GÉNESIS 2:18
Algunos, en mayoría, suelen decir que los peores recuerdos que
se pueden tener son los más bonitos, cuando ya no pueden ser
más que eso: recuerdos. Recuerdos que te atormentan, evocando
tiempos mejores, sensaciones indescriptibles y describiendo tu vida
como lo que ahora es sin ellos; una vida vacía. Una vida
carente de motivaciones y que se empeña en dominar el paso del
tiempo para hacerlo retroceder aún sabiendo que eso no puede
conseguirse.
Él no opina igual. Piensa que los que
dicen eso son personas que aún pueden permitirse el lujo de
recordar; aunque esos recuerdos les duelan, los tienen y pueden
pensar en ellos.
Él ya no los tiene. Intenta recordar
aquello que le hacía vibrar, aquello que le hacía
sentirse vivo, aquello que le daba motivos para luchar y seguir
adelante... en vano.
Ya no recuerda el efecto de la adrenalina
en su sistema nervioso, fruto de una compañía ansiada,
prácticamente como si fuese su dosis obligada de droga. No
recuerda el tacto de las caricias en la espalda, ni la respiración
ajena de alguien que se abriga en su pecho. Es incapaz de recordar el
tacto de otra piel que no sea la suya o la de la cara de alguien. No
puede recordar la sensación de estar durmiendo con alguien e,
inconscientemente, llegar a acompasar y sincronizar los propios
latidos de su corazón y su ritmo respiratorio con el del ser
amado.
Es curioso, el ser amado. Todo el mundo sabe lo que
significa, incluso él; pero sería incapaz de
describirlo o sencillamente decir lo que es por la sencilla razón
de que ya no lo recuerda. Como el dolor de cabeza, esta es una de las
cosas que uno recuerda cuando lo tiene. Nadie es capaz de recordar la
intensidad o duración relativa de su último dolor de
cabeza. Así pues, el paso del tiempo había borrado el
concepto de "ser amado" de su cerebro.
Había
cumplido años hacía relativamente poco. Su padre le
preguntó lo típico, aquello de "¿cómo
te sienta la edad?" Y el había respondido que le
sentaba mal, pues en esa edad, lo normal es estar, si no emancipado,
al menos en proceso. Pero realmente aquello le daba lo mismo, sabía
que sus padres le habían dado la vida por amor y que seguirían
estando allí por lo mismo. Aquello le daba igual porque lo que
realmente le atormentaba era la ausencia total de recuerdos sobre
aquello que todo el mundo proclama como estandarte de la vida, el
amor.
Cuando va por la calle y observa a una pareja
acaramelada, intenta evocar como se sentía él en
momentos como ese, y no halla nada, se ha esfumado. Es consciente de
que en aquellos momentos podía besar las nubes, podía
escalar una montaña si su compañera se lo pedía,
desafiar al mismo diablo si se interponía entre ellos dos; aún
así, son recuerdos empíricos, como saber que si te
cortas una pierna te va a doler, aunque nunca te haya pasado.
Cuando acaba de masturbarse viendo a la típica mujer que se
dedica a lo que él llama "el cine del fast forward",
se siente miserable; ya no porque no sea capaz de recordar el tacto
de una vagina, sino porque ya no recuerda la sensación de
plenitud y complicidad que viene después del juego amoroso; ni
el olor del sudor fruto de la pasión, ni el sentido del tacto
hipersensibilizado por el torrente furioso de sangre en sus venas, lo
cual provoca que cada caricia en su pecho o en su cuello le hiciese
tocar, literalmente, las plumas de los ángeles.
No...
ya no recuerda, y no porque no quiera o no lo intente, sino porque no
puede.