El aborto es terrible y es malo para el bebé y para la madre
Nuestra campaña empezó el día de Nuestra Señora del Rosario, el 7 de octubre de 1989, precisamente este lunes próximo hará 13 años. Entonces yo ya llevaba 30 años trabajando en el movimiento Pro-life (pro vida) de Estados Unidos. En América habíamos probado ya muchos métodos diferentes en la lucha por la vida: organizando campañas de educación, haciendo marchas de protesta, con cantidad de métodos diversos. A pesar de eso, se seguía matando. En América se matan cada día 4.000 niños no nacidos. Los hombres pierden la esperanza, no tienen valor. De todos modos, había una cosa que no habíamos hecho: no habíamos estado en el tugar de la matanza. Por tanto, decidimos ir. Con eso empezó la llamada Operation Rescue, que quizás ustedes conocerán: la gente bloqueaba las entradas de clínicas abortistas.
Lo que quizás ustedes no sabían es que en América han sido detenidas unas 50.000 personas por haber participado en este tipo de manifestaciones. Los metían en la cárcel y los condenaban a enormes multas. Se hizo casi imposible de continuar así. Y mientras tanto se seguía matando. ¿Qué podíamos hacer? Lo habíamos probado todo sin éxito. Finalmente - no fue idea mía-, dijo Dios: "¿Por qué no lo probáis con Dios? ¿Por qué no lo probáis con la intercesión de mi Madre?". Nosotros pensamos: no tenemos nada que perder, al fin y al cabo ya lo hemos probado todo. Y le tomamos a Dios la palabra. El resultado fue increíble. Lo que sucedió fue un milagro.
Es decisivo que entendamos una cosa: no basta con ir al lugar de la matanza. Todo depende de (a actitud con que vamos. Por eso, tengo que decirles una verdad importante: cuando los "activistas Pro-life" dicen que el aborto es un mal, tienen razón. Pero si no hacen nada para ayudar a las madres, se están equivocando. Una mujer que va a un sitio para abortar no se puede comparar con un atracador de bancos. Una mujer que va a un centro para abortar está llena de problemas. Puede haber llegado a esta situación por debilidad o por pecado. Decirle que tiene que conservar el niño requiere de ella, yo casi diría, una virtud heroica. Porque muchas de estas mujeres se encuentran en situaciones extremadamente difíciles. Quizás ya querrían cuidar solas a su niño, pero no saben de dónde sacar el dinero para la asistencia médica, no saben cómo tendrán que asumir los comentarios de la gente, etc., etc., etc. Por tanto, necesitan ayuda.
La actitud correcta de los movimientos "Pro-life" es decir: el aborto es terrible y es malo para el bebé y para la madre. En consecuencia, ayudamos a la madre. Ésta es la única solución. Se trata, pues, en primer tugar de un cambio de actitud: No tenemos que mirar a las mujeres que quieren abortar como unas malas personas, sino que tenemos que dirigirnos a ellas con amor. De esta manera, estamos con la misma actitud que María y San Juan al pie de la cruz, con los mismos sentimientos que Jesús en la cruz. No podemos juzgar. Por tanto, abandonamos totalmente las manifestaciones de protesta delante de las clínicas abortistas. Ahora no decimos ninguna palabra soez, ninguna palabra que juzgue, ni a la gente que trabaja allí, ni a los médicos, ni a las mujeres que quieren abortar.
San Juan de la Cruz decía: ¡Donde no hay amor, llevad amor! Así encontrará el amor. ¡Donde hay oscuridad, no la condenéis! No os enfurezcáis con el mal, sino llevad luz, vida, amor, conversión de los corazones! A veces nos comportamos como Pedro, sacamos la espada y cortamos una oreja. Le pedimos a Dios que haga caer un rayo. Esta oración Dios no la escucha. ¿Cuál es la que Él escucha? Ésta: "Dios, convierte sus corazones, salva sus almas". Jesús estuvo clavado en la cruz para salvar a las abortistas. Él ama a la mujer que va a una clínica a abortar. Él quiere impedir que vaya al infierno. Él murió para que todos entraran en el cielo.
Ser "Pro-life" quiere decir, pues, ser víctima con Cristo. No es fácil tener que ver, igual que María y Juan, cómo crucifican a Jesús, cómo mueren tos bebés, cómo se aprovechan de las mujeres, y no implicarse con violencia, sino perseverar con amor, en paz, perdonando. Ustedes y yo no sabemos hacer eso. Sólo Dios puede ayudarnos a hacerlo. Sólo Cristo en nosotros. No podemos agravar este problema con nuestra debilidad, sino que tenemos que llevar la fuerza de Cristo. Por eso la presencia delante de la clínica abortista tiene que ser tranquila, tierna y llena de amor. En esta atmósfera se convierten los corazones. Parece inconcebible, pero se producen milagros cuando la gente está presente con esta actitud.
Antes de ir a las clínicas abortistas, pedimos en conventos y en residencias de gente mayor que recen por nosotros. En Fátima, en el convento de Pío XII, las hermanas rezan el Rosario delante del Santísimo expuesto durante 24 horas al día, también por nosotros. Un grupo de niños ofrecen todo lo que pueden por nosotros. Yo soy capellán de un convento de monjas contemplativas, que rezan cada día por nosotros. Todo depende de la oración.
Se trata, pues, de la conversión de los corazones. Eso sólo Dios puede hacerlo . Por eso tenemos que orar y ayunar. Y eso es lo que nosotros hacemos, creyendo en la omnipotencia de Dios y en su capacidad de cambiar una vida. Creemos que Dios ha dado a María un papel extraordinario para ayudar a cambiar la vida de las personas. Ella está implicada en la distribución de la gracia de Dios. Es una locura que, poseyendo los medios más poderosos contra el mal, no los utilizamos e intentamos, en cambio, utilizar nuestros propios medios.
Hay tres motivos por los que estamos delante de la clínica: rezamos por todo el mundo, informamos y ofrecemos ayuda. Venimos en nombre de Dios, con amor. ¿Hay alguna diferencia en este tipo de presencia? Sí, una enorme. Les pondré un ejemplo: El día de Santa Teresita de Lisieux fueron más de 70 mujeres a la clínica. A las dos del mediodía había 37 que habían abortado. Pero 38 mujeres habían salido y habían elegido la vida. Entonces salió el médico y se dirigió a mí. Me dijo: "¿Podría hablar con usted?". "Sí". "Se trata de mí. Tengo que decirle una cosa: de ahora en adelante no quiero tener nada más que ver con el aborto en mi vida de médico". Es un médico judío y le pregunté si podía bendecirlo. "Sí". Lo bendije y le dije: "A partir de ahora, Dios hará de usted un gran apóstol de la vida. Tenemos que convertir este lugar de matanzas en un sitio de salvación". Contestó; "Usted tiene razón" Y volvió a entrar en el edificio y dijo a los trabajadores: "Tenemos que transformar esta casa en un lugar de salvación".
Éste es el misterio del éxito: la Sangre de Cristo es la respuesta a nuestros problemas. Así lo escribe el Santo Padre en la encíclica Evangelium vitae. En la Misa hemos concentrado demasiado la atención en el hecho de que el pan se transforma en Cuerpo de Cristo. Naturalmente que eso es importantísimo. Pero no olviden nunca que durante la Misa el vino se convierte en Sangre de Cristo. Eso nos demuestra, tal como dice el Papa, que somos valiosos a los ojos de Dios. La Sangre de Cristo no es ningún signo de la muerte, sino un regalo de Dios. Fue derramada por nosotros. Nos da vida, amor, unidad con Dios. Ésta es nuestra vocación: derramar nuestra vida por los demás, por amor.
Cuando una madre entiende eso en el camino hacia la clínica abortista, cuando ve eso, entonces dará la vida por su hijo y no querrá quitárselo del medio para una comodidad cualquiera. Pero sobre todo eso: la Sangre de Cristo no satisface sólo la justicia de Dios, sino que hace bajar el amor misericordioso de Dios hacia la tierra, su perdón, su redención. Nos hace hombres nuevos. Nosotros tenemos que ser testigos de esta clase de amor de Dios en medio de una cultura de la muerte. No tenemos que lamentarnos de la cultura de la muerte, no tenemos que quejarnos. Tenemos que estar contentos de que Dios nos haya dado esta vida. Dios confía en nosotros. Es una bendición poder vivir en esta época, llamados y enviados a llevar su vida a nuestro mundo.
¿Qué se puede hacer, pues? Nosotros empezamos en la iglesia, empezamos ofreciendo al Padre la Sangre de Cristo, recibiendo el precioso Cuerpo de Cristo. Entonces ya no somos nosotros los que caminamos hacia el Gólgota, sino Cristo en nosotros. Así pues, empezamos con una Misa en una iglesia que esté cerca de la clínica. El obispo viene, celebra la Misa con nosotros. Después de la Misa se expone el Santísimo, el sacerdote se pone ropa de calle, empieza a rezar el Rosario y conduce la procesión hacia fuera de la iglesia, siempre rezando el Rosario. Desde el comienzo de la procesión hasta el final, ninguna palabra entre nosotros. Antes de eso, informamos a la policía, que nos espera en la iglesia y nos acompaña por la calle hasta la clínica. Sólo pueden participar en nuestra acción aquellos que guarden nuestras reglas, tiene que rezarse el Rosario.
Durante todo el camino hacia la clínica, rezamos el Rosario y, una vez allí, los 15 misterios. Entre misterio y misterio cantamos una canción. Al final nos arrodillamos un minuto sobre la acera, en absoluto silencio. Imploramos la misericordia de Dios sobre todos nosotros, podría oírse la caída una aguja sobre Broadway, en aquellos momentos. Tenemos que humillarnos. Entonces Dios nos escucha y los corazones se convierten. Nos levantamos y, rezando, volvemos a la iglesia acompañados por la policía. Allí recibimos la bendición final.
Delante de la clínica, también hay gente para asesorar. Hablan con mucho amor a las mujeres que entran en la clínica. El sábado, antes de coger el avión hacia Austria, quienes habían estado rezando e informando delante de la clínica dijeron que 40 mujeres habían vuelto y habían elegido la vida. Cuándo empezamos en la diócesis de Brooklyn -al principio éramos seis: tres abuelas, un abuelo, una chica y yo-, había 44 clínicas abortistas. Sólo en nuestra diócesis se mataban 55.000 bebés cada año. En siete años. Dios ha cerrado 22 clínicas. Cada año salen de la clínica 5.000 mujeres que se han decantado por la vida.
El gran milagro es éste: el movimiento se ha extendido por todo el estado de Nueva York. Se han cerrado en total 37 clínicas. El movimiento se ha difundido desde Nueva York hacia California, Australia y Nueva Zelanda. 50 obispos (entre ellos tres cardenales) llevan hoy a la gente a la calle, hacia los Auschwitz y Dachaus de hoy, en América. No hay ningún otro lugar en el mundo donde la gente esté tan dispuesta a cambiar su vida como delante de las clínicas abortistas, cuando está allí presente el Pueblo de Dios saliendo al paso lleno de amor. El Rosario no lo rezamos sólo delante de la clínica, sino que también regalamos rosarios allí, a gente de todas las confesiones, con consecuencias admirables. Por todo el país hay gente que confecciona rosarios para mí, para que los reparta. Yo les pido que mientras lo hacen, recen por la persona que lo recibirá. ¡No se pueden ni imaginar cuántas vidas se salvan de esta manera, cuántas personas vuelven a encontrar a Dios!
Cuando una mujer sale de la clínica después de abortar, voy hacia ella y le digo: "Mami, puedo hacerle un regalo". Me mira extrañada y le digo: “Por favor, coja este rosario" Y le explico cómo puede rezarlo. "Si lo reza, no tendrá que volver nunca más aquí", le digo después. "Si no lo reza, seguramente tendrá que volver, cosa que Usted seguramente no quiere". Y ella responde: "Padre, tiene razón". Con eso empieza un diálogo sobre el cambio de vida, sobre la misericordia de Dios. Es increíble todo lo que sucede allí. Hay más evangelización delante de las clínicas abortistas que en cualquier otro sitio.
Quiero asegurarles una cosa: si confiamos en Dios de veras, el Todopoderoso derrama su Bendición en cantidad inconmensurable, más allá de todas las expectativas.