CAPÍTULOS XV-XVI

(Primera Parte del Quijote)


[Don Quijote y Sancho reciben una tremenda paliza al querer defender a Rocinante de los golpes que le están propinando unos arrieros1 que no ven con buenos ojos que el escuálido2 caballo de don Quijote se refocile3 con las yeguas que tienen en propiedad.]



    Soltando treinta ayes4, sesenta suspiros y ciento veinte pestes y reniegos5, Sancho se levantó, y medio doblado como un arco turco 6 colocó la albarda 7 de su asno, y sobre ella atravesó el cuerpo de su amo. Luego levantó a Rocinante y lo ató a su burro, y tirando de la reata8 se puso en marcha hacia el camino real9.

    A menos de una legua10 descubrió Sancho una venta11, aunque don Quijote decía que tenía que ser castillo, y él que venta, y don Quijote que castillo, y sin acabar esta terca disputa entró Sancho por la puerta con toda su recua12. Al ver a don Quijote atravesado sobre el asno, el ventero13 preguntó a Sancho qué le pasaba a su señor. Sancho respondió que había caído de una peña abajo, y que venía con las costillas maltrechas. La ventera era mujer muy caritativa14 y con la ayuda de su hija, una doncella15 de muy buen parecer, acudió enseguida a curar a don Quijote. Servía en la venta asimismo una moza asturiana llamada Maritornes, ancha de cara, chata16, tuerta17 de un ojo y no muy sana del otro, cargada de espaldas y que no medía siete palmos de los pies a la cabeza18. Entre esta gentil moza y la doncella hicieron la cama a don Quijote en un cobertizo19 que había sido pajar, donde se alojaba también un arriero. La maldita cama eran cuatro tablas y un colchón tan delgado que parecía una colcha. En ella se acostó don Quijote, y luego la ventera y su hija le untaron20 todo el cuerpo de pomada21. Al vérselo lleno de cardenales22, la ventera dijo que aquello más parecían golpes que caída.


    ―No fueron golpes ―dijo Sancho―, sino que la peña tenía muchos picos y cada uno hizo su cardenal. También me duelen a mí un poco los lomos.

    ―Entonces ―respondió la ventera―, también vos os caísteis.

    ―No caí ―dijo Sancho Panza―, sino que del sobresalto23 de ver caer a mi amo, me duele el cuerpo como si me hubieran dado mil palos.

    ―¿Cómo se llama este caballero? ―preguntó Maritornes.

    ―Don Quijote de la Mancha ―respondió Sancho―, y es caballero aventurero, de los mejores y más fuertes que se han visto en el mundo.

    ―¿Qué es un caballero aventurero? ―replicó la moza.

    ―Pues es una cosa que en un santiamén24 se ve apaleado y emperador: hoy es el hombre más desdichado25 del mundo y mañana tendrá dos o tres reinos que dar a su escudero26.

    ―Entonces ―dijo la ventera―, ¿por qué vos no tenéis algún condado27?

    ―Aún es pronto ―respondió Sancho―, pues hace sólo un mes que andamos buscando las aventuras.


    Toda esta plática28 estaba escuchando muy atento don Quijote, que se sentó en el lecho29 como pudo, tomó de la mano a la ventera y le dijo:


    ―Fermosa señora, os podéis llamar venturosa30 por haber alojado en vuestro castillo a mi persona. Si el amor no me tuviera tan sujeto a sus leyes, los ojos de esta fermosa doncella serían dueños de mi libertad.


    Confusas estaban la ventera, su hija y la buena de Maritornes oyendo las palabras del andante caballero, que así las entendían como si hablara en griego. Al cabo lo dejaron, y Maritornes acabó de curar a Sancho. La moza asturiana había dado su palabra de que aquella noche acudiría a la cama del arriero para refocilarse con él, y no iba a faltar a su promesa.

    El duro y exiguo31 lecho de don Quijote era el que estaba primero en aquel estrellado32 establo33, a su lado hizo Sancho el suyo, que consistía en una estera34 y una manta, y luego venía la cama del arriero, hecha con las albardas y mantas de su recua. Fue éste a dar el pienso a sus doce mulos y luego volvió y se tendió en el camastro35 a esperar a Maritornes. La venta estaba en silencio, y no había otra luz que la que daba una lámpara colgada en medio del portal.

    En esta maravillosa quietud estaba Sancho acostado sin poder dormir por el dolor de sus costillas y nuestro caballero tenía los ojos abiertos como una liebre36. A don Quijote le dio por imaginar que la hija del ventero era la hija del señor del castillo en donde se alojaba y que venía a acostarse con él en la cama, lo que comenzó a preocuparle y a hacerle pensar en el peligroso trance37 en que su honestidad se había de ver, pues en su corazón había decidido ser fiel a su señora Dulcinea del Toboso .

    A la hora convenida, asomó a la puerta la asturiana, en camisa38 y descalza. Entró con pasos prudentes, buscando a tientas, con las manos hacia delante, a su querido arriero. Al verla, don Quijote se sentó en la cama a pesar del dolor de sus costillas, le tendió los brazos para recibirla, la asió39 de una muñeca, tiró hacia sí y la hizo sentar a su lado sin que ella osase40 hablar palabra. Al punto, don Quijote recibió el aliento a ensalada rancia que la moza arrojaba por la boca, y que a él le pareció olor suave y aromático. Luego le tentó41 la camisa, que era de arpillera42, aunque a él le pareció de seda, y al tocar sus cabellos, que tiraban a crines43, los tuvo por hilos de oro de Arabia que oscurecían el sol44. Era tanta la ceguera del pobre hidalgo45 que ni el tacto ni el aliento ni otras cosas que harían vomitar a otro que no fuera un arriero, lo desengañaban46. Muy al contrario, la pintó en su imaginación como las princesas de los libros. Así que, sujetándola bien, le dijo con voz baja y amorosa:


    ―Alta y fermosa señora, aunque quisiera, no podría satisfaceros, porque estoy molido y quebrantado47. Pero hay otra imposibilidad mayor, y es que debo ser fiel a mi señora Dulcinea del Toboso.


    Sin entender una sola palabra, Maritornes sudaba y forcejeaba48 por desasirse49. El arriero, que había escuchado atento y celoso las razones50 de don Quijote, se acercó al lecho, y como vio que don Quijote se esforzaba por retener a la moza, alzó el brazo y descargó tan terrible puñetazo sobre las estrechas quijadas51 del enamorado caballero, que le bañó toda la boca en sangre. Y no contento con eso, se le subió encima y le pateó las costillas de cabo a rabo. Pero el lecho, que era un poco endeble52, no pudo sufrir el peso añadido del arriero y se vino al suelo con gran ruido. Con el estruendo53 se despertó el ventero y llamó a Maritornes y, viendo que no le respondía, se levantó, encendió un candil 54 y fue a donde sonaba la refriega55. La asturiana, al ver acercarse a su amo, que era de condición56 terrible, se metió toda medrosica57 en la cama de Sancho, y allí se acurrucó y se hizo un ovillo. El ventero entró diciendo:


    ―¿Dónde estás puta? Seguro que esto es cosa tuya.


    En esto, Sancho se despertó asustado y, al notar casi encima un bulto de pesadilla, empezó a darle puñadas, y Maritornes a devolverlas, y los dos abrazados comenzaron las más reñida y graciosa escaramuza58 del mundo. Acudió el arriero a defender a su dama y el ventero a castigar a la moza, a la que suponía causante de toda aquella sonora trifulca59, con lo que el arriero golpeaba a Sancho, Sancho a la moza, la moza a Sancho y el ventero a la moza. En éstas se apagó el candil y, como no veían nada, se daban todos sin compasión y a bulto, y con tanta fuerza que allí donde caían sus manos no quedaba cosa sana.

    Al oír el extraño estruendo de la pelea, un guardia de la Santa Hermandad que se alojaba por casualidad en la venta cogió su bastón60 y entró en el aposento gritando:


    ―¡Ténganse a la justicia!


    El primero al que encontró fue a don Quijote, que estaba en su lecho boca arriba, sin sentido. A tientas le agarró de las barbas y como no se movía, pensó que estaba muerto.


    ―¡Cierren la puerta de la venta! ¡Que nadie se vaya! ¡Han matado a un hombre!



FUENTES


Texto:


Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Editorial Vicens Vives (Clásicos adaptados).


Foto:


Banco de imágenes del Quijote.


NOTAS


1 Persona que trajina con bestias de carga.


2 Flaco.


3 Regodearse, recrearse en algo grosero.


4 Suspiros, quejidos.


5 Blasfemia, insulto dirigido contra alguna cosa sagrada.


6 Era muy largo y se disparaba clavando en el suelo uno de los extremos.


7 Pieza principal del aparejo de las caballerías de carga, que se compone de dos a manera de almohadas rellenas, generalmente de paja y unidas por la parte que cae sobre el lomo del animal.


8 Cuerda o correa que ata y une dos o más caballerías para que vayan en hilera una detrás de otra.


9 Camino ancho que comunicaba poblaciones importantes.


10 La legua es el camino que se puede hacer andando en una hora, es decir, corresponde a unos cinco kilómetros.


11 Casa establecida en los caminos o despoblados para hospedaje de los pasajeros.


12 Multitud de cosas que van o siguen unas detrás de otras.


13 Persona que tiene a su cuidado y cargo una venta para hospedaje de los pasajeros.


14 En la religión cristiana, una de las tres virtudes teologales, que consiste en amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos.


15 Joven soltera.


16 Que tiene la nariz poco prominente y como aplastada.


17 Falto de la vista en un ojo.


18 Esto es “menos de medio metro”, pues cada palmo equivale a unos 21 centímetros.


19 Sitio cubierto ligera o rústicamente para resguardar de la intemperie personas, animales o efectos.


20 Aplicar y extender superficialmente aceite u otra materia pingüe sobre algo.


21 Mixtura de una sustancia grasa y otros ingredientes, que se emplea como cosmético o medicamento.


22 Mancha amoratada, negruzca o amarillenta de la piel a consecuencia de un golpe u otra causa.


23 Temor o susto repentino.


24 En un instante.


25 Que padece desgracias o una desgracia.


26 Paje o sirviente que llevaba el escudo al caballero cuando este no lo usaba. Hombre que antiguamente se ocupaba de asistir y atender a un señor o persona distinguida.


27 Territorio o lugar a que se refiere el título nobiliario de conde y sobre el cual este ejercía antiguamente señorío.


28 Acción y efecto de hablar familiarmente una o varias personas con otra u otras.


29 Cama.


30 Que tiene buena suerte.


31 Insuficiente, escaso.


32 Estrellado: aquí, “que tenía el techo en tal mal estado que dejaba ver las estrellas”.


33 Lugar cubierto en que se encierra ganado para su descanso y alimentación.


34 Tejido grueso de esparto, juncos, palma, etc., o formado por varias pleitas cosidas, que sirve para cubrir el suelo de las habitaciones y para otros usos.


35 Lecho pobre y sin aliño.


36 Se creía que las liebres no cerraban los ojos ni siquiera para dormir.


37 Momento crítico y decisivo por el que pasa alguien.


38 Prenda interior de tela fina y largura media, que cubre hasta más abajo de la cintura.


39 Tomar o coger con la mano, y, en general, tomar, coger, prender.


40 Atreverse.


41 Examinar y reconocer por medio del sentido del tacto lo que no se puede ver, como hace el ciego o quien se halla en un lugar oscuro.


42 Tejido áspero de estopa o cáñamo.


43 Conjunto de cerdas que tienen algunos animales en la parte superior del cuello.


44 Por cabellos más rubios que el color del sol.


45 Noble del más bajo rango.


46 Hacer reconocer el engaño o el error.


47 Roto, dolorido.


48 Hacer fuerza para vencer una resistencia.


49 Soltar, desprender lo asido.


50 Palabras o frases con que se expresa el discurso.


51 Mandíbulas.


52 Débil, flojo, de resistencia insuficiente.


53 Ruido grande.


54 Lamparilla portátil que funciona con aceite.


55 Riña violenta.


56 Carácter o genio de las personas.


57 Temerosa.


58 Riña.


59 Desorden y camorra entre varias personas.


60 Como signo de autoridad, los cuadrilleros o guardias de la Santa Hermandad llevaban un bastón corto.