La niebla se cerraba a toda velocidad sobre la montaña. Rápida, demasiado rápida, caía sobre el valle de Karrantza, sobre los cerros redondeados que lo circundan. De su mano, la noche llenaba cada hueco abandonado por un sol rendido a los elementos. Dedos de fría humedad acariciaban con irónica satisfacción los rostros de los muchachos, rostros surcados de cansancio y desasosiego. Por fin, agotados, se detuvieron en un lugar a caballo entre la nada y el vacío.
-“Nos hemos perdido”-
Julián no pudo contener un bufido de frustración. Lo que comenzó siendo una sencilla excursión, un largo paseo por un Parque Natural, se estaba transformando en una especie de pesadilla. Intentó vislumbrar algo a través de aquella espesura blanquecina, pero era imposible. Irritado, masculló una imprecación inaudible y se giró hacia Patricia. La muchacha descansaba sobre la hierba, conteniendo a duras penas los quejidos de dolor.
-“¡Es por tu culpa! ¡Siempre es por tu culpa! ¡Si no tuviéramos que arrastrarte a todas partes, estaríamos en el coche hace horas!”-
-“¡Ya vale!”-
El grito de Andoni, agigantado en aquella soledad, les tomó por sorpresa. Su vozarrón voló entre las crestas y las simas, rebotó contra los riscos como si de un frontón se tratara y regresó a sus amigos tapizado en una autoridad que, en general, no le correspondía. Andoni era el hermano pequeño de Julián. Patricia, la novia del mayor.
Andoni no aceptaba que culpara a Patricia de su mala suerte. No aceptaba que la gritara por meter el pie en aquel agujero, que la hiciera responsable de la situación de todos ellos ¡Llevaba kilómetros caminando con un tobillo dislocado!
Había tantas cosas que Andoni no aceptaba de su hermano...
Pero no era momento de pensar en ello. Había que olvidar los ojos tristes de Patricia y el desdén autoritario de Julián. El invierno agonizaba pero sus últimos coletazos todavía castigaban los lindes del Cantábrico. Pasar la noche a la intemperie, envueltos en una bruma indescifrable, empapados por la humedad y ateridos de frío, era una alternativa impensable.
Además, se dice que en Karrantza todavía quedan lobos.
-“Venga”- murmuró bajando la voz –“No podemos quedarnos aquí. Hace mucho que hemos perdido el camino ¿verdad? Pues vamos a buscar el primer sendero que baje, no importa a donde, y seguirlo. Pero sin discutir, por favor ¿Quieres que te ayude, Patri?”-
No tardaron en encontrar una trocha que asemejaba el rastro de algún rebaño descarriado pero, como habían acordado, siguieron por ella. Armado de la única linterna, Julián abrió la marcha oteando como un topo entre tinieblas. Tras él, Andoni cargaba el peso de Patricia, resoplando con disimulo por el esfuerzo, pero disfrutando del contacto de la muchacha. La niebla era ahora una pared contra la que se estrellaba el débil haz de la bombilla. Abajo, en algún lugar del valle, la gente cerraba puertas y ventanas, encendía el radiador, el televisor, y aromas a cocido y frituras llenaban los pueblitos de un cálido sabor a hogar. Pero arriba, junto a la cresta de la montaña, los tres amigos caminaban en silencio, atentos al aletear de los murciélagos o al ocasional aullido de un lobo repetido una y mil veces en aquel infierno de cacofonías. La impotencia en las protestas de Julián, la rabia en la respuesta de Andoni, el silencio ahogado de Patricia tenían un nombre y un motivo: miedo.
De repente, la marcha se detuvo.
Aliviado, Andoni depositó a Patricia sobre la hierba. Desentumeció los hombros en algo semejante a un bostezo y buscó lo que su hermano estudiaba con tanta atención.
Ahí, tras una curva del camino, en el regazo de una ladera de roca viva, las ruinas de una antigua construcción tomaban forma ante sus ojos.
Restos de paredes a medio derruir, dispersas pilas de piedras mal amontonadas surgían y desparecían al capricho de la niebla. A sus pies, aquel sendero casi inexistente era ahora un camino mal empedrado, cubierto de irregulares losas entre cuyos resquicios crecían matas salvajes y estrechos arbolillos de frágiles ramas alargadas que imploraban clemencia a un cielo mudo. Caminaron sin ruido entre casas derruidas, escuchando el eco de sus pasos al rozar en la gravilla. De entre las sombras afloraban construcciones irreconocibles, quebradas por el paso del tiempo o el capricho de los elementos. Pronto tropezaron con lo que, en algún siglo remoto, debió ser la plaza, un lugar más amplio sembrado de maleza. La fuente, o lo que quedaba de ella, ocupaba el centro. Todo era silencio, un silencio tan espeso como la niebla. Hasta que una repentina ráfaga de viento se enredó en los muros de las viviendas, sacudió sus melenas, sus nervios, y la bruma que cubría el pueblo fantasma.
Permanecieron callados, paladeando la sorpresa, un buen rato.
A la izquierda, la montaña se abría al vacío, a un precipicio que habían bordeado sin saberlo. Allí, como si colgara de la nada, una pequeña iglesia sobrevivía a los siglos con la misma vieja dignidad de cualquier iglesia abandonada, huecas las cuencas de sus ventanas y el modesto campanario, el portón colgando de sus goznes. A la derecha, engarzada a los grandes peñascos del Armañón, la silueta dormida de una decrépita casa torre parecía contemplarles ceñuda. Era una construcción de gesto altivo, una fachada perforada por dos estrechas aspilleras y una puerta ojival donde moría la breve escalinata. Se trataba de los edificios mejor conservados entre tanta piedra suelta y vigas podridas. Aunque ruinosas, las paredes permanecían intactas y sólo las techumbres hundidas deban fe del paso lento de los años.
Lejos, el aullido de un lobo rasgó la noche.
-“¿Qué hacemos?”- susurró Patricia en un hilo de voz.
La niebla regresó despacio, resbalando sobre los enhiestos muros de las construcciones, devolviendo al desierto villorrio una peculiar sensación de irrealidad. Nadie habló. Siguieron así, mirando al frente sin palabras, contemplando los brumosos jirones que colgaban de los aleros. Algo les mantenía atentos a la fachada de la torre, una sensación extraña a la que ninguno quería poner nombre, pero que todos intuían: en aquella casa había algo malo.
Una sombra se abrió camino en la maraña de arbustos que rodeaban las ruinas. Las ramas crujieron y se agitaron a su paso, provocando un escalofrío en los muchachos. Patricia lanzó un grito ahogado, un chillido que les hizo dar un brinco involuntario. “Será un conejo” susurró Andoni sin ninguna convicción. Por fin, cesó el movimiento y la conocida quietud de la noche les envolvió de nuevo. Julián tomó la iniciativa.
-“Quizá debamos quedarnos aquí, antes de despeñarnos por algún barranco”- los otros asintieron con un gesto. –“¿Dónde preferís? ¿En la iglesia, o en la torre?”-
-“En la iglesia”- respondieron al unísono.
Recogieron con poca esperanza rastrojos demasiado verdes y mojados antes de encaminarse, cohibidos, al interior del pequeño templo. La niebla se colaba por los agujeros de las ventanas, dibujaba regueros en las paredes. Penetraron en fila, buscando un rincón seco y a cubierto donde intentar hacer un fuego. Andoni se quedó un momento rezagado en la entrada, intentando cerrar de alguna manera su refugio. Aunque dudaba que ningún lobo decidiera acercarse, atrancar la puerta resquebrajada les daría una fingida sensación de seguridad para pasar la noche lo más tranquilamente posible. Entonces se fijó en la inscripción. Era una frase breve, una antigua salutación a los fieles, grabada sobre la piedra erosionada: Miguel Deuna, Merueche Sainchale, Erripeco Bisi Dirauen Deabrun Irabasle.
Regresó a la esquina donde Julián y Patricia descansaban sentados sobre las frías losas del suelo. Sin mirarles, se acuclilló a su lado y comenzó a trastear con el mechero y las ramas humedecidas, ocultando a sus amigos los temblores, los irracionales escalofríos que viajaban por cada una de sus terminaciones nerviosas mientras, mentalmente, traducía aquella leyenda impresa en viejos caracteres vascos: “San Miguel, Protector de Merueche, Vencedor de los Demonios que Viven Bajo este Pueblo”.
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