PENSAR EL SIDA



¡Pensar acerca de la enfermedad! -Calmar la imaginación del inválido, de manera que al menos no deba, como hasta ahora, sufrir más por pensar en su enfermedad que por la enfermedad misma- ¡eso, creo, sería algo! ¡Sería mucho!

Nietzche


Recientemente un medio de comunicación de tirada nacional hacía público un estudio realizado por la Universidad de Santiago de Compostela que revelaba una cuestión verdaderamente preocupante: el 75% de los adolescentes tiene poca información sobre el Sida y el 50% no usa preservativo. El grupo de psicólogos que había realizado el estudio mostraba su perplejidad y aducía que quizá estos datos residan en la desinformación, y terminaban por recomendar unas actuaciones más decididas de instituciones y agentes sociales. La perplejidad de los psicólogos es comprensible, pero los datos no son tan sorprendentes. Ahora bien, lo que evidencia este estudio es la urgencia por analizar si verdaderamente las campañas de información -gubernamentales o no- son efectivas, y aún más si éstas se están estructurando en función de una información sin interferencias morales ni políticas, realizando un enfoque del tema objetivo, contundente y que incida en el meollo de la cuestión.


Si hacemos caso de estas informaciones no podremos dudar que urge la necesidad, aún, a catorce años de la aparición del Sida, de pensar en la enfermedad, de plantear reflexiones desde todos los ámbitos sociales, sin que sea la hora de irnos a dormir. Los asuntos relacionados con la prevención o con la no marginación de los enfermos y la no interferencia en la enfermedad de asuntos morales no están tan asimilados y claros como parece. De las palabras a la práctica cotidiana hay una gran diferencia. Pensar acerca de la enfermedad se impone como una necesidad continua, un trabajo del cual no podemos apartarnos. Y una de las mejores formas de mitigar los otros efectos de la enfermedad.


Desde estos presupuestos Pensar el sida pretende mostrar prácticas artísticas en torno al Sida realizadas por artistas españoles y mexicanos. Su planteamiento inicial es mostrar por medio de una exposición cómo se enfrentan un grupo de artistas a la pandemia del Sida. Y con tal fin se ha decidido implicarles para que propongan reflexiones por medio de sus trabajos. De los artistas seleccionados algunos tienen obras anteriores relacionadas con el Sida, como es el caso de Javier Codesal, Jesús Martínez Oliva, y Taller Documentación Visual; Alex Francés, Pilar Albarracín y Helena Cabello-Ana Carceller no lo habían hecho anteriormente. En el caso de estos últimos el interés radica en proponerles que buceen en la complejidad de una enfermedad como ésta, así como del contexto que nos dibuja, para de esta forma abrir nuevas vías de pensamiento, aunque sean en algunos casos laterales, pero que ayuden a entender los muchos matices que una enfermedad como ésta encierra.


Reconocerse. No es la primera vez que Javier Codesal trabaja sobre el Sida. Su exposición DIAS de SIDA en la Galería XXI de Madrid (1993) y su participación en otras exposiciones colectivas como la que se realizó en la Universidad de Santiago de Compostela (Sida, Pronunciamento e Acción, 1994, en la que también participó Jesús Martínez Oliva), así lo atestiguan. En esta ocasión nos muestra unas imágenes que pertenecen a secuencias de los brutos del vídeo que proyectó en su última instalación (Tras la Piel, Fundación Pablo Serrano, Zaragoza, 1995). Las siete fotografías, sin ninguna relación con el contexto narrativo que allí se podía ver, congelan secuencias sacadas a lo largo de cuatro minutos y están ordenadas de forma que una persona levanta la mirada, mira hacia arriba y la vuelve a bajar. Su disposición en la pared obliga al espectador a encontrarse con los ojos del personaje. Quién es el personaje o qué quiere decirnos no es crucial. Lo que importa es la experiencia de encontrarte con una cara que te mira. Su tamaño hace que el espectador entre en la imagen y su secuencialidad nos permite que la observemos de forma especial, como una especie de recorrido. ¿Qué es lo que vemos en esta mirada? Quizás todo se reduzca a un acto de afecto, a una pequeña ceremonia particular.

Imágenes para la prevención. En el Distrito Federal de México se creó, hace ya diez años, el Taller Documentación Visual (TDV), prácticamente el único grupo de artistas que trabaja sobre la problemática del Sida en aquel país. TDV, como su mismo nombre indica, aporta con sus trabajos un registro sociológico, una especie de antropología visual de la enfermedad en el contexto mexicano. Fundamentalmente están empeñados en la localización de los aspectos de represión sexual, fanatismo religioso y discriminación gay.


Trabajan fundamentalmente en dos vertientes. Por una parte su faceta expositiva, que se realiza en lugares institucionales, como Casas de Cultura, Universidades y Sindicatos; y por otra insertan sus obras en periódicos y revistas como el suplemento "Sociedad y Sida" de el diario El Nacional, curiosamente un periódico de gran tirada en donde quincenalmente se publica este suplemento. La parte más importante y efectiva de sus propuestas es la más pública. De esta forma muestran, cada cierto tiempo, en espacios cotidianos y diarios las diferentes problemáticas de la enfermedad.


TDV utiliza el arte como forma de lucha destinada a terminar con la información moralista y manipulada de los grupos ultra conservadores o los católicos, de gran influencia en México, proponiendo el uso del condón como algo normal, cotidiano, rico, sabroso, lúdico, "publicitando" en sus trabajos las prácticas de riesgo, la desmitificación de la enfermedad y la desmoralización que sufren algunos enfermos.


El puñal, que en un primer momento hace referencia al arma como metáfora del pene, pero también alude a una expresión mexicana que designa a los homosexuales, condensa la idea de que las relaciones sexuales desprotegidas implican un grave riesgo. La inclusión de dos textos cuya lectura se opone a la de la imagen se ha realizado en función de que el espectador -especialmente el espectador gay- reflexione ante la posibilidad de evitar la transmisión del VIH, implicándose en prácticas sexuales que supongan una responsabilidad consigo mismo y con los demás.

Comprometerse. Hace ya unos años que los medios de comunicación nos muestran una serie de lazos, muy de moda en la actualidad, que vienen cada uno de ellos a manifestar y simbolizar un problema social, desde el terrorismo, la ecología, o el Sida. Estos lazos, distinguibles en las imágenes mediáticas, en algunas ocasiones son la forma más fácil y superficial de implicación. Cuando se acerca el día 1 de diciembre la mayoría de los personajes famosos salen en las pantallas de televisión con su correspondiente lazo rojo colocado en la solapa, como manifestación pública de la solidaridad. A los pocos días el lazo y la implicación acaban olvidándose.


Las fotografías de Pilar Albarracín muestran una acción realizada en la intimidad de la que sólo podemos ver su documentación fotográfica. En esta acción la artista se somete a una sesión de acupuntura, haciéndose clavar alfileres para tal fin en cuyo extremo se ha colocado un lazo rojo. La diferencia consiste en que en vez de colocárselos sobre la ropa, lo hace directamente sobre la piel, pinchándose. La implicación y la solidaridad casi siempre la llevamos en nuestra parte más superficial, dejando de lado acciones más directas y profundas: la implicación se convierte, en muchas ocasiones, en un simulacro colectivo de solidaridad. La implicación, en un caso como el Sida, es dolorosa, ya que es necesario compartir el sufrimiento y la angustia de los enfermos. Las cuestiones relacionadas con el deterioro de la salud y la muerte no son fáciles de llevar para nadie.


Silencios. En el contexto de las relaciones lesbianas el Sida es silenciado de forma continuada aún más, si cabe, que en otros colectivos. Esto se manifiesta en la falta de información relacionada con este tipo de prácticas sexuales y en los escasos estudios serios sobre la trasmisión de la enfermedad entre lesbianas realizados en nuestro país. La opinión general considera que el Sida es algo ajeno a ésta comunidad, entre otras cosas porque no hay semen por medio en las relaciones sexuales. Bien claro está que el Sida no es patrimonio de grupos concretos.


Cuatro imperativos que no sabemos quien pronuncia acércate, deséame, ámame, sí...pero cállate, se corresponden con las cuatro imágenes construidas por Ana Carceller y Helena Cabello. El silencio al final de la escalera del deseo, como el único sonido que escuchamos. Este es el punto de partida de su trabajo para esta exposición: constatar los silencios.

La pieza se mantiene en un febril estado de ambigüedad. Cuatro manos, como representación -¿irónica?- de los genitales -muy escasamente utilizadas en las imágenes lesbianas y de mucha importancia en sus prácticas eróticas, van contando una historia que acaba en el silencio. Las imágenes existen en la medida que son susceptibles de abrir la interpretación. La última de ellas imita descaradamente el signo del Pantocrátor, extraído de la iconografía religiosa, con una clara significación de poder y temor, para, en el juego que realizan juntas, cambiar el orden simbólico y convertirlo en un símbolo sexual.


Para esta pieza su estrategia ha sido dejar las cosas en la duda, para mostrar así que ésta surge por el silencio, por no hablar en voz alta, bajo la falsa ilusión de que todo está asumido y por lo tanto que no es necesario hacerlo. Las manos levemente veladas remarcan que las cosas no están nada claras, que la falta de información potencia el silencio y que este es igual a muerte.


Auto placer. Los tiempos del sida han propiciado la inclusión de otras prácticas sexuales, abandonadas por la prepotencia del falo y la penetración. El pene puede convertirse en un "objeto" susceptible de dar miedo. Ante esta realidad, las prácticas que implican otros acercamientos eróticos y el abandono de la penetración como única forma de obtener placer, los sustitutivos cobran protagonismo. Otredad, es una pequeña pieza de cable blanco, que se nos ofrece como "consolador", objeto para el juego erótico, convertido en símbolo de un onanismo que se ha visto acrecentado en el contexto del Sida. Jesús Martínez Oliva, nos muestra, además, una serie de dibujos y fotografías que documentan una instalación realizada en el Espai 13 de la Fundación Joan Miró de Barcelona en 1994. Dos habitaciones, la primera blanca y espaciosa con agujeros en las paredes por los cuales se oyen sonidos sacados de cintas de vídeos pornográficos y de los teléfonos de contactos, cargadas de estereotipos que se suelen utilizar para excitar, con referencias al tamaño del pene o a las acciones que se hacen, acoge una gran pieza de cable blanco que se envuelve sobre sí misma. La segunda habitación se convierte en un espacio privado, en donde tres máquinas realizadas con cintas magnéticas dan las mismas vueltas en silencio. La máquina central con forma de falo se convierte en la generadora del discurso pornográfico, mientras que las otras dos muestran una penetración. Esta habitación combina lo privado y lo público. Privado en el sentido que la habitación es el lugar donde se va a consumir el sexo.


Contrariedades. El Sida no sólo ha alterado nuestros hábitos sexuales, sino también ha introducido nuevas formas de entender las relaciones sentimentales, concretamente las llevadas a cabo en parejas homosexuales. El sida ha propuesto un cambio de modelo, que se manifiesta en la búsqueda de otras formas de relacionarse sentimentalmente ante la insatisfacción que muchos homosexuales sufren a causa de las prácticas de sexo seguro, entendiendo, incluso, la utilización del preservativo como una barrera para el placer. Por todo ello la apremiante búsqueda de pareja, que bajo una especie de acuerdo de fidelidad sui generis pueda facilitar un mayor enriquecimiento de las relaciones sexuales. El problema radica en cómo conjugar todo esto en un contexto en donde debe prevalecer la prevención como compromiso con uno mismo y con los demás. Esta es la contradicción.


La fotografía de Alex Francés -Sin título (Circuito cerrado)- reflexiona sobre aspectos de las relaciones de pareja, afectivos y sexuales, sin que pueda esto desvincularse del Sida. Las relaciones sexuales están reducidas a un intercambio de fluidos, a la creación de un "circuito cerrado" que coloca a las dos personas que forman una relación homosexual en el mismo plano, en oposición al modelo heterosexual. Este "circuito cerrado" es una clara alusión a la pareja. Pero la imagen, en una primera lectura al menos, también ofrece la posibilidad de la transmisión como algo susceptible de producirse. Aunque realmente ésta posibilidad de intercambio de fluidos es imposible ya que los dos son emisores en la imagen y se necesitaría un emisor y un receptor. Pero al estar unidos por un tubo de látex su lectura se vuelve tan paradójica como idílica.


"Pensar la SIDA". Catálogo de la exposición Pensar la SIDA. Espai d'Art A. Lambert, Ayuntamiento de Jávea (Alicante). 1996.