Un amor de ensueño
De un amor que nace en la infancia y muere por la mañana.
Nos conocimos a los cuatro años, pero hasta los siete no hablamos mucho. En segundo de lo que entonces era Educación General Básica, cuando tenía dicha edad, el profesor me sentó entre dos chicos: uno era pelirrojo, ruidoso y no me caía muy bien. Se llamaba Sergio. El otro se llamaba Julián, y era bastante callado y serio. Al principio no me gustó nada el lugar donde me había tocado. Estaba lejos de mis amigos, y el chico pelirrojo era muy quisquilloso a veces. Empecé a llevarme bien con Julián. Nos pasábamos las horas de clase hablando y riendo, muchas veces de Sergio, que se picaba muy fácilmente. En el patio, durante la media hora de recreo, cada uno iba por su lado. A lo largo del curso nos hicimos grandes amigos, nos reímos un montón y en tercero aún seguíamos con nuestros juegos imaginarios, las risas y el hablar durante las clases.
En cuarto, cuando la EGB pasó a ser 2º de Ciclo Medio, tenía nueve años y me empezó a gustar un poco, durante una temporada. Fue cuando después de mucho tiempo nos volvimos a encontrar gracias a un cambio de mesas. Las recuerdo como unas temporadas memorables.
En quinto nos vimos los primeros meses de curso, estábamos cerca, pero no hablábamos tanto. También fue el año que me pusieron gafas y la época en la que empecé a usar la cola de caballo como peinado habitual. Fuimos a nuestras primeras colonias y todos estábamos bastante emocionados con la idea de dormir en grupos en una misma habitación. La mitad del tiempo estuvo lloviendo, pero vimos el sol el último día, antes de irnos. La segunda tarde los monitores habían organizado una especie de prueba de supervivencia, en la que debíamos construir unas cabañas hechas de ramas, por si alguna vez nos perdíamos en el bosque y teníamos que pasar la noche al raso. Cuando nuestro grupo terminó fuimos a dar una vuelta para ver a los demás. El grupo de Julián estaba terminando su gigantesca cabaña en medio de una pendiente, al lado de un terraplén que descendía en vertical unos 3 metros y medio y terminaba en zarzas y helechos. Como he dicho, había llovido y era un terreno muy arcilloso. Resbalé y, aún de pie, empecé a deslizarme rápidamente hacia la caída. Recuerdo que pensé: “De esta no salgo. Me voy a matar… Me haré daño…”, pero lo que mi boca decía era: “Ay, ay, ay-ay, ay…”. Todo pasó muy deprisa. De repente abrí los ojos y me encontré colgando de una rama que había bastante más arriba de mi cabeza y que ni siquiera había visto (¡benditos reflejos que me socorrieron!). Luego vi a Julián, justo enfrente del terraplén con los brazos extendidos y preparado para cogerme. Yo terminé de bajar, haciéndome la dura en plan “esto no es nada” cuando él me preguntó si estaba bien, que me iba a coger… Y yo por dentro no paraba de gritar que podría haberme dejado caer, si sería tonta… mezclado con cierta alegría de que el chico lo hubiera intentado.
Después de todo esto, al año siguiente hablamos más bien poco… solo cuando le operaron y no podía jugar a fútbol. Así que me dediqué a mi otro amor platónico de la infancia, que había empezado a los cuatro, nada más aterrizar al colegio.
Llegó la temida Educación Secundaria Obligatoria y nos cambiaron de clases, ya nunca más coincidiríamos, salvo en los pasillos o en alguna asignatura optativa. Las pocas veces que ocurría ya no era lo mismo, éramos dos desconocidos que de pequeños habían sido grandes amigos. Imagino que cuando eres adolescente quieres pasar tu niñez muy rápido y te olvidas fácilmente de ella.
Por aquella época era muy romántica, más de lo que ahora reconocería. Pero supongo que cuando tienes alrededor de catorce años, o quince, estas cosas pasan. Me gustaban las historias de amor, mejor si acababan bien, pero aquellas que contenían un final agridulce tampoco estaban del todo mal. Recordaba una película de fantasía, de las italianas con efectos más bien pobres (pero que por aquél entonces tampoco estaban tan mal). En ella salían unos jóvenes que se conocían y se enamoraban de inmediato, pero por causas ajenas, se separaban durante muchos, muchos años. Ya entrados en la veintena, tuvieron un sueño en el que se comunicaban y gracias a él se encontraban, tras bastantes trifulcas, minutos de película y publicidad de la cadena, todo hay que decirlo. Pensándolo bien, la historia recuerda un poco a La Bella Durmiente de Disney, cuando la joven Aurora se pone a cantar por la mañana: “Eres tú, el príncipe azul que yo soñé…”
Pues bien, aconteció una noche que soñé que formaba parte de una serie bastante famosa en la que aparecían castillos y varias cosas chulas. En ella yo era amiga de los protagonistas (por algo era mi sueño), y ¡oh, sorpresa! Un chico se me declaraba y me besaba en un pasillo oscuro. Ese chico era Julián. El mismo con el que no me hablaba desde hacía años, y que se había vuelto un chulito, que iba con los “guays” (aunque les llamábamos “chungos” por lo mal que se portaban… supongo que querrían ir de rebeldes, pero mirándolo con perspectiva, me dan tanta pena como los chungos que veo ahora por las calles, en la salida de los colegios e institutos)… En definitiva, aquél Julián ya no me gustaba. Pero claro… luego tuve el sueño. Y los sueños, aunque haya castillos y personajes de ficción de por medio, a veces son muy reales.
A la mañana siguiente lo vi por las escaleras. El corazón me dio un vuelco, me puse roja y no contesté a mi amiga, que me hablaba. Pasé todo el día en las nubes, con cosquillas en el estómago, pensando en el beso del sueño… mientras mi parte racional decía “¿Pero qué te pasa? ¿Tú le has visto? ¡Es un estúpido!”, y mis sentimientos que sí, que vale, pero… ¿y qué?
Qué bonita idea, el amor de tu vida llega a través de un sueño… Qué romántico. Qué pasión, qué cosa más hermosa, qué… Seguía en las nubes.
Al segundo día lo volví a ver, y de mariposas en el estómago, más bien pocas. Estuve un rato en las nubes, pero bajé pronto.
Al tercer día, al verle nuevamente reírse con su risa estúpida con sus estúpidos amigos de las estupideces que decían y de los estúpidos chistes, ya no quedaba nada de mariposas, de nubes ni de besos. Fue la última vez que sentí algo bonito hacia él… se había convertido en algo que aborrecía.
Fue un sueño corto.
Pero aún guardo con cierto cariño las horas que pasamos juntos desde los siete hasta los diez. Y la aventura de las colonias de quinto. El Julián niño sí merecía ese amor del sueño.