La afable máscara de la Bestia

El adversario

Emmanuele Carrére


En el entorno social donde residimos habitualmente creemos conocer a fondo a nuestros vecinos y amigos, y casi nunca nos planteamos hasta que punto esa forma de comportamiento vecinal o de amistad tan aparentemente normal -algo que asumimos como cotidiano- puede estar camuflando muchos otros aspectos ocultos de esas personas, tanto los buenos como los malos. Todas esas otras facetas que algunos de esos vecinos nunca cuenta, han ido trascurriendo en la formación de sus personalidades y han generado ese otro tipo de comportamiento en sus vidas que desconocemos hasta que un día las descubrimos con sorpresa, con indiferencia o con horror, dependiendo de que tipo de acciones, deseos o ideas nos hayan ocultado.

En la novela El adversario, el autor, Emmanuele Carrére, nos cuenta una historia sumamente realista –pues es un hecho real- sobre un asesinato múltiple que realiza un ciudadano Francés que reside en la comarca de Gex junto a la frontera con Suiza, una zona del país donde viven muchas familias de una posición económica bastante alta. Al sumergirnos en el desarrollo de esta trágica trama, que trascurre muy deprisa, vamos descubriendo como la personalidad de Jean-Claude Romand, considerado por sus vecinos como una persona aparentemente normal, se nos va mostrando de repente como la de un monstruo que un día decide matar a sus padres, a su esposa y a sus dos hijos pequeños sin aparentemente el menor remordimiento por haber realizado tan horrible acción; una acción que fue además un acto planificado, macabro e imperdonable. Mientras en el fondo de este espinoso relato se nos describe el juicio en el que el acusado se presenta a si mismo ante sus juzgadores como una pobre víctima de la sociedad en vez de asumir su responsabilidad de ser solamente un ladrón, un impostor, un irresponsable y un asesino, vamos descubriendo también, a través de la visión y el análisis del propio autor -quien está siendo observador de todo el proceso- y la opinión de otros personajes que conocieron a este individuo cuando lo suponían una persona equilibrada, qué motivos pueden llevar a un hombre, que se supone es alguien sensato y racional, a cometer tal atrocidad contra su propia familia.

A pesar del horror que nos describe, esta historia ten engancha desde el principio, por lo que te incita a seguir leyéndola con un fuerte deseo de rechazo hacia este tipo de degenerados que, como Jean-Claude Romand, sabemos existen muchos en la vida real. A través de los planteamientos psicológicos o filosóficos que nos muestra el autor, seguimos creyendo, quizá por la maestría literaria con la que se expresa Emmanuele Carrére para definir la personalidad enfermiza de este asesino, que Jean-Claude Romand es alguien a quien no se le puede perdonar, sean cuales sean los motivos que aluda este criminal en las cartas que le dirige a este escritor para tratar de que la sociedad de ciudadanos racionales, que se supone debemos de ser nosotros, aún lo comprenda. Ni siquiera los visitadores de prisiones, Marie-France o Bernard, a los que el autor presenta al final de la novela como seres un tanto bonachones para mi gusto, consiguen disuadirnos, creo, de seguir considerando a Jean-Claude como un monstruo sin remisión. Pues nada puede justificar este tipo de asesinatos ni ningún otro, ya que si tratásemos de buscar una justificación a algo tan cruel estaríamos dejándonos conducir por ese laberinto indescifrable de esas falsas suposiciones que a veces nos hacemos de dónde está el bien y el mal, una cuestión que en este caso no tiene más definición que la de considerar que esta forma de actuar de Jean- Claude es el mal, sólo puede ser el mal.


Mariano Martínez Luque