DIOS ES LUZ

 

   Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna.

   Si decimos que estamos en comunión con él, y caminamos en

tinieblas, mentimos y no obramos la verdad.

    Pero si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos

en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado.

   Quien dice: «Yo le conozco» y no guarda sus mandamientos es un

mentiroso y la verdad no está en él.

    Pero quien guarda su Palabra, ciertamente en él el amor de Dios ha llegado a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él.

   Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él.

   Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está aún en

las tinieblas.

   Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza.

    Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en

las tinieblas, no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos.

    No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al

mundo, el amor del Padre no está en él.

   Puesto que todo lo que hay en el mundo - la concupiscencia de la

carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas - no viene del Padre, sino del mundo.

    El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la

voluntad de Dios permanece para siempre.

     Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!. El mundo no nos conoce porque no le conoció a él.

   Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo

que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es.

    En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del Diablo: todo

el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su

hermano.

   Pues este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos

amemos unos a otros.

  No como Caín, que, siendo del Maligno, mató a su hermano. Y

¿por qué le mató? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran justas.

 

Juan 3

  Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado

judío.

   Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: «Rabbí, sabemos que has

venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él.»

   Jesús le respondió: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca

de lo alto no puede ver el Reino de Dios.»

   Dícele Nicodemo: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo?

¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?»

   Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.

   Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu.

   No te asombres de que te haya dicho: Tenéis que nacer de lo alto.

   El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde

viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu.»

   Respondió Nicodemo: «¿Cómo puede ser eso?»

   Jesús le respondió: «Tú eres maestro en Israel y ¿no sabes estas

cosas?

  «En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que

sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no

aceptáis nuestro testimonio.

   Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os

digo cosas del cielo?

   Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del

hombre.

   Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser

levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna.

   Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que

todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

   Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al

mundo, sino para que el mundo se salve por él.

   El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está

juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios.

   Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron

más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.

   Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para

que no sean censuradas sus obras.

   Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de

manifiesto que sus obras están hechas según Dios.»