Un alto en el camino
y otras narraciones

Tomás Alberto Sullivan


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establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra
por cualquier medio o procedimiento.

NOTA PRELIMINAR
Había una vez, un pequeño pueblo, a la orilla del gran río,
en la provincia de Buenos Aires, cuyo nombre no recuerdo
ahora. Pueblo nuevo, estaba naciendo de la nada, donde diez
años antes solo había un campo llano, con pastos duros,
espinillos, cardos, y otras espinas. Los pobladores pioneros,
que impulsarían el desarrollo de este lugar, estaban llegando,
allá por la década de 1880. Llegó un vasco con su familia,
y fundó un negocio de Ramos Generales: tienda, sastrería,
almacén, mueblería, artículos rurales, materiales para la
construcción. Todo un «shopping».
Llegó un irlandés con su familia, y se instaló con un
emprendimiento de cochería. Los coches eran de tracción
delantera, proporcionada por 4X4 patas de fuerza de caballos.
El ferrocarril comenzaba a pasar a lo lejos sobre la loma
del horizonte, prometía ser el transporte del futuro. Los automóviles
se estaban inventando en Europa. El nombre del
Vasco era Don Cándido Inchausti, y el del irlandés Mr. Juan
José Sullivan. El nuevo pueblo se llamaba Ramallo, y ya tenía
Juez de Paz. Hoy ha crecido, y es ciudad. Un día, una
hija del vasco, Ernestina, se casó con un hijo del irlandés,
Tomás. Después nació un hijo de este matrimonio, que se
Ilamó Tomás Alberto Sullivan Inchausti (l908-1980) el autor
de este libro.
Pero su madre falleció cuando él solo contaba poco más de
un añito, y así este niño quedó al cuidado y los mimos de
sus tíos y abuela materna, mientras su padre ocupaba la
Gerencia de un Banco en otro pequeño pueblo en el lejano
oeste de la provincia.Terminada la escuela primaria, no tuvo
más alternativa que marchar a Buenos Aires para continuar
sus estudios en la cercanía de su padre, tíos y abuela
paterna, que se habían trasladado a la gran ciudad. Allí completó
los estudios secundarios e inició los de abogacía, que
interrumpió para trabajar como empleado bancario. Había
dejado en su pueblo natal, familiares, compañeros de escuela
y muchos amigos. Pero se llevó con él los buenos recuerdos
de una infancia feliz con el gozo de la naturaleza, el
gran río, su caballito petizo, la casa familiar, y el afecto del
vecindario, donde todos lo conocían.
Su tierra de nacimiento fue para él su lugar preferido,
sentimiento que supo trasmitir a sus descendientes.
Amante del aire libre, el deporte le proporcionaba diversión
y la posibilidad de conservar su buen estado físico. Como
nadador participó en el primer cruce del Paraná Guazú, que
en su canal navegable obliga a un gran esfuerzo para vencer
la fuerte corriente del agua. En otra ocasión con dos
amigos efectuó un raid a remo entre Ramallo y Gualeguay
por el laberinto de ríos, arroyos, lagunas, y bañados entre
las islas de Las Lechiguanas.
Recorrieron en una pesada canoa, alquilada a un pescador,
los ciento ochenta kilómetros de ida, y otros tantos de
vuelta en menos de dos semanas.
Tomás Alberto Sullivan fue un gran lector de libros, conversador,
que irradiaba simpatía y buen humor, nunca le
faltaban temas, narrando sus ocurrencia con hilaridad.
Su correspondencia epistolar, larga, clara y entendible era
normalmente su eficaz medio de comunicación. Sin embargo
solo sus familiares cercanos conocían sus dotes de
escritor. Noctámbulo por naturaleza y por costumbre, encerrado
en la tranquilidad de las noches, fue volcando en el
papel el producto de combinar sus recuerdos y su imaginación.
Tal vez gozaba como un artista de la satisfacción de producir
obras bellas, que con su natural modestia fue guardando
sin comentarios. Así, solo después de su fallecimiento pudieron
ser valorados y recopilados por sus familiares, y hoy,
un cuarto de siglo después, sale a la luz este libro editado
por iniciativa de su esposa (fallecida) Celia Bonilla, de sus
hijas María Celia Sullivan de Kiektik, y María Rosa Sullivan
de Vigliani, y de sus nietos, justo homenaje a la memoria
del querido esposo, padre y abuelo. Es así como llega al público
lector, y se preserva del olvido esta obra elaborada con
dedicación y esmero, como testimonio de la riqueza de nuestro
idioma.
Los lectores que gustan de narraciones y cuentos cortos
aptos para el poco tiempo disponible, para esparcimiento,
cada vez más escaso, disfrutarán de su lectura. Encontrarán
variados argumentos y detalles realistas de tipos y paisajes,
unidos en un plan armonioso, que les hará volar la
imaginación como si estuvieran contemplando la escena.
Y las nuevas generaciones de jóvenes que deseen enriquecer
el hoy pobre vocabulario, encontrarán en este lenguaje
tranquilo, directo y claro, la oportunidad de poder
acrecentarlo en forma amena y divertida.
Pero como el lector será el juez, lo dejo en la lectura de la
palabra...escrita
Juan Carlos Frías Inchausti (Coco)

LA GRAN AVENTURA DE UN VIAJANTE

Era una tarde nublada y fría de principios de junio. El
otoño se iba convirtiendo en invierno.
En la puerta de calle de su casa, José Cáceres, después de
despedirse de su mujer y de su hijito, tomando la valija y el
portafolios subió al taxi que esperaba.
–Al Aeroparque– ordenó.
Era viajante de una casa importadora y exportadora de
artículos alimenticios y periódicamente debía visitar a los
comerciantes -clientes de una determinada zona del interior-.
Esta vez le tocaba el turno a los del extremo sur (con
excepción de los de Comodoro Rivadavia donde había un representante
especial). En el Aeroparque se unió a un grupo
de viajeros que esperaba el mismo vuelo que él. Notó algunas
caras entrevistas en viajes anteriores.
Poco después subía al avión y se acomodaba junto a una
ventanilla. El aparato se desplazó lentamente hasta el fondo
de la pista desde donde inició su carrera a lo largo de la
misma. Ya en el aire, el edificio del aeroparque pasó vertiginosamente
a su izquierda e instantes después nuestro
viajante pudo pasear su mirada por la inmensidad de Buenos
Aires cuajada de luces hasta el horizonte. Era este un
espectáculo que le impresionaba siempre y le agradaba contemplar.
Pero el avión volaba y subía muy rápidamente y las
luces terrestres se fueron borrando bajo las nubes y no tar
dó en aparecer arriba un cielo límpido azul muy oscuro en
el que brillaban ya algunas estrellas.
De pronto una voz gruesa y potente exclamó a su lado.
–Estos aviones son estupendos. Mire la tardecita que teníamos
en tierra y ya estamos viendo las estrellas. Yo viajo
seguido en estos bichos y siempre los admiro.
Cáceres salió de su estado contemplativo y echó una ojeada
a su lado.
–Así es– contestó lacónica y cortésmente pensando “¡Que
lotería! Este debe ser uno de esos tipos que necesitan imperiosamente
un compañero de viaje para darle la lata”.
No se equivocaba. El hombre siguió hablando. Del tema de
los aviones pasó al de los viajes y luego siguió explayándose
en la descripción de los lugares y países que había conocido.
El tema daba para largo y por lo visto lo que el hombre necesitaba
no era un interlocutor sino un receptáculo.
Cáceres, por cortesía, de tanto en tanto y en cualquier
momento dejaba caer un “aha” o un “uhu” acompañado por
un movimiento afirmativo de cabeza, con lo que ya consideraba
cumplida su parte en la conversación, pudiendo así dejar
que sus pensamientos vagaran por otras regiones.
Estaba algo aburrido de esos viajes; siempre iguales, siempre
las mismas ciudades, siempre los mismos hoteles, casi
siempre las mismas personas. Nunca ocurría algo anormal.
Si por lo menos alguna vez tuvieran que hacer un aterrizaje
forzoso en alguna playa desierta. En este bendito aparato
era imposible que a un buen señor se le ocurriera amenazar
al piloto y obligarlo a tomar otro rumbo. Y en este viaje
del que tenía la impresión de que iba a ser como todos, tras
de sentirse deprimido, para colmo le vino a tocar de vecino
a este elefante charlatán, verdadera máquina de hacer ruido
que ya estaba colmando su paciencia. Sentía no tener un
par de tapones de cera de esos que usan lo que tienen que
dormir en lugares donde hay ruidos molestos.
De pronto, durante un pequeño corte en sus pensamientos,
oyó: “... porque usted que se ve a la legua con solo mirarlo,
que es un hombre inteligente, preparado, culto y de
gran perspicacia, convendrá conmigo en que yo obré
cuerdamente en esa emergencia”.
El aludido se irguió un poco en el asiento y por primera
vez miró a con atención al que había tildado de elefante charlatán.
Ahora le pareció un hombre simpático; además notó
que estaba muy bien vestido (debía ser gente bien) y que
daba la impresión de ser un gran conocedor de las personas,
aparte de poseer un timbre de voz agradable.
–¿No le parece que es así?–.
Apremiado por la pregunta y para que el otro no se diera
cuenta de su ausencia, fingiendo reflexionar, Cáceres trató
desesperadamente de atar algunos cabitos sueltos que de la
charla apenas percibida le habían quedado flotando en la
memoria y poder así enterarse de qué emergencia se trataba;
pero inútil fue. Luego de unos instantes contestó con el
correspondiente cabeceo afirmativo.
–¡Ahá!–.
–Naturalmente! Ya sabía yo que iba a responder así...–.
La risa y sobre todo el tonito con que fue pronunciada la
frase le hicieron mirar de reojo, pero el otro arregló pronto
la cosa exclamando:
–Los hombres inteligentes no necesitan gastar palabras
inútiles para expresar sus opiniones concretas.
–¿Me estará cargando? – pensó Cáceres– y se guardó para
sí una reflexión que le sugirió esa sentencia. “Si los hombres
inteligentes no necesitan gastar palabras inútiles...
vos viejito...”.
La verdad es que de ahí en adelante el monólogo sin oyente
se convirtió en una amigable charla que se prolongó hasta
que la azafata anunció por el micrófono el pronto aterrizaje
en Comodoro Rivadavia con la consiguiente recomendación
de ajustarse los cinturones y no fumar.
Cuando cesó el carreteo la misma azafata avisó “Dentro
de veinte minutos continúa el viaje”. Muchos viajeros se
pusieron de pie, no solo los llegados a su destino.
–Qué le parece si vamos a estirar un poco las piernas
– propuso Godofredo Nievas, que así se llamaba el ocasional
compañero de viaje de Cáceres.
–Vamos– contestó éste.
Se pusieron los sobretodos y bajaron por la escalerilla pero
apenas pisaron tierra, las luces encendidas para el aterrizaje
se apagaron nuevamente. La pista quedó en tinieblas y
el viento helado que parecía traer consigo la glacial soledad
de la llanura patagónica los empujó apresuradamente hacia
el bar del aeropuerto en cuyo interior, bastante concurrido
por la llegada del avión, reinaba un ambiente cálido y
acogedor.
Se sentaron frente a una mesa y pidieron café.
–Voy hasta el baño– dijo Cáceres levantándose.
Cuando regresó, una taza de café humeaba frente a su
silla. Se sentó y la bebió con fruición, de un solo sorbo.
Casi enseguida se sintió invadido por una sensación de
sopor. Alzó la mano para mirar la hora pero la dejó caer sin
fuerzas, la cabeza le empezó a pesar cada vez más, los párpados
se le convirtieron en plomo y... eso fue todo.
Cuando despertó, lo primero que vio fue un blanco cielo
raso que parecía ondular suavemente. Estaba tendido sobre
una cama. Se sentía mal, aplastado, le dolía la cabeza y tenía
la boca amarga y pastosa. Este estado, por asociación de
ideas, le trajo a la mente el recuerdo del último despertar
semejante que había tenido. Fue el que siguió a la cena de
despedida de soltero que le dieron los amigos y en la que
pretendió hacer gala de su aguante al alcohol.
Ahora por lo menos estaba en una cama; en aquella oportunidad
había despertado en un basural en donde sus amigos
fieles seguidores de la tradición de estas bárbaras
costumbres paganas, lo habían arrojado desde un auto.
Pero pronto se fueron disipando las brumas de su cerebro
y al comenzar a ver claro se hizo cargo de su situación.
Súbitamente se incorporó alarmado. Recién entonces se
dio cuenta de que tenía puesto el sobretodo y el sombrero.
–¿Qué me habrá ocurrido? ¿Porqué estoy aquí?–.
Recordaba no haber bebido más que un café. Miró a su
alrededor. Evidentemente estaba en una pieza de un hotel.
Era bastante amplia y además de la cama que él ocupaba
había otras dos. Por la ventana que daba a la calle penetraba
la escasa luz de un gris atardecer o amanecer, no podría
precisar.
En ese momento se abrió la puerta y entró Godofredo
Nievas, exuberante y jocoso. Detrás de él surgió otro personaje
alto, morocho, huesudo, con anteojos de carey cuyos
vidrios mal podían disimular sus ojitos de vivillo.
–Hola, hola –exclamó el primero alegremente– ¿Cómo se
encuentra? ¿Mejor? –.
–¿Qué me pasó? –preguntó Cáceres con tono de honda preocupación.
–Posiblemente un patatús o algo así.
–¿Y como vine a dar aquí?
–Yo lo traje en un taxi. No podía continuar el viaje en ese
estado.
–¿Quiere hacer el favor de llamar a un médico?
–Tranquilícese compañero. Aquí le traigo lo que usted necesita.
El Dr. Bermúdez, un amigo y verdadera eminencia
médica, lo examinará.
El aludido, luego de una solemne inclinación de cabeza,
sacó de un portafolio un estetoscopio que se colocó en los
oídos, mientras Cáceres se quitaba el sobretodo y el saco y
se tendía nuevamente en la cama.
–¿Quiere desprenderse la camisa?... Gracias.
Y con afectada gravedad pero con mano bastante inexperta
y torpe el galeno o lo que fuera le anduvo hurgando el
pecho. Después se incorporó y siempre doctoral y enfático
dijo:
–Colapsus morbus cardiacus.
Nievas, que en ese momento contemplaba la calle se volvió
entre sorprendido y divertido. Cáceres tragó saliva
angustiosamente.
–¿Y eso que es?
El Dr. Bermúdez guardó un prudente silencio.
–¿Es grave doctor? ¿Podré viajar sin peligro?
–Mañana mismo– repuso el aludido volviendo a guardar el
instrumento en el portafolio.
–Entonces mañana vuelvo a Buenos Aires.
Ambos compinches se miraron con cierta alarma.
–Calma, calma –exclamó el doctor– Usted ya está bien.
Podría haber sido grave pero el suyo ha sido un colapsus
morbus transitorum. Mañana podrá continuar su viaje.
–Pero por lo menos me voy a sacar un electrocardiograma.
–No hace falta. Repito que se trata de un colapsus
transitorum. Ahora descanse –ordenó solícito– Eso, aquí le
va a costar un platal.
–¿El que me va a costar un platal? ¿El descanso?
–No, quise decir el ... el... elec.... bueno eso que dijo usted
recién...
–¿Y ya no se acuerda lo que dije recién?
–Bueno, es que en este momento se me ha producido un
“Lapsus lenguales”.
–¡¡¿Un qué?!!
Nievas interrumpió:
–El doctor suele padecer, como consecuencia del exceso
de trabajo mental, de amnesia transitorum y a veces olvida
o confunde transitoriamente palabras usuales –y agregó
cambiando de tema– mañana tenemos un avión a las nueve
y los tres podremos viajar a Río Gallegos ¿quiere que le
hagamos traer algo? ¿Qué le receta al paciente, doctor?
–Un cognaquito no le vendría mal –contestó éste con los
pulgares encajados en el chaleco.
–Gracias, no quiero nada.
–El doctor y yo– prosiguió diciendo Nievas –tenemos esta
noche una importante reunión de negocios en el “Gallito
Verde” pero ordenaré que a usted le traigan la cena aquí
para que termine de reponerse. ¿Qué aconseja doctor?
–Algo livianito. Un caldito, dos huevos fritos y una milanesa
pequeña.
– ¿Y vino puedo tomar?– preguntó irónicamente Cáceres
como siguiéndole la corriente.
–Si, pero no más de un litro.
La mirada de nuestro viajante pasaba de uno al otro.
Nievas hizo todavía unos chistes sobre la amnesia
transitorum del doctor, pero éste siempre con los pulgares
encajados en el chaleco mantuvo su patética apostura.
–Bueno, doctor, tenemos que hacer las reservaciones para
la importante reunión de negocios de esta noche– apuró
Nievas.
Por fin se fueron.
Cáceres dio un resoplido.
–¡ Qué junta! –se dijo–. Si este tipo es médico yo soy la
reina de Saba. Pero ¿a qué diablos vendrá toda esta comedia?
De pronto saltó de la cama y revisó los bolsillos de su saco.
La cartera estaba intacta; nada faltaba. Después de reflexionar
un instante apretó el timbre. Al rato apareció una camarera:
–¿Llamó el señor?
–Dígame, ¿hay un médico por aquí cerca?
–Si, señor. Hay uno a la vuelta del hotel.
–Hágame el favor de llamarlo.
–Si, señor.
Veinte minutos más tarde sonaron unos discretos
golpecitos en la puerta.
–Adelante.
La puerta se abrió y apareció un hombre joven de agradable
aspecto llevando un maletín en la mano.
–Soy el doctor Aranda. Me dijo la camarera que se requerían
mis servicios en esta habitación.
–Si doctor. Pase, quiero que me revise el corazón.
El médico se colocó el estetoscopio y con mano experta y
segura, que contrastaba con la torpeza del “doctor” Bermúdez,
lo examinó prolijamente. Luego le miró los ojos, la lengua y
la garganta. Finalmente se incorporó con un gesto de extrañeza.
–Su corazón funciona perfectamente señor. Un electrocardiograma
diría la última palabra pero no lo considero
necesario. Lo que le noto es una intoxicación provocada por
algún narcótico o algo semejante aunque ya prácticamente
superada. En realidad no necesita medicación. Si persiste
el malestar y el dolor de cabeza tome estas grageas una cada
dos horas.
Escribió en un recetario y le entregó la hojita.
–Y no se quede aquí encerrado, salga a tomar aire fresco,
eso le va a hacer mejor que las grageas –agregó sonriendo
cordialmente y ya en actitud de retirarse.
Cáceres le pagó y lo acompañó hasta la puerta.
–Buenas tardes doctor y gracias.
Una vez solo permaneció unos instantes con el ceño fruncido;
profundamente intrigado. Por la ventana ya solo entraba
una grisácea claridad mezclada con las primeras luces
de los letreros luminosos.
–¿Qué pasa aquí? –se preguntó– En todo esto hay un misterio.
De pronto recordó que su mujer esperaba desde la
noche anterior su llamado telefónico desde Ushuaia como
lo hacía siempre y que debía poner en conocimiento de la
casa esta imprevista etapa.
Cuando embutido en su abrigado sobretodo pisó la vereda,
una racha helada le castigó el rostro llevándose los últimos
rastros de su dolor de cabeza. Brillantes letreros salpicaban
de luces multicolores las calles de la ciudad. Diminutos copos
de nieve revoloteaban en el aire.
Cáceres caminó hasta el correo donde trasmitió un telegrama
y pidió una comunicación con Buenos Aires. Después
de una espera bastante prologada lo llamaron a la
cabina.
–Hola... Clara... como estás... me alegro... es que me fue
imposible... Si, de Comodoro Rivadavia porque hubo inconvenientes
pero mañana... si, estoy perfectamente. Mañana
sigo para Río Gallegos y de allí a Ushuaia... es largo para
contarte ahora. ¿Y el nene?... Hola amigazo... que tal... si
volveré prontito... bueno, si encuentro uno te lo llevaré pero
ya no hay pingüinos por aquí... Chau querido... Bueno querida,
me alegro de que estén bien y estate tranquila porque
todo anda perfectamente. Hasta pronto.
Colgó.
Al salir, en vista de que el viento había resuelto tomarse
un breve descanso, decidió, siguiendo el consejo del médico,
dar un paseo, con el fin de que el aire frío terminara de
despejarle el cerebro. Anduvo largo rato recorriendo las bien
iluminadas calles de esa activa y pujante ciudad que tantas
veces había contemplado desde el aire pero que muy poco
conocía.
A eso de las nueve de la noche empezó a nevar. Al encontrar
refugio en un restaurant se dio cuenta de que se le
había despertado de pronto un apetito de lobo. Recordó que
hacía casi veinticuatro horas que no probaba bocado.
Sentóse junto a un ventanal que daba a la avenida y, luego
de un aperitivo, cenó bien, con buen vino, y mientras
alternaba un café con excelente cognac y algunos cigarrillos
se puso a reflexionar sobre su singular situación.
Evidentemente había sido objeto de una treta. Pero ¿con
qué fin?... Alguno tendría. Cuando el gordo empezó a darle
la lata sobre los aviones y los viajes era con el único fin de
entrar en conversación y en relación. El mismo lo había
invitado a “estirar las piernas” sabiendo que con el tiempo
que hacía no tardarían en buscar refugio en el bar.
El fue, estoy seguro, el que puso el narcótico en el café
–pensó– Después me trajo al hotel y luego se presentó con
el atorrante ese, haciéndolo pasar por una eminencia... del
hampa seguramente...
Lo más lógico sería ir a la comisaría y hacer una exposición
sobre lo sucedido. Estuvo un momento indeciso. Pero
sin pruebas ni testigos...
Pronto entre el aperitivo, el vino y el coñac lo convencieron
de que recurrir a la policía era vulgar. Después del segundo
coñac decidió que más de hombre era averiguar las
cosas por uno mismo. Al fin y al cabo el día anterior se quejaba
de la rutina de esos viajes. Pues ahora, que se le presentaba
la oportunidad de embarcarse en una aventura
policial, no era cuestión de desperdiciarla.
Se sintió excitado e impaciente, y para empezar sus investigaciones
decidió volver al mismo hotel y seguir en compañía
de los dos individuos disimulando sus sospechas.
Al llegar a este punto de sus elucubraciones observó que
había dejado de nevar. Aplastó la última colilla sobre el cenicero,
pagó y salió a la calle ya desierta a esa hora.
El frío creciente y el viento juguetón que se entretenía en
levantar blancos remolinos lo obligaron a apurar el paso hasta
llegar al hotel.
Ya gozando del agradable calor de la habitación se desvistió
y se acostó con la billetera debajo de la almohada. A altas
horas de la noche lo despertaron la luz y unas voces
aguardentosas. Eran sus ocasionales compañeros que regresaban
un tanto achispados. Evidentemente la reunión
de negocios había sido abundantemente rociada.
–El amigo apolilla a lo potrillo blanco– balbuceó el “doctor”
Bermúdez.
–Se estará reponiendo del patatús transitorum...
Fingiendo dormir profundamente Cáceres prestó la mayor
atención a lo que decían. Era posible que en el estado en
que estaban cometieran alguna indiscreción que le permitiera
aclarar el misterio del narcótico.
Pero ellos pronto se olvidaron de su persona. De lo único
que pudo enterarse fue de que la gorda Dorotea tenía una
pechuga impresionante aunque más impresionante era el
trasero de la Etelvina. Dos personajes que por lo visto habían
asistido a la importante reunión de negocios.
También estos comentarios duraron muy poco. En realidad
no estaban para mucho parlamento. Solamente el “doctor”,
mientras acomodaba sus pantalones sobre la silla
luciendo unos hermosos calzoncillos floreados, producto de
algún contrabando, aconsejo a su compinche dormir el
“florus de curdus” que tenía encima.
– ¿Y por casa como andamos?
– Poné el despertador a las 6:30 sino vamos a perder el
avión.
Por toda respuesta se oyó el ruido al darle cuerda al artefacto.
Apagaron la luz y minutos después ambos roncaban
estrepitosamente.
Cáceres permaneció largo rato despierto, dándole vueltas
al asunto que lo intrigaba; hasta que llegó a la conclusión
de que mientras permaneciera atento y vigilante podría
desbaratar cualquier plan siniestro que tuvieran estos individuos.
Su ventaja estribaba en que lo habían subestimado
y no sabían que él desconfiaba de ellos y los vigilaba.
Al fin volvió a dormirse.
El estridente despertador le hizo dar un salto en la cama;
no así a sus compañeros que necesitaron un rato para dejar
de roncar y incorporarse rezongando.
Cáceres encendió su velador y empezó a vestirse rápidamente.
Paró el ruidoso artefacto con la esperanza de que se
reanudaran los ronquidos. ¡Qué hermoso hubiera sido partir
solo! Ya se le había pasado el entusiasmo de la noche
anterior. Ahora solo deseaba verse libre de esos individuos.
No fue así. De pronto un clic se oyó y la lamparita que
pendía del techo iluminó la pieza y los hermosos calzoncillos
del “doctor” Bermúdez ya en movimiento.
Veinte minutos después aspirando el agradable aroma del
café recién preparado penetraban los tres en el comedor,
todo iluminado, aunque a esa hora solo había unos pocos
viajeros bostezando y con los ojos hinchados por el sueño.
Arregladas las cuentas y pedido un taxi por teléfono se
sentaron en una mesa junto a un ventanal.
–Tres cafés dobles, cargados y urgentes– ordenó Godofredo
Nievas al mozo.
Cuando los trajeron Cáceres se guardó muy bien de levantarse.
El “doctor” después de beber un sorbo lo miró con
sorna.
–¿Qué tal el cafecito?
–Bien, fue la lacónica respuesta.
–El amigo ha amanecido más serio que...
–Chist. Hay mujeres en la mesa de al lado– lo paró
Godofredo.
–Estoy preocupado por la valija y el portafolio– mintió el
aludido, pero irritado por la risita y el tono de la pregunta
estalló:
–Cuando averigüe las cosas les aseguro que antes de hacer
la denuncia a donde corresponde, le voy a romper la cara
a alguien –y miró fieramente a uno y otro, ambos repentinamente
ocupados en encender sendos cigarrillos. Pero
enseguida se arrepintió de haber hablado de esa manera
que lo descubría; preferible hubiera sido que no se dieran
cuenta de que él estaba alerta sobre lo que ellos tramaban,
así que más tranquilo agregó –la verdad es que no sé lo que
me pasó. Cuando llegue a Buenos Aires me voy a hacer revisar
por un buen médico–.
La indirecta resbaló sobre el “doctor” Bermúdez. En ese
momento y a través de los empañados vidrios del ventanal
relucieron dos potentes faros, mientras un bocinazo anunciaba
la llegada del taxi.
Apuraron el café, dejaron el importe sobre la mesa y salieron
poniéndose los abrigos. Minutos después, mientras el
coche corría por las frías y desiertas calles de la ciudad dormida,
los tres pasajeros guardaban silencio; uno sumido en
sus cavilaciones jurando y perjurando que no había nacido
el hombre que le hiciera el cuento del tío y menos podrían
hacérselos esos tipos que ni siquiera tenían la habilidad de
simular bien y que descubriría, a no dudarlo, el misterio del
narcótico; los otros dos dormitando placidamente.
Las últimas pobres luces de los suburbios fueron quedando
atrás y desapareciendo en la noche. Con creciente velocidad
el coche enfiló por el camino que serpentea sobre la
ondulada campiña y cuando en el horizonte se insinuaba la
primera claridad del alba disminuyó la marcha, describió
un medio giro y se detuvo frente al edificio del aeropuerto,
en su interior, brillantemente iluminado. Golpeando los helados
pies contra el piso y echando vapor por la boca penetraron
los viajeros en el caldeado hall.
Una vez cumplidos los requisitos para continuar el viaje,
Cáceres, con el pretexto de calentarse las manos en un radiador,
se alejó de quienes ya consideraba compañía indeseable
y, dejándose caer en un sillón situado frente a un
amplio ventanal se puso a contemplar el glacial amanecer.
Se sentía deprimido, la madrugada solía producirle ese efecto.
Pero esta vez era peor. Lo ocurrido lo tenía inquieto, por no
decir angustiado. La noche anterior, la buena cena, el buen
vino, el cognac, etc. lo habían puesto en un estado algo eufórico,
pero ahora todo lo veía distinto. Aparte de una sensación
de inseguridad, en ese momento reconocía que no era
hombre para esas cosas; la sorna del “doctor” lo sacaba de
quicio. Estaba arrepentido de no haber ido a la comisaría a
hacer la denuncia. Ahora le parecía que hubiera sido lo más
natural.
Se sobresaltó al sentir que le tocaban el hombro. Era
Godofredo Nievas.
–Vamos al bar a tomar un café con ginebra ¿nos acompaña?
–No, gracias– contestó volviendo a su actitud meditabunda.
El día avanzaba clareando la escarcha que cubría la llanura
hasta el horizonte. A poco, un tímido rayito de sol tiñó de
rosa el cielorraso. Se fueron apagando las luces eléctricas.
A las 8:55 en la pista, frente a los ventanales, detuvo su
carreteo el esperado gran pájaro mecánico, reflejando en
sus alas el dorado sol de aquella clara mañana.
Casi enseguida el hall y el bar se vieron colmados de viajeros.
Unos que llegaban, otros que se embarcaban, algunos
que simplemente bajaban a estirar las piernas, Cáceres trepó
la escalerilla del avión y se acomodó en un asiento de atrás.
No tardaron en aparecer Godofredo Nievas y el “doctor”
Bermúdez que le hicieron un amistoso saludo y se sentaron
juntos más adelante. El viaje fue rápido con tiempo hermoso
y viento de cola. Dos horas más tarde acompañado otra
vez por Godofredo Nievas, sin poder evitarlo (el “doctor”
Bermúdez se había despedido en el aeropuerto) entraba en
las oficinas de Aerolíneas Argentinas.
Los objetos buscados no estaban allí.
–Nadie se fija en equipajes olvidados –explicó el empleado –
hasta que el avión queda vacío y eso ocurre al final del viaje.
Así que seguramente su valija y su portafolios están en
Ushuaia.
–¿Cuándo tengo avión para Ushuaia?
–Esta tarde a las 16:00.
–Gracias.
Salió seguido por Godofredo.
–¿Para qué lado va? –preguntó éste–.
–Para mi hotel.
–Lo acompaño.
No hubo respuesta. Esa asiduidad en acompañarlo después
de lo ocurrido en Comodoro lo exasperaba. A poco andar apuró
el paso con el pretexto del frío, aunque un agradable solcito
bañaba la calle y derretía la nieve y la escarcha.
Al llegar al hotel Libertad se despidió apresuradamente
con un gruñido y entró.
En el hall estaba el gerente volcando, como era su costumbre,
su corpulento físico sobre el pequeño mostrador,
departiendo con dos parroquianos.
–Buen día, señor Cáceres –exclamó cordialmente al verlo,
interrumpiendo su plática pero sin cambiar de postura–. No
lo esperábamos hasta pasado mañana ¿Viene del norte o
del sur?
–Del Norte, don Rosendo.
–Al revés de lo habitual. Siempre empieza por Ushuaia.
Su telegrama...
–Es que esta vez me ocurrió algo insólito.
Y ante la mirada inquisidora del gerente narró su aventura
en Comodoro Rivadavia, lógicamente con algunos adornos
de su cosecha, sobre todo en la parte en que él reaccionó
violentamente y amenazó con romperles la cara a esos individuos
antes de entregarlos a la policía.
–Resultado –terminó diciendo–. Perdí el avión que se fue
con mi equipaje, dos días desperdiciados y desarticulado todo
el plan del viaje ¿qué le parece?
A medida que hablaba se iba poniendo más y más furioso.
–¿No le faltó nada? ¿Dinero o algún objeto de valor?
–No, solo la valija y el portafolios. Pero lo que contienen
carece de valor y no justifica el hecho.
–¿Se habrán equivocado de persona?
–Difícil.. Imposible... Algo se proponían. Lo que los hizo replegar
fue lo terrible de mi reacción. ¡Pero me las van a
pagar! ¡Esa gente no sabe con quien se ha metido!
Hablaba con voz cada vez más fuerte, como para ser oído
en todo el hotel.
Convencido de que ya no volvería a ver a los causantes de
sus inconvenientes, su depresión había desaparecido, su
valor había reaparecido y su enojo estaba haciendo crisis.
–Le aseguro don Rosendo que me las van a pagar. Indagaré
hasta dar con esos individuos y guay de ellos. No se juega
así con un hombre – terminó casi gritando y comenzó a pasearse
congestionado, furibundo y majestuoso.
Don Rosendo era un psicólogo intuitivo. Necesitaba muy
poco para calar a una persona y a Cáceres no lo conocía de
un solo día. Además su aspecto de hombre reposado y parco
escondía un humorista sutil; hablando en criollo: un zorro
viejo.
Dirigió una mirada a los parroquianos que contemplaban
curiosos la escena y después de un momento de silencio
dijo espaciosamente:
–No se lo que habrá atrás de todo esto pero yo le aconsejo
que ande con cuidado... ¿Tiene arma?
Estas pocas palabras tuvieron la virtud de evaporar la furia
de nuestro amigo viajante y de detener en seco sus espectaculares
desplazamientos ¿Armas? –pensó. No tenía...
¿Y si las tuviera?... Como un relámpago pasó por su mente
el hecho de que jamás había apretado un gatillo. Ni siquiera
de un matagatos.
Don Rosendo impasible dio una parsimoniosa pitada a su
cigarrillo y prosiguió con la misma calma:
–Últimamente están pasando cosas bravas aquí. Parece
que esta ciudad se ha convertido en el foco. Ha llegado gente
de afuera que según parece están en combinación con la
de otros países. Sin ir más lejos hace, una semana, menos,
cinco días, aquí a la vuelta en la avenida San Martín, pleno
centro, iba un individuo por la vereda llena de gente y se le
acercaron dos tipos, le pusieron un revólver en los riñones
y lo obligaron a subir a un auto. A los tres días apareció el
cadáver del hombre flotando en el río... A lo mejor usted lo
conocía, se llamaba González, porque era viajante como usted
y venía de Buenos Aires... Si usted está entre los marcados...
–Pero ¿por qué? – preguntó el desventurado con un hilito
de voz.
– Dicen que la consigna es provocar el caos. Parece que
están de turno los viajantes.
– ¿Y cómo eran los tipos?
– ¿Cómo qué?
–¿Uno era grande y grueso más o menos así como usted y
el otro morocho algo flaco huesudo con anteojos?
–Exactamente. Esa fue la descripción que dieron los testigos.
Cáceres tuvo la sensación de que el estómago se le juntaba
con la vejiga, las piernas le temblaron en tal forma que le
flameaban los pantalones y debió ponerse intensamente
pálido.
–Y ese no es el único caso –continuó Don Rosendo–. El
anterior también era un viajante de comercio pero de Rosario.
Lo encontraron degollado en una cuneta. Ándese con
cuidado, yo puedo prestarle un revólver – agregó a modo de
remate abriendo el cajón del mostrador y sacando un imponente
Colt 45 largo, cuya sola vista hizo aumentar considerablemente
el flamear de los pantalones de nuestro héroe.
–No, no... no... no hace falta.
–Bueno, si no va a salir le puedo facilitar una habitación
hasta la hora de irse.
–Sssssi... me... me vendría bien, estoy cansado.
Don Rosendo guardó el arma en el cajón y se volvió hacia
el tablero del que pendían las llaves.
–Le voy a dar una habitación que le vendrá muy bien
–dijo eligiendo– una con baño privado.
Los parroquianos hacían esfuerzos para contener la risa.
Las horas de terror que nuestro desventurado viajante pasó
encerrado con doble llave, son indignas de describir.
A media tarde apareció en la puerta del hotel. Miró a ambos
lados de la calle con precaución y cruzando rápidamente
la vereda alcanzó un taxi que pasaba en ese momento. Veinte
minutos después, ya listo para embarcarse, penetró en el
hall de espera del aeropuerto, casi desierto en esos momentos.
Solo vio un grupo pequeño de viajeros que se
apeñuscaban frente a un ventanal donde todavía calentaba
el solcito de la tarde.
Ansiosamente miró a uno por uno de los circunstantes y
con alivio comprobó que no estaban entre ellos ninguno de
los temidos personajes. Solo notó una cara redonda y blanca
como luna llena que le pareció haberla visto antes, no se
acordaba donde, pero enseguida la olvidó para mirar
angustiosamente hacia la puerta de entrada al hall cuyo
chirrido cada vez que se abría le producía un sobresalto, pues
en cualquier momento podían aparecer los siniestros asesinos.
Después de llevarse al oído varias veces su reloj para
comprobar que no se había parado, con alivio constató que
solo faltaba un minuto para la llegada del avión, pero pasó
ese minuto y varios más y el fatídico chirrido seguía produciéndole
serios trastornos emotivos. Ya estaba a punto de
caer en una crisis de terror cuando un lejano ronroneo de
motores que le llegó armonioso, que fue aumentando su
sonoridad hasta llenar gloriosamente los aires, le devolvió
la vida.
Fue de los primeros en trepar por la escalerilla del pequeño
DC 3 que llegó como apurado y sin perder tiempo reanudó
su viaje elevándose ágilmente y enfilando rumbo al sur.
La descarga emocional de nuestro héroe al ver a través de
la ventanilla alejarse rápidamente y empequeñecerse cada
vez más el lugar de sus terrores fue total. Recién entonces
notó que tenía la camisa empapada de transpiración.
Cuando la azafata que avanzaba por el pasillo ofreciendo
bebidas y sándwiches le preguntó si deseaba algo:
–Un coñac doble –contestó.
Después de beber el licor le invadió una eufórica alegría
ante la sensación de haber pasado por un grave peligro pero
alejado ya. El mundo había cambiado para él en pocos minutos.
Al pasear por el interior de la cabina su alegre mirada
vio del otro lado del pasillo al señor con cara de luna llena y
recordó donde lo había visto antes. Estaba en el hall del hotel
en un gran sillón leyendo un diario cuando él hablaba con
don Rosendo. Aclarada esta pequeña incógnita olvidó el asunto.
Un segundo coñac doble tuvo la virtud de inspirarle un
sentimiento de gratitud hacia ese noble aparato y sus incansables
motores, gratitud que hizo extensiva a sus fabricantes
sin olvidar a su bravo piloto. Después de empinar el tercer
doble, servido con cierta reticencia por la azafata, su valor,
como el ave fénix, empezó a renacer de entre sus propias
cenizas. Esta resurrección se fue acentuando a medida que
el peligro iba quedando atrás cada vez más lejos.
El valor infunde serenidad (aunque sea un valor capaz de
salir disparando a la primera alarma). Recuperado el suyo y
olvidado de sus recientes terrores, Cáceres, por una interpretación
equivocada de los hechos se sintió otro hombre,
se sintió un veterano del peligro.
Encendió un cigarrillo con pulso firme, y con mirada tranquila
y serena “como si nada hubiera ocurrido”, se puso a
contemplar el estrecho de Magallanes, sobre el que volaban
en ese momento y que semejante a un inmenso estuario
azul se extendía hacia el lejano poniente.
Minutos después el avión empezó a perder altura, se acercaba
a Río Grande de donde luego de breve parada reanudó
el vuelo hacia Ushuaia.
Nuestro héroe algo embotado por las libaciones, descabezó
un corto sueño que le hizo perder la contemplación de
ese maravilloso espectáculo que presenta la sucesión de
blancos picachos, último tramo de la gran cordillera andina
antes de sumergirse en el Océano Atlántico y de ese mar
interior que se llama Fagnano de color violeta a esa hora.
Cuando entreabrió los ojos, ya como anunciándole la terminación
de su accidentado viaje, surgían a lo lejos el mon
te Olivia y “Los cinco Hermanos” con las cumbres rosadas
por el fin del día.
A medida que se acercaban las máximas alturas fueguinas
iban aumentando en tamaño e imponencia hasta que el aparato
las contorneó casi rozando sus ahora blancas laderas.
El sol se acababa de ocultar mientras impresionantes
nubarrones antárticos avanzaban en son de tormenta.
De pronto allá abajo, ya en la penumbra, apareció, la bahía
de Ushuaia, poética hasta en su nombre (bahía solitaria) con
su pequeña ciudad acurrucada entre el mar y la montaña.
El avión describió un amplio círculo descendente y aterrizó
en la pista de la base Naval.
Cáceres, gracias a su falta de equipaje, fue de los primeros
en pisar tierra y tomó un taxi que rápidamente a través
de la pasarela lo llevó hasta frente a las oficinas de Aerolíneas
Argentinas ubicadas en la avenida San Martín, arteria
paralela a la costanera y eje principal de la ciudad.
–Buenas tardes– dijo entrando.
–Buenas tardes señor Cáceres –contestó el empleado que
ya lo conocía de viajes anteriores–. Aquí está su equipaje–
agregó colocando sobre el mostrador la valija y el portafolio.
Cuando hablaron de Río Gallegos nos comunicaron que eran
suyos.
–Gracias, quisiera gratificar al que los encontró y los trajo.
–Fue un pasajero. Dijo que fue el último en abandonar el
avión y los vio olvidados y los trajo –explicó el empleado mientras
Cáceres verificaba el contenido de sus petates.
Había un algo indefinido en la sonriente mirada del joven.
–Uds. habrán pensado que yo estaba borracho para olvidarme
del equipaje... o del resto del viaje?
–¡No¡ ¡Que esperanza! –contestó el aludido sin la menor
convicción.
Por desgracia para nuestro amigo el aliento a coñac no lo
favorecía en nada.
–Lo que pasa es que fui víctima de un secuestro.
El joven pareció mostrar más interés.
–En Comodoro Rivadavia me echaron un narcótico en el
café y desperté en un hotel. Ignoro el propósito de los secuestradores
(política foránea posiblemente) pero yo reaccioné
a tiempo y les desbaraté la combinación, con riesgo
de mi vida, porque son gente peligrosa, verdaderos criminales...
y aquí me tiene.
–¿Y los terroristas?
–Se hicieron humo.
–¿Y no los denunció a la policía?
–¿Para qué? No tenía pruebas.
–¿Y el narcótico?
–Algo difícil de comprobar.
–Comprendo que usted no quería complicarse el viaje –
terminó diciendo el muchacho con la vista y la atención ya
desviada hacia un señor que se acercaba al mostrador en
procura de información, justamente cuando Cáceres se disponía
a entrar en algunos detalles sobre los graves peligros
que había arrastrado en esa aventura de la que ya empezaba
a sentirse orgulloso.
Tuvo pues que reservar para mejor oportunidad su exposición.
Cuando salió a la calle ya había anochecido y las luces
de mercurio hacían resaltar la blancura de la nieve recién
caída que empezaba a cubrir el pavimento y el alfeizar de
las ventanas. El tiempo era aún calmo pero la tormenta que
amenazaba en las últimas horas de la tarde se estaba desatando.
Una herradura de montañas abriga la ciudad de los
pertinaces y ásperos vientos patagónicos, pero a veces la
superan.
Cáceres se dirigió al hotel en el que se hospedaba habitualmente
por cuenta de la compañía. Antes de llegar vio
parado frente a la puerta al cara de “luna llena” quien si lo
vio lo ignoró por completo. La ignorancia fue mutua. En el
vestíbulo se encontró con el gerente–propietario.
–Buenas noches señor Cáceres –exclamó éste– recibimos
su telegrama y hace dos días que lo esperamos ¿Qué pasó?
–Cosas que le ocurren a uno, don José– respondió Cáceres
afectando indiferencia.
–¿Qué cosas?
–En Comodoro Rivadavia me pusieron un narcótico en el
café y desperté en la habilitación de un hotel.
–¡Pero eso es un secuestro!
–¡Usted lo ha dicho! ¡Un secuestro!
–¿Y que pasó después?
–Conseguí eludir la vigilancia y pude telegrafiar a la Compañía
y hablar por teléfono con mi mujer. Pero luego enterado
de que varios de mis colegas, cuatro o cinco, habían sido
víctimas de esa gente (el foco está en Río Gallegos, ya lo
averigüé) reflexioné profundamente y decidí volver, consciente
del peligro, a meterme en la boca de lobo para indagar
desde adentro y descubrir a los autores.
–¡Hay que tener coraje!
Cáceres hizo un gesto de modestia.
–¿Y no dio parte a la policía?
–Mire amigo, estos individuos me jugaron una mala pasada
y estas cosas me gusta arreglarlas solo. Desgraciadamente
primero tengo que cumplir con mi trabajo, pero después
veremos –agregó amenazadoramente.
–¿Y cómo consiguió escapar... digo para cumplir con su
trabajo?
–Ellos escaparon de mí –reaccionó Cáceres con cierta violencia,
ofendido– cuando se dieron cuenta de la clase de
hombre con la que se habían topado porque cuando...
Siempre atento don José apoyole suavemente la mano sobre
el brazo.
–¿Me perdona? –dijo– después seguimos hablando, ahora
tengo que atender a esa gente que acaba de llegar...
Rodríguez acompaña al señor a su habilitación, es la número
ocho.
Nuevamente nuestro amigo tuvo que guardarse el relato
de sus aventuras.
Ya en su habitación guardó la valija y el portafolios en el
ropero que cerró con llave y regresó al vestíbulo. Eran las
ocho de la noche hora de tomar el aperitivo y arrebujándose
bien salió a la calle desafiando a la nevada que arreciaba en
esos momentos. Caminó dos cuadras y media que era lo que
distaba del hotel la confitería, ubicada junto al cine. Al entrar
saludó al encargado del mostrador y a algunos conocidos.
No vio ningún amigo como para sentarse a charlar y se
ubicó en una mesa junto al ventanal. Mientras se quitaba
el sobretodo y la bufanda, acudió el mozo.
–Buenas noches señor Cáceres ¿otra vez por aquí?
–Hola Antonio. ¿Cómo le va? Estoy notando un alto porcentaje
de ausentismo en comparación con la última vez que
estuve –dijo sentándose– ¿Hay paro de curdelas?
–Entonces era pleno verano señor Cáceres y había muchos
turistas, además el tiempo...
–¿Y que es de su vida?
–Ya lo ve siempre con la bandeja en la mano y de mesa en
mesa.
–Así es la vida. Yo siempre con el portafolio en la mano y
de avión en avión y de hotel en hotel. Cada uno en la suyo.
Es decir, yo con mi portafolio y mi valija recién pude reunirme
hoy a la tarde después de dos días.
–¿Qué le pasó?
–Secuestro – repuso Cáceres afectando gran indiferencia.
–¡¿Secuestro?! ¿A quién? ¿A usted? Disculpe mi curiosidad,
pero cómo fue? ¡Qué barbaridad!
–En Comodoro Rivadavia me narcotizaron y desperté en la
habitación de un hotel; pero como a mi no me gusta estar
secuestrado aquí me tiene.
–¿Y por qué el secuestro?
–Política internacional secreta, son cosas complejas.
Antonio se quedó pensativo mirándolo admirativamente.
De pronto reaccionó.
–Disculpe. ¿Le traigo lo de siempre?
–Si, por favor.
Antonio se alejó.
Mientras esperaba, Cáceres se sintió satisfecho. Hablar
de un hecho así delante de Antonio era como pararse en el
medio de la calle con un micrófono y gritarlo a los cuatro
vientos. La semilla ya había sido arrojada en buena tierra.
Antonio no tardó en regresar con la bandeja llena.
–Y que me dice del tiempo –dijo Cáceres mirando por el
ventanal la nevada mientras el mozo depositaba la bebida y
algunos platillos sobre la mesa –. Hoy viajé con un hermoso
tiempo y apenas llegué se largó la tormenta.
Quería dar la impresión de que al secuestro no le asignaba
mayor importancia, cosa propia de los valientes.
–¿Cómo estuvo el tiempo aquí?
–Regular; hubo sol. Esto se venía preparando. El termómetro
estuvo toda la tarde sobre 0º, después bajo de golpe
–repuso Antonio apresuradamente como para no dejar sin
respuesta a la pregunta, pero agregó como pasando a algo
más interesante–. Disculpe, ¿Cómo consiguió burlar a los
secuestradores?
–Muñeca y valor, dos aptitudes imprescindibles en estos
casos.
Antonio, alma cándida y curiosa en extremo hubiera querido
escuchar toda la historia del secuestro pero tuvo que
alejarse para atender a otras mesas.
Poco más tarde nuestro viajante decidió volver al hotel
antes de que la tormenta arreciara.
Después de dejar una buena propina, con la solapa del sobretodo
subida hasta las orejas, salió y entre remolinos de
nieve y aullidos del viento, todo encogido, caminó apresuradamente.
Al cruzar las bocacalles de impresionante negrura,
por las que soplaban heladas ráfagas que parecían traer
consigo la glacial soledad de las invisibles montañas, apresuraba
aún más el paso, hasta que encontró refugio en el
zaguán del hotel en momentos en que don José entornaba
la puerta de calle.
–¡Que nochecita! –exclamó entrando– y dicen que las montañas
reparan la ciudad de los grandes vientos.
–En ocasiones rebalsa, peor debe estar del otro lado.
–Eso quiere decir que si no fuera por las montañas aquí
no quedaría ni la Casa de Gobierno...
Entraron sin más comentarios.
Ya estaban sirviendo la cena. Había poca gente en el hotel
en esa época del año, y el comedor estaba habilitado solo en
parte. Cáceres ocupó su mesa y en otra cercana vio engullir,
porque esa era la palabra adecuada en este caso, al cara de
luna llena. Sin sombrero, su amplísima y reluciente calva
acentuaba su semejanza con nuestro visitado satélite.
Al día siguiente, no muy temprano porque en Ushuaia
amanece tarde en invierno, nuestro viajante salió resuelto
a ocuparse activamente de su trabajo. Caminó inflado de
optimismo, estado de ánimo al que no era extraño el grandioso
paisaje que lo rodeaba.
El tiempo había cambiado totalmente. Soplaba una brisa
cortante pero vivificadora. Bajo un cielo límpido sin una nube
se erguían los cerros inmaculados.
Era una hermosa mañana, una mañana azul y blanca,
una mañana argentina.
Respirando ese aire puro, a pleno pulmón, Cáceres enfiló
hacia su primer cliente. Al llegar a la esquina tuvo que concentrar
toda su atención en los pies pues durante la noche
se había endurecido la nieve y las calles transversales que
bajan a la bahía se convierten en esos casos en tobogán de
gigantes. Dobló a su izquierda y entre resbalones y
manotones a la baranda colocada ex profeso por la Municipalidad,
descendió una cuadra hacia el bajo hasta llegar a
un negocio de ramos generales de apariencia muy modesta
exteriormente, pero interiormente amplio y atiborrado de
mercaderías.
El patrón, cliente antiguo, no obstante estar muy ocupado
en ese momento, lo atendió amable y cordialmente, pero
luego de los primeros saludos hablaron estrictamente de
negocios. En las pequeñas y medianas transacciones no se
debe perder el tiempo en conversaciones ajenas a las mismas,
no así en las grandes o muy grandes que se concretan
en lujosas cenas, almuerzos o ruedas de whisky. A mediodía
Cáceres regresó al hotel satisfecho del resultado de sus
gestiones durante la corta mañana fueguina.
Entre esa tarde y el día siguiente completó su misión en
Ushuaia.
Sábado 24 de junio, ocho de la noche. Hora del aperitivo.
Estamos con el paciente lector frente a la confitería que
queda junto al cine.
Nos acercamos al ventanal que da a la calle y a través de
los empañados vidrios vemos borrosamente junto al mismo
una mesa ocupada por varias personas y rodeada por otras
de pie en actitud de escuchar atentamente. Entre los parroquianos
sentados descubrimos a nuestro amigo Cáceres que
es quien tiene la palabra.
Pero desde afuera no oímos lo que dice. Además hace frío
en la calle y el cielo nos amenaza con nieve. Entremos pues.
En el interior el ambiente es cálido. Hay gran concurrencia.
Nos acercamos a la mesa en cuestión. Cáceres sigue
con la palabra. Ya alcanzamos a oír.
–... porque engañarme a mí es un poquito difícil. El gordo
quería convencerme de que me había llevado al hotel para
hacerme atender por su amigo, el doctor Bermúdez, un flaco
huesudo ¡con cara de pistolero! Porque según ellos yo había
sufrido un patatús cardíaco.
–¿Así dijo el médico? – acotó alguien seguido de risas.
–Eso dijo el gordo. El que se hacía pasar por médico dijo
disparates mucho más grandes; bueno, la cuestión es que
cuando descubrí la maniobra en lo que no tardé, pues yo
poseo condiciones detectivescas que desgraciadamente en
mi trabajo no tengo oportunidad de utilizar, pero esta vez
me sirvieron, como decía, en cuanto descubrí la maniobra
tuve el convencimiento de que se trataba de una organización
puesta al servicio de cierta política foránea. Y estos
secuestros los llevan a cabo con fines intimidatorios, lo que
me fue plenamente confirmado en Río Gallegos por gente
que conoce muy bien el asunto. Cuatro viajantes de comercio
fueron secuestrados y asesinados en esa ciudad que es
el foco. Dos aparecieron flotando en el río y los otros dos degollados
en cunetas... Yo me propuse disimular y seguirles
la corriente porque quería investigar, descubrir y desenmascarar
a los culpables y así fue como me metí, consciente del
peligro, en la boca del lobo; pero en un momento dado a raíz
de una broma del pseudo doctor no pude con mi carácter y
me deschavé y los desenmascaré y hasta los amenacé con
romperles la crisma antes de entregarlos a la policía. El
asunto es que quedaron mansitos y al llegar a Río Gallegos
desaparecieron.
–¿Y por qué no dio parte a la policía?
–Esa pregunta ya me la han hecho así que repito: Estas
cosas me gusta arreglarlas yo mismo de hombre a hombre...
Ese mismo día a la tarde cuando fui a tomar el avión los
estuve esperando en el aeropuerto pero no aparecieron...
Creo que ya hemos oído bastante, paciente lector, y que
será mejor salir a respirar un poco de aire fresco y puro
aunque ya hayan empezado a caer algunos copos.
Al día siguiente, domingo, nuestro heroico viajante voló a
Río Grande donde el lunes y parte del martes, aunque zarandeado
por los vientos, cumplió su misión, con buen éxito
comercial.
El martes por la tarde debía continuar su gira. Su próxima
escala era... ¡Río Gallegos!
Un terrible malestar se apoderó de él. Recordó a don
Rosendo y sus consejos y aquella pregunta “¿Tiene armas?”
y luego el tremendo Colt que le había ofrecido. Un sudor frío
le bañó la frente.
La pregunta y la impresionante arma le habían revelado
de pronto la angustia, el miedo que se siente ante un peligro
real.
Aquel coraje que brillara en la confitería de Ushuaia escapaba
ahora como el aire de un globo pinchado. Se vio
cadáver flotando en el río o degollado en una cuneta... ¿Si
pudiera evitar esa escala!... pero era imposible... No existía
una explicación que justificara ante el gerente esa
omisión, salvo el miedo. Pero él, José Cáceres, confesar a
sus superiores que salteaba Río Gallegos por cobardía no
podía ser.
Hasta ese momento no había pensado mayormente en este
paso, pero, de pronto, su inminencia lo había sacado del limbo.
Le ocurrió como nos ocurre a todos o a casi todos con respecto
a la muerte. Aunque sabemos que inexorablemente
ha de llegar nos despreocupamos de ella y hasta la llamamos
en algún mal momento, mientras la creemos lejos, pero
nos aterramos cuando se nos acerca de verdad.
Y este pobre amigo, ahora, sin el oropel de sus fantasías y
sus fanfarronerías sintió que el miedo le penetraba por todos
los poros. En ese estado de ánimo trepó por la escalerilla
del avión. Ya en el aire, con la frente apoyada en el vidrio de
la ventanilla, dejando que su mirada vagara por la desierta
costa fueguina trató de armarse de valor, pero pronto descubrió
que su valor al igual que una mujer casquivana, lo había
abandonado como lo hacía cada vez que las cosas se
ponían mal.
Apareció en lontananza y antes de lo que esperaba el estrecho
de Magallanes. Esto le recordó con un estremecimiento
en la boca del estómago que el viaje era muy corto ¡Si se
hiciera en veleros como antiguamente!
El Estrecho de Magallanes quedó atrás y la desolada llanura
patagónica bañada por un opaco y melancólico sol poniente
ofrecía a sus angustiados ojos un espectáculo poco apropiado
para levantarle el ánimo.
La vista del aeropuerto de Río Gallegos a la distancia aumentó
su desasosiego.
A falta de valor bueno es el ingenio –se dijo buscando una
salida.
El avión aterrizó. Los pasajeros fueron descendiendo. El
último en aparecer en lo alto de la escalerilla fue un raro y
misterioso personaje; medio jorobado, rengo, la bufanda cubriéndole
la nariz y el sombrero encajado hasta las cejas
con las alas bajas. Descendió torpemente mirando hacia todos
lados y con apresurado cojear se dirigió a la salida en
procura de un taxi que por suerte para él encontró pronto...
Frente al hotel Libertad se bajó la bufanda que ya lo tenía
medio asfixiado y al pagar le dijo al chofer.
–Mañana lo espero a las 9:00. Voy a utilizarlo toda la mañana
y la tarde. Pregunte por el señor Cáceres.
Se subió nuevamente la bufanda y rengueando por las
dudas cruzó rápidamente la vereda y entró en el hotel.
–Buenas tardes señor Cáceres –exclamó Don Rosendo volcado
como siempre sobre el pequeño mostrador.
–¿Qué le ha pasado?
–Me torcí un tobillo, no es nada –respondió el recién llegado,
algo molesto ya que no le hizo gracia que lo reconocieran
tan fácilmente.
–Parece que anda con frío.
–Si, bastante.
Como allí no había motivo de temor y sí buena calefacción
se quitó el abrigo y el sombrero.
–¿Le reservo una habitación?
–Si, don Rosendo. Por esta noche solamente. Mañana sigo
viaje.
Cenó en un rincón apartado y a la mañana siguiente protegido
por el alto cuello de su sobretodo, su ancha bufanda,
el sombrero metido hasta los ojos, el taxi y una espesa niebla
invernal que cubría toda la ciudad, inició el recorrido de
su clientela con relativa tranquilidad.
A medida que transcurrían las horas, la no aparición de
los criminales le fue calmando los nervios.
A la cuarta visita se olvidó de renguear y al declinar el día,
sin haber almorzado trepaba al mismo avión que la tarde
anterior a esa misma hora lo había depositado allí.
Entre tanto su valor, arrepentido de tamaña deserción,
parecía querer volver a él tímidamente al principio, pero
apenas se cerró la puerta del avión, tomó cuerpo y creció a
tal punto que no bien el aparato empezó a moverse hacia la
pista ya nuestro héroe se sentía pesaroso de no haber enfrentado
a sus enemigos y haberles demostrado quien era
él, “José Cáceres”. Sin embargo en las etapas restantes:
San Julián, Santa Cruz, (en Comodoro no se movió del avión)
y Trelew pasó sus angustias y sudores fríos; aunque se iba
tranquilizando a medida que crecía la distancia que se interponía
entre él y el foco: Río Gallegos.
Cumplida su misión en la última ciudad que fue Trelew,
un 29 de junio se encontró cómodamente sentado en un
avión, a punto de partir, que lo traería a Buenos Aires.
De pronto vio al cara de luna llena avanzar por el pasillo.
Pasó junto a él y se ubicó mas adelante.
–¡Otra vez este individuo! –murmuró sin darle importancia,
mientras sacaba del bolsillo una novelita policial que
había comprado en una librería de Trelew atraído por el título
“El secuestro de Richard Hamilton”.
Desde el principio la lectura le resultó tan interesante,
dado que el secuestro se llevaba a cabo mediante un narcótico
puesto en el café en circunstancias parecidas a las que
él había vivido, que apenas se notó cuando el gran pájaro
mecánico correteó sobre la pista y se elevó majestuoso rumbo
al norte. La novelita trataba del secuestro en... de un joven
y genial investigador, llevado a cabo por una banda de espías
que estaba al servicio de un país extranjero, para que
con los datos suministrados por los componentes de la misma
descubriera, bajo amenaza de muerte y haciendo uso de
sus extraordinarias condiciones deductivas, el paradero de
la jefa de la organización, desaparecida misteriosamente
días antes.
Richard Hamilton sabía que aunque saliera airoso de esa
“misión imposible” lo mismo estaba condenado a muerte.
Las cosas se fueron complicando y nuestro héroe que si
se sentía identificado con el protagonista, queriendo probar
sus propias facultades deductivas, abandonaba de cuando
en cuando la lectura y mientras allá abajo su distraída mirada
seguía el desplazamiento de la larga costa festoneada
por la blanca línea de rompientes, su mente se adelantaba
a los acontecimientos de la novela deduciendo los hechos
unos de los otros siguiendo una, a su juicio, lógica pura.
Pero el autor parecía empeñado en desvirtuar todas sus conclusiones,
excepto, naturalmente, la del final feliz (que llegó
cuando ya volaban sobre la provincia de Buenos Aires) y
según el cual el genial Hamilton gracias a sus condiciones
deductivas, a su habilidad, a su valor y a la colaboración
inapreciable de su valiente ayudante Jack, no solo logra
descubrir el paradero de la jefa (secuestrada por otra banda
de espías también extranjera para sacarle datos secretos
conseguidos por ella y que al ser liberada se enamora de él)
sino liberarse a su vez de sus captores y hacerlos caer junto
con su jefa enamorada de él y todo, en una trampa de la que
fueron a parar a la cárcel por luengos años.
Terminada la lectura cerró el libro y mientras su mirada
reconocía subconscientemente lo que desde esa altura parecía
una sucesión de grises lomitas, rodeaba de manchones
verdes, a las sierras de Tandil que rápidamente iban quedando
atrás, caviló sobre la similitud de su caso con el Mister
Hamilton. La diferencia estaba en que éste era detective y
él no, lo que ahondaba el misterio.
Con un buen ayudante él podría haber indagado y seguramente
haber descubierto algo importante. Armas podría haber
comprado pero un ayudante capaz... Acudió a su mente
el nombre de Fernandino, amigo de años; gran lector de novelas
policiales y aficionado a la investigación. Tal era su
vocación por esa actividad que en cierta oportunidad le propuso
ingresar los dos a la policía para adquirir experiencia y
hacerse conocer y luego renunciar y establecer una agencia
privada. Parecía sencillo. Pero alguien les informó que
para intervenir en las investigaciones había que ser oficial
para lo cual era imprescindible cursar dos años como cadete
en la Escuela de Policía y ambos ya estaban excedidos en
la edad para ingresar en dicha escuela.
Lo único a que podían aspirar era a entrar como vigilantes.
–¡Pobre Fernandino! –se dijo Cáceres recordando– ¡Cómo
lo cargaron cuando se apareció aquella tarde en el café, agresivo
y resuelto!... La tenía con San Martín... “Serás lo que
debes ser o no serás nada” y agregaba de su cosecha “Cuando
se tiene una vocación verdadera hay que, como quien
dice, cerrar los ojos y arrojarse al abismo...”.
–Porque no te arrojas al riachuelo... –acotó alguien.
Al día siguiente renunció a su excelente empleo y entró
en una agencia de investigaciones privadas y desde entonces
no hacía más que seguir a maridos de mujeres celosas
o viceversa.
–Si hubiera estado ahora conmigo tal vez me hubiera servido
porque coraje e ingenio no le faltan. ¡Cómo se va a poner
cuando le cuente!
Poco a poco se fue adormilando.
Cuando abrió los ojos, allá en lontananza el inmenso Buenos
Aires estaba a la vista; bañado por un poniente sol que
estiraba las sombras de los rascacielos y más lejos, el Río de
la Plata reflejando el intenso azul de la tarde.
A las 16:30 las ruedas del avión rozaban la pista del
aeroparque y minutos después nuestro viajero en caravana
con los demás pasajeros se dirigía a las oficinas de la
Aduana.
(Cuando este cuento fue escrito regía en el país un decreto
que establecía puertas libres a los situados al sur del paralelo
41. Por lo tanto los viajeros procedentes de esa zona
debían someterse a los controles de la Aduana al desembarcar
en los puertos o aeropuertos ubicados al norte de dicho
paralelo).
Allí le llamó la atención la meticulosidad desusada de que
hacían gala los empleados en la revisación de los equipajes;
llegando, en muchos casos, a vaciar totalmente las valijas y
palpar las paredes de las mismas. A él todo eso le tenía sin
cuidado. Cuando le llegó el turno el empleado que lo atendió
lo saludó amigablemente.
–Buenas tardes, señor Cáceres.
–Buenas tardes, amigo.
–¿Cómo le ha ido en este viaje?
–Con algunos inconvenientes aunque comercialmente
bien... Pero a que se debe tanta meticulosidad?
–Órdenes estrictas.
–¿Alguna denuncia? Contrabando de drogas?
–No –dijo el joven con reserva, y mirando a ambos lados e
inclinándose sobre el mostrador susurró:
–¡Diamantes!
–¡Caray! ¿Y grande?
–Parece que sí.
–Por mí puede revisar todo lo que quiera. No me voy a ofender
por eso –expresó Cáceres poniendo su petates sobre el
mostrador y abriéndolos.
–A usted lo conocemos de años y sabemos el motivo de sus
viajes perfectamente – repuso el joven echando una mirada
por fórmula al interior de la valija y al portafolio.
–Hágame el obsequio, revise bien hasta las paredes de la
valija; fíjese si hay un doble fondo –insistió bromeando
Cáceres–. Le repito que no me voy a ofender.
–Por favor, a usted sería el último a quien le haríamos
eso.
–Por mí no deje de cumplir con su deber –volvió a insistir
el viajante sacando de la valija sus pertenencias y golpeando
el fondo de la misma.
–Bien, señor Cáceres. Ya está todo visto.
Más tarde en la fila de los taxis que avanzaba lentamente
nuestro amigo oyó a sus espaldas un vozarrón gangoso y horriblemente
desafinado que por lo bajo tarareaba una antigua
cancioncita infantil. Al volverse encontró al “cara de luna
llena” que portaba un gran poncho en el brazo derecho.
De pronto un señor de mediana edad y aspecto próspero se
paró a su lado.
–¿El señor Cáceres viajante de la casa Romero y Cía.?
–Servidor.
–Yo soy Francisco Gruppini. Acabo de comprar un negocio
de comestibles en Río Gallegos – tenga mi tarjeta – y agregó,
mientras el interpelado trataba de leer la cartulina a la escasa
claridad del temprano anochecer invernal – Es una especie
de minimark y como estoy enterado de que la casa que
usted representa es fuerte y seria, tengo mucho interés en
ser cliente de ella si me otorga un crédito. Puedo presentar
toda clase de referencias comerciales y bancarias.
–Bueno, yo lo puedo presentar como un nuevo cliente al
señor Romero o al gerente y si mañana usted se presenta
invocando un nombre – dejó la valija en el suelo para sacar
la billetera del bolsillo interior del saco.
–Esta tarjeta tiene la dirección y la hora de atención y si
las garantías son satisfactorias creo que no habrá inconvenientes
en abrirle un crédito.
–Muy bien señor Cáceres. Hasta mañana pues.
–Hasta mañana.
Se estrecharon las manos. Cáceres retomó la valija y avanzó
unos metros.
Cuando entró en su casa a pesar del innúmero de llegadas
y despedidas, dada la índole de su trabajo, su mujer lo
recibió alborozada, como siempre y su pequeño hijo le saltó
al cuello.
–¿Me trajiste el pingüino?
–No mi amigo, ya le dije que ya no hay pingüinos por allí.
Se mudaron al polo; pero me acordé de ustedes y les traigo
unos regalos.
–Ahora decime, querido –preguntó ella después de las primeras
efusiones– ¿Por qué en vez de hablar el lunes de
Ushuaia hablaste el martes desde Comodoro Rivadavia?
El no era desafecto al suspenso y ante la expectativa de su
mujer se dirigió al barcito donde preparó calmosamente dos
aperitivos. Volvió a ella con los dos vasos, entregole uno y
alzando el otro a modo de brindis los chocó suavemente.
–Brindo –dijo– por mi regreso que pudo haber tardado mucho
más.
–¡¿Qué?! ¡¿Cómo?!
–Porque fui secuestrado.
–¡¡................!!
–Pero por suerte tu marido no es ningún caído del catre.
–¿Y como pudiste escapar?
–Valor y sangre fría.
–¡¿Pero como te secuestraron?! Cómo fue?!
Aquí Cáceres emprendió nuevamente el relato de su aventura
empezando por el narcótico, pero la nueva versión tuvo
una variante puesto que la novelita leída en el avión le había
ampliado el campo de las posibilidades de lo que hubiera
podido ocurrirle.
–¿Pero vos que tenés que ver con todo eso?
–Puede tratarse de algún plan siniestro –admitió él– además
la consigna es provocar el terror y el caos. Son criminales
natos que con el pretexto de arreglar el mundo cometen
toda clase de crímenes, robos y asaltos.
No es que se propusiera mentirle descaradamente a su
propia mujer, pero Cáceres era una de esas personas que a
fuer de vanidosas y fantasiosas descontroladas y propensas
a la autosugestión, luego de tejer una amalgama de mentiras
y verdades, terminan por no saber distinguir unas de
otras, convirtiéndose finalmente ellas mismas, en el más
crédulo receptáculo de sus propias fantasías.
–Me hubiera gustado indagar y descubrir y desenmascarar
a esa gente, pero solo y sin armas es muy difícil y arriesgado.
Si hubiera tenido un revólver y un ayudante eficaz,
Fernandino por ejemplo.
–Pero Fernandino es loco, lo dicen todos sus amigos.
–Fernandino tiene más capacidad deductiva y más coraje
que todas esa manga de vivos que se divierten a su costa.
Yo en esta emergencia necesitaba un hombre con coraje e
inteligencia y no un chistoso de café. Lo que le falta a
Fernandino es una oportunidad, como le ha ocurrido a muchos
“locos” que luego fueron famosos. No olvides que a Sarmiento
también lo llamaron loco.
–¿Ahora vas a comparar a Fernandino con Sarmiento?
–Por favor. Solo a una mujer se le ocurre semejante conclusión
disparatada.
–Claro porque solo a los hombres se les ocurren conclusiones
inteligentes.
–Yo solo traje a colación el hecho pero, desde luego, en
muy distintos planos. Y finalmente este asunto está terminado
en lo que a mí respecta –agregó mientras colocaba la
valija sobre un sillón y accionaba los resortes del cierre.
Al abrirla quedó estupefacto. Luego introdujo una mano y
cuando la levantó pendía de ella un primoroso corpiño color
rosa, que dejó caer a un costado. De la misma manera sacó
una sugestiva y pequeña bombacha transparente, luego una
combinación de cintura y a continuación un vaporoso salto
de cama, un camisón que era un sueño, otra bombacha,
ésta floreada, otro corpiño...
Su mujer lo miraba tan sorprendida como lo estaba él.
–Ha habido una confusión de valijas – dijo finalmente.
–¿Y ahora que vas a hacer?
–Nada. Andá a encontrar la que se llevó mi valija. La mía
era nueva y ésta también. Total unas mudas usadas y un
cepillo de dientes. Menos mal que la afeitadora eléctrica la
puse en el portafolios.
A la mañana siguiente nuestro héroe hizo su entrada
triunfal en las oficinas de la Compañía.
–Buenos días, señoras y señores– dijo con voz sonora al
cruzar el gran salón donde trabajaba el personal administrativo.
Un “buenos días, señor Cáceres” a gran coro, fue la cordial
respuesta. Aparte del saludo coreado y su tono de “cargada”
normal en esos ambientes, mientras se dirigía al
despacho del gerente, Cáceres pulsó cierta expectativa que
lo satisfizo.
Dio unos golpecitos en la puerta del despacho.
–Adelante.
Abrió.
–Con permiso señor gerente.
–Pase Cáceres, lo estaba esperando, siéntese... Veamos
como le ha ido.
El recién llegado abrió su portafolios y presentó un escrupuloso
informe sobre el resultado de su gestión.
–Muy bien –aprobó el gerente al finalizar éste– su gira ha
sido verdaderamente fructífera. El único punto que noto algo
flojo es Río Gallegos. Esto que digo no es ningún cargo para
usted. Siempre han ocurrido estas cosas inexplicables en
los negocios. Simplemente me llama la atención.
–Fíjese lo que son las cosas. Río Gallegos fue el único
punto donde alquilé un taxi para poder dedicarle más tiempo
a los clientes... como usted sabe es una ciudad grande
y hay negocios que están en el centro y otros en la periferia.
A propósito ¿no vino un señor Gruppini invocando mi
nombre?
–No ¿quién es?
–Un posible cliente nuevo de Río Gallegos. Puede ser que
venga más tarde o mañana.
–Ahora dígame Cáceres, pasando a otra cosa. Recibimos
un telegrama suyo de Comodoro Rivadavia, un telegrama
algo confuso y prometiendo aclaraciones a su regreso ¿qué
pasó?
El aludido que esperaba la pregunta dejó oír un carraspeo
al que siguió un corto silencio destinado a crear cierto clima
de suspenso.
Enseguida empezó a relatar con sencillez la última versión
de su aventura. Comenzó a modo de prólogo con la casual
relación con el compañero de asiento y ya estaba por
llegar a la parte del narcótico saboreando de antemano el
golpe de efecto, el impacto que iba dar al revelar de pronto
su secuestro y posterior liberación por sus propios medios
gracias a su valor y sangre fría, cuando alguien apareció por
la puerta que daba a los despachos interiores.
–Señor gerente, el señor Romero desea hablar con usted.
–Gracias –contestó el gerente poniéndose de pie. –Está
bien, Cáceres vaya nomás –y agregó desde la puerta– y tómese
la semana que bien se la ha ganado.
“A estos tipos lo único que les interesa es que haya ventas
–murmuró el interrumpido narrador amoscado, saliendo
por la puerta que daba al salón grande. Allí la cosa fue
distinta. Pronto se vio rodeado por empleados y empleadas.
–Cáceres viejo, ¿en que lío te metiste? –preguntó uno.
–Yo no me metí en ningún lío.
–Digo por el telegrama que mandaste. Nos enteramos por
Etelvina.
–¡Estas mujeres tienen que desparramar todo enseguida!
–protestó el aludido, encantado en su interior de la indiscreción
de la secretaria del gerente.
–Contá, contá.
–Bueno, empezó diciendo, mas bien accediendo, mientras
se apoyaba en una de las mesas y levantaba la mirada hacia
el cielorraso como buscando el hilván de los hechos. Al
llegar a Comodoro Rivadavia bajé a caminar un poco con un
individuo gordo y bien empilchado, compañero de asiento
en el avión y como hacía mucho frío entramos en el bar del
aeropuerto a tomar un café...
Aquí vino el episodio del aeropuerto al que siguió el del
secuestro; luego hizo su aparición en el relato el siniestro
Dr. Bermúdez.
Ahora bien, la intervención en los hechos de una organización
criminal, para ser mejor comprendida se vio obligado
a agregar unos detalles extraídos de su propia fantasía la
que poco a poco, insensiblemente, lo fue remontando a alturas
insospechadas y tres cadáveres de viajantes de comercio
flotando en las aguas del Río Gallegos y cuatro degollados
en la cunetas del camino de acceso a la ciudad de Río Gallegos
dieron la pauta de los peligros que había corrido.
Hablaba con sencillez, sin alardes, como cuadra a los verdaderos
valientes. Y cuando se encontraba en el momento
culminante y crucial, en el que debía decidirse entre seguir
adelante contra viento y marea hasta descubrir y desenmascarar
a los componentes de la siniestra banda, o
alejarse, contrariando a sus más fervientes deseos, teniendo
en cuenta su falta de medios, pero por sobretodo sus obligaciones
para con la compañía que representaba, la aparición
del gerente le desparramó el auditorio.
Después de una semana de holganza, ganada en buena
ley por el óptimo resultado comercial obtenido en su gira por
el sur; resultado que le valió una felicitación personal del
señor Romero, Cáceres se aprestaba a salir nuevamente;
esta vez hacia el norte. Corrientes, Resistencia, Posadas,
etc., eran sus próxima escalas.
Ya tenía el pasaje y el equipaje listo para la mañana siguiente.
Eran las 20: 30. Estaba solo. Su mujer y su hijito
habían ido a una fiesta de cumpleaños. Se preparó un buen
aperitivo, le dio unos bombazos a la estufa para hacer más
confortable el ambiente y se apoltronó frente al televisor
dispuesto a ver y oír al boletín informativo.
Mientras desfilaban por la pantalla una tanda de avisos
inaguantables, pesados y repetidos hasta la saturación, se
puso a hojear el diario de la tarde. Pasó por alto las noticias
de guerras, de política, de policía, etc. y estaba por echar un
vistazo a las de deportes, cuando le llamó la atención un
título en un recuadro que decía: “A pesar de las extremas
medidas de vigilancia parece haberse filtrado un fabuloso
contrabando de diamantes”. Luego venía la noticia. “Las
autoridades pertinentes tuvieron información confidencial
suministrada por la INTERPOL de la posible entrada al país
por Ushuaia (gracias al decreto relativo al paralelo 41) de un
contrabando de diamantes. A pesar de la batida que se dio
en la ciudad fueguina y todas las medidas de vigilancia tomadas,
es evidente que la filtración se produjo”.
“La detención casual de un reducidor en cuyo poder se
encontró tres grandes diamantes cuyas características coinciden
exactamente con la descripción que de las principales
piezas hace el informe, por otra parte sumamente
completo, demuestra la consumación del delito. El reducidor
declara que se los compró a un desconocido y nada más puede
o quiere agregar”.
En ese momento terminó la tanda de avisos en el televisor
y empezaron las noticias.
Las primeras imágenes mostraron el cotidiano incendio
de fábrica con pérdidas millonarias y los bomberos tratando
de apagarlo, a continuación apareció el doctor Fulano de Tal
agradeciendo la demostración ofrecida en su honra con
motivo de su designación como director de una de las tantas
direcciones con que debe cargar nuestro aguantador presupuesto;
a la que prosiguió una conferencia de prensa convocada
por un jugador de fútbol.
Luego, después de un breve corte publicitario, breve según
el locutor, éste anunció: nuestro compañero Daniel
García entrevistó a un alto funcionario de la Aduana, el doctor
Pérez Aguirre sobre el contrabando de diamantes.
Inmediatamente aparecieron en la pantalla las personas
anunciadas. Pregunta el cronista: Doctor nos podría explicarnos
¿cómo, a pesar de las medidas adoptadas a raíz del
informe confidencial, pudo consumarse el contrabando de
diamantes?
Le acerca el micrófono.
–Bueno, ustedes no se imaginan lo difícil que es evitar
esta clase de contrabandos por su pequeño volumen. Es muy
distinto cuando se trata de otra clase (cigarrillos, bebidas,
etc.). Las organizaciones destinadas a contrabandear estos
artículos poseen aviones, pistas de aterrizaje clandestinas,
camiones, etc., todo lo necesario para mantener un funcionamiento
continuado, y es posible luchar contra ellos. En
cambio el consumo de diamantes no puede compararse con
el de cigarrillos, bebidas, etc., luego su introducción representa
casos aislados por lo que se valen de otros métodos.
–¿Y cuales son?
–Bueno. Hay varios y todos fueron previstos. Hasta se llegó
a la revisación exhaustiva de bagajes y personas incluyendo
los tacos del calzado. Por informe de la INTERPOL
teníamos hasta la descripción de los encargados de introducir
los diamantes. Todo fue inútil.
–¿Y cómo pudo ser?
–Bueno, pues se llegó finalmente a la conclusión en última
instancia, a que han utilizado personas ajenas al delito.
–Si. No hubiera sido la primera vez.
–¿Y cómo es eso?
–Eligen cuidadosamente al candidato. En este caso particular
a alguien que haga con frecuencia el viaje entre Buenos
Aires y Ushuaia, un viajante de comercio, por ejemplo,
que a fuerza de presentarse en la Aduana seguido y durante
años, los empleados terminan conociéndolo perfectamente
y hasta llegan a tener cierto grado de amistad con él; saben
perfectamente cuales son sus actividades y el motivo de sus
viajes al sur del paralelo 41. Es lo que podríamos llamar un
“insospechable”. Elegido el candidato los contrabandistas se
apoderan transitoriamente de su valija para lo cual también
tienen muchos medios; si es afecto al alcohol lo emborrachan
en la primera escala hasta que el avión sigue sin
él, o sino narcotizándolo u otras mil triquiñuelas que sería
largo enumerar, y cuando la víctima recupera su equipaje
creyendo que todo fue accidental, ya los diamantes están
hábilmente ocultos en las paredes de la valija, y este señor
regresa a la capital discretamente vigilado por uno de ellos
sin imaginar ni remotamente con quienes está colaborando.
Una vez en la aduana es muy distinta la revisación del
equipaje si lo presenta un “insospechable” amigo y conocido
de cien viajes, que si lo hace un desconocido o sospechoso.
Indudablemente los contrabandistas corren un riesgo pero
todas la formas de contrabando lo tienen.
Pasada la aduana que es el punto crítico, el escamoteo de
las valijas es un juego de niños para ellos. Una pregunta,
un pedido de fuego...y en último caso se la quitan de prepotencia.
El problema nuestro estriba en que tendríamos que revisar
a fondo todos los equipajes y las personas aún tratándose
de los más “insospechables” y hasta de funcionarios y
diplomáticos, y esto resultaría molesto e irritante para la
gran mayoría de la gente.
–Muchas gra...
El noticioso continuó pero nuestro hombre ya no vio ni oyó
nada.
Por un momento quedó como atontado. La cruda y cruel
luz de la realidad había penetrado sorpresivamente en su
cerebro hasta entonces obstruido por la fantasía y oscurecido
por la vanidad. Ese exceso de luz a la que no estaba acostumbrado
el interior jactancioso de ese cráneo, en un
principio le provocó una especie de encandilamiento que lo
dejó atónito, hasta que poco a poco se fue acostumbrando a
la claridad y comprendiendo, el misterio del narcótico estaba
aclarado. Su heroica aventura digna de ser contada a
sus nietos no había sido más que un sueño que ahora se
desvanecía como una leve humareda disipada por la brisa,
apareciendo en cambio como primera realidad su
involuntaria complicidad en un grave delito, lo que le provocó
una tremenda sensación de gélido vacío en la boca del
estómago. Mas la verdad siguió iluminando el interior de
ese cráneo y pronto la conciencia del gran ridículo, la evidencia
de que había sido juguete de habilísimos delincuentes
le hizo subir una oleada de calor a la cara; hasta que al
recordar su insistencia al empleado de la aduana en que
revisara escrupulosamente su valija, un frío polar le bajó a
lo largo de la médula.
Aún tiritaba, cuando empezaron a desfilar por su mente
las imágenes de Godofredo Nievas, el “doctor” Bermúdez...
Malditos hijos de perra; bramó, se habían dado el lujo de
hacer humorismo a costa suya porque eso es lo que habían
estado haciendo en el hotel con sus disparatados diagnósticos.
Recordó el viaje al aeropuerto de Comodoro aquella
madrugada; mientas él se devanaba los sesos tratando de
aclarar “el misterio del narcótico”. Jurando y perjurando que
nadie era capaz de engañarlo; ¡con qué placidez dormitaban
los malditos! Placidez de “misión cumplida”. Parecían dos
bienaventurados dignos de ocupar un sitio en los altares.
Claro la valija ya estaba en manos de los cómplices.
De pronto un pequeño detalle que hasta el momento no le
había concedido la menor importancia le golpeó la memoria;
el cara de luna llena, atrás suyo en la fila de los taxis
tarareaba como al descuido con su gangosa, desentonada y
podrida voz una vieja cancioncita infantil... Aquella cancion
cita era: “El burrito del teniente lleva carga y no la siente”.
Luego de acercó Gruppini (hasta el nombre lo eligieron) para
colaborar en descargar el burrito... todo esto le provocó una
nueva ola de calor esta vez furibunda que le cubría de gotitas
la frente.
En estas alternativas térmicas se encontraba nuestro
amigo cuando llegaron su mujer y su hijito, y mientras ellos
le contaban cómo les había ido en la fiesta infantil, él daba
gracias al cielo porque no habían llegado diez minutos antes
y rogaba fervorosamente a Dios, a la Virgen y a todos los
Santos, que aquellos a quienes había contado su fantástica
historia dictada por su ciega vanidad no hubieran visto ni
escuchado el noticioso de las 20:30.
Entre nosotros: el que tuvo la idea de poner las deliciosas
prendas femeninas en la valija destinada a substituir la de
Cáceres fue el “doctor” Bermúdez.

LA VENGANZA

Mientras abría la puerta de mi departamento percibí un
fuerte olor a quemado y vi al final del living a mi mujer
prendida al teléfono.
–¡Qué se va a casar de blanco!? –oí que exclamaba– ¡Con la
historia que tiene! ¡Eso es caradurez! Fijate vos que....
Sin escuchar más me precipité a la cocina, ubicada al
lado de la entrada, presuroso por salvar el guiso de mondongo,
que es mi locura y que ella me había prometido la noche
anterior para ese mediodía. Apagué el gas pero cuando destapé
la cacerola... “Consumatum est”.
Salí de la cocina en el estado de ánimo que es de imaginar,
rotos mis gastronómicos sueños forjados en el camino a casa
y luego de erguirme en toda mi estatura (1.84) y con el gesto
y la apostura de mudo acusador, me planté ante la culpable
del desastre, quien sin inmutarse mayormente remató sus
conceptos sobre quienes deben casarse de blanco y quienes
no y terminó con: “Llegó mi marido y siempre apurado por la
comida así que te dejo, chau querida, hasta prontito”.
Colgó el tubo, aspiró hondo, dio un grito, se levantó de un
salto y corrió a la cocina dejándome solo y sin saber que
hacer con mi gesto y mi apostura de muda y solemne acusación.
Le seguí recomponiendo gesto y apostura y al entrar
en la cocina la encontré compungida mirando el interior de
la cacerola de donde salía una negra y espesa humareda.
–¡Esta Nemecia! –murmuró– cuando se pone a chismear
es imposible pararla.
Estuve a punto de hacerle presente que desde mi llegada
era ella quien hablaba sin parar, pero pensé que tal vez
hubieran estado hablando las dos al mismo tiempo, lo que
entre mujeres es perfectamente factible. Además recordé
que recién la noche anterior había regresado de una de mis
giras de inspección de sucursales a las que la compañía
donde trabajo me envía periódicamente y juzgué prematuro
el momento para iniciar las hostilidades en esta “guerra de
los siete años” que con breves armisticios venimos librando
desde nuestro casamiento y que con el correr del tiempo
posiblemente se convertirá en la “guerra de los treinta años”
y con la ayuda de Dios y los adelantos de la medicina, tal vez
lleguemos a emular la de los “cien años”. Eso sí, en divorcio
ni pensar, sería como desertar en medio del combate. Así
que por no empezar una nueva batalla decidí mantener mi
apostura serena y digna... y glacial.
Momentos más tarde masticando en silencio unas sardinas
con lechuga y pan, rumiaba mi venganza, la noche anterior
cuando ella me prometió el guiso de mondongo para
este mediodía yo le había prometido que cenaríamos en el
centro. Pero ahora todo deseo de agasajarla se me había
esfumado. No hubo mondongo no habrá cena en el centro.
Esa tarde, a la hora en que ella estuviera preparándose para
salir a encontrarse conmigo, yo le hablaría desde la oficina
diciéndole que tenía mucho trabajo y que no podía cumplir
lo prometido y que se quedara en casa a cocinar. Esa sería
mi venganza. Cuando llegó el momento de irme me despedí
con un rápido y frío beso.
Durante la tarde las tareas de la oficina me absorbieron y
me hicieron olvidar el asunto, hasta que el apetito despertado
prematuramente debido al magro almuerzo me lo recordó.
Calculé la hora en que ella estuviera empezando a
emperifollarse, eligiendo lo mejorcito que tenía. Estiré la
mano hacia el teléfono y descolgué el tubo... pero mi subconsciente,
que había estado trabajando por mí, me hizo
comprender que lo que iba a hacer era una chiquilinada y
por otra parte lo más probable era que de llevar a cabo esa
venganza a la noche tendría que abrir otra lata de sardinas
y con la media docena de fisostomos ingeridos a mediodía
ya tenía más que suficiente. Así que modifiqué mis planes.
Iríamos al restaurante y yo pediría un guiso de mondongo y,
sin demostrar el menor enojo, me pasaría todo el tiempo de
la cena haciendo el panegírico de ese gustoso, exquisito plato,
verdadero manjar de los dioses comparado con ese otro
mazacote negro y tumefacto despidiendo espesa humareda
y exhalando hedor a quemado. Insistiría en esa comparación
hasta verla a ella mortificada, humillada y llorosa. Colgué
el tubo y volví a mis tareas.
A las 19:30 salí de la oficina y sin apuro me dirigí al punto
de la cita. Una esquina muy porteña: Corrientes y Esmeralda.
Llegué con algunos minutos de anticipación pero tuve que
esperar muchos más. Ya empezaba a impacientarme y me
disponía a elaborar otro plan de venganza para la próxima
vez que me hiciera esperar, cuando alcancé a distinguir su
silueta. No es muy alta pero si elegante y graciosa. Caminaba
despreocupadamente paseando su mirada curiosa a
su alrededor con ese su donaire tan propio que siempre al
verla llegar me olvidaba de la larga espera y de todos los
reproches acumulados durante la misma. Más de uno se
dio vuelta para mirarla. Siempre me sentí orgullos de mi
mujer.
De pronto me vio y al tiempo que apresuraba el paso una
sonrisa amplia y feliz iluminó su rostro. Tuve la impresión
de que al verme todo a mi alrededor se le borró... menos yo.
A mí me ocurrió algo parecido, me adelanté a su encuentro.
Cuando estuvimos juntos me tomó del brazo.
–Querido. ¿A dónde vamos?
–Que te parece si damos una vueltita y a donde más nos
guste ahí nos metemos.
Cruzamos la calle Corrientes. Ella me oprimía el brazo contenta.
Estas expansiones nocturnas eran muy poco frecuentes
entre nosotros. Solamente salíamos de noche para festejar
un aumento de sueldo, el aguinaldo o algún acontecimiento
especial, porque la compra del departamento nos obligaba a
grandes sacrificios que ella sobrellevaba más alegremente
que yo, ya que su sueño dorado era la casa propia. Caminamos
entre el gentío, miramos vidrieras. Desembocamos en
Florida. Los lujosos y brillantes escaparates eran un poderoso
imán para los ojos de Lucila pero, aunque su corazón palpitase
ante un regio tapado de pieles o una costosa joya,
sabía disimularlo muy bien.
–Mirá –exclamó– ¿Qué harías si yo saliera con una
minipollerita como esa?
–Te la levantaba y te daba una tunda de las buenas. Prefiero
verte con esa sotana que viene allí.
–¡Qué espanto!
A poco me oprimió el brazo con un fingido estremecimiento.
–¿Qué pasa?
–¿Viste a ese muchacho?
–Uno de tantos...
–Te imaginé a vos con esos bucles y sentí un escalofrío.
Doblamos por Lavalle, luego por Maipú y finalmente entramos
en un restaurante grande y brillantemente iluminado.
Estaba muy concurrido pero encontramos una mesa
para dos. Nos sentamos frente a frente. A Lucila la alegría
le rebasaba por los ojos. Tomé el menú y se puso a estudiarlo
con evidente satisfacción.
Para un ama de casa de condición modesta como la nuestra
una de las más grandes satisfacciones es la de sentarse
a una mesa y que la sirvan. ¡Tan pocas veces sucede eso!
–Pollo a la portuguesa– dijo al mozo acercando más su silla
y pasándome la lista que tomé y abrí. Lo primero que
saltó a mi vista, como si hubiera sido escrito con letras más
grandes y oscuras, fue “Guiso de mondongo”. Había llegado
el momento y la oportunidad de poner en práctica mi plan,
fríamente. Miré a mi mujer que en ese momento, ajena a
mis vengativos designios, paseaba, en su mirada, su alegría
de vivir por un lado del salón... Doblé la cartulina... la
dejé sobre la mesa... miré al mozo... pensé un instante y
pedí un bife con papas fritas.
–Tengo un hambre de lobo –dije arrimando también mi
silla.
Ella posiblemente relacionó lo dicho con el accidente del
almuerzo e inclinándose hacia mí me susurró con voz y
mirada magdalénica:
–Querido, ¿Puedo hacerte una pregunta?
Alcé las cejas, expectante.
–¿Me perdonaste lo que pasó con el guiso? Hoy a mediodía
no me animé a hablarte porque tenía miedo de que explotaras
–y agregó– Estabas ¡¡im-pre-sio-nan-te!!
Había una chispa de risueña y juguetona ironía en sus
divinos ojos.
Evoqué mi solemne apostura, mi gesto de muda y terrible
acusación y me vi tan ridículo que exploté si... pero de risa.
–Ahora vos me vas a responder a una pregunta.
Esta vez fue ella la que alzó las cejas, expectante.
–¿A qué teatro te gustaría ir cuando salgamos de aquí?

EN CAMISA DE ONCE VARAS

La felicidad es un estado de ánimo que se complace en
la posesión de un bien cualquiera (Diccionario enciclopédico
Hispano Americano y otros).
Ahora bien, la intensidad de esa felicidad está supeditada
a la intensidad con que se ha deseado ese bien.
Si un ciego de pronto recobra la vista o un enfermo crónico
la salud o un hambriento se encuentra dueño de una
fortuna, la felicidad que sentirían esos seres será tan intensa
que hasta podría costarles la vida. Sin embargo son
muchas las personas que poseyendo una visión perfecta,
salud de hierro, fortuna, juventud, viven preocupadas y
amargadas por mil y un problemas minúsculos.
Imaginemos a un viejito de ochenta años que de pronto
vuelve a tener veinte. Si no muere de un síncope es porque
su corazón también ha vuelto a tener veinte años. Sin embargo
un joven de veinte años en medio de sus diversiones,
aspiraciones, sueños, etc. está muy lejos de sentir lo mismo
porque nunca tuvo la oportunidad de desear ser joven.
Lo mismo ocurre con todo, hasta con el amor ¡y qué pronto
nos acostumbramos a la felicidad! Hasta el punto de considerarla
como cosa natural! Si a veces nos rodea, nos envuelve
y no nos detenemos un instante a saborearla es por
mirar siempre más allá, a los muchas veces insignificantes
minúsculos motivos que tenemos para sentirnos preocupados
o desgraciados.

En cambio a la infelicidad, a la pobreza y a la enfermedad
no nos acostumbramos nunca, siempre las tenemos presentes;
nos resignamos a regañadientes cuando no nos queda
otro remedio; y la resignación y la paciencia son virtudes
que están desapareciendo rápidamente de este planeta.
Si fuéramos al revés de manera que nos acostumbráramos
rápidamente a las calamidades hasta el punto de considerarlas
como cosa natural, si no nos detuviéramos a
lamentarnos y a autocompadecernos, aunque la desgracia
y la mala suerte nos persiguieran, nos rodearan y nos envolvieran,
por mirar más allá, por soñar con nuevas perspectivas
o gozar de, a veces, minúsculos motivos de alegría
y regocijo que el más desgraciado los tiene, a este valle de
lágrimas se le podría cambiar el nombre; pero solo el Supremo
Hacedor podría disponer semejante transformación en
la humanidad.
–Si yo fuera Dios –solía decir un amigo mío cada vez que
veía algo que a su juicio no estaba bien– esto lo arreglaba
en dos patadas.
Por suerte no lo era porque, aparte de que no es fácil imaginar
a Dios arreglando las cosas a patadas, mi amigo tenía
un carácter tan irascible y unas ideas tan estrafalarias y
retorcidas que, de serlo, vaya a saber a estas horas donde
hubiera ido a parar el mundo y el universo entero.
Sin embargo, a pesar de lo desmesurado de la pretensión,
no deja de ser tentador el abandonarse en ciertos momentos
a esa ilusión, a ese sueño, por la facilidad con que se
podría enderezar ¡tantos entuertos!
Pero volviendo a lo nuestro, aún aquello que nos ha causado
una inmensa alegría, puede terminar complicándonos
la existencia. El ex-enfermo, el ex-ciego, el ex-hambriento,
el ex-viejito, tendrán que afrontar grandes cambios en sus
vidas, una vez pasado el primer momento de eufórica alegría
y llegado el fatal acostumbramiento; el ex-ciego tendrá
que ver muchas cosas desagradables (aunque no todo lo que
se ve es desagradable) pero el mundo ideal que suelen forjarse
los ciegos se le derrumbará; el ex enfermo... siempre
es deseable que cure, aunque me contaron el caso de un
enfermo crónico, paralítico, que después de permanecer
durante años en una silla de ruedas, sanó casi milagrosamente,
y a los pocos días cruzando una calle un camión rutero
de veinticinco toneladas con acoplado y todo le pasó por encima;
el ex- hambriento antes tenía una sola preocupación,
un solo problema: la comida, ahora su fortuna se la brindará
a pilas y al ex- viejito, ahora joven de veinte años se le acabó
la holganza, se acabaron las consideraciones, la lectura
del diario al solcito en invierno, a la sombrita en verano;
ahora a trabajar, a madrugar, a estudiar, al ejército a marchar
1-2, 1-2, 1-2...
¿Y la felicidad?... Siempre escabulléndose o tratando de
hacerlo.
Si hasta los pequeños placeres modestos y cotidianos, que
en conjunto contribuyen a nuestra felicidad, hay que
dosificarlos cuidadosamente para que el abuso no los destruya.
El abuso convierte el placer en hartazgo, lo sé por
experiencia propia.
Un ejemplo: a mí me gusta con locura el matambre arrollado.
Mi mujer lo prepara muy bien, generalmente de dos
kilos, le pone huevo duro, zanahoria, etc., etc., y cuenta especia
se le pone a tiro y luego lo guarda en la heladera. Yo
no quiero pensar que lo prepara para ahorrarse el trabajo de
cocinar todos los días (Dios libre y guarde).
El primer día (almuerzo y cena) dicho manjar me sabe a
gloria, el segundo no tanto y el tercero y sobre todo el cuarto
ya estoy de matambre hasta la coronilla y el quinto día, si al
sentarme a la mesa me encuentro ante una tajada de
matambre con seguridad que, a pesar de mi carácter pacífico,
el plato que lo contiene se convertirá ipso facto en un
platillo volador que saldrá zumbando por la ventana.
El abuso provoca el hartazgo y este la violencia y la violencia
engendra más violencia...
Pero yo no quería desembocar en la violencia. La verdad
es que a esta altura de mis elucubraciones me encuentro
desorientado.
Yo creía que era fácil filosofar sin saber filosofía.
Me había propuesto encadenando razonamientos y ejemplos
bien jalonados, llegar a una conclusión concreta sobre
lo que es la felicidad, como alcanzarla y dictar normas al
respecto... Pero hete aquí que apenas empiezo a trabajar
en el asunto y a pesar de los jalones y de los razonamientos
y del ciego y del enfermo y del hambriento y del viejo y
del matambre arrollado y teniendo en cuenta que aún no
he abordado los placeres del espíritu (¡qué pasará cuando
lo haga!). No he podido arribar a las mentadas conclusiones
concretas y me encuentro en medio de un pantano sin
orillas.
Estas lucubraciones inconclusas como la famosa sinfonía,
escritas posiblemente algún día de fiebre, pero no fiebre
creadora sino más bien fiebre gripal, quedaron abandonadas
y olvidadas con otros papeles en una carpeta. Al encontrarlas,
tiempo después, recordando confusamente el tema
en ellas abordado, lo confieso sinceramente tuve miedo de
leerlas ¡Vade retro! Exclamé apartándolas de mí! Y así volvieron
a quedar sepultadas en el olvido, hasta que nuevamente
aparecieron durante una mudanza. Entonces,
armándome de valor emprendí su lectura, lo que a la postre
no resultó tan pavorosa, simplemente pensé al llegar al final
que, suprimiendo una parte, tachando otra y tirando al
canasto el resto, quedaría yo en paz con Dios, con mi conciencia
y con la filosofía.
Pero nunca falta el enemigo del hombre, en este caso del
lector, que me aconsejó insidiosa e insistentemente que
las agregara a este pequeño volumen aunque mas no sea
para aumentar el exiguo número de sus páginas.
En verdad el librito es bastante pequeño (algún mérito
habrá de tener).

MINIMEMORIAS

Yo nací en un pueblo pequeño, ubicado entre el anchuroso
Paraná y la inmensa extensión de la llanura
pampeana. Tal vez debido a esa circunstancia parecía más
pequeño. Es uno de esos viejos pueblos cuya edificación, en
tiempo de mi niñez, estaba formada, en su parte central,
por antiguas casonas de ancho zaguán con puertas a ambos
lados y a través de cuya cancela podía verse la galería de
tejas y el boscoso jardín interior en el que prevalecían madreselvas,
magnolias, glicinas y jazmines del país.
Así, como tantos otros, era mi pueblo, con sus calles bordeadas
por añosos paraísos y la plaza que, poblada de pinos,
casuarinas y enormes eucaliptos, parecía un pequeño parque
abandonado, ya que su único cuidador, don Ezequiel, el
placero, era un viejito que junto a su guadaña, descansaba
la mayor parte del día en un banco, a la sombra en verano,
al solcito en invierno y en los ratos perdidos, como para justificar
su función guadañaba algunos metros, siempre de
norte a sur. Cuando llegaba al extremo sur de la plaza ya en
el extremo norte el pastizal alcanzaba a casi un metro de
altura.
En los atardeceres de primavera y verano el perfume de
los jardines interiores (recién regados) mezclado con el de
los paraísos, pinos y eucaliptos de las calles y plaza, envolvían
la población en una atmósfera romántica y poética.

La gente era sencilla, no se concebía que dos personas de
cualquier condición, así fueran el intendente y el basurero,
al cruzarse no se desearan los buenos días o las buenas
tardes.
De noche era común que la puerta de calle quedara abierta
de par en par hasta que el último en volver la arrimaba.
Ni la electricidad ni el teléfono habían llegado aún allí. El
apuro era algo desconocido. Para los viejitos el reloj era un
artefacto moderno que solo servía para complicar la vida, y
para los demás mucha importancia no tenía.
En la casa de mi abuela materna que era una de las más
antiguas del pueblo, en la que vivíamos mi hermana y yo
después del fallecimiento de nuestra madre, siendo nosotros
muy pequeños, (nuestro padre era viajante) había un
grande y antiguo reloj en el comedor. Cuando alguna vez se
paraba mi abuela me mandaba al correo que distaba tres
cuadras a preguntar la hora de donde regresaba yo con el
dato luego de algunas partidas de bolitas inevitables al pasar
de vuelta por la plaza. Recuerdo que un mediodía regresaba
ya del correo con gnomónico dato cuando al cruzar la
plaza alguien me gritó:
–¡Cacho! ¿querés jugar de arquero?
El arco era mi puesto favorito, me apasionaba, es de gran
responsabilidad y eso sí no se puede abandonar hasta el final
del partido aunque llueva, truene, caigan piedras o se
venga el mundo abajo. Ahora bien por razones obvias nuestros
partidos no se ajustaban a los reglamentarios dos tiempos
de 45’ cada uno; duraban lo que duraban.
Aún recuerdo el enojo de mi tía Aurelia que por alguna
razón relacionada con la pasada que le hacía el novio, quería
saber la hora aproximada y lo divertido que parecía mi
tío Juan esa noche cuando durante la cena mi abuela les
informó que de acuerdo con los datos aportados por mí, ese
día el sol se había puesto en el pueblo a las 12:55.
Así era el pueblo que dejé a los doce años para cursar los
estudios secundarios (aún no había colegio nacional allí).
Fui a visitar a la casa de mis abuelos paternos radicados
desde hacía tiempo en la Capital Federal, pero todos los veranos
volvía a pasar las felices vacaciones en mis queridos
pagos. Un invierno mi abuela enfermó. Avisado por tía
Aurelia, en un apresurado viaje la encontré ya muy grave.
Yo siempre había sido su nieto preferido a tal punto que
no quería que la llamara “abuelita”, como los demás nietos,
que como bandadas de golondrinas caían todos los veranos,
sino “mamita” y cuando me fui a estudiar a Buenos Aires
su mayor preocupación era la clase de amistades que podía
adquirir y los lugares que podía yo frecuentar en la gran
ciudad.
Al arrodillarme junto a su cabecera, sus ojos, que sin los
anteojos se veían extremadamente marchitos, me decían
claramente: “Ya ves Cacho, me llegó el momento”.
Yo no podía convencerme de que mamita se moría. Acudieron
a mi mente todos los disgustos y las preocupaciones
que le había causado con mis escapadas, mis travesuras,
mis desobediencias y últimamente con la falta de noticias
mías debido a mi haraganería para escribir cartas.
–En adelante voy a ser bueno y le voy a escribir todas las
semanas – estallé llorando en un desborde de tardío arrepentimiento.
Ella me acarició y con voz apenas audible murmuró:
–Vos sos bueno Cacho pero te dejas llevar por los demás –
y con un esbozo apenas de su aquella bondadosa sonrisa me
dio un sabio consejo que demostraba hasta que punto me
conocía, me quería y se preocupaba por mí; un consejo que
nunca olvidé pero que desgraciadamente no siempre seguí:
–“Juntate siempre con los mejores que vos”.
En la vida hay un primer gran amor y un primer gran dolor,
la muerte de mi abuela fue mi primer gran dolor.
A mi hermana la llevaron también los abuelos paternos,
mi tío Juan se fue a Rosario, mi tía Aurelia ya estaba casada
para entonces y al marido, empleado del Banco Provincia,
lo trasladaron a otra sucursal, y la sucesión (había otros
herederos) dispuso la venta de la casa. Todo sucedió en muy
poco tiempo y yo tuve que decirle adiós a la más bella y limpia
etapa de mi vida.
Dije así “era” mi pueblo porque después de haber éste dormitado
la siesta provinciana durante casi un siglo, en los
últimos años, al igual que sus vecinos, de golpe y porrazo
despertó a la actividad moderna.
En sus alrededores surgieron fábricas, sus pequeños suburbios
se extendieron, se edificaron barrios obreros, se fue
haciendo difícil encontrar amigos en las calles llenas de
gente desconocida; el saludo indiscriminado desapareció,
empezaron a usarse llaves de seguridad en las puertas de
calle. La vieja plaza dejó de ser un poético parque abandonado
para convertirse en un jardín inglés atendido por dos
competentes jardineros diplomados. La furia forestal que atacó
a los últimos intendentes barrió con la mayoría de los
añosos árboles. Dicha furia se hizo extensiva también a los
viejos bancos de listones de madera ¡tan cómodos! y anatómicos,
para reemplazarlos por otros de material imitación
mármol o piedra muy decorativos pero horriblemente incómodos.
El estruendo y los contaminantes gases producidos
por el escape de los motores de camiones, autos, motos,
motonetas, etc., que continuamente circulan por sus bien
pavimentadas calles, terminaron tiempo ha y para siempre
con los tranquilos y perfumados atardeceres.
Todo este cambio que yo ya conocía por referencias lo pude
comprobar personalmente cuando después de cuarenta años
de ausencia volví.
Debía firmar la escritura de un terreno que apareció a mi
nombre en el catastro y vendí a un señor López recientemente
radicado en la zona.
Al salir de la estación ya noté a mis pagos realmente cambiados,
no solo por su edificación y el movimiento de sus
calles sino hasta por este detalle: Yo no me había preocupado
de llevar conmigo la dirección de la escribanía a la que
debía concurrir y cuando en la calle pregunté por la escribanía
Benitez el primer transeúnte al que me dirigí no la conocía,
el segundo la había oído nombrar pero no sabía la
dirección, hasta que un señor que oyó mi pregunta me informó:
Sarmiento 824 casi esquina San Martín. Lógicamente
tuve que preguntar donde quedaban esas calles que
resultaron ser la del juzgado y la del almacén “El Tordillo”. Al
pasar frente a esta última la encontré convertida en un
“Minimarc de auto servicio”.
Cuando salí de la escribanía declinaba la tarde casi fría de
otoño.
Me puse a recorrer las calles en busca de recuerdos y con
la esperanza de encontrarme con un viejo amigo; pero...
¿cómo reconocerlo? ¡Cuarenta años! ¡Son muchos años!
Encontré antiguos lugares algunos muy rejuvenecidos por
la nueva edificación pero no todos. Al llegar frente a la casona
que fue de mis antepasados, en la que había nacido y
vivido hasta los doce años, me detuve. Estaba muy bien conservada
y cuidada. A un costado de la ancha puerta rezaba
un letrero: Hotel familiar.
Miré hacia el interior. Unas niñas jugaban en la galería.
Empujado por la nostalgia me atreví a entrar al zaguán. La
vista del umbrío jardín y su perfume húmedo y otoñal después
de tantos años me hicieron sentir como un hálito de
tiempo viejo. En las altas copas que el sol doraba desde su
ocaso, los gorriones como siempre a esa hora de la tarde
armaban su gran algarabía. Reconocí el jazmín del país que
cerraba el costado de las galerías, su tronco casi centenario,
parecía mucho más retorcido y decrépito. La palmera
del centro estaba seca y su erecto tronco envuelto en enredaderas;
faltaba una de las magnolias y la otra estaba mucho
más grande. Noté algunos árboles nuevos.
De pronto me di cuenta de que había llamado la atención
de las niñas. Una de ellas corrió hacia el interior de la casa
seguramente para avisar que alguien estaba en la puerta,
así que me alejé. Crucé la calle hacia la plaza y caminé por
los rojos y cuidados caminos de los jardines, muy rococó pero
casi despojados de árboles. Al pasar frente al colegio Nacional,
ubicado en el mismo solar donde antes estaba nuestra
antigua escuela primaria hace... hace más de medio siglo,
nuevamente detuve mi andar. A los ojos del recuerdo el moderno
edificio se fue esfumando mientras aparecía en su
lugar cada vez más nítidamente una veredita de ladrillos
muy gastados, entre los que crecía el yuyo, la modesta verja,
atrás el descuidado jardín con su pozo de balde, y más
allá ocupando el centro del solar nuestra vieja escuela. En
mis oídos parecían resonar risas y alegres gritos de colegiales
en recreo.
Imaginativamente me trasladé a la parte posterior del edificio
más amplia y limitada al fondo por un largo tapial de
ladrillos pegados en barro, sin revoque y bastante deteriorado
por los años. Allí los varones mayores jugábamos al fútbol.
La mente se me pobló de imágenes. Me pareció ver a mis
compañeros de aquel lejano tiempo y verme a mí corriendo
tras la pelota.
Entre los compañeros que más vivamente recordaba estaban
Oscar, el mayor, no muy alto pero fornido y algo dominante,
Germán, hijo de austríacos, diminuto y rubio casi
albino, una verdadera ardilla, Pancita de agua, un gordito
petiso alegre y simpático. Aldo, famoso en el pueblo como
inventor de nuevas travesuras, capaz de trepar donde nadie
podía hacerlo, Pancho, elegante y fino, un caballerito pero
con el que podíamos contar para cualquier aventura hasta
el fin. Seguía la lista... Yo era en aquel entonces un muchachito
espigado y altito para los once años. Lucía un rubio
jopo corto y rebelde que desmenuzaba el viento. ¡Cuántos
momentos juveniles y felices van quedando sepultados por
el tiempo!... quién pudiera!... De pronto sentí ansias de revivir
uno de aquellos días... cualquiera... por ejemplo... aquel
en que... y me zambullí en el pasado y aparecí en aquella
tarde más de medio siglo atrás.
Primer recreo. Encarnizado partido de fútbol en el que el
juego brusco es favorecido por la falta de referí. Oscar salva
su arco y aleja el peligro con un soberbio shot. La pelota cae
en el techo de la escuela. Mandamos a Pancita de agua a
buscar la escalera. El gordito va protestando como siempre,
Aldo corre al tapial del fondo y se pone darle empujones. Los
cuatro más grandes corremos a imitarlo. ¿A qué se debe
esto? Días pasados habíamos descubierto que empujando
varios de nosotros a un mismo tiempo repetidas veces, poco
a poco el largo tapial empezaba a hacer un movimiento
oscilatorio, semejante al de una cuerda que vibra, casi imperceptible
al principio pero que acompañándolo con nuestros
esfuerzos (dignos de mejor causa) esa oscilación se hacía
cada vez más amplia. Luego separándonos contemplábamos
la pared moviéndose sola durante unos minutos.
Hace una semana que venimos divirtiéndonos con ese
jueguito. Esta vez empujamos con redoblado entusiasmo al
comprobar que la oscilación es cada vez mayor. Pancita, que
vuelve con la escalera, al vernos la deja caer y corre a unir
sus esfuerzos a los nuestros. Pocos empujones más y ocurre
lo imprevisto. Un rumor sordo nos hace mirar hacia la
izquierda. Desde el extremo más lejano el tapial ha empezado
a volcarse hacia adentro como una ola de mar al llegar
a la playa.
El derrumbe va corriendo a todo lo largo del muro, pasa
frente a nosotros, que damos un salto atrás y sigue hasta el
otro extremo.
Nos miramos a través de una nube de polvo pálidos frente
a esa larga franja de escombros. En ese momento suena la
campana llamando a clase. Los más pequeños e inocentes
del hecho corren hacia el otro lado a formar fila. Nosotros,
los seis más grandes y culpables, quedamos un instante
indecisos ante la tremenda alternativa: atrás nos espera el
terrible enfrentamiento con las autoridades del colegio.
Adelante el campo abierto. No se cual es el primero; creo
que todos al mismo tiempo saltamos por sobre los montones
de ladrillos.
Pancho se vuelve para gritarle a su hermanito:
–Si hablás de esto te rompo el alma.
Segundos después bebiendo los vientos de la libertad corremos
a través del descampado que se extiende entre los
fondos del colegio y las barrancas del Paraná, imponentes y
solitarias a cuya sombra no tardamos en cobijarnos.
Hace calor. Nos quitamos la ropa y pronto estamos zambullendo
y retozando en el agua como jóvenes focas. Disputamos
carreras de cinco metros contra la corriente que en
ese lugar se hace sentir con violencia, lo que exige un gran
esfuerzo continuado para avanzar, pues al menor desfallecimiento,
el agua lo arrastra a uno haciéndolo retroceder.
Pancita termina todas las carreras atrás de la línea de partida.
Después hacemos un campeonato de zambullidas
aguas abajo a ver quien sale más lejos. Yo aprendí a nadar
en el club de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires así supero
a todos menos a Oscar que suple su falta de estilo con la
resistencia de su poderosos pulmones. Pancita no puede
sumergirse, hunde la cabeza y patea al aire. Nos reímos a
carcajadas pero él insiste.
Todo resulta divertido pero al cabo de una hora empezamos
a sentir un hambre atroz. Oscar se acuerda de la quinta
de Musiú. Es esta una quinta muy grande ubicada a unos
cien metros aguas arriba de donde estamos y que se extiende
hasta el mismo borde de la barranca. Está muy bien defendida
por un alto alambre tejido rematado en la parte
superior por tres líneas de alambre de púas, lo que la hace
aparentemente inexpugnable. Pero nosotros conocemos una
entrada secreta. El agua de la lluvias, al encauzarse y caer
en forma de cascada por un punto, con el tiempo ha ido desgastando
la tosca caliza de la barranca hasta formar un canal
o cauce que, recubierto por enredaderas silvestres, ha
quedado convertido en un túnel ascendente casi vertical
que pasando por abajo del alambre tejido desemboca en el
interior de la quinta.
Agarrándonos pues de la enredadera trepamos por ese túnel
hasta aparecer silenciosamente uno tras otros en los
fondos de la quinta. Hacemos un buen acopio de peras, manzanas
y apretados racimos de uva chinche toda en su mayor
parte verde, hasta que al oír cercanos ladridos nos descolgamos
rápidamente, sin reparar en riesgos, por la secreta salida.
Pero esta vez el apuro es grande y no hay tiempo para
que el último disimule el agujero. Corremos pues por la rocosa
playa hasta un grupo de ombúes que crece al pie de la
barranca, unos cincuenta metros aguas arriba. Después de
saltar sobre enormes raigones nos agazapamos en uno de
los huecos formados por los mismos, desde donde, mientras
engullimos el producto de nuestras correrías, vemos aparecer
el enemigo en el borde de la barranca rodeado por sus
bravos perros que ladran y gruñen, y portando su inseparable
escopeta cargada con sal, según dicen.
–Sonamos– murmura Oscar refiriéndose a lo que a ninguno
de nosotros ha escapado. Tres perros están husmeando
el boquete de nuestra salida. El hombre lo observa y uno
de los perros levanta una nube de tierra al ponerse a cavar
en él.
–Adiós nuestro secreto.
–Lo mejor será que nos vayamos –opina Oscar– el portugués
es capaz de largarnos los perros por el hueco.
Estas palabras por venir del más fuerte y audaz del grupo
producen gran impresión.
–¡Rajemos!–.
Tratamos de no ser vistos, protegidos por el tupido follaje
de los ombúes, rodando gruesos troncos y saltando sobre los
raigones avanzamos a lo largo del bosquecillo hasta llegar al
final del mismo, unos cien metros más adelante donde desembocamos
en una “bajada”. Le llaman así en los sitios en
que el río forma una pequeña y abierta bahía y la barranca
en lugar de caer a pique desciende en suave pendiente hasta
el agua. En mitad de la bajada hay un rancho y en la orilla
una canoa verde con los remos puestos.
–Esa es la canoa de don “Clarque”.
Por la altura del sol ya debe faltar poco para terminar las
clases. Hay que pensar en el regreso al pueblo si no queremos
aumentar nuestros problemas. Pero el asunto no es
fácil. Rodeando la quinta la vuelta resulta muy grande. El
camino más corto es por donde hemos venido. Pero para eso
tenemos que pasar por debajo de nuestros enemigos, ponernos
a tiro de su escopeta... ¿y si se le ocurre largar a los
perros por el agujero?...
–¡Pancita! –ordena Oscar, – andá a ver si el portugués
sigue ahí.
El nombrado sale corriendo esta vez contento de la responsable
y peligrosa misión que se le ha encomendado y
pronto su pequeña figurita desaparece entre los ombúes.
Quedamos a la expectativa. Minutos después regresa jadeante
y sudoroso.
–Todavía está ahí – informa– y con la escopeta preparada
¡y los perros están como fieras!
–Nos está esperando – comenta Oscar pensativo –pero le
vamos a dar un chasco. Don Clarque nos suele prestar la
canoa– agrega alejándose en dirección al rancho.
– En el rancho no hay nadie.
–Si dejó los remos en la canoa es señal de que no va a
tardar.
–Siempre que no pase por el boliche de Ayala.
Esperamos un rato. El sol sigue bajando y don Clarque no
aparece.
–Si llega a estar en el boliche podemos esperar sentados
–murmuró Germán.
–Vamos... Se la dejamos del otro lado de la quinta –resuelve
Oscar que es el que tiene más confianza con el irlandés–.
Yo después le explico... No hay otro remedio.
En alegre alboroto empujamos la embarcación hasta ponerla
a flote, saltamos todos a bordo y luego de una breve
discusión, pues todos queremos remar, Oscar y yo empuñamos
un remo cada uno y nos alejamos de la costa. A unos
cien metros de distancia de la misma viramos a estribor.
La corriente nos ayuda a avanzar aguas abajo y pronto pasaremos
frente a nuestro enemigo... a prudente distancia. Allá
está él en lo alto de la barranca erguido inmóvil, su silueta
se destaca imponente contra el cielo. Parece un general al
frente de un ejército de perros que se revuelven gruñendo y
aullando de impotencia.
De pronto hace un movimiento como para usar la escopeta
lo que es suficiente para que todos nos arrojemos al fondo
de la canoa y permanezcamos quietos mientras el río se
encarga de alejarnos del peligro.
Pasados unos minutos nos animamos a mirar por sobre la
borda. Ya la quinta, el quintero con su escopeta y los perros
quedaron atrás.
Salvada la etapa peligrosa solo resta desembarcar. Oscar
empuña el timón y Panza de agua y Aldo, los nuevos galeotes
voluntarios, comienzan a dar remazos en total desacuerdo
entre sí: a pesar de lo cual la proa enfila lentamente hacia
la costa; pero hete aquí que cuando estamos a escasos treinta
metros de la misma, justo en el punto elegido para el desembarco,
de entre unos sauces aparece el respetable y temido
uniforme blanco.
–¡¡ Gervasio!!
Virar en redondo junto con la exclamación y alejarnos con
torpe y febril premura, haciendo oídos sordos al estridente
silbato del representante de la autoridad marítima que con
ampulosos además nos ordena volver a tierra, es todo uno.
El marinero Gervasio es nuestro implacable perseguidor
cada vez que nos ve merodeando por su jurisdicción. Siempre
amenazándonos con el calabozo de la Subprefectura que
es chiquito y con una sola ventanita muy arriba, cerrada
con dos barrotes de fierro cruzados. Es nuestro enemigo público
Nº 1, honor que comparte con el quintero Musiú.
Nos internamos nuevamente en el río Paraná y ayudados
por la corriente dejamos atrás el muelle viejo. La costa que
sigue es baja y pantanosa impropia para desembarcar (lo
que ha impedido a Gervasio seguirnos). Oscar, apoyado por
mí, propone continuar la navegación hacia “alta mar”. La
propuesta es aprobada por exclamación. Pancita y Aldo luchan
desventajosamente con los remos que más parecen
las aspas de un molino destartalado.
No obstante avanzamos y avanzamos. Al cabo de un rato el
viento fresco que sopla lejos de la costa, el pronunciado balanceo
de la canoa y las salpicaduras provocadas por algunas
olas más grandes al romper contra la proa despiertan
en nosotros una gran euforia marina.
–¡ Izad el foque! ¡ Viva Dios!
–¡Arriad la mesana!
–¡Soltad la es...
Son los gritos que imperan en medio de la marejada que a
nosotros se nos antoja una gran tempestad.
–¡Barco enemigo a la vista!– vocifera Oscar que empuña
el timón, al divisar una mata de camalote que arrastrada
por la corriente avanza paralelamente a nosotros, y maniobrando
consigue que la proa de nuestra nave se incruste
profundamente en ella.
Agarrando del fondo de la canoa una vara de sauce de las
muchas que hay allí, cuidadosamente seleccionadas y traídas
de la isla por don Clarque, y enarbolándola, mientras se
pone de pie dificultosamente por el zarandeo, brama:
–¡A mí hombre de mar! ¡Al abordaje– tratando al mismo
tiempo de imitar el terrible fulgor de los ojos de Corsario
Negro.
De inmediato todas las varas restantes se convierten en
nuestras manos en sables y machetes que siembran la
muerte y el terror por doquier.
Los ex galeotes ahora convertidos de golpe en piratas del
Caribe, abandonan apresuradamente los remos ansiosos de
tomar parte en el combate.
–¡Voto a Satanás!– chilla Pancita descargando terribles
varillazos sobre los indefensos camalotes.
–¡Fuego!!!– ordena Oscar con voz estentórea.
– ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
– ¡Truenos de Hamburgo!
– ¡Muerte y sangre!
– ¡Mil muertos!
Los varillazos siguen cayendo sobre los pobres camalotes
y en medio de la algarabía nuevamente el vozarrón de Oscar.
–¡Apuntad a la arboladura! ¡Zafarrancho de combate!
La lucha continúa sobre la bamboleante canoa cada vez
más encarnizada hasta que agotado el léxico y la terminología
de los corsarios de Salgari (nuestro autor preferido) nos
alejamos con un rico e imaginario botín dejando la presa
incendiada con la cubierta llena de cadáveres, hundiéndose
en pleno océano.
(La imaginación infantil es formidable).
Germán y Pancho se apoderan de los remos con gran entusiasmo;
es su turno. La canoa empieza a andar algo mejor
aunque no mucho, yo empuño el timón. Aldo con las manos
en forma de catalejo explora la lejanía.
–¡Tierra! –grita.
Nos acercamos a un islote aún lejos de las grandes islas.
Es pura arena con unos sauces raquíticos en el medio.
De inmediato Oscar se autobautiza “Cristóbal Colón”; yo,
Hernando de Magallanes y pronto jamás embarcación alguna
estuvo tripulada por tan selectos, ilustres y famosos navegantes.
Juan Díaz de Solís y Américo Vespucio dan remazo tras
remazo.
–Lanzad la sonda– grito, mientras me descalzo. Los demás
lo hacen también. La quilla de la nave vara en la arena.
Pedro de Mendoza trata de levantar y lanzar al agua el pesado
trozo de hierro que sirve de ancla. Lo tiene que ayudar
Sebastián Gaboto tras lo cual saltamos a tierra y tomamos
posesión de la misma en nombre del rey de España.
(El continente recién descubierto mide treinta metros por
veinte). De inmediato, un salpicado galope sobre las pequeñas
rompientes termina, con una batalla de puñados de arena
mojada.
Mientras tanto el sol se acerca a su ocaso.
– Hay que regresar a España antes que nos agarre la noche
–exclama Cristóbal Colón.
–Y tu viejo te muela a palos.
Es conocida la severidad del progenitor de Oscar, aun que
con muy relativo resultado.
El reembarco, para dirigirnos a tierra firme, se hace rápidamente.
Conocemos un lugar apto para el desembarco en
tierra firme. Se trata de un arroyuelo, más bien un zanjón
que, en honor de una chinaza medio india y fabulosamente
gorda que tiene su rancho en las inmediaciones, es conocido
como el zanjón de doña Norberta.
Al alejarnos del islote Pancita que es más aficionado a las
novelas de piratas que a la historia exclama:
–¡Linda isla para esconder un tesoro!
La idea no es mala! (la tendremos en cuenta). Ya tenemos la
isla, lo único que falta ahora no es nada más que el tesoro.
Pero ahora se trata de remar de veras para que la corriente
no nos lleve más abajo del lugar elegido, así que Oscar y
yo empuñamos los remos y con Pancho al timón botamos
enérgicamente mientras el astro rey se va hundiendo en el
horizonte.
Por fin llegamos a la costa y cuando las primeras sombras
se extienden sobre la verde y fresca campiña, nuestra nave
penetra gallarda en “el zanjón de doña Norberta” y finalmente
embarranca en su margen izquierdo.
Saltamos a tierra y después de asegurar la canoa con el
pesado trozo de hierro emprendemos la marcha hacia el
pueblo que hemos dejado atrás casi un kilómetro.
Costeando un maizal ascendemos por un angosto callejón
la suave pero larga pendiente.
En el trayecto pasamos frente a algunos ranchos de los
que salen legiones de perros de todos los tamaños, que nos
siguen ladrando furiosamente como insultándonos ¡Qué
ganas de cascotearlos! Pero es peligroso. No somos novicios
en estas emergencias y sabemos que caminando por el centro
del callejón sin prisa, sin pausa y sin demostrar miedo
no hay peligro. El peligro está precisamente en correr o en
pararse.
Avanza el crepúsculo y ya aparecen una que otra estrella
cuando llegamos al final de la cuesta. En las primeras casitas
ya brillan algunas ventanas. Allí los perros parecen más
civilizados, ladran desde adentro de los pequeños jardines.
Pasamos frente a la casita de doña Eduviges. La viejita está
regando sus malvones.
–“¿En qué andarán éstos ahora?”– oímos que susurra hablando
sola, sin suspender su tarea.
–¡Buenas tardes, doña Eduviges! – saludamos a coro sin
pizca de rencor a pesar de las veces que nos ha vaticinado
la horca.
Ella detiene un momento su regado para mirarnos, agitando
su delgado bracito amenazadoramente.
Contra el cielo se destaca la oscura mole de la Iglesia a
cuyo costado caminamos hasta desembocar en la plaza.
A causa del calor aún hay bastante gente en ella, sobre
todo chicos y chicas jugando.
Don Ezequiel en otra de sus funciones municipales está
encendiendo los faroles: uno cada cuadra y otro en el centro
de la plaza.
Mi hermana al vernos llegar, corre hacia nosotros seguida
por algunas compañeras entre ellas Teresita mi novia
del colegio.
Parece preocupada.
–¿Qué hicieron? ¡Cacho!
–Nosotros no hicimos nada– contesto con impaciencia.
En ese momento llegan noticias alarmantes. Alguien que
ha pasado por la comisaría ha visto al quintero Musiú haciendo
una formal denuncia.
–¿Pero qué más hicieron?– insiste mi hermana.
–¿Qué mas que? – pregunto con fastidio.
–¿Y la pared?
–¿Qué pared?
–La del fondo del colegio. ¿No la voltearon ustedes?
–¿Pero ustedes se creen que nosotros somos unos
sonzones? La pared se cayó sola.
–¿Y por qué se escaparon del colegio?
– Eso es otra cosa...
En ese momento pasa Rubino Gomez, escribiente de la
Policía. Las chicas se acercan a él en procura de noticias.
Él, al vernos, adopta la actitud más grave y solemne que se
pueda adoptar a los escasos veinte años.
–El asunto es muy serio –dice doctoralmente– Destrucción
de parte de un edificio público. Denuncia de robo con
escalamiento e irrupción en propiedad ajena.
Nos deja medio apabullados.
Con él vienen el negro Rodríguez, Fernando y el flaco
Nemecio, todos pertenecientes a la generación anterior a
la nuestra (17 a 20 años) y que nosotros miramos como gente
mayor.
Se paran y empiezan a dialogar entre ellos como si no se
hubieran percatado de nuestra presencia.
–Así que les toca presidio nomás.
–Lógicamente; los cargos son importantes y graves – asienta
Rufino.
–¿Y cuánto les darán?
–¿Cinco a seis años? Seis...
–Son menores – puntualiza el escribiente que por trabajar
en la comisaría es el que más conoce de estas cosas; - y
por lo tanto no creo que les den más de tres o cuatro años.
–¿Y adonde los mandarán, a Sierra Chica?
–Según, si les toca un juez jodido capaz que al Chaco o al
sur, a la Isla de los Estados.
Conociéndolos, como los conocemos, no les sacamos el ojo
de encima, esperando sorprender un guiño o un gesto.
Lo único que noto es que hablan más fuerte que lo natural.
En ese momento llega Juancho con la última noticia.
–Don Clarque ha denunciado en la Subprefectura la desaparición
de su canoa –e ignorándonos agrega con gran énfasis–
y el Subprefecto se ha puesto al habla con el Comisario
y los dos han dispuesto llevar la investigación “hasta sus
últimas consecuencias”...Y para empezar han citado a declarar
al marinero Gervasio y al quintero Musiú. Al largar
estos nombres nos hecha una rápida ojeada. Nuestras relaciones
con los citados son harto conocidas.
Teresita me mira afligida.
–¿Los van a llevar presos? –pregunta casi llorando.
–Flor de novio te echaste– murmura una despechada envidiosa.
La presencia de Teresita me hace sacar fuerzas de mi
flaqueza y me encojo de hombros haciendo un gesto de “qué
me importa”.
Pancho, Germán, Aldo y Panza de agua dan la impresión
de que el universo se les ha desplomado encima. Solo Oscar
se muestra algo más entero.
A pesar de mi actitud y de mis gestos, no dejo de estar
hondamente preocupado y mientras cruzo la calle seguido
por mi hermana, pienso en el disgusto y la aflicción de mi
abuela cuando sepa todo. Imagino la mirada severa de reproche
de mi tío Juan. Seguramente me retirará su confianza
y su cordialidad; pienso también en tía Aurelia ¡a ella
si que la voy a tener que oír! Mientras cruzo por el zaguán y
la galería en dirección al comedor me digo que es una lástima
que haya pasado el tiempo de los milagros pues uno de
ellos sería lo único que podría salvarme. Al entrar al comedor,
mi abuela, que en ese momento está dando más luz a la
lámpara suiza, se incorpora exclamando con severidad.
–¿De dónde salís vos a estas horas?... ¡No viniste ni a tomar
la leche!... ¿Y los libros? ¿Y los útiles?
¡El remate! Cuando escapamos del colegio no pensamos
en ese detalle.
–Ahí están – continúa ella – los trajo tu hermana. Ahora
decime: ¡¿Dónde anduviste hasta ahora?!
–Estábamos apoyados en la pared del fondo del colegio cuando
se derrumbó y tuvimos miedo de que se nos echara la
culpa.
–¿Y recién ahora se les pasó el susto?
Yo me enredé en más explicaciones que ella no quiere
escuchar. Va hasta su pieza y de arriba del ropero saca su
famosa varillita de membrillo, delgada y flexible seleccionada
de uno de los árboles de la casa. Desde la época en que
sus hijos (mis tíos) eran chicos tenía sobre el ropero su
varillita de membrillo para los casos graves. Me llama a la
galería y fst, fst, fst, silba la varillita hacia mis pantorrillas.
Yo con oportunos saltos logro que el mayor castigo lo reciba
el aire.
Cuando la abuela entra a guardar su varillita ya estoy arrepentido
de haber esquivado gran parte del castigo. Me siento
culpable y ella ignora lo peor. Más tarde llega del Skating
Club mi tía Aurelia. Por un momento temo que venga enterada
de algo: pero como está próxima a casarse, todo lo que
ocurre fuera de su idilio con el lungo de su novio no le interesa,
que siquiera se entera. Solo se acuerda de contar lo
bien que patina Jorge (Jorge es el lungo de su novio) y la
facilidad con que la lleva.
–¡Como a una pluma! –dice arrobada.
Me voy sintiendo más tranquilo.
A la hora de la cena llega mi tío Juan.
Viene del Club Social de jugar sus partidos de pelota, y
luego de truco por el aperitivo. Tampoco está enterado de
mis desventuras. La cena transcurre sin mayores sobresaltos
hasta que de pronto mi tío me pregunta:
–¿Y a vos que te pasa que estás tan callado?
–Debe ser la conciencia –dice mi abuela.
–¿Qué ocurre?
–Las cosas no andan muy bien en el colegio.
Eso es todo porque ella nunca trae a la mesa el tema de
mi mal comportamiento.
Llega la hora de acostarse.
Ya en la cama, en medio de la noche, mientras el mundo
duerme, yo cavilo. Mentiría si dijera que no estoy preocupado.
Ante mí se yerguen como dos fantasmas las imponentes
figuras del Comisario y el Subprefecto. Además he oído decir
que hay jueces y cárceles para menores... ¿Pero –me
pregunto recordando lo oído en la plaza – hablarían en serio
esos malditos?... Hubiera sido por primera vez en su vida.
Pero un recuento de los hechos me vuelve a la realidad y al
pesimismo: la pared derrumbada, la fuga del colegio, la quinta
saqueada, la canoa desaparecida; las denuncias a la Policía
y a la Subprefectura... La lista es larga y surtida... y para
una sola tarde... ¿Y los testigos Gervasio y Musiú? Recuerdo
de pronto alarmado; Juancho también es macaneador
pero no tanto como los otros. Sigo dándole vuelta al asunto.
Cuando creo que ya está por amanecer, el reloj del comedor
da diez campanadas. Finalmente caigo en un sueño profundo
e intranquilo en el que aparecen jueces con peluca y
severa mirada como los que he visto en el cine y ventanas
pequeñas con dos fierros cruzados.
Despierto más tarde que de costumbre. La mañana es cálida
y esplendorosa. Mi abuela regresa de misa como todos
los días; mi tío Juan atiende sus asuntos; mi tía Aurelia
antes de ir a dictar su clase a la escuelita particular de
Misia Eulalia, ha juntado en el jardín un gran ramo de flores
de todos los colores, que ha colocado en el centro de la
mesa. Regina, la mujer que hace de cocinera y desempeña
otros menesteres de la casa, canturrea mientras trabaja.
Todo está como siempre, tranquilo. El panorama futuro se
me aparece menos sombrío que en la noche anterior. No es
la primera vez que mis compañeros y yo nos hemos visto en
emergencias semejantes. De otras peores hemos salido. Mi
hermana se pone a estudiar y a hacer los deberes. Yo con
desgano abro mi cartera. En un papelito están anotadas las
lecciones y deberes para el día, que una alumna de mi clase
le dictó a mi hermana. Hay que resolver varias ecuaciones
de una y dos incógnitas, hacer una composición sobre “El
trabajo en el campo”, presentar la monografía mensual, que
ya debiera estar terminada y yo no la he empezado todavía,
además estudiar historia, geografía y aritmética...
Una montaña de cosas. Sólo la cárcel o una guerra pueden
salvarme de todo eso. Por un momento no se con cual
quedarme; en la cárcel por lo menos no hay que estudiar ni
hacer deberes lo que no deja de ser una compensación. Llega
el mediodía. Mi hermana y yo almorzamos antes que los
demás para ir al colegio...
Salimos juntos. Mientras cruzamos la plaza a mi hermana
la llaman unas compañeras y se une a ellas. Yo veo venir
a Germán y lo espero. Caminamos unos metros en
silencio.
–¿Y que pasará ahora? – pregunto.
Germán se encoge de hombre y levanta las cejas.
Más adelante se nos une Oscar.
–¿No hay novedades? – pregunto cauto.
–Ya las tendremos.
Oscar nos confiesa que le tiene más miedo al viejo cuando
se entere que a la Isla de los Estados.
En la puerta del colegio nos esperan los otros tres. Estamos
juntos como para darnos valor.
Durante la formación en el jardín del frente, mientras se
iza la enseña patria y desentonamos el hermoso “Salve, Argentina
bandera azul y blanca” observamos que nuestra
maestra se ha venido con el vestido más paquete, que luce
en muy pocas oportunidades. Es de terciopelo renegrido,
angosto a la altura de los hombres, más ancho en la parte
media debido a unos tablones triangulares que le cuelgan y
angostito a la altura de los tobillos. La prenda en cuestión
siempre nos trae mala suerte y ya tiene su apodo. Germán
que por razones de estatura es de los primeros de la fila se
da vuelta con los verdes ojitos agrandados exclamando lo
que ya está en nuestras mentes:
–¡La señorita se vino con el cajón de muerto!
Entramos en el aula y apenas acabamos de sentarnos aparece
una alumna de otro grado que habla en voz baja con la
maestra. Esta nos mira y con tono grave dice: Los alumnos
varones, menos Castro y Torres, deben presentarse en la
dirección inmediatamente.
Todas las miradas del sector femenino se vuelven hacia
nosotros mientras nos ponemos de pie, y mustios y cabizbajos
salimos del aula en fila india. Frente a la puerta de la
Dirección, que está cerrada, ninguno quiere dar los
golpecitos; sería como frente al pelotón de fusilamiento dar
uno mismo la voz de fuego.
–De aquí a la Comisaría– murmura Pancho.
–¡Pasen! Oímos la voz de la directora desde adentro.
Yo soy el que está más cerca. Toco el picaporte. La puerta
se abre. Entramos silenciosamente y quedamos parados en
hilera frente al escritorio. La Directora termina de revisar
unas planillas, las firma y finalmente levanta la vista fijándola
severamente en cada uno de nosotros.
–Jovencitos –empieza diciendo–. Ustedes saben perfectamente
porqué los he mandado llamar.
–Mutis.
–Han cometido una gravísima falta.
Mutis.
–Y lo peor es que son reincidentes.
Sigue el mutismo.
–Con respecto a dicha falta ya se les aplicará la penitencia
que les corresponda. Ahora quiero saber qué pasó con la
pared. Los chiquillos dicen que la hicieron caer ustedes.
–Estábamos apoyados nomás, señora Directora –hablamos
dos o tres a un mismo tiempo– cuando se cayó, nosotros no
tenemos fuerza para voltear una pared.
–Estaba inclinada– agrega Pancho.
La Directora tiene un momento de indecisión. Es evidente
que seis niños de doce a trece años no pueden derribar
una pared; salvo que sean pichones de Sansón o que la pared
esté a punto de caerse.
–Además, señora Directora –agrego yo, animado porque la
duda ha borrado por un momento la severidad de su rostro–
la pared cayó hacia adentro.
–Hacia nosotros –agrega Germán rápido– . Si la hubiéramos
volteado nosotros hubiera caído para afuera. Este argumento
parece eficaz.
–Bien dejemos eso por ahora. Ya se investigará y ¡guay de
los culpables! Por el momento la falta grave comprobada es
la de haber aprovechado el derrumbe de la pared para escapar
del colegio.
–Señora Directora –gime Germán que es ligerón para captar
coyunturas, aparte de ser un psicólogo intuitivo– nosotros
no aprovechamos la caída de la pared... la podíamos saltar
fácilmente; lo hacíamos cada vez que teníamos que ir a buscar
la pelota.
La Directora tiene su “talón de Aquiles” y es el convencimiento
de la estrictez de su justicia, lo que constituye casi
una obsesión para ella; la hace resaltar en cuanto oportunidad
se le presenta y toda duda sobre la misma la hiere profundamente,
hasta el punto de hacerle perder el control
sobre sí misma.
–Nosotros– continúa Germán humilde y arteramente,
–tuvimos miedo porque estábamos apoyados en la pared cuando
se cayó, de que se nos castigara injustamente– y recalca
la última palabra.
Un golpe en el escritorio le cortó la frase.
–¡Cómo se atreve a disculparse con semejante pretexto!
Explota la Directora herida justo en su “talón de Aquiles” y
agrega ahora dirigiéndose a los seis:
–Ustedes saben perfectamente que aquí jamás se castiga
a un alumno por una falta que no ha cometido o que evidentemente
es incapaz de cometer, aunque sea porque no pudo.
Aquí no se castigan las malas intenciones si no las malas
acciones.
Los ojos echaban chispas de indignación.
–A veces sin querer se suelen cometer injusticias –arguye
Germán solapadamente volviendo a recalcar la palabrita.
–¡Basta! Ustedes no pueden haber volteado esa pared. Además
cayó hacia adentro, lo he comprobado yo misma y sepan
que hoy mismo pasaré una nota al Consejo poniendo en conocimiento
del mismo que la pared se derrumbó debido a su
mal estado. Así se convencerán de lo estricto de mi justicia.
Nos cruzamos graves miradas aparentemente inexpresivas,
al tiempo que nuestros pulmones se inflaban.
–De manera –prosigue ella– que el miedo a un castigo injusto
no tiene asidero. La escapada de ustedes no tiene justificativo
alguno. A partir de hoy se quedarán una hora
después de clase durante una semana. Pueden retirarse.
Afuera del despacho volvemos a mirarnos. Esta vez triunfalmente.
–¡Germán! –digo– ¡sos un genio!
–Regular, regular– dice afectando cómica indiferencia.
Hemos quedado eximidos del más grave delito gracias a la
reacción provocada por esta ardilla que todavía pregunta con
risita cínica.
–Y al final ¿la volteamos o no la volteamos nosotros?
–Y... que te parece – le contesto mientras nos encaminamos
de regreso al aula – hace una semana que la venimos
sacudiendo....
–Si se le ocurre averiguar– comenta Pancho.
–Ahora ya no, pasa la nota y chau.
–La culpa de todo la tiene Oscar –dice Germán– fíjense en
los músculos que tiene –agrega palpándole los bíceps de los
que el aludido está muy orgulloso.
–Miren quién está ahí– interrumpe Aldo.
Parado junto a la puerta de la verja, haciéndonos seña para
que nos acerquemos, vemos a la larga y enjuta figura de
don “Clarque”. Corremos hacia él. No parece enojado; al contrario,
sus chispeantes ojitos verdes perdidos entre bronceadas
arrugas desbordan cordialidad.
–Muchachos vine a avisarles que en cuanto supe que eran
ustedes los que habían agarrado la canoa levanté la denuncia.
Le dije al Subprefeto que yo se la había prestao a ustedes
y que dispués me olvidé.
–¿Y le creyó?
–Me dijo: “Con seguridad te habrás mamao y por eso te
olvidaste”. Ahura vengo de la comesaría donde juí a hacer la
mesma declaración porque asigún me dijo el suprefeto se
había comunicado con el Comesario por si habían escondido
la canoa en algún zanjón o arroyo tierra adentro.
Nosotros le explicamos que lo habíamos estado esperando
y como se hacía tarde decidimos usar la canoa nada más
que para pasar frente a la quinta porque don Musiú estaba
al borde de la barranca con la escopeta y los perros.
(Los motivos de la actitud del quintero eran obvios, ni los
mencionamos) pero cuando íbamos a desembarcar se apareció
Gervasio en la costa y tuvimos que seguir más adelante.
–Se les apareció la viuda vestida de marinero– exclamó
don Clarque lanzando una de sus típicas risotadas.
–Se la vamos a devolver –dije– está en el zanjón de doña
Norberta. Esta tarde cuando salgamos.
–No se preocupen ya me avisaron y la traje esta mañana.
–Diga don Clarque –murmura por lo bajo Oscar con cierto
recelo–. Usted que estuvo en la comisaría ¿sabe algo de una
denuncia de Musiú contra nosotros?
–¿Del portugués?... ¡Bah!–aquí lanza otra risotada–. El
comesario no lo pasa, justamente me dijo que ayer tarde lo
sacó carpiendo. Cada vez que le faltan tres duraznos o dos
manzanas o un racimo de uvas cai a hacer la denuncia a la
policía. El comesario le dijo al final que se comprara media
docena más de perros y se dejara de joder, que él tenía asuntos
más importantes de qué ocuparse.
–¿Así que no hay nada contra nosotros?– pregunto.
–¡Pero qué va a haber, muchachos!
Nos quedamos sin saber qué decir.
–Bueno –prosigue don Clarque– quédense tranquilos y vayan
a estudiar que eso es güeno.
Y se aleja en dirección al río ese irlandés acriollado hasta
la médula que desde hoy será nuestro personaje inolvidable.
¡Qué azul está el cielo y cómo brilla el sol de noviembre!
En nuestras almas también brilla el sol de la alegría en
medio de un cielo de felicidad.
A esa pequeña nubecilla de una hora de penitencia después
de clase durante una semana no le damos importancia.
Sabemos por experiencia que dentro de dos o tres días,
la Directora como siempre se compadecerá y luego de una
formal promesa nuestra de no reincidir quedará levantada
la pena.
Alguien que nos hubiera visto unos minutos antes, marchando
hacia la dirección, mustios y agobiados bajo el peso
de nuestras culpas; como quien va camino al patíbulo, le
hubiera costado reconocer a los mismos chicos en ese risueño
grupito que ahora cruza el jardín en franco tren de
chacota entre risas, empujones y zancadillas y entra en el
aula pisando fuerte.
Enseguida nos pide la composición sobre “El trabajo en el
campo”.
–........................
–La monografía.
–........................
Las incógnitas de las ecuaciones siguen en el mayor misterio.
En resumen: un desastre total.
Pero nuestros espíritus están templados por los embates
de la vida y no se dejan abatir por unos cuantos ceros más o
menos.
Como despertando de un profundo sueño me encuentro de
pronto sentado en uno de esos decorativos e incómodos bancos
de material con la pesada carga de 65 años sobre mis
espaldas, no ya derechitas y espigadas sino anchas y
encorbadas. De aquel rubio y rebelde jopo que desmenuzaba
el viento, no quedaban ni vestigios y un frío anochecer de
avanzado otoño me rodeaba a cambio de aquel luminoso
medio día de noviembre.
Estaba de regreso de mi zambullida en el pasado; pero las
imágenes de seres por mucho tiempo olvidados y que fui encontrando
a través de mis recuerdos aún me acompañaban.
Don Clarque (Patricio Clark) viejo y cordial amigo a pesar
de la diferencia de edad. Si viviera tendría más de cien años.
¡La Directora! La “señora Directora” como respetuosamente
la llamábamos cuando debíamos responder a sus severos
y frecuentes interrogatorios. Hacía tiempo que por un periódico
local que suelo recibir, estaba enterado de su fallecimiento
ocurrido a los 89 años de edad. En las conceptuosas
palabras que se pronunciaron durante sus exequias y que
transcribía el diarito, se había referencias a la estricta justicia
que siempre imperó en la escuela durante su digna
dirección. Al leer esto no pude menos que disentir con los
oradores; yo entiendo por estricta justicia a la aplicación y
el cumplimiento total de las penas que estrictamente correspondan
según el grado de gravedad de la falta. Y recuerdo
perfectamente que, sobre todo cuando se trataba de
penitencias que duraban varios días, siempre o casi siempre,
antes de que termináramos de cumplirlas, nos mandaba
llamar a la dirección y con el gesto más adusto que cuando
citaba sentencia nos perdonaba el resto de la pena por “esta
última vez” (siempre decía lo mismo) bajo la condición de
que jamás reincidiríamos; lo que nosotros nos apresurábamos
a jurar por todos los santos del cielo ¡Las veces que
habremos hecho ese juramento!...
A Gervasio poco después (yo todavía iba a pasar las vacaciones
al pueblo y ya habíamos hecho las paces en gran forma)
lo ascendieron a cabo y lo trasladaron creo que a San
Pedro y no volvimos a tener noticias de él.
El quintero Musiú según me dijeron se volvió a Portugal.
De mis compañeros de aventura; Pancita de agua desapareció
poco tiempo después, antes de terminar la primaria;
se fue con su padre (una tragedia familiar).
A Germán y a Pancho los encontré en Buenos Aires por
casualidad en algunas oportunidades pero pronto volvieron a
desaparecer en ese maremagnum que es nuestra Capital.
Oscar y Aldo murieron años ha.
Se encendieron las luces de mercurio al tiempo que una
fría racha de viento desparramaba un montón de rumorosas
hojas secas que parecían querer huir de la repentina luz.
La soledad y el otoño se confabulaban contra mi. Me puse de
pie y cansadamente desanduve el camino recorrido.
Al pasar otra vez por la vieja casona nuevamente detuve
mi andar.
La galería y el jardín estaban oscuros pero había luz en el
comedor, ese mismo comedor al que tan preocupado había
llegado aquel anochecer. “Como a esta misma hora” recordé...
En aquel rincón estuve esquivando la famosa varillita.
En ese momento se iluminó el zaguán y por una de las
puertas laterales apareció una señora robusta y de agradable
aspecto.
–¿Deseaba algo el señor? –me preguntó al verme parado
frente a la puerta.
–No señora, disculpe... Miraba, recordaba... En esta casa
nací yo.
–¿Ah si?... Pero... no recuerdo haberlo visto antes.
–Estoy radicado en la Capital desde muy joven. Hacía mas
de cuarenta años que no volvía – le dije.
–Luego de un corto silencio me preguntó solícita.
–¿Quiere pasar? Soy la dueña del hotel. A lo mejor le gustará
ver la casa por dentro después de tanto tiempo.
La tentación me venció.
–¿No le será molesto?
–¡Qué esperanza! Pase –dijo ella abriendo la puerta de la
izquierda que daba a la que antes había sido la sala. Lo que
vi me detuvo en seco; una pequeña pieza con dos camas y
una mesita de luz en el medio y un ropero. Todo moderno y
ordinario.
– Hemos hecho divisiones con tabiques para aprovechar
más el espacio. Las piezas son muy grandes – empezó a
explicarme, pero yo adivinando lo que seguía y el profundo
cambio que iba a encontrar en la casa no quise ver más.
Yo guardo en mi mente la imagen de esa casa tal como era
en tiempo de mi niñez. Puedo recorrerla imaginativamente
de punta a punta. Tengo presente la sala, el comedor, cada
una de las piezas, los muebles, el color de las paredes, hasta
las manchas de humedad del cieloraso, todo ello íntimamente
ligado al recuerdo de los seres más queridos, mi abuela,
mi tío Juan, mi tía Aurelia, mi hermana...
Ninguno de ellos existía ya. Mi hermana murió a los quince
años.
–Disculpe señora– dije mirando el reloj para disimular –
se lo agradezco pero temo perder el tren, otra vez será. Gracias
y buenas noches.
–Buenas noches, señor.
Y cargado de nostalgia y melancolía me dirigí a la estación
de ferrocarril...

ORGULLO

Generalmente los diccionarios suelen definir el orgullo
como arrogancia, vanidad, exceso de amor propio, etc.
Pero estas definiciones deben referirse posiblemente a las
formas más estúpidas del orgullo.
Todos sabemos que hay otras formas de orgullo que no
chocan ni provocan desagrado e, inclusive, resultan simpáticas
y más aún, las hay que despiertan ternura y emoción.
Recuerdo un lloviznoso anochecer de otoño, hace tiempo.
Me encontraba yo en una estación suburbana algo distante
esperando el tren para regresar a la Capital.
Había bastante público en el andén.
Un poco apartada del grueso de la gente noté a una mujer
de aspecto modesto acompañada por dos nenas, evidentemente,
hijas de ella. La más pequeña tendría unos cinco
años, la otra seis o siete.
Antes de la llegada de nuestro tren debía pasar el expreso
“El Libertador” procedente de Mendoza que tenía vía libre.
No tardó en oírse un distante y creciente fragor al mismo
tiempo que un potente foco deslumbraba desde lejos. La señora
y las nenas empezaron a dar muestras de agitación.
–¡Allá viene!– gritaron éstas alegremente mientras las tres
sacaban sus pañuelos. Instantes después los agitaban
entusiastamente.
“El Libertador” se acercaba a gran velocidad. Se oyó el
ulular y todo a nuestro alrededor empezó a trepidar cada vez
con más fuerza. El alto y deslumbrante foco pareció
venírsenos encima y la pequeña estación se estremeció
hasta los cimientos cuando las dos poderosas diesel pasaron
como un torbellino. Fugazmente alcancé a divisar un
brazo que, asomado, saludaba por la ventanilla de la primera
máquina, mientras la señora seguía agitando el pañuelo
y las nenas daban saltos de entusiasmo.
Un largo y luminoso torrente de ventanillas desfiló vertiginosamente
ante nuestros ojos entrecerrados por el viento
y la trepidación. Segundos después el rojo farol de cola se
perdía en la noche. La calma renació.
Entonces la más pequeña de las nenas mirando a su alrededor
con el orgullo más legítimo expresado por toda su
personita, exclamó en voz alta:
–Ese tren lo maneja mi papá –y reafirmó–. Ese tren lo maneja
mi papá.
La mayorcita no se atrevía a expresarse tan públicamente
pero sus ojos brillaban. Hasta la madre tenía una sonrisa
luminosa mientras tomaba de la mano a sus hijitas y se
alejaba del lugar.

EL CAUSANTE

Enero. Media tarde. Bajo un sol calcinante el tren corría
sobre la llanura pampeana. En el interior de los viejos
vagones, a pesar de los ventiladores y ventanillas abiertas,
el calor era agobiante.
Los escasos pasajeros despojados de sus sacos, dormitaban
unos, otros con distraída mirada seguían la línea del
horizonte o la inútil carrera de algún lejano y pequeño
montecito que no tardaba en quedar atrás.
Julio Ruibal despatarrado en su asiento echó una mirada
a su reloj pulsera; eran las 15:30, se acercaba el final del
largo y tedioso viaje, lo que no tardó en confirmárselo el silbato
de la locomotora.
Recogiendo sus largos miembros se acodó en la ventanilla
para contemplar el pueblo del que pronto sería un habitante
más “aunque no por mucho tiempo” se prometió.
El tren ya había entrado en la zona de las quintas y ahora
corría por entre frutales y sembrados de hortalizas y casitas
desperdigadas. Disminuyendo paulatinamente la velocidad,
no tardó en cruzar arboladas calles de tierra con edificación
cada vez más compacta hasta que se detuvo chirriando en
la pequeña estación “Los Cardales”. El joven viajero que ya
estaba en la escalerilla valija en mano y con el saco sobre el
hombro descendió al casi desierto andén.
Después de pasear una indecisa mirada a su alrededor,
se dirigió al Jefe de la estación que, con la soguita de la
campana en una mano y un gran cronómetro en la otra,
observaba allá adelante la descarga y carga del furgón, esperando
la señal para dar salida.
–Buenas tardes señor.
–Buenas tardes.
–Por favor ¿Podría indicarme donde queda la pensión de
doña Edelmira Puentes?
–Como no joven. Venga.
Lo llevó fuera de la estación y señalando enfrente un poco
a la izquierda dijo:
–¿Ve esa esquina?
Julio vio el nacimiento de una calle perpendicular a la
que estaban, que arrancaba entre dos casonas de ladrillos
sin revoque, sombreadas por añosos paraísos.
–Bueno, tome por ahí y siga algo más de media cuadra y a
mano izquierda va a ver un zaguán ancho. Ahí es.
–Gracias.
Y mientras el Jefe volvía a lo suyo Julio cruzó apresuradamente
la polvorienta y calcinada calleja hasta alcanzar la
sombreada esquina. Dobló a su derecha y avanzó por una
umbría veredita de ladrillos muy gastados. Reinaba un silencio
profundo. La siesta estaba en su apogeo. El pueblo
parecía devenido o desierto.
–Hasta los pájaros sestean aquí – pensó.
Solo alguna lejana torcacita y el susurro de los paraísos le
daban la bienvenida.
A poco andar vio en la vereda de enfrente el ancho zaguán.
Pertenecía a una grande y antigua casona con ventanas
enrejadas y descascarado frente de color grisáceo.
Cruzó la calle.
Bajo el histórico aldabón de bronce, un timbre eléctrico
colocado allí indudablemente muchísimos años después de
la construcción del edificio, ponía una nota disonante en el
conjunto. Apretó el botón y mientras esperaba, pasándose el
pañuelo por la frente y el cuello, se entretuvo curioseando
el interior de la casa. Una cancela de artístico hierro forjado
separaba el zaguán de un patio cuadrado de baldosas negras
y blancas en cuyo centro crecía una gran magnolia. A
la izquierda, la pared medianera era disputada entre una
tupida madreselva y un jazmín del país.
Interrumpió sus observaciones un arrastrar de chancletas
y apareció una anciana bastante desgreñada con aire
de haber sido despertada de la siesta.
–¿Qué desea?
–¿La señora Edelmira Puentes?
–Un momento.
El arrastrar de chancletas se alejó y luego de unos minutos
apareció una señora (señorita resultó después) que parecía
arrancada de un álbum de fotografías antiguas. Era
alta, delgada, pálida, con los cabellos negros estirados hacia
atrás Un largo vestido negro cubría su enjuto cuerpo. Daba
la impresión de ser la pulcritud hecha persona. Su actitud
era más bien agresiva.
–Buenas tardes.
–Buenas tardes.
–¿Deseaba hablar conmigo? Preguntó abriendo la cancel y
suavizando algo su expresión ante el aspecto del joven y la
franca mirada de sus ojos claros.
–Yo desearía tomar pensión.
–¿Alguien le recomendó que viniera aquí? Porque yo exijo
recomendación y por lo menos dos meses de adelanto.
–El Señor Ramírez, Osvaldo Ramírez.
Ella aprobó con una inclinación de cabeza.
–Yo vengo en su reemplazo en la sucursal del Banco de la
Nación. El pasó a Buenos Aires.
–Así que usted es empleado del Banco Nación? –su voz se
había vuelto más amistosa.
–Aquí tengo mis documentos y la nota que debo presentar
mañana en el Banco –repuso él sacando del bolsillo interior
del saco su libreta de enrolamiento y un sobre.
–Está bien. Tomaré nota después.
Era evidente que la señora (mejor dicho señorita) tenía
por principio elegir escrupulosamente a sus pensionistas.
Luego de un breve silencio empleado en una rápida pero
exhaustiva inspección ocular del recién llegado, abrió del
todo la cancela.-
–Tendrá que ocupar una habitación del segundo patio salvo
que quiera compartir...
–Yo prefiero estar solo porque estudio de noche y a veces
hasta tarde.
Esta explicación contribuyó a dulcificar más el, en un principio,
agrio rostro de doña Edelmira. Cruzaron el primer patio
y por el pasillo formado entre el comedor y la medianera,
desembocaron en el segundo, más grande, de baldosas rojas
y cubierta por una tupida parra. A continuación del comedor
seguían dos habitaciones.
–¿Y que estudia? –preguntó ella mientras abría la celosía
y la puerta de la primera pieza.
–Ciencias Económicas.
Entraron. La habitación no era grande. Al lado de la puerta
se abría una ventana que daba al patio. En el rincón de la
izquierda estaba la cama con una mesita de luz y contra la
pared de la derecha un ropero. Bajo la ventana había un
escritorito. El piso brillaba recién lustrado y todo allí respiraba
limpieza y prolijidad.
–A continuación de la otra pieza está el baño; le recomiendo
cuidado con el calefón que es de nafta –dijo ella sonriendo
por primera vez.
–Por ahora no hay cuidado. Hasta fines de marzo o abril
no uso agua caliente –contestó él correspondiendo a la sonrisa.
Arreglaron el precio.
–¿Qué adelanto debo hacer?
–Ninguno.
Cuando quedó solo, Julio acomodó sus cosas en el ropero,
sus libros y cuadernos de apuntes en el escritorito y luego
duchado, afeitado y luciendo una blanca camisa de sport, se
dispuso a conocer el pueblo y localizar el lugar de sus futuras
actividades.
Al salir tomó hacia la izquierda (o sea en sentido contrario
al de la estación del ferrocarril) y al llegar a la esquina
se encontró ante una plaza, casi desierta en ese momento.
Cruzola por el centro diagonalmente y al llegar al extremo
opuesto se encontró ante tres esquinas; la que quedaba a
su derecha estaba formada por un edificio bastante moderno
con frisos de mármol negro y en lo alto de cuya fachada
se leía: “Banco de la Nación Argentina”.
Ya estaba cumplido su primer propósito.
En la que tenía al frente que hacía cruz con la de la plaza,
lucía sus vidrieras “La Elegancia Argentina” la tienda principal,
seguramente, del pueblo, y en la que quedaba a su izquierda
un amplio bar desbordaba mesas y sillas sobre el
veredón que daba hacia la plaza. En lo alto de la fachada leyó
en un ostentoso letrero “Gran Confitería y Bar La Central”.
Se dejó caer en un banco. El sol poniente estiraba melancólica
y desmesuradamente las sombras. Los verdes canteros
recién regados olían a tierra mojada.
Julio era un niño grande; bastante grande, 1.84 m. pero
niño al fin y contagiado, tal vez, por la melancolía de la tarde
empezó a sentirse solo, muy solo, y al igual que todos los seres
humanos de todas las edades, razas y latitudes del mundo,
cuando se sienten solos, le vino a la mente el recuerdo
del hogar, de su familia y por sobre todo de su madre.
Recordó una recomendación, muy maternal que le hiciera
ella, entre tantas otras al despedirlo “No dejes de ir a la
Iglesia, Julio”. Miró a su alrededor y en el extremo opuesto
de la plaza, por sobre las copas de los árboles vio erguida con
la cruz en lo alto, la torre del templo y hacia allí se dirigió.
Mientras tanto la plaza había empezado a tener animación
dominguera. Grupos de jóvenes aparecieron en las esquinas.
Ya algunas parejas paseaban por los caminos o se
ubicaban en los bancos. El ambiente se fue poblando de risas
y voces juveniles.
Julio vio venir un bullicioso grupo de jovencitas a cual
más graciosa. Al cruzarse con él callaron y su fino oído alcanzó
a percibir en un susurro cargado de curiosidad ¿Quién
es ese?
Se sintió halagado. En Buenos Aires eso no ocurría nunca.
Allí uno es una gota de agua en el mar, un microbio en
época de peste– pensó.
De pronto en la rotonda, donde había tomado ubicación,
hizo explosión la banda del pueblo con una enérgica marchita
militar, a la que seguiría un vasto y super repertorio
popular.
Julio subió la escalinata, cruzó el atrio y penetró en el
templo en cuyo interior una multitud seguía el oficio divino
en una atmósfera de paz y recogimiento acentuada por las
suaves y profundas voces del órgano que el chinda chinda
de la bandita que llegaba desde afuera un tanto apagado, no
alcanzaba a perturbar.
Julio se mantuvo junto a una columna hasta el final.
Pensó que sería una buena noticia para su madre en la primera
carta decirle que había estado en misa.
Cuando salió, las luces de la plaza, de la calle, de las vidrieras
y el imponente letrero luminoso de la “Gran Confitería
y bar La Central”, que brillaba con todo su esplendor
parecían haber apresurado el desalojo de la última claridad
diurna.
En la plaza la concurrencia había aumentado considerablemente,
la animación había cundido y la banda ahora atacaba
con saña un vals del que por razones de distancia y
vigor pulmonar lo que más se oía era el compás enérgicamente
marcado con una poderosa tuba a la que soplaban
seguramente un par de no menos poderosos pulmones, de
tal manera que en medio del confuso murmullo sobresalía
nítidamente el “un pepe, un pepe, un pepe” que llenaba la
plaza y persiguió a Julio hasta la pensión.
La vieja casona silenciosa y oscura a esa hora recibió a
nuestro joven amigo con sus perfumes a madreselva, jazmines
y magnolias. ¡Oh, las casas antiguas!
Julio cruzó los patios en dirección a su habitación, solo en
la cocina vio luz y notó actividad a juzgar por el ruido de
cacerolas y las voces de doña Liboria, la cocinera y Juana,
la mucama, en total desacuerdo de opiniones sobre algo.
Más adelante pudo comprobar que ese desacuerdo era permanente
sin importar el tema.
A la mañana siguiente, gracias a un despertador que su
madre tuvo la precaución de poner en la valija, temprano,
con la fresca (aún brillaban los canteros por el rocío) Julio
cruzaba la plaza en dirección al Banco.
Quería presentarse a primera hora.
Aparte de que el madrugar siempre lo deprimía, se sentía
algo nervioso. Ya veía entrar personal por la puerta chica.
Al llegar a la misma esquina en la que había estado la
tarde anterior, observó en el ancho veredón de “La Central”
un grupo de, seguramente, empleados que se levantaba de
alrededor de una de las mesas, dejándola coronada de pocillos,
y cruzando apresuradamente la calle penetraba en el
Banco. Detrás del grupo cruzó y entró él. Se encontró en un
vasto hall rodeado de oficinas. Se acercó a uno del grupo
tras el cual había entrado, un morocho más bien bajo y
delgadito, de mediana edad, que luego de firmar en el libro
de entradas se encaminaba a su oficina.
–Señor, ¿podría indicarme la oficina de personal?
El hombre se detuvo y lo miró interrogativamente.
–¿Usted es el empleado que viene de Buenos Aires en reemplazo
de Ramírez?
–Si señor.
–Yo me llamo Sánchez, José Sanchez – dijo extendiéndole
amistosamente la mano.
–Y yo Julio Ruibal – contestó éste estrechándosela.
–Venga.
Cruzaron el hall y entraron en una oficinita cuyo único
empleado en ese momento colocaba diligentemente sobre
la mesa un tintero con tinta roja, para que firmaran los rezagados
y preparaba el fichero para dejar constancia meticulosa
de las ausencias y llegadas tarde.
–Esta es la oficina de las alcahueterías– murmuró Sánchez
al entrar y agregó en voz más alta.
–Señor Sempronio, éste es el señor Julio Ruibal que viene
en reemplazo del señor Ramírez –y volviéndose hacia Julio
agregó –lo dejo en... ejem.... buenas manos... pero ¡ojo!– y se
retiró.
–Este Sánchez es un bromista incorregible – rió Sempronio
dando la mano al recién llegado.
Enseguida anotó sus datos personales en una ficha y lo
acompañó a la Gerencia.
Julio se encontró ante un hombre alto y corpulento de reluciente
calva, pulcramente vestido y rasurado.
–Señor Julio Ruibal, mucho gusto– dijo con voz sonora después
de la presentación hecha por Sempronio, mientras le
extendía la mano –Tome asiento ¿Qué antigüedad tiene
usted en el Banco?
–Un año y ocho meses señor.
–Edad.
–Diecinueve años.
El gerente hizo un gesto de aprobación.
–¿Qué tareas desempeñaba en casa matriz?
–Últimamente estaba en Cuentas Corrientes, con anterioridad
en Depósitos Originarios.
–Bien, vamos a empezar por lo que ya conoce. Pero más
adelante tendrá que aprender todos los trabajos porque aquí
es distinto que en casa Matriz donde es común que un empleado
pase años en la misma oficina desempeñando la
misma tarea. En las sucursales, salvo las muy grandes, los
auxiliares deben estar preparados para colaborar donde hagan
falta: Archivo, Tesorería, Asuntos Legales, etc.
Apretó uno de los cinco o seis timbres que tenía sobre el
escritorio y no tardó en aparecer precisamente Sánchez.
–Señor Sánchez, el señor Ruibal es el reemplazante del
Señor Ramírez –dijo a modo de presentación.
–Si, ya nos conocemos, –dijo el señor Sánchez.
–Va a trabajar con usted por ahora y dirigiéndose a
Sempronio –preséntelo al resto del personal.
–Señor Ruibal –agregó volviéndose hacia éste– estamos
pasando una época de mucho trabajo y espero que sea usted
un eficaz colaborador.
Con un franco apretón de mano dio por finalizada la entrevista.
Salieron del despacho y emprendieron una especie de gira
de presentación por las distintas dependencias del Banco
hasta que finalmente arribaron a la oficina de Cuentas Corrientes
donde Sempronio dio por terminada su misión y se
retiró.
Sánchez presentó el nuevo compañero de trabajo a sus
tres empleados.
–Gumersindo Romero alias el Gordo. Un buen muchacho
pero, un consejo de amigo, no lo invite a comer...
El gordo estrechó cordialmente la mano de Julio.
Este es el flaco Giménez, el filósofo, también buen muchacho,
macanudo; a éste lo puede invitar a comer pero no
se le ocurra invitarlo a tomar cerveza.
–Se da cuenta la clase de Jefe que tenemos? – repuso el
presentado sonriendo.
–Y por último, prosiguió Sánchez, volviéndose hacia un
rincón donde un hombrecito muy morocho de abundantes
cabellos negros y grandes bigotes del mismo color, sentado
junto a una mesita ensobraba correspondencia – Aquí tenemos
el puntal de la oficina y de la institución Abu Hassan
Alí.
–Mucho gusto.
–¿Quiere saber cómo de Turquía vino a dar a Los Cardales?
Julio sonrió asintiendo.
–Resulta que un “baisano” de Alí con negocio de bazar en
Santiago del Estero le escribió llamándolo para que viniera
al país a trabajar con él, pero éste al llegar a Buenos Aires
había perdido el papelito donde tenía anotada la dirección, y
como todo el castellano que sabía se lo había enseñado en el
viaje un napolitano que había estado antes en el país vaya a
saber por qué milagro de Dios buscando a Santiago del Estero
cayó a los Cardales y ya estaba por tomar el tren de vuelta
gracias a otro “baisano” que encontró aquí y lo aleccionó,
cuando vio una criollita que lo volvió loco de golpe, tan loco
que se quedó, buscó trabajo aquí, lo encontró, se casó y ahora
es uno de los culpables de la explosión demográfica del
planeta. Tiene once hijos. Cuando entró de ordenanza al
Banco tenía cinco; hace seis años.
El aludido se limitaba a sonreír mostrando unos fuertes
dientes blanco-amarillentos y no sabiendo qué decir volvió
a su tarea.
–Bueno – prosiguió Sánchez – aquí cada uno tiene su historia...
Si me pongo a contar la del gordo... o la del flaco este...
Lo mejor es que nos pongamos a trabajar.
A mediodía el gerente, que salía, al pasar frente a la oficina
de Sánchez se detuvo un momento y llamó a éste.
–¿Cómo anda el nuevo empleado?
–Muy bien señor, es muy rápido y seguro se ve que este
trabajo lo domina completamente.
–Bueno, se quedará con usted hasta que la oficina esté al
día. Tengo entendido que es estudiante...
–Si, de Ciencias Económicas.
–¿Habrá venido voluntariamente?
–No sé. No ha dicho nada.
–Porque generalmente, y usted lo habrá comprobado más
de una vez, cuando de casa matriz mandan empleados en
permuta se suelen desprender de los más inútiles.
–Pero en este caso...
–En fin, mejor así. Bueno, hasta luego.
–Hasta luego, señor.
Un mes después, un atardecer, a la hora en que el sol solo
doraba la torre de la Iglesia, el reloj de la Municipalidad y
alguna que otra alta copa de pino o ciprés y el calor había
cedido y un agradable olor a tierra mojada exhalaban la plaza
y las calles recién regadas, en el veredón de “La Central”
sentados alrededor de una mesa estaban Ruibal, Sánchez,
el flaco Giménez y el gordo Gumersindo con un balón de cerveza
frente a cada uno.
El apacible silencio que reinaba momentáneamente entre
ellos fue roto de pronto por Giménez, el indiscreto del
grupo.
–Dígame, Ruibal, como es que un muchacho como usted,
con su preparación, su capacidad, su edad... y ¡esa pinta!
Vino voluntariamente a enterrarse a este pueblucho donde
no hay nada.
–Quien dice que no hay nada –sonrió Julio– siguiendo con
la mirada un delicioso grupo de chicas que pasaba por la
plaza frente a ellos.
–No haga caso – aconsejó Sánchez –el flaco este es más
curioso que comadre de conventillo. Sus razones tendrá para
estar aquí y no tiene por que decírselas al bocinon este.
– Bocinon tu abuela.
–La verdad es que no hay que hacer ningún misterio de
los motivos de mi venida. A un gato se le ocurrió cruzar una
calle en Buenos Aires un día lluvioso y... aquí me tienen.
Ante la mirada sorprendida e intrigada de sus compañeros
Julio continuó:
–Mi padre salió de garantía a un vecino de años, por una
suma para nosotros considerable y cuando acordó, el tipo se
había hecho humo sin dejar rastros. Lo único que dejó fue
el tendal. Lógicamente mi padre tuvo que afrontar la deuda
y estaban por rematarnos la casa cuando supe de la permuta
esta. No se si están enterados de que Ramírez ofrecía, por
intermedio de un amigo que tiene en Casa Central, una
buena suma por ella.
–Nunca dijo nada pero sabemos que tiene mucha plata.
–Con eso y algo más salvamos la casa y aquí estoy.
Quedó flotando en el ambiente una incógnita.
–¿Y el gato? – después de vacilar, vencido por la curiosidad,
preguntó Gumersindo con cierta desconfianza.
Pero no había tal broma oculta.
–Mi padre tenía que viajar a Rosario –continuó diciendo
Julio– y permanecer allí unos meses al frente de la nueva
sucursal de la inmobiliaria en que trabaja pero en el camino
a Retiro dimos con un camión que patinó y quedó atravesado
en la calle; lloviznaba y el pavimento estaba mojado. Yo
no pude dar marcha atrás porque se produjo un matete de
vehículos atrás nuestro y quedamos encerrados. “Por no
aplastar un gatito” decían unos que explicó el camionero
mientras maniobraba para enderezar el camión. El asunto
es que mi padre perdió el tren y decidió viajar a la mañana
siguiente y esa noche cayó el punto con todos los papeles
preparados y lo agarró mancito y le sacó la firma y no le sacó
hasta la camisa porque no quiso. Por eso digo que si a ese
gato no se le hubiera ocurrido cruzar la calle, mi padre no
hubiera perdido el tren y se hubiera salvado del estafador y
yo a estas horas no tendría ni noticias de la existencia de
este pueblo.
–Cuando las cosas tienen que suceder... –comentó
Sánchez–. Ahí lo tiene al turco Alí, pierde un papelito y en
lugar de estar en Santiago del Estero llenándola de turquitos
lo tenemos aquí en igual función.
–Eso de que lo que sucedió “tenía” que suceder no es así –
refutó Giménez con cierta vehemencia – los sucesos se
suceden sucesivamente por azar.
–Menos mal que no sos ceceoso –cortó Sánchez.
– ... porque algo “tiene” que suceder. Los sucesos se generan
unos de otros, se enganchan como los eslabones de una
cadena. Si fuera posible volver atrás el tiempo, ninguno de
los sucesos se repetiría igual. La cadena se rompería en el
momento de repetir el tiempo, de iniciar la repetición para
formar otra cadena diferente que de volver atrás volvería a
romperse.
Se acerca un jovencito amigo de los cuatro.
–¿Qué tal?... ¿qué sucede aquí que oigo ruidos de rotas cadenas?
–Es éste – contestó Sánchez con fingido mal humor - que
se ha venido peor que nunca. Ahora le ha dado por encadenar
suceso romper cadenas... que se yo...
–Ahí tienen a este mozo Ruibal –continuó Giménez sin
darse por aludido–. Supongamos que se pone de novio con
una chica de este pueblo, cosa perfectamente posible y normal,
y se casa con ella y tienen hijos y con el correr del
tiempo nietos y después bisnietos...
–¡Parate viejo! ¡Frená! No corras tanto –exclama el recién
llegado....
–... pues todos esos seres le deberán la existencia a un
gato que en su determinado momento se le ocurrió cruzar
una calle de Buenos Aires.
El jovencito miró a los otros con interrogante alarma y se
alejó precipitadamente.
–Tal vez –convino Julio– pero muchos gatos van a cruzar
la calle antes de que...
Se interrumpió de pronto y no pudo evitar el ponerse colorado.
El delicioso grupo que un rato antes había pasado por la
plaza se acercaba ahora por el veredón y dos ojos negros que
ya ha lo habían flechado, esta vez lo golpearon hondo con
una sonrisa de ternura desconocida.
–Adiós – saludaron ellas a coro al pasar.
–Adiós – contestaron tres, porque Julio aún no había descendido
de la rosada nube.
Con su habitual pachorra Gumersindo musitó:
–Me parece que no van a cruzar muchos gatos antes de
que... – su cachaza le impidió terminar la frase.
–Al final va a resultar un gato casamentero – bromeó
Sánchez.
Giménez que, absorto en sus ideas, no había notado nada,
luego de vaciar el balón y hacer la clásica seña al mozo indicando
con el pulgar el fondo del vaso prosiguió:
–Si el tiempo retrocediera, como dije, para luego volver
sobre sus pasos, las probabilidades del encuentro entre el
camión y el gato, con el agregado del pavimento resbaloso
por la lluvia y de que el camionero fuera un hombre humanitario,
sería de uno en millones de millones pues esa coincidencia
fue la culminación de muchísimas otras.
–Cada vez que empina arremete con más bríos –comentó
Sánchez.
–Si se pudiera hacer retroceder el tiempo como se hace
con el cuenta kilómetros de un auto usado que se quiere
vender, de modo que volviera a pasar por los mismos años,
ningún hecho volvería a suceder exactamente igual. Hasta
los hombres y las mujeres que hoy pueblan la tierra serían
otros. Y un ínfimo hecho o suceso al no repetirse exactamente
igual puede no solo modificar el destino de un hombre,
de un pueblo, sino hasta cambiar la historia del mundo
de ahí en adelante y a través de los tiempos.
Una estruendosa ovación cayó sobre las últimas palabras.-
Hubo palmadas. Algunos amigos sin que él se diera cuenta
habían ido arrimando sus sillas y otros agrupándose alrededor
de la mesa.
Sánchez con cara desolada se lamentaba:
–Y lo tengo que aguantar todos los días en la oficina.
– ... y hay un eslabón fundamental, según como se tome,
continuó Giménez paladeando el primer trago del cuarto
balón y dándose cuenta de que a pesar de las bromas era
escuchado –. Y aquí puso gran énfasis en las palabras – y es
el justo momento conceptivo –recalcó la palabra “conceptivo”–.
Si éste por alguna causa se adelanta o atrasa en cuestión
de minutos o aún segundos, el individuo nacido al cabo
de nueve meses no sería el mismo que hubiera sido sin ese
atraso o adelanto, podrá ser parecido por razones de herencia
pero no el mismo porque la combinación del los genes
que es la que determina las características del futuro ser
se produce en el momento justo del acto conceptivo y ante
cualquier adelanto o atraso de dicho acto la combinación ya
no será la misma.
–Yo comparo la combinación de los genes a lo que ocurre,
en un calidoscopio: cada pequeño giro nos muestra una distinta
figura y aunque luego le demos un millón de vueltas
ninguna vuelve a repetirse exactamente. Así de esa combinación
de genes en el acto conceptivo puede resultar un genio
en casos rarísimos, un hombre común con mayor o menor
grado de inteligencia en la inmensa mayoría o un tarado,
también en casos raros, salvo entre los concurrentes a la
Central – terminó afirmando enfáticamente mientras se llevaba
a los labios el balón deleitándose con un largo sorbo.
–¿De donde sacará estas lucubraciones? – se preguntó uno
aprovechando la tregua.
–Lo que es la cerveza – murmuró otro.
–Hay que leer, reflexionar y saber sacar conclusiones –
dijo Giménez volviendo a poner el vaso sobre la mesa – Ustedes
aunque tomen un tonel de cerveza no van a sacar
nada de ese adoquín que tienen para ponerse el sombrero.
–¡Déjenlo! No le corten la inspiración. ¿Dónde ibas a parar?
–pregunta otro haciendo una seña al mozo.
Giménez paladeó la cerveza y luego prosiguió:
–Les voy a poner un ejemplo: supongamos que en el momento
en que los padres de Napoleón Bonaparte iban a iniciar
el acto conceptivo que dio origen a éste, alguien hubiera
llamado a la puerta y el viejo Bonaparte se hubiese levantado
para ver quien era.
–Las que habría echado el viejo...
–Déjenlo que siga a ver en que termina el Napoleón éste.
–Si, don Carlos María se hubiera levantado – repitió pacientemente
Giménez – mascullando todas las expresiones
propias de las circunstancias y luego se hubiera consumado
el postergado acto conceptivo, al cabo de nueve meses
hubiera nacido un niño, o una niña, pero en el caso de ser
varón se hubiera llamado Napoleón Bonaparte y que posiblemente
con el correr del tiempo hubiera llegado a ser un
buen ciudadano corso y nada más y nosotros jamás nos hubiéramos
enterado de su existencia y por el simple llamado
a una puerta la historia de Europa y del mundo hubiera seguido
otro curso.
Otra explosión de aplausos y bravos y palmadas esta vez
más estruendosa que la anterior subrayó las últimas palabras.
El auditorio había ido aumentando considerablemente.
–Y lo que digo de Napoleón lo digo de Alejandro Magno, de
Atilas, de César Bruto...
–¡Julio César, animal!
–Y tantos otros entre los que ha habido grandes genios y
hombres benefactores y nefastos para la humanidad y cuya
existencia dependió de un justo momento conceptivo.-
Aquí metió la cuchara el inefable Angelito.
–Entonces si no hubiera nacido Colón andaríamos con plumas?
–¡Pero mirá que sos bruto! Repuso con impaciencia Giménez
entre risas de los demás –a esta altura del partido lo mismo
ya se hubiera descubierto, colonizado e independizado América.
En todo caso serías gallego. Porque hay que aclararagregó
ahora dirigiéndose en general –que la generación que
pudo haber nacido en lugar de la actual no se hubiera diferenciado
mayormente de ésta porque su nivel intelectual
hubiera sido el mismo y si por detalles nimios hubieran dejado
de aparecer o nacer los grandes genios y hombres benefactores
o nefastos que hemos tenido o tenemos, hubieran
nacido otros, posiblemente de su misma talla que también
por detalles nimios no fueron concebidos.
–¡Si a tu viejo le hubieran golpeado la puerta!...
Giménez no se dignó responder a esta profunda reflexión.
La conferencia continuó y los balones se sucedieron. Anochecía.
Ya no quedaba una mesa desocupada en el veredón,
la plaza estaba en su máxima animación, la banda arremetía
entre el “um pepe” y el “chinda chinda”. Se iban encendiendo
las luces de la calle, de la plaza, de las vidrieras, de
“La Elegancia Argentina”, del bar y pronto fulguró el gran
letrero luminoso de “La Central” único en el pueblo.
Giménez comparaba la humanidad con una inmensa lotería
cuyo bolillero conteniendo millones de bolillas funcionaba
continuamente.
–Juancito –llamó uno de los que rodeaban la mesa de parados,
apartándose algo– servile otro balón.
–Ya van siete – protestó el mozo.
–Y qué hay... cargalo a mi cuenta.
–Cómo que hay... Ustedes cuando quieren se van a sus
casas tranquilos y nosotros después tenemos que aguantarlo
aquí quien sabe hasta cuando. La otra noche ya teníamos
que cerrar y éste con el negro Rodríguez y Cosme
¡estaban discutiendo sobre medicina! Que los médicos norteamericanos,
que los alemanes, que los rusos, no se ponían
de acuerdo sobre cuales eran mejores. Al final me
nombraron árbitro a mí ¿se da cuenta? Y yo para que se
fueran de una vez tuve que decidir ahí nomás quienes eran
los mejores médicos del mundo.
–Está bien, Juancito pero vos sos ancho, andá servile otro
balón.
Pronto el nuevo y fresco y rebosante balón número ocho
estimuló la sed y la inspiración del conferenciante. Pero ya
la hora de cenar se acercaba y los oyentes empezaron a ralear
y a dispersarse en distintas direcciones. Sánchez había
desaparecido como por arte de magia.
La plaza fue quedando desierta.
Se oyeron algunos “chau Conceptivo”, “Hasta mañana Conceptivo”,
“Saludos a Josefina”.
Solo el pachorriento Gumersindo no daba señalares de
querer moverse. Julio se puso de pie e hizo un ademán de
despedida y después de dar unas palmaditas al disertante
se alejó mientras éste, sin preocuparse por el éxodo, bendecía
en voz alta el justo momento conceptivo que dio origen a
Beethoven, Shakespeare, Poe, Cervantes, Sarmiento, etc.,
etc., etc.
“Y Haydée” (así se llamaba la divina morocha) –agregó Julio
para sí mientras cruzaba la plaza ya vacía–. ¡Y por qué no
al gatito? Al fin y al cabo no la hubiera conocido sin la intervención
del callejero animalito.
Ha pasado mucho tiempo. El año no importa. Es nochebuena.
En el living comedor de la casa de Julio Ruibal en Bahía
Blanca, alrededor de la mesa a la que hubo que agregar todas
las tablas, está la familia reunida. Algunos de los hijos
y nietos han tenido que viajar muchos kilómetros para estar
esa noche allí.
Julio con sus casi ochenta años bien llevados, aunque su
tupido cabello castaño claro de otrora está ahora ralo y blanco,
ocupa su sillón favorito algo alejado para no tentarse demasiado
y desde allí contempla complacido, nostálgico y con
una vaga sensación de misión cumplida la alegre y bulliciosa
escena. Ahí está Haydee su compañera de más de medio
siglo. Su cabellera luce blanca como la nieve pero sus negros
ojos conservan la ternura de siempre. Ríe de las ocurrencias
de sus hijos y nietos y se desvive por atenderlos
pero por lo visto no la dejan hacerse el gusto. Dos hijos y
una hija con sus respectivos cónyuges y ocho nietos arman
una tremenda algarabía.
En un canasto adornado con moños celestes, a pesar del
ruido, duerme plácidamente el biznieto Julio IV de seis
meses mientras su hermanita de dos años Mariana explora
por su cuenta los rincones de la habitación.
Julio Alberto el hijo mayor alto y corpulento, parece presidir
la reunión con su voz de trueno.
Julio sonríe recordando el arribo del primogénito al mundo.
Adelantándose el nacimiento varios días coincidió justo
con su regreso de Buenos Aires adonde había ido a la entrega
de títulos en la Facultad de Ciencias Económicas y de
donde volvía con su doctorado muy orgulloso.
Esa vez llegamos juntos a Los Cardales, y el título quedó
por ahí olvidado, recordó.
Hace de esto la friolera de 54 años –siguió evocando–. Quiso
ser médico y volvió de Buenos Aires con el título y una
linda porteña. Y pensar que su hijo Julito ya tiene 26 años y
ya es médico también y casado y con dos hijos! ¡El gurrumín
ese! ¡Como pasa el tiempo! Su mirada se posa en el otro hijo
Jorge Luis varios años menor que su hermano, alto y delgado,
que en ese momento bromea con su mujer y Haydecita
su hermana. Jorge Luis siempre tuvo carácter alegre. Decíamos
con Haydée que nos había traído suerte, pues enseguida
de su nacimiento me ascendieron a Tesorero y luego
a Contador. Hacía doce años que yo estaba en los Cardales.
Jorge Luis era delicado, crecía como un junco tal vez por eso
mismo. La preocupación de Haydée durante el rigor del invierno
era su bronquitis... gracias a esos cuidados ahora
está hecho un roble.
En ese momento se acerca Haydée y se sienta a su lado.-
–¡Qué tipos! –exclama–. Cómo me han hecho reír esos locos.
Pero no me dejan hacer nada.
–Me parece bien para eso son jóvenes.
–Daniel está impagable.
–Lo ascendieron otra vez y merecidamente. Está haciendo
una gran carrera en el Banco. Y pensar que si no hubiera
sido por la amistad que me ligaba a su padre, que era una
gran persona, no lo hubiera tomado y mucho menos como
secretario. Mirá que era calaverón el mozo... y no era precisamente
el inventor del trabajo... más volador que una golondrina.
A veces llegaba a mi despacho con cara de no
haberse acostado.
–Pero vos decías que cuando se ponía a trabajar...
–Si, eso sí, compensaba todo con su enorme capacidad para
el trabajo... su rendimiento era grande... cuando se ponía...
–¡Y como cambió después!
–Por él empecé a creer en los milagros.
–Los únicos milagros que se ven hoy en día son los que
hace el amor.
–Y esta bandida de Haydecita que iba a visitarme cada vez
más seguido a mi despacho.
–Yo me había dado cuenta desde el principio de lo que ocurría
pero no quería decirte. No sabía como lo ibas a tomar.
–La verdad es que Daniel como marido de mi hija, en aquel
tiempo, ni regalado. Claro las cosas cambiaron después.
Ahora se pasó al extremo opuesto. El otro día presencié una
trifulca en su casa. Danielito llegó con dos aplazos. ¡¡Dos
aplazos!! ¡¡Es inconcebible!! le bramaba al muchachito con
una indignación y una severidad tan sinceras que me causaban
mucha gracia. Con tal que a Danielito no se le ocurra
indagar en los archivos del colegio...
Una explosión de carcajadas los interrumpe y atrae la
mirada y la atención de ambos hacia la mesa alrededor de
la cual catorce comensales entre grandes y chicos mezclaban
sus gritos y risas en confusa algarabía.
–¡Cómo se divierten! –murmuró Julio–.
–Es cierto, pero nosotros también nos reíamos así cuando
éramos jóvenes. Acordate como nos divertíamos en el club
Los Cardales.
Julio sonreía.
–Cuando te estaba arrastrando el ala... ¡Parece ayer! Tenía
unos cuantos rivales...
Ella lo mira sonriente y sus ojos le dicen : “Para mí vos no
tenías rival”.
Se quedan callados con la mirada perdida.
En ese momento no oyen el bullicio de la mesa. Sus espíritus
están muy juntos y muy lejos en el tiempo y la distancia.
Ella sonríe evocadora.
–¿Te acordás de las serenatas, Julio?
–Con el gramófono de Geromito el peluquero?... Se lo alquilábamos
por cinco pesos... Unos golpecitos en tu ventana
y: “Obsequio de Julio Ruibal para la señorita Haydee” era
la fórmula y enseguida brotaban las notas del tango “Vida
mía” de Fresedo. Después le tocaba el turno a Fernández
que le dedicaba a tu hermana el vals “Desde el alma”. No
había mucho para elegir.
–El gramófomo de Geromito era famoso entre las chicas.
–Una noche de invierno por consejo de Giménez que también
tenía su “peor es nada” llevamos una botella de caña
para combatir el frío. Esa vez la última serenata se la dimos
con el sol alto a una vieja que estaba lavando ropa en una
batea frente a un rancho.
–¿Y los carnavales Julio? Yo pensaba que a vos que llegabas
de Buenos Aires te parecería pobre el corso; a mí me
gustaba.
–Y a mí. Había más alegría amontonada en esas dos cuadras...
–Tres, Julio.
–... que en todos los inmensos corsos juntos de Buenos
Aires ¿Te acordás de los concursos de palcos?
–Una vez me dijiste que el palco mejor adornado era el de
mi familia. Yo te pregunté ¿por qué? Si es un palco simple
con algunas guirnaldas y nada más. ¿Y usted? Me dijiste y
te pusiste todo colorado – ambos ríen de buena gana.
–Pero para los demás – prosigue ella – mi persona como
adorno no significaba nada porque el primer premio se lo
llevaba casi siempre Digiovanangelo, el sastre.
–Es que el gringo elucubraba cada creación que a los de la
comisión les parecía geniales. Acordate de aquel palco que
tituló “Mefistófeles”.
–Si, que las llamas estaban imitadas con diarios pintados
de rojo y amarillo. Estaba bastante bien pero él disfrazado de
diablo era un horror.
–Los saltos que daba el gringo pinchando a doña Angulina
y a las hijas y a las costureras con un tridente de cartón. El
negro Rodríguez cada vez que pasaba como al descuido se
paraba en la punta de la cola y lo frenaba en seco. Tuvieron
un serio altercado.
–¡Cómo se reía doña Angulina cuando la pinchaba, decía
que era muy cosquillosa!
–La verdad es que como infierno era bastante alegre y divertido.
Pero al año siguiente se superó con “Orgias de
Nerón” ¿te acordás? Los condenados pasaron a ser matronas
romanas mediante unas sábanas. Doña Angulina se
había envuelto en una de dos plazas.
–¡Qué mujer enorme! En cambio él tan chiquito y esmirriado
y disfrazado de Nerón!
Ambos evocan gozosamente la magra figurita del italiano
luciendo una gran corona de laureles y envuelto en una
sábana reclinado indolentemente sobre unos cajones cubiertos
con una vieja cortina de cretona y pulsando una lira
de cartón dorado y piolines.
–¿Cómo le decían a doña Angulina esa noche?
–La estatua de la libertad descansando. Fueron para el
gringo noches gloriosas. Lástima que la última la embarró.
Quiso imitar a su predecesor y casi se le quema la casa.
–¡También que imprudente!, ¡con la cantidad de serpentinas
que había en la vereda!
–Nunca me voy a olvidar la cara de despavorido de Nerón
cuando apareció en la Central con la corona requintada pidiendo
socorro a gritos. Tuvimos que dejar la cerveza y salir
corriendo con tachos y baldes. Tu papá había dado permiso
para que sacáramos agua del molino. Le dejamos el patio y
el jardín a la miseria.
–Ustedes no tenían la culpa, hacían lo que podían. Con
todo se divirtieron bastante esa noche.
–Fue un número fuera de programa ¡Los baldazos que recibió
Nerón! que luchaba en primera línea, por mala... puntería
sería?
–Mala intención, decí.
–La corona le chorreaba. El negro Rodríguez decía que era
para calmarlo.
Después de un silencio, Julio agregó:
–Pero para mí no había nada como aquellos paseos campestres
que se hacían los domingos en el puesto de Zalazar.
–Uno de esos domingos me dijiste que cuando estuviéramos
solos me ibas a decir algo muy importante.
–¡Y cuando llegó el momento!... ¡ Y mirá que me había preparado!
Me agarró una carraspera ¿te acordás? Mi garganta
parecía un camión empantanado.
–Y las cejas te temblaban... te hacían así –dijo ella con
risa juvenil.
–¿Pero al final que te dije?
–Qué se yo... solo sé que te contesté que sí... Después ganaste
la carrera de natación a lo largo del arroyo, la carrera
de a pie, el salto en alto, en el partido de fútbol hicistes no
se cuantos goles ¡que resistencia! ¡Dios mío!
–Me sentía como caballo de carrera dopado. Solo me faltaba
relinchar.
Una espontánea y cristalina carcajada brotó de la garganta
de ella.
–¡Que fuerte y que ágil eras, Julio! Yo estaba orgullosa aunque
trataba de disimularlo porque nadie sabía lo nuestro.
–Eso creíamos.
Por un momento quedan como envueltos en un silencio
cargado de añoranzas.
–Me gustaría volver a ver aquello. Desde que murió tu papá
y trajimos a tu mamá con nosotros no hemos vuelto hace...
hace... veintisiete años, pero hace más que salimos de Los
Cardales. Fue cuando me trasladaron de subgerente a
Balcarce pero... ¿cuánto hace que yo llegué a Los Cardales?
–No saques la cuenta Julio por favor.
–Parece que fue ayer cuando cruzaba la plaza para presentarme
en la sucursal. Era una linda mañana, fresquita.
Yo estaba nervioso no se porqué. Me acuerdo como si ahora
fuera cuando llegué a la esquina de la plaza; en ese momento
varios empleados abandonaban una mesa en el
veredón de La Central y cruzaban la calle apurados para
entrar en el Banco. Detrás de ellos entré yo. Eran Sánchez,
Giménez, Gumersindo, Rodríguez y otros. Después llegamos
a ser grandes amigos. Recuerdo que en ese momento yo era
el empleado más joven de la sucursal. Después pasó el tiempo
y cuando llegué a contador era el más antiguo.
–¿Giménez habrá escrito su famoso libro filosófico con el
que nos amenazaba siempre?
–Tenía algunas reflexiones que hacían pensar. Sánchez
mismo lo decía... El otro día me encontré con el doctor
Etchenique –prosiguió Julio ya embalado en sus recuerdos–
que estuvo en Los Cardales hace poco. Dice que lo encontró
muy cambiado, que el pueblo está mucho más grande, que
han pavimentado las calles. Fue a La Central a tomar un
café y se encontró con una pizzería moderna llena de espejos.
No conocía a nadie. Hasta los dueños eran otros.
En ese momento Haydee tiene que levantarse apresuradamente;
Marianita ha conseguido abrir un mueble bajo,
donde se guardan los juegos de porcelana, y está a punto de
introducirse provocando un desastre irreparable. Por suerte
la bisabuela consigue agarrarla a tiempo y se la lleva
para cambiarla. Mientras tanto Julio vuelve a sumergirse
en sus añoranzas y los recuerdos lo van llevando a través
del tiempo... más allá de Los Cardales, hasta una tarde
lloviznosa en la que en el viejo Ford de la familia llevaba a
su padre a la estación Retiro. Ha entornado los ojos.
De pronto se hace un silencio en la mesa y alguien dice:
–El abuelo se quedó dormido.
–Nooo– es la inmediata y sonora respuesta que provoca
risas.
Enseguida se encuentra rodeado de juveniles cabezas castañas
y morochas y de ojos claros y negros. Rodolfo, el hijo
mayor de Jorge Luis, alto y espigado de ojos muy claros y
que a juzgar por viejas fotografías es el vivo retrato de su
abuelo cuando éste tenía su edad, se planta delante de él
mirándolo con atención, algo intrigado.
–¿Estás triste abuelo?
–No m’hijo. Por qué voy a estarlo. Pensaba...
–Y en qué pensabas? –pregunta Teresita hija de Haydeecita
y curiosa como la madre.
–En muchas cosas. A veces a los viejos nos gusta pensar
en cosas de antes. Pensaba en amigos y en lugares que hace
mucho que no veo, pensaba en ustedes... y en un gatito que
hace sesenta años se le ocurrió cruzar una calle de Buenos
Aires.
–¿Y tiene algo que ver con nosotros ese gatito?
–Creo que sí y mucho, pero vayan que la abuela está por
repartir los regalos.
Y la juvenil bandada corrió a rodear a la abuela y al árbol
de Navidad.

DON FAUSTO

Estaba yo pasando unos días en casa de unos parientes
de un pueblo de la provincia de Santa Fe, ubicado a orillas
del río Paraná.
Soy gran aficionado al arte fotográfico; tan aficionado como
mal fotógrafo; vale decir: muy, pero muy aficionado.
Una tarde decidí sacarle unas fotografías a don Fausto
Alarcón, un viejito muy criollo, muy típico, que tenía su rancho
al pie de las barrancas, cerca del pueblo. Vivía en la
mayor pobreza porque su edad no le permitía casi trabajar,
pero me habían advertido, que no le ofreciera dinero por que
para él la limosna era el peor insulto que se le podría hacer.
Algunas changuitas livianas como limpiar de yuyos los
jardines, barrer las hojas secas en otoño, vender algunas
verduras que él mismo cultivaba, le permitían sobrevivir.
Llegué al borde de la barranca y desde allí vi su blanca
melena virgen de peine. Estaba sentado, chupando la bombilla
y mirando ensimismado el río.
Mientras yo bajaba torpemente por el viboreante sendero,
me oyó y sus descoloridos ojitos abandonaron las islas y se
volvieron hacia mí.
–Buenas tardes don Fausto– exclamé jovialmente; llegando.
–Güenas, si gusta – dijo mientras echaba agua al mate.
–Gracias don Fausto, el mate me produce acidez.
–¿Qué te trai por aquí?
–Ando sacando fotografías y me gustaría sacarle unas a
usted.
–¿Y que tengo que hacer?
–Nada, quedarse como está.
–Si eh así...
Tenía una vocecita algo aguda un poco cascada pero alegre
y cordial. Era más bien pequeño y lo poco de la cara que
dejaba ver su blanca e hirsuta barba estaba curtidísimo, oscuro
y arrugado, pero en sus descoloridos ojitos brillaban
chispitas de inteligencia y vivacidad.
Le hice algunas tomas, de frente, de perfil, con el fondo de
las barrancas y del río y guardé la máquina casi convencido
de haber hecho una buena contribución, en mi inagotable
optimismo, al arte fotográfico (hasta que la revelación se
encargara de revelarme todo lo contrario).
Junto al rancho crecía un viejísimo ombú cuyos raigones
semejaban a un gigantesco y retorcido pulpo. Me senté sobre
uno de los tentáculos y saqué cigarrillos.
–¿Fuma don Fausto?
–No puedo darme ese lujo.
–Sírvase– insistí.
–No, gracias, ya perdí el vicio. Prefiero éste –dijo alzando
el mate–. ¿Usted no es de acá no?
–No, estoy de paseo. Pero me llevo buenos recuerdos –
dije tocando el estuche de la máquina fotográfica.
Conversamos... Conseguí que me hablara algo de él.
Había nacido en las islas y pasado en ellas casi toda su
vida. Había sido nutriero, cazador, pescador, en cierto tiempo
transportó en su canoa leña de sauce al pueblo; vida sencilla,
primitiva, ruda, solitaria pero libre, libre como los
pájaros, libre en toda la extensión de la hermosa palabra;
hasta que los años le hicieron sentir la necesidad de acercarse
a sus semejantes.
Me señaló su vieja canoa.
–Es de cedro del güeno –aclaró como para que no tuviera
en cuenta su decrépito estado– si me habrá acompañao
años. Cuando las crecidas grandes hasta comía y dormía y
mateaba arriba de ella. La canoa es para el islero como el
caballo para el resero.
Mientras tanto la tarde había ido avanzando. La sombra
de la barranca se estiraba ya sobre el río. Don Fausto fue
hasta el bracero y destapó una cacerolita de la que salió un
agradable olor a caldo de verduras.
–Esta es mi cena –dijo, y entrando al rancho, salió enseguida
con una pequeña lata de la que trató de echar los últimos
restos del contenido al caldo, pero observé que era muy
poco lo que pudo sacar.
–¡Cosa que me gusta! –dijo con un brillo de placer en sus
ojitos– es el caldo con salsa de tomate. Para hoy tengo, pero
es un lujo que no me puedo dar moi seguido. A veces compro
una latita y la hago durar unos días y después tengo que
aguantarme una semana o más antes de comprarme otra.
Asigún.
Me lo decía con su vocecita aguda y alegre, parecía que ya
estaba gustando, saboreando su sopa con salsa de tomate.
–Si yo fuera rico –afirmó– nunca me iba a faltar una latita
de salsa de tomate pa la sopa.
Me quedé mirándolo en silencio... “si yo fuera rico”... mientras
el seguía revolviendo su precioso líquido. Oscurecía. Me
puse de pie y me despedí prometiéndole mandarle copias de
las fotografías, y arremetí contra el empinado sendero. Desde
arriba le hice un saludo con el brazo al que contestó agitando
la cuchara. El sol acababa de ocultarse.
Contra el rojizo telón que se alzaba sobre el horizonte se
destacaban las oscuras cina-cinas. Tras las islas se asomaba
la noche. Anduve unas cuadras. Empezaban a encenderse
algunas luces cuando llegué a las primeras casas del
pueblo. Vi un almacén y entré y compré un cajón de latas de
salsa de tomate encargándole al almacenero que a la mañana
siguiente bien temprano, se las llevaran a don Fausto.
Y seguí mi camino hacia las casa de mis parientes, en el
centro del pueblo, satisfecho de haber contribuido a la felicidad
de ese simpático viejito, que bien se lo merecía. Sin
embargo al recordar ahora esto que acabo de narrar, empezó
a morderme una duda, una terrible duda, en esa oportunidad
¿hice un bien o cometí un gran error? ¿contribuí a la
felicidad de don Fausto o se la destruí? Desgraciadamente
es posible que haya ocurrido esto último, porque el viejito
se sentía, y era, feliz al agregar a su sopa unas cucharadas
de esa preciosa salsa después de haberla deseado, saboreado
in mente a veces durante días. Además debía moderarse
en su consumo para que le durara más y eso la hacía más
apetecible. Pero al encontrarse de pronto en posesión de una
cantidad de latas, para él difícil de precisar, del ansiado
manjar, lo más probable es que el primer día nomás se haya
dado un atracón que lo habrá hartado, saturado, tal vez
indigestado y finalmente hasta repugnado y yo habré sido el
causante de que haya perdido el único motivo de satisfacción
y felicidad que en su sencillo vivir aún le quedaba...
Tal vez el último...

EL DIAGNÓSTICO

Llegué ese lunes a la escribanía donde trabajo quejándome
de un fuerte dolor en el hombro derecho. Lo atribuí a
que el domingo a la tarde había jugado varios partidos a la
pelota a paleta, el último sobre todo terriblemente reñido. A
pesar de las fricciones y fomentos calientes aplicados en
casa antes de salir a mediodía el dolor me impedía escribir
a máquina y hasta me costaba hacerlo a mano.
–Tenés que ver un médico –me aconsejó Rodríguez– yo
conozco uno: el doctor López Aguirre de Devoto ¡Es una fiera!
Con esto mi compañero de tareas quería expresar que dicho
médico era una luminaria de la ciencia y agregó:
–Para el diagnóstico es una pantera – con lo que quería
decir que no se equivocaba jamás.
–Ese dolor que sentís puede ser síntoma de muchas cosas.
– continuó diciendo Rodríguez y se explayó en el prestigio de
que gozaba en todo Devoto el doctor López Aguirre.
Nunca fui aprensivo, pero entre Rodríguez y el dolor del
hombro que me molestaba bastante, consiguieron que esa
tarde a las 19:30 me encontrara en la zona más residencial
de Devoto frente a la mansión de esa cumbre de la sabiduría
médica.
Llamé. Apareció una enfermera impecable.
–Buenas tardes, señor.
–Buenas tardes. ¿Está el doctor?
–¿Tiene hora?
–No. Vengo por recomendación de un señor Rodríguez que
es amigo del doctor.
–Un momento, señor.
Entró. Con seguridad que si no recordaba a mi amigo, a
algún Rodríguez debía conocer.
–Tiene suerte el señor. La persona que tenía turno para
las 19:30 acaba de hablar por teléfono para avisar que no
puede venir, así que el doctor lo va a atender.
Me hizo pasar a una lujosa salita de espera. Mientras
pagaba los treinta mil nacionales que costaba la consulta
no pude menos que pensar en que tal vez hubiera sido conveniente
insistir algo más en las friegas y los fomentos.
–Pase señor.
Entré en un amplio consultorio a cuya izquierda relucía
una vitrina llena de raros y brillantes instrumentos; en el
centro había una camilla y hacia el fondo tras un grande y
lujoso escritorio emergía, no mucho, un hombrecito de edad
madura, canoso y cuyos claros ojitos, tras los espejuelos de
los anteojos, bailoteaban inquietos y observadores.
–Buenas tardes, doctor.
–Buenas tardes. Tome asiento – dijo señalando una silla
que había frente al escritorio.
Avancé algo cohibido a causa de la falta de costumbre de
visitar consultorios médicos y pensando (ahora que ya estaba
en el baile) que un simple dolor al hombro era muy poca
cosa para molestar a este digno sucesor de Hipócrates. Tal
vez hasta se fastidiara.
–¿Su nombre y apellido? – preguntó tomando una ficha en
blanco.
–Jorge Lucero.
–¿Edad?
–28 años.
–¿Domicilio?
–Se lo dí.
–¿Qué le sucede?
–Siento un fuerte dolor en el hombro derecho, doctor –exageré.
Me miró un momento con sus ojitos y cuando yo estaba
temiendo un gesto de impaciencia como diciendo: “Y para
esta insignificancia viene a hacerme perder el tiempo”, me
dijo:
–Quítese el saco y la camisa y tiéndase en la camilla. Lo
voy a examinar.
Obedecí mientras él se ponía de pie y se colocaba el estetoscopio
en los oídos.
Enseguida procedió a efectuar un prolijo examen de mi
pecho y espalda lanzando un “uhu” de cuando en cuando.
–¿Le sigue doliendo el hombro?
–Ya se me está pasando –contesté con cara de culpable.
–Aha... Bien. Puede vestirse.
Su expresión era grave mientras se sentaba y escribía en
la ficha.
–Tome asiento –agregó cuando estuve listo.
Guardó silencio un momento. Sus ojitos seguían
bailoteando tras los espejuelos.
–¿Es usted casado?
–No, Doctor, vivo solo en una pensión.
–¿Tiene parientes?
–Solamente un hermano que está en Norteamérica.
–¿Tiene usted medios como para costearse una intervención?
–No, doctor – repuse ya alarmado – Tengo entendido que
eso cuesta mucho.
El asintió.
–Soy empleado y vivo de mi sueldo.
–Entonces no me queda otro remedio que hablarle con toda
franqueza y claridad. Ese dolor al hombro ha sido el aviso de
una grave lesión cardiaca.
–Pero ya se me pasó el dolor.
–Es como el mensajero, deja su mensaje y se va. Su afección
es de tal magnitud que es casi un milagro que viva. Si
no se interna sus días están contados –mejor dicho en cualquier
momento su corazón puede decir basta –y agregó– Dada
su situación yo no puedo dejarlo librado a su suerte... Es
para mí un caso de conciencia, así que voy a hacer los trámites
para internarlo en un hospital a ver si le prologamos
algo la existencia.
En el primer momento me pareció que estaba soñando y
como en una pesadilla oí sus recomendaciones “No fume,
no beba, coma con mucha moderación, carne asada, verduras,
fruta y sobre todo haga reposo absoluto y espere mis
noticias sobre su internación” –y alargándome la receta que
acababa de escribir agregó– tome este medicamento, 10 gotas
después de cada comida y repito, nada de alcohol ni gaseosas.
Agua pura. La consulta ha terminado.
–Me puse de pie como un sonámbulo–. Gracias doctor, buenas
tardes –murmuré casi inconscientemente.
Pronto me encontré en la vereda en el mismo lugar en
que había estado minutos antes, pero ¡en qué diferente estado
de ánimo!
Hasta hacía menos de media hora el fin de mi existencia
me parecía tan lejano que ni siquiera había pensado alguna
vez en él, y ahora de golpe me veía enfrentando a la muerte
que llegaría súbitamente y a corto plazo.
–¡Adiós Norma querida! –pensé angustiado– ¡se acabaron
nuestros sueños!...
Había anochecido, lloviznaba y solo algún coche particular
pasaba silencioso quebrando la soledad que me rodeaba.
Ningún taxi. Caminé con lentitud, para no agitarme, las
cuatro o cinco cuadras que distaba la estación del ferrocarril.
En el trayecto encontré una farmacia y compré el medicamento
recetado. En el andén observé la gente que
esperaba; algunos bromeaban alegres, otros tenían un aire
tranquilo e indiferente. Con seguridad que ninguno se encontraba
en mi situación.
Al llegar el tren subí sin apuro y me senté junto a una
ventanilla que abrí tratando de hacer el menos esfuerzo posible.
Instintivamente metí la mano en el bolsillo y saqué
un paquete de cigarrillos. Al darme cuenta de lo que iba a
hacer lo estrujé y lo arrojé afuera.
Frente a mí se sentaron dos hombres que hablaban de
carreras y fumaban a mas y mejor.
Se me ocurrió que debían tener un corazón de toro. Al mío
lo imaginaba de un delgado cristal pronto a romperse al
menor choque.
Al fin llegué a mi pieza. Ni miré al espejo del antiguo ropero.
Estaba pálido como un muerto “como un muerto” repetí.
Salí al patio a buscar agua para luego tomar las gotas;
encontré a la mucama.
–¿Quiere hacerme un favor?
–Como no, señor Jorge.
–A la hora de la cena lléveme a mi cuarto un plato de caldo;
es lo único que voy a tomar esta noche.
–¿Qué le pasa? ¿No se siente bien? ¡Qué pálido está! Enseguida
se lo llevo.
Vuelto a mi pieza me tendí en la cama y una tremenda
depresión se fue apoderando de mí. ¿Y ahora qué?...
Yo había llevado hasta entonces una vida despreocupada,
alegre, entre amigos, copas y francachelas y últimamente
como remate había conocido a la chica más dulce y preciosa
del mundo con la que pensaba formar un hogar como Dios
manda.
¡Cuántas veces me habían dicho! “Sos un tipo de suerte...”
y ahora cómo le digo a Norma lo que pasa?... Tendría
que hacerlo pronto, hoy mismo pero... recordé la alegría que
brillaba en sus oscuros ojos cuando nos encontrábamos, lo
confiada que se me prendía del brazo cuando caminábamos
en las tarde por esas calles de Palermo, lo contenta que se
puso cuando le comuniqué que había reanudado los estudios
de escribanía abandonados años atrás cuando mi existencia
carecía de ese faro luminoso que ahora la guiaba. La
última vez que nos vimos (el día anterior) habíamos quedado
en que en cuanto regresara su padre de Rosario, adonde
había ido por razones de su trabajo, cuestión de tres o cuatro
días, yo iría a hablar con él para formalizar nuestras relaciones
y en cuanto me recibiera de escribano nos
casaríamos. ¿Y ahora?... ¿Cómo decirle?... Yo sabía que iba
a sufrir un tremendo golpe que no merecía.
No tuve valor para llamarla. Decidí postergar ese amargo
trago.
Es horrible estar atravesando el período más feliz de la
existencia, haber encontrado el verdadero amor y de golpe
absolutamente de golpe, encontrarse con que todo se esfuma
para siempre y solo nos resta un poquito de vida que se
irá como agua entre las manos.
–¡Cómo puede ser? –me preguntaba mezclando mi desesperación
con rabia al recordar mis tiempos de nadador
velocista– ¿Y cómo no caí muerto ayer durante el último
partido?... ¿Y si consultara a otro médico?...
Pero rechacé la idea. El que me había revisado, viejo y,
seguramente, con vasta experiencia, había diagnosticado
con absoluta seguridad y hubiese sido otro momento espantoso,
tal vez fatal, oír la confirmación de dicho diagnóstico.
Mi corazón no hubiera resistido al escuchar otra vez casi
las mismas palabras...
Unos golpecitos dados en la puerta me sacaron de mi negro
ensimismamiento.
–Pase.
Entró doña Nemecia, la dueña de la pensión; una buena
mujer.-
–Buenas noches, joven Jorge, aquí le traigo el caldo ¿qué
le pasa? – preguntó solícita mientras colocaba la bandeja
sobre la mesa de luz – me dijo Juana que no se sentía bien;
que lo notó muy pálido ¿quiere que llame a un médico?
–Gracias, doña Nemecia, vengo de ver uno.
–¿Y que le dijo?
–El corazón...
–Me imagino que no será grave. Usted es joven y fuerte.
–Eso no significa nada.
–¿Quiere alguna otra cosa?
–No, gracias. Por hoy nada más. Tengo que hacer reposo
absoluto y comer liviano.
–Desde mañana le voy a servir un bifecito a la plancha
con ensalada ¿Qué le parece?
–Me parece muy bien. Es justamente lo que me recomendó
el médico.
–Bueno, si necesita algo llame. Hasta mañana.
–Buenas noches.
Lentamente tomé el caldo; luego vertí 10 gotas del medicamento
recetado en medio vaso de agua que bebí enseguida
y me tendí nuevamente en la cama. Apagué la luz. Una
claridad tenue se filtraba a través de la persiana.
Yo nunca había padecido de insomnio pero esa noche pasé
las horas y las horas sin conciliar el sueño. Además sentía
miedo, un miedo terrible a la muerte, un miedo cerval de
dormirme y no despertar jamás.
Ahora que me encontraba al final de mi existencia, miles
de recuerdos lejanos acudían a mi mente. Mis padres, ambos
muertos desde hacía muchos años, allá en el pequeño
pueblo natal, al que no había vuelto desde entonces y del
que muy poco me había acordado. Mi hermano con el que en
un tiempo habíamos sido tan compañeros y ahora apenas
nos carteábamos dos veces al año (una tarjeta para navidad
y otra para año nuevo) ¿qué sentirá cuando se entere de mi
muerte? Voy a tener que darle su dirección a doña Nemecia
para que le avise cuando se produzca. El seguro de vida lo
pasaré a nombre de Norma para que sirva para los gastos
del sepelio. Tendré que explicarle... Finalmente, sin darme
cuenta fui cayendo en un inquieto sueño que se transformó
en pesadilla en la que aparecía mi rostro blanco como la
nieve en medio de la oscura soledad de un cementerio.
Desperté bruscamente. El corazón me latía con fuerza y
rapidez. ¿Sería el fin? Pero poco a poco se fue calmando.
Amanecía. Por un momento tuve la esperanza de que todo
hubiera sido un mal sueño, pero allí, sobre la mesa de luz,
estaba el frasquito del medicamento como mudo testigo de
la realidad.
A las 8:00 fui a la cocina; me hice preparar un te y enseguida
volví a la pieza tomar las gotas. A las 10:00 llamé por
teléfono a la escribanía.
–Hola ¿Señora Nélida?
–Que dice Jorge ¿cómo le va?
–Bien. Ma... (¿) ¿está Rodríguez?
–Enseguida lo llamo...
Después de un momento de espera.
–Hola viejo ¿Cómo estás? ¿Fuiste a lo del médico? ¿Qué te
recetó?
–Unas gotitas.
–Estate tranquilo. Esa fiera no falla nunca.
¿Para qué entrar en explicaciones?
–Mirá te hablaba para pedirte un favor.
–A sus órdenes Mr. Lucero.
–En el cajón de mi escritorio hay una solicitud de licencia
firmada, por quince días, haceme la gauchada, ponele fecha
y presentala.
–All right, ¿ pero a que se debe esta intempestiva e inesperada
decisión?
–Pronto lo sabrás. Chau y gracias.
–Que te diviertas.
A mediodía doña Nemecia me llevó el bife especial con
ensalada.
– ¿Cómo se encuentra hoy? ¿Mejor?
–Si, gracias doña Nemecia.
–Cualquier cosa que necesite no tiene más que avisar.
Dejó la bandeja sobre la mesita de noche y salió apurada.
Era la hora crítica para ella. Hasta el día anterior el tierno
bifecito que me trajo lo hubiera hecho desaparecer en dos
bocados, pero en el estado de ánimo que me encontraba
ahora me costó bastante tragar la mitad.
Llegó la tarde ¡Qué tarde! Por momentos deseaba que pasara
de una vez ¿y para qué? Después de la tarde vendría la
noche y sería igual o peor. Y luego el día siguiente lo mismo...
si es que amanecía vivo.
Tenía la impresión de avanzar por un callejón sin salida
en cuyo cercano final me esperaba irremisiblemente la
muerte. Una leve lucecita de esperanza, a la que me aferraba
desesperadamente, la constituía ahora la prometida
internación.
Al atardecer no pude soportar más el encierro y la soledad,
que empeoraban mi estado de ánimo y decidí dar una pequeña
vuelta. Caminé unas pocas cuadras lentamente para
no agotar las últimas energías de mi corazón. Todo lo que
me rodeaba: la calle, las casas, los árboles parecían despedirme.
Al pasar frente a una iglesia decidí entrar. Estaba
desierta y en penumbra. Hacía muchísimos años que yo no
visitaba un templo. Traté de recordar alguna de las oraciones
aprendidas cuando me preparaba para la primera comunión.
Lo conseguí a medias. Salí algo reconfortado y me
prometí volver.
Regresé a casa.
Norma debía estar extrañadísima por mi silencio ¿Qué
pensará? Me preguntaba.
Me decidí hablarle. Fuí al vestíbulo donde estaba el teléfono
y descolgué el tubo.
Confieso que al no oir el tono sentí alivio.
–No funciona desde esta mañana –dijo al pasar la mucama.
Regresé a mi pieza.
Después de la liviana cena me encontré nuevamente ante
la perspectiva de otra larga noche que podría convertirse en
la noche eterna. Pero si no sucedía esto y volvía a ver la luz
del día siempre me encontraría ante el peligro inminente
de una muerte súbita, hasta que ésta llegara irremisiblemente
y a corto plazo.
Así transcurrieron oscuras horas de pesadilla.
Amaneció por fin el nuevo día, luminoso, dorado, de cielo
azul, un día glorioso, florido, envidiablemente vital, pero yo
me sentía al margen de toda esa belleza y vitalidad. Solo
esperaba de un momento a otro la muerte aunque aferrado
todavía, cada vez más desesperadamente, a una pequeña
esperanza: la internación prometida por el Dr. López Aguirre.
Cada vez que oía el teléfono o el timbre de la calle mi agonizante
corazón palpitaba esperanzado. Pero el tiempo fue
pasando, la claridad empezó a declinar, el cielo se fue oscureciendo
y al final ese glorioso y vital día que a la mañana
me llenaba de envidia tuvo menos vida que yo. Pero la ansiedad
y la angustia habían llegado a un punto intolerable.
Sin embargo nada podía hacer sino seguir esperando. Yo le
había dado todos mis datos y dirección al Dr. López Aguirre...
¿Qué había pasado?
Recordé confusamente sus palabras: “Su lesión es de tal
magnitud que es casi un milagro que viva; mejor dicho: en
cualquier momento su corazón puede decir ¡basta!... Vamos
a ver si le prolongamos la existencia...
Hacía dos días que había escuchado esas palabras y tenía
la impresión de que desde entonces había transcurrido una
eternidad.
¿Cuánto podría durar aún? Mi internación era cuestión
de vida (aunque breve) o muerte.
Si hubiera tenido la seguridad de vivir un mes me hubiera
tranquilizado, pero un médico eminente de certero diagnóstico
me había hablado con toda franqueza y según él
estaba viviendo por milagro ¡Y se acercaba otra noche!
El tercer día no se como no enloquecí de miedo a morir
esperando la internación ¡Ya era mucho milagro!...
A media tarde tomé una determinación: esperaría hasta
el anochecer, luego iría a ver al médico; “aunque me muera
en el camino”.
Llegaron las 19:00 sin novedad.
Me vestí y salí. Un taxi en 20 minutos me dejó frente a la
casa del médico. Me acerqué a la puerta y con mano temblorosa
y pidiendo a Dios un milagro apreté el botón del timbre.
Esperé un momento. La enfermera no apareció. Volví a
llamar sin resultado. Después de hacerlo por tercera vez
me aparté de la puerta para abarcar el frente del edificio
con la mirada. Recién entonces me llamó la atención que, a
pesar de estar anocheciendo, no se veía luz en ninguna de
las ventanas de la salita ni del consultorio.
–Joven– oí que alguien me llamaba.
Miré a mi izquierda. Era un señor que estaba regando el
jardín de su casa, contigua a la del médico. Me acerqué.
– ¿Busca al doctor?– me preguntó.
–Si, señor.
– No está.
–¿No atiende hoy?
–Está internado.
–¡¿Internado?! –repetí mientras me invadía una sensación
de desamparo total. ¿Qué le pasó?
–Parece que no andaba bien de la cabeza. Hace tiempo
que se notaba algo raro pero nadie se daba cuenta de lo que
realmente le pasaba hasta que ayer su mal hizo crisis. Figúrese
que últimamente le había dado por desahuciar a todos
sus pacientes. Aunque fueran a consultarlo por un
resfrío, les decía que vivían por milagro; que iban a morir de
un momento a otro porque el corazón no les daba más. A los
ricos los hacía internar de urgencia en un sanatorio y a los
pobres en un hospital . El mismo se encargaba de los trámites,
decía que para él eran casos de conciencia. Los mismos
médicos de esos sanatorios y hospitales se dieron cuenta
de lo que pasaba. Imagínese; a los moribundos que él mandaba
los encontraban gozando de buena salud... El hombre
estaba loco. Ayer lo internaron ¡que desgracia pasarle eso a
un hombre que era toda una eminencia! A un hijo mío le
salvó la vi....
–Gracias, gracias –le interrumpí presa de súbita y loca
alegría.
Caminé a grades trancos por la oscura y arbolada calle. A
poco andar descubrí la luminosa vidriera de la farmacia donde
había comprado las famosas gotitas. Unas puertas más
adelante a la escasa luz que permitía el follaje de los árboles,
vi brillar una chapa de bronce en la que leí “Juan Martí-
Médico”. Se me ocurrió de golpe. Llamé. Salió una señora
bastante anciana.
–¿Está el doctor?
–Si, señor, pase... tome asiento.
Me encontré en un vestíbulo mucho más modesto que la
lujosa salita del doctor López Aguirre.
–Un momento señor.
Cinco minutos después se abrió una puerta y apareció un
joven vistiendo guardapolvo blanco.
–Pase señor... tome asiento... ¿Qué le ocurre?
–Quisiera que me examinara el corazón, doctor.
–Quítese el saco y la camisa y acuéstese en la camilla –
dijo colocándose el estetoscopio.
Me revisó el pecho minuciosamente. Luego me tomó la
presión arterial. Finalmente se quitó el aparato con gesto
de extrañeza.
–¿Qué lo indujo a hacer esta consulta? ¿Ha sentido algo al
corazón?
–Sentir no doctor... pero...
–Porque la verdad es que no le encuentro absolutamente
nada anormal. Al contrario, su corazón tiene un “timbre”
magnífico. Su presión arterial es perfecta. Lo que noto en
usted es un estado de gran excitación nerviosa. Le voy a
recetar un sedante – dijo escribiendo en el recetario – Tome
tres grageas por día, mañana, mediodía y noche.
–Gracias, doctor.
Ya en la calle hice una pelotita con la receta y la arrojé
lejos. Me apresuré a comprar cigarrillos. Cuando llegué a
la estación del ferrocarril el andén estaba concurrido. Se
veían caras alegres, indiferentes la mayoría, pensativas algunas.
Creo que el ser más feliz era yo... ¿A alguien le había
ocurrido lo que a mí?
Si. A los últimos pacientes del doctor López Aguirre.
Me hubiera gustado conversar con alguno de ellos para
cambiar impresiones.
Descendí en la estación Palermo y mezclado con la alegre
multitud de la avenida Santa Fe busqué un teléfono público.
Cuando encontré uno que funcionaba, marqué el número
de Norma.
–Hola.
Reconocí esa dulce voz inconfundible para mí.
–¡Jorge! ¡Resucitaste! – gritó casi.
–En cierto modo si, querida.
–¿Qué te pasó? Por Dios. Llamé a tu pensión como cien
veces pero el teléfono de allí debe estar mal porque nadie
atendía. Después llamé a la escribanía y Rodríguez me dijo
que habías pedido licencia por quince días.
–Ya me va a escuchar Rodríguez. Es el culpable de todo.
–Pero ¿qué te pasó? Por Dios.
–Cuando te lo cuente no vas a saber si llorar o reír... creí
que me moría... y no era así.
–¡Jorge! ¡que me asustás!
–¿Cuándo te puedo ver?
–Ahora no es posible, estamos cenando y vos sabés como
es mamá... ¡Mañana viene papá!
–¿Mañana? Entonces mañana voy a hablar con él ¿a qué
hora le resultará cómodo?
–Yo no sé; él llega a mediodía.
–Preguntale a qué hora puede recibirme... pero a vos quiero
verte antes.
–Bueno hablame.
–Hasta mañana tesoro.
–Hasta mañana mi amor.
Al irrumpir en mi pieza, prendí la luz y por un momento
estuve paseando mi alegre mirada por esas paredes y esos
muebles que habían sido testigos durante interminables
noches y días de mi espantoso miedo a la muerte.
Ahora, en un estado de ánimo diametralmente opuesto
sentía un placer casi morboso de pie en medio del escenario
de mis pasadas angustias. El espejo del antiguo ropero
me devolvió una imagen rebosante de salud. Sobre la mesa
de luz estaba el frasquito de las famosas gotitas. Estuve a
punto de tirarlo por la ventana pero finalmente me decidí a
guardarlo de recuerdo.
A todo esto una hambruna acumulada durante tres días
se me despertó de pronto.
En ese momento sonaron unos golpecitos en la puerta.
–Adelante.
Entró doña Nemecia portando una bandeja con un plato
en cuyo centro descubrí un minúsculo bifecito acompañado
por unas hojitas de lechuga.
–Buenas noches, joven Jorge, aquí le traigo su cena y no
me vaya a dejar la mitad como lo hizo hoy a mediodia...


UN ALTO EN EL CAMINO

Mayo. Atardecía. Sobre la infinita llanura pampeana
caía una garúa persistente y silenciosa.
Solo se oía el chapotear de las patas de mi zaino que
tranqueaba a voluntad por el encharcado camino, mientras
yo, arrebujado con mi poncho calamaco, oteaba el horizonte
tras el cual ya se asomaba la noche.
Al llegar frente a una tranquera que se espejeaba en un
gran charco apenas picado por la garúa y hacia el cual doblaban
y se sumergían huellas de sulkys y jardineras que
emergían del otro lado, torcí el rumbo. Las patas de mi zaino
arrugaron el espejo de agua y borronearon sus reflejos. Abrí
y cerré la tranquera sin desmontar. Ante mí se extendía,
hacia el sur, un largo y borroso camino, sin alambrados.
Solo algún solitario tala despojado de hojas rompía la monotonía
del grisáceo paisaje. Me habían dicho en la estancia
“Los tres ombúes” que siguiendo por ahí llegaría a Villa Verde,
el poblado más próximo en muchas leguas a la redonda;
pero la noche avanzaba sin que en la vasta soledad que me
rodeaba apareciera la más leve señal de humana vida.
De pronto mi guapo zaino pareció ventear algo y apuró el
paso hasta romper en un suave galope. No tardé en divisar
en el casi invisible horizonte una lucesita... luego otra... y
otra.
Al cabo de un rato, cerrada ya la noche, pasamos (mi zaino
y yo), por otra tranquera, luego frente a unas casuchas oscuras
y silenciosas y enseguida nos encontramos en pleno
centro del poblado.
La calle estaba desierta, pero la mortecina luz que conseguía
atravesar penosamente los empañados vidrios de una
puerta, frente a la cual, varios caballos atados a un palenque,
aguardaban pacientemente a sus dueños, me indicó la
existencia allí de uno de esos almacenes de campo con despacho
de bebidas en los que se puede comer algo y hasta
pernoctar.
Desmonté. Al dirigirme a la puerta un bajo relincho semejante
a un rezongo me hizo volver la cabeza.
–Perdé cuidado Cacique, no me voy a olvidar de vos.
Al entrar me envolvió el suave calor de un gran brasero.
Un farol de kerosene colgado de un tirante del techo alumbraba
el interior de un local que hacía evocar a las antiguas
pulperías.
–Buenas noches, –dije.
–Buenas...
Apoyados en el mostrador, al que me acerqué, dos paisanos
tomaban la caña. En un rincón sentado junto a una mesa
dormía un viejo borracho. En otra mesa se jugaba un truco
de cuatro, seguido por varios espectadores. A ninguno le faltaba
un vaso.
–Un vino –dije al patrón, un criollo maduro de tupido cabello
entrecano y ancho bigote. ¿Puedo pasar la noche aquí?
–le pregunté cuando me lo sirvió.
–Hay una piecita con un catre. Si se aviene...
–¿Y el caballo?
–Puedo llevarlo al galpón. Éntrelo por este costao – agregó
describiendo un semicírculo con la mano derecha.
–Necesita una buena ración.
–Ahí hay pasto seco y maí.
–Mientras entro el caballo, me puede preparar un bife con
dos huevos fritos?
–Si señor, como no.
Al salir noté que la lluvia arreciaba ahora acompañada
por ráfagas heladas del sur. La noche se volvía cada vez más
inclemente.
Era una suerte haber llegado a ese lugar.
El zaino al verme levantó su, un tanto, caída cabeza, y se
dejó conducir dócilmente por el costado de la casa hasta un
galponcito cerrado por tres lados con paredes de adobe.
Palpé sus ancas; estaban sumidas. Le di unas palmaditas
en el pescuezo empapado por la lluvia y el sudor.
–¿Cuántas leguas habrás galopado hoy entre el barro y la
lluvia?. –Vaya a saber –me respondí yo mismo.
A la luz de un fósforo localicé junto a una pila de leña un
fardo de pasto empezado del que desmenucé un pan. Mediante
otro fósforo di con una bolsa de maíz y una lata de
kerosén vacía.
Puse una buena ración de maíz en la lata la que coloqué
junto al pasto seco del que Cacique sin ningún cumplido ya
estaba dando buena cuenta, dejando oír un alegre ruc, ruc,
ruc. Con un balde de agua le completé el menú.
Encontré una bolsa vacía y con ella lo estuve secando la
más posible.
Cuando salía del galponcito para dirigirme al salón, cesó
un instante el ruc, ruc y otro ronco relincho me detuvo. Me
dí vuelta.
–De nada compañero.
En el salón ya había terminado el partido de truco y los
parroquianos se retiraban.
–Buenas noches, Don Braulio...
–Hasta mañana, Don Braulio...
En una mesita ubicada en un rincón me esperaban una
costeleta con dos huevos fritos y una galleta, que me supieron
a gloria. El vino no era malo y unos cigarrillos que al fin
pude pitar tranquilo me llenaron de bienestar.
Un poco más tarde me hallaba dispuesto a pasar la noche
lo más confortablemente posible en el lugar a donde me había
conducido don Braulio. Una vela sobre un cajón me hacía
las veces de mesa de noche, iluminaba el interior de una
piecita de dos metros por dos, mitad de adobe y mitad de
capas de zinc y tablas adosada a los fondos de la casa junto a
la cocina. Completaba el moblaje un catre cubierto por una
colchoneta y una vieja manta.
Me senté en el catre. Afuera el viento gemía y hacía temblar
las chapas que sonaban cada vez que arreciaba la lluvia.
De una especie de mochila que llevaba saqué un block
de papel y un lápiz y usando el cajón como escritorio me
puse a volcar las impresiones recibidas durante la jornada.
No quería olvidar los detalles de la experiencia que estaba
viviendo ya que esas notas cobrarían vida algún día en un
libro que pensaba escribir sobre mis andanzas por los campos
argentinos, con el pretencioso sueño de emular a “Don
Segundo Sombra”; sueño del que desperté ya hace tiempo.
Luego de garabatear algunas páginas y dar algunos cabezazos,
me saqué las botas y me eché la manta encima y
también el poncho que aunque mojado por afuera adentro
seguía siendo abrigado. Segundos después...
Cuando desperté entraba claridad por las rendijas. Mi reloj
estaba parado pero debía haber dormido muchas horas
pues una sensación de descanso y plenitud de vida me llenaba
el cuerpo.
Me incorporé, me calcé las botas y bien emponchado abrí
la puertita.
Un corralón encharcado y borroso fue lo primero que vi.
Enfrente estaba el galponcito donde se “hospedaba” Cacique.
Al lado seguía otro galpón en el que vi un sulky, una
jardinera y atado junto a ésta un vigoroso y tranquilo caballo
de tiro. En ese momento no llovía pero todo se veía empapado.
Oscuros nubarrones empujados por un frío y húmedo
viento del este anunciaban temporal para rato.
Crucé el corralón pisando sobre unos ladrillos colocados
allí ex profeso. Al penetrar en el galponcito, Cacique irguió
su armoniosa cabeza que luego restregó sobre el hombro.
Observé que sus ancas estaban ahora redondas y sus ojos
brillantes.
–Por lo visto has pasado una buena noche –dije
palmeándolo.
Desde la puerta de la cocina don Braulio me hizo seña con
el mate.
–¿Si gusta?
No me hice rogar. Crucé nuevamente el corralón haciendo
equilibrio sobre los ladrillos y penetré en la cocina donde
un buen fuego que ardía en el fogón mantenía a raya el frío
que pretendía entrar por la abierta puerta.
Don Braulio sentado en un banquito preparaba el mate
parsimoniosamente. Me invitó a sentarme con un ademán;
no era hombre conversador. Me ofreció el primer mate.
–No pensará seguir viaje con este tiempo –dijo.
–La verdad es que está fiero –respondí– y más no teniendo
muy seguro el rumbo.
Me miró con cierta sorpresa.
–Pero Ud. anda a la bartola?
–Tanto como a la bartola, no. Voy al campo de un pariente,
hacia el lado de Trelew, pero no conozco bien el camino.
–Pero Trelew está muy lejos y con un solo caballo...
–Es antes de Trelew y apuro no tengo. El único inconveniente
es que se me acabe el dinero que traigo, que me
anda escaseando, y tenga que conchabarme en alguna estancia
un tiempo para poder seguir.
–Pero usted no parece peón de campo... y a su caballo más
le veo pinta de parejero que de animal de trabajo.
–Pero yo le aseguro que conozco cualquier tarea de campo.
(La verdad era que largas temporadas pasadas en la estancia
de un tío y mi gran afición a las cosas camperas me
habían dado cierta experiencia y práctica pero nada más).
Salvo la doma –agregué– aunque también me se aguantar
sobre el lomo de un potro, y en cuanto al zaino –y aquí no
mentí– es guapísimo. Ayer galopó todo el día y parte de la
noche entre el barro y la lluvia y vaya a verlo como está
ahora.
–Ya lo vide; es un hermoso animal.
Su mirada estaba avalorando mi físico como para ver si
me hallaba a la altura de mi caballo.
–Usted parece un mozo juerte –dijo al fin.
–Y lo soy –respondí con cierto orgullo.
–Pero en esta época del año no es fácil encontrar
conchabo...Y hallarse en la mitad del camino sin plata y sin
trabajo es cosa seria.
Se quedó un momento pensativo y –agregó de pronto como
encontrando una solución a mi problema–. El domingo que
viene no, el otro, si el tiempo mejora, Dios lo permita, va
haber carreras aquí. Van a trair un tapao de lejos, de otro
partido, para correrle al Lucero, el oscuro de don Justo
Eyzaguirre, el dueño de la estancia “Los Aromos”. El oscuro
en estos pagos y en muchas leguas a la redonda no tiene
rivales. Así que esa carrera va a trair mucha gente y ese
día se van a improvisar muchas cuadreras. Acá hay algunos
parejeros ligerones... y de los otros. Su caballo me gusta
y yo algo entiendo de eso. Hoy lo estuve observando. Claro
que habrá que probarlo y quién le dice?... por ahí...
Se interrumpió para chupar la bombilla, quedamos en silencio.
Este hombre había despertado en mi el bichito del único
vicio que me avasalla de cuando en cuando: el de las carreras
de caballos. Bichito que también él llevaba dentro a juzgar
por la forma como le brillaban los ojitos cuando hablaba
de estas cosas.
Yo sabía bien los puntos que calzaba Cacique. Allá en mis
pagos siendo aún potrillo había ganado muchas carreras y
desde entonces había completado su desarrollo evolucionando
muy favorablemente.
No obstante razonando respondí.
–Pero faltan diez días para ese domingo. Cómo voy a hacer
para vivir todo ese tiempo y tener plata para jugar?... ¿Y la
mantención del caballo?
–Usted eso me lo pagará cuando pueda. ¡No desperdicie
esta oportunidad con semejante flete!
–Y en caso que fracase? ¿Qué garantías le puedo dar?
–¿Garantías?... Estamos entre criollos, no?
Los doscientos pesos fuertes que me quedaban, midiéndome
mucho me podían alcanzar para llegar a destino pero el
bichito pudo más que yo.
–En todo caso si Usted necesita a alguien que le ayude en
el negocio yo puedo hacerlo –respondí contento de haber
hallado una solución honorable.
–Hay veces que sí... ¿Cómo se llama usted?
Aquí tengo mis documentos de identidad –dije desprendiendo
el botón del bolsillo donde guardo la billetera. Me detuvo
con un ademán.
–Le pregunté su nombre... No le pedí documentos.
–Está bien, don Braulio, me llamo Ricardo, Ricardo Farrel;
suena medio a gringo –sonreí como disculpándome.
–No le hace; años atrás supe conocer a un hombre más
criollo que el zapallo y se llamaba Stavropolsky, Alejandro
Stavropolsky. Cha que me dio trabajo aprender semejante
apelativo. Fue cuestión de amor propio.
Se levantó; era hora de atender el negocio.
–Güeno, quedamos en que en cuanto mejore el tiempo vamos
a dir a la cancha.
–Si me toma como ayudante...
–Trato hecho –dijo dejando el mate sobre el fogón y pasando
por una puertita interior que daba al negocio.
Yo crucé nuevamente al corralón para darle de comer a
mi crédito.
Toda la tarde estuvo lloviendo. El viento del este seguía
soplando cargado de nubes y anunciando “agua como peste”.
Así pasaron viernes y sábado... Don Braulio atendiendo su
negocio bastante paralizado por el mal tiempo o mateando
en los largos intervalos sin clientes y yo también mateando
con él o encerrado en la piecita garabateando papeles.
En la madrugada del domingo me despertó un frío glacial
que penetraba a través de las chapas, del poncho y de la
manta. Me vestí, me calcé las botas y bien arrebujado con
mi poncho salí de la piecita.
Un pampero helado y seco barría el cielo de nubarrones
festoneados de rosa, entre los que se abrían algunos espacios
azules. El corralón blanqueaba por la escarcha. Don
Braulio ya estaba en la puerta de la cocina con su mate
mirando el cielo.
–Este pampero va a orear pronto la cancha –dijo– tal vez
mañana temprano podemos hacer partidas.
A la mañana siguiente en cuanto terminamos de matear,
don Braulio ensilló su caballo de tiro, que también era de
andar. Yo ensillé a Cacique y salimos rumbo a la cancha.
Tomamos al trotecito por la calle principal que terminaba
perpendicularmente en un ancho camino por el que doblamos
a la izquierda.
De esa mano (la izquierda) bordeaba dicho camino un cerco
de cina-cina, del otro lado un alambrado. Unas siete u
ocho cuadras más adelante junto y a lo largo del cerco de
cina-cina, una larga franja del camino como de unos diez
metros de ancho había sido arado y rastreado antes de que
empezara el mal tiempo, y ahora el pampero la estaba dejando
en óptimas condiciones para correr. Don Braulio detuvo
su caballo, yo hice lo mismo.
–¿Ve aquel tala junto al alambrao? Hasta este espinillo
son quinientos metros bien medidos.
Galopé hasta unos cuarenta metros más allá del punto
indicado en primer término, di la vuelta y partí al galope
suave. Al pasar frente al tala me eché sobre el pescuezo,
afirmé los talones y peiné con el rebenque el anca del zaino.
Este se estiró como goma y devoró los quinientos metros.
Después de pasar casi rozando el espinillo empecé a
sofrenar, lo que conseguí con cierta dificultad pues Cacique
ya le había tomado el gusto a correr, después de su obligado
descanso de varios días. Volví hasta donde estaba don Braulio.
–¿Que le parece?
–No me equivoqué –exclamó sin ocultar su entusiasmo.
Este animal es de los güenos y en pelo y con 60 kilos sobre
el lomo no le alcanza ni el diablo.
Yo sabía que mi zaino podía dar mucho más, que le faltaba
preparación, pero don Braulio estaba más que satisfecho.
Regresamos al pueblo. Ya era hora de abrir el negocio. Llevé
a Cacique al galponcito y después de desensillarlo le eché
unos baldes de agua tibia, lo sequé bien y con una raqueta y
un cepillo que me prestó don Braulio lo dejé más brilloso
que zapato nuevo. Luego lo cubrí con una vieja manta también
prestada por don Braulio y dejándole una ración bien
medida de maíz y pasto seco, me dirigí al negocio, bastante
concurrido a esa hora.
–¿Lo ayudo don Braulio?
–Si me hace la gauchada.
Tomé nota del pedido de un chacarero que parecía apurado:
tanto de azúcar, tanto de yerba, fideos , harina, afrechillo,
una damajuana de vino. Anoté todo y le llevé la lista al
patrón.
–¿Cuánto le cobro?
–Tanto –me contestó con la rapidez de una computadora.
Así seguimos hasta mediodía, hora en que almorzamos en
la cocina una buena tira de asado, galleta, mate y un tintillo
que desató la quieta lengua de don Braulio.
–¡Su pingo es moi güeno! ¿Cómo lo consiguió?
–Me lo regaló un tío, cuando era potrillito hace tres años y
desde entonces somos compañeros inseparables.
–Por la forma de estirarse me hizo recordar a un famoso
parejero que hubo hace años por aquí de un tal Basilio López;
estanciero, rico, finao ya.
¡Qué animal aquél! Era una estampa. No había quién le
pisara el poncho en veinte leguas a la redonda. Se llamaba
“El Pimpollo”. En una ocasión ganó tres carreras en la misma
tarde. El último se le animó creyendo que lo agarraba
cansao... ¡Qué caracho! Se lo trajo a la rastra.
Seguimos hablando de caballos y de carreras. Don Braulio
resultó ser un verdadero anecdotario sobre el tema. Había
sido preparador de parejeros tiempo atrás y aunque ahora
estuviera alejado de esa actividad era evidente que estos
seguían siendo el gran amor de su vida. Observé en él algo
que ya me había llamado la atención en otras personas.
Cuando se siente una verdadera pasión por algo y se conoce
a fondo, ¡Cómo se supera la falta de medios de expresión
para describir los hechos! don Braulio era un hombre
de vocabulario pobre debido a su escasa instrucción, carecía
de facilidad de palabra, y sin embargo cuando me describía
una de esas memorables carreras de antaño que recordaba
y añoraba, lo hacía con tal realismo ayudando a sus palabras
con ademanes, que a mí me parecía estar viendo y viviendo
esos instantes con toda su grandeza e intensidad.
Yo también puse lo mío y la conversación se prolongó hasta
que mi interlocutor empezando a sentir los efectos del
madrugón se dispuso a hacer su siesta, costumbre que no
abandonaba ni en invierno según dijo.
Más tarde, anocheciendo ya, estando yo en la piecita con
mis papeles, se me presentó con un muchachito como de
16 a 17 años; flaco de miembros largos y elásticos.
–Este es Lisandro, el hijo mayor de don Hilaríón –me dijo–
como monta pal zaino es lo mejor que hay.
–Vamos a ver como lo reciben –dije al mocito.
Yo sabía que Cacique era reacio a dejarse montar por otro
que no fuera yo, así que había que vencer su resistencia.
Lo saqué del galpón, le puse el freno y teniéndolo de la
rienda bien corta le dije a Lisandro:
–Montalo con cuidado.
Éste con un ágil salto se enarquetó.
Cacique quiso encabritarse, pero le di un tirón junto con
un enégico ¡Quieto!
Lisandro lo siseo acariciándole el pescuezo y pronto noté
que la tensión aflojaba, Cacique intuyó lo que yo quería; sus
músculos se fueron relajando hasta quedar tranquilo. Enseguida
el muchacho le hizo dar unas vueltas por el corralón,
primero al paso después al galope.
–Listo –susurró al tiempo que desmontaba.
–Mañana venite temprano que vamos a ir a la cancha a
hacer unos aprontes.
–Ta bien don Braulio.
A la madrugada siguiente don Braulio y yo en el sulky del
primero y Lisandro montado en Cacique, que galopaba corto
a nuestro lado, nos dirigimos a la cancha.
Al llegar paramos el sulky frente al espinillo. Ya había algunos
madrugadores aprontando sus créditos. Pronto se fueron
yendo. Algunos curiosos se quedaron en las cercanías.
Lisandro obedeciendo instrucciones siguió hasta completar
un kilómetro a lo largo de la cancha.
Al verlo tan erguidito mientras se alejaba galopando hacia
el naciente con la soltura propia el que se “ha criado
sobre el animal”, soltura que da al gaucho esa prestancia
inigualable cuando cabalga, no pude menos que exclamar:
–¡De a caballo el mocito!
–Hijo e’ tigre –respondió don Braulio– Overo ai ser. El padre
de este muchacho es el mejor domador de estos pagos.
Al final del kilómetro Lisandro giró y se vino al galope largo.
Al acercarse al tala se prendió con ambas manos de la
crin, para no quedar sentado en tierra en el pique y echándose
sobre la cruz del animal le clavó los talones.
La estirada de Cacique fue espectacular y se repitió lo de
la mañana anterior con la diferencia de que en pelo y con
55 kilos sobre el lomo las patas del zaino parecían no tocar
el suelo. En otras partidas más livianas se mostró voluntarioso,
con ansias de correr.
Don Braulio, a pesar de ser un hombre parco y reservado,
desbordaba de entusiasmo. Cuando estuvimos de vuelta al
negocio dijo al muchacho:
–Esta tarde me lo caminas hasta la nochecita y mañana
temprano lo vareamos de nuevo.
– Ta bien don Braulio.
Empezó a correr la semana. Cacique progresaba a ojos vista.
Hasta yo estaba sorprendido. Lo sabía bueno a mi pingo,
muy bueno, pero don Braulio había visto más que yo. Por lo
mañana lo hacía aprontar con Lisandro (cada día corría más)
y por la tarde lo hacía caminar horas para mantenerlo liviano;
sabía justo lo que debía exigirle para llevarlo a su mejor
estado; él mismo le medía las raciones. En pocos días el zaino
se veía más ceñido en carnes, los ojos brillantes, el pelo
lustroso. Sin duda don Braulio era un maestro en materia
de caballos. Me sonreí al recordar que palabras ¡tan de criollo!:
“Algo entiendo de eso”...
Entre tanto yo, sabiendo a mi crédito en buenas manos,
dediqué mis horas libres a poner al día la contabilidad del
negocio cuyo dueño la llevaba de una forma muy personal.
En un cajón metía documentos, facturas, boletas de toda laya
y color amén de papelitos con anotaciones de difícil lectura,
todo en el más completo revoltijo.
–¿Y esto no le trae dificultades? –le pregunté.
–Hasta ahora no. Muchos pagos los hago al contado y de
los vencimientos más grandes me acuerdo... mas o menos.
Pienso que no me van a cobrar dos veces lo mesmo.
–¿Y estos papelitos? – pregunté agarrando un puñado de
ellos en los que a gatas se podría descifrar un nombre o alguna
cantidad; algunos tenían fecha otros no.
–A veces vienen a comprar sin plata porque no tienen y yo
anoto el nombre y cuanto les fío... cuando me pagan busco el
papelito y lo rompo.
–¿Y los encuentra?.
–A veces. Pero yo me acuerdo.
–¿Y le pagan?
–A veces.
–¿Y el impuesto?
–Un mozo que es empleao del juzgado me llena la planilla
más o menos.
Me quedé mirando ese caos no sabiendo por donde empezar
mientras don Braulio me seguía diciendo con avergonzada
risita:
–Vez pasada solicité un crédito a los...: es una casa
acopiadora de cereal muy fuerte que aquí hace de banco. Al
día siguiente me mandaron un empleao “pa examinar los
libros “. Cuando le mostré esto el hombre me miró asustao
y salió como si lo corriera el diablo. No volví al escritorio ni
pa preguntar.
Un día entero me costó clasificar y ordenar los papeles y
papelitos. El segundo lo dediqué a anotar prolijamente en
un cuaderno débitos y créditos y a hacer el balance.
–¡Cuánta plata le deben don Braulio! –le dije al terminar.
–Que le va a hacer. Mientras tenga pa vivir y haiga salu...
–fue la filosófica respuesta.
La noche del sábado era fría pero en el interior del despacho
de bebidas entre el gran bracero, el vino y los comentarios
sobre las carreras que se iban a correr al otro día,
caldeaban el ambiente.
Se hablaba sobre todo del encuentro entre el Lucero y el
“tapao” forastero del que no se sabía ni el nombre, pero que
debía ser bueno. Nadie dudaba del triunfo del oscuro. Nadie
recordaba haberlo visto perder.
–La última vez que corrió –me contaba un paisano que
tomaba la copa junto al mostrador– Jué con el alazán de
Ordoñez, moi pintón el alazán con la crin larga y la cola casi
hasta el suelo. Se habló mucho de la carrera antes de correrse
y ¿qué pasó? El Lucero ganó de orejitas paradas... contenido.
–Y cuando le dio tres cuerpos de ventaja al overo del Alto
Verde? – recordó otro –a los doscientos metros ya lo había
alcanzao y después ya no fue ni carrera.
–Con el Lucero siempre es igual –terció un viejito– después
de los doscientos metros se acabó el tabaco.
–Y ese otro “tapao” que tienen ustedes? –preguntó con intención
el que había hablado primero dirigiéndose a don
Braulio y a mí.
–Anda bastante – contestó él sin darle importancia. Alguna
carrerita vamos a correr.
–El pingo parece güeno. Lo vide con Lisandro.
–Falta foguearlo –murmuró mi socio con reserva.
Los comentarios y las copas siguieron circulando hasta
que don Braulio dispuso cerrar el negocio.
Por fin llegó el gran día. Un verdadero domingo de fiesta
para el pueblo. El aire estaba frío pero un sol radiante surcaba
el cielo intensamente azul.
A eso de las dos de la tarde salimos don Braulio y yo en el
sulky rumbo a la cancha. A nuestro lado jineteado por
Lisandro y cubierto por la vieja manta Cacique trotaba con
elástico andar. Se le veía retozón.
La calle estaba desierta. El pueblo entero y hasta sus alrededores
lejanos se habían volcado hacia la cancha.
En ese momento se oía la gritería provocada por alguna
cuadrera común.
Al desembocar en el ancho camino alcanzamos a distinguir
la multitud allí reunida. Numerosas carpas de lona en
las que se vendía vino, cerveza, refrescos, empanadas,
pastelitos, etc. se habían instalado a lo largo de la pista.
Atados al alambrado se veían sulkys, jardineras y caballos
de toda laya. Paramos en las proximidades de la línea de
llegada; unos cien metros antes.
Lisandro desmontó y ató a Cacique al eje del sulky y quedamos
a la expectativa.
Algunos paisanos se acercaron.
–Güenas don Braulio.
–Güenas..
–Se está poniendo linda la cosa.
–Así es.
–¿Y ese flete?
–Es del amigo – respondió don Braulio señalándome.
–No lo habrá traído pa lucirlo nomás.
– Y.... alguna carrerita vamos a correr – respondió mi compañero
achicándose el muy zorro como buen criollo - ¿Qué
pasa ahí? - Preguntó señalando un vasto círculo que rodeaba
a algo o a alquien que no podíamos ver.
–Ahí está el Lucero – le contestaron.
Yo sentía gran curiosidad por verlo. Salté del sulky y
abriéndome paso entre los curiosos me acerqué al héroe de
la jornada.
A pesar de estar cubierto por una lujosa manta azul marino,
se notaba que era un hermoso ejemplar. Lo que podía
verse era de un pelaje renegrido; una manchita blanca en
medio de la frente justificaba su nombre; el Lucero. Lo tenía
del cabestro el capataz de la estancia “Los Aromos”.
Próximo al caballo junto a dos automóviles estaba don Justo
Eyzaguirre, el propietario, con sus amigos esperando la llegada
del rival de su crédito.
Regresé al sulky y en ese momento, provocando un revuelo,
y levantando una nube de tierra, llegó un ostentoso
camión cerrado en cuyo costado con grandes letras se leía
“Transporte de caballos de carrera”.
Se detuvo a unos cincuenta metros de donde estábamos
nosotros. Tras él se detuvieron tres automóviles de los que
descendieron varios forasteros.
Vestían estos campera y, unos bombachas blancas y brillantes
botas negras y otros briches marrones. Tenían aspecto
de estancieros. Se encaminaron al encuentro de don
Justo y sus amigos quienes ya se dirigían hacia ellos. Me
acerqué al camión. El peón que lo manejaba abrió la puerta
posterior del mismo colocando enseguida una rampa por la
que hizo descender ante la mirada admirativa y curiosa de
los presentes, entre los que no faltaban entendidos en la
materia, al famoso “tapao” que envuelto en una fina y blanquísima
manta pisó tierra con paso elástico.
Por su alzada y su armoniosa cabeza no había duda de que
se trataba de un animal de raza; pero recién al quitársele la
manta pude apreciar su belleza en toda su magnitud.
Era, además de alto, de alzada armoniosa en su forma,
elástico en su andar y su pelaje tordillo claro brillaba al sol.
–¿Cómo se llama? –preguntó uno de los mirones.
–Silverlitin –champurreó el hombre (Silverlighting posiblemente).
Mis elementarísimos conocimientos del idioma inglés,
adquiridos en los estudios secundarios me permitieron traducir
algo así como “Relámpago de plata”.
Volví al sulky.
–Que le parece, don Braulio.
–Uhm – me contestó y agregó cambiando de tema.
–Ese que está con don Justo es don Emilio Olaguer.
–¿Cuál?
–El de pelo blanco. Gran persona; fue comesario de aquí
años atrás. Muy reto y respetao el hombre. Aquí se le tiene
en gran estima. Seguramente va a ser el depositario de las
apuestas que deben ser moi fuertes.
Los aludidos se habían acercado a los recién llegados. Don
Emilio parecía estar haciendo las presentaciones dirigiéndose
en especial a un señorón alto, grueso, medio calvo, de
ademanes ampulosos, que llevaba una manta sobre los hombros
y fumaba un gran cigarro habano.
A una señal se acercaron a ellos atrás dos personas. Una
era un jovencito como Lisandro.
–Ese es el que corre al Lucero, es el hijo de Cosme –me
informó mi compañero.
La otra persona era un hombre como de treinta años, bajo
y muy delgadito, seguramente el corredor del tordillo.
Mientras el grupo parlamentaba, me acerqué nuevamente
al Lucero tratando de establecer comparaciones. En detalle
no podía decir cual era el mejor.. Este tendría unos
cinco años; estaba pues en la plenitud de sus medios. El
tordillo no pasaba seguramente de los tres y medio, podía
considerársele aún potrillo. Eso sí era más llamativo, más
brillante... pero...
Pronto se empezó a despejar la cancha.
Cruzáronse las primeras apuestas. Los forasteros aceptaban
cualquier cantidad en contra de su crédito. Entre los
locales el favoritismo del Lucero era evidente. A pesar de la
impresión causada por el tordillo, el oscuro era el caballo del
pueblo.
Recordando los comentarios oídos la noche anterior volví
al sulky.
–¿No juega en esta carrera don Braulio?
–En esta no –me contestó.
Mis pocos pesos estaban reservados para apostarlos a Cacique
así que tampoco jugué, pero todas mis simpatías estaban
volcadas hacia el oscuro. Los rivales fueron llevados
hacia la línea de partida señal de que había llegado la hora
de la gran carrera. Pasaron unos minutos. Nos pusimos de
pie sobre el sulky.
En ese momento montaban los corredores mientras se
terminaba de despejar la cancha.
Ante una enorme expectativa se alinearon los caballos.
Al tordillo le había tocado correr del lado de la cina-cina; al
oscuro por afuera. Enmudeció la multitud. A una señal del
juez se largó la carrera. Relumbraron los cascos como redoblar
de tambores acompañados por un infernal griterío.
Los corredores iban totalmente echados sobre la cruz de
los animales que con los hocicos estirados hacia delante y
las orejas echadas hacia atrás devoraban la cancha.
Los primeros cien metros pasaron como un soplo y después
de los doscientos yo ya esperaba que el Lucero empezara
a sacar ventaja pero se cubrieron los trescientos y
ambos seguían en la misma línea, hasta que de pronto ante
la mirada incrédula de los paisanos se vio al tordillo adelantarse
a su rival. El muchachito que corría al Lucero castigó
repetidas veces pero también lo hizo el otro. La ventaja no
pudo ser descontada y en los últimos cien metros se estiró a
más de medio cuerpo, diferencia con la que cruzaron la raya
en medio del estupor y el silencio de la gente.
Solo el grupito de forasteros siguió vivando a voz en cuello
a su Silver... (no se cuanto) hasta el final.
Miré hacia ese lado. Reinaba allí una verdadera algarabía.
El gordo, evidentemente el dueño del caballo, congestionado
hasta la nuca recibía con rebosante satisfacción los
plácemes de sus compañeros mientras fumaba ufano su gran
cigarro.
A don Justo solo lo veía de atrás, pero sus espaldas algo
encorvadas y el silencio de los que lo rodeaban me dieron la
pauta de su gran decepción.
En ese momento aparecieron los caballos llevados por la
brida. Don Justo palmeó al suyo, dio algunas instrucciones
al capataz, tranquilizó al muchachito que lo había corrido,
que parecía inconsolable y enseguida como caballero que
era, se adelantó con la mano extendida hacia el dueño del
ganador felicitándolo por la victoria de su crack.
Luego subió a su automóvil seguido por sus amigos y ambos
coches se alejaron. Era lamentable la derrota del ídolo,
pero ahora yo debía olvidarme de eso para ocuparme de mis
intereses.
Un paisano montado en un alazán alto y flaco desafiaba
“al que raye” por mil nacionales. Yo miré a don Braulio pero
éste ni lo notó. Parecía ausente como si estuviera rumiando
algo mucho más importante.
De pronto se bajó del sulky y se dirigió hacia el lugar donde
estaban los forasteros que con los tres autos y el camión
habían formado una especie de campamento, que ya se aprestaban
a levantar con la suculenta ganancia obtenida. Intrigado
lo seguí y lo alcance en el momento en que se plantaba
frente al eufórico dueño del tordillo y sacándose respetuosamente
el sombrero le decía:
–¿Me permite, señor?
–El interpelado lo miró de arriba abajo con extrañeza: ¿Qué
pasa?
–¿Su caballo está en condiciones de correr otra vez?
–Mi caballo está en perfecto estado – contestó el otro más
extrañado–. Esto no ha sido para él más que un galopito...
pero ¿a qué viene todo esto? –preguntó impaciente y molesto
por la intromisión.
–Tengo un parejero que puede hacerle carrera al suyo y si
usted acepta.
–Dígame – repuso el interpelado frunciendo el entrecejo –
Usted está en su sano juicio? Y agregó con sorna ante el
silencio de don Braulio que no esperaba ni merecía semejante
exabrupto.
–Y por cuanto es el desafío.
–Por cinco mil pesos fuertes.
Al oir esto quedé estupefacto. ¿Cómo habría conseguido
esa suma don Braulio?
–Aquí está –prosiguió éste sacando del bolsillo un puñado
de billetes–. A las manos de quién usted diga.
–¿Y cuál es su parejero?
El tono de la pregunta era en extremo despectivo.
–Ahí está.
Atado al eje del destartalado sulky Cacique mordisqueaba
algunas hierbas. Totalmente cubierto por la vieja, descolorida
y remendada manta de cuyos bordes pendían innumerables
hilachas, no llamaba la atención por su aspecto. Podía
pasar por un modesto caballito.
El desafiado, después de lanzar una bocanada de humo,
paseó su mirada con divertida seriedad ante sus compañeros
que no podían contener la risa, y señalando con el gran
cigarro a medio consumir añadió –y con eso me vienen a
desafiar?... ¡Pero si esto es una falta de respeto! –Los otros
largaron la carcajada.
Sentí que me hervía la sangre y ya estaba por intervenir
violentamente cuando don Braulio con la mayor calma dijo:
– Son cinco mil pesos fuertes.
– Y van trescientos más –añadí con rabia sintiendo no tener
más dinero.
Un chispazo de codicia brilló en los saltones ojos del gordo
que con un gesto hizo callar a uno de sus acólitos que trataba
de disuadirnos de semejante locura.
Creí adivinar su pensamiento: “Total otro galopito y son
quinientos mil nacionales más”.
–No me gusta robar la plata a los pobres – dijo despectiva e
hipócritamente – pero ya que se empeñan.
Con un ademán hizo detener al peón que se disponía a
hacer subir al tordillo al camión; designó la persona depositaria
de las apuestas y dándonos la espalda como quién ha
puesto fin a un pequeño y fastidioso asunto se puso a hablar
de otra cosa.
–Podemos esperar el tiempo que usted considere necesario
para que su caballo esté en las mejores condiciones
–expresó don Braulio.
–Media hora –contestó sin darse vuelta y continuó hablando
de temas ajenos a la carrera.
Mientras tanto los curiosos nos habían ido rodeando y en
cuanto se formalizó la carrera y se depositó el dinero de las
apuestas, la noticia corrió como reguero de pólvora.
Ya camino de vuelta al sulky y pasado el primer momento
de ofuscación me puse a pensar... ¡En la que nos hemos
metido!...
–¿De donde sacó tanto plata don Braulio?
–Las moi güenas referencias, su cuadernito, firmé unos
papeles...
–Me gustaría ver esos papeles que firmó....
–No malicee, son gente reta. Los conozco y me conocen de
años.-
–Como quiera que sea si perdemos (y carreras son carreras)
va a tener que vender el negocio y me voy a encontrar
con lo puesto a muchas leguas de mi destino, más la deuda
que tengo con usted.
No dije eso con tono de reproche pues ambos habíamos
apostado cada uno lo suyo voluntaria e independientemente,
pero me sentí hondamente preocupado porque siendo mi
afición por los caballos más bien deportiva, siempre que jugaba
lo hacía de acuerdo a mis posibilidades. En cambio esta
vez en un arranque de indignación había apostado hasta mi
último centavo encontrándome en situación apremiante y
en contra de un rival formidable.
–Todavía no hemos perdido –fue la tranquila respuesta.
Llegamos junto al sulky donde nos esperaba Lisandro que
ya estaba enterado y rodeado de curiosos pues a todo esto nos
habíamos convertido en el centro de la atención general.
“Don Braulio sabe lo que hace” se oía decir por ahí aunque
con tono no muy optimista. Algunos amigos lo palmeaban
con sonrisa ambigua. Muchos nos rodearon para ver de cerca
al nuevo “tapao” pues el solo hecho de ir a medirse con,
nada menos, que el vencedor del Lucero, le había creado al
zaino una aureola que nos alcanzaba a nosotros y a Lisandro.
El tiempo fue transcurriendo lenta y nerviosamente. Se corrieron
dos cuadreras que pasaron casi inadvertidas. La
media hora tocaba a su fin. Cuando se cumplió, desde arriba
del sulky pude ver que al tordillo le quitaron la nívea
manta. Había llegado el momento. Sentí como si se me hiciera
un nudo en la boca del estómago.
–Sácale la manta –dije a Lisandro.
Este hizo lo que le mandaba y Cacique lució una estampa
que no le iba en zaga a la de los otros dos.
Don Braulio lo tomó de la rienda.
–Montá y vamos –dijo.
El muchacho obedeció. Estaba algo pálido. Enseguida se
alejaron abriéndose paso entre la gente en dirección a la
línea de largada. Llovieron risueños y amistosos consejos.
–¡Vas a tener que hamacarte Lisandro! –se oyó decir entre
otros.
Me quedé parado sobre el sulky. A pesar de la sensación
que había causado este desafío y de que Cacique contaba
con la simpatía general pocas apuestas se hicieron de afuera.
Los forasteros habían arriado con casi toda plata del pueblo
y sus alrededores, aparte de que las acciones del tordillo
habían subido “muy mucho” y nadie quería apostar en contra
del zaino. La verdad es que pocos creían en su triunfo.
Como por rachas me llegaba el bullicio de los forasteros.
Momentos antes dos de ellos habían ido hasta el pueblo en
uno de los autos y habían vuelto con varios cajones de cerveza
y otras bebidas y ahora era un solo destapar de botellas
festejando la ganancia y por anticipado el segundo triunfo
del tordillo.
Aún me dolían el desprecio y las burlas de esos malditos.
No pude evitar dirigirles una rencorosa mirada. El gordo
había encendido otro gran cigarro y parecía estar de muy
buen talante al igual que el grupo que lo rodeaba, que veía y
festejaba ruidosamente sus ocurrencias.
Olvidando completamente el dinero apostado, en ese momento
deseé mas fervientemente que nunca el triunfo de
Cacique, pero ¡era tan difícil! El tordillo sin lugar a dudas
era un coloso.
Poco a poco los comentarios se fueron acallando. Todas las
miradas empezaron a dirigirse hacia la línea de largada.
Hasta el jacarandoso campamento se llamó a silencio
cuando el gordo, mostrando un repentino interés por la carrera,
abandonó su papel de gracioso y se trepó a la parte
posterior del camión que miraba hacia la pista... Algunos le
imitaron.
Transcurrieron unos minutos. Allá en la largada se cumplían
las últimas formalidades. En puntas de pie, desde mi
observatorio (el sulky) pude comprobar que a Cacique le había
tocado correr del lado de afuera como al oscuro. ¿No sería
un anuncio?
Mis nervios estaban en una tensión tremenda. En medio
de un gran silencio los parejeros se alinearon... En ese momento
llegó don Braulio. Pasaron unos segundos más y de
pronto junto con un ¡¡largaron!! que resonó a lo largo de la
pista seguido por un inmenso griterío, que se elevó de la
muchedumbre, se vieron venir los pingos veloces y
apareados.
Mis ojos se adhirieron a ellos.
A poco el corredor del tordillo dejó caer el rebenque sobre
el anca de su cabalgadura. Lisandro lo imitó.
–¡¡No le aflojés!! –bramaba don Braulio.
Yo sufrí espantosamente mientras los parejeros cubrían
los primeros cuatrocientos metros exigidos al máximo y sin
sacarse ventaja, hasta que al pasar como una exhalación
frente a nosotros, de lo más hondo de mi ser escapó un grito
de alegría, de alivio, de emoción y porqué no? De gratitud.
¡Lo increíble! ¡El zaino había pasado con una cabeza de
ventaja!
Segundos después cruzaba la raya triunfador seguido por
su rival ya claudicante.
Don Braulio y yo que por milagro no perdimos el precario
equilibrio que sosteníamos sobre el viejo sulky, saltamos a
tierra y corrimos entre el remolino de gente que rodeaba al
ganador.
La victoria había sido limpia e indiscutible. Abracé al sudado
pescuezo de Cacique y di unas palmadas al sonriente
Lisandro que ya tenía las espaldas doloridas de recibir felicitaciones.
Y no era para menos. Había sido una tarde de sorpresas
y todo el mundo se alegraba del triunfo del zaino ya
que, aunque forastero él también, presentado por don Braulio
quedaba en cierto modo vengada la derrota del Lucero.
Aún vibraba en el aire la conmoción producida por la carrera
cuando nos apersonamos, don Braulio y yo, al campamento
de los forasteros a cobrar el importe de las apuestas.
Un chubasco imprevisto y helado no hubiera causado allí
un efecto tan congelante como lo que acababa de acontecer
en la cancha. A la algarabía de momentos antes había sucedido
un silencio de muerte. El más afectado, sobretodo en la
parte moral, era el gordo, que parecía desorientado; los cuatro
pelos que tenía en la parte superior de la cabeza se le
habían arremolinado, había perdido el cigarro y parecía que
le costaba creer lo que habían visto sus ojos.-
Sentí grandes deseos de desquitarme de la burlas y el desprecio
sufridos momentos antes. Ya afloraba en mis labios
un pedido de disculpa en nombre de Cacique por haberle
faltado el debido respeto al Silver ese tan respetable. De
estar solo, eso no hubiera sido más que el principio, pero
me contuve ante la ejemplar actitud de don Braulio, quien
después de cobrar su dinero se despidió con un saludo general
tan respetuoso como el que había hecho al presentarse
para hacer el desafío. Mientras tanto el gordo ignorándonos
se metía en su automóvil con algunos de su compañeros y
sin esperar a los restantes partía seguido por su voluminoso
y bamboleante camión.
Declinaba la tarde. El débil sol invernal se acercaba al ocaso.
La calma del aire y un cielo límpido anunciaban una noche
de helada. Todavía se corrieron algunas cuadreras pero
en su mayor parte la multitud empezó a disgregarse. En sulky
unos, en jardinera otros, a caballo o a pie los más, fueron
tomando rumbo a sus casas, a sus ranchos o al boliche.
Sin duda el recuerdo de las emociones que acababan de
experimentar perduraría por mucho tiempo en la memoria
de esa sencilla gente.
Sería una tarde memorable.
Yo por mi parte es difícil que la olvide. Cuando llegamos al
negocio don Braulio me puso en la mano veinticinco billetes
de cien pesos fuertes (doscientos cincuenta mil nacionales).
–¡Don Braulio! ¡Déjese de macanas! Yo ya cobré mi apuesta!
–Ud. es el dueño del caballo no?
Fue inútil insistir. Totalmente inútil.
Esa noche el despacho de bebidas estuvo nuevamente concurrido
y animado hasta tarde.
–“El patrón invita” –repetía don Braulio algo achispado.
Yo corrí con algunas vueltas y cuando le quise pagar se
negó rotundamente a recibir el dinero. Tuve que ponerlo en
el cajón del mostrador en un momento en que no me veía;
más unos cincuenta mil que calculé de gastos.
No sé ni quiero saber la cantidad de vino y cerveza que se
consumió esa noche a la salud de Cacique (que dormía tranquilo
en su galponcito) de don Braulio y mía.
¡Qué don Braulio! Ya no me quedaban dudas de su desinterés.
Era una de esas personas (entre las auténticamente
criollas es donde más abundan) que cuando tienen un peso
de más en el bolsillo parece sinceramente molestarles.
Dos días después, al romper apenitas el alba, pues me esperaba
una larga jornada y quería hacerla sin apuro por consideración
a Cacique, ya montado, frente al negocio me
despedía de don Braulio en quien, estoy seguro, dejaba un
verdadero amigo.
–Claro que usted no es mozo pa quedarse en estos andurriales
–me decía– Lástima que se lo lleve –agregó acariciando
el pescuezo de Cacique. Muchos se lo hubiesen
comprado. Le hubieran pagado lo que pidiera.
–Ni que me estuviera muriendo de hambre.
–Lo sé. Tiene razón. Pero a decir verdad, no pudiendo tenerlo
yo prefiero que lo conserve usted... Es un gran pingo.
–Adiós, don Braulio – dije alargando la mano – Gracias por
todo.
–Usted las merece. Gracias a usted y a este pingazo he
vuelto a vivir mis viejos tiempos – contestó estrechándomela
– que le vaya bien amigo y ya sabe cuando guste esta es su
casa.
Sentí la impresión de que muy pocas veces esas palabras
me habían sido dirigidas con tanta sinceridad.
Hasta la vista –dije y me alejé al trotecito por la solitaria
calle.
Pronto quedó atrás la última casa.
La claridad se expandía por el cielo.
Una fuerte helada blanqueaba los campos hasta el horizonte.
Cacique, por su cuenta, rompió en un suave galope.
Al rato miré hacia atrás. Allá en la lejanía el pueblito se
esfumaba... como un sueño.