EXPERIENCIA DE FE

 

Abigail estaba en el aeropuerto de Quito  rumbo a  Guayaquil, luego de una larga jornada compartida con su amiga María Fernanda en que a través de una fluida comunicación, iban reconociendo los temas que preocupan  constantemente a la  mujer moderna de 30. Ese día era especial porque había sido el lanzamiento de la primera novela del Editor de la revista para la cual Abigail escribía. Como suele ocurrir en los eventos públicos, con grandes personalidades del quehacer político, ella recordaba aun estupefacta la reacción del Ministro de Educación que  abruptamente abandonó la sala en la mitad del acto porque un famoso editorialista  procuró una revancha con su brillante dialéctica sobre las críticas que le hiciera el presidente de la República en días pasados.

 

Mientras hacia fila para el check in en la terminal aérea, un señor acompañado de un grupo de chicas interrumpe su conversación para pedirle información sobre la ubicación del área internacional, a lo que Abigail respondió inmediatamente seguida por la intervención de Sara, desconocida hasta ese momento salvo por haber llamado la atención de los tripulantes en la mañana al ser la uútima en descender del avión luego de un vuelo turbulento en el que más de uno procuraba llegar rápidamente  a su destino final.

 

La conversación de Sara se mantuvo inclusive habiéndose retirado el grupo en cuestión, hablando sin parar Abigail solo pensaba cómo dormir durante el vuelo y  llegar a su casa rápidamente  por el cansancio generado de otra noche más de insomnio, avanzada la fila la recepcionista  le pregunta si van juntas y ella claramente dice no, pero rectifica rápidamente asegurando no tener problema en  viajar juntas.

 

Es así como inician una larga conversación de retorno, en la media hora de espera en la sala, Sara ya la había puesto al día sobre su actividad como vendedora de resinas industriales, las peripecias de su trabajo en los viajes frecuentes hacia Quito, Cuenca, Machala y otras ciudades, vivaz y elocuente dejaba entrever su origen humilde, pero su fuerza de superación y el aire optimista de cada una de sus experiencias  hacían reflexionar a Abigail sobre lo fácil que se puede ser feliz con pequeñas anécdotas.

 

Ya sentadas en el avión, Sara le preguntó  a Abigail si vivía con sus padres y ella no tuvo reparo en responder que vivía sola desde hacía 12 años, fecha en que sus padres fallecieron y que no era originaria de Guayaquil, lugar donde residía, sino que su lugar de nacimiento y donde paso su niñez era un pequeño pueblo en la periferia de la provincia del Guayas denominado Palestina.

 

Sara asombrada por la respuesta comentó con alegría que ella también era originaria del lugar, por lo que rápidamente Abigail acotó que debía conocer a la Familia Pérez, pues eran conocidos comerciantes y hacendados del lugar. El rostro de Sara reflejó vacío, impávida por la información le preguntó a Abigail si había escuchado sobre Carlos Castro y Rosa Díaz, quienes eran sus padres pero lamentablemente Abigail  tenía una memoria limitada  de su pueblo pues era hasta alrededor de los 10 años en que salía a jugar con los niños del lugar. Pese a ello, amablemente respondió, Carlos Castro me parece haberlo escuchado….

 

Al contrario, Sara afirmó conocer perfectamente a  Piedad Mora, madre de Abigail con ojos aguados le dió su testimonio de cómo la había conocido: siendo pequeña y estudiando en una escuela del  pueblo, la señora Mora la había visto esperar por largas horas el camión que la llevaría a su recinto aledaño “Limones”, por lo que le había ofrecido algo de comer y entre conversaciones, la alentaba a estudiar y esforzarse para que luego puediera ayudar a sus padres.  Sintiéndose agradecida con la amable mujer, la pequeña  Sara pasaba por el almacén de la señora Mora cada tarde, en la que se volvió un habito el recibir algo de comida y la pregunta de cómo le había ido en la escuela, mientras la pequeña esperaba por el transporte hacia donde vivía.

 

Sara se expresó maravillosamente de su benefactora y de su esposo Rafael Perez, ellos también habían ayudado a sus padres, por lo que  eventualmente colaboraban con la familia de Abigail, en arreglos de la casa.

 

De pronto Sara rompe en llanto y le confiesa a Abigail: Sabes que usé tus uniformes y tus zapatos usados durante tres años?.  Siempre quise conocer a la niña dueña de los uniformes y hoy 20 anos después ¡Dios me la pone en el camino!.

 

Abigail en esta ocasión se quedó perpleja, estaba convencida de ser conducida por un testimonio que la sacudiría del letargo causado por una profunda desilusión, y con ello Sara le estaba dando muestras de las cosas simples con las que se puede ser feliz y lo agradecida que era Sara con “su fortuna” pues aseguraba que toda ella era producto del amor de Dios.

 

Sin saber que decir, Abigail recordó levemente como un día su mama le dijo: “cariño voy a regalar estos zapatos que ya no usas para una niña muy humilde que va a entrar a estudiar en tu colegio, estos zapatos  a ella le hacen falta…Reconocía como su mama 20 años atrás había cultivado este momento para que pudiera recibir este testimonio de vida justo cuando Abigail más lo necesitaba.

 

Convencida de que estaba siendo sometida a una lección de vida, Abigail se interesó por saber un poco mas de  la vida de Sara, , luego de haber pedido desconsoladamente, incrementar su fe a Dios todos los días siguió con atención el relato de Sara:

 

Había conseguido el ingreso en ese colegio público de gran prestigio y de difícil acceso gracias a que la Rectora de la institución visitó el pueblo por algún motivo especial y la pequeña Sara habiendo tropezado con ella llamó su atención por su vivacidad, por lo que la señora no dudó en ofrecerle que si se presentaba al día siguiente le daría cupo en aquella institución.  Es así como los padres de Sara conociendo que la pequeña Abigail era la única niña alrededor que estudiaba en el colegio solicitaron a la señora Mora su ayuda con los uniformes y zapatos.

 

Para estudiar el colegio, Sara pasó de casa en casa en la ciudad de Guayaquil, trabajando como empleada doméstica en el día y recibiendo clases por las tardes, de esa manera lograba costear los materiales de estudio y el costo de vida desde muy temprano. Era una niña reconocida por su humildad con los uniformes usados pero de gran referencia para el resto de sus compañeras por la pulcritud con que los vestía pese al largo uso que ya llevaban.

 

Comentaba que al salir del Colegio logró trabajar por 6 y 7 años en grandes empresas como asistente en área comercial y como hoy estaba trabajando en este lugar con cierta independencia.

 

Hoy vive en la periferia de la ciudad en el km. 10 vía a Daule, paga su alquiler en un apartamento que al tener el piso parcialmente encementado, el polvo que genera le causa problemas respiratorios a su hermana de 20 anos que llevaba ya 2 meses internada en la clínica.

 

Ha comprado a crédito una boutique en marcha en Plaza Mayor 2, con el fin de que su hermana pudiera trabajar en ella y estudiar. Sus hermanos menores la admiraban por lo que hacia y ella frecuentemente les ratificaba el valor de las cosas y el esfuerzo para conseguirlas. Señalaba como meta lograr que la fundación Hogar de Cristo le permitiera construir la casa de sus padres con una estructura más sólida porque por ahora solo era de caña.

 

Sara es una chica  con muchas ilusiones, realmente agradecida con el prójimo porque afirma SER gracias a la ayuda de la gente y ratifica el compromiso de sacar a su familia adelante y de influir en los niños para que estudien y se superen.

 

Mientras termina su carrera universitaria como Analista de Sistemas, en las fiestas navideñas acude con sus amigos a “Limones” y festeja con aproximadamente 200 niños, la alegría de la vida. Confiesa que su verdadero objetivo es que los niños escuchen su testimonio de esfuerzo y superación mientras ellos se  alegran con la actividad y la ilusión de recibir pequeños presentes.

 

¿Como no tener fe? Es un testimonio de vida… Cuantas veces te encuentras con alguien a quien tu mama ayudó y te confiesa: Yo use tus uniformes y zapatos y siempre quise saber como eras. Después de 20 años, hoy te encuentro…