mientras bajaba por las escaleras.

-Gracias inversionista, tu universal generosidad me nutre! Gratis para la otra!-, gritó más fuerte el hombre.


Ya estando abajo, Mayra vio a Chalalú ponerse el sombrero dentro del camión. Sintió su encendedor en su mochila con el antebrazo y rápidamente lo sacó para intentar dárselo. El camión avanzó. Miró su encendedor: “Estuvo entretenido, pero mejor me levanto más temprano mañana”, pensó. Se dio la vuelta y caminó un poco más de prisa que de costumbre.


Fin.