Extracto de
La mitología, Edith Hamilton, Daimon, Barcelona:
"Deméter tenía una sola hija Perséfone (en latín, Deméter y
Proserpina), virgen de la primavera. La perdió y en su inmenso dolor
rehusó beneficiar la tierra. Los campos antes verdes y alfombrados de
flores se trocaron ahora en desiertos estériles porque Perséfone había
desaparecido.
El soberano del sombrío mundo subterráneo, rey de innumerables
muertos, la había arrebatado cuando, embelesada ante los narcisos
florecidos se paró a recogerlos, apartada de sus compañeras. Sobre su
carro, tirado por corceles negros como el azabache, Plutón emergió de
una grieta y asiendo a la joven por la muñeca la colocó junto así y se
la llevó entre sollozos a su reino. Las elevadas montañas y los
insondables abismos del mar, al ver esto llamaban a gritos a Perséfone
y su madre los oyó. Sobrevoló el mar y la tierra en busca de su hija,
pero nadie osó decirle la verdad, "ni hombre, ni dios, ni ningún fiel
mensajero de las aves". Deméter, errante nueve días, rehusaba degustar
la ambrosía y aproximar el dulce néctar a sus labios. Al fin acudió al
sol y éste le contó la historia: Perséfone se hallaba en el mundo
subterráneo entre las sombras de lo muertos.
Deméter llegó a Eleusis y se sentó en una piedra junto a un
pozo a la vera del camino. Parecía una de aquellas ancianas que las
mansiones suntuosas cuidan de los niños o de las provisiones. Cuatro
hermanas jóvenes y hermosas se acercaron al pozo. La vieron llenas de
compasión le preguntaron que hacía allí. Respondió que había huido de
unos piratas que querían venderla como esclava y en aquella tierra
extranjera no conocía a nadie a quien dirigirse par implorar ayuda. Las
hermanas le aseguraron que sería bien acogida en la ciudad y ofrecieron
hospedarla en su casa; le pidieron que la guardara sólo el tiempo
necesario para hablar con su madre. La diosa asintió con la cabeza, y
las jóvenes, tras haber llenado con agua sus cántaros, marcharon a su
casa. Su madre Metanira las hizo volver para invitar a la diosa.
Regresaron rápidas al pozo y hallaron a la diosa sentada todavía en la
piedra, enlutada con tupidos velos y cubierta hasta los pies por negro
ropaje. La siguió y al trasponer el umbral de la sala donde se hallaba
la madre, con su hijo pequeño en brazos, una luz divina las envolvió y
Metanira se sintió sobrecogida de respetuoso temor.
Rogó a Deméter que se sentara y le ofreció vino con miel, pero
la diosa ni siquiera lo intentó probar. Pidió agua de cebada perfumada
con menta, la bebida refrescante del segador en época de siega, que se
ofrecía también en la copa sagrada a los adoradores de Eleusis. Apagada
la sed, tomó al niño entre sus brazos y le apretó contra su pecho
perfumado. El corazón de la madre se llenó de gozo.
Deméter crió de esta manera a Demofonte, el hijo que Metanira
había dado al sabio Céleo. El niño creció como un joven dios porque,
día tras día, Deméter le ungía de ambrosía y , por la noche le colocaba
entre las brasas del hogar: quería asegurar al niño un juventud eterna.
La madre, entretanto, estaba profundamente preocupada y una
noche decidió velar. Despavorida, gritó cuando vió depositar a su hijo
sobre el fuego. La diosa se enfadó: cogió al niño y le arrojo al suelo.
Le había querido librar de la vejez y de la muerte, pero en vano. El
niño, sin embargo, había dormido en sus brazos y debía , por ello ser
honrado toda su vida.
Después, Deméter dio a conocer su divinidad: Manifestó su
belleza mientras un perfume embriagador se extendía alrededor suyo y
brilló con luz tan resplandeciente que toda la casa se iluminó. Dió a
conocer su personalidad a las mujeres asustadas y les dijo que si
querían recuperar su favor era preciso que edificaran en su honor un
gran templo a la entrada de la ciudad.
Al decir esto, desapareció. Metanira cayó muda en el suelo y
todas las demás temblaban de miedo . A la mañana siguiente a Céleo lo
ocurrido y éste reunió al pueblo para manifestarle el deseo de la
diosa. Se dedicaron con ardor al trabajo y cuando el templo se hallaba
ya levantado, Demeter lo eligió por morada, apartada de los dioses del
Olimpo e inconsolable por la pérdida de su hija.
En toda la tierra aquel fue un año terrible y duro para la
humanidad. No germinó la semilla y el buey tiró en vano del arado en el
surco. Parecía que toda la especie humana iba a morir de hambre. Zeus
decidió al fin tomar cartas en el asunto. Envió uno tras otro a todos
los dioses en busca de Deméter para calmar su cólera, pero ella no
cedió siquiera a escucharlos. Hasta que recobrara de nuevo a su hija,
impediría que diera fruto. Zeus comprendió entonces que su hermano
ordenando a Hermes que descendiera al imperio subterráneo y exigiera a
su soberano la vuelta de su esposa a casa de su madre.
Hermes los encontró juntos; Perséfone disgustada e intentando
tímidamente separarse, porque quería ardientemente encontrar a su
madre.A las primeras palabras de Hermes se levantó de un salto,
dispuesta a marchar. Su marido comprendió que debía obedecer las
órdenes de Zeus y devolverla a la Tierra, pero le suplicó que pensara
en él con piedad y no sintiera repugnancia a ser esposa de un dios,
grande entre los inmortales, y le hizo comer entonces una pepita de
granada, con plena conciencia de que con ello la obligaba a volver.
Hizo preparar su carro de oro y Hermes, empuñando las riendas,
guió los negros caballos hacia el templo donde se hallaba Deméter .
Esta, con la rapidez de una Ménade que desciende por la falta de una
montaña, corrió hacia su hija y Perséfone se arrojó en los brazos
extendidos, fundiéndose en un abrazo. Durante todo el día se fueron
contando sus aventuras y Deméter lloró cuando oyó hablar de la pepita
de la granada, porque sabía que no podría mantener junto a sí a su
hija.
Después, Zeus le envió un nuevo mensajero, un personaje
principal, que no era otro que su venerada madre Rea, la decana de los
dioses.
Descendió rápidamente desde las cimas del Olimpo hasta la
tierra árida y estéril y se acercó al templo. De pie ante la puerta, se
dirigió a Deméter :
Ven, hija mía, pues el clarividente Zeus te lo pide.
Vuelve a los palacios de los dioses y serás honrada,
Y obtendrás lo que deseas, tu hija,
Que consolará tu pena cada año que termina,
Cuando se acabe el duro invierno.
Porque el reino de la sombra,
No la poseerá más que un tercio de su vida,
Y el resto estará contigo y con los felices inmortales.
Que ahora haya paz. Otorga los hombres la vida
Que no procede sino de ti.
Deméter accedió aunque era para ella dura prueba perder a
Perséfone durante cuatro meses al año y ver su joven belleza sepultada
en el mundo de los muertos. Pero era bondadosa; los hombres la llamaban
siempre "la buena diosa" y estaba entristecida por la desolación que
había traído sobre la tierra. Hizo, pues, reverdecer los campos, los
huertos se cubrieron de nuevo de abundantes frutos y la tierra toda se
llenó de flores y follaje. Volvió al palacio de los príncipes Eleusis
que habían edificado su templo y eligió a uno de ellos, Triptólemo,
embajador suyo ante los hombres para enseñarles la sementera de trigo.
Enseñó a él, Céleo y a otros los ritos sagrados, "esos misterios de los
que nadie puede hablar porque un temor profundo paraliza su lengua.
Bendito sea aquel que los ha visto; su destino será feliz en el mundo
venidero."
Reina de la olorosa Eleusis,
Dispensora de los dones de la tierra.
Concédeme tus gracias, oh Deméter.
A ti también, Perséfone,
Hermosa entre todas las muchachas,
Te ofrezco mi canto a cambio de tus favores.
En la historia de estas diosas, Deméter y Perséfone, predomina
la idea del sufrimiento. Deméter, diosa de las cosechas abundantes, es
ante todo una madre divina e inconsolable que cada año de morir a su
hija. Perséfone es la adolescente radiante de la primavera y del
verano, cuyo liviano paso, al rozar la ladera tostada y reseca de la
colina, basta para hacerla reverdecer y florecer, como cantó Safo.
Percibí el paso de la flor de primavera ...
El paso de Perséfone. Pero ésta sabía lo efímero de su
belleza; hojas, flores y frutos mueren cada año sobre la tierra cuando
llega el frío y desaparecen como ella misma bajo el influjo de la
muerte. Después de que la arrebatara el soberano del sombrío y imperio
subterráneo nunca más fue la joven radiante y alegre, sin temor y
despreocupada, que retozaba en el prado floreciente de narcisos. Es
verdad que cada primavera volvía de entre los muertos, pero la
acompañaba siempre el recuerdo del lugar de su procedencia, y a pesar
de su deslumbrante belleza, quedaban siempre en ella ciertos rasgos
extraños y terroríficos y frecuentemente se le designaba como <<
aquella cuyo nombre no debía pronunciarse>>.
Los olímpicos eran los << dioses
felices >>, << los inmortales>>, completamente
apartados de los seres que sufrían y estaban abocados a la muerte. Pero
en sus penas y en la hora de su muerte, los hombres podían volverse,
para implorar su compasión, hacia las dos diosas, pues una sabía de
dolores y la otra conocía hasta la muerte".