VIH y SIDA: lo básico


VIH y SIDA no son la misma cosa...

VIH (Virus de Inmunodeficiencia Humana) es un virus que debilita y penetra el sistema inmunológico del cuerpo. Cuando el sistema inmunológico se debilita, perdemos nuestra protección contra enfermedades y podemos contraer serias infecciones y cánceres, generalmente mortales. SIDA (Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida) es el nombre para la condición que las personas desarrollan después de tener una o más de las serias infecciones relacionadas con el VIH o cuando las pruebas de sangre muestran que el sistema inmunológico ha sido severamente afectado por el virus.

Generalmente tarda varios años hasta que el VIH quiebra la resistencia del sistema inmunológico y cause el SIDA. Muchas personas tienen pocos o ningún síntoma varios años después de estar infectados. Pero una vez que el VIH entra en el cuerpo, puede "esconderse" por meses o años y durante ese tiempo puede estar haciendo un daño serio al sistema inmunológico. Personas que parecen perfectamente saludables pueden tener el virus, sin saberlo, y pasarlo a otras personas. Los científicos aún no saben exactamente cuánto tiempo tiene que pasar para que una persona caiga enferma y desarrolle SIDA después de ser infectada con el VIH.

Transmisión del VIH

Las personas que tienen VIH pueden transmitirlo cuando alguno de sus fluidos corporales (sangre, semen, fluidos vaginales o leche materna) entra en el cuerpo de otra persona. Existen tres formas principales en que nuestros fluidos corporales pueden entrar en el cuerpo de otra persona:

  1. teniendo sexo sin protección (sexo sin condón);

  2. compartiendo parafernalia (agujas y jeringuillas, calentadores, algodones y agua) cuando se inyectan drogas u otras sustancias; y

  3. de madre a hijo antes del nacimiento, durante el nacimiento o la lactancia.

El VIH entra en el cuerpo humano a través de las paredes del recto, las paredes de la vagina, a través del contacto directo con el torrente sanguíneo o raramente, a través del interior de la boca y la garganta. El virus no puede entrar a través de la piel a no ser que la piel esté desgarrada o cortada. No existe evidencia de que el VIH se contagie por la saliva, lágrimas o sudor.

No existe absolutamente ningún riesgo por contacto casual con personas con VIH. El VIH no puede vivir fuera del cuerpo humano, por lo cual no puedes infectarte a través de los asientos de inodoros, teléfonos o fuentes de agua. El virus no se transmite por el aire al toser o estornudar. No puedes infectarte por mosquitos o la picadura de cualquier otro insecto o animal. No puede contraerse VIH por compartir utensilios o comida o por tocar. Vivir con una persona infectada con VIH no te pone en ningún peligro a no ser que tengas sexo sin protección o compartas agujas con él o ella.

¿Quién está en riesgo?

Cualquiera puede contraer VIH — jóvenes y mayores, hombres y mujeres, heterosexuales, gays y bisexuales, ricos y pobres y todas las razas y grupos étnicos — pero no todos enfrentan el mismo riesgo.

¿Cómo evito contraer el VIH o contagiárselo a otros?

Si no entra en tu cuerpo sangre de una persona infectada, semen o leche materna de una mujer infectada, no contraerás el VIH. Eso no es siempre fácil. Mantenerse a salvo implica pensar, planear y consistencia. A menudo significa hablar sobre cosas que te incomodan.

Evitando compartir jeringuillas

Compartir jeringuillas con una persona infectada durante la inyección de drogas u otras sustancias, como hormonas o esteroides, es uno de los medios más directos de infectarse con el VIH. Nunca debes compartir parafernalia usada para inyectarte drogas, incluyendo agujas, agua, algodón o calentadores.

Evita el Sexo con Riesgo

Una forma común de transmisión del VIH es durante el acto sexual sin protección ya sea por sexo vaginal o a través de sexo anal (el pene de un hombre dentro del recto de un hombre o una mujer). En general, es más fácil que la persona "pasiva" (aquella persona que recibe el pene dentro de la vagina o el recto) se infecte durante el sexo sin protección. Pero también sabemos que un hombre no infectado puede contraer el VIH al poner su pene dentro de la vagina o el recto de alguien infectado con el VIH.

Sexo Oral. Muchas personas se preocupan por el riesgo de poner su boca en el pene de un hombre ("mamar") o en la vagina de una mujer. Aunque no sabemos todo acerca del sexo oral, sabemos que el sexo oral es mucho menos probable que transmita el VIH comparado con el sexo anal o vaginal sin usar condones. Sin embargo, el sexo oral no es 100% seguro. Tu riesgo de contraer el VIH puede ser mayor si tienes heridas, cortes, ampollas o quemaduras en la boca o en el pene o vagina. El sexo oral muy fuerte, prolongado o repetido, puede herir tu boca, garganta, pene o vagina y aumentar tu riesgo a contraer el VIH. El sexo oral con una mujer infectada tiene más riesgo si está menstruando, ya que la sangre de la menstruación puede contener el VIH.

Sexo Oral-Anal ("comer culo"). No existe ningún estudio que pruebe este riesgo; aunque comer culo te expone a contraer hepatitis, parásitos y otras enfermedades. El besar, la masturbación mutua y el recibir el semen de otra persona sobre tu piel no transmiten el VIH.

Manteniéndose más seguro: herramientas de trabajo

Jeringuillas limpias y lejía. Usar una jeringuilla nueva y limpia es definitivamente la mejor protección contra el virus si te estás inyectando drogas.

Paso 1: Empieza por llenar totalmente tu jeringuilla con agua limpia, sacúdela y expulsa el agua. Repite este proceso tres veces.

Paso 2: Haz lo mismo dos veces con lejía pura. Trata de dejar la lejía dentro por un total de 30 segundos o más.

Paso 3: Finalmente, enjuaga de nuevo tres veces con agua limpia. Limpia el calentador o cuchara enjuagándolo bien con lejía y nunca compartas o rehúses algodón — no es posible limpiarlo efectivamente.

Los condones de látex previenen la infección del VIH. Usar un condón puede no ser siempre fácil, pero puede salvar tu vida o la de otra persona. Cuando se usa correctamente, los condones muy rara vez se rompen, cortan o se resbalan.

Paso 1: Después de desenrollar el condón sobre el pene, pon bastante lubricante soluble en agua en la parte de afuera.

Paso 2: Usa solamente lubricantes solubles en agua (como K-Y) en los condones. Los lubricantes a base de aceites, como Vaselina, y lociones de mano, hacen que los condones se rompan.

Paso 3: Después de eyacular, el hombre debe sostener la base del condón y retirar el pene (si el pene se queda dentro de su pareja, el condón puede resbalarse y salirse dentro). También puedes usar un condón seco, o uno con sabor, para el sexo oral, o cortar un condón por la mitad y abrirlo para usarlo para sexo oral-anal o sexo oral-vaginal.

Los envoltorios de plástico y las barreras dentales detienen el VIH cuando son usados para sexo oral con una mujer o para sexo oral-anal. Las barreras dentales son cuadrados de látex disponibles en locales de productos médicos y en algunos locales de productos para adultos. Algunas personas encuentran más fácil usar un pedazo largo de envoltorio de plástico. Asegúrate de que la barrera o el envoltorio de plástico cubren completamente la vulva (clítoris o entrada vaginal) y de que lo sostienes por los dos extremos. Ten cuidado de no dar la vuelta a la barrera dental o el envoltorio de plástico mientras los usas.

El "condón femenino" es una envoltura de plástico que las mujeres pueden insertarse en la vagina y usarlo para protección contra el VIH. El condón femenino puede ser insertado hasta 8 horas antes de la actividad sexual, tiene anillos en ambos extremos para mantenerlo en su lugar y puede ser lubricado con lubricantes a base de aceite que se mantienen húmedos por más tiempo. El uso de este tipo de condones requiere práctica y es más costoso que un condón de látex.

¿Hacerse la prueba o no?

Puede que dé miedo el considerarlo, pero hacerse la prueba del VIH es una de las mejores formas de combatir el SIDA. Saber que tienes el VIH puede ser un paso importante en el cuidado de tu salud y en la planificación del futuro. Saber que no tienes el VIH, también puede ayudarte a planear la forma de mantenerte así. Lo mejor es hacerse la prueba en una situación en que ésta sea voluntaria, anónima o confidencial y donde se ofrezca consejería antes y después de la prueba.

 © 2003 Gay Men's Health Crisis



1. EL SIDA Y LOS MALDITOS GRUPOS DE RIESGO.
 

La importancia del sida no radica sólo en su faceta de enfermedad individual, sino también en su dimensión social. Esta enfermedad se ha visto utilizada por un dispositivo que ya existía anteriormente, cierta alianza tácita de médicos, religiosos, moralistas, criminólogos, sociólogos, políticos, psiquiatras, medios de comunicación, todos los que han configurado la idea de "normalidad" individual y social (1). Ya existía antes del sida un discurso que unía la drogadicción, la violencia, la delincuencia, la homosexualidad, la enfermedad mental y física, el pecado, la anormalidad, etc (en la actualidad, en las películas estadounidenses, por ejemplo, esto es muy frecuente). La noción de "grupos de riesgo" ha sido utilizado para reforzar este discurso sobre la desviación (2).

Existen dos situaciones de responsabilidad social que han influido en la propagación de esta enfermedad: por una parte, la prohibición que existe sobre el consumo de ciertas drogas (la heroína, en particular) y, en segundo lugar, la situación de desprecio y humillación social y legal que sufren algunas opciones sexuales como la homosexualidad. No se trata de consolidar la categoría de grupos de riesgo, ni asociar la homosexualidad a la drogadicción, sino mostrar precisamente que estas conductas en sí mismas no tienen en principio nada que ver con la enfermedad. En el primer caso, la prohibición del consumo de heroína ha hecho que la gente consuma esta droga compulsivamente, en situaciones de clandestinidad y persecución, sin ningún tipo de higiene ni de información. Además, es sabido que la prohibición conlleva una adulteración de esta droga hasta límites insospechados.

La prohibición y lo clandestino son también dos constantes en la vida de los homosexuales: a partir de la intolerancia que existe sobre esta práctica sexual, la gente se relaciona de forma vergonzante, con un sexo rápido y anónimo en guetos (el ambiente, los cuartos oscuros, las saunas), sin que haya espacios públicos de comunicación y de libertad para iniciar una relación afectiva estable y sin agresiones. Esta situación social de homofobia favoreció la difusión de la enfermedad en un primer momento entre las personas con prácticas homosexuales. Estos condicionantes sociales han influido en la situación del sida en la actualidad (3).

Habría que ampliar el enfoque del problema; la solidaridad con los enfermos es el último escalón de una pirámide mucho más amplia que la mayoría de la sociedad y de los mass media no ven o no quieren ver. El problema no son los heroinómanos en sí mismos, ellos son una consecuencia (no una causa) de la legislación que prohíbe las drogas (4). Mientras no se luche contra esa prohibición, la situación de persecución favorecerá el contagio, al compartir jeringuillas.

Oficialmente, el 22% de los presos españoles está infectado por el virus del sida (5). Dado que estos datos y su progresión alarmante se conocían desde hace bastantes años, algunos han interpretado la pasividad de las autoridades como una especie de política de exterminio. En realidad, toda la estructura del sistema carcelario tiende al exterminio (sobre todo psicológico, y a menudo físico), el sida es sólo un síntoma más de su funcionamiento. En las cárceles, las jeringuillas son un bien preciado, escaso; se comercia con ellas una vez usadas, se emplean una y otra vez ante el cinismo de las autoridades penitenciarias, que tienen el siguiente argumento: está prohibido la venta y el consumo de heroína, luego en las cárceles no hay heroína, luego no hay por qué repartir jeringuillas entre los presos (por otra parte, es conocida la implicación de algunos carceleros y policías en el tráfico de drogas en las cárceles). Otro argumento: si repartiéramos jeringuillas sería reconocer que existe heroína en las cárceles, y como eso nos comprometería, pues no se reparten. Otro más: si repartiéramos jeringuillas estaríamos promoviendo el consumo (6). Chorradas similares también se dicen de los condones (incitamos al sexo a nuestros adolescentes); es como decir que los extintores incitan a la piromanía o el cinturón de seguridad a chocarse contra un árbol.

Es importante recordar algo tan evidente como que el virus del sida no está en la heroína, si uno consume una dosis con su jeringuilla y la destruye después, no coge el sida. Por cierto, esto es lo que hacía la gente cuando esta droga era legal, cada uno la consumía normalmente en su casa y no pasaba nada. Esto es necesario recordarlo ante campañas terroristas y mentirosas como aquella de "el sida te engancha por el pico" (mentira: una jeringuilla nueva no transmite el sida, la heroína tampoco; es como decir que practicar el sexo transmite el sida: es mentira, si ninguno de los dos tiene el sida, no hay nada que transmitir).
 
2. FABRICANDO A LOS MALOS.
 

Es la sociedad la que deja inmunes a ciertas personas arbitrariamente, por sus prácticas. Se podría hablar de virus de inmunodeficiencia social. Las leyes crean sus propios marginados, las leyes que prohíben las drogas crean a los drogadictos, las que discriminan a los homosexuales crean los guetos, las que marginan a los inmigrantes crean el racismo (7). El yonki, el gay, el negro, no existen, son productos culturales, sociales. Existen los discursos que inventaron al yonki y sus tópicos (el mono terrible, la adicción automática, el vivir colgado), al homosexual (el afeminado, el desviado, el perverso, el anormal, el vicioso, el enfermo mental), al negro (los discursos sociológicos sobre la existencia de las razas y sus jerarquías) (8). Todo eso son mentiras al servicio del consumidor; hay quien se identifica con ellas y juega su papel, adquiere una identidad asumiendo esos tópicos. Todo eso se desvanece cuando se conoce la genealogía de esas identidades recientes (el "yonki" aparece en los años 50, el "homosexual" a finales del siglo XIX, el "negro" en el siglo XVII).

Otro caso de cinismo institucional es el de la prostitución. En el colectivo de prostitutas el sida está empezando a hacer estragos; la falta de apoyo de las autoridades, unido a la negativa de muchos clientes a aceptar las medidas de prevención, está contribuyendo a la extensión de la enfermedad. El estatuto de las prostitutas es típico de la doble moral del Estado: no es un delito, pero tampoco es un trabajo legal. Las prostitutas no tienen reconocimiento profesional, ni seguridad social, ni espacios higiénicos para trabajar, ni el resto de los derechos laborales. La errónea categoría de los grupos de riesgo ha hecho que muchos heterosexuales piensen que pueden acudir a las prostitutas sin riesgo de contagio, ya que no pertenecen a esos grupos. Los efectos de este malentendido están a la vista.

No es casual que una inmunodeficiencia social esté, en ocasiones, vinculada a una inmunodeficiencia vital, es lógico. En el caso del sida los efectos están siendo dramáticos. Los famosos grupos de riesgo no eran más que una consecuencia de los ya preexistentes grupos marginados. El capitalismo arruinó a Asia, Africa y a América (9), la cruzada antidroga machacó a los heroinómanos, el discurso científico-médico-religioso condenó a los homosexuales (10). El sida es sólo un indicador de una problemática mucho más grave, y más amplia. La injusticia y la explotación (el equivalente a la enfermedad, el virus) existen para todos, pero al más débil socialmente le afecta más fácilmente (la inmunodeficiencia). Por cierto, las metáforas médicas aplicadas a la sociedad forman parte de esta tradición fascista: la sociedad como un cuerpo sano y estructurado, con elementos peligrosos, infecciosos, que la hacen enfermar y que hay que perseguir, la higiene social, limpiar la calle, limpiar Europa (leyes de extranjería de nuestros padres fundadores de la Unión Europea, a cuyo lado los "skinheads" son angelitos de la guarda, o, como mucho, buenos alumnos). Este lenguaje higienista es frecuente tanto en el Ministerio del Interior como entre el pueblo; éxito del control social, éxito del fascismo, éxito del Estado (11).

Desgraciadamente la atención de la opinión pública se centra en esos seres delgados y enfermizos que pueden atracarnos en el metro para conseguir una dosis de matarratas. No se presta mucha atención a que los representantes de la ley y el orden participen de la barbarie a escala mucho mayor: hechos como que en 1993 se detuviera a parte de la cúpula de la guardia civil por estar implicada en el tráfico de drogas (repito, la cúpula, altos mandos), o que en España haya actualmente la friolera de 160 insumisos presos de conciencia en la cárcel, o que la policía española torture, o que un Ministro del Interior tenga que dimitir por promover leyes inconstitucionales, o que banqueros y empresarios estafen miles de millones de pesetas en facturas falsas, estos hechos no parecen alterar a la opinión pública, a los chicos del PSOE no se les puede pedir responsabilidades, faltaría más. Estos no son problemas sociales, no producen "alarma social", preocupa más que un yonki atraque a un señor y le robe 5.000 pesetas en la Gran Vía. Habría que preguntarse cómo se genera esta percepción de lo que es un problema social.

Existe una grave confusión de causas y consecuencias. Hay que distinguir distintos momentos:

Primero: cómo un discurso -o varios- se inventa en una época y en una sociedad dada un colectivo o una identidad (el negro, el gay, el delincuente, el yonki, etc). En realidad estas identidades son totalmente ficticias, pero eso no importa. No existe ningún fundamento biológico de las razas en los seres humanos (12), ni fronteras en las opciones sexuales, ni tendencias innatas a la delincuencia, ni hay problemas sociales si las drogas son libres, pero está prohibido hablar de ello. Por supuesto estos discursos están ligados al poder, incluso se podría decir que, en su difusión y en su diversidad, son el poder (Foucault).

Segundo: se atribuyen al colectivo inventado una serie de propiedades, conductas, hábitos, costumbres 'innatas, naturales'.

Tercero: se juzga moralmente a ese colectivo, se le califica de anormal, de peligroso, se le persigue, castiga y margina. Se aplica la violencia física, mental, legal y social contra ellos. Se les culpa de todos los males de la sociedad.

Cuarto: a consecuencia de esa segregación, algunas de las personas del colectivo, efectivamente, se empobrecen y se embrutecen, y se agrupan en guetos por exclusión.

Quinto: el discurso inicial constata esta última situación (borrando el proceso de su producción) y encuentra precisamente en ella su legitimación: ¡mirad, ese colectivo existe (Harlem, el ambiente, la cárcel), y sus propiedades son tales y como suponíamos!
 
3. SIDA Y POBREZA.
 

Hay que analizar los discursos sobre el sida para identificar sus consecuencias sobre las políticas de los límites del cuerpo. En efecto, el discurso que individualiza el problema y lo circunscribe a la lógica de la infección por la vía sexual está configurando una nueva apreciación del propio cuerpo y del cuerpo del otro en términos de peligro de muerte (y desvinculando al cuerpo de lo social). Es preciso incorporar otros discursos que recuperen el vínculo social, entre ellos el del problema de la pobreza y su incidencia sobre la enfermedad, como causa y como remedio.

Debido a esta nueva visión de la sexualidad y del cuerpo como peligro se están desarrollando en las sociedades tecnológicas nuevas modalidades de sexualidad sin cuerpo: "party line", teléfono erótico, redes de mensajes sexuales por ordenador, sexo virtual, etc. Con estas tecnologías los individuos se relacionan 'limpiamente' desde casa por medio de un soporte informático con personas que no conocen, de forma anónima. El impacto de esta forma de comunicación sobre lo social puede llegar a ser trascendental (desaparición de los espacios públicos y de sus interacciones). No deja de ser curioso que esta paz sin cuerpo se haya visto perturbada por la existencia de otra infección paralela, la de los virus informáticos. Llegará un momento en que será difícil distinguir entre el virus del sida y el virus de los ordenadores.

Convendría hacer más estudios sobre la estratificación social de los enfermos de sida: una ojeada a nuestro alrededor nos indica rápidamente que la enfermedad está afectando mucho más a los pobres que a los ricos. Globalmente, el Tercer Mundo es el más afectado; localmente, por ejemplo en España, la enfermedad se da sobre todo en heroinómanos y en presos. Aunque es cierto que hay heroinómanos de todas las clases sociales, los consumidores de clase baja se drogan "peor" que los de clase alta: su heroína es pésima (se calcula que sólo el 5% de cada dosis es heroína, y el resto venenos diversos para adulterarla), sus condiciones higiénicas son precarias (jeringuillas compartidas, infecciones por agua sucia, etc), y su alimentación es baja en vitaminas. En cuanto a los presos, todo el mundo sabe que los ricos nunca van a la cárcel.

Del mismo modo que el oscurantismo demoníaco obstaculizaba las tareas del pensamiento y le entretenía en invocaciones y persecuciones delirantes e inútiles, quizá sería conveniente empezar a abordar los condicionantes de la desigualdad social y sus efectos. Ya conocimos la barbarie de la caza de brujas, y desde hace años vivimos otra contra los drogadictos, igual de injusta e inútil. Aún estamos a tiempo de evitar una tercera contra los enfermos de sida


NOTAS:

1. Para desentrañas esta sutil red, ver los ya clásicos libros de Michel Foucault: Vigilar y castigar, Historia de la locura, Historia de la sexualidad, etc.

2. El tema de la desviación social ha sido tratado recientemente en la película de Todd Haynes Poison.

3. Todas las películas que tratan el tema del sida relacionan directamente la enfermedad con la homosexualidad (En el filo de la duda, Las noches salvajes, Compañeros inseparables, Filadelfia). En Los amigos de Peter, el único personaje que tiene el sida lo ha contraído por haber tenido relaciones homosexuales; los demás protagonistas son heterosexuales. Todas estas películas han consolidado gravemente la indeseable noción de "grupos de riesgo", y promueven la idea de que la enfermedad no puede contagiarse por prácticas heterosexuales.

4. Cf. Antonio Escohotado, Historia de las drogas, Alianza, Madrid, 1989. Para la génesis histórica del yonki, ver el volumen 3.

5. EL PAIS, 4 de febrero de 1994, p. 24. La noticia aparecía en la sección de sociedad, al lado de otra cuyo titular era: "La familia es el placer favorito de los españoles", donde se interpreta un estudio de la empresa ARISE sobre las fuentes de la felicidad humana (¡). Fidelidad, familia y salud versus sida, heroína y cárcel.

6. En la citada noticia de EL PAIS (ver nota anterior), la secretaria general de Asuntos Penitenciarios Paz Fernández Felgueroso reconocía por fin que existe el tráfico de drogas en las cárceles, y añadía que es muy difícil evitarlo porque las prisiones "no son espacios blindados".

7. Habría que preguntarse si el racismo es una mera construcción sociohistórica (biopolítica de Foucault) o si, como plantea el psicoanálisis, hay en el sujeto un componente irreductible de agresividad hacia el otro. Por otra parte, aceptar la hipótesis freudiana de la pulsión de muerte inconsciente explicaría algunos casos de personas que se exponen sistemáticamente al contagio del sida, a pesar de conocer las medidas de prevención.

8. Jacques Lacan desarrolló a lo largo de su obra una profunda crítica a las ciencias humanas: "No hay ciencia del hombre, porque el hombre de la ciencia no existe, sino únicamente su sujeto. Es bien conocida mi repugnancia de siempre por la apelación de ciencias humanas, que me parece ser el llamado mismo de la servidumbre", en La ciencia y la verdad (1965), p. 838 de los Escritos (Siglo XXI, 10ª edición). En su crítica, Lacan señala el discurso de las ciencias humanas como una de las condiciones de posibilidad del racismo moderno.

9. Cf. Noam Chomsky, Año 501, Ed. Libertarias/Prodhufi, Madrid, 1993.

10. Cf. Michel Foucault, La voluntad de saber, Siglo XXI, Madrid, 1988.

11. Para la cuestión del racismo de Estado, ver en Archipiélago nº 12, el artículo "Para una genealogía del racismo".

12. Cf. el artículo de Colette Guillaumin en Archipiélago nº 12, "Los avatares de la noción de raza".


Texto de Javier Sáez sacado de la página web de Hartza.



LA SEXUALIDAD DE LOS HOMBRES HETEROSEXUALES

 

La sexualidad de los hombres heterosexuales se ve implicada en una variedad de presionantes problemas sociales, incluyendo la transmisión del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH, causante del SIDA) y otras enfermedades de transmisión sexual (ETS), los embarazos no deseados, la violencia sexual, la homofobia y las relaciones deficientes.

Este artículo ofrece una descripción de la construcción de la sexualidad de los hombres heterosexuales, y examina asuntos tales como la masculinidad, la identidad, la intimidad, el consentimiento y el placer. Aboga por una positiva reconstrucción de esta sexualidad, ofreciendo la epidemia del VIH/SIDA como un posible sitio para tal proyecto.

La sexualidad de los hombres ha sido colocada bajo la luz pública en las últimas tres décadas en Australia, como resultado de varios cambios sociales importantes. El más significativo es el feminismo, con su crítica de las injustas relaciones de género y del papel de la sexualidad masculina en éstas. Muy brevemente, otros cambios importantes incluyen el surgimiento de la liberación homosexual, la llamada revolución sexual y la creación de movimientos de autoayuda y crecimiento personal. Aunque estos desarrollos han tenido consecuencias disparejas y contradictorias, colectivamente han significado que la sexualidad masculina sea hoy en día objeto de crítica política y comentarios sociales.

Cualquier consideración de la sexualidad de los hombres debe reconocer su contexto social y político. Puedo ver dos aspectos profundamente interrelacionados en esto: las relaciones de género y las relaciones sexuales. En primer lugar, la sociedad australiana está estructurada en una variedad de formas que favorecen a los hombres y desfavorecen a las mujeres, y las relaciones heterosexuales, por ejemplo, están estructuradas y restringidas por relaciones sociales más amplias entre hombres y mujeres y entre los sectores femenino y masculino. Un solo ejemplo de ello es que las mujeres continúan sobrellevando la abrumadora responsabilidad del trabajo doméstico y de la crianza de hijos e hijas, y el mercado de trabajo remunerado se caracteriza aún por una segmentación por género tanto horizontal como vertical. Estos patrones tienen un efecto material muy real en las posibilidades para las relaciones igualitarias entre parejas heterosexuales.

En segundo lugar, las relaciones sexuales en Australia están estructuradas por el dominio heterosexual. La heterosexualidad es percibida como socialmente legítima, "natural" y "normal", mientras que otras sexualidades son vigiladas y construidas como innaturales y pervertidas.

A fin de comprender la sexualidad masculina, debemos también entender la construcción de la masculinidad -- la producción social de lo que significa "ser un hombre". El sociólogo australiano Bob Connell argumenta que en cualquier sociedad existen múltiples masculinidades y feminidades, pero una versión de la masculinidad es dominante o "hegemónica": la más honrada e influyente representación cultural de la masculinidad. Brevemente diré que las cualidades claves requeridas para "ser un hombre" son que los hombres sean fuertes, no emocionales, heterosexuales, en control y agresivos. La masculinidad hegemónica está basada en la subordinación de las mujeres y también en jerarquías entre los mismos hombres.

Connell destaca que las masculinidades practicadas de la mayoría de los hombres no corresponden con este ideal, pero que la masculinidad hegemónica es apoyada por grandes cantidades de hombres. La razón principal "es que la mayoría de hombres se benefician de la subordinación de las mujeres, y la masculinidad hegemónica es la expresión cultural de esta ascendencia" [Connell: 185].

Una de las más importantes características de la masculinidad hegemónica contemporánea es que es heterosexual [Connell: 186]. La homofobia -- el temor y el odio hacia las personas homosexuales y hacia los hombres homosexuales en particular -- es crucial para los patrones de relaciones entre hombres [Kinsman]. La homofobia funciona, por decirlo así, como el dragón a las puertas de una masculinidad alternativa: vigila los límites de la masculinidad convencional. Por otro lado, la homosexualidad es percibida como una traición de género. Más aún, el que un hombre se aparte de la masculinidad dominante hace que se le perciba como homosexual.

Los significados dados a la masculinidad son estructurados por otras relaciones sociales, de raza y etnicidad, clase, edad y sexualidad, de modo que el "contenido" de la masculinidad hegemónica variará en localidades sociales diferentes y entre diferentes grupos de mujeres y hombres. La masculinidad hegemónica no determina totalmente las experiencias y desempeños de masculinidad de los hombres. Sin embargo, todos los hombres viven bajo su sombra.

Sexualidad e identidad

Quizás lo más importante que debe saberse acerca de la sexualidad masculina es que está íntimamente vinculada a la identidad de género masculina. El desempeño físico exitoso de la sexualidad masculina es esencial para la confirmación de la masculinidad de los hombres.

Podemos encontrar evidencia de ello en los relatos de los hombres heterosexuales acerca de su experiencia de sexo con las mujeres, y en el significado que para los hombres tiene el no poder tener un desempeño sexual apropiadamente masculino. En relación con lo anterior, las encuestas de Hite (1981) revelan la experiencia del coito pene-vagina como una verificación de la identidad masculina. Cualquier falla en el desempeño masculino (pérdida de la erección o, en particular, ausencia de erección) es experimentada por los hombres, en términos profundamente genérico, plantea la amenaza de la pérdida de su hombría, y provoca, en muchos, humillación y desesperación [Tiefer: 168].

Una de las cualidades del discurso dominante sobre la sexualidad masculina también está implícita en esto; la sexualidad masculina está basada en desempeño y potencia. El tener una buena "técnica sexual" -- definida como una serie abstracta de habilidades -- y poder "dar" muchos orgasmos a la mujer, son los elementos que definen la hombría. De acuerdo con Leonore Tiefer, el desempeño sexual masculino tiene tanto que ver con la confirmación de la masculinidad y la posición entre los hombres como con el placer o la intimidad [Tiefer: 167].

Los mitos sexuales que son base del modelo dominante de la sexualidad masculina son eficientemente resumidos por Fanning y McKay, de la siguiente manera. Los hombres siempre deben desear las relaciones sexuales y estar preparados para ellas. Un "verdadero hombre" nunca pierde la erección. El pene debe ser grande. El hombre siempre debe llevar a su pareja al orgasmo o, preferiblemente, a múltiples orgasmos. El sexo sólo involucra penetración seguida del orgasmo. El hombre siempre debe saber qué hacer en el sexo. El hombre siempre debe ser agresivo. Todo contacto físico debe conducir al sexo. El sexo debe ser natural y espontáneo. No comentaré sobre cada uno de estos mitos y lo que los hombres pueden hacer para evitarlos, pues esto ya fue hecho en una excelente manera, por ejemplo, por Zilbergeld en La nueva sexualidad masculina (The new male sexuality).

Ahora exploremos tres temas relacionados con la sexualidad de los hombres heterosexuales: (1) intimidad; (2) coacción y consentimiento; y (3) negociación y reconstrucción. Los patrones que describo representan enormes obstáculos a la sexualidad y la forma de relación que a mí me parece ideal. En este ideal, la relación sexual se basa en consentimiento y respeto y se caracteriza por igualdad y mutualidad.

Intimidad

Existen varias imágenes comunes de la relación de los hombres heterosexuales con la intimidad y las emociones: los hombres somos vistos como "emocionalmente incompetentes" y "emocionalmente estreñidos" [Doyle: 158]. Intentamos satisfacer todas nuestras necesidades emocionales a través de una mujer, sin hacer lo mismo por ella. Así se da una división emocional del trabajo, en la cual la esposa o compañera provee todos los servicios, tanto emocionales como sexuales. Este patrón se entrelaza con la forma en que los hombres comúnmente descuidan sus amistades, las cuales raras veces son fuente de un profundo compartir y apoyo [Strikwerda y May].

Muchos hombres confunden el amor con el sexo; las relaciones íntimas y amorosas sólo pueden ser obtenidas por medio del sexo. Para la mayoría de hombres heterosexuales adultos, las relaciones sexuales son el único espacio donde reciben abrazos y sustento emocional, y en el que son tratados con afecto y amor [Kaufman: 241].

Las relaciones íntimas de los hombres tanto con hombres como con mujeres son fundamentalmente estructuradas por la homofobia y la misoginia. La masculinidad se define por lo que no es -- no femenina -- y las cualidades femeninas estereotípicas son denigradas. Las relaciones íntimas entre hombres son tratadas con miedo y odio intensos, y todo acercamiento es visto con suspicacia.

Hite y Colleran describen el desigual contrato emocional que es común en las relaciones heterosexuales: el hombre se reserva una apertura emocional igual a la de la mujer, trivializa a su pareja y no la escucha, y luego le pide amor, afecto y comprensión [30]. También describen una serie de patrones que me son familiares -- confusión y ambivalencia emocionales, descalificación de las mujeres, desvalorización de los sentimientos de las mujeres, y también el creer que su percepción de la realidad es correcta, mientras que las percepciones de la mujer son locas, neuróticas o simplemente incorrectas.

Existe una amplia gama de complicados asuntos emocionales que enfrentamos en las relaciones. No creo tener una profunda comprensión de todos éstos, pero sí tengo un claro sentido de las formas apropiadas en que debo comportarme en una relación sexual. Trato de ser honesto y de actuar con integridad; me responsabilizo por mis actos, sentimientos y reacciones; respeto a mi pareja -- lo cual incluye reconocer su voluntad, sus deseos y sentimientos --; afirmo mi propia voluntad, mis deseos y sentimientos; y construyo y mantengo redes y comunidades de buenas amistades como fuentes de apoyo y energía.

Coerción y consentimiento

Al examinar la sexualidad de los hombres heterosexuales y el carácter de sus relaciones sexuales con las mujeres, debemos reconocer la presencia de la violencia de los hombres contra las mujeres. Empezaré esta sección describiendo la singular contribución de las mujeres feministas a nuestra comprensión de la violencia masculina.

En primer lugar, las feministas han documentado la experiencia de las mujeres acerca de una gama de formas de violencia, incluyendo violencia sexual, golpes, abuso y acoso hacia niños y niñas, y el generalizado temor de tal violencia que las mujeres experimentan. La violencia de los hombres contra las mujeres está muy diseminada y es socialmente legitimada. En segundo lugar, las feministas han criticado las explicaciones que patologizan e individualizan la violencia de los hombres, argumentando, por el contrario, que la violencia es la expresión normativa de una masculinidad construida como agresiva, coercitiva y misógina. En tercer lugar, esta crítica, a su vez, ha problematizado un número de distinciones comunes en los discursos dominantes sobre la violencia: entre la conducta "típica" y "aberrante" de los hombres; entre "víctimas" y no víctimas; y entre "ofensores" y otros hombres. Finalmente, las feministas han aportado la reflexión de que la violencia de los hombres es un elemento importante en la organización y mantenimiento de la desigualdad de género.

A finales de los años setenta y ochenta hubo un cambio importante: la sexualidad masculina y la heterosexualidad fueron vistas cada vez más como fundamentalmente implicadas en esta violencia [Edwards]. Escritoras tales como Adrienne Rich, Kathleen Barry, Andrea Dworkin y Catherine MacKinnon argumentan que, bajo el patriarcado, la subordinación de las mujeres es erotizada y la violencia se ha hecho "sexualmente atractiva". Para estas autoras, la sexualidad es vista como el sitio central de la supremacía masculina y fundada en un régimen de heterosexualidad obligatoria. Este régimen involucra la invasión, colonización y destrucción de los cuerpos de las mujeres, de los espíritus de las mujeres y de las mujeres mismas. Más aún, la sexualidad masculina está fundamentalmente implicada en la violencia de los hombres y en la perpetuación de la supremacía masculina. La sexualidad de hombres (tanto heterosexuales como homosexuales) es vista como depredadora, agresiva y fundada en el deseo de ejercer poder y control sobre las mujeres.

 Una de las más importantes reflexiones en esto es que a los hombres se nos enseña una sexualidad violadora: se nos enseña a ser sexualmente violentos. Se nos enseña a comportarnos en formas agresivas y coercitivas, y se nos enseña a creer que está bien ser así. "No" aparentemente significa "sí", y podemos evadir nuestra responsabilidad a través del discurso del incontrolable impulso sexual masculino.

Otros elementos contribuyen al potencial coercitivo de los hombres en las relaciones sexuales con las mujeres. Está, por un lado nuestra socializada sordera hacia ellas. Está nuestra tendencia a interpretar la conversación y las caricias en formas más sexuales de lo que lo hacen las mujeres. Están, a menudo, nuestros intensos deseos de intimidad, que pensamos que sólo puede ser alcanzada a través del sexo. Y está también el hecho de que todo esto tiene lugar en una cultura en la cual existen imágenes que erotizan el sexo forzado.

Creo que es vital el reconocimiento de estos hechos. Al mismo tiempo, debemos tratar de evitar lo que veo como los tres problemas potenciales en estas áreas.

 (1) En primer lugar, no veamos la sexualidad masculina y la masculinidad en formas esencialistas, ahistóricas o totalizantes. Ni la violencia ni la masculinidad son fenómenos aislados. Lynne Segal escribe en Cámara Lenta: Cambiando a los hombres, cambiando las masculinidades (Slow motion: changing men, changing masculinities) que, "en términos de desarrollar una política sexual contra la violación y la violencia masculina, no ayudará en absoluto el rehusarnos a distinguir entre hombres que violan y hombres que no violan" [Segal, 240]. Segal argumenta que las relaciones de raza y de clase estructuran diferentes formas de masculinidad y a la vez producen diferentes probabilidades para la violencia

(2) En segundo lugar, al describir las razones por las que los hombres actúan como lo hacen, tengamos cuidado de no confundir el efecto de la violencia con su intención [Liddle, 764]. Las acciones de los hombres son a veces presentadas en una manera unidimensional e instrumentalista: los hombres somos violentos u opresores porque ello sirve a nuestros intereses políticos, y la violencia es el "arma" del control masculino. Ciertamente concuerdo en que la violencia de los hombres tienen el efecto de ejercer control social sobre las mujeres y perpetuar los privilegios masculinos, pero ello no necesariamente significa que ésta sea su intención.

(3) Finalmente, quiero argumentar que este sistema de opresión, este patrón del poder de los hombres, no es total y no es absolutamente dominante. Por ejemplo, no estoy de acuerdo con el argumento de que las relaciones sexuales heterosexuales son siempre opresivas. Creo que hay espacio para la resistencia a las relaciones de poder y para la negociación de éstas. Y no quiero definir como inexistentes las acciones de las mujeres y su placer en las relaciones tanto heterosexuales como heterosociales.

Si analizamos la experiencia vivida de los hombres en la práctica sexual y las relaciones sexuales, encontramos que éstas no se reducen a dominio masculino. Claramente, hay formas en las que el despliegue de sexualidad masculina da a los hombres poder y control sobre las mujeres. Por otro lado, tal como Lynne Segal afirma, "para muchos hombres, es precisamente en las relaciones sexuales donde experimentan su mayor incertidumbre, dependencia y deferencia con relación a las mujeres -- en marcado contraste, muy a menudo, con sus experiencias de autoridad e independencia en el ámbito público". [212]

Estos problemas, sin embargo, no le restan nada a la importancia fundamental de esta crítica y sus dos cruciales reflexiones, que son el hecho de que la violencia y otras formas de coerción están presentes en las relaciones heterosexuales cotidianas, y que la heterosexualidad no es simplemente una relación libremente escogida entre individuos, sino que está arraigada en las relaciones institucionalizadas de poder.

 Los hombres debemos analizar críticamente nuestra práctica sexual. Debemos hacer que el consentimiento sea la base fundamental de nuestras prácticas sexuales y nuestras relaciones. Más aún, ello requiere de una negociación verbal explícita. Requiere de preguntar/decir: "¿Te gusta esto?", "¿Cómo te sientes?", "¿Puedo entrar en ti?", "Me gustaría hacer (esto o aquello). ¿Quieres hacerlo tú también?". Y tenemos que aceptar que "no" significa "no".

Creo que todo esto conduce a tener una mejor relación sexual. Al hablar y compartir construimos confianza, lo que a su vez construye pasión. El sentirnos seguros y en control de nuestras opciones puede ser algo muy excitante [Weinberg and Biernbaum: 32]. Y esto construye intimidad y mutualidad sexuales.

Negociación y reconstrucción

La epidemia de VIH/SIDA ofrece el potencial para una reconstrucción radical de la sexualidad de los hombres heterosexuales. Antes de entrar en cómo esto podría ocurrir, describiré la investigación que es el contexto para esta reconstrucción potencial.

Existen dos proyectos de particular interés para mis propósitos: por un lado, el Proyecto de SIDA y Heterosexualidad en la Universidad de Macquarie y, por otro, el Proyecto de Mujeres, Riesgos y SIDA (WRAP) y de Hombres, Riesgos y SIDA (MRAP) en Inglaterra. Ambos han investigado la negociación de las mujeres en las relaciones heterosexuales, en el contexto de relaciones desiguales de poder y discursos problemáticos de la sexualidad de género.

Janet Holland y sus colegas muestran que la solicitud/exigencia del uso del condón en las mujeres está estructurada por discursos que colocan a los hombres como actores sexuales expertos y que privilegian la experiencia sexual masculina. Los encuentros sexuales son espacios de lucha entre estos discursos, modos más directos de poder masculino y de ambivalencia y resistencia en las mujeres [Holland et.al, 1991]. Sue Kippax y sus colegas argumentan que la negociación en sí resulta incomprensible en algunos discursos contemporáneos sobre la sexualidad, tales como el "discurso del impulso sexual masculino", en el cual la sexualidad de las mujeres es representada como pasiva y receptiva [Kippax et.al, 1990]. Argumentan que la negociación sólo es comprensible "cuando hombres y mujeres reconocen el deseo sexual de ellas y a las mujeres se les empodera para verbalizar ese deseo" [541].

 Tanto en la investigación australiana como en la británica, un trabajo más reciente se ha centrado en el papel de los hombres en la negociación sexual. Waldby, Kippax y Crawford describen los puntos de resistencia de los hombres a una sexualidad negociada: una percepción del coito pene-vagina como el acto natural que define a la relación sexual; coito sin protección, que significa intimidad; disgusto hacia la "conversación sexual"; preferencia por posiciones sexualmente activas e iniciatorias; y una percepción de sí mismos como poseedores de una "buena técnica" [Waldby et.al, 1993a: 254-55]. Waldby, Kippax y Crawford han investigado los mapas personales de las relaciones seguras e infecciosas en el discurso del VIH/SIDA entre hombres jóvenes [Waldby et.al, 1993b], y han descubierto que éste radica en una diferenciación entre mujeres "limpias" y "sucias", basada, en particular, en el grado al cual los cuerpos de estas mujeres han sido compartidos con otros hombres. Los cuerpos de las mujeres son vistos como conductos, como sitios de encuentros potencialmente amenazantes con otros cuerpos masculinos.

Según Tamsin Wilton y Peter Aggleton, "las ideologías de la masculinidad heterosexual representan un potente contrapeso a la promoción del sexo más seguro. Una sistemática desconstrucción de la masculinidad es central, y no sólo tangencial, a un discurso radical sobre el VIH/SIDA". [155]

También se pueden encontrar barreras a la adopción de prácticas sexuales más seguras en la cultura heterosexual en general: la desigualdad de género; el estatus hegemónico de la heterosexualidad como natural y normal, con espontaneidad instintiva como el punto central del deseo heterosexual [Wilton and Aggleton, 1991: 152-153]; el posicionamiento ideológico del VIH/SIDA como homosexual; la erotofobia (o lo que Gayle Rubin (1984) denomina "sexonegativismo"); un pesado discurso moralista acerca de la práctica sexual; el silencio comparativo sobre la heterosexualidad (es decir, existen menos recursos discursivos que en las culturas lésbica y homosexual para promover el sexo más seguro); y la ausencia de una comunidad heterosexual.

Hasta ahora, la mayor parte de la educación contemporánea sobre el VIH/SIDA dirigida a la llamada población general le resta responsabilidad a los hombres por su práctica sexual, concentrándola en las mujeres, y toma como hecho la centralidad del coito pene-vagina. Sin embargo, la promoción del sexo más seguro podría incluir una reducción del énfasis sobre el coito como el acto sexual clave, y motivar a los hombres a asumir responsabilidad por su conducta sexual.

 Entre las comunidades homosexuales organizadas, ha sido el enfoque pro-sexo lo que ha resultado más exitoso -- formas de representación que erotizan el sexo más seguro y que rescatan y reconstituyen el lenguaje sexual de la cultura homosexual. Tales enfoques también deberían ser adoptados en el área de las relaciones sexuales heterosexuales, pero en esto, la educación sobre el sexo más seguro también debe desafiar aquellos discursos que despojen de poder a las mujeres y reproduzcan relaciones de poder patriarcales y homofóbicas.

Espero ser parte de una reconstrucción radical de la heterosexualidad masculina que transforme las relaciones sexuales de los hombres con las mujeres, así como las relaciones entre hombres y mujeres de diferentes identidades sexuales y comunidades. Veo esto como parte de un proyecto más amplia: la creación de una cultura sexual y de género pluralista y equitativa.

 

Autor: Michael Flood.

Traducción: Laura E: Asturias.

Publicado en La Kampeadora nº 12 abril 2000.


¡SEXO!


Como el sida es una enfermedad de transmisión sexual, la cuestión de la sexualidad es central en esta enfermedad y en este punto radica gran parte de la labor preventiva. No podemos hablar de sida sin hablar de sexualidad y esto es lo que incomoda; intentar hacer prevención edulcorando el mensaje para hacerlo asimilable es hablar de una sexualidad que nadie reconocerá como propia. Y cuando digamos cuales son las prácticas contaminantes sin dar alternativas no habremos hecho avanzar la cuestión; la política del "condón para todo" tiene sus límites. Hablar del preservativo es una manera indirecta de hablar de sexualidad y no nos da las pautas para hacer el amor incluso cuando no tenemos un condón a mano, algo que, de todas formas, sigue ocurriendo con demasiada frecuencia.

Si los gais hemos sido los primeros en protegernos del sida es porque hemos sido los primeros afectados y era primordial para nosotros frenar la hecatombe, pero sobre todo porque si bien la libertad sexual de los sesenta favoreció la extensión de la pandemia en la comunidad homosexual permitió también levantar los tabúes que pesaban sobre la sexualidad, por un lado hablando abierta y directamente de las formas de contaminación y por otro reinventando nuevas formas de sexualidad, repasándolas y decodificando las ya existentes. Los maricas hemos demostrado gran imaginación al hacer nacer y desarrollar el "sexo seguro".

Esto es lo que echamos en falta fuera del medio homosexual: un lenguaje claro sobre la sexualidad. Ya va siendo hora de abandonar una representación simplista de la sexualidad que asocia automáticamente la idea de hacer el amor y practicar el coito. La mejor protección contra el sida es comprender que la sexualidad abarca mucho más que la simple penetración , una caricia es ya de por si sexualidad y se puede obtener placer, a menudo intenso, a través de numerosas prácticas sexuales sin penetración.

Este es uno de los primeros asuntos de la educación sexual de los adolescentes: no enseñarles la reproducción, la sexualidad coital como forma primera y única de sexualidad, sino enseñar a no tener vergüenza del juego sexual para obtener placer y que todos los medios son buenos y saludables parar darse placer en los límites del sexo seguro. La sexualidad humana no viene de la nada, necesita un aprendizaje y la sociedad se ha olvidado de su papel en esta tarea. Es hora de enseñar a los jóvenes la masturbación, y explicarles que es normal y sana y no una forma inmadura o incompleta de sexualidad.

Nuestra sociedad está saliendo todavía de la época en la que se reprobaba esta práctica pero es necesario pasar ya a una suerte de apología como ya se ha hecho en la escuela de algunos países europeos: como, por ejemplo, Dinamarca.

Hace falta decir a los jóvenes hasta que punto la masturbación les permite aprender a conocer su propio cuerpo, sus reacciones y sus zonas de placer. Que la masturbación puede formar parte del sexo entre dos y que, también, de forma transitoria o definitiva, puede ser una forma única de sexualidad.

Hay un gran trabajo de prevención de sida por hacer.

Si los moralistas de turno en lugar de animar a los jóvenes, como forma de prevención del sida, a sublimar sus deseos en el trabajo escolar, les hubieran explicado reposadamente que es mejor masturbarse que tener relaciones sin protección, que el sexo seguro entre dos supone una educación que muchos no han adquirido, que sería más prudente mantener prácticas que no sobrepasen la masturbación mutua, habrían hecho más por salvarles la vida que con sus imprecaciones medievales y sin duda hubieran sido mejor atendidos.

Por otro lado los gais hemos reinventado las orgías con nuestras fiestas o corros de masturbación, abiertos a todos. Dos o más se abrazan, se acarician, se masturban y masturban a los otros: todas las prácticas sospechosas de ser contaminantes están proscritas. Las reglas son estrictas. Es una suerte de escuela para la sexualidad del menor riesgo: algunos han llegado más lejos creando asociaciones encargadas de organizar estas fiestas.

¡Exigimos ya escuelas de sexo seguro gratuitas para todos/as!

La diferencia entre la comunidad homosexual y el resto de la población es, en el dominio del sexo seguro, flagrante. Basta con repasar los catálogos de sexo seguro. Las series de sexo entre hombres tienen tiradas para jóvenes, secciones para felación o sexo sadomasoquista. Es necesario que se visiten los lugares de ambiente gai para comprender en que contexto se puede concebir un sexo seguro y bajo que formas.

Cuerpos desnudos, sexo, condones, aparecen por todas las paredes en forma de afiches, sin pudor.

Tenemos mucho que aprender de la pornografía homosexual.

El problema deviene especialmente preocupante cuando se habla de sexualidad heterosexual porque hace falta hablar de sexualidad femenina. Y de sexualidad femenina, al margen de por el placer que proporciona al hombre, no se habla nunca. Sobre este punto encontramos un importante silencio.

Si proponer el uso del preservativo en los encuentros sexuales es ya, de por si, complicado para la mujer, más difícil aún es proponer alternativas a la penetración sin preservativo.

Los encuentros ocasionales y los primeros encuentros sexuales son las situaciones más delicadas, pero el mismo problema puede encontrarse en las parejas estables.

Debemos, en este punto, recordar el desprecio total de la sexualidad lesbiana que no se encara generalmente más que con el fin del divertimento masculino. Este olvido ha conducido a la ignorancia de los riesgos de contaminación en los encuentros lésbicos, por los que nadie se ha interesado.

¿Quién asume hablar de protectores dentales, de cuadrados de látex que sirven de protección en los contactos bucogenitales?

Primeras víctimas de la negación permanente de la sexualidad femenina, las lesbianas son hoy, también victimas del sida, en los casos de encuentros sexuales entre mujeres y sin protección.

Se han dado ya varios casos en EEUU y otros países. Pero ¿a quién le importa?

Reconocer el cuerpo sexuado, admitirlo, comprenderlo y apreciarlo, es el primer paso de una educación sexual destinada a erradicar el sida. Hemos de destacar que aquí los criterios morales no pintan nada, que no hay prácticas buenas o malas, sino aquello que nos gusta y lo que no. El único criterio es "quiero" o "no quiero" y ninguna consideración fuera del sexo seguro debe ser tenida en cuenta.

Se entiende que a uno no le guste la masturbación o la penetración, que se prefieran los golpes o la lluvia dorada o que se prefiera solo mirar. La continencia también tiene sus adeptos.

En un mundo de sexualidad verdaderamente libre, liberada de las representaciones alienantes a las que ha estado sujeta antes de la liberación sexual, es donde tiene sentido una verdadera prevención del sida, que hoy, cuando se conocen todos los modos de transmisión y las formas de protección, es una enfermedad de la sexualidad avergonzada.


(Tomado del libro "Le Sida" de Act-UpParís, publicado en 1994 (Ed. Dagorno))

Traducción: Eduardo Nabal


Lesbianas y VIH/SIDA

Un lugar intermedio entre la indiferencia y la paranoia


Es difícil hablar de la relación entre las lesbianas y el VIH/SIDA. Nos encontramos con mucha resistencia, con negaciones, datos distorsionados, mitos y prejuicios. Pero, sobre todo, nos encontramos con un profundo silencio. El VIH/SIDA entre las lesbianas es algo que no se ve, algo de lo que no se habla. Y ya sabemos lo que las lesbianas hemos debido afrontar por causa de la invisibilidad y el silencio.

Lamentablemente, entre las lesbianas es común la creencia de que hay "algo" en nosotras, en nuestro "ser lesbianas" que nos hace inmunes al VIH, que no podemos contagiarnos. Lo peor es que no somos las únicas en tener esa idea errada. El diario Clarín publicó en 1994 una noticia sobre un artículo de la revista científica inglesa The Lancet, una de las más revistas de investigación biomédica más prestigiosa del mundo, que reportaba un estudio donde no se habrían producido transmisiones entre lesbianas. Algunas personas han dicho públicamente que las lesbianas no tenemos por qué ocuparnos del VIH/SIDA, que no es algo que nos afecte, que no nos lo contagiamos. Quienes prestan su voz a estos puntos de vista tienen una visión sumamente estrecha de nuestra realidad. Lo cierto es que se han reportado algunos casos de mujeres VIH+ en el mundo donde la única vía de entrada del virus tiene que haber sido mediante relaciones sexuales con otras mujeres. Por otro lado no podemos pasar por alto el dato de que se ha hecho muy poca investigación en cuanto a la posible transmisión del VIH+ entre lesbianas. Este tema no fue nunca una prioridad. Además, los datos pueden tener algunos errores: es muy probable que una lesbiana que está enfrentando la posibilidad de ser VIH+ y se encuentra muy vulnerable, no revele su orientación sexual.

Sin dudas, el riesgo de transmisión del VIH por vía sexual de mujer a mujer (fuera del período menstrual) es más bajo que de varón a varón, de varón a mujer o viceversa. Esto se debe a una serie de factores: la concentración del virus en los fluidos vaginales no es tan alta como en otros fluidos (como el semen y la sangre), los tejidos vaginales no se dañan tanto cuando la penetración se hace con los dedos y menos aún con la lengua y lo mismo puede decirse de los tejidos rectales, no todas las lesbianas tienen relaciones sexuales con penetración, en la penetración entre mujeres no queda ningún fluido depositado dentro del cuerpo de la otra (como queda el semen cuando un varón penetra a alguien) y, ya sabemos, la saliva no contiene cantidad suficiente de VIH para provocar una infección. Sin embargo esta es una descripción simplista que se torna más compleja cuando se tienen en cuenta otros aspectos de la polimorfa realidad de las lesbianas:

- Algunas lesbianas se asumen como tales y empiezan a vivir su sexualidad con mujeres después de años de haber vivido en pareja con varones, como heterosexuales, por motivos diversos: esto implica que durante años han tenido contactos sexuales con varones, es decir relaciones de alto riesgo si no se usó látex, y pueden haberse contagiado el virus.

- Algunas mujeres bisexuales se identifican como lesbianas (por diferentes motivos, uno de ellos el temor a ser rechazadas por las lesbianas), y pueden estar teniendo relaciones sexuales con varones, lo cual nos deja en el mismo lugar del punto de arriba.

- Algunas lesbianas tienen ocasionalmente alguna relación con un varón. Estas lesbianas en general no comentan estas relaciones con otras lesbianas por temor a ser censuradas.

- Algunas lesbianas consumen drogas intravenosas; si se comparten las agujas sin esterilizarlas, esta es una fuente casi segura de transmisión del VIH. En ocasiones las lesbianas que consumen este tipo de drogas no lo dicen por temor al rechazo de las otras, estas lesbianas son mal vistas porque "dan una mala imagen de la comunidad".

- Algunas lesbianas son sadomasoquistas, pudiendo practicarse heridas, punciones, cortes, etc., e involucrando así la sangre en sus relaciones sexuales.

- Algunas lesbianas utilizan "juguetes" sexuales. Si se utilizan para penetrar a más de una persona pueden transmitir el virus de un cuerpo al otro. Para evitar esto siempre hay que ponerles un preservativo y cambiarlo cada vez.

- Cualquier mujer corre riesgo de ser violada.

- La sangre menstrual es una importante vía de contagio. Es necesario recordar que no siempre su presencia es obvia: antes de la hemorragia ya puede haber sangre en el interior del útero. Lo mismo puede aplicarse al final del período menstrual.

Resulta bastante claro después de leer esta enumeración que uno de los factores de peso que está conspirando junto al virus para facilitar su transmisión entre las lesbianas es el temor. Pero no un temor cualquiera, ni siquiera el temor al propio virus. El temor más fuerte es al rechazo de las otras lesbianas, a sentirnos culpadas, estigmatizadas, consideradas "menos lesbianas", "impuras", "traidoras", a ser excluidas de la comunidad. Hay demasiado silencio causado por la cruel presión que siempre han ejercido y lamentablemente todavía ejercen los estereotipos y los "requisitos para sacar chapa de lesbiana". No podemos permitir que nuestros propios prejuicios tengan tanta fuerza. Y ya que estamos hablando de prejuicios, es indispensable mencionar uno que está bastante difundido. Se trata de la errónea creencia de que una lesbiana tiene más probabilidades de contagiarse el VIH si tiene sexo con una mujer bisexual que si lo tiene con otra lesbiana. Una mujer bisexual que tenga sexo no seguro con varones correrá más riesgo de contagiarse ella el VIH que una lesbiana que tenga sexo no seguro con otras mujeres. Pero ambas, la bisexual y la lesbiana, tienen el mismo cuerpo, con la misma anatomía, con el mismo funcionamiento, así que no corremos más riesgo con una que con la otra. Al margen de que siempre corremos muchísimo menos riesgo usando látex. Pensar que las bisexuales nos exponen más al VIH es tan injusto e infundado como pensar que nos exponen a "contaminarnos con esencias masculinas".

En definitiva, sea como fuere que una lesbiana o una mujer bisexual haya adquirido el VIH, lo cierto es que si recurre a cualquier instancia de la comunidad lésbica (amigas, compañeras del boliche, grupos de activismo, etc.) en busca de contención, apoyo, un espacio donde hablar, información, compañía o lo que necesite no podemos ignorarla ni cerrarle la puerta. No podemos negar la realidad de que hay lesbianas VIH+. Y sobre todo, no podemos excluirlas ni invisibilizarlas. No podemos seguir repitiendo dentro de la comunidad, con este y con otros temas, lo mismo que la sociedad nos hizo a todas como lesbianas. Reconocer, oír, incluir, acompañar a las lesbianas VIH+ es algo en lo que todas debemos comprometernos. Al menos, eso es lo que pretendemos en Lesbianas a la Vista.


Lic. María Luisa Peralta. Responsable Area de Salud. Lesbianas a la Vista

http://www.relatoslesbicos.homestead.com/LesbianasyVIH.html


EL LENGUAJE DEL SIDA

Algunas teorías del conocimiento sostienen que el lenguaje es uno de los materiales de construcción de la realidad. Según hablamos, así nos comportamos y relacionamos. Tal vez sea el caso en el ámbito del VIH/SIDA.

Los mensajes habituales en promoción de la salud tratan al receptor de la comunicación como alguien que debe cumplir una orden: “Deberías tomar este medicamento”, “Utiliza preservativo” o “Tendrías que hacerte la prueba”. En otras fórmulas, se les intenta hacer entender que quien se dirige a ellos está mejor situado para conocer qué es bueno para él o para ella: “Esto es lo que has de saber”, “Es lo mejor para ti”, “Información que te conviene saber”. En ambos casos al sujeto objeto del mensaje no se le da cabida en la valoración del contenido: se ha de limitar a hacer caso de lo que le dicen.

Es decir, las personas que viven con VIH o quienes viven en situación de riesgo de adquirir VIH reciben órdenes, son mandados, y lo son por lo que podríamos calificar como lenguaje mandatorio: te digo lo que tienes que hacer o lo que más te hace falta, sin tener en cuenta su propia opinión.

El lenguaje mandatorio, para que sea eficiente, presupone jerarquía y la aceptación de ésta. Si el mandado o mandada se rebela abiertamente o sólo aparenta obedecer por no contrariar al mandante, o por ofrecerle una determinada imagen de sí, pero en realidad no piensa hacerlo o no con suficiente convicción en caso de influencias o condiciones contrarias al mensaje, en tal caso el mandato no surte efecto.


La nuestra es una sociedad basada en el poder. Decía Michel Foucault que toda relación personal, hasta las aparentemente más igualitarias o íntimas, son relaciones de poder, en que alguien lo ejerce y alguien acepta o resiste. Muchos y muchas han cuestionado esta aseveración, pero hay circunstancias en que esta teoría parece tener gran capacidad explicativa.


Examinemos la prevención del VIH en el medio escolar, donde los alumnos saben que una cosa es aprender y otra aprobar, y que a veces coinciden y a veces no. Se ha repetido hasta la saciedad que la educación ha de ser la vía para la transmisión de los mensajes preventivos y de promoción de la salud (¿qué querrá decir esto exactamente?), pero yo me pregunto si no puede ser contraproducente. En este medio, los estudiantes pueden ofrecer resistencia a los intentos del sistema educativo por inculcarles valores, conductas y normas. Esa resistencia puede ser variable según el grupo socioeconómico y el género, por ejemplo, siendo los varones de la tradicionalmente llamada clase obrera lo más respondones.


En este panorama, introducir la prevención del VIH/SIDA y de otras ITS, incluso como parte de la educación sexual (un término que es toda una contradicción entre discurso y experiencia, ya que el adolescente vive el sexo como descubrimiento o revelación, no como adquisición de información útil brindada por adultos) en el currículo escolar puede ser contraproducente: la construcción de la identidad en esa edad se hace en ciertas maneras contraponiendo la búsqueda de la denominada libertad personal frente al discurso adulto normativo. Para el adolescente, su propia experiencia puede valer más que la razón social expresada por profesores y educadores, por lo que el cuestionamiento llegará a cualquier mensaje, incluidos los de salud y prevención. Si ocurre con la educación vial, donde el concepto de acción de riesgo sería más excitante que intimidatorio para, pongamos otra vez, un varón, ¿por qué no en las relaciones sexuales o el uso de drogas?

Se podría hacer una reflexión parecida con la adhesión a los tratamientos: hay personas que esperan de su médico una prescripción (es decir, una orden) clara y contundente, pero hay otras que tienden a poner en entredicho mensajes conminatorios cuya base lógica casi nunca es expuesta. A esto no es ajeno factores de extrañeza respecto al sistema sanitario de raíz sociohistórica, como los que experimentan gays y lesbianas o usuarios de drogas.

Los counsellors comunitarios hace tiempo que propugnamos un cambio de lenguaje que ponga el acento en la autonomía individual y en el que la persona tenga a su disposición información y apoyo para la toma de las decisiones que afectan a su salud, tanto a las condiciones de riesgo y su grado en sus relaciones sexoafectivas o de uso de drogas, como a la gestión de la infección por VIH y de otras dolencias relativa, entre otros asuntos, a si tomar tratamiento o no, cuando hacerlo, con qué, y cuándo interrumpirlo y reanudarlo.

Este nuevo lenguaje que llamamos capacitador busca que el sujeto sea el centro del poder sobre sí mismo, presentándole las opciones que tiene frente a cada situación, describiéndole qué ventajas e inconvenientes tiene cada una de las alternativas, y acompañándole en el proceso, en ocasiones sencillo y rápido, en ocasiones complejo y en el tiempo, de toma de decisiones.

El lenguaje capacitador presenta al usuario los posibles caminos a seguir en la realidad en la que se encuentra y escucha atentamente la expresión de sus deseos y el reconocimiento de sus condicionante s y limitaciones. Con estos elementos, el counsellor capacitador expone las opciones al alcance de quien le pide asesoramiento o ayuda y está a su lado durante los momentos que precise, ni más ni menos.


Defiendo que el objetivo último del counselling (y ésta es una premisa ideológica) es conseguir que el usuario te deje de necesitar. A veces se confunde la prestación de apoyo con la creación de relaciones de dependencia, en las que el profesional depende más del usuario para su propia afirmación de autoestima o para su propia supervivencia laboral que al revés. Por ello, el lenguaje capacitador puede ser un buen instrumento de relación que persiga la autonomía del sujeto y el fortalecimiento de los lazos comunitarios.

JoanTallada, 2004.

DROGAS Y SIDA


Por todo ello, se puede concluir, que la adicción a drogas por vía parenteral es uno de los medios más importante de transmisión del VIH; y dentro de ella adquiere máxima importancia, como práctica de riesgo, el uso compartido del equipo de inyección, y aunque esta práctica en España parece que está disminuyendo, todavía según los estudios, casi un 50% de adictos a drogas por vía parenteral siguen compartiendo sus jeringuillas con otros usuarios; y aunque algunos dicen limpiarlas después de su uso, los métodos utilizados para su desinfección son insuficientes (muchos de ellos sólo la enjuagan con agua).

Debido a esto, se están utilizando múltiples programas, dirigidos a drogodependientes, cuya misión fundamental, es el abandono del consumo de la sustancia. Pero, a pesar de todos los esfuerzos, y según la experiencia acumulada, se comprueba que muchos de los adictos a las drogas, siguen "enganchados" a las mismas, y continúan inyectándose en condiciones poco higiénicas. Por ello se plantea una estrategia de reducción de riesgos asociados al consumo de drogas, abarcando todas las actuaciones comunitarias e individuales, sanitarias o sociales, cuyo objetivo sea disminuir la morbilidad y mortalidad asociada al consumo de drogas, haciendo que la repercusión negativa sobre la salud individual o colectiva sea la menor posible; dejando la abstinencia como objetivo a largo plazo.

El objetivo de todos estos programas es facilitar a las personas que consumen drogas, y que no desean o no pueden abandonar su consumo, la ayuda necesaria para mejorar su estado de salud y sus condiciones de vida.

Programas de intercambio de jeringuillas (PIJs). Su fin es conseguir disminuir las consecuencias adversas del consumo de drogas.

El primer PIJ se puso en marcha en Holanda en 1984, con la misión exclusiva de detener una epidemia de hepatitis B entre la población adicta a drogas por vía parenteral; comprobándose que no sólo detenían la epidemia de hepatitis, sino que también contribuían a la prevención de VIH, lo que sirvió par su expansión por otros países de la Comunidad Europea, Canadá, Estados Unidos y Australia.

Estos programas de intercambio de jeringuillas, son básicamente un medio de proveer a las personas que se inyectan drogas de material de inyección estéril y otro tipo de servicios, de forma gratuita, a cambio de que una vez usadas sean devueltas las jeringuillas. Pero no sólo se debe perseguir este intercambio, ya que la verdadera misión es la reducción máxima del riesgo, por lo que se debe acompañar de una adecuada educación sanitaria, acercamiento y consejo a los adictos a drogas por vía parenteral que lo demanden en los servicios socio-sanitarios ya existentes.

Los PIJs, puestos ya en marcha, han demostrado ser eficaces en la reducción de riesgos; primero porque la mayoría de ellos refieren que gran parte de las jeringuillas suministradas son devueltas (más de un 70%), por lo que se abandonan menos jeringuillas en lugares públicos, lo que permite prevenir la exposición accidental de la población por pinchazos con estas. Además el tiempo que las jeringuillas circulan entre los drogadictos es menor, con lo que la oportunidad de compartirlas, también disminuye; reduciéndose la transmisión de VIH u otros gérmenes. Además estos sujetos presentan una mayor tendencia a ponerse en manos de servicios médicos o sociales, para entrar en programas de tratamiento de su adicción.

Estos programas de intercambio de jeringuillas se pueden realizar mediante dos modalidades:

-Con la colaboración de recursos humanos. Permite un mayor contacto con el paciente y asegura una mayor estabilidad del programa, al estar más controlado. Tienen el inconveniente del mayor coste económico y humano que esto implica.

-Mediante medios mecánicos. Máquinas que a cambio de una jeringuilla usada ofrecen una nueva. Esto permite una mayor oferta al estar disponible las 24 horas del día, y un total anonimato. Tienen el inconveniente de la impersonalidad del proceso y de los posibles fallos mecánicos que puedan interrumpir la administración de jeringuillas.


Programas de mantenimiento con metadona. Provocan una positiva influencia en la reducción del consumo de drogas y una disminución en la frecuencia de inyección, además de una menor prevalencia en la práctica de compartir jeringuillas, entre aquellos que continúan inyectándose.

Talleres de sexo seguro mediante una serie de consejos y educación sanitaria que les haga responsabilizarse frente a la práctica de conductas de riesgo y reparto de preservativos entre dicha población. Se ha demostrado que este grupo de gente son los que mantienen mayor número de relaciones de riesgo tanto de tipo heterosexual como homosexual sin utilizar ningún tipo de protección. En general, la prevalencia del uso de preservativos en población UDVP (usuarios de drogas via parenteral), es muy baja, encontrándose como motivos para dicha actitud, el sentirse poco vulnerables al VIH, pensamientos negativos hacia su uso, o dificultad para conseguirlo cuando lo necesitan.

Otros programas. Incluyen Centros de acogida para usuarios de drogas por vía parenteral, Programas de dispensación de opiáceos inyectables y Salas de inyección de drogas (narcosalas).
 

Juan Carlos Valderrama Zurián

María Purificación de Vicente Manzanaro.

2000

http://www.saludalia.com/Saludalia/web_saludalia/vivir_sano/doc/alcohol_y_drogas/doc/drogas_sida2.htm

 

Que el SIDA NO SIGA discriminando


Contra el miedo, los prejuicios y la discriminación, la práctica de la solidaridad es fundamental. El SIDA es una enfermedad, son derechos de los infectados y obligaciones de todos.
La violación de estos derechos atenta contra numerosos artículos de la Constitución Española y contra los derechos fundamentales del ser humano.



Todos los niños menores de 18 años que viven en el mundo de hoy - estén infectados por el VIH, afectados por el SIDA en su familia o comunidad o viviendo con el riesgo de contraer el VIH - están reconocidos por la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño.
La Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño en el contexto del VIH/SIDA ha definido unos principios para reducir la vulnerabilidad de los niños a la infección y para protegerlos de la discriminación por causa de su condición de seropositividad real o presunta. Los gobiernos pueden emplear este marco para asegurar que se fomenten y se defiendan los intereses superiores de los niños con respecto al VIH/SIDA:



Para el año 2010, si no se detiene la propagación del VIH, el SIDA puede aumentar la mortalidad infantil hasta en un 75% y la de niños menores de 5 años en más del 100% en las regiones más afectadas por la enfermedad. Los niños no sólo están infectados por el VIH, sino también afectados por la enfermedad.


http://www.ctv.es/USERS/fpardo/vihder.htm


  DAVID WOJNAROWICZ  

El trabajo de Wojnarowicz emerge directamente de su vida. No sabía mucho de historia del arte, su educación se limitó a la escuela secundaria y expresamente se negó a visitar las galerías de arte para conocer la obra de otros artistas de su tiempo. Durante su niñez pasó grandes penalidades, se convirtió en un adolescente sexualmente activo y más tarde en una especie de vagabundo, por lo cual no vio su experiencia reflejada en la cultura. El arte fue su antídoto, su forma de convertirse en testigo.

David Wojnarowicz esta reconocido como una de las voces más potentes de su generación y sus logros artísticos lo colocan firmemente en la larga tradición norteamericana, que considera al artista como un visionario, un rebelde y una figura pública. El historiador y crítico de arte John Carlin, compara a Wojnarowicz con el gran poeta norteamericano del siglo XIX Walt Whitman, el mayor paladín de la libertad individual. Carlin compara la poesía verbal de Walt Whitman, inspirada por los ritmos del argot de Nueva York y la retórica del periodismo norteamericano, con la poesía visual de Wojnarowicz, que surge de la historia social, de la cultura popular, y de sus propios sueños y visiones.

Frecuentemente superponiendo texto, pintura, elementos en collage y fotografía, en ocasiones organizándolos en cuadrantes o en forma de tiras cómicas, Wojnarowicz creó narrativas provocadoras y alegorías históricas, que versan sobre temas dialécticos de orden y desorden, nacimiento y muerte. Su extraña sensibilidad hacia el collage tiene sus raíces en los métodos de ensamblaje de el Área de la Bahía de San Francisco, de las décadas de 1950 y 1960, practicadas por artistas como Jess, Bruce Conner y George Hurms. La forma característica como Wojnarowicz1 comprime la actividad y tiempo históricos, aunada a su consumada técnica de collage, intensifica aún más el impacto de su trabajo. En su obra Crash: The Birth of Language/The Invention of Lies (Crash: El Nacimiento del Lenguaje/La Invención de la Mentira) de 1986, Wojnarowicz pinta a la cultura occidental en forma metafórica, como un de tren que se accidenta y estrella sobre las culturas nativas, destruyéndolas, para finalmente dar a luz al lenguaje, que facilita un "progreso" cuestionable y la expansión destructiva y negligente de los humanos.

En la obra de Wojnarowicz existe una fuerte identificación con expresiones netamente norteamericanas. Sus fuentes incluyen las tiras cómicas, la ciencia ficción, los noticieros y la publicidad masiva. Wojnarowicz desarrolló un vocabulario particular, de símbolos que tomaron su significado a través de cuidadosas combinaciones que se contraponen en forma irónica y metafórica. Iconográficos e idiosincrásicos al mismo tiempo, sus personajes incluyen a un hombre envuelto en llamas, un hombre con un tiro al blanco sobre su ojo izquierdo, un vaquero jineteando un toro, un dinosaurio y una vaca cabeza abajo.

Wojnarowicz se inspiró en las luminarias del arte pop, tales como Andy Warhol y Roy Lichtenstein. Se basó en las experiencias comunes a la mayor parte de los norteamericanos y utilizó imágenes ordinarias para construir relaciones formales abstractas. Símbolos del American dream se cambian de contexto y se despliegan como acusaciones tajantes al capitalismo y la violencia norteamericanos. Los anuncios publicitarios se transforman en visiones de horror, como puede verse en su serie de anuncios de supermercado, v.g., Untitled [Sirloin Steaks] (1983); mientras los barrios bajos en decadencia son pintados como románticamente sublimes (Soon All This Will Be Ruins, 1985). Su diálogo continuo sobre la corrupción inherente al capitalismo se manifiesta de manera poderosa en su serie escultórica de 28 cabezas de seres extraterrestres , hechas de yeso moldeado, producidas en 1984; diseñadas para ser apreciadas en secuencia, las cabezas se transforman gradualmente, de una vitalidad radiante, hasta convertirse en imágenes magulladas, vendadas con billetes falsos y mapas.

En su contienda rebelde en contra del conformismo, la materialización y la mecanización, Wojnarowicz hace patente la influencia formativa de los escritores bohemios de 1950 en su obra. De la misma manera como estos escritores consideraron a Estados Unidos como una prisión deshumanizada, de valores excluyentes, Wojnarowicz consideró que su país, en 1980, estaba en un estado de emergencia ética. Su alianza con los llamados escritores Beats, especialmente Jack Kerouac y William Burroughs puede apreciarse en su profunda preocupación por los temas espirituales. En su obra Death of American Spirituality (1987), Wojnarowicz representa a un vaquero jineteando un toro, mediante un collage de artículos periodísticos sobre gángsters, Oliver North, SIDA, anuncios de automóviles y de artículos electrónicos. Imágenes de muñecos katchina, un encantador de serpientes y Jesús, desaparecen gradualmente sobre un fondo de fábricas y rocas en explosión. Esta obra sugiere varios significados, pero es clara la implicación de la pérdida de la creencia en el mito, la religión, la industria y la historia.

En su obra Water (1987), uno de los elementos de la serie "Four Elements", Wojnarowicz intenta dar un cierto orden a eventos y fuerzas que se encontraban fuera de su control. El cuadro tiene un story board, en blanco y negro, en el que se yuxtaponen imágenes sexualmente explícitas con especímenes biológicos, abstracciones circulares, paisajes y otras imágenes fantásticas. En esta interpretación profundamente personal del tema, Waters ofrece una visión desgarradora de la tristeza que invade a Wojnarowicz, en su lucha por pintar, cuando estaba al borde del fin y en la etapa más productiva de su vida.

La escritora y crítica de arte Lucy Lippard, establece paralelos entre los trabajos de Wojnarowicz y los de Robert Smithson, el escultor y fotógrafo identificado con el arte conceptual y el llamado arte orientado al proceso (process-oriented art) de los años 1970, el cual rechazaba la comercialización del arte y adoptaba el anti-urbanismo. Lippard hace notar que ambos artistas eran escritores y fotógrafos consumados, y que compartían
una mutua fascinación por los mapas, los reptiles, los dinosaurios y la imaginería relacionada con la ciencia ficción, el tiempo geológico, el paisaje y la chatarra industriales. En el arte de Wojnarowicz1 existen referencias, frecuentes y siniestras, al tiempo y los relojes; usa constantemente mapas recortados y moneda para sugerir la artificialidad de las fronteras geográficas, sociales y políticas. Objetos naturales, como insectos y tornados, son utilizados para sugerir las fuerzas biológicas naturales y su falta de armonía con la Humanidad1 actual. Esto se ejemplifica en la fotografía emblemática del artista, que retrata a un rebaño de búfalos que se precipita por un acantilado (Sin título, 1988-89), imagen que fue tomada de un diorama en el Museo Nacional de Historia Natural de Washington, DC.

Con el desarrollo de la crisis provocada por el SIDA a fines de los años 1980 el análisis y la crítica social de Wojnarowicz1 se volvieron cada vez más agudos. Hizo uso de su propio diagnóstico de SIDA para dar ímpetu a su discurso y para enfatizar el papel del artista como figura pública. La imaginería iconográfica de Wojnarowicz1, contrariamente a la de muchos de sus contemporáneos, como Keith Haring y Jean-Michel Basquiat, lucha por retener su contenido emotivo, en relación directa a su experiencia y creencias políticas personales. Las obras bidimensionales y tridimensionales de sus últimos años transmiten un sentido de urgencia y mortalidad inminente, al tiempo que capturan el dinamismo y la diversidad inherentes a la experiencia humana.

A través de obras en técnica mixta, fotomontajes y muchas performances e instalaciones, el artista hace referencia, con claridad enternecedora, a las dimensiones personales y políticas de la enfermedad. En la serie "Sex Series", (1988-89), Wojnarowicz agrega un matiz inquietante a su repertorio de imágenes de la ciudad, un sentimiento que se acentúa por la incorporación de fotografías - principalmente con contenido sexual, recortadas de revistas pornográficas gay - rodeadas de marcos circulares. La combinación y composición nos invita a imaginar que estas pequeñas escenas se llevan a cabo, en forma subrepticia, dentro de las imágenes de mayor tamaño.

En uno de sus collages de foto-texto de 1990, Untitled [One day this kid], Wojnarowicz incluye una fotografía de el mismo cuando niño, rodeada de un texto que explica el posible resultado del descubrimiento de su homosexualidad. El niño descubre que no controla su propio deseo, sino que éste esta manejado por la familia, la Iglesia, la escuela, la comunidad médica, las fuerzas del orden público y el gobierno; y que es inevitable que sea obligado a conformarse y guardar silencio, o sufrir los castigos de la sociedad.

Es esta negativa a guardar silencio lo que infunde al trabajo de Wojnarowicz1 tal vigor. Su vida, ampliamente documentada, y el arte que produjo se han convertido en ejemplos de los intentos de un solo hombre para despertar la conciencia social y transformar el desdén del mundo en una rotunda acusación contra la intolerancia y apatía.


Dan Cameron, Curador en Jefe, y Dennis Szahacs, Subdirector, Nuevo Museo de
Arte Contemporáneo, Nueva York.

Traducido de inglés por Jaime Cuspinera
 

Prevención del VIH y del Sida 

 

A falta de una vacuna, la única manera de frenar la transmisión del VIH/Sida es la prevención. Ésta es una frase que sigue repitiéndose en todos los foros, estudios y cursos que sobre el VIH/Sida se realizan después de casi 25 años de pandemia. Cierta perplejidad puede atenazarnos, si tenemos en cuenta que se han realizado muchísimas campañas de prevención y que la información sobre las formas de transmisión de este virus están al alcance, en nuestro contexto, de cualquiera que se interese por conocerlas. ¿Por qué existe esta gran brecha entre lo que sabemos que tenemos que hacer y lo que realmente hacemos? Desde luego, muchas deben de ser las causas por las que esta brecha sigue existiendo y, seguramente, haciéndose cada vez más grande.     

En primer lugar, parece ser que muchas de las campañas informativas sobre la prevención del Sida no han sido efectivas. Y, por si esto fuera poco, en la actualidad hay una información confusa, por parte de la administración, con respecto al VIH. Uno de los errores que se han cometido de forma más generalizada es dirigir las campañas a un “público general”, un concepto que, como dice Simon  Watney, implica la exclusión de todos aquellos y aquellas que están al margen de la institución heterosexual. La polémica es vieja, pero sigue sin resolverse. Act Up-París, en sus “15 medidas de urgencia contra el sida” (publicadas en 1994) ya decía, con respecto a una política real de prevención, que las campañas  "deben destinarse a diferentes categorías sociales, sexuales, étnicas y culturales, y abordar sin tabúes los temas de la sexualidad, el placer, la toxicomanía, la enfermedad y la muerte, y proveer una información completa y explícita sobre los comportamientos preventivos adaptados a cada tipo de práctica". El hecho de no reconocer el factor diferencial esconde claras actitudes de desprecio por las diferencias: una visión maniquea por parte de los responsables de la prevención de la salud que, al introducir a las minorías como parte de la "población general", consigue su disolución como tales.   

Una de las graves consecuencias de esta mala política informativa es la creciente tendencia al abandono del sexo seguro, sobre todo en dos sectores de la población. Por una parte, están aumentado mucho los niveles de infección en jóvenes gais porque, evidentemente, no se está poniendo cuidado en la prevención, quizás eclipsados por la información que sobre la cronificación de la enfermedad se da en los medios de comunicación, al presentarla como una enfermedad crónica más, sin contar la gravedad y los efectos secundarios, a veces terribles, que los tratamientos provocan. Pero, además, no se valora correctamente qué estamos ante una enfermedad crónica y esto es muy grave, ya que se obvian problemas médicos y psicológicos relacionados con la medicación, junto a los inconvenientes en el trabajo, en las relaciones personales, con la familia, etc. Parece ser que la eficacia de las terapias actuales está implicando una relajación de los aspectos preventivos. Por lo tanto, es urgente hacer una prevención de mayor calidad,  así como potenciar el derecho a la visibilidad en un contexto en el que VIH/Sida aún sigue implicando discriminación, marginación, estigma y prejuicios.  

Pero no podemos obviar el hecho de que la población joven no ha vivido la época más dura de la pandemia, cuando la morbilidad y la mortalidad eran elevadísimas y, por tanto, no han visto morir a sus amigos y/o a sus parejas, lo cual hace que perciban esta problemática como algo lejano y vinculado a las  

personas de mayor edad. A los jóvenes hay que seguir hablándoles de la adopción de medidas preventivas, pero no obligándoles con mensajes imperativos, sino convenciéndoles mediante procesos de interiorización de la utilización del preservativo, con el objetivo de garantizar que ante cualquier situación en la que se pueda iniciar una relación sexual (en casa, en un cuarto oscuro, en el coche, bajo los efectos de drogas, alcohol, etc.), siempre deben utilizar un preservativo tanto para la penetración anal como para la felación. Otro factor a tener en cuenta debe ser la adquisición de habilidades, por parte de los jóvenes, para poder negociar con sus parejas la realización de sexo seguro, negociación que nunca ha de realizarse en los momentos álgidos de pasión, sino anteriormente, y siempre desde una postura de respeto hacia uno mismo y hacia la pareja. La autoestima, aquí, es un factor determinante. Urge, también, desmitificar el concepto de fidelidad, pactando que si se tienen relaciones fuera de la pareja siempre se utilizará un preservativo. La otra fidelidad, aquella que dice y supone que no hay relaciones fuera de la pareja, muchas veces es una falacia. 

El otro sector que necesita reenfocar el tema de la prevención es la gente que, actualmente, supera los cuarenta años. En este sector de la población, que sí ha vivido la época más dura de esta enfermedad,  parece que las prácticas de sexo seguro están abandonándose por cansancio. Es posible que un ejercicio continuado de re-pensamiento de la enfermedad pueda volver a poner en un lugar prioritario la necesidad de seguir protegiéndonos en las relaciones sexuales. Éste es un ejercicio costoso que implica trabajarlo día a día.  

Pero no quisiera centrarme, solamente, en la necesidad de prevenir el VIH, sino también en la conveniencia de prevenir el Sida. Para la prevención de este síndrome, es fundamental convencer a la gente para que se haga la prueba de anticuerpos del VIH, a la vez que debemos establecer estrategias para facilitarles el acceso. Son muchas las personas que se enteran de su seropositividad cuando han sido ingresadas en un centro de salud por una enfermedad oportunista característica de un cuadro de Sida. La importancia de la prueba, como forma de prevención, tiene múltiples consecuencias. Si el resultado es positivo, por una parte, puede garantizarnos una mejor disposición ante los tratamientos, ya que no es lo mismo empezar a medicarse con el sistema inmunitario más o menos sano. Pero, por otra parte, las personas que saben que son seropositivas, cierran el ciclo de la transmisión en ellas mismas, poniendo barreras para proteger a su pareja sexual y protegerse a sí mismas de una posible reinfección.  

Una actitud irresponsable basada en la realización de sexo desprotegido, a la par que se ignora el estado serológico propio, es la mejor forma de propagar este virus que, si bien en la actualidad puede controlarse con medicamentos,  no podemos tomarnos a la ligera.  

En la comunidad LGTB no se habla del Sida. Parece que es una enfermedad del pasado, o que ya no está de moda. Pero hay que seguir repensándola y volver continuamente a enfocar el problema, hablando y emprendiendo acciones adecuadas.  

Pepe Miralles.