DEFENSA DEL LITORAL RURAL: LA COSTA QUE SE NOS VA, LA COSTA QUE NOS QUEDA 


El litoral asturiano está siendo transformado excesivamente, sin que se tenga suficientemente en cuenta el patrimonio que se pierde por ello. La costa no debe ser únicamente un recurso inmobiliario y turístico. Por encima de eso, es un patrimonio de todos, un ecosistema mixto, marítimo y terrestre, natural y rural, muy rico y productivo, y su riqueza y productividad -en términos ecológicos- disminuye a medida que se urbaniza sin freno. Este medio natural incluye, además de los recursos pesqueros, unas tierras de labor especialmente llanas y fértiles, que son las que con más frecuencia quedan sepultadas bajo el asfalto y el hormigón. Un ecosistema rural y natural, este litoral que nos queda, como quedan pocos en la Europa occidental con unas condiciones físicas y climáticas parecidas. Este patrimonio natural conforma un paisaje que es en sí un valor único, y las agresiones que sufre tienen una más que difícil vuelta atrás.

Defender el litoral no es situarse en contra del progreso económico y social de esas áreas. Si bien el turismo es un sector que puede colaborar a que exista una mayor diversificación económica en muchas áreas rurales, también puede ser la causa de su deterioro ambiental y social. El turismo que se pretenda implantar en un territorio debe estar limitado por la capacidad de carga de la zona, capacidad que viene determinada por el hecho de que la presencia de turistas no destruya el tejido económico y social tradicional, así como el medio ambiente circundante. Un turismo blando resulta más sostenible, y puede revitalizar algunas actividades tradicionales, como son por ejemplo los productos alimenticios locales. Pero el turismo masivo como fundamento de la economía en un medio rural y bello no es un devenir natural ni necesario; realmente sólo responde al interés de los promotores inmobiliarios y constructores por un lado y a la existencia de una eventual demanda turística por el otro. Se deben diseñar otras alternativas de progreso menos destructivas -analizado en profundidad el turismo masivo no es ni siquiera un signo de progreso-. Destruimos las mejores tierras hipotecando el futuro sostenible local por un desarrollismo de dudosa sostenibilidad. Aunque parece que la población local se beneficia de las recalificaciones del suelo -cuando no son los especuladores intermediarios los únicos que aprovechan esta revalorización- y de los puestos de trabajo que genera el emergente sector terciario, la dependencia del turismo es un craso error de logística económica. El turismo masivo, como economía basada en el ocio, es muy poco seguro, depreda los mejores suelos de las áreas rurales, destruye el tejido económico y social tradicional y degrada notablemente los ecosistemas costeros -y otros-.

El argumento que defiende a toda costa el turismo por considerar que es bueno para los pueblos por los puestos de trabajo que genera puede ser rebatido de muy diversas maneras: ¿A qué pueblos favorece, si éstos desaparecen como tales en favor de una serie de urbanizaciones sin ninguna cohesión social? No se calibran cuántos puestos de trabajo estable y productivo, sostenible, se pierden al quedar hormigonados los mejores terrenos -sector agropecuario- y degradando el medio natural -turismo blando, pesca-; ni cuál es el patrimonio que se pierde, ni cómo se altera la calidad de vida de los paisanos, etc. Y menos aún se plantean por el alcance ético que supone la destrucción de un paisaje singular.

Cuando el volumen constructivo es excesivo, como ocurre en gran parte de nuestra costa asturiana, concretamente en el concejo de Llanes, donde se está intentando plantear un verdadero crimen ecológico, social y cultural, la exagerada demanda de trabajadores obliga a buscarlos fuera de la región; así pues, un volumen de construcción superior al que es capaz de asumir la población del lugar excede a la presuntas necesidades locales de trabajo. Los promotores y constructores de los mayores desarrollos urbanísticos tampoco suelen ser lugareños. ¿Quiénes son los principales beneficiados del exagerado desarrollo turístico-urbanístico...? Todo ello a costa de destrozar el rico patrimonio natural, rural y etnográfico -la desarticulación del medio rural destruye también la organización social tradicional, oficios y conocimientos populares diversos, etc.- de La Marina.

Es común que hoy los jóvenes se vean obligados a salir de su pueblo cuando se independizan; el turismo ha otorgado un valor artificial al suelo y a las viviendas, haciendo que sea inalcanzable adquirir una casa en su lugar de origen. De disponer casi cualquier familia rural de una casa exenta, con su antoxana y todo eso, se pasa a vivir en pequeños pisos de protección oficial en la villa más próxima a tu pueblo, pues los precios han subido demasiado para acceder a una casa similar a la que tuvieron sus padres. Esta casa, supongo, ya pertenecerá a alguna persona foránea, a algún turista con mayor poder adquisitivo que está contribuyendo sin querer a que se genere una cierta segregación en el área. Independientemente del derecho de aquel que quiera comprar una casa en un lugar determinado a hacerlo, es lamentable que la administración organice el espacio de tal manera que se pueda destruir -no evoluciona, ni se acomoda a nuevas circunstancias, se destruye- el medio económico local, que el medio rural pierda sus mejores tierras, que los paisanos pasen de ser productores con una lógica ambiental, cultural, etc., a asalariados de un voluble sector terciario. Y que se destruya más y más naturaleza.

Desarrollar un área no significa saturarla. Ni conseguir el mayor volumen de mercado posible. Ni llenarla de caminos negros, comunicando todo lo comunicable. Ni conseguir menguar los efectos negativos de la creciente contaminación llenando todas las desembocaduras de los ríos de esperpénticas depuradoras. Ni generar una demanda descomunal de recursos, como el agua, para luego inundar un hermoso paraje justificando el hecho en pro del bien común, mayoritario; primero convierten a la mayoría rural en minoría y después la sacrifican en favor de una mayoría generada artificialmente, por el interés de unos cuantos en desarrollar exageradamente el área con una concepción mercantilista extrema e impía. En los núcleos rurales, la población foránea no debe exceder de un porcentaje determinado, siempre muy inferior al 50%, porque si no, las decisiones de lo que ocurra en el pueblo ya no recaen sobre la población local: un absurdo ¿Verdad? No tenemos ya un pueblo, tenemos una urbanización. En determinados lugares considerados "de interés agrario" debe cuidarse este punto especialmente, con medidas protectoras como las que sólo en parajes muy aislados se han ido implantando; por ejemplo, exigiendo la condición de trabajadores agrarios a los promotores, su empadronamiento local, etc., estabilizando e incluso recuperando los comunales próximos a la costa -que con frecuencia están siendo expoliados por las propias administraciones locales con el fin de obtener beneficios de su posterior recalificación-, etc. No importa lo cercanos que estén a la costa los territorios rurales, son rurales. Y no importa tampoco lo cerca de la costa que estén los bienes comunales, son comunales.

Hasta ahora, la naturaleza dócil del paisanaje rural ha permitido que se acate todo esto sin apenas resistencia, incluso en aquellos casos en que existe un fuerte consenso colectivo en contra del desarrollismo local. Los casos como el registrado en Barcia, Valdés, donde los vecinos se agruparon en defensa del mantenimiento de su parroquia como un área rural, evitando así la construcción en el lugar de un campo de golf, son desgraciadamente excepcionales. Normalmente, los vecinos agradecen las oportunidades nuevas de trabajo sin quejarse públicamente de los obstáculos también nuevos que surgen para continuar con las actividades tradicionales. Agradecen la construcción de pisos de protección oficial asequibles sin quejarse de la imposibilidad de vivir en una casina de su pueblo. Agradecen la mejora de algunos caminos y servicios sin darse cuenta que tenían derecho a ello de todas formas, y además no se quejan de que ya no puedan estacionar cómodamente sus vehículos durante el verano. Agradecen -a veces- el ambiente estival sin quejarse de la saturación. Agradecen las depuradoras pero no se lamentan del aumento de la contaminación que las hace necesarias.

Cada final de verano, como si de un premio se tratase, se busca batir el récord de visitantes del año anterior... ¡Bien, este año hemos conseguido multiplicar por cinco la población! ¡Por siete! ¡Bien, hemos conseguido que las paradisíacas playas se saturen, que ya no se pueda echar una partida de palas...! ¡Y además con un turismo de excelencia! ¡Bien, vamos a conseguir que todo esto deje de ser profundamente bello! ¿Bien? Quizá incluso algún día consigamos expulsar al turismo blando y de calidad -por ser el sostenible-. Mientras tanto, las póyades, esas charcas que deja el mar entre marea y marea, en lugar de una multitud de pececillos, crustáceos y otros habitantes marinos, tienen cientos, miles de dedinos de excelencia turística. Y lo peor es que eso lo quieren para todas las playas, lamentando que no pueda ser también en todas las estaciones del año.

¿No será mejor que, antes de que sea tarde, las últimas playas sin saturar -porque no llegan cómodamente los vehículos, fundamentalmente- se intenten adecuar y reacondicionar como el hábitat idóneo del ecosistema marino natural? ¿No sería mejor que estas últimas calas aún recuperables recordaran a las costas que daban temporalmente cobijo a algún joven ejemplar de foca gris en nuestros habitualmente también grises otoños e inviernos? ¿No será mejor que el águila pescadora, cuyos últimos avistamientos constatados en Asturias fueron precisamente entre Llanes y Ribadesella, pueda recolonizar estos lugares? Digan que sí, por favor.

La consideración de las costas oriental y occidental de Asturias como "Paisajes Protegidos" es agua de borrajas si no se traduce en medidas concretas de protección, y se está manifestando como algo simbólico y poco útil. Por todo ello, el FAR (Foro Asturiano para el Conocimiento y Desarrollo del Medio Rural) quiere denunciar los abusos urbanísticos que existen en nuestra costa, y en otras partes Asturias no costeras, y se dispone a colaborar todo lo posible en la promoción del litoral que aún nos queda para que sea protegido de verdad bajo alguna de las figuras legales con las que se pretenden conservar los distintos medios naturales de la región. Al no aplicarse verdaderos mecanismos de defensa del medio litoral se está privando a estas áreas de un verdadero desarrollo sostenible, ya que, al incorporarse a la red de espacios protegidos, habría muchos recursos económicos y subvenciones adicionales para invertir en el área, lo que podría aprovecharse para generar una correcta estructura productiva, fijar población, etc.

Para empezar, estamos desarrollando un estudio de la costa y sus valores, en colaboración con la Asociación de Vecinos de Celoriu "La Hoguera" -que ha promovido esta iniciativa dentro del FAR-, inventariando las áreas costeras aún no destrozadas, así como analizando las leyes a partir de las cuales se puedan amparar alguno de nuestros objetivos, con el fin de promover una protección eficaz de la costa que nos queda. Se trata de catalogar zonas costeras en virtud de sus valores ambientales, etnográficos y agropecuarios como soporte de las reclamaciones de protección que se hagan para las distintas áreas. Por otro lado, se está promoviendo una red de Asociaciones de vecinos de todos aquellos núcleos rurales que deseen seguir siéndolo, para poder enfrentarse con garantías a cualquier iniciativa destructora de su idiosincrasia rural. También estamos recogiendo ideas alternativas para desarrollar estas áreas según los modelos de un "ecodesarrollo" o "desarrollo sostenible" que no sacrifique el paisaje ni el paisanaje. Nadie debe ya resignarse a que decidan -y mal- por nosotros. Nadie debe permitir que se destruya para siempre un patrimonio que pertenece a nuestro hijos y nietos. Debemos defender la costa que nos queda sin dar un segundo más a la especulación urbanística.
Puxa Asturies.

Juan Antonio Valladares Álvarez. Ganadero y Dr. en Ecología Humana. Coordinador del Foro Asturiano para el Conocimiento y Desarrollo del Medio Rural