Alfonso Méndiz. Universidad de Málaga.

El product placement

La técnica de comunicación comercial denominada product placement (traducida al castellano como “emplazamiento de productos”) ha cobrado gran relevancia en muy poco tiempo, tanto en el mundo cinematográfico como en el ámbito de la publicidad y el márketing. Últimamente, además, también los investigadores —dentro y fuera de la Universidad— han comenzado a prestar atención a este fenómeno, del que no existía apenas bibliografía hace tan solo unos años. Este creciente interés por el concepto y las implicaciones del product placement ha cristalizado en publicaciones de muy variada entidad:

a) Por una parte, los artículos más o menos divulgativos y/o polémicos, que han aparecido en las revistas especializadas en publicidad y marketing.
b) Por otra, las aproximaciones teóricas desde el ámbito jurídico, que se han orientado a denunciar sus peligros como técnica publicitaria o a considerarla abiertamente como una práctica ilegal.
c) Finalmente, unos cuantos ensayos —ciertamente muy pocos— que han tratado de definir el concepto y evaluar su efectividad. En este último campo quisiéramos introducirnos con el presente estudio.

Básicamente, el product placement puede definirse como la inclusión de productos o servicios comerciales en obras cinematográficas o televisivas a cambio de un cierto pago o de una colaboración en la promoción de esas obras. El concepto, así expuesto, resulta aparentemente sencillo, pero su exacta comprensión debe llevarnos, primero, a una revisión pormenorizada de sus orígenes; y después, a una delimitación de sus rasgos diferenciales con respecto a otras formas de comunicación.

1. Orígenes del product placement

Juan Salvador Victoria, siguiendo las investigaciones de Nebenzahl & Se-cunda, asegura que el nacimiento del product placement debe fecharse en 1945, cuando Joan Crawford engulle delante de la cámara un Jack Daniel's Bourbon Whisky en la película Mildred Pierce (Alma en suplicio), de Michael Curtiz. Otros productos, antes que ese, habían sido utilizados como propios de películas con una cierta visualización de logotipos o etiquetas; pero ésta era la primera aparición de una marca que se solicitaba —y acordaba a cambio de un precio— por parte de un anunciante.
Tal es, según consta por fuentes distintas, la primera referencia histórica documentalmente probada. Sin embargo, este punto de arranque no puede hacernos olvidar que los productos comerciales han aparecido en las películas cinematográficas prácticamente desde sus orígenes, y que los antecedentes del product placement —con más o menos desarrollo— son en verdad tan antiguos como el propio cine.
En realidad, lo que está en el origen de esta técnica no es tanto una invención casual, en un momento histórico concreto, cuanto el resultado lógico de una potencialidad persuasiva que tiene, con respecto a nuestra percepción del mundo, cualquier ficción audiovisual.
El cine ha sido siempre como un espejo en el que todos nos miramos para decidir nuestros modelos de vida y nuestras pautas de comportamiento. Por eso las películas cinematográficas influyen tan notablemente en nuestra percepción de la realidad. Una película como Amadeus cambió por completo la imagen cultural que de Mozart teníamos todos; lo convirtió en un genio infantil, creador de obras sublimes y —a la vez— inmaduro y zafio hasta límites insospechados. Pero no sólo cambió su imagen, sino que convirtió a ese músico lejano en un ídolo popular y provocó una auténtica “Mozartmanía”: sus CD se vendieron por millares y llegó a ser un fenómeno cultural importante a mediados de los años ochenta (efecto cultural y comercial del cine).
Está también el famoso caso de Vacaciones en Roma. Esta película, protagonizada por Audrey Hepburn y Gregory Peck, cambió por completo la imagen deteriorada y decadente que, durante los años cuarenta, había creado el Neorealismo italiano en torno a la Ciudad Eterna. Las películas de Rossellini, Zavattini y Vittorio de Sica difundieron un mito de decadencia; pero bastó esta cinta de William Wyler, en 1953, para que los norteamericanos volvieran a verla como “la ciudad del amor”, el símbolo de la ilusión y del romanticismo.
Por otra parte —y esto es lo que más nos interesa—, las películas no sólo han influido en nuestra imagen de la realidad: de un artista, de una ciudad o de un hecho histórico (como fue el caso de El nacimiento de una nación, de Griffith). Las películas han modificado también, desde siempre, nuestra actitud hacia productos concretos y nuestras pautas tradicionales de consumo.
Citaré tan solo algunos ejemplos especialmente memorables, todos ellos relacionados con la moda. En 1934, Clark Gable produjo un daño considerable a los fabricantes de ropa interior masculina cuando apareció sin camiseta en la película Sucedió una noche. Esa memorable escena recoge el momento en que, al llegar a un motel en una de las paradas del interminable viaje en autobús, se quitaba la camisa para así intimidar a la joven Claudette Colbert, que no estaba decidida a irse de la habitación. Que un ídolo como Gable vistiese —al menos en el cine— sin camiseta motivó que millones de americanos dejaran de usarla y, por tanto, de comprarla.
Habría que esperar casi veinte años para que Marlon Brando la recuperara en la película La ley del silencio (1954). En ella, Brando aparece en varias escenas con camiseta, pero ya no como prenda interior, sino como elemento básico de vestir, en sustitución de la camisa. A partir de entonces, y rebautizada como T-Shirt, se convertirá en el símbolo de la informalidad y el rechazo de lo establecido, gracias al personaje interpretado por dicho actor.
Algo parecido sucedió, por ejemplo, en la película Rebecca (1940). Los diseñadores de vestuario, para subrayar el carácter sencillo, tímido e introvertido de la protagonista, Jean Fontaine, la habían vestido en gran parte del metraje con una chaqueta de punto: la indumentaria típica de las campesinas de la época. Era un símbolo visual constante de su carácter de Cenicienta en un mundo aristocrático que le rechazaba Pero el éxito comercial de la película —que, además, consiguió el Oscar al mejor filme— hizo que esa prenda se pusiera de moda: pasó a ser el símbolo de lo kitsch, de lo sofisticado y moderno. La chaqueta de punto se vendió muchísimo en toda la década, e incluso llegó a ser conocida —al menos en España— con el nombre de la protagonista y del filme: Rebeca.
Por último, tal vez el caso más famoso de modificación de hábitos de consumo —y seguimos en el sector de la moda— la propició James Dean en la película Rebelde sin causa (1955). En buena parte de las secuencias, su indumentaria básica es una cazadora: una prenda concebida —como su nombre indica— para las monterías y situaciones de caza. Pero la constante asociación del actor con esa prenda concreta, motivó la adhesión de los jóvenes a esa pieza y convirtió a la cazadora en todo un símbolo de la rebeldía juvenil.
Por tanto, podemos decir, en términos generales, que el product placement no se ha “impuesto” de modo artificioso en el cine para seducir a los espectadores, sino que ha sido la propia capacidad seductora del cine la que lo ha facilitado de modo natural. Dicho en otras palabras: los emplazamientos no suponen la sustitución de la inocencia narrativa por la seducción comercial, sino el aprovecha-miento —lícito o no— de la seducción narrativa para una notoriedad comercial.
En ese sentido —y sólo en ese—, cabe afirmar que el product placement nació con el cine. Aunque haya tomado cuerpo, con identidad propia, a finales de los años setenta y al cobijo de la industria cinematográfica norteamericana.

2. Aparición del product placement en España

Pero, ¿y en España? ¿Cuándo y cómo aparece el emplazamiento de pro-ductos dentro de nuestras fronteras? Aquí, la fecha de su nacimiento habría que retrasarla todavía más; porque aquí la introducción de esta técnica empieza a partir de 1990.
En torno a esa fecha acontecen una serie de circunstancias que cambian por completo el panorama publicitario español. Esas circunstancias, verdaderos catalizadores de un cambio en la comunicación comercial tradicional, pueden sintetizarse en estas seis:

1. Irrupción de las cadenas privadas de TV. A finales de 1989 y principios de 1990 inician sus emisiones Antena 3 TV, Tele 5 y Canal Plus. En muy poco tiempo, la soñada pluralidad de ofertas televisivas desemboca en un callejón sin una salida clara. Y, sobre todo, el esperado aumento del consumo televisivo no pasa de ser un fenómeno coyuntural, movido por la curiosidad. Pronto se llega al techo de espectadores y la tarta publicitaria apenas ha crecido. Es el fin de las grandes audiencias. Y las agencias publicitarias se dan cuenta de que hay que pensar en otras categorías y buscar fórmulas nuevas.

2. Saturación publicitaria. La fuerte competencia que origina la llegada de las televisiones privadas desemboca pronto en una guerra de precios sin cuartel: rappels, descuentos, incrementos de pases a precios ridículos, etc. Como lógica consecuencia, el atractivo del spot desaparece tanto para el espectador como para el anunciante, que ya no sabe ni cuánto vale el pase de un spot, ni a qué hora lo pondrán finalmente, ni cuánta gente renunciará a la tentación del zapping. Se produce una falta total de credibilidad en los spots, que acentúa la necesidad de buscar fórmulas alternativas.

3. Crisis de la publicidad convencional. Si los anuncios tradicionales ya no funcionan, los anunciantes reducirán progresivamente sus presupuestos en la cuenta de publicidad tradicional. Y como consecuencia, las agencias van a orientar su creatividad y sus estrategias comunicativas hacia otros campos. Es el auge del below the line, que se concreta en el resurgir del márketing directo y en la apa-rición de fórmulas nuevas como el bartering, el patrocinio, las telepromociones y, por supuesto, el product placement.

4. Aparición de las primeras teleseries españolas de gran audiencia. A los pocos meses de iniciar su andadura empresarial, las cadenas privadas tantean la posibilidad de producir series y comedias de situación típicamente españolas. De forma inesperada, esas teleseries acaparan elevados índices de seguimiento en pantalla y llegan a ser enormemente populares en las revistas y en las conversaciones familiares. Farmacia de guardia, una de las pioneras, resulta ser el programa más visto durante bastantes semanas. Y este éxito inesperado propicia que otras cadenas —también las autonómicas— se lancen decididamente por este camino. Como consecuencia, se abre la posibilidad de emplazar productos en ficciones audiovisuales de forma seriada y constante; y, además, dirigida claramente al anunciante español, que desconfiaba de esta fórmula en el ámbito cinematográfico por la escasa audiencia de nuestras películas frente a las superproducciones estadounidenses.

5. Redescubrimiento de la imagen de marca. Paralelamente a todos estos fenómenos, en el ámbito empresarial se desarrolla un creciente interés por todo lo que tenga que ver con la comunicación. El concepto de moda pasa a ser el corporate, que abarca la identidad, la imagen y la cultura corporativas. Con ello, emerge en el ámbito del márketing toda una nueva sensibilidad hacia la marca; y la presencia de marcas en la vida cotidiana (eventos culturales, películas, etc.) se admite socialmente en todos los niveles.

6. Aparición de la primera agencia de product placement. Con todos estos antecedentes, no es de extrañar que en 1990 aparezca en España la primera agencia dedicada exclusivamente a la gestión de emplazamientos de productos en las películas y teleseries españolas. Se trata de Cinemarc, dirigida por Leonor Pérez, que ha llevado la inserción de marcas y productos en programas televisivos, como Chooof!, de “El Tricicle”, o en películas españolas, como La reina anónima, de Gonzalo Suárez, Una casa en las afueras, de Pedro Costa, o La pasión turca, de Vicente Aranda.

En resumen, 1990 es el año en que, por una serie de circunstancias, los anunciantes y las agencias empiezan a pensar en fórmulas alternativas de co-municación comercial. Y, debido a la pujanza de las teleseries españolas, en nuestro país prolifera el emplazamiento de productos, junto a otras técnicas nuevas (bartering, telepromociones, etc.) o a otras que se revitalizan (patrocinio, már-keting directo, márketing telefónico, etc.).

3. Definición del product placement

Hemos visto, de modo sucinto, las razones y los orígenes del nacimiento de esta técnica. Para su exacta comprensión, nos falta estudiar el segundo aspecto que antes enunciábamos: la delimitación de sus rasgos definitorios en cuanto que forma de comunicación comercial.
Este punto es, actualmente, el más problemático entre los estudiosos. Pese a la sencillez del concepto, no existe unanimidad a la hora de precisar a qué tipo de comunicación pertenece. Y es que está en juego mucho más que una simple adscripción categorial, como enseguida vamos a ver.
Los primeros en tomar postura con cierta contundencia fueron los directivos de la Confederación Estatal de Consumidores y Usuarios (CECU), quienes defen-dieron, a finales de 1995, que el product placement era publicidad encubierta. Rubén Sánchez, del gabinete de prensa de la CECU, declaró que a esta técnica “se le puede calificar, ciertamente, de publicidad enmascarada, al anunciar los productos en cuestión sin que el consumidor se percate de que está asistiendo a mensajes publicitarios”. En consecuencia, debería considerarse una práctica absolutamente ilegal.Ciertamente, si aceptamos que el emplazamiento en una película o teleserie es publicidad, entonces debe aplicársele la vasta legislación al respecto, entre la que cabe señalar dos puntos especialmente conflictivos para esa técnica:

a) El artículo 11 de la Ley General de Publicidad obliga a los medios de comunicación a deslindar claramente información de publicidad; cosa que no se da, en absoluto, con los emplazamientos;
b) El artículo 13 de la Directiva sobre Televisión sin Fronteras obliga a la neta identificación de la publicidad por parte del medio; algo que tampoco se da en esta técnica.

Sin embargo, muy pronto se echó de ver que el problema no era, en realidad, legal, sino más bien conceptual. Demasiados profesionales disentían claramente de esa categorización hecha por la CECU y se negaban a considerar el product placement como publicidad. Si esa técnica era algo distinto a la publicidad, entonces no se le podía aplicar esa legislación en modo alguno.
La primera voz disidente en este debate fue la de Leonor Pérez, directora de la Agencia Cinemarc, especializada en el emplazamiento de productos. Según esta profesional, el emplazamiento de productos dista mucho de ser una acción publicitaria, y más aún de ser publicidad indirecta o encubierta. En su opinión, exis-ten claras diferencias entre una y otra; pues en el product placement, “el anunciante no decide ni influye en el mensaje, lo único que hace es aprovechar una oportunidad concreta de comunicación”; mientras que en la publicidad televisiva, el anunciante diseña y dirige la producción por completo.
Casi inmediatamente, la Asociación Española de Anunciantes (AEA) manifestó también su postura al respecto. En una nota fechada en enero de 1996, señalaba que “el emplazamiento de productos es una técnica diferente de la publicidad”; y que, “desde el punto de vista de técnicas de comunicación, está más próxima al patrocinio o a la publicidad estática que a la publicidad”.
Finalmente, y a la vista del debate ético-legal que estaba suscitando esta práctica, la Asociación Autocontrol de la Publicidad organizó en junio de 1997 un Seminario de un día para reunir a todas las partes implicadas en esta técnica (investigadores de la Comunicación y del Derecho publicitario, agencias de product placement, productoras de teleseries, asociaciones de consumidores, etc.) y tratar de llegar a un acuerdo en torno al concepto. La fórmula de conveniencia a la que allí se llegó, aunque no compartida por todos, fue la de equiparar —en virtud de algunas semejanzas más o menos claras— esta técnica al Patrocinio, cuya inminente regulación jurídica se prevé más flexible que la publicitaria, y está ya bastante adelantada. Con eso se conseguía, además, ofrecer una cobertura jurídica a esa técnica, para evitar que instancias ajenas al mundo publicitario trataran de reglamentarla desde fuera.
Hay que reconocer la importancia del acuerdo logrado. Sin embargo, una comprensión más cabal de esta técnica nos obliga a precisar algunos puntos que inciden directamente en la conceptualización y categorización del fenómeno.

3.1. Diferencias con el spot audiovisual
Está claro, en primer lugar, que el product placement poco tiene en común con la publicidad televisiva en general (Cfr. Tabla nº 5). Pues en aquél, el mensaje no está controlado ni dirigido por el anunciante: se aprovecha una ficción audiovisual (cinematográfica o televisiva) que ya existe previamente; no se crea ex profeso para el anunciante como sucede en la producción del spot. Además, el emisor de esa comunicación comercial ya no es el anunciante, sino la productora (es decir, un interlocutor ajeno a la relación típica entre anunciante, agencia y público); por lo que aquí, a diferencia una vez más del spot, la marca se supedita a la narración audiovisual, y no al revés.
Por último, el product placement no se superpone a la programación, ni la interrumpe o modifica: se integra, formando parte de ella, como un elemento más de información: que un personaje beba Coca-cola es tan importante como la ambientación americanizante del escenario.
Tabla nº 5.- Diferencias entre el product placement y el spot audiovisual
Product placement
Publicidad audiovisual (spot)
• Colabora con una producción ajena.
• El guión viene dado: sólo cabe aprovecharlo.
• En el resultado final, prima la producción audiovisual, no las necesidades de la marca.
• El acuerdo es genérico: No se compran nº de segundos ni nº de pases.
• La marca aporta aspectos cualitativos a la producción. Hay una razón argumental que exige la presencia la marca.
• Lo importante es el contexto en el que aparece la marca: el posicionamiento.
• La producción depende al 100 % del anunciante.
• El anunciante decide todos los puntos del guión.
• En el resultado final, priman las necesidades de comunicación de la marca.
• El contrato es concreto: se compran nº de segundos y nº de pases.
• La comunicación de la marca no aporta nada al programa en el que se emite, y además no está integrada dentro del programa.
• Se valora el plan de medios: GRPs, audiencia, nº de emisiones, coste por mil, etc.
Fuente: Leonor Pérez (1996)

Con todo esto, la posición respecto al público cambia totalmente: el product placement ya no es —como la publicidad audiovisual— una comunicación que se siente inoportuna porque interrumpe el programa favorito: es una comunicación que se vuelve oportuna, que completa y facilita su desarrollo narrativo, y cuenta así con todo el interés de la producción en la que esa marca ha sido emplazada.
Como consecuencia, en el product placement resulta más importante:
- “saber estar” en la escena que ocupar el primer plano; lo importante no es brillar, sino llevarse bien con el contexto; estar en el sitio adecuado, ser útil.
- “potenciar la marca” en la mente del consumidor que incrementar las ventas inmediatas; es una estrategia más a largo plazo y, por tanto, difícil de medir.
- “mostrar la cotidianidad” del producto que sugerir su perfección o preeminencia; mientras la publicidad se orienta a mundos ideales, perfectos, rebosantes de excelencia (y, por ello, más fríos y distantes), el emplazamiento busca el mundo más familiar y cercano; el doméstico, el de todos los días, el cotidiano por antonomasia.

3.2. Diferencias con otras formas de comunicación comercial
Pero, además de estas diferencias con el spot tradicional, la técnica del product placement presenta diferencias notables con otras técnicas de comunicación a las que se ha querido asemejar de una forma o de otra.
Tal vez la más usada como término de comparación del emplazamiento haya sido la publicidad estática, con la que mantiene notables coincidencias (Cfr. Tabla nº 6). Es cierto que aquí, a diferencia del anuncio, se da verdadera integración entre publicidad y programación televisiva: las marcas están también emplazadas en el contexto del programa; pero esta publicidad está, por ahora, relacionada con el deporte; mientras que el emplazamiento acontece, sobre todo, en programas dramáticos.
Además, en los emplazamientos no hay huecos previstos: la agencia los encuentra, ad casum, en el guión de cada producción audiovisual; mientras que en los estadios, esos huecos están perfectamente preparados: la agencia sólo tiene que gestionarlos. Con ello, la marca no aporta, en la publicidad estática aspectos cualitativos a la programación; mientras que el product placement sí: caracteriza al personaje, da realismo a la acción y se integra en la película de una forma más eficaz y más global.
Por último, la creatividad en la publicidad estática busca resaltar y destacar la presencia de la marca en los estadios: de ahí los rodillos giratorios y todos aquellos hallazgos que la hacen más llamativa; en cambio, en los emplazamientos se busca justamente lo contrario: la creatividad se orienta a la integración de la marca en el programa: a hacer la marca no más llamativa, sino más cotidiana.
Tabla nº 6.- Diferencias entre el product placement y la publicidad estática
Product placement
Publicidad estática
• Acontece, sobre todo, en ficciones.
• No hay huecos previstos: la agencia debe crearlos ad casum.
• La creatividad se orienta a la integración de la marca en el programa (cotidianidad).
• La marca se integra en la producción y aporta realismo a la historia.
• Está relacionado con el deporte.
• Están los huecos preparados: la agencia sólo tiene que gestionarlos.
• La creatividad se orienta a destacar la presencia de la marca (hacerla llamativa).
• La inclusión de la marca no aporta nada al programa deportivo.
Fuente: Elaboración propia

Un caso parecido ocurre con la técnica del patrocinio televisivo (Cfr. Tabla nº 7). Probablemente, como desea la Asociación Autocontrol, se trate de la técnica de comunicación más cercana al product placement, pero hay también algunas diferencias importantes. Entre las semejanzas, podemos señalar las siguientes: en ambas modalidades se da esa perfecta integración entre programa y presencia de la marca; y también esa falta de control sobre el mensaje definitivo, que recae por completo sobre la productora. En ambos casos se da una independencia creativa del narrador, y el mensaje discurre según la lógica argumental, no según la comercial. Hasta aquí, los dos perfiles coinciden. Pero veamos ahora sus principales diferencias.
En primer lugar, el patrocinio otorga un cierto protagonismo a la marca en todas sus apariciones; lo que no deja de resultar algo artificioso o extraño en el contexto de la producción audiovisual; en los emplazamientos, por el contrario, el protagonismo se lo lleva enteramente la historia, el argumento: la marca queda en un segundo plano, y lo que se busca, por encima de todo, es la aparición natural, en absoluto la ostentosa.
En segundo lugar, el patrocinio es siempre ajeno al programa, y aún a veces se diseña en exclusiva para buscar el máximo realce de la marca. Por el contrario, el product placement es parte misma del programa; y es que la ficción dramática exige productos con marca, de ahí su realismo y su ausencia de ruido en la relación con el espectador.
Por último, en el patrocinio el anunciante controla o dirige las ocasiones de comunicación, mientras que en el emplazamiento se aprovechan las ya existentes, sin forzarlas ni buscar una notoriedad indebida. Justamente cuando esta comunicación ha sido transgredida o manipulada, el espectador se ha sentido molesto e injustamente tratado, por lo que la notoriedad distorsionada ha redundado siempre en un claro perjuicio para la marca.
Tabla nº 7.- Diferencias entre el product placement y el patrocinio televisivo
Product placement
Patrocinio televisivo
• Se da protagonismo a la historia: la marca queda en segundo plano.
• La ficción dramática exige productos con marca (realismo).
• Las marcas aparecen con naturalidad.
• Se aprovecha un argumento previamente elaborado.
• Se otorga protagonismo a la marca: el programa es una excusa para el anunciante.
• El programa se ha diseñado para buscar el máximo realce de la marca.
• Las marcas aparecen con artificiosidad.
• El anunciante crea las ocasiones (o las controla según su conveniencia).
Fuente: Elaboración propia

Entonces, podríamos decir, si no puede equipararse del todo a las formas tradicionales de publicidad (spot televisivo, publicidad estática, etc.) ni a la naciente modalidad del patrocinio, ¿a qué forma de comunicación debemos asimilar el emplazamiento de productos? Mi postura es que el product placement, en lo que se refiere a la forma de comunicación, está muy relacionado con un concepto de marketing, muy en boga en el mundo anglosajón, que es el de publicity. Desde mi punto de vista, ese es el marco conceptual en el que debemos integrarlo.

3.3. El product placement y la publicity
Como se sabe, publicity no es el equivalente castellano de “publicidad” (que, en inglés, es advertising), sino que debe ser traducido más bien como “notoriedad”; o, más correctamente, como la técnica que favorece la notoriedad. Con este término se hace referencia en marketing a las comunicaciones sobre la empresa en la que el emisor aparente no es la propia empresa, sino un periodista que considera esa comunicación de interés general para su audiencia.
Vela y Bocigas definen este concepto como: “toda aquella información acerca de una empresa que aparece en los medios de comunicación social, no como anuncios pagados, sino como comentarios, reportajes, críticas, etc”.
Así, por ejemplo, cuando una empresa quiere promocionar su producto, además de preparar una campaña publicitaria, puede acompañarla con varias acti-vidades para lograr notoriedad y presencia en los medios (actividades claramente enmarcadas en el concepto de publicity): si se trata de un nuevo modelo de coche, podrá organizar una presentación para que lo vean y prueben los periodistas que llevan las secciones de motor en las revistas y periódicos; si se afronta el estreno de una película cinematográfica, cabe organizar un pase previo para críticos cinematográficos, en el que se ofrezca material sobre el director, los actores, la producción, etc; y si lo que se presenta al público es la apertura de un nuevo restaurante, puede obsequiarse con una comida a críticos gastronómicos o periodistas especializados con el fin de que escriban una reseña elogiosa en las sec-ciones correspondientes.En todos estos ejemplos que hemos señalado, hay tres rasgos comunes:

1. El mensaje, en el que se involucra la marca, llega a la audiencia con una elevada dosis de credibilidad, pues se trata de un emisor cualificado (es el experto, crítico o periodista especializado) y, sobre todo, un emisor imparcial y muy cercano a la audiencia, que ha puesto en él su confianza y ha decidido fiarse totalmente de su criterio.
2. El mensaje no es controlado por el anunciante de modo absoluto (como sí sucede en la publicidad). Toda la estrategia y la creatividad precedentes sufren un tremendo filtro por los expertos, que podrán tamizar, desviar e —incluso— negar abiertamente la información que les ha sido facilitada y comunicada. Un crítico cinematográfico, por ejemplo, puede descalificar por completo una película a cuyo estreno ha sido invitado por la distribuidora, que probablemente ha organizado muy bien ese pase previo, con todo tipo de agasajos y abundante información laudatoria; aunque también puede, con su experiencia y credibilidad, escribir una reseña mucho más convincente y eficaz de lo que la propia distribuidora hubiera conseguido por sí misma.
3. El mensaje, así elaborado, logra integrarse plenamente en los medios de masas, en el consumo de información y de ocio, y gana así en presencia y en notoriedad.Pues bien, toda esta situación de comunicación comercial que genera la publicity es esencialmente idéntica a la generada por el product placement. Y estos mismos tres rasgos que señalamos a aquella, se dan exactamente igual en éste. Efectivamente, también en los emplazamientos de productos la clave es:

a) Emisor imparcial y cercano a la audiencia. La serie favorita, el filme de gran pegada o el actor conocido confieren, aun sin pretenderlo, una enorme credibilidad a todas las marcas con las que se ven asociadas en la ficción narrativa.
b) Mensaje no controlado por el anunciante. En efecto: el emplazamiento del producto en una escena concreta puede perder toda su eficacia en la realización (los planos cortos eliminan los fondos o el atrezzo) o en el montaje (suprimiendo determinadas tomas).
c) Lo que se busca con la técnica del product placement es la notoriedad de la marca, su presencia en el mercado del ocio de ficción, y su integración en los espacios dramáticos, tanto televisivos como cinematográficos.Todo esto nos lleva a concluir que esta nueva técnica está mucho más cerca de la publicity que de cualquier otra forma de comunicación comercial. Y, por lo mismo, más cercano a nuestro actual concepto de relaciones públicas que al que habitualmente manejamos de publicidad.

4. Estrategias de comunicación

El emplazamiento de productos, en cuanto vehículo de comunicación, presenta una serie de ventajas indudables para las marcas y productoras que recurren e él. Y, al mismo tiempo, presenta no pocos riesgos para unas y otras. Con independencia de ello, el emplazamiento se está introduciendo en nuevos escenarios, además del conocido ámbito audiovisual. Veamos, por separado, uno y otro aspecto.

4.1. Ventajas y riesgos del product placement
De modo sintético, podríamos enumerar las siguientes ventajas estratégicas que el uso de esta técnica puede reportar para las marcas:
1) La marca se asocia a un entorno más familiar para el espectador. A diferencia de la publicidad, que suele presentar mundos perfectos e ideales, el emplazamiento permite asociar la marca a una escena cotidiana (desayuno, sobremesa, etc.) y a un entorno más conocido, más real y más cercano a la vida del público.
2) La comunicación carece también de “ruido” procedente de la competencia. Entre las pausas publicitarias de una película, varias marcas de coches pueden competir por atrapar nuestra debilitada atención; pero modelo de vehículo que use el protagonista siempre el mismo: la propia coherencia de la trama lo exige.
3) El espectador está positivamente predispuesto hacia el programa. Por tanto, esa asociación comunica simpatía hacia las marcas que se emplazan en él. Aún más: se refuerza el valor de la marca por la adhesión del público a la historia, a los personajes o a los actores. Si Brad Pitt o el agente 007 utilizan un determinado reloj, el público que sigue a ese actor o a ese personaje se sentirá afectiva-mente involucrado por esa marca.
4) En la ficción, se reflejan situaciones de compra y de consumo. Así, la marca aparece en el escenario donde se adquiere o disfruta. De hecho, la decisión de ambientar una serie televisiva actual en un supermercado (El súper, de Tele 5) estuvo motivada, entre otras razones, por la facilidad para el emplazamiento de marcas en el momento de su adquisición.
Sin embargo, la técnica del emplazamiento tiene también sus riesgos. El más importante deriva de su principal característica definitoria: la ausencia de control en el mensaje definitivo. Si no controlo el mensaje, pues la comunicación de la marca se supedita a la acción, será muy difícil valorar la efectividad del impacto sobre la audiencia. Primero, porque la percepción del producto puede ser fugaz, parcial o prácticamente subliminal. Después, porque en esas condiciones medir el impacto es siempre muy problemático. Y, por último, porque si el impacto es incierto, medir la eficacia es prácticamente imposible.Pero, al margen de éste, existen otra serie de riesgos que sí pueden preverse, evitarse y planificarse adecuadamente:

1) El riesgo por exceso. El protagonismo innecesario de una marca —tentación primera de todo anunciante— suele provocar rechazo en la audiencia. Todos hemos sido testigos alguna vez, y hemos podido valorar el efecto negativo que este abuso produce.
2) El riesgo por defecto. El montaje o la realización puede anular o reducir la percepción de la marca hasta hacerla prácticamente inservible. No puedo prever cómo quedará mi producto en la secuencia definitiva, pero sí suponerlo si soy capaz de intuir la lógica de la trama: el montaje será dinámico en las secuencias de acción; la realización será en primeros planos (dejando fuera el contexto) si es intimista, etc.
3) El riesgo por inadecuación. Una pregunta que todo anunciante debe plantearse es: ¿favorece a mi marca esta escena concreta? Coca-Cola rechazará, con seguridad, la presencia de sus productos en ambientes degradantes, tugurios insanos, etc.; precisamente porque su imagen está muy vinculada a una juventud sana y vitalista. Pepsi, en cambio, sí podría aceptar —en algunos casos— una ambientación de ese tipo.
4) El riesgo por asociación. Otro aspecto que hay que vigilar siempre es el personaje al que se asocia: ¿resulta forzado o indebido? Nike no querría ver asociadas sus zapatillas a personas decrépitas o ancianas, sino a jóvenes inconfor-mistas y agresivos.
Hasta ahora, hemos hablado sólo desde el punto de vista de las marcas. Pero el emplazamiento de productos presenta también algunas ventajas notables para las productoras audiovisuales.
En primer lugar, reduce los costes de producción. En Estados Unidos, se consigue ahorrar hasta un diez por ciento del coste total del filme. Y, sobre todo, se consigue un dinero líquido en la fase previa a la producción, cuando todavía no han llegado los ingresos (por taquilla, por derechos de antena o por alquiler en vídeo), y son en cambio apremiantes los primeros pagos de la inminente producción.
En segundo lugar, los emplazamientos proporcionan realismo a las películas. Ya se ha hablado de ello; pero es evidente que una película gana en vero-similitud cuando un actor bebe una lata de refresco con la marca clara y visible, en vez de tenerla oculta, disimulada, o de carecer de ella por completo.En tercer lugar, el recurso a una marca con personalidad propia puede contribuir —y mucho— a la definición de un personaje. No es lo mismo que el agente 007 luzca un Rolex, un Festina o un Omega; no es lo mismo que conduzca un BMW o un Alfa Romeo. Si en una escena concreta, un actor bebe una Schweppes, se beneficia del toque “british” que rodea a esa marca; si, en cambio, pide una Coca-cola, se está apuntando al “american way of life” que simboliza esta com-pañía. Si el personaje toma un Jack Daniel's, queda definido de modo diferente que si pide un Ballantines; y mucho más si su bebida es Soberano.
Por último, el product placement —bien utilizado— contribuye a determinar más fácilmente el período histórico. El desconcierto que muestran los camareros de Regreso al futuro cuando Marty McFly pide una Pepsi-Max en 1955, refuerza en el espectador la premisa dramática del salto en el tiempo: lo mismo sucede con otras marcas allí emplazadas (Levi Strauss, Fanta, etc.) que son igualmente desco-nocidas para los personajes de esa época.

4.2. Escenarios del product placement
Hay un último punto que debemos señalar, en el intento de definir conceptualmente esta técnica de comunicación. Y es su universalidad: el emplazamiento de productos, aunque nació en un ámbito cultural muy concreto, tiene un alcance cada vez más universal y diversificado.
Tradicionalmente se ha circunscrito el product placement al campo de las ficciones audiovisuales: principalmente a las películas de largometraje y a las series de televisión. Y este esquema ha sido válido en sus primeros años. Pero de un tiempo a esta parte han comenzado a descubrirse otros ámbitos igualmente idóneos para un emplazamiento eficaz.
Uno de ellos es la radio, donde cada vez son más frecuentes las menciones de marcas explícitas en todo tipo de programas. Otro también muy utilizado —y muy estudiado en Estados Unidos— es el de la música: las apariciones de marcas en las letras de las canciones. Y, en fin, el fenómeno parece no tener límites: videojuegos, CD-ROMs, etc. Recientemente, ha comenzado a percibirse una notable presencia de marcas en la literatura anglosajona (novelas, cuentos), lo que ha hecho sospechar la existencia de acuerdos comerciales tras esa explosión de “realismo” comercial. El mismo Broadway, que recurre a marcas concretas en el decorado o el atrezzo de sus obras (con el recurso a productos concretos de cereales, a letreros luminosos en el fondo, etc.), parece estar aplicando esta misma técnica al mundo de las ficciones teatrales.
Esta progresiva presencia del product placement en todos los ámbitos de la cultura es una característica más que diferencia a esta técnica de la publicidad tradicional y la asemeja al patrocinio y a las relaciones públicas. La publicidad convencional suele circunscribirse a un elenco de manifestaciones culturales muy concretas (prensa, radio, televisión); y por eso nos resultaría extraño verla en obras literarias, representaciones dramáticas, etc. El patrocinio, en cambio, se encuentra perfectamente integrado en esos ámbitos: lo vemos en conciertos, exposiciones de pintura, ediciones de libros, representaciones teatrales, etc. En esto coincide plenamente con el emplazamiento.

5. Tipología del product placement

Los investigadores americanos, muy dados a todo tipo de elencos y clasificaciones, han elaborado sutiles diferencias dentro del concepto genérico de product placement; la mayoría de esas diferencias se orientan a poder cuantificar y evaluar las distintas posibilidades comerciales de cada emplazamiento. En España, también se han hecho algunos intentos de categorizar esta técnica.Personalmente, me parece que cabe sintetizar esas propuestas en la siguiente tipología de los emplazamientos:

1) Pasivo. Aquel emplazamiento que permite la mera visualización de la marca. El producto está presente pero no participa activamente en la acción: está de fondo, con una presencia pasiva. Dentro de esta categoría, y atendiendo a sus distintas posibilidades comerciales, podríamos distinguir estos tres subtipos, en orden descendente de importancia para el anunciante:
a) Marcas emplazadas en el decorado. Los pósters, letreros luminosos, etc. —precisamente por sus grandes dimensiones— proporcionan una altísima noto-riedad a las marcas, gracias a la visibilidad de logotipos y tipografías. El constante letrero de Pepsi en la película Haz lo que debas, de Spike Lee; o la fachada de McDonald's, en la serie Farmacia de guardia, son ejemplos de una presencia más que notable.
b) Marcas emplazadas en productos de consumo. La vida está llena de marcas, y el espectador vive en una sociedad donde la gente consume marcas. Por eso, cualquier escena, aunque especialmente las de carácter doméstico, ofrece muchas posibilidades para un emplazamiento afortunado. Los desayunos en Médico de Familia, por ejemplo, posibilitan la natural aparición de cajas de leche como Pule-va, o de cereales como Kellog's.
c) Marcas sugeridas en el diseño. Las marcas famosas, y aquellas especialmente relacionadas con su envase o su anagrama, presentan más posibilidades que las demás para un emplazamiento efectivo. La botella de Coca-cola es perfectamente reconocible a distancia, aunque no se lean su tipografía espenceriana o no se preste atención a las letras; y lo mismo cabría decir de diseños univer-salmente conocidos, como el de las zapatillas Nike o los automóviles deportivos Porsche.
2) Activo. Aquí el producto cobra ya cierto protagonismo en la acción: es el caso de la tónica Finley que bebe el actor ante la cámara, el periódico USA Today que hojea un personaje o la caja de leche Puleva que se vierte en un plato de cereales. En efecto, el producto toma parte activa del relato, y los personajes se relacionan con él en un contexto que da sentido a la marca. Obviamente, ese emplazamiento activo se vuelve todavía más interesante si la acción se anuda o da un giro inesperado en torno a ese producto: la tónica por la que alguien identifica al antagonista, el periódico en el que se lee una noticia que cambia por completo los planes previstos, la caja de leche que se derrama torpemente sobre el mantel.
3) Verbal. Este emplazamiento es más infrecuente, pero —justamente por ello— más interesante para los anunciantes. En estos casos, la marca se menciona de forma explícita: “¿Qué vas a tomar? —Un Jack Daniel's, gracias”. Estas situaciones, que deben estar escritas en el guión, proporcionan un alto grado de notoriedad; y además permiten enumerar algunas características o ventajas dis-tintivas del producto. Es el ejemplo del niño que, en una teleserie, se ve sorprendido y feliz con el nuevo televisor, y exclama: “¡Pero si tiene teletexto! ¡Y mando a distancia...!”.
Tal vez el caso más famoso de emplazamiento verbal sea el que acontece en la película Regreso al futuro, de Robert Zemeckis e interpretada por Michael J. Fox. Cuando el protagonista, Marty McFly, se traslada en el tiempo a 1955 y se despierta en la casa de la que será más tarde su madre, ésta se dirige a él llamándole “Levi Strauss”; algo que harán luego los demás personajes de la cinta. Cuando trata de deshacer el equívoco, descubre que le llaman así porque han visto el bordado de esas palabras en sus prendas de vestir. Este emplazamiento de la marca, lejos de crear una situación forzada, resulta enormemente graciosa, impulsa la comedia de enredo y se integra, por tanto, con total naturalidad en la acción.
Obviamente, no siempre funciona así. Hemos visto películas en las que un actor pide una bebida concreta que luego no toma o cuya explícita mención no tiene ninguna relevancia para la trama. Eso suena a falso, a superposición forzada. Y los anunciantes deberían ser los primeros en rechazar ese tipo de emplazamientos que no reportan ningún beneficio para la marca. Pero las malas actuaciones puntuales no deben invalidar una técnica que aún está dando sus primeros pasos.

6. El product placement en el plan de Márketing

Nos queda por tratar el aspecto estratégico de esta técnica: para qué es idóneo el product placement y qué objetivos de márketing puede cumplir. En definitiva, valorar la eficacia comercial del emplazamiento de productos como tal técnica de comunicación.Respecto a lo primero, habría que responder desde una triple óptica:

a) Para la eficacia del impacto, es ideal poder contar con letreros luminosos, rótulos y pósters de gran tamaño que resaltan en el fondo de una determinada escena. De hecho, los americanos suelen referirse a este tipo de emplazamientos calificándolos de creative placements, pues valoran su alta capacidad de impacto. Incluir la marca en vallas o fondos atractivos es la mejor manera de asegurarse su percepción, aún en escenas de elevada densidad dramática.
b) Para la estrategia de comunicación, el emplazamiento resulta una técnica válida para aquellas marcas que poseen un logotipo reconocible, pues así garantizan su identificación, a pesar de que no se vean todas las letras. También es útil para aquellas marcas de productos de consumo doméstico (alimentación, refrescos, electrodomésticos), pues son los más fáciles de emplazar en una serie o película, y también los más frecuentemente requeridos en las escenas. En las teleseries, tienen especial cabida los relativos al desayuno (leche, mantequilla) o los habituales en una sala de estar: televisores, vídeos, equipos de música, etc.
c) Para la estrategia del posicionamiento, el product placement resulta muy propicio en aquellos productos que implican imagen: tabaco, cosmética, moda, etc.
Respecto a qué objetivos de márketing debe cumplir, está claro que no puede ser el dar a conocer una marca ni explicar sus características. Es útil para marcas ya establecidas, con años en el mercado. Lo que se busca con un emplazamiento es reforzar el posicionamiento tradicional de la marca —por asociación a un personaje o ambiente— o definir aún más esa imagen de marca.
La notoriedad, la memorabilidad y la comprensión de la marca es lo que puede ofrecer un contexto narrativo a una marca que busca emplazarse en ese relato. Todo lo demás, excede a las limitadas capacidades de esta naciente técnica de comunicación.

7. Conclusión

En este capítulo hemos intentado una primera aproximación —conceptual y estratégica— al “emplazamiento de productos”. Antes de poner punto y final a estas páginas, tal vez debiéramos concluir con una definición neta y precisa. No soy muy partidario de ello, pues resulta difícil precisar algo cuando aún está naciendo: cabe el riesgo de encorsetar el fenómeno estudiado en unos moldes demasiado estrechos, o de tomar como esencial algo que es sólo propio de sus primeros vagidos. Si dedujésemos la forma del hombre por la de su embrión o por la que tiene en los primeros meses, concluiríamos que todos los hombres son cabezones y paticortos.
Sin embargo, la definición tiene también su vertiente didáctica. Y por eso es útil, a pesar de los riesgos. Así pues, si nos viésemos forzados a adoptar una, podríamos ensayar ésta —tan llena de imprecisiones como cualquier otra— que no es sino el resumen de lo aquí expuesto:“El product placement es una técnica de comunicación comercial, distinta de la publicidad —en cuanto al fin y al control de los mensajes— y más cercana al patrocinio o a las relaciones públicas, que consiste en el emplazamiento de marcas en el contexto de ficciones (principalmente audiovisuales), quedando aquellas como elementos naturales de la trama, de cuyo atractivo se benefician, y a la que puede añadir aspectos cualitativos: realismo, definición de ambientes y personajes, etc.”
En Estados Unidos, esta técnica es conocida también por su acrónimo (PPL) o por la expresión, que parece más apropiada, de branding placement. En España, la traducción como “emplazamiento de productos” parece perfactamente justificada y, lo que es más importante, pacíficamente aceptada; de hecho, es el término que habitualmente usan las revistas especializadas, así como la Asociación Autocontrol de la Publicidad, la Asociación Española de Anunciantes, la Confederación Estatal de Consumidores y Usuarios y, en general, todas las asociaciones implicadas en ese concepto. Sobre el debate del concepto, cfr. Juan Salvador Victoria, “El Emplazamiento de Productos. Estudio comparado”, Conferencia pronunciada en la Jornada sobre Nuevas Técnicas de Comunicación Comercial, organizada por la Asociación Autocontrol de la Publicidad, Madrid, 30.VI.1997.
Entre ellos, cabe citar los de: Patricia Corredor, “Product Placement, ¿un atrezzo rentable?”, Marketing y Ventas, nº 111, febrero de 1997, pp.53-58; Carmen García, “Identidad dudosa”, Anuncios, nº 719, 11/17.XI.1996, pp. 24-26; ; Kelly Shermach, “Casting call goes out”, Marketing News, vol. 29, nº 16, 31.VII.1995, pp. 1, 11 y 12.Los autores españoles que más han trabajado este tema son Carlos Lema Devesa y Anxo Tato, profesores de Derecho de la Publicidad (en las Universidades Complutense y de Vigo, respectivamente), que han elaborado conjuntamente varios informes y propuestas. Entre ellas, cabe destacar su conferencia “La regulación del emplazamiento de productos”, Jornada Nuevas Técnicas de Comunicación Comercial, organizada por la Asociación Autocontrol de la Publicidad, Madrid, 30.VI.1997.
Los cuatro estudios más importantes sobre este tema son: Laurie Babin & Sheri T. Carder, “Viewers' Recognition of Brands Placed Within in a Film”, International Journal of Advertising, 1996, nº 15, pp. 140-151; Michael Backer & Hazel Crawford, Product Placement, University of Strathclyde, Working Series nº 95/2; James A. Karrh (coord.), Brand Placements in Feature Films: The Practicioners' View, American Academy of Advertising, University of Florida, 1995; Israel Nebenzahl & Eugene Secunda, “Consumers' Attitudes Toward Product Placement in Movies”, International Journal of Advertising, 1993, nº 12, pp. 1-11.
Últimamente, sin embargo, se está empleando esta técnica en todo el ámbito de la producción cultural: discos, novelas, producciones teatrales, etc. Más tarde aludiremos a ello.Cfr. Juan Salvador Victoria, “El Emplazamiento de Productos. Estudio comparado”, ob. cit.,Asociación Autocontrol de la Publicidad, Madrid, 30.VI.1997.Sobre este punto, vid., entre otros textos: Juan José García-Noblejas, Poética del texto audio-visual, EUNSA, Pamplona, 1982.
En el mismo sentido se pronunciaba, casi simultáneamente, un teórico del marketing como Miguel Santesmases: “El product placement es una forma alternativa de hacer publicidad de una marca. Es una modalidad de publicidad encubierta, aunque legal y declarada...” (Cfr. su libro Términos de Marketing, Pirámide, Madrid, 1996, p. 745).
Anuncios, 14 de octubre de 1996.
Tuve la fortuna de ser invitado como ponente a dicho Seminario y de participar en las discusiones, y pude ver el decidido empeño de los organizadores por llegar al mayor consenso posible. Mi ponencia en ese encuentro llevó por título “Una fórmula alternativa: El Emplazamiento de Productos” (Jornada sobre Nuevas Técnicas de Comunicación Comercial, organizada por la Asociación Autocontrol de la Publicidad, Madrid, 30.VI.1997).
Sin embargo, como señala Carmen Jambrino en su libro El patrocinio como instrumento de marketing (Universidad de Málaga: Servicio de Publicaciones, 1994), el anunciante que patrocina un evento debe buscar la máxima adecuación entre la filosofía de su empresa y el ente por él patrocinado.
En este sentido se manifiestan, por ejemplo, Carmelina Vela y Olga Bocigas (Fundamentos de Marketing, ESIC, Madrid, 1992, pp. 302-303). Miguel Santesmases, por el contrario, traduce este anglicanismo como “propaganda”, aunque en el mismo sentido que la emplean estas autoras (Cfr. Términos de Marketing, ob. cit., p. 762).
Carmelina Vela y Olga Bocigas, Fundamentos de Marketing, ob. cit., p. 303. La definición de Santesmases aclara un poco más este concepto: “Información difundida a través de los medios de comunicación de masas, en la que el mensaje no es controlado por la empresa o la institución a la que se refiere la información” (Cfr. Términos de Marketing, ob. cit., p. 762). La American Marketing Association (AMA), por último, lo define como “comunicación no pagada de informaciones sobre la empresa o el producto, generalmente difundida por algún medio de comunicación” (Cfr. Peter D. Bennett, Dictionary of Marketing Terms, American Marketing Association, Chicago, 1988.Uno de los casos más comentados fue la novela de Stephen King La mitad oscura, que cuenta con una altísima presencia de marcas en todo el relato. La crítica literaria norteamericana hizo referencia a la posibilidad de ese acuerdo comercial con motivo de su edición.
Cfr. la clasificación de Leonor Pérez, en P. Corredor, “Product Placement, ¿un atrezzo ren-table?”, Marketing y Ventas, nº 111, febrero de 1997, p.56.
En la versión original norteamericana (Back to the Future, 1985), el personaje de Marty McFly recibía el nombre de Calvin Kline; pero al doblar la película en España, se dieron cuenta de que esa marca era entonces poco conocida en nuestro país, y apenas nada en el campo de la moda. Entonces se llegó a un acuerdo con la otra marca para cambiarla en la versión española. Esto explica por qué una marca como Levi Strauss, que siempre ha tenido a gala su carácter original y auténtico y ha sacado a relucir sus más de cien años de existencia, aceptaba un emplazamiento que posicionaba a la marca como totalmente desconocida para el público en 1955: ese emplazamiento resultaba idóneo para Calvin Kline, pero no para ella.
También puede darse en marcas poco conocidas, pero entonces requerirá una campaña de publicidad subsiguiente para reforzar esa asociación entre producto y película que, probablemente, habrá pasado inadvertida a la mayoría del público. Es la estrategia utilizada por varias marcas tras el estreno de un filme taquillero (El Santo, El mañana nunca muere, The Game, etc.) para potenciar la efectividad del emplazamiento.
El caso más paradigmático fue el de las chocolatinas Reisse's Pieces, que aparecieron con notoriedad en la película E.T. (1982) cuando eran todavía una marca muy poco asentada en el mercado. En una famosa secuencia del filme, el chico va sembrando el camino a su casa con esos diminutos caramelos para facilitar el regreso del extraterrestre y lograr verle de nuevo. La primera propuesta de emplazamiento fue para la firma de caramelos M & M, que ocupaba el número 1 en ventas dentro del sector. Tras la negativa, la opción fue aceptada por esta marca segundona, que lanzó —tras el éxito del filme— una campaña publicitaria en la que se autodefinía como “los caramelos de E.T.”. Según Spillman, a los tres meses del estreno de la película las ventas de esa marca aumentaron en un 85 %.