Campo de cometas (Óleo de J. Valcárcel)

Mindú era un niño pequeñito del tamaño de un cerezo recién sembrado. Vivía en un antiguo reino ahora ya olvidado, de cuyos senderos sinuosos, plagados de leyendas extrañas, no queda más que un manto confuso de arbustos y de frondosos bosques umbríos. Mindú estaba triste. Tenía una pequeña cometa de colores, la más hermosa que jamás nadie había tenido y no sabía hacerla volar. Si no aprendía a hacerlo pronto, no podría entrar en la Casa de los Juegos, lugar de encuentro para los niños de su edad.
Mindú se preguntaba por qué sería esto tan importante para los mayores (1)-¡los adultos siempre preocupados por hacerlo todo deprisa!, -refunfuñaba para sus deantros(2)
Tan pronto como estaban riendo estaban riñendo,  mientras estaba pensando en que podrían pensar los mayores oyó que alguien se acercaba. Era uno de ellos, se le acercó y, con ese aire de quien todo lo sabe, le preguntó: ¿Vas a querer de una vez que te enseñe a volar la cometa? ....(3)

    A lo que Mindú respondió: -Aprendí a andar como aprendió mi hermanito.  Supe cuándo no debía arriesgar para  evitar el dolor, y siempre he sido dueño de mis juegos.  A ellos les he concedido  mis alas  sin que  nadie me hablara de sus secretos.  Pero esta cometa no tiene alas porque no las  necesita, tan sólo el viento puede alzarla hasta lo más alto, y por ello quiero ser el viento de mi propia cometa.
    Y en un momento, Mindú, que fue escuchado por el aire que en aquel momento pasaba por allí, fue trasladado a la altura de las estrellas. Sólo ellas hablaban su propio lenguaje, como bien le explicó una estrella a Mindú, el niño del aire:
-Yo soy la estrella rosada de los atardeceres remotos. Ante mí la luna enmudece  antes  de gobernar la tierra en las noches oscuras. Por mi sangre pasa el aire antes de cobrar su impulso, pues en mí encuentra la respuesta al tiempo que hace que los vientos sean vientos. Jamás serás el viento de tu cometa, pero en tu mano está el conocer su perenne latido.
     Mindú escuchó a la rosada del atardecer, Y sin decir nada, cerró los ojos y se dejó llevar por la templada melodía del cielo. (Antonio Gómez)